Este fic lo tengo tanto en Wattpad como en AY, no es plagio. Simplemente quiero invadir mis páginas favoritas de estas suculentas parejas, no pude evitarlo xD
Disclaimer: Los personajes de Supernatural, claramente no son míos (joder, que Gabriel jamás hubiese muerto!), sino de Eric Kripke.
Capítulo VII
Aroma dulce. Aroma fresco.
Sam estaba estresado. Cansado. Fastidiado. Y estaba a punto de matar a alguien.
Las cosas en la aldea se calmaron con respecto a su hermano, pese a que Jo y los demás le siguen lanzando miradas desconfiadas y preocupadas, contaba con la ayuda inesperada de Benny quien en su tiempo era el tercero al mando de Dean, ahora promovido temporalmente como el segundo en lo que Adam se recuperaba por completo.
El concejo dejo en paz su decisión respecto a tomar el control permanentemente como se esperaba, pero sin ser el líder alfa como se esperaba, y no ha habido cambios de ningún tipo entre sus filas o jerarquía de sabios. Primavera se despedía muy rápido y otoño anunciaba su llegada entre las copas de los árboles, aun así sus cosechas andaban bien y comenzaban a recolectar lo suficiente para invierno según su calendario lunar. El problema en resumen completo no se hallaba dentro de su gente, sino en lo externo.
Entre sus matorrales se escondían lo que la mayoría conocía como enemigos, ya muchos han contado y compartido historias donde aseguran a ver visto Wargos cercas de las cosechas, entre los arbustos y bajo el rio. Se han quejado, sobretodo porque la mayoría de los cachorros de los pescadores que vivían en las orillas junto a los sembradíos, eran omegas. Los padres estaban preocupados por ellos y exigían una mayor vigilancia.
Por suerte el centro de la aldea aún no creía de todo aquellas palabras, asegurando que Sam como jefe nunca permitiría un avance tan peligroso y masivo. El lycan castaño nunca había mentido tanto.
Esas hienas del inframundo eran rebeldes contra las causas de su comandante según Ruby, pocos de sus conocidos que eran de fiar. La rubia le había dicho a Sam que eran menos de cinco nada más y él mismo no tenía por qué desconfiar de ella, pero su gente no lo entendería de la misma forma. Y no puede seguir mintiéndoles, necesitaban saber que su estrategia para acabar con la guerra significaba una alianza con él de por medio; Sam no se sentía tan preparado para afrontar lo que él ser un mestizo líder representante de ambas especies significaba.
Al mismo tiempo Ruby exigía que ya era hora de hacerlo, que su gente no tenía por qué estarse escondiendo entre matorrales sufriendo de hambre siendo que estaban a su causa traicionando a sus familias. Sam no conocía a los wargos tan bien para asegurar que esos seres resentían que traicionaban a su propia sangre, pero Ruby no le estaba dando ningún respiro en absoluto.
Para empezar debía hablar con el concejo, convencerlos de sus planes para la guerra y recibir su apoyo de alguna manera; al mismo tiempo podrá combatir con las represalias que pongan los miembros de su aldea, entonces seguirán reorganizaciones y tomar bajo su ala a todo Wargo que quiera apoyarlo; eso significaba dar refugio, comida, protección y estabilidad dentro de sus tierras.
¿Qué pasaría con sus omegas entonces? Es bien sabido que la comida favorita de las malditas hienas eran los omegas e infantes. ¿Qué protección le daría a los suyos y con qué seguridad?
— Te ves muy cansado.
Ay no. Sam no pegó la frente contra el suelo sólo por orgullo.
— Hola, Ruby. ¿Qué haces aquí?
— ¿No puedo venir a ver a mi prometido de enlace? — rio ella con coquetería, deslizándose seductora sobre el cuerpo de Sam y al mismo tiempo protegiéndose entre él y el trono de pieles ante la vista de todos los curiosos que pasaran.
Cuerpo pequeño, piel dorada, curvas delicadas y un rubio brillante como el sol. Pero sus ojos eran grises, como las tormentas, apasionadas pupilas que siempre pedían estar jugando prometiendo ser peligrosa pero divertida. Con esas manos suaves que ocultaban grandes garras negras, pesadas y frías recorriendo la piel de sus brazos y hombros con hambre.
Ruby era preciosa, adictiva, fantástica.
Pero no era lo que Sam necesitaba ahora.
— Es peligroso en plena mañana, Ruby. No deberías volver hasta que las cosas se calmen.
— ¿Y eso cuando será Sam? — pregunto ella lastimada —. Te necesito. Yo te necesito como no tienes idea.
Aquello último vino acompañado con un gemidito mientras se apretujaba más contra su cuerpo, gozando qué las ropas de ella eran apenas pequeños trapos que tapaban muy poco la desnudes de su entrepierna, que Sam, pese a que estaba cubierto con sus propias pieles, sentía. El lycan apenas encontraba su voz entre aquella insinuación.
