Quizás te estoy mintiendo.
Resulta que no puedo aceptar
que aún te eche de menos
y que este menos vaya a más.
Ahora miento casi siempre, todo el mundo lo hace,
Engaño a otros y me engaño a mí.
¿Para qué diablos sirve la verdad?
(Love of Lesbian - Los colores de una sombra)
Capítulo 6:
Todas las miradas se posaron en el fiambre que tenían delante, salvo dos.
POV JOHN
Juro por dios, lo juro, os juro que se detuvo el tiempo cuando le miré y él levantó la mirada y me miró. Se tiene que haber detenido el tiempo, porque sino no me explico cómo pudimos estar así tanto rato sin que nadie nos interrumpiese. Yo no veía al cadáver, ni veía a mis compañeros, porque hacía al menos tres días que no tenía delante a Sherlock Holmes y él, en toda su arrogancia y narcisismo, ocupaba todo mi campo de visión. Y sé secretamente que se regocijaba en ello. Todo en él gritaba caos y cansancio. Tenía ojeras (ya sabía a dónde habían ido a parar las mías, a su cara) y una ligera barba de tres días le estilizaba los pómulos (aún más) y no pude evitar preguntarme cómo sería de áspera. Visualizarme tocándola. Estoy seguro de que no ha comido en días, y ni hablemos de dormir. No hará falta que aclare que, pese a todo esto, seguía siendo increíblemente atractivo, y me pareció tan injusto que ese hecho básicamente me indignó. Nadie en ese estado debería seguir teniendo el derecho de ser tan, tan endemoniadamente guapo. Cuando levantó la mirada hacia mí sentí un balonazo en el estómago tan intenso que básicamente me quedé sin poder respirar unos dos segundos. Se ve que estando así, el uno delante del otro, no había tenido el valor de ignorarme tan gratuitamente como lo hizo al verme la última vez. Ésta vez sus ojos eran azules. O grises. Ambos; sería la luz cetrina de la morgue... los sentí sobre mí, exclusivamente sobre mí, cómo me evaluaba de arriba abajo, me leía como un libro abierto, y en medio segundo derribó todos los cimientos de auto-convicción que tanto me había costado construir. En medio segundo consiguió atravesarme de lado a lado y volver, haciéndome sentir una atracción malsana, tan irremediable que sentía que me iba a romper en pedazos allí mismo. Entonces él bajó la mirada otra vez, como si nunca le hubiese pasado nada ni a mí, ni al tiempo.
Arrogante bastardo.
-¿De qué ha muerto este hombre? -preguntó Sherlock, aburrido, como si la respuesta fuese tan obvia que la pregunta no tuviese lugar ahí. ¿Cuál de los dos, Sherlock Holmes?
Mary frunció el ceño, concentrada.
-Envenenamiento.
-Bien. ¿Envenenamiento por qué?
Esta vez nadie supo responder.
Veréis, no era tan simple: la toxicología, pese a ser un estudio obligatorio, es una ciencia tan extensa como complicada de aprender. Hay cientos, miles de venenos existentes que pueden causar la muerte de un individuo. Las variantes son infinitas: depende de la cantidad que uses para crear un efecto determinado en la víctima, del peso de la persona, de su sexo, de su talla... y eso sin tener en cuenta las posibilidades de mezclar un veneno con otro o alterarlo de algún modo con cualquier producto. Sherlock Holmes nos estaba pidiendo un imposible.
La clase resultó ser una gran frustración, y lo único que ganamos fueron dos folios cada uno con una lista que parecía interminable de venenos (sobre todo asiáticos, sorprendentemente) y los efectos remarcables que podían causar en una persona. El Dr. Holmes nos hizo saber que la lección había terminado mostrándonos su gran y clara indiferencia dándonos la espalda. Todos salieron, salvo yo. Estaba furioso y le odiaba. Su mera existencia delante de mí me cabreaba. Dejé las hojas de mala manera en una mesa libre, haciendo ruido aposta para que al menos se dignase a darse la vuelta y mirarme, cosa que hizo. Ojalá no lo hubiese hecho, porque tanta indiferencia en su semblante me dolió. Y me enfureció aún más.
