Capítulo 2:

Poco a poco se había ido dando cuenta de ciertas cosas en lo que a su misterioso supervisor concernía. Había veces en las que desaparecía, así, sin más, para reaparecer a la hora, o a los diez minutos. Otras, recibía un mensaje de texto, lo leía y se iba. Se iba del hospital, tal cual. Nadie sabía por qué. A John le intrigaba. Bastante. Por lo visto era un imbécil, sí, pero un imbécil con secretos. Estaba poniéndose la ropa de calle porque había finalizado su turno cuando se le acercó Sebastian, el quinto chico en prácticas. John, Mike, Molly, Mary y... Sebastian. Apenas hablaba, no se llevaba con ninguno de los otros cuatro y no sabían nada de él, en realidad. Pelo cobrizo, era un chico fornido, de esos a los que no te atrevías a insultar de frente por si te partían la nariz. Inesperadamente tímido y reservado. Aquella era la... cuarta vez que le dirigía la palabra a John, y eso que llevaban más de catorce días viéndose casi a diario.

-John...

-Espera, no me lo digas -dijo el rubio, alzando un dedo para interrumpirle con algo de drama-. ¡Me toca guardia nocturna!

Sebastian asintió, despidiéndose con un "muy bien" y desapareciendo detrás de una taquilla como si nunca hubiese estado ahí. John se puso la chaqueta. Puto Sherlock, bufó, guardando la bata en su sitio y saliendo del edificio. Siempre que le tocaba turno de mañana acababa tocándole turno de noche también. Salía a las tres y tenía unas siete horas para dormir y hacer su vida fuera del hospital antes de volver y pasar otra noche infernal dentro. Llevaba unos tres días sin poder pegar ojo porque descubrió que era casi incapaz de dormir de día. No conciliaba el sueño. Imposible. Últimamente sentía que sobrevivía a base de cafés y nada más, y tenía la sensación de que dentro de poco en vez de cuidar a sus pacientes, sus pacientes le tendrían que cuidar a él. Suspiró, abriendo la puerta de su casa. Como le asignase una sola guardia más, mataba con sus propias manos a Sherlock. Necesitaría mucha energía para hacerlo, pero así al menos después podría dormir. Dormir. Sonaba tan bien. Sólo de pensar en ello se le cerraban los párpados.

No, no podía permitir que se le cerrasen los p... abrió los ojos, confuso. ¿Se había caído en el sofá? Y miró a su alrededor, más confuso aún hasta que cayó en la cuenta de que ya no hacía siquiera sol como cuando llegó a casa. Era de noche. Noche cerrada. Soltó un par de maldiciones, incorporándose de golpe. Con la tontería se había quedado dormido de verdad. Salió corriendo de su apartamento, cogiendo las llaves en el último momento. Menos mal que vivía cerca. Tarde, llegaba tarde, llegaba...

-Tarde, Watson. No vuelvas a llegar tarde.

Reconocería aquella voz en cualquier parte. Se estremeció de arriba abajo, sorprendido porque no le había oído entrar. Cerró su taquilla, poniéndose la bata.

-Lo siento. Me quedé dormido. Tanta guardia nocturna pasa factura -esbozó la sonrisa más sarcástica y falsa que pudo, pasando por su lado decidido a irse cuando una mano de hierro agarrándole del brazo se lo impidió.

Siempre se había imaginado que Sherlock Holmes estaría frío. Tan frío como los cadáveres con los que pasa el tiempo. Tan alto y tan pálido, siempre con bufanda, siempre distante, se esperaba todo menos aquello. Porque cuando le tocó el brazo juraría por dios que le notaba arder por debajo de la bata. El calor atravesaba la tela blanca y la camisa hasta llegar a su brazo. John elevó la vista hacia él, mudo, sintiéndose en brasas.

-John.

Tardó un par de segundos en reaccionar y sólo pudo articular un ridículo "¿hm?" interrogante. Sherlock le observó y juraría que se estaba burlando de él.

-Llevas la identificación del revés.