— Ruby, sabemos que no puedo detenerme si continuamos.
— Tal vez ya sea tiempo para continuar. Pero de forma libre, Sam. Tú sabes cómo.
Adiós a la atracción, Sam simplemente no reaccionó con sus instintos reproductivos, por llamarlo de una forma totalmente desinteresada.
Ese era otro gran detalle.
No había mencionado también que otro de sus problemas era la misma Ruby queriendo que la marcará definitivamente como suya, dándole a entender de alguna manera que así, ella y su gente sentirían que estaban en su hogar teniendo a un wargo como la mujer del líder alfa. Que serviría como balanza.
Para Sam eso no sonaba bastante sencillo de realizar más que los otros cien inconvenientes que se le venían encima.
La rubia parece que recibió el mensaje de su frialdad y estoicismo, dejó de apretarse contra el cuerpo macho y alejó la cabeza un poco para ver aquella mirada verde. Sam parece que perdió toda pasión con ella, y ésta simplemente no podía sentirse menos ofendida, menos dañada y más enojada que nunca por tremenda acción de rechazo.
Pero se controló, a cambio mostró su cara más inocente y triste que podía crearse en sus facciones falsas de belleza mortal. — No me quieres a tu lado. Es eso.
— Claro que no, Ruby. No hagas drama de esto.
— ¿Qué no haga drama? ¡No me estas tomando la importancia que merezco! — sus ojos amenazaba con volverse rojos en un llanto de sangre, pero ciertamente aquello era más por la rabia que sentía que por fingir depresión.
— Cálmate. — pidió Sam con algo de fastidio, y eso simplemente Ruby no pudo suprimirlo.
Bastante enojada y ofendida, sacó bajo sus faldas un paquete de piel con líquido espeso adentro. Siempre le traía sangre a Sam ya drenada porque éste de la noche a la mañana simplemente ya no quería morderla, no tener un encuentro intimo enredando sus piernas como siempre se divertían. Ruby, sinceramente, se estaba cansando.
— Ten tu sangre Sam. Veamos si con esto recuerdas un poquito lo que yo debo valer para ti.
La mujer se paró de su escondite y caminó furiosa hasta la salida al campo trasero y de ahí Sam sabía que se iría colina abajo por el pedrerío para tratar de que nadie la viera. Al joven líder sinceramente le preocupaba de sobremanera que un día la descubran por tremendos riesgos qué tomaba y después, todo se fuera a la borda por su insistente capricho.
Sam no mentiría, extrañaba sentirla con esa fiereza, pasión y entrega que con sólo caricias y fricciones ambos creaban como su éxtasis, beber de su delicado cuello y saborear después hasta la última gota que resbalaba. Pero ahora no tenía ni cabeza, ni cuerpo, ni ganas. Sólo necesitaba un trago de su sangre y ya, muchas gracias y hasta la próxima.
— ¿Todo bien? — una nueva voz hizo que Sam levantara la vista de su propia sumisión, topándose con la mirada grisea triste de Adam.
La voz de su hermano le hizo levantar la mirada del supuesto pergamino de piel que leía desde hace una hora al alba y que aplastaron los muslos de Ruby. Genial, ahora debía borrar el olor de la Wargo de sus propias cosas.
Ahí de pie un muchacho de dieciséis años sin madre y ahora sin padre, con un hermano prófugo al cual amaba y otro demasiado ocupado para mortificarlo. Sam quería decirle que estaba bien, que ahora él entendía lo que era despedirse de la única familia que conocía aunque no compartieran sangre. En teoría su hermano menor no lo era, pero no importaba ninguno de los errores o negaciones de John Winchester, para Sam, Adam seguiría siendo su hermano aunque fuese de alma solamente.
— Adam, ¿ya te sientes mejor?
— Sólo quise venir pasa saber cómo estabas — rio el pequeño avergonzado —; Te he dejado sólo con todo el trabajo cuando se supone que debo ayudarte.
Sam sonrió ante ese gesto tan adorable. Su hermano menor se veía muy delgado y pálido, ojeroso hasta más no poder y sus heridas parecían seguir de un color muy horrible como para creerse recuperado; el pastor Jim junto con las demás sanadoras no entendía que pasaba ante esas heridas de garras, ni encontraron razones para creer que fuese algún tipo de veneno porque Adam seguía vivo.
— No, tu deber es descansar ahora y recuperarte.
— Nuestra familia, nuestra gente me necesita.
— No débil. Esta gente lo único que necesita de ti es protección y tu fuerza, que no conseguirás mejorar si te esfuerzas tanto.
— ¿Y qué pasará con Dean? — Sam se tensó ante ese nombre y apretó la quijada, pero Adam solo lamió sus labios resecos y se puso testarudo, enojado — ¿En serio te crees que nuestro hermano era capaz de matar a padre? ¿Él, su hijo?
