-23 de diciembre, Ginebra-

Francia baja del taxi con las gafas de sol puestas y una bolsa de viaje colgando en su hombro. Con un movimiento elegante se quita las gafas y sacude el pelo de manera que su melena caiga perfectamente sobre sus hombros.

No hace falta decir que tanto los trabajadores del hotel como los huéspedes lo miran con asombro. Pero él se limita a sonreír (con esa sonrisita que Inglaterra detesta y todos te creemos cuando dices eso y te sonrojas hasta las orejas, Iggy) porque es Francia y está más que acostumbrado a causar esa sensación. Detrás de él sale Canadá, pero lamentablemente nadie se percata de su presencia, porque están embobaditos con el francés.

Joder, Francia si hasta el botones que es heterosexual, con novia formal desde el instituto se ha sonrojado cuando le has guiñado un ojo. Y encima le toca un poco el pecho cuando deja la propinilla en el bosillo de su chaqueta. Ay, estos franceses.

El francés toma al americano de la muñeca y lo arrastra a la recepción donde supuestamente Seychelles tiene que estar esperando con las copias de la llave de la habitación. Sí, van a compartir una habitación para estar en familia. Qué monos son.

Al hotel siguen llegando más naciones, y yo sinceramente me imagino al dueño de éste en un bañador con el símbolo del dólar sumergiéndose en una piscina con billetes de todo el mundo, a lo Tío Gilito. Vale miento, no me he imaginado al director del hotel, sino a Suiza, que con el colocón con el que lo dejamos debe de estar intentando hacer lo mismo.

Como iba diciendo, el hotel recibe a Veneciano, Prusia y Vaticano. El menor de los italianos saluda a todos apresuradamente y corre hasta su habitación donde Alemania le está esperando. Vaticano es perseguido por personal de seguridad que lleva el uniforme de la guardia suiza. El germano viéndose solo se acerca al francés feliz de la vida, porque ya se está viendo en el altar con la húngara.

Prusse!

Heil, Frankreich!

Prusia se deja abrazar y se ríe. Francia está haciendo la cuenta atrás desde diez para que el albino le confiese cuáles son sus planes de boda.

Tres...

Dos...

Uno...

—¿Sabes una cosa súper awesome?

El francés sonríe victorioso.

Non, ¿qué cosa, Prusse?

—¡Vas a ser mein awesome padrino de mein awesome boda!—chilla dando saltitos de niña pequeña.

Canadá flipa con eso, y aún más de que su antiguo tutor parezca tan tranquilo. A todo esto, Prusia no se ha dado cuenta de que el norteamericano está ahí. Disculpadlo, pero es que es el awesome Prusia, awesomemente egocéntrico y ya con esto de la boda con Hungría (boda de la que Hungría no tiene ni idea).

Quoi?¿Te casas?¿Cómo?

—Es fácil, Frankreich. Yo voy con un awesome traje de novio, Ungarn con uno no tan awesome de novia. Todos en la iglesia, tú vestido de padrino, Kugelmugel llevando las alianzas y Österreich la música... Nein, nein, nada de música de Österreich porque es aburrida y fea. Nada awesome. Mejor que Spanien se encargue de la música, así no se enfada porque te haya elegido a ti como padrino...

Prusse—Francia intenta no ser maleducado.

—¿Eh?¿Qué pasa?Ah, claro. Tú preferirás ser padrino de Spanien cuando se case con Italien. ¡Bueno, un pequeño cambio no importa! Tú padrino de Spanien, Spanien será mi padrino y yo el tuyo kesesese.

El francés se masajea el puente de la nariz, intentando ser paciente.

—¿Piensas casarte?—pregunta Canadá en un susurro, abriendo los ojos como platos.

—Quoi? Non, non, ¡yo no me voy a casar!—responde nerviosito.

—¡Ya lo sé, Frankreich!¡Soy yo el que va a hacerlo!—contesta Prusia dándole un golpe seco en la espalda mientras vuelve a reírse.

—Pero, ¿Hongrie ha aceptado ser tu esposa?

Nein, no lo ha hecho—se encoge de hombros, con la sonrisa permanente.