Y era verdad. John miró hacia el bolsillo que tenía cerca del corazón y sí, lo leía perfectamente, así que estaba del revés. Enrojeció sin saber por qué, pero en cuanto miró hacia arriba de nuevo Holmes había desaparecido. ¿Tanto le costaba decir adiós? ¿Avisar de que se iba, tal vez? Bufó, colocándose bien la identificación, y se tocó el brazo donde segundos antes había estado la mano del Doctor casi inconscientemente, porque ahora estaba frío, mucho más que antes.

Esta vez le tocaba la guardia solo así que no tendría nadie con quien hablar, sólo pacientes, que solían dormir (no como él) y una decena de médicos que tampoco parecían muy receptivos. A nadie le agradaba estar ahí a esas horas. Es deprimente, pensó, mientras subía las escaleras. A estas horas lo único que quieres es estar en tu cama, entre tus sábanas, a gusto y a oscuras, durmiendo. No aquí. Definitivamente... el hilo de sus pensamientos se interrumpió de golpe. John aguzó el oído, extrañado. Una mujer. Y un hombre... un hombre no: y Sherlock. Su voz era inconfundible, Molly tenía razón. Se acercó lo más sigilosamente que pudo, intentando incluso no respirar. ¿Sería Irene?

-Vamos, hazlo por mí.

-No.

-Sherlock, llevas tres noches seguidas aquí y sabe dios cuánto llevarás sin comer.

-Como lo estrictamente necesario y por ahora no tengo ninguna necesidad de dormir, Dra. Hudson. No hace falta que se... preocupe por mí –así que no, no era Irene.

-Sherlock, querido, como sigas así voy a tener que llamar a Mycroft.

-Deje a Mycroft fuera de esto,... bastante ocupado estará sirviéndole el desayuno a la reina o atándole los zapatos.

-No deberías ser así con él, cariño. Se preocupa por ti, como yo. Desde lo de hace unos años...

-¡No soy un niño, Dra. Hudson!

John se quedó congelado donde estaba; era la primera vez que veía a Sherlock perder el temperamento, elevar su tono de voz. Después se sintió como un adolescente, escuchando una conversación privada a hurtadillas.

-... lo siento -y el rubio se congeló por segunda vez, porque jamás había escuchado una sola disculpa en boca del médico. Hasta ahora creía que todo en él era orgullo y arrogancia, y mucho drama.

-Vete a casa y descansa, Sherlock. Ya volverás en un par de días.

Movimiento de pies y una puerta abriéndose y John masculló un par de maldiciones, rezando para que no le viesen. Dios mío, preferiría hacer veinte guardias seguidas a que le pillase escuchando sus conversaciones a escondidas. Se arrebujó contra una esquina oscura, de espaldas y sin atreverse siquiera a respirar, y Sherlock Holmes pasó delante de él como una exhalación, a grandes zancadas, y desapareció en el ascensor. No se le veía de muy buen humor. John soltó aire, sintiéndose fuera de peligro. Menos mal. Habría jurado que le iba a estallar el corazón, o que como mínimo se oirían sus latidos de un extremo londinense a otro. Se apoyó en la pared, más tranquilo, respirando profundamente. La doctora Hudson era una de las más experimentadas del hospital. Eran incontables los años que llevaba allí trabajando. ¿Desde cuándo Sherlock-no-simpatizo-con-nadie Holmes mantenía una relación con ella? Ni siquiera era una relación, es que casi parecía su madre. John frunció el ceño, confuso. Y quién narices sería ese tal Mycroft, ¿habían mencionado también a la Reina? Rememoró la conversación en su cabeza. La Dra. Hudson había dicho que Sherlock llevaba tres noches en el hospital.

John tragó saliva al realizar que de hecho, seguramente, muchas de las noches que tenía que estar él de guardia Sherlock Holmes se hallaba también trabajando sin descanso varias plantas más abajo. Vaya.