— ¡Dean escapo! — Sam se levantó con furia y tiró los pergaminos lejos de él. — Eso es lo único que sé y lo que tú debes saber, ¡no vuelvas a preguntar!
Contuvo el aire, su pecho se alzó y sus puños se cerraron a su alrededor, poniendo su figura autoritaria como alfa y que su menor debía respetar ahora. Así lo hizo Adam por su instinto que reaccionó antes que él, agachando la cabeza y escondiendo el pecho, de ser un omega hubiera mostrado el cuello con vergüenza, pero aquella postura era suficiente para dominarlo.
Sam nunca le había gritado ni ordenado nada a su hermanito menor. Desde que Dean se lo presentó llevándolo en brazos hasta su cama, el castaño se prometió a si mismo que él sería quien protegería de todos y ante todos a ese cachorro, así como su hermano mayor lo hacía con ambos. Entonces nadie jamás ha osado gritarle a Adam ni domarlo, en la familia se podía decir que era el consentido aunque los cuatro lo negaran. A veces lo reñían, cierto, sobre todo porque el joven Lycan siempre fue una molestia hiperactiva andante, pero nunca de esa forma.
Sam por un momento sintió que perdió la razón, su mente dejo de ser suya y su cuerpo también. Debe ser la falta de sangre, pensaba para convencerse. De todas formas la acción estaba hecha y lo prefería así, al menos su hermano no insistiría con encontrar a Dean nuevamente más allá de las fronteras para ponerse a sí mismo en peligro. Sam primero quería arreglar un acuerdo con los wargos rebeldes antes de permitir que su gente se cruzara a otros clanes o fuera de su poderío.
— Esta bien, señor. — nunca, jamás en la vida Adam ha llamado de esa forma a ningún superior, ni siquiera a su padre, así como sus hermanos mayores fueron acostumbrados.
Sam sintió que la garganta se le cerraba cuando percibió miedo y después furia en la esencia del menor.
— Volveré a reposar con los sanadores.
— ¿Por qué no vuelves aquí? Los ayudantes de la casa pueden atenderte. — ofreció Sam buscando verlo a los ojos
Sin embargo no duro mucho tiempo cuando su hermano menor por fin pudo levantar la mirada sumisa a una seria. El aroma alfa de Adam ahora indicaba que lo estaba retando, pero no suficiente para encender sus instintos.
— Aquí me mareo con frecuencia. ¿No te da la sensación de que apesta? — de pronto Sam sintió que el mundo se le venía abajo —. Estaré listo para cuando me necesites en batalla.
Adam le dedicó una última mirada de confrontación y después giró sobre sus talones para salir de ese lugar a pasos lentos pero orgullosos.
Sam por el contrario necesitaba salir corriendo ahora. Tomo la cantinflera de Ruby con su sangre sujetada en su hocico para salir corriendo de ahí lo más rápido que podía en su forma lobuna colina abajo.
Por la misma ruta que Ruby había tomado, pero colina abajo y entre los arboles más frondosos, Sam llegó al rio cuesta arriba, varios kilómetros lejos de donde se situaba el puente que unía sus tierras con los bosques oscuros en la frontera, donde peleó una última vez con su padre a su lado.
En realidad no batalló esa vez, a sabiendas que necesitaba la confianza de su padre –no, de John–, permitió que Dean lo rescatará mientras él esperaba la emboscada que iba contra el pequeño grupo de Adam. Pero perdió los sentidos, de alguna forma no encontró las fuerzas para que su cuerpo respondiera y por ello Ava y Andrew murieron. Sam se sintió estúpido en ese momento y ni siquiera valió la pena porque su padre –John– murió un día después.
Pensando en eso, Sam rasgó entre sus colmillos aquella cantinflera de piel y la sangre de la wargo se escurrió dentro de su hocico hasta el fondo. Esta vez ni siquiera la disfrutó, ni tuvo cuidado en ser limpio, simplemente dejo que aquella sangre salada drenara su cuerpo y lo fortaleciera.
Aun no comprendía muy bien como era capaz de ser un mestizo tan fuerte, pero su postura y fuerza eran impresionantes que poco observaba sus cambios internos.
Fue en ese momento de su absorción donde interrumpieron el sentir de su poder; un crujido más un lamento de animal, abajo y del otro extremo del río de corriente tranquila, ese sonido vino entre la gran roca y pocos arbustos que había a su alrededor.
Sam olfateó el aire en busca de algún enemigo o un animal peligroso, por esa parte de los bosques nunca ha encontrado algún depredador, pero aun así había probabilidades de que lo fuese. Recargó su peso en sus patas traseras en posición de ataque, pero otro lamento le hizo desistir de esa idea, más aparte de que el aire sólo olía a él y la sangre de Ruby.
Aun sin fiarse agudizó su oído y concentrándose para reconocer a su visitante. Todo lo contrario a sus ideas de peligro, un gemido doloroso y cansado volvió a escucharse pero sin tanto afán de ser escuchado, más bien, parecía con miedo.