Francia comienza a ponerse nervioso, porque es como si España hubiera poseído el cuerpo de Prusia y le está sacando un poquito de quicio. Pero trata de no perder la compostura, dedicándole una sonrisa.

—Pero seamos sinceros, ¿quién rechazaría a este macho alfa germano Dios del sexo?—modestia a parte—. ¿Y quién rechazaría un anillo tan awesome de alguien tan awesome como yo? ¡Estamos hablando de estar juntos para toda la vida!¡Le concedo a Ungarn el privilegio de disfrutarme para siempre—añade cuando ve que su amigo está a punto de replicar.

—¿Le has comprado un anillo?—cara de WTF?!

Ja!¡No puede haber boda sin anillo de proposición!

No puede haber boda si una de las personas no sabe que va a casarse y mucho menos aún no ha aceptado, Prusia. Ahora son otros tiempos, no es como hace quinientos años que tú elegías con quien te casabas y ¡hala, boda al canto.

—¿Tu frère te ha dado dinero para comprarle el anillo?

Nein, nein. Si se lo digo se pondrá muy pesado y me dirá hazlo así y hazlo asá. Por cierto, ¿quieres verlo?—pregunta con una sonrisa de anuncio de dentrífico.

Ni siquiera le da tiempo a responderle que ya le ha plantado el anillo en sus narices. Es plateado y tiene un pollito que porta un pedruscón gordo y pesado, tanto que no le cabe en el pico. Francia entiende a España, y ya se está viendo en urgencias con Alemania, porque ese diamantito le va a costar un riñón.

—¿A que es muy awesome?

Oui, lo es.

—¡Pues claro que lo es, hombre!¡Ungarn se va a volver loquita!

Y te va a dar un sartenazo.

—¿No crees que es todo muy precipitado, mon chéri?

Nein, ¿por qué iba a serlo?

—Bueno, recuerda que Hongrie estuvo casada con Autriche—señala intentando hacerle entrar en razón.

El albino bufa y rueda los ojos ante la mención de la boda de esos dos. Porque fue una boda horrible, y el vestido que llevaba Hungría no era tan bonito como el que él hubiera elegido, la música era fea, la comida era asquerosa y encima se casaba con el señorito.

Ja, ¿y? Todos cometemos errores y ella metió la pata hasta la ingle, pero soy una persona awesome y la perdoné.

—No me refiero a eso, cher.

Ceño fruncido del prusiano.

—Sabes que ese matrimonio no acabó bien.

—Se casó con el señorito, ¡obvio que no acabara bien!—protesta cruzándose de brazos, a lo pues ahora me enfado, me enfurruño no respiro y me convierto en pera.

Francia atina al acariciarle el brazo con cariño.

Espagne también se casó, y no ha vuelto a hacerlo.

Spanien también se casó con Österreich.

Facepalm del galo.

—¿Quieres dejar a Autriche un segundo?—pregunta molesto por el comportamiento infantil del germano.

—¡Pero es que es verdad!—chillonea—. ¡No es mi culpa que traumatice a las personas con las que se casa!¡No es mi culpa que el mal gusto ciegue a las personas en ocasiones de su vida!

—Lo sé, mon chéri, créeme que lo sé—Francia se hace un poco bolita mentalmente, recordando cuando Inglaterra se lió, quiero decir, se alió con Portugal en la época de esplendor napoleónico—. Pero a lo que yo me refiero es que a lo mejor no quiere repetir malas experiencias.

Prusia aparta la mano del francés que le acaricia la cara de un manotazo y le lanza una mirada llena de indgnación.

—¿Insinuas que sería una mala experiencia estar casado conmigo?¿O acaso me intentas decir que no sería capaz de hacer feliz a Ungarn?

—Quoi?!Non, non!¡En ningún momento he pretendido hacerte creer eso, mon amour!—intenta retenerlo abrazándole de los hombros, pero el germano se zafa de su agarre.

—Ah, nein? Pues a mí me parece que sí. Lo que me parece super fuerte es que ni Spanien, ni tú me apoyéis en esto, ¡joder!¡Se supone que sois mis mejores amigos!

—¡Y somos tus amigos, Prusse!—chilla histérico—. Te lo decimos desde nuestras experiencias, mon chéri, sólo queremos lo mejor para ti.

