Y ahora yo he de admitirlo,
Y ahora yo presiento que has vencido,
y no hay manera humana de escapar.

Así que alégrate, lo has conseguido,
los días sin ti serían precipicios.
No hay manera humana de escapar.

Niña Imantada - Love Of Lesbian

Capítulo 4:

Amaneció nublado y con resaca. Bufó, sin levantarse de la cama. Después de los Holmes la noche anterior la conversación había derivado en temas más alegres y desgraciadamente habían bebido los dos como adolescentes en un reencuentro, y sin duda eso le iba a pasar factura. Tuvo flashbacks de un karaoke y aún seguía oyendo Carry on my wayward son en su cabeza, así que se arrastró hasta la ducha con la intención de ahogarse y morirse ahí. Diez minutos más tarde y notablemente más mojado (y despierto), John se vistió con mucho esfuerzo y esperó al menos no perder el autobús. Esta vez no se encontró a Sarah, pero apenas se dio cuenta de ello. Llegó al hospital un poco antes de las ocho, como siempre, y Mike ya estaba ahí sentado con Molly.

-Hueles a resaca a diez kilómetros, John... ¿Qué, has pasado buena noche? -picó Mike, riéndose. John le dirigió una mirada de pocos amigos y se puso un café que más que doble, era triple. Mary llegó, con una sonrisa de oreja a oreja y soltando carcajadas con Sarah a su lado.

-John, ¿te doy un consejo? -dijo, nada más sentarse, con su termo. A Mary no le daba con un café triple: ella necesitaba un termo lleno todas las mañanas, como poco- La próxima vez que te emborraches, apaga tu móvil. He contado unas seis llamadas tuyas -continuó, y Sarah soltó otra carcajada.

-No sabía que cantases tan bien, John.

-Ni yo que se te diese tan bien desabotonar camisas -contraatacó el rubio, encogiéndose de hombros con una sonrisa. Sarah enrojeció, reconociendo su derrota, y Molly les miró a ambos como si le costase reconocer la situación.

-Chicos, son y cuarto... se acabó la fiesta -Mary le tiró una servilleta en la frente a Mike por aguafiestas y se levantaron, suspirando. Al menos no había explosiones de gas todos los días. Lamentablemente, accidentes de tráfico sí.

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John sólo tenía una baza, y pensaba ir a por todas. Y por eso no perdió oportunidad.

-¡Dr. Holmes! -le llamó, nada más verle, intentando sonar más seguro de lo que en realidad se sentía. Sherlock se dio la vuelta, mirándole interrogante, y John hizo acopio de confianza. Mary le dio un codazo, como preguntándole silenciosamente "¿qué demonios haces?". Sonrió, sin hacerle caso- ¿Ha tratado usted… con muchos casos de drogadicción?

Sherlock consiguió mantener su semblante impasible, pero John supo de sobra que le había pillado por sorpresa. Aun así no pudo evitar decepcionarse un poquito. Quería verle perder el control, pero por lo visto por ahora aquello no iba a pasar. La mirada que le lanzó, sin embargo... no olvidaría esa mirada en años.

-Watson, si no me equivoco ayer se saltó la guardia nocturna. La va a tener que hacer hoy. Solo, de nuevo.

John amplió su sonrisa, mirándole. Por supuesto que sí.

-Con mucho gusto, Dr. Holmes -contestó, sin amedrentarse, imprimiendo en su tono toda la burla que pudo. Iba a ser una guardia interesante. Estaba seguro de que después de eso último, Sherlock no le iba a dejar con la palabra en la boca sin más. Sino, no sería Sherlock.

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Prácticamente contaba las horas para que se acabase su turno. Parecía un niño esperando el fin de la clase. Nada más terminar se fue a casa, descansó, se terminó el libro que estaba leyendo y cenó. Pero antes de encaminarse hacia el hospital de nuevo, decidió esperar media hora más. Le apetecía llegar tarde.

Ya en el hospital se puso la bata, como de costumbre, sin poder evitar una oleada de expectación. Ni siquiera tenía claro qué esperaba. Se quedó en la planta de arriba, como siempre, un café y se dedicó a merodear por los pasillos.

No estuvo esperando mucho tiempo. Sherlock apareció como salido de la nada y cuando quiso darse cuenta le había arrinconado contra la pared, haciendo uso de una fuerza inusitada en él.