Con las orejas bajas y a saltos curiosos Sam cruzo el río cuyas aguas relajadas le permitían hacerlo sin preocuparse de que la corriente se lo llevará, sus pequeños remolinos azules apenas tapaban la altura de sus patas.
Del otro lado del río sacudió sus patas y por reacción hizo lo mismo con su pelaje, después volvió a acercarse lento a la gran roca que tuvo que subir porque los arbustos a su alrededor no le permitían observar que ocultaban.
Grande fue su sorpresa, dando un pequeño saltito abriendo sus cuatro patas de la impresión, con la cola en lo alto estática y orejas bien paradas; un lycan en su forma animal estaba ahí tirado echo un miserable ovillo en su escondite. Sam percibió un olor a sangre dulce, la más dulce que había olfateado en su vida, combinada con las hierbas a su alrededor, así como el dolor y desesperación.
Está lastimado. Dedujo de inmediato, aunque por el color de un charco negro que apenas sobresalía de aquel enorme cuerpo, Sam suponía que llevaba días ahí sin ninguna atención.
Ladeó su cabeza con curiosidad, aunque ya estaba preocupado albergando intenciones de ayudar a ese pobre ser desafortunado, lo que realmente llamaba su atención era el color del pelaje de ese Lycan: era un café muy claro, entre amarillo y blanco, Sam en su inteligencia no encontraba descripción correcta para lo que deslumbraba sus ojos.
Y se ve suave, no evitó pensar.
De hecho se distrajo tanto con aquella esponjosa capa de pelos que ignoró por completo el tirón que recorrió todo su ser y el cosquilleó por todo su lomo que erizo sus pelos de punta apunta. En verdad que estaba maravillado con aquel color tan llamativo.
No que nunca hubiese conocido a otro Lycan de otros clanes. De dónde provenía Adam y su madre, al este del Rin comandados por Agron, todos ellos tenían un pelaje café chocolate o madera. En el desierto al noroeste se decían que eran rojos, al norte tras las montañas se murmuraba que hubo blancos aunque se extinguieron, en las costas del sur donde se podía ver los mares y en las islas se decía que eran combinaciones extravagantes como el arcoíris. Pero nunca jamás escuchó de un, un, ¡lo que sea que veía ahora!
Perdió la hipnosis cuando el cuerpo bajo sus ojos se removió muy apenas y con dolor. Sam reaccionó y bajo rápidamente de la gran roca, quitó los arbustos y todo lo que le estorbaba para acercarse al otro; olfateó una vez más, dando por sentado que el malherido era un omega-alfa varón. Sip, definitivamente varón y que no se hicieran preguntas, Sam simplemente lo supo.
Se acercó a él con cuidado de no lastimarlo más. No se animaba a transformarse por si el atacante del lobo menor se aparecía o era alguna trampa, así podría defenderse.
El desconocido Lycan sí tenía una herida a un costado, sin veneno ni huellas de colmillos o garras, Sam supuso que fue hecha por algún golpe ocasionado con fuerza e intenciones de matarle; aun así la sangre se notaba seca y la herida gris y fría, claramente por la humedad y lo fresco a su alrededor que no la dejaba sanar, o el cuerpo fue arrastrado por la corriente desde más arriba y terminó ahí. Ya investigaría eso luego.
Mientras olfateaba aquel cuerpo en busca de más heridas, Sam llegó a la cabeza y se dio cuenta que la víctima se encontraba con los parpados apenas abiertos pero fijos en él. Entonces el castaño notó que aquel pelaje raro combinaba con los ojos, que eran dorados como la miel, preciosas joyas comparadas con el brillo más destacado entre el oro de la cueva de los dragones, según las leyendas.
Como lobo alfa, su instinto hizo que con el hocico acariciara por debajo de la mandíbula y rozara la garganta del indefenso con su nariz de forma tranquilizadora. Con cariño y seguridad.
El herido seguramente había detectado el olor de la sangre de Ruby, por lo mismo se sintió inseguro y bajo peligro, pero al momento en el que recibió las caricias por parte de Sam volvió a perder la conciencia pero ahora mucho más relajado.
Confiaba en él. Sam no podía defraudarlo, debía salvarlo.
.
.
.
Dean sabía que estaba soñando, era fácil entenderlo porque la sensación que corría por su cuerpo era semejante a la de una hoja llevada por el aire, arrastrada por sus corrientes y movida por sus colores, adornada de detalles, viajando con mil aromas y paisajes. Así se sentía él, lo más extraño es que no sentía pánico, se sentía bien. Aun así no se movía, ni un solo musculo ni mucho menos parpadeaba, sólo se dejaba llevar por un viento algo salvaje que lo arrastraba, quien sabe a dónde, pero no temía.
No cuando veía, con sus pupilas fijas en un solo punto, el cielo azul que lo acompañaba en su viaje. Era un azul hermoso, no uno normal como en verano ni tan brillante como en primavera, fuerte pero no agresivo como el de otoño, tranquilo y sereno pero no frio como el invierno. Y aun así podría jurar que era un cielo eterno, días de inmortalidad bajo su reconfortante neutralidad.
Ya, está delirando. Mucho. ¿Qué clase de sueño era ese?
Cuando comenzó a reaccionar, por fin a utilizar todos sus sentidos, elevó una mano hacía el celestial paisaje con lentitud ingenuamente con la intensión de tocarlo. Para cuando su dedo índice logró estirarse con parsimonia hacia su objetivo, una luz muy molesta le daño la visión. Obligado a cerrar sus ojos con fuerza, fue rodeado por una fuerza que lo obligaba a bajar con dolor. El viento ya no lo llevaba, ahora lo jalaba hacía una oscuridad abrumadora.
Así fue su sensación hasta que abrió los ojos nuevamente, con una respiración alterada y ahora con una vista muy diferente.
Recostado nuevamente boca-arriba, su pecho subiendo y bajando por su desconcertado despertar, pestañeó varias veces para controlarse y reaccionar con aparente calma. Eso, hasta que en su campo de visión entraron tres caritas muy curiosas, preocupadas y con rastro de lágrimas en sus ojos.
Samandriel como siempre al centro, con Ambriel a la derecha y Hael al contrario. Apenas lo vieron despertar, sus caritas alejaron todo mal pesar y sonrieron como si estuviesen viendo al más grande pescado que pudieran comer.
— ¡Hola Dean! — canturrearon las tres vocecitas.
Al mencionado le daban ganas de volver al otro sueño y no a esa pesadilla.
— ¿Otra vez ustedes? — dijo sin mucho sentimiento, con una voz rasposa y la boca seca. Necesitaba agua, y que esos niños dejaran de encajarle las rodillas en el pecho y hombros.
— Ya niños, déjenlo en paz. — se escuchó una voz muy cercana a él, varonil y con un grosor bastante atrayente, sin mencionar que comenzaba a captar un aroma muy diferente al que desprendían los pequeños.
Pero entre tres cabecitas de cabellos alborotados no veía nada.
Dean quiso estirar el cuello un poco, pero tres manitas diferentes acunaron su rostro y fue obligado a permanecer recostado con los labios fruncidos. Se recordó así mismo que eran pequeños y siempre a esa edad era difícil controlar la fuerza con la que uno nace, pero sí que necesito de todo su autocontrol para no tirarlos.
— Queríamos agradecerte por salvar a mi mamá — dijo Ambriel, con una mirada llena de seguridad y agradecimiento sincero, casi asfixiante. Al mismo tiempo, los otros dos asentían con la cabeza con la misma efusividad.
— Eh. No fue nada. — sólo eso se le ocurrió contestar, y su voz salió diferente al a esos tres apachurrando sus cachetes.
Los niños asintieron ante la respuesta, pero aun así parecía que estaban invadiendo su espacio personal como muestra de que le debían la vida. Ciertamente Dean no creía que le debían nada, fue instinto puro y su ser el que se impulsó a salvar a aquella omega de aquellos animales; eran sus ideales, su trabajo, era un alfa y debía ver por todo aquel que lo necesitará.
Pero ya no soy un líder.
Ese pensamiento lo puso tenso, serio, su respiración se volvió pausada en un intento de controlarse. Era cierto, casi lo olvida desde que despertó, el ya no tenía manada a la cual proteger ni aldea o clan a la que le ofreciera cuerpo y alma. No tenía nada ni nadie, era casi como un exiliado, sólo que sin culpa alguna excepto que no fue lo suficientemente fuerte y la arrogancia cubrió sus ojos.
— Niños, bajen de una vez. — la misma voz del fondo les hizo reaccionar a los cuatro, los pequeños bajando y Dean sintiendo de nuevo sus hombros. Los cachorros tenían huesos fuertes y pesados, de verdad.
— Deseamos que te recuperes. — dijeron los pequeñines sonriendo, incluso Ambriel, mientras Hael le ponía un ramo de flores pequeñas algo marchitas de color oscuro, casi era más un ramo de pocas hojas de césped seco que las mismas florecillas, pero no parecía importar.
El detalle fue tierno, aunque a Dean no le gustaban mucho las flores, pero sólo las aceptaría para no ponerlos más tristes. Así que cada uno de los tres niños descendió de él y a pasitos cortos tomados de las manos, salieron de la tienda que ya se le hacía familiar.
Seguidamente de pasos que se acercaban a él Dean por fin vio a la segunda persona mayor de entre ese extraño grupo, y en el momento que le encajo la mirada su cabeza dio vueltas y sus ojos se fijaron por completo en su figura.