—¿Lo mejor para mí?¡Te estoy diciendo que quiero casarme!¡Mi felicidad está con Ungarn!¿Es que no lo entiendes?—permanece estático mirando al galo fijamente.

—Puedes estar con ella. Puedes hacerla feliz y ser feliz sin necesidad de casarte—razona bajando un poco el tono—. ¿Sabes todo lo que conllevaría casarte con ella? Podrías generar una desestabilización política, social y económica. ¡Abre los ojos, s'il vous plaît!

Prusia rueda los ojos y bufa.

Francia e muerde el labio mientras le sujeta la mano, apretándosela y esperando que se le apriete de vuelta. Prusia se humedece los labios, aún con el ceño fruncido. Y una parte de él siente que tiene toda la razón del mundo, pero esa parte tiene una voz flojita, que habla a susurros como Canadá. De modo que vuelve a romper el agarre y observa al rubio con una mirada severa.

A todo esto, Hungría aparece tras las puertas del ascensor, un jersey rojo bastante hortera con un reno de nariz roja que le ocupa todo el pecho y parte de la barriga.

La húngara le dedica una amplia sonrisa al albino y lo saluda con la mano a lo lejos. Él le guiña un ojo, y Francia le hace un gesto con la cabeza, aún con la carita de pena.

—No tienes derecho a decirme que hablas desde tu experiencia cuando eres tú el que más daño a hecho a lo largo de la historia—susurra antes de acercarse a Hungría y tomarla de la mano para ir a dejar sus cosas en la habitación que van a compartir.

Un puñal atraviesa el corazoncito del galo, el cual mantiene fija la vista al suelo.

Canadá que ha sido testigo de esa discusión que empezó por un asunto absurdo le toma de la mano, entrelazando sus dedos y apretándola. El mayor mira al americano con una sonrisa débil y se la aprieta de vuelta.

—No le hagas caso, France. No sabía lo que decía—dice como consolación.

—Lo sé, mon petit soleil. Pero tiene toda la razón, yo he hecho daño a muchas personas.

—Y a ti también te lo han hecho, France, lo hablamos antes. Y no pasa nada, porque todo eso forma parte del pasado.

—El pasado estará ahí para siempre.

El menor se encoge de hombros.

—Pero lo que realmente importa es el presente.

Sonríe ante el optimismo de su pequeño canadiense y no puede evitar darle un abrazo de oso. Canadá sonríe entre los brazos de Francia y lo interpreta como símbolo de agradecimiento.

—Hablando de presente—comenta ya más animado cuando se separan del abrazo—. ¿Dónde se habrá metido esta niña?—pregunta refiriéndose a Seychelles.

Je ne sais pas. Le he puesto un mensaje, pero no contesta.

Suelta un suspiro y niega con la cabeza.

—Se habrá dejado el móvil en la habitación o estará por ahí—el chico de las gafas asiente, riéndose un poco porque su hermana es realmente olvidadiza y despistada—. ¿Qué tal si tomamos algo en el bar mientras esperamos?

—Me parece bien.

Mientras tanto, en la cafetería se encuentran Seychelles y Liechtenstein. La primera da vueltas al contenido de su copa con la sombrillita azul que le han plantado, la segunda hace lo mismo pero en lugar de girar una sombrilla dentro de una copa con alcohol, gira una cucharilla en una tacita muy cuca que dentro contiene café solo, como el que bebía en casa de Austria. Ambas charlan sobre el regalo que Liechtenstein acaba de comprarle a Suiza.

—¿Tú crees que a mi bruder le gustará mi regalo?—pregunta la rubia sonrojada, con la mirada fija en el café que debería llamarse centrifugado de tantas vueltas como le ha dado ya.

—Hombre, no es algo a lo que Suisse esté hecho a esa clase de regalos—ni a cualquier otro tipo—. De hecho, no es muy común que se regalen cosas así.

Una mueca de horror se dibuja en la cara de la europea. ¿Y si a su querido hermano no le gustaba el regalo? Ella lo había elegido con todo su cariño, e incluso Seychelles había dado su visto bueno.

—Quieres decir que lo va a odiar, ¿no?—agacha la cabeza sintiéndose totalmente estúpida.

