¡Buenas noches! Ya que casi nunca aparezco por aquí, voy a aprovecharme un poco. Lo primero, agradecer todas y cada una de las reviews (aunque no conteste me hacen SIEMPRE mogollón de ilusión. De hecho, es uno de los motivos por los que sigo actualizando el bodrio este). Lo segundo, informar de que la segunda parte de este capítulo es dramita mystrade (Greg/Mycroft) (lo siento, es que me encantan ese par de imbéciles), y que si mola y queréis puedo meter de vez en cuando y avanzar con esa historia de forma paralela. Hacédmelo saber. Hasta la semana que viene (!)


Capítulo 7:

Las apariciones de Sherlock se volvieron aún más inconstantes, haciendo del hombre casi un fantasma (como si no estuviese ya lo suficientemente pálido). Surgía ocasionalmente por las tardes, apenas les dirigía alguna que otra palabra mordaz de vez en cuando y alguna que otra lección magistral para demostrarles lo incompetentes e inútiles que podían llegar a ser. John empezó a salir con Sarah, entre otras novedades...

-Vamos, Mary, cuéntamelo.

-¡Que no es nada!

-¡Venga ya! Estás más pendiente del móvil que de reírte de mí. ¿Con quién hablas? Me voy a poner celoso -bromeó John, haciendo una falsa mueca de disgusto. Sarah le dio un pequeño golpe en el hombro, negando.

-¿Cómo que te vas a poner celoso? Watson, aleja tu brujería pélvica de Mary.

-Tranquila, Sarah, tengo novi... o –soltó la rubia, por acto reflejo-.

-¡Já! ¡Lo sabía! -exclamó John, triunfal. Mary esbozó un "mierda" mudo- ¿Cómo se llama el afortunado? Venga. No se te da nada bien hacerte la misteriosa.

-Es... muy guapo. Encantador. Un poco imbécil a veces. Y tiene los ojos azules como tú -terminó por ceder Mary, guiñándole un ojo. Se sentía mal por mentirles a sus amigos, aunque sólo fuese ese pequeño detalle de "me estoy acostando con tu hermana", sí, pero aún no se veía capaz de salir del armario por primera vez en su vida. Ni siquiera estaba segura de ello. Ni siquiera sabía cómo había sucedido todo, por el amor de Dios. No se lo había dicho a nadie aún, ni pensaba hacerlo por ahora. Tampoco era tan importante, ¿o sí?

Por lo pronto, Sarah parecía notablemente aliviada ante la noticia. Siempre había considerado a Mary, de algún modo, una amenaza. Tanto tiempo juntos... pero ahora estaba fuera de peligro. Le dio un fugaz beso en la mejilla a John, dejando traslucir su alegría y levantándose a por café. John aprovechó para meter baza.

-Vaaaaaamos, Mary... ¿ni una foto?

Ella negó, testaruda como nadie.

-¿Y si te pago los cafés de hoy?

-Te arruinarías, Johnny. No apuestes lo que no tienes.

-Touché.

Sarah volvió, pasándole los brazos por el cuello.

-Hey, ¿vamos al cine esta noche?

John abrió la boca, dubitativo, y de repente Mary le dio una patada por debajo de la mesa.

-Err, ¡sí! Claro. ¿Qué quieres ver?

Bueno. Le tocaba cumplir su función de novio, por lo visto.

Quedaron a las ocho en los Renoir, cerca de Russell Square. Por suerte, dada la ausencia regular de Holmes, últimamente a John apenas le tocaba hacer guardias nocturnas, cosa que también agradecían sus ojeras, pero sobre todo su nueva novia, quien pretendía ocupar el cien por cien de su tiempo libre. Cuando llegó a las puertas del cine Sarah ya estaba ahí, esperándole, vestida con una falda de flores muy mona y una camisa blanca. Le instó con un "¡vamos! No quiero que empiece la película sin nosotros..." Sarah, sólo son las ocho y siete. John se pilló una grande de palomitas ("¿cómo puedes comer tanto? Vas a coger kilos de más...") y se sentaron al fondo de la sala, donde más vacío estaba. John no tardó en aburrirse del argumento, así que procuró centrarse en sus palomitas y dejar el tiempo pasar. A mitad de la película, Sarah posó una mano en su pierna, peligrosamente al norte.

-Sarah... que estamos en el cine...

-Oh, venga ya, John, nos hemos sentado al fondo por algo... tengo que compensar la interrupción de la última vez -¿en serio? ¿en serio tenía que mencionar El Incidente con Sherlock? ¿¡De verdad!?

Lo siguiente que notó era la chica sentándose a horcajadas encima de él, sus manos en su espalda y su boca en su cuello. Tuvo que ahogar un gemido, recordando que estaban en un lugar público. La mano de Sarah volvió a bajar hacia su entrepierna, y John deslizó ambas manos por su pelo, jurando por dios que esto sí que era una mala idea. Su pelo… oscuro. Negro. Sus bucles. Sus pómulos. Sus labios. Su voz. "Tarde, Watson". Cuando quiso darse cuenta ya no era Sarah quien estaba sentada a horcajadas encima de él, a oscuras, en el cine, sino Sherlock Holmes, y…

-Sh... Sherl -John se detuvo al instante, congelado, su corazón latiendo a una velocidad desorbitada. Abrió los ojos, en shock, sin acabar de creerse lo que acababa de pasar. Había estado a punto, A PUNTO, de gemir el nombre de Sherlock... mientras se enrollaba con su novia. Oh, dios. Esto era malo. Muy malo.