-¿Quién te lo ha dicho? -murmuró, con una lentitud que olía a peligro. John no respondió, sin bajar la mirada por puro orgullo. Estaba muy cerca, tal vez demasiado- Lestrade. Te lo ha dicho Lestrade.

-Has tardado cinco segundos. Récord -le provocó, con una sonrisa burlona. Por fin parecía perder los estribos. John sintió que se desconcentraba. Jamás le había tenido tan cerca, y jamás se había fijado tanto en los detalles de sus facciones. Los pómulos. La línea de su mandíbula. Sus labios. Sherlock esbozó una gran sonrisa arrogante al darse cuenta de la atenta mirada de John, secretamente agradado, y tuvo ganas de partirle la cara.

-He oído que llevas mucho tiempo sin comer, Sherlock. Tendrás hambre.

Y tanto que si tendría hambre, porque básicamente le devoró la boca. John intensificó el beso, sin pensarlo dos veces, hundiendo las manos en su pelo y percatándose de cuánto tiempo había querido hacer aquello. Sherlock le empujó del todo contra la pared, y el rubio gimió al sentir cómo le mordía el labio. El médico sonrió, complacido por aquel sonido, usando su lengua para buscar más. Porque quería más. Odiaba cada centímetro de piel fuera de su alcance, cada prenda de ropa que le tocaba impidiendo sentirle en su totalidad. Lo quería todo para él, y lo quería ahora, como un niño encaprichado. Y John ardía, sí, pero al menos Sherlock ardía con él. Era casi un beso desesperado, como si quisiesen fundirse el uno con el otro. Sherlock se separó ligeramente, buscando aire, despeinado a más no poder, con la bata a medio desabrochar y dejando ver una camisa morada que prácticamente era una provocación directa.

POV JOHN

Acabo de besarle. Acabo de besarle y no ha sido un beso cualquiera, o como lo que tuvimos Sarah y yo, sino completamente distinto, nuevo y pasional, y para colmo me ha gustado. Acabo de besar a la persona que creía que odiaba, a la única persona en absolutamente todo el hospital y tal vez el universo y medio capaz de exasperarme con una sola mirada, de sacarme de quicio, de enfurecerme. A la persona más arrogante, engreída y narcisista que podría haber pisado jamás tierra firme. No lo entiendo.

Le miro, estoy confuso, y su visión ante mí en ese estado prácticamente produce un cortocircuito. Siento cada respiración, cada latido, soy consciente de sus pulsaciones e incluso de esa única, solitaria y atrevida gota de sudor que se atreve a deslizarse por su cuello, invitándome a morderle, a despedazarle, a hacerle sentir todo ese odio que hasta hacía cinco minutos creía bullir en mi interior. No me atrevo a decir nada. Tampoco sabría qué decir. Acabo de enrollarme con Sherlock Holmes, a las dos y diecisiete minutos de la madrugada, en el último y afortunadamente vacío piso del hospital. Y que Zeus me condenase siete veces al Averno si no me moría de ganas ahora mismo por empezar de nuevo, y recorrer la línea de su mandíbula de lado a lado, poner en práctica todas las lecciones de anatomía que he ido aprendiendo a lo largo de los cursos en él, de forma exhaustiva, mapearle con ahínco, conquistarle por completo. Porque nadie, jamás, había conquistado al gran e inalcanzable Sherlock Holmes. Era tierra desconocida y salvaje, y yo me moría por explorarle entero.

Una parte de mí me dice que no, que no es posible. Vete a casa, John, sal de aquí, huye. Una parte de mí era presa frente a un depredador, un depredador que me quitaría horas de sueño, días de mi vida. Pero soy joven, aspiro a médico, y una de mis especialidades es tomar las peores decisiones de mi vida y sufrirlas en silencio, regodearme en ellas. Y por eso en ese mismo instante, a las dos y diecisiete de la madrugada decidí que sí, que odiaba a Sherlock Holmes, que le quería y que le odiaba aún más por hacerme quererle de forma tan inesperada, fatídica, inevitable y dolorosa.

Había gente que pactaba con el Diablo. Yo, en cambio, me enamoraba absoluta e irremediablemente de él.


Este es cortito también. :-*