—¿Odiar? Non, non. Nadie podría odiar un regalo como este, Lils.

—Ah, nein?—levanta la cabeza con una sonrisa esperanzadora en los labios.

Seychelles le devuelve la sonrisa.

—¡Por supuesto que non! Si a mí me hicieran ese regalo estaría eternamente agradecida porque el que tengo ahora está hecho polvo.

—Pero tú dijiste que no es muy común que se regalen esas cosas—dice encogiéndose de hombros algo insegura. Es lo que tiene convivir con Suiza.

Oui, lo dije, pero porque a mí me personalmente me gusta tener la libertad de elegirlo yo misma—le da un sorbito a su cóctel y se relame antes de seguir—. Lo digo desde mi experiencia. El primero que tuve fue un regalo de France y acertó en el tamaño, peso y el modelo era uno de los más modernos de aquella época. Pero resultó ser un asco con esa vibración... ¡Casi parecía que hubiesen terremotos!—vuelve a darle otro trago—. De todas maneras no creo que Suisse esté muy informado en ese campo, él es más rural, de la vieja escuela.

—Lo cierto es que yo tampoco soy muy experta—admite Liechtenstein en voz baja—. El primero que tuve fui a comprarlo con Ungarn, ella me ayudó a elegirlo.

La africana le da una palmadita sobre la mano que tiene puesta sobre la mesa.

Por las puertas de la cafetería entran Canadá y Francia. Éste último rodea de manera fraternal los hombros del americano con uno de sus brazos. Allí los recibe una chica encantadora, que primero saluda en alemán pero cambia inmediatamente al francés al oír a Francia contestarle en tal idioma.

—Tranquila, todos empezamos así, siendo inexpertos. ¡Incluso Amérique, que es todo un magnate en esa industria!

Liechtenstein pasea la vista por la estancia, y da un saltito al ver a los dos francófonos. Porque Seychelles y personalidad despistada son contagiosas, y la chica recuerda que cuando acompañó a la morena a por las llaves de su habitación le dijo: He quedado con France y Canada aquí en recepción para entregarles las llaves. Pero el tiempo pasó y ninguna recordó este pequeño detalle.

—¡Tu bruder!—grita en un tono de voz que cualquier persona usaría para pedir la hora.

Seychelles parpadea sin entederla bien.

—Oui, Amérique c'est mon frère.

Nein, nein—niega con la cabeza frenéticamente—. ¡Tu bruder Kanada!

Mira en la dirección en la que se encuentran el americano y el europeo, conteniendo sus ganas de extender su dedo índice y señalarle donde se encuentran. Pero Austria le enseñó que eso no era lo que hacían las señoritas, aunque Hungría lo hacía todo el tiempo (cuando el austriaco no miraba).

Non, mon amie. Digo que mon frère Amérique sabe mucho de esas cosas.

—Y yo digo que tu bruder Kanada está ahí, con Herr Frankreich—vuelve la cabeza hacia donde están ya sentados en una mesa, esperando que llegue lo que han pedido.

La africana da un gritito. No porque Francia y Canadá vayan a molestarse con ella, sino porque es consciente de que es un auténtico desastre.

El francés ha pedido un café francés, mientras que el canadiense ha tenido la tentación de pedirse una Guinness, pero al final ha optado por el té.

El servicio es rápido, así que la camarera viene ya de vuelta cuando tiene que hacer unos movimientos ágiles dignos de una bailarina de ballet o equilibrista para evitar que una manada de ñús salvajes, es decir, Seychelles la derribe a ella, las bebidas de los clientes y parte de su sueldo.

Entschuldigung—se disculpa Liechtenstein detrás de ella, sosteniendo la copa de Seychelles y su café procurando no derramar ni una gota.

France!—chilla plantándole las llaves en la cara, haciendo que se sobresalte y se aleje como acto reflejo—. Je suis desolée.

Francia esboza una sonrisa y en lugar de tomar las llaves lo primero que hace es abrazarla con fuerza para repartir besos por toda su cara, entre otros cariños melosos que hacen sonrojar a los huéspedes que son germanos y helvéticos en su mayoría. Ya sabéis, rehusan un poquito del contacto físico.

