Capítulo 3:
No volvieron a ver a Sherlock en toda la tarde, lo cual fue un descanso, y Sarah no le mencionó el encontronazo a ninguno de los de prácticas. Mary decía que la ausencia de Sherlock era como "la calma que precedía a la tempestad", poniéndose dramática, y la verdad es que John, en sus adentros, no podía estar más de acuerdo con ella. Desgraciadamente, lo que quedaba de día no tardó en complicarse.
A las cuatro y media John recibió una llamada del D. I. Greg Lestrade. Greg había sido un amigo suyo de la infancia y habían ido a clase juntos, pero no se habían vuelto a hablar desde que entraron en la Universidad, y justamente por eso le extrañó bastante oír su voz. Ni siquiera sabía que tuviese su número.
-¿Quién es?
-¿John? Soy Greg. Lestrade.
-¿En serio? –exclamó John, incrédulo- ¡Cuánto tiempo! ¿Desde cuándo tienes mi núm...
-Te llamo porque pensé que sería mejor decírtelo en persona. John, se trata de tu hermana Harriet.
Aprendió Kvothe una vez que bastan siete palabras para enamorar a alguien. Pues bien, bastaron siete palabras para que el mundo de John se derrumbase de nuevo por completo.
Desde "lo de Clara", John y Harry habían roto contacto. En realidad nunca habían sido extremadamente íntimos, más bien cordiales, pero después del accidente Harry se había encerrado en sí misma, entrado en depresión y dado a la bebida. No era algo en lo que le gustase pensar.
Aquella tarde, a las cuatro y cuarto, la casera de Harriet se quejó por el ruido. Por lo visto había puesto en bucle un álbum de los Beatles, a todo volumen. Llamó a la puerta y al no tener respuesta, la abrió, entrando. Cuando la policía llegó, diez minutos más tarde, Lennon cantaba que happiness is a warm gun, (bang bang shoot shoot…). El Detective Inspector Lestrade entró en la pieza, arrodillándose y empezó a pegar gritos pidiendo asistencia médica porque la mujer no estaba muerta, como había creído la casera, sino que seguía respirando (I need a fix cause I'm going down, seguía cantando John). Greg se pasó una mano por el pelo, estresado, y cogió su móvil, marcando el número de John Watson; John, se trata de tu hermana Harriet. La hemos encontrado inconsciente en su piso. Había tratado de suicidarse con una sobredosis. She's not a girl who misses much, do-do-do-do-do.
John colgó, sin decir nada. Sus compañeros de prácticas reían un poco más atrás porque a uno de los enfermeros se le había volcado un azucarero mal enroscado en todo el café. Un poco más allá, una mujer lloraba, abrazando a un paciente al que le acababan de dar el alta. Un niño pequeño se pegaba con la máquina expendedora porque las patatas no caían. Y su hermana venía de camino, con respiración asistida, seguramente, inconsciente, mientras le tomaban el pulso y le metían vías, intentando que su corazón no dejase de latir. Y él estaba allí, quieto, procesando todo aquello que, sin duda alguna, le sobrepasaba. En cuanto pasaron diez minutos las puertas se abrieron, dejando paso a una camilla y una horda de médicos gritando y pidiendo paso. Sorprendentemente Sherlock apareció como salido de la nada y se apropió de la situación, dirigiendo la camilla a Urgencias.
Volvió la cabeza cuando notó la mano de Mary en su hombro.
-¿Qué le habrá pasado?
-Intento de suicidio -respondió John secamente, a media voz.
-¿Cómo lo sabes?
No se vio capaz de responder a esa segunda pregunta.
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Estabilizar a Harriet Watson no fue difícil. Le hicieron un lavado de estómago, varias revisiones, chequeos. También tenía cortes en muñecas y piernas. John no entró en la sala en ningún momento. La enfermera asignada fue Mary, y sospechó que Sherlock había tenido algo que ver con eso. En el fondo agradecía no haber sido él.
Hacía mucho que no veía a su hermana. Decidió recordarla como la chica rubia, alegre y de ojos azules, con el pelo por los hombros, un poco más corto, tal vez. Bastante parecida a él. Llevaba dos pendientes en la oreja izquierda, tenía pecas por la cara y cuando sonreía te percatabas de que sus paletos estaban un poco separados. Y acostumbraba a ser encantadora: atrevida, carismática, con mucho carácter y era casi imposible negarle lo que fuese. La Harriet Watson que le miraba desde aquella cama de hospital no era sino un fantasma de la Harry que recordaba. Pálida, ojerosa, con cicatrices. Se había rapado la parte izquierda de la cabeza y sí, seguía siendo guapa, pero necesitabas mirarla dos veces para darte cuenta de ello.
Mike la conocía, por supuesto. Había conocido a toda su familia; no en vano llevaban siendo amigos desde pequeños. En cuanto la camilla entró en el hospital, un par de horas antes, no se había separado de su lado. Tampoco había dicho nada, pero no era necesario. Estaba ahí, a su lado, sin más, ofreciéndole su apoyo silencioso, y eso John lo agradecía más que nada en el mundo.
Mary apareció un poco más tarde y se acercó a él, mordiéndose el labio. Al ser la enfermera asignada, le había bastado con leer el nombre del paciente para atar cabos. Le abrazó.