-¿John? -susurró Sarah en su oreja, dejando quietas sus manos, extrañada ante la repentina congelación del chico- ¿Pasa algo? ¿He hecho algo mal?

-N-no, me... me tengo que ir... -replicó, como un autómata, quitándose a su novia de encima- necesito... aire -se levantó, ignorando las protestas airadas a sus espaldas ("¡John! ¡Ni siquiera ha terminado la película! "¿Pero qué cojones te pasa? ¡Imbécil!") y salió del cine, poniéndose su abrigo. Mierda, John. Mierda. Eso mismo me pregunto yo, Sarah: ¿pero qué cojones me pasa?

Ahogó un grito de frustración, golpeando a una cabina de teléfono a su derecha en un arranque de mal humor y arrepintiéndose al instante. Ahora, aparte de estar jodido y enfadado, tenía los nudillos casi destrozados. Maravilloso, John. Fantástico. Se pasó las manos por el pelo, respirando hondo en un intento de tranquilizarse, y empezó a caminar calle arriba para andar hasta su casa. A ver si con un poco de suerte el frío londinense se le colaba en los huesos y le enfriaba también las ideas, porque lo necesitaba.

xxxxxx

Cuando Sherlock decidió adentrarse en el despiadado mundo de las drogas, ni siquiera Mycroft fue capaz de alejarle de ahí. Fue una de las peores experiencias de su vida: ver cómo su propio hermano pequeño se destruía poco a poco, rompiéndose en pedazos a cada gramo y, lo que es peor, a voluntad. Ambos estaban perdidos por aquel entonces. Entonces Sherlock pilló una sobredosis, una entre tantas. Lo único que diferenció ésta vez de todas las demás fue quién encontró su cuerpo, a la deriva en cualquier lugar, como un peluche abandonado y roto por el tiempo. Greg Lestrade no sólo encontró a Sherlock Holmes, sino que le ayudó. Gracias a él, en parte, Mycroft consiguió introducirle en rehabilitación. Un año después el futuro detective salía, relativamente limpio, y entraba en el campo de la medicina por un breve período, donde no tardó en triunfar.

Al principio ése era el único lazo común entre Mycroft y Greg: su genuina preocupación por Sherlock. Pero poco a poco y paso a paso fueron asentando su amistad, entre cafés, llamadas nocturnas cuando uno de los dos no se veía capaz de dormir o Greg se aburría durante un caso, mensajes de texto casuales y favores mutuos; ninguno de los dos tenía ninguna prisa. Mycroft sabía que Greg tenía discusiones recurrentes con su esposa, desde luego; saltaba a la vista. Mycroft lo sabía todo, pero una cosa es saberlo y otra admitirlo, aunque sea ante ti mismo, y el mayor de los Holmes aún no estaba preparado, ni creía estarlo jamás, para admitir el gran "¿Y si…?".

Y si las cosas iban a más. Y si no podía disimular una sonrisa cuando, a mitad de un congreso lleno de gente importante y personas trajeadas, Greg le enviaba la foto de un dónut cubierto de chocolate para tocarle las narices. Y si le-gus-ta-ba. Gustarle quién, ¿Greg? No, qué va. Gustarle el dónut, por supuesto, cómo le iba a gustar Greg… Déjate de estupideces. Por supuesto que te gusta.

Como iba diciendo, ninguno de los dos tenía ninguna prisa; lamentablemente el tiempo y el destino no parecían opinar lo mismo. Así pues una noche Greg se presentó ante las puertas del mayor de los Holmes, ebrio, con los ojos rojos y una pequeña brecha en la ceja, anunciando un "lo hemos dejado y no sabía adónde ir", como un cachorrillo desamparado.

Mycroft se ocupó de él, por supuesto. Le limpió las heridas, las que se veían y las que no, y le mandó a la cama (su cama) con un "ya hablaremos mañana, Gregory", y se quedó despierto las horas restantes de noche. En parte velando. En parte pensando.

Al alba Greg Lestrade se despertó con un dolor de cabeza sobrehumano, en una cama que no era la suya pero que olía sorprendentemente bien, con una brecha en la ceja y un Mycroft Holmes ojeroso observándole atentamente, taza de té en mano, desde el umbral de la puerta.

"Espero que hayas descansado."

Greg se pasó las manos por la cara, asimilando la situación, avergonzado.

"Dios, Mycroft, lo siento muchísimo. ¿Dónde has dormido tú?"

"¿Tengo cara de haber dormido, Greg?"

No. A decir verdad no la tenía en absoluto. El pelirrojo se acercó a él, ofreciéndole la taza (que aceptó sin dudar un instante) y sentándose en el regazo de la cama.

"¿Cómo te hiciste la brecha?"

Greg se encogió de hombros.

"Me tiró un vaso. Tiene una puntería terrible, ¿sabes?"

"Y tú unos reflejos horribles. Déjame verlo. Te tuve que poner un par de puntos anoche, pero estabas insoportablemente borracho y no parabas quieto, así que no sé si lo hice bien."

Greg sintió que se moría de la vergüenza de nuevo, prometiéndose a sí mismo por decimocuarta vez que no bebería nunca más, pero se dejó hacer. Le sujetó firmemente el mentón, sus manos sorprendentemente cálