Capítulo 5:

Abrí los ojos, inquieto, mirando a mi alrededor. El reloj de enfrente marcaba las seis y cuarenta y dos de la mañana y el Silencio se acurrucaba a mis pies, como un gato, ronroneando suavemente. Oriéntate, John. Son casi las siete de la mañana, y te has debido de quedar dormido. Estás sentado en una silla de plástico, en medio pasillo del hospital St. Barts, última planta. ¿Por qué? De repente me llevé una mano a los labios, tensándome por completo, alerta, al acordarme de la noche anterior. Enrojecí violentamente. No. ¿No? Era imposible; estaba casi seguro de haberlo soñado. Y sin embargo la sensación seguía ahí, carcomiéndome, la duda me consumía por completo. Me pasé ambas manos por la cara, agotado. De seguro tenía un aspecto horrible, me dolían todos los músculos de mi cuerpo, era como si una tormenta tropical hubiese pasado por encima de mí, haciéndome pedazos. Una tormenta o una ventisca helada, más bien. Suspiré, levantándome. Hoy me iba a hacer falta el termo de Mary duplicado, catorce sándwiches y setenta y dos horas de sueño para sobrevivir. Lo malo es que un día tiene veinticuatro horas, y ni de lejos yo dispongo de tanto tiempo. Me tendré que conformar con un café americano y un mixto.

Ser médico, o al menos aspirar a ello, no es fácil. Aparte de ser una carrera ardua en la cual te dejarás los codos estudiando, los ojos leyendo hasta que salga el sol y muchas horas, días y años de tu vida de dedicación pura y dura, no es el trabajo más agradecido del mundo. Día a día ves a gente sufrir, a gente quejándose, y si eliges las ramas más entrometidas, cosas mucho peores. No es fácil sentarte frente a alguien, quien sabes que tiene familia, hijos, padres, trabajo y casa, una vida completa, y anunciarle que sí, Sr. White, lo siento mucho, pero es terminal. Con una respuesta positiva, dispone usted de seis meses, un año como mucho. No podemos hacer nada más. Todo el mundo tiene dos vidas, y la segunda empieza justo cuando te das cuenta de que sólo tienes una.

Ahora mismo todo eso a mí me la trae al pairo. Será egoísta, pero sólo me apetece hundirme en la cama, dormirme y olvidarme de las prácticas, de Sarah, de Harry y, sobre todo, del capullo de Sherlock Holmes. Ya no sé ni por qué le insulto mentalmente, será costumbre. No quiero pensar en lo de anoche, es más, me niego. Me da igual que fuese real o no, me da igual todo. Me diagnostico a mí mismo cansancio existencial, y el remedio es mudarme de país y empezar de nuevo en alguna islita paradisíaca sin nadie para crearme quebraderos de cabeza. Me encamino fuera del hospital porque por supuesto es muy pronto y la cafetería está cerrada, y deambulo por la calle para hacer tiempo. Después de una hora pateándome las calles de Londres y convenciéndome a mí mismo hasta casi creérmelo de que, sin duda alguna, NO estaba enamorado de nadie y mucho menos de Sherlock Holmes vuelvo, dispuesto a distraerme con un poco de trabajo.

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-John -sentenció Sarah, sentándose a mi lado, acompañada por Mary- tienes una cara horrible.

-De hecho, tus ojeras son tan grandes que deberías ir pensando en ponerles nombre, porque dentro de nada tendrán vida propia y se independizarán -continuó Mary, con una sonrisa, agarrando su termo.

-Ja, ja, ja. Os veo particularmente ingeniosas hoy -dije, procurando ignorarlas. Molly llegó, sentándose en una de las sillas libres.

-Juraría que la de la izquierda me ha guiñado el ojo.

-¿Qué? ¿De quién habláis?

-De las ojeras de John.

-Ah, ¿eso son ojeras? Pensé que le habían pegado un puñetazo -dijo Molly, con una media sonrisa. Vaya, era el día de "vamos a meternos con John". Hasta la Santa Molly, quien normalmente no decía nunca nada, había lanzado su puya particular. Bufé, poniendo los ojos en blanco y levantándome a por otro vaso de café. El tercero, si no he perdido la cuenta. Iba a ser un día muy largo.

