Sanji apretó los dientes, si tan solo pudiera alcanzar su bolsillo… pero sus preciadas manos estaban plantadas firmemente en el suelo para ayudarle a mantener el equilibrio. Necesitaba un cigarrillo, desesperadamente.
Luffy probablemente se entristecería al enterarse, pero estaba seguro de que al final le perdonaría, no era de los que guardaban rencor- tosió violentamente, probablemente tuviera ya alguna costilla rota pero no era como si tuviese que preocuparse por ello- encontrarían otro cocinero, solo esperaba que fuera digno de ellos; que se diese cuenta de que Luffy necesitaba tomar más verduras, pero que solo lo haría si las camuflaba entre raciones abundantes de carne, de que la maravillosa Robin-chan tomaba el café sin azúcar, no le gustan las cosas dulces, de que Usopp siempre aprecia una buena comida con algo de picante pero que tiene alguna especie de trauma con las setas…
Sanji resopló para intentar ahuyentar el dolor, no aguantaría mucho más pero tenía que hacerlo, tenía que asegurarse de que sus compañeros llegaban a salvo a la superficie.
El marimo se sentirá decepcionado… bueno pues que le den, no todos pueden ser monstruos capaz de levantar una montaña con sus propias manos, él tan solo la estaba sujetando y, aunque fuera por poco tiempo, se aseguraría de que eso fuera suficiente para salvar a sus nakamas.
Los demás probablemente llorarían, le destrozaba el corazón que sus preciosas damiselas derramaran lágrimas por él… quizás entonces se dieran cuenta de lo mucho que le amaban -por un momento los ojos del cocinero se volvieron corazones, olvidándose de la pesada carga que soportaba su cuerpo.
Con cuidado, repartió el peso entre su pie y su mano izquierda; al liberar la derecha, el techo bajó unos centímetros. Despacio, consiguió meterla en su pantalón y sacar el paquete de tabaco, cogió un cigarrillo y dejó caer el resto. Ahora solo faltaba encenderlo, intentaría aguantar lo suficiente como para acabarse ese cigarro y luego todo terminaría, para entonces el idiota y Nami-san ya habrían llegado a la salida. Lo sujetó entre los dientes y rebuscó en el bolsillo para sacar el mechero, la pequeña llama alumbró la que sería su tumba.
Pero entonces un pequeño sonido le distrajo.
Alzó la cabeza en dirección a donde habían desaparecido sus nakamas, su cara se deformó de espanto.
No, no, no, no, no, no.
- ¿Quién está ahí?
- ¿Qué hay Sanji?