-No veo por qué tenemos que estudiar esto. No le vamos a diagnosticar nada a la gente muerta.
-¿Le suena la expresión "por amor al arte"? -dijo, distraído, organizando un par de papeles. Tampoco parecía que me hiciese mucho caso, y eso no me gustaba un pelo. Ya era una falta de respeto. Si te hablo, me miras. Y me contestas. No te comportas como un imbécil condescendiente.
-¿Te suena la expresión "eres un capullo"? -musité violentamente, acercándome a él y arrinconándole, de algún modo, contra la pared. Vaya, un déjà-vu. Sherlock Holmes no contestaba, se dedicó a mirarme (ahora sí) sin más. Cada segundo que pasaba notaba cómo su pasotismo, su fría mirada ante mí me iba clavando un bisturí metafórico. Lentamente, hundiéndose más y más, como si se regocijase en mi dolor. Y sangraba, vaya si sangraba. ¿Ahora mismo? Tenía una hemorragia interna por él. Pasé una mano por su mejilla, sin poder evitarlo. Áspera; deliciosamente áspera.
Me podría haber besado, me podría haber pegado un puñetazo o me podría haber apartado de un empujón. Habría preferido cualquiera de esas tres alternativas a lo que hizo: absolutamente nada. Al cabo de tres segundos me aparté, intentando disimular lo destrozado que estaba. Él simplemente salió de la sala, en silencio, sin mirarme siquiera.
La nada equivale a la ausencia de sentimientos y Sherlock Holmes, ahora mismo, era nada. Habría dado la mitad de mi vida por hacerle sentir algo, aunque fuese odio. Pero no me había dado cuenta de que desde que puse un primer pie en este hospital, ya le había dado mi vida entera.
Al llegar allí había contado mal; no había un sólo cadáver. Éramos dos cuerpos muertos en la morgue, uno por dios sabía qué y el otro, simplemente, por amor.
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Un cigarrillo, necesitaba un cigarrillo ya. Desliza sus dedos por sus bolsillos, sacando uno suavemente y prendiéndolo en su boca casi al instante. Observa deshacerse la nube de humo, cierra los ojos con cansancio durante una milésima de segundo. Ni siquiera tenía claro cómo había aguantado tan estoicamente delante de John Watson. Agradecía profundamente que el médico en prácticas no hubiese sido más observador: si no, habría visto sus pupilas dilatadas, casi negras. Su pulso acelerado. Su respiración agitada. Cómo tensaba la mandíbula, cómo se controlaba, volcán en erupción por dentro y voluntad de hierro por fuera. Había sido tan delatador, que Sherlock no se explicaba cómo el rubio no se había percatado de todo ello. ¿De verdad podía alguien estar tan ciego?
Se presentaba ante él un dilema: no lo entendía. No entendía por qué John, qué tenía de especial, qué hacía para que él, entre todos los demás, destacase como un faro en medio de la tempestad. No lo entendía y le sacaba de quicio no entender. Había intentado hacer de las prácticas del joven un periplo infernal, agotándole, llevándole hasta sus límites, y él no había renunciado. ¿Qué le costaba renunciar, irse a otro hospital, salir de su vida por la puerta pequeña? Ahí seguía. Sherlock había sido completamente consciente de la mirada destrozada del rubio, de cómo se había hecho pedazos, pero no le había quedado más remedio. Tenía que alejarse. No podía permitirse el lujo de acercarse ni a él, ni a nadie, lo más mínimo, porque nunca saldría bien. Mycroft siempre se lo había repetido, desde pequeño. Eso era incuestionable, inamovible. Pasar página: John Watson no era nadie, así como el resto del universo. Sin más. Era la solución más práctica, lógica, adecuada y confortable. Se puso su eterno abrigo negro, sintiendo el frío golpearle la cara, jugar con sus rizos, intentar robarle la bufanda. Su atención se desvió un momento hacia las puertas del hospital, atraída irremediablemente por una cabellera rubia. Pero no era John, sino Harriet. Estaría ahí esperando a... efectivamente, salía Mary y se metían juntas en un taxi. Irían a tomar un café, y luego Harry la invitaría a subir, y Mary dudaría pero acabaría aceptando. Estaba más claro que el agua. Era tan obvio como que aquel señor que caminaba calle arriba tenía un amante, como que aquella chica que esperaba en la parada de autobús había discutido con sus padres y se iba a casa de sus abuelos. Todo era obvio para Sherlock Holmes.