Un poco más bajo que él, de tez menos bronceada que la misma y un espeso cabello oscuro que se revelaba contra toda sumisión; estaba cubierto como él, pero sus pieles eran blancas en su diferencia y sin ningún tipo de marca, su voz era rasposa y profunda pero su simple aroma lo delataba como un extravagante omega-alfa. Y utilizaba el término extravagante porque casi no había Lycan de esa clase, y ciertamente no había mucha diferencia entre uno y otro, solo que el olor era mucho más fuerte y territorial.
Lo que si llamaba la atención eran los ojos azules, del tono del rio más tranquilo o el cristal frio entre las montañas. Más aparte Dean lo recordaba, claramente aunque había creído que fue producto de su imaginación; pero no, era el mismo tono de ojos que siempre lo acompañaban en sus sueños y fue el mismo azul que creyó ver cuando lo salvaron hace un par de noches de morir de frio y hambre.
El sujeto se sentó con las piernas cruzadas una bajo la otra y muy cercano a él, llevó en su mano un cuenco con agua y se lo tendió con parsimonia. El rubio tomó aquel ofrecimiento entre sus manos, sin llegar a rozar nada de piel, más sin embargo de esas palmas llegó el olor a la rama que lo dejo noqueado sin darle tregua. ¡Fue él quien lo golpeó!
Pero no lo dijo; se irguió cuidadosamente y tomó el líquido que suavizaba toda su garganta seca, siendo una sensación agradable, sin importarle tener tan poca distancia entre los cuerpos. Al final hizo un sonido de satisfacción y con su dorso limpió lo poco que había escurrido por su comisura del labio.
— Perdónalos, no ven tan seguido a un alfa en batalla. — habló de la nada el ojiazul, Dean simplemente se le quedo observando.
Algo extraño, algo que llamaba su atención exaltaba por todos los poros de ese tipo pero Dean no podía captar muy bien que era, al mismo tiempo un pinchazo de curiosidad le hizo hablar. — ¿Y quién eres tú?
Sonó algo brusco, lo aceptaba, pero al otro parecía no haber ofendido, al contrario sólo parecía confundido y lo demostró ladeando la cabeza con el ceño fruncido.
— Creía que es de buena costumbre presentarse primero.
Dean no suprimió una sonrisa de burla — Creo que no es de buena costumbre golpear a la gente con una rama de sauce.
— Mis disculpas. — con la cara de póker que tenía, Dean no le creyó aquella disculpa —. No era mi intensión lastimarte.
Dean entrecerró los ojos, esperando unos segundos para descubrir aunque fuese un tic nervioso en ese rostro de piedra, pero nop. Nada que indicase que realmente lo sentía o le incitará a no regresarle el golpe que sí dolió. Detestaba a los Omegas-alfa por eso, su facilidad para dejarlo tirado.
— No es cierto. — dijo con tono de acusación, pero el otro sólo se encogió de hombros.
— Era cortes decirlo.
El rubio abrió y cerró la boca, soltando el aire con pesadez y negando con la cabeza. Por supuesto que era cortes decirlo, pero un mínimo de arrepentimiento no estaría mal. Aunque por otro lado eso demostraba que el sujeto no era un mentiroso ni falso, a Dean le agrado eso por un momento, conocer a alguien que no utilizaba mentiras ni falacias, aparentemente.
Volvió a enfrascarse en aquellos ojos azules, y en su interior sabía que ahora debía saber que significaban todos sus sueños con respecto a ese llamativo y extraño color que ha repetido más veces en su cabeza que su propio nombre.
— Dean.
— Castiel.
Castiel. Qué raro nombre. Él parece raro. Dean asintió con la cabeza ante la presentación, y después sólo los albergo más silencio, aunque no pintaba ser incómodo para nada, al contrario, disfruto del olor que emanaba Castiel pero sin ponerle nombre, sólo dejando que entrara por sus pulmones y lo llenara de algo parecido a la calma.
No sabía cuantos minutos pasaron de aquello, pero fue como perderse en algo satisfactorio que no tomaba ni siquiera conciencia del tiempo. Castiel –le sabía extraño decirlo– padeció de lo mismo tal parecía, porque pestañeó de nuevo sin siquiera saber cuándo paro de hacerlo, carraspeó un poco antes de ponerse de pie y caminar a la salida como si nada.
Dean se sentía extraño, ¿lo ofendió de alguna manera? Sí era así no pensaba disculparse, porque fue a él a quien noquearon. Punto.
Cuando Castiel abrió la cortina para salir notó que la luz del exterior era anaranjada y tenue, perteneciente al anochecer que se aproximaba. ¿Cuántos días ha perdido estando inconsciente? No sabía a donde ir ni que hacer, y él muy cómodo quedándose ahí dormido como si no tuviera cosas por las cuales preocuparse.
Volvió a dejarse caer sobre las pieles, ahora un poco más cercas de donde había estado sentado Castiel hace pocos segundos y el aroma persistía.
.
.
.
Faltaba un poco para que la última onda de luz se despidiera del cielo y anocheciera, Sam admiraba entre los arboles como el día se acababa poco a poco y dejaba entrar a la noche en sus tierras.
Con el cuerpo en su forma Lycan recostado sobre las roquitas que decoraban el rio y su arboleda, Sam observaba con calma como los colores cambiaban y los animalitos volvían a sus nidos y hogares. Así mismo observó como el río comenzaba a subir un poco por la gran corriente que levantaba la etapa nocturna en ocasiones.
Estaba cómodo en su lugar, pero debía asegurarse que su otro compañero inesperado no fuera arrastrado por el agua ni mojado durante la noche. Giró la cabeza y enfoco su mirada en el Omega-alfa que seguía descansando pero con la respiración más acompasada y con la herida ahora ya en cicatrización normal. Su saliva entre los suyos servía para limpiar heridas, daba gracias a que su lado lastimado sólo estuviera en un nivel de infección permisiva, de haber sido diferente dudaba que el otro viviera para contarlo. Aun así también tuvo que ir a buscar flores de pétalo moradas, servían para quitar veneno y bajar las fiebres, suerte que esas crecieran en casi toda la zona de los bosques.
Admiro esa imagen, el lobo de pelaje extravagante con flores moradas a su alrededor, de alguna manera parecía un retracto adorable, lindo y adecuado si es que el herido sólo estuviese muriendo y no escapando de la muerte. El golpe aún tenía zonas grises, pero las flores hacían su trabajo rápido y la auto-sanación también.
Dejando de observar al enfermo, Sam se paró en cuatro patas estirándose un poco, rodeo el cuerpo recostado y quedo chocando cabezas. Con mucho cuidado y movimientos lentos abrió el hocico y se aferró sin dañarle al lomo blando, levantó un poco y comenzó a jalarlo más arriba para acomodarlo detrás de la roca.
Tratando de no encajarle ningún colmillo ni abrirle aún más grande la herida, dejo el cuerpo de espalda contra la pared y lo cubrió con las flores nuevamente. Todo con la delicadeza que podía tener en ese momento, al mismo tiempo siendo consciente que rozaba su nariz cada que podía sobre aquel pelaje. ¿Qué podía decir? Realmente era un pelo muy suave bastante dulce, lo único que no le agradaba es que siguiera tan caliente por la fiebre.
Al terminar de poner la última de las flores en lo que creía tapaba la herida, sintió un pequeño golpe en su pata. Giro la cabeza y ahí se topó nuevamente con los iris mieles del decaído. Seguían estando adormilados, pero el castaño volvió a ver preocupación en su reflejo.
Como acto para tranquilizarlo le sobo con la nariz detrás de las orejas, la cabeza e incluso por el cuello, algo que se podía considerar bastante intimo pero que funciono para su propósito de calmar al ojimiel. Éste dio un bufido de aceptación sólo para volver a quedarse dormido; a Sam le preocupaba un poco que la herida por fuera se viese común y por dentro el lycan se estuviese desangrando como a veces pasaba, pero no podía hacer mucho al respecto más que esperar.
Pero tampoco podía quedarse ahí el resto de la noche. Ya debía tener a todos los demás en estado de alerta y las cosas seguían un poco tensas para permitir que se desatara más caos, siendo que ahora todo eso era su responsabilidad.
No quería, pero debía dejar al ojimiel esa noche sólo. De la forma positiva, se podría decir que mañana volvería y esta vez con un ungüento y vendas más efectivas, así como con comida y alguna otra cosa que se le ocurriese. O simplemente ir, porque quería saber de la recuperación.
Con eso en mente y estando completamente seguro de que el otro dormía plácidamente, Sam lo volvió a cubrir con los arbustos de antes pero esta vez habiendo hecho un nido suficiente entre la tierra con ramitas para mantenerlo más caliente y cómodo.
Esperaba que para mañana, siguiera ahí y no haya sido producto de su imaginación.
.
.
.
— ¿Y todos son tuyos? — cuestionó Dean pasando su mirada por esas cabecitas que corrían de un lado a otro
— Oh no, los dioses me amparen — Ana se escuchó nerviosa ante la insinuación, Dean comprendía que ni ella quisiese a esos tres monstruitos como hijos. La pelirroja le volvió a sonreír — Mi hija es Ambriel, Hael es hija de mi hermano mayor y Samandriel es mi hermano menor.
— ¿Ambriel?
— Salió todita a su padre.
Dean no veía punto de comparación, puesto que la madre era blanca, pelirroja y de ojos claros, la niña era de tez bronceada, castaña y ojos oscuros y pequeños; aún asintió aceptando esa respuesta aunque no lucía muy convencido. Estaban los dos y los tres niños dentro de la tienda, Ana acomodando el lugar donde los niños dormirían y Dean haciendo compañía.
Ya habían cenado momentos atrás y los niños se habían quedado encantados con su presencia, insistiendo en que les contará historias de sus batallas o recordando lo que vivieron en la mañana. Pese a que el rubio se mostró al principió algo esquivo en contar aquello que le recordaba a su vida como cazador en su clan, terminó por inventar historias fantásticas para entretenerlos con la intención de calmarlos, pero parecía todo lo contario, esos niños saltaban de un lado a otro todavía.
Y Castiel había permanecido callado todo ese tiempo, Dean no supo interpretar aquel silencio ni cuando aviso que iría a conseguir más agua. El instinto alfa del rubio quiso acompañarlo, pero la cordura ganó insistiendo en que el tipo era un Omega-Alfa, no había de que preocuparse.
— No lo sé, Hael y Samandriel se parecen más a ti. — continuo Dean, notando que Ana ya estaba por terminar la cama para los pequeños.
— Son los genes de la familia. — justifico ella dando el ultimo dobles correcto, puso sus manos sobre sus caderas y dio el visto bueno a su trabajo en el nido para sus cachorros.
— ¿Y Castiel? — salió esa preguntas antes de detenerla, sin embargo Dean permaneció impasible al respecto.
— Es mi hermano menor, ante-penúltimo a Samandriel.
— Que familia tan numerosa
— Oh, no tienes ni idea. — la pelirroja volvió a sonreír con gracia, tal parecía que era una actitud natural en ella.
Ana era una omega alegre, relajada pero muy tenaz al dar su opinión y sin prejuicios en sus pensamientos, aparte de mostrarse amorosa con los tres niños pese a que solo una era de ella. De igual manera hablaba así de su familia, ciertamente con muchos miembros y nombres para recordar todos, pero parecían ser alegres y felices. Entonces Dean se preguntaba cual fue el eslabón perdido para que Castiel saliera con esa seriedad.
— Qué me dices tú, ¿tienes familia, Dean? — preguntó ella inocente, pero observó como el reflejo de curiosidad en él cambió sólo para que cubriera su felicidad por una sombra amarga.
Dean no se sentía capaz de hablar sobre su familia, sobre su clan, sobre sus batallas que no tuvieron significado alguno, ni de Adam ni de Bobby, por supuesto que no se atrevía a hablar de Sam sin que el nudo en su garganta se formará. Ni siquiera él estaba consciente de que era lo que sentía respecto a lo que ahora formaba parte de su pasado, por lo que no quería ni abrir la boca por miedo a lo que dirá.
— Los dejaré dormir. — fue lo único que dijo, Ana asintió solamente, apenada por haberlo incomodado.
Los niños ni notaron que se había marchado, y eso estaba bien porque el rubio no quería apagarles su entusiasmo infantil.
Salió de la tienda y las cortinas se cerraron tras de él, con los ojos cerrados inhalando y exhalando aire para tranquilizarse y refrescar sus pensamientos. No sabía qué hacer ni que pensar, no se ha detenido a reflexionar de sus problemas y no quería hacerlo, puesto que de ser así, aceptaría de forma cruel que todo se terminó para él; no quería sentir que ahora no tenía hogar al que regresar, o que en ese lugar difamaban su nombre, peor aún que su propia familias, su propio hermano… ¡Joder!
Sacudió la cabeza y alejó esos pensamientos o terminaría haciendo una locura. Al finalizar abrió los ojos, sólo para toparse con aquellos extraños zafiros. Castiel nuevamente importunaba su calma e invadía su espacio personal, como si no se diese cuenta que estaba exageradamente cercas de su rostro, aún tuviera que alzar la cara para verse a los ojos.
El aroma también le inundo sus fosas nasales y casi pierde el control al disfrutar de; viento fresco, flor silvestre, alguna fruta dulce y la tierra mojada se impregnaba como fragancia sobre el cuerpo entero del castaño oscuro. Por primera vez disfrutaba de aquellos olores tan penetrantes que casi lo hacen caer de nuevo en un sueño galante.
— ¿Te sientes mejor para hacer la guardia? — preguntó casualmente Castiel, con esa mirada que no reflejaba nada en absoluto.
Dean atontado y asombrado, sólo asintió con la cabeza, mientras que el otro daba una última afirmación antes de hacerse a un lado y seguir su camino dentro de la tienda.
Dean se quedó de pie un buen rato, intentando saber qué fue lo que acababa de pasar y preguntándose a sí mismo cómo alguien era tan extraño.
De todo los datos que me he leído del Omegavers, entiendo que cuando te encuentras con tu persona a la cual debes enlazarte, rápidamente lo sientes y te dan una ganas enooorme de completar la unión. Sin embargo en este fic iré un poro retrasada con ese insignificante detalle porque… bueno, el siguiente capítulo lo explica.
Otra cosa, aquí mencionó mucho que hay Omegas-Alfa en el mismo gen del individuo. Lo puede tener mujer u hombre por igual, pero sólo es como establecer que son un tipo de Omegas mucho más fuertes de lo normal, incluso igualan al alfa, pero son muy escasos. Como todo buen cliché, quise que Gabriel y Cas tuvieran esa característica