SHERLOCK

Se puso la bufanda, de mal humor. No le quedaba más remedio que irse a casa. Tampoco estaba siendo su noche más productiva: apenas había avanzado en el caso de Lestrade y al estar frustrado tampoco conseguía centrarse en sus investigaciones. Y para colmo John se había dedicado a escuchar su conversación a hurtadillas como un adolescente, y encima se creía que no le había visto. ¡Por supuesto que le había visto! Para él era imposible que John pasase desapercibido. Por mucho que se escondiese, él sabía que estaba allí, lo sabía y punto. Eso no quitaba que tampoco le hacía mucha gracia que hubiese escuchado su conversación con Mrs. Hudson. Mrs. Hudson... sabía que se preocupaba por él, tal vez era la única en todo el hospital que lo hacía, pero lo odiaba. Ya no era un niño. Sabía cuidarse solo. Sabía de sobra dónde estaban sus límites y, aunque por poco, también se ocupaba de no traspasarlos. Se sacó un cigarrillo del bolsillo, encendiéndolo y notando enseguida cómo la nicotina se infiltraba en su sistema de forma más que agradable. Exhaló, observando el humo desaparecer poco a poco. Debían de ser cerca de las cuatro de la mañana. Dormiría cuatro horas, ni un sólo minuto más (tal vez alguno menos…), y sólo por hacerle el favor a Mrs. Hudson. Y después volvería al trabajo, como siempre.

JOHN

Las mañanas en el hospital eran casi igual de deprimentes que las noches, aunque con un poquito más de actividad. A partir de las siete y media empezaban a aparecer los primeros madrugadores, y la primera parada era siempre la cafetería. Cantidades de café, té y desayunos ingentes para un día corriendo de un lado a otro. John solía llegar un poco antes de las ocho, acompañado casi siempre por Sarah, ya que vivían cerca. La chica se encargaba de alcanzarle siempre a mitad de camino. John sabía de sobra que coqueteaba con él. Era muy mona, a decir verdad. Tenía unas facciones agradables y una sonrisa dulce siempre en los labios, era inteligente y parecía tener las cosas bien claras. A primera hora les tocó atender a un par de pacientes con principios de gripe, otro que había tenido un accidente de moto (y a quien llevaron a Urgencias a toda velocidad para ser trasladado a la UCI más tarde) y varios casos sin importancia. La mañana avanzó sin novedades, Sherlock sacándoles de quicio (como siempre), Mary acabando con las existencias de cafés (como siempre), Sarah dedicándole sonrisas, Molly dedicándoselas a Sherlock y Sebastian... bueno, Sebastian ahí estaba. Y mientras, John seguía dándole vueltas a la conversación de la otra noche. Ahora sabía que Holmes era capaz de perder el temperamento, de enfadarse... e incluso de disculparse. Casi parece un ser humano y todo, sonrió el rubio, sintiéndose más confiado que antes.

Sin embargo, cuando llegó la hora de la comida, no se vio capaz de contarles a sus amigos nada de lo sucedido.

La tarde, por el contrario, fue de lo peor. El hospital parecía la sucursal del Infierno. Holmes estaba de un excepcional mal humor después de comer, a saber por qué, y hubo una explosión de gas en uno de los bloques cercanos, lo que les llenó el hospital de heridos críticos y gente desesperada corriendo de un lado para otro. Sherlock se encaró especialmente con Sarah, quien al ponerse nerviosa había cometido varios errores desastrosos a la hora de coser y atender a un paciente con varias heridas y quemaduras de grado mayor, y la chica desapareció nada más terminar. John la buscó, preocupado. Acabó encontrándola en una pequeña habitación desierta, sentada en una de las dos camas y presa de las lágrimas. Se apoyó en el umbral de la puerta, con lástima.

-Mírate, Sarah... pareces Myrtle la Llorona.

La muchacha soltó una suave risa, pasándose una mano por la cara para secarse las mejillas.

-No es un comentario muy halagador viniendo de un caballero como tú, John...