-Eres un cretino. Me tenías que haber dicho que era tu hermana -le regañó, soltándose del abrazo y poniéndose a su otro lado. John no contestó, porque tampoco hacía falta, y en realidad agradecía profundamente la presencia de sus dos amigos ahí. Mike a su derecha y Mary a su izquierda.
A Mary también la conocía desde hacía bastante, aunque no tanto como a Mike. Les tocó juntos en la Universidad y congeniaron de inmediato. Acabaron saliendo y mantuvieron la relación durante bastante tiempo hasta que Mary se fue a estudiar un año a Estados Unidos y decidieron cortar. Ambos habían pasado página y a decir verdad John se alegraba, porque ahora era una de las mejores amigas que podía haber deseado.
Le sonó el teléfono, era un mensaje de texto de Greg.
¿Nos ponemos al día? Si te apetece avísame. Te vendrá bien desahogarte. GL.
John sonrió levemente al leer el mensaje. Lestrade solía ser oportuno, años ha, y por lo visto lo seguía siendo. Y, siendo sinceros, una copa y un amigo lejos del hospital era todo lo que necesitaba ahora mismo.
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Entró en el bar varias horas más tarde, ya caída la noche, para encontrarse a Greg en una esquina con una cerveza ya preparada para él. Sonrió, acercándose y saludándole.
-Qué, ¿día duro?
-Sí... necesitaba salir del hospital un rato. Gracias.
-Un placer, Johnny... ¿Cuántos años llevábamos sin vernos? ¿Tres o cuatro? Apenas has cambiado... y sigues igual de bajito -le picó el detective, riendo.
-Y seguro que sigo pudiendo placarte en rugby, abuelo.
-Touché. ¿Qué te cuentas?
-Poco. Estoy de prácticas en el St. Barts y es un infierno, pero pasable. Y sigo siendo gafe, porque de todos los supervisores que había, me ha tenido que tocar al más insufrible -se llevó una cerveza a los labios, sin poder evitar una sonrisa-. Será el mejor médico de Londres y todo lo que tú quieras, pero es un cretino.
-¿"El mejor médico de Londres"? Espera... ¿me estás hablando de Holmes?
-Sí. ¿Le conoces? -John abrió los ojos, sorprendido, y Greg soltó una carcajada.
-Y tanto que si le conozco. Es insufrible, sí, pero un buen tipo. No te fíes de las apariencias. Madre mía, y tanto que si conozco a Sherlock... sin él, Scotland Yard estaría de mierda hasta las rodillas.
John le miró, confuso. No entendía nada.
-¿No lo ha mencionado? Nos ayuda con los casos de asesinato y cualquiera que pueda interesarle. Ha resuelto más casos de los que puedo contar... le debo varias. Es una especie de genio. No sé cómo lo hace. Te mira y ya...
-... lo sabe todo -terminó John, ampliando su sonrisa-. Cuando nos lo encontramos por la mañana es capaz de decirnos desde cuántas tostadas hemos tenido de desayuno hasta cuántos autobuses cogemos para llegar al hospital. Es increíble.
-Eres de las pocas personas que le calificarían de "increíble"... a la mayoría de la gente le molesta de sobremanera. Se ha llevado ya más de una bofetada.
John se imaginó la cara de Sherlock si le pegase una bofetada y casi se le cae la cerveza de la risa.
-¿Le conoces mucho, entonces? -preguntó, rememorando la conversación que escuchó entre él y la Dra. Hudson. Se le ocurrían un par de preguntas.
-Llevo varios años llevándome con él, así que me arriesgaría a decir que sí. Pero nunca se sabe.
-¿Sabes quién es Mycroft?
Nada más oír ese nombre Greg se terminó la cerveza de un trago, como molesto. Perdió la mirada en la barra, dejando de mirar a John.
-Sí. Es incluso más imbécil que su hermano -su tono era tan afilado que incluso cortaba y el rubio supo que había tocado un tema sensible o alguna herida reciente, así que prefirió cambiar rápidamente el rumbo de la conversación.
-Y... eh, ¿sabes de algún problema que tuviese Sherlock hará varios años?
-Tuvo sus idas y venidas con las drogas. No es una historia agradable. Ahí fue cuando le conocí, y te puedo asegurar que está bastante mejor ahora. Ha pasado por mucho. Después de rehabilitación empezó a colaborar con el Yard, y más tarde se metió a médico. No tardó más que unos meses en triunfar y hacerse un nombre importante en la comunidad.
John se mordió los carrillos, procesando toda la información que acababa de recibir. Desde luego, no se esperaba aquella historia en absoluto.
-Agradecería tu discreción en este tema, ¿eh, John? Y lo digo más que nada por ti. Créeme, no te apetece meterte en problemas con los Holmes. Sherlock es una cosa, pero Mycroft... -Greg negó con la cabeza, llevándose otra cerveza a los labios- Mycroft es un capullo.
John se dio cuenta de que más que como el Greg que había conocido, ahora mismo hablaba como alguien despechado. Creyó intuir parte del problema, pero supo que era mejor no hacer preguntas. Cualquiera que fuese la historia entre Mycroft y Lestrade, no era asunto suyo. Él tenía su propia historia, y meterse en problemas con Sherlock era precisamente lo que no debía y por supuesto pensaba hacer. Si John ardía, Sherlock iba a arder con él.
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Cortito. Lo siento.