Mon petit ange!—le restriega la perillita contra la mejilla—. ¿Dónde demonios estabaaaas?¡Estábamos très preocupados— Francia, el dramas.

Je suis desolée—repite algo avergonzada—. Me olvidé por completo.

—Para variar—dice Canadá antes de abrazarla él, pero nadie le escucha.

Je sais, ma chérie. No pasa nada, lo importante es que por fin te hemos encontrado—aunque en realidad haya sido al revés, pero es que eso queda más bonito, más de película.

Después de más cariños, halagos y esas cosas que suele hacer Francia cuando se encuentra con sus antiguas colonias (y con medio mundo) llega Liechtenstein a la que saluda sólo besándole la mano, por si Suiza está merodeando por allí.

Los cuatro se sientan y mantienen una conversación, en la que los que los participantes principales son Seychelles y Francia. El adulto comenta cómo ha sido el viaje de París a Ginebra mientras que Canadá asiente a todo con la cabeza, también habla de los deliciosos y distinguidos platos que ha encargado para llevar en representación de la nación francesa en la cena de Noche Buena. Con respecto a esto, Liechtenstein comenta que su hermano ha optado por llevar queso y chocolate, a nadie le extraña. Y por último, el francés divaga sobre los trajes que el canadiense y él van a llevar durante la cena.

Mon petit Canada va a estar guapísimo!—sentencia una vez termina de descripir el color exacto de la camisa que vestirá el joven, que no es blanco, pero tampoco llega a ser beige del todo.

Las mejillas del aludido adquieren una tonalidad rojiza.

Merci.

—A ver si ligas o algo, non?—añade Seychelles con una sonrisa malignilla.

Canadá traga saliva, nerviosito.

—Harán cola para bailar con él—afirma el francés inflando el pecho.

—¿Alguna prioridad, hermanito?

El aludido tose con el tonito sugerente de las palabras de la chica y la doble subida de cejas que acaba de hacerle. Francia arruga el entrecejo sin terminar de comprender la situación.

Es Liechtenstein la que logra salvar la situación, cambiando de tema, volviendo al maravilloso regalo que va a hacerle a su hermano mayor. Francia la escucha con atención, y siendo sinceros, hace un esfuerzo por no soltar una carcajada. Canadá está flipando con lo que la chica narra, sobre todo con la inocencia que lo hace, ¡tan cuca!

Herr Frankreich, ¿usted cree que a mi bruder le gustará?

Mais oui!—asiente el galo con una de sus sonrisas encantadoras—. Es más si no tiene uno todavía es porque tu frère es un poco...—pausa para buscar una palabra que no suene tan mal como tacaño o agarrado—. Es bastante ahorrativo.

Ja, lo es.

Suelta aire, aliviado porque para los helveticos la palabra ahorrativo sea un adjetivo positivo, casi tanto como un halago.

—Oye, France, he olvidado colgar mi vestido para mañana, ¿me acompañas y así lo ves?—propone Seychelles cogiéndole de la mano.

Oui, iré encantado y de paso también cuelgo las camisas que tengo en la maleta.

El canadiense se pone de pie cuando ve que ambos están a punto de ir a la habitación para colocar también sus prendas.

Canada, tú quédate aquí con Liechtenstein, s'il vous plaît—le pide su hermana con una sonrisa.

—No es problema, pero mi ropa...

—Ya te la colocamos nosotros—le asegura aprentando la mano del adulto que la mira alzando una ceja, volviendo a notar el tonito sugerente—. No tardamos nada. Y trata bien a Lils, eh. Mira que su frère tiene bastante... carácter.

Mais, Seychelles!

A bientôt!

Y ambos salen de la cafetería, dejando solos a Canadá y Liechtenstein. El uno en frente del otro.

La chica tiene las manos puestas sobre sus piernas, agarrando con fuerza el vestido y con la cabeza ligeramente agachada. Está algo ruborizada, porque realmente nunca ha estado con otros chicos que no fueran su hermano, Alemania, Prusia o Austria.