-Tienes razón. Lo siento -dijo, acercándose y sentándose a su lado. Le pasó una mano por los hombros, intentando reconfortarla-. Nunca se me ha dado bien consolar a la gente. Una vez, de pequeño, mi hermana se puso a llorar porque se había caído del árbol y yo me puse tan nervioso que acabé llorando también. Ya ves.

Sarah rio de nuevo, abrazándose a él, intentando tranquilizarse.

-Perdí los nervios ahí dentro -dijo, refiriéndose al paciente-. Qué vergüenza. Se habrán pensado que soy una niñata.

-Que piensen lo que quieran. Qué más dará -murmuró John, sonriendo a su vez. Sarah le miró, en silencio.

-¿Sabes qué? -dijo en voz baja, al cabo de un rato.

-¿Qué?

-Tampoco consuelas tan mal, John -respondió, sin más. Y le besó.

John abrió los ojos, ligeramente sorprendido, aunque tampoco podía decirse que no lo veía venir. Continuó el beso, pasando una mano por su cuello y abrazándola por la cintura. Por qué no. No salía con nadie, Sarah era una chica encantadora, y le gustaba. Y no besaba nada mal. La chica se dedicó a desabotonarle la bata con una mano, sonriendo, sin separarse un ápice de él, y John procedió a hacer lo mismo. Había algo aún más excitante al saber que en cualquier momento podía entrar alguien y descubrirles. Sarah era increíblemente hábil desabotonando cosas, y no tardó más de diez segundos en encargarse también de su cinturón. John notaba cómo vertía todo el estrés de los últimos días en aquel beso, consiguiendo apartar de su mente a Holmes de una vez por todas, y a todo lo demás, y sintió una mano en sus boxers cuando...

La puerta se abrió de sopetón. Sarah gritó y John se subió los pantalones a la velocidad del rayo, justo a tiempo para ver cómo la figura de Sherlock Holmes aparecía en el umbral. Sintió cómo se le congelaba el alma. Se había subido los pantalones, sí, pero su cinturón desabrochado, la camiseta desabotonada por completo, su respiración agitada y el pelo despeinado hablaban por sí solos. Y en un instante quiso morirse, desaparecer de la faz de la tierra porque Sherlock le estaba mirando, le había pillado enrollándose con Sarah, y sintió que enrojecía hasta la raíz del cabello. Parecía que Holmes le miraba sólo a él, la mirada más dura del mundo. Si no fuese porque era imposible, habría jurado que parecía hasta dolido. La había cagado. Pero bien. Abrió la boca, como si fuese a disculparse, pero no se vio capaz de articular palabra. Holmes habló por él.

-Watson. Me parece que hoy también le va a tocar guardia nocturna. Vestido, preferiblemente -dijo, y su tono fue como una cuchilla de hielo. Y se fue sin más, como si nunca hubiese estado ahí y aquello no acabase de suceder. Sí, la había cagado, definitivamente. John suspiró, sintiendo que se moría y abotonándose la camisa de nuevo.

-Lo siento, Sarah -dijo, volteándose hacia la pobre muchacha, que se había congelado en una de las esquinas de la cama. Aún no parecía procesar lo que acababa de pasar. John salió de la habitación, procurando tranquilizarse.

Aparte de aquella noche, cuando le vio perder los nervios, la furia de Sherlock Holmes era más bien como una ventisca helada. Te atravesaba por completo. No gritaba, no tiraba cosas ni nada por el estilo. Simplemente te miraba. Daba un par de órdenes, su voz te recorría de pies a cabeza, y tenías la sensación de que si por un casual se te ocurría replicarle o no hacerle caso, caería sobre ti la peor de las torturas. Y no obstante aquella vez fue levemente distinta. Cuando Sherlock le miró, no había decepción ni hastío, ni exasperación, como era costumbre. Había un reto. Era un reto directo. Le estaba diciendo "Te vas a enterar". Le estaba diciendo "Vas a pagar". John estaba bailando con fuego, y Sherlock acababa de advertirle que le iba a quemar. Él. Personalmente.

A Watson siempre le habían gustado los retos.