Algo atrajo mi vista como un imán hacia el pasillo. Me giré, viendo a Sherlock discutir con una enfermera. Básicamente no veía a la enfermera: sólo le veía a él, con cara de hastío, mirando a otra persona que no era yo y hablando con otra persona que no era yo. Holmes siempre parecía tener un sensor: cuando alguien le miraba él simplemente lo sabía, como un radar, y siempre te encontraba y te sostenía la mirada, y a ti no te quedaba otra que bajarla y concederle la victoria. Siempre. Pero ésta vez ni me miró, cualquiera diría que ni se inmutó. La enfermera le entregó unos papeles, él hizo un gesto de negación con la cabeza, pero se los quedó. Y yo me sentí más ignorado que en toda, absolutamente toda mi vida. Estaba cabreado con él, y ni siquiera me hacía falta un motivo. Su simple existencia, delante de mí, sin mirarme, ignorándome (porque me tenía que estar ignorando. Estaba seguro de ello. Sherlock Holmes siempre lo veía todo, sin margen de error, y era imposible que no me hubiese visto a mí) me sacaba de mis casillas más de lo que me habría gustado admitir. Menudo imbécil. Me entraron ganas de partirle la boca. Partírsela o comérsel... no. Partírsela. Fue entonces cuando me derramé el café y solté un grito ahogado, agitando la mano llena de líquido del diablo y soltando maldiciones.

-Me cago en todo -Sarah apareció a mi lado, tranquilamente, alcanzándome un servilletero-. Gracias... joder, cómo quema.

-Últimamente estás en las nubes...

-Sí, perdona. Me he distraído -me limpié la camiseta, cabreado conmigo mismo y con el mundo en general.

(Fuera de POV)

El día pasó sin ningún incidente importante. Apenas vieron al supervisor, lo cual era un alivio para todos, John incluido. Le pidió a uno de sus compañeros que le cubriese las dos últimas horas de su turno de mañana, porque se sentía morir y necesitaba descansar de forma más que urgente.

Mary, mientras, se pasaba de forma regular a visitar a Harriet, quien seguía ingresada en el hospital. Le daban el alta mañana.

-¿Qué? -preguntó, acercándose a la paciente con una sonrisa- Espero que en cuanto te saquemos de aquí, no planees volver a entrar -bromeó, sentándose a su lado.

-Depende del médico que me asignen. Si vuelves a ser tú, puede que hasta merezca la pena -Mary enrojeció ligeramente, soltando una suave risa.

-Estoy siendo un médico terrible. En realidad te estoy usando como excusa para quedarme aquí y no trabajar.

Harry enarcó una ceja, incorporándose a su lado para quedar a la misma altura. Esbozó una sonrisa ladina.

-Y tu castigo por eso es quedarte sin café -y se encogió de hombros, quitándole el vaso humeante de las manos. Mary esbozó una mueca indignada, a punto de replicarle (porque nunca, nadie, en toda la faz de la tierra, le quitaba el café), pero Harry la miró con pena en sus ojos azules- Estoy postrada en una cama de hospital... déjame al menos disfrutar de un café caliente con una médico preciosa a mi lado.

Mary la miró, entre sorprendida y divertida ante semejante descaro pero, por primera vez en su vida, lo dejó pasar y le cedió el vaso. Se estableció un silencio entre las dos, un silencio cordial, agradable. Mary pensó que no le importaría quedarse ahí, con la calma y Harriet Watson a su lado, sin necesidad de decir nada, simplemente... estando.

-Mary... -la apelada volteó la cabeza, extrañada. Era la primera vez que oía una sombra de inseguridad en la voz de Harry- ¿mi hermano ha venido a verme en algún momento?

Hizo una mueca de lástima, poniendo su mano encima de la de Harriet suavemente.