Salvo John, remarcó una vocecita con insistencia. El detective bufó, hastiado, encaminándose al 221B.
Todos los vecinos pudieron oír aquel día un violín, sonando ininterrumpidamente hasta altas horas de la madrugada, perturbando el silencio y la noche londinense.
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A John Watson se le daba bien fingir. Pretender que algo no había sucedido, armar algo de teatro, seguir la corriente. No estaba especialmente orgulloso de esto, pero si algo le gustaba, era ignorar los problemas. Evitarlos, fingir que no estaban ahí, que no le amenazaban detrás de cada esquina como un depredador arrinconando a su presa. Llevaba haciéndolo toda su vida, porque le gustaba no tener ningún problema, básicamente: una vida tranquila, llevándose bien con todo el que pudiese, no meter la pata, no llamar especialmente la atención. Cumplir con tus responsabilidades, forjarte una vida, tener trabajo, novia, casa, coche y, si eso, hasta perro. Eso era todo lo que sus padres esperaban de él, sobre todo después de la decepción que resultó ser Harry. Se suponía que bastaba con eso para ser feliz. Sé médico, es un trabajo respetable. Búscate novia. Estabilidad es todo lo que pedimos, Johnny. El domingo comió con sus padres, le preguntaron que qué tal todo, cariño, hace mucho que no nos llamas. Sí, lo siento, me tienen muy atareado en el hospital. ¿Duermes lo suficiente? Te veo muy paliducho. Te vas a llevar varios tuppers con comida, porque seguro que lo que sea que haya en el hospital no te alimenta como dios manda. Mamá, no hace falta, estoy perfectamente, de verdad. ¿Tienes novia? No. Pero seguro que hay alguna chica que te gusta...
... y, por eso, la conclusión más conveniente era sin duda alguna pasar página. Las últimas dos semanas habían sido un frenesí de decisiones erróneas, bebidas calientes y horas robadas que no se podía permitir en su vida organizada. La decisión errónea había sido Sherlock, por supuesto. Las bebidas calientes el café y las horas robadas todas aquellas guardias nocturnas...
Bueno, hay una chica en prácticas muy agradable... Se llama Sarah. ¡Ése es mi chico! Y dime, ¿ha jugado ya con el destornillador sónico del Doctor Watson? PAPÁ, POR FAVOR. Lo siento, lo siento. Te voy a acabar quitando las temporadas de Doctor Who...
No se atrevió a comentarles el percance con Harry. No se lo merecían. Sabía que estaba mal, pero simplemente no pudo abrir la boca y bueno, Harry ¿os acordáis de Harry, vuestra hija mayor, mi hermana? El caso es que se intentó suicidar el otro día, la llevaron al Barts. Muy buena la sopa, mamá. No iba a estropear así un domingo. Ni ningún otro día de la semana. Suspiró. Rodear los problemas se le daba estupendamente, pero siempre llegará un momento en el que pises en falso y te llenes de mierda hasta las rodillas. Ahora mismo su vida era eso: un irónico y negro caos que se reía de él constantemente. Trabajo, novia, casa, coche y perro. Menudo montón de mierda. Lo único que tengo es café barato, una cama y tuppers con comida de mi madre.