Él también se revuelve en su silla y se pasa las manos irregularmente por el cabello. Está preocupado. Teme que Irlanda entre por las puertas en cualquier momento y se lo encuentre ahí, sentado junto a la ventana con Liechtenstein. Lo peor de todo es que el ambiente es navideño y bastante romántico, ¡y encima su acompañante está actuando como una adolescente en su primera cita! No la culpa, porque más o menos conoce la personalidad sobreprotectora de Suiza y eso es lo más parecido a una cita que habrá tenido.

Lo que Canadá no sabe es que lo que está apretando bajo su vestido es su pequeña pistola, porque como diría su hermano ''Por muy monos que parezcan tus enemigos (o animalitos del bosque) nunca te confíes. Podría tratarse de un lobo con piel de cordero''.

En el ascensor, Seychelles pulsa el botón de la tercera planta y se cruza de brazos mientras espera. Al francés le ha resultado rara la actitud de la joven durante todo el trayecto. Los dos están en silencio, meneando la cabeza al ritmo de la canción que suena dentro del ascensor.

La mira de reojo y decide ponerle fin a esta situación.

—¿Me vas a decir qué te pasa o tengo que adivinarlo?

—¿A mí?—mano al pecho con cara de ''yo no he sido''—. A mí no me pasa nada.

Alza una ceja.

—En un principio pensé que habías puesto esa excusa barata para emparejar a ton frère con la soeur de Suisse— Seychelles parpadea perpleja, porque jamás se hubiera imaginado a Liechtenstein saliendo con nadie y mucho menos con Canadá—. Pero parece que eso ni siquiera se te ha pasado por la cabeza. Lástima, porque a mí me parece que harían una pareja muy tierna— sí, hasta que Suiza lo amenazara poniéndole la escopeta sobre las regiones vitales.

Las puertas del ascensor se abren con el sonido de ¡plin! Ambos salen rumbo a la habitación.

—¿Y qué me dices de su pareja actual, France?

Frunce el ceño y vuelve a mirarla.

—¿Qué pareja?¿Canada tiene pareja?—pregunta deteniéndose frente a la puerta de su habitación.

—Ya, ya. Ahora cúbrelo—se ríe mientras introduce la llave-tarjeta para luego extraerla y abrir la puerta—Como si no lo supieras.

—Pues a decir verdad me estoy enterando ahora mismo y me gustaría que fueras directa al grano, s'il vous plaît—dice sacando su vena de mamá gallina, cerrando la puerta tras él una vez ambos entran.

Seychelles se ríe, dejándose caer en una de las tres camas que hay en la habitación, exhausta. El francés se dispone a colocar que están en las maletas.

—¡Jo, France!Lo que me parece muy fuerte es que además de que no me lo haya contado él, que tampoco lo hagas tú y encima trates de taparlo! Ya sé que es raro, pero bueno, mira a Romano con Espagne.

El galo detiene su labor y la mira. Ella se incorpora al ver el rostro confuso del rubio, pero mantiene la sonrisa, pensando que se le da de miedo actuar.

—Hablo en serio Seychelles, no sé de qué me hablas. Y no entiendo qué tienen que ver Espagne y Romano con él—coloca una de las camisas en la percha y la cuelga en el armario.

—Pues eso del complejo de Edipo y ese rollo. A ver, yo creo que puede ser normal, ¿no? A mí no me pasaría porque no me van tan formalitos, pero si a él le gusta y es feliz, pues adelante. Son una pareja rara de cojones, pero como tú sueles decir el amor no entiende de razas, ni de edad, ni de tamaño, ni de sexo...

La chica sigue parloteando sin parar mientras Francia sigue colgando las prendas más delicadas.

—Seychelles, ma chérie, sigo sin entender qué es lo que me quieres decir—la interrumpe el francés algo crispado, porque entre lo de Prusia y que supuestamente Canadá le está ocultando algo a él cuando nunca lo ha hecho, es está empezando a poner de mal humor.

France, creo que Canada se está acostando con Angleterre—responde automáticamente, y al pobre Francia se le cae la percha de las manos.


Al final no sé quién va a acabar más tocado después de esta fiesta, si Suiza o Francia. ¡Hagan sus apuestas en los comentarios!

Por cierto, ¡he aprendido cómo van los mensajes privados! *llora de emoción*

¡Gracias por leer!Espero que os haya gustado el capítulo, ¡nos leemos!