-Tienes que arreglar las cosas con él, Harry…

-Fui yo la primera en cagarla, ¿sabes? –empezó a relatar, en voz baja. Su tono fue ganando fuerza según avanzaba- Trabajaba de camarera a tiempo parcial en un bar nocturno (no había podido encontrar nada mejor) cuando conocí a Clara, y esa misma noche acabé en su casa. Era una chica increíble, todo lo que siempre había buscado. Con carácter, atrevida, temperamental... estaba loca, básicamente, aunque huelga decir que yo tampoco buscaba cordura. Para eso ya he tenido a John a mi lado la mitad de mi vida. "Harriet, es peligroso. Harry, esa chica no te conviene. Sólo me preocupo por ti". Me enfadé con él y no retomamos contacto; si en algo nos parecemos John y yo, aparte del apellido y el ser rubios, es que somos tan orgullosos como testarudos. Soy la mayor, ¿no? Se supone que tengo ser algún tipo de ejemplo a seguir para Johnny. Fui de todo menos eso. Para compensarme Clara me llevó incluso a Nueva Orléans, y estuvimos allí viviendo durante ocho meses. Teníamos discusiones, por supuesto, bastante a menudo. Nunca era nada serio. Hasta que una noche, de vuelta en Londres, tuvimos una pelea más acalorada de lo habitual. Las dos habíamos bebido más de lo que nos convenía. El caso es que ella salió de casa con un portazo y cogió el coche... y, bueno, el resto es historia. Supongo que llevaban advirtiéndomelo toda mi vida. "¡Si bebes, no conduzcas!". Los hijos de puta siempre tienen razón -Harriet calló, mordiéndose los carrillos. Había conseguido decirlo todo de corrida sin que le temblase siquiera la voz, y no iba a echarlo a perder ahora. Sintió cómo Mary le apretaba la mano en señal de apoyo y esbozó una suave sonrisa- Pero no me arrepiento en absoluto -terminó por añadir, mirándola a los ojos-. Y ahora, tráigame otro café, enfermera Watson.

Mary rio, levantándose.

-Pero tendrás morro...

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Tenía la sensación de que la "siesta" que se había echado (siesta entre comillas, porque habían sido unas ¿trece horas? de descanso) podría haber revivido a un muerto. De hecho, juraría que aquel había sido su caso. John se puso el abrigo, protegiéndose del violento frío londinense, sintiéndose descansado por primera vez en mucho tiempo. Y al despertarse se había tomado un té en vez de un café, cosa que sólo hacía muy de vez en cuando. Nada más entrar al hospital se encontró a los mismos de siempre, haciendo lo mismo de siempre, donde siempre.

-Cualquiera diría que nunca movéis el culo de la cafetería... a este paso os suspenden las prácticas -dijo con una sonrisa, sentándose junto a tus amigos.

-Madre mía, John, ¿tus ojeras al final se han independizado?

-Sí. Me he despertado y ya no estaban... habrán ido a buscar una vida mejor.

Rieron, desayunaron y se pusieron las pilas. Harry se fue a mediodía, discretamente, despidiéndose únicamente de Mary. Se ganó también una leve reprimenda por no despedirse también de su hermano, pero la mayor de los Watson no atendía a razones. A decir verdad, fue un día harto aburrido. Para John fue un desfile de pacientes, pacientes con constipados, niños con huesos rotos, accidentes domésticos... lo más extraordinario que sucedió en todo el día fue la llegada de un padre con una flecha (una flecha de arco de toda la vida, para sorpresa de John) clavada en el hombro. De detrás de él surgió su hijo, un chaval de no más de diez años, con un arco casi igual de grande que él en la mano y cara de circunstancias. En cuanto pudo sacó una foto con su móvil de forma disimulada y cuando se lo contó a Mary estuvieron riéndose del percance durante casi un cuarto de hora.

Sherlock no se dejó ver por el hospital hasta pasados dos días. Apareció de repente, sin aviso. Ordenó que bajasen a la morgue, donde les esperaba un cadáver. Mike tragó, notablemente desagradado.

-Si a alguno de vosotros le inoportuna especialmente el hecho de tener delante un cuerpo sin vida, le sugiero que salga de esta sala -dijo el Dr. Holmes nada más verles aparecer. Nadie respondió.

Todas las miradas se posaron en el fiambre que tenían delante, salvo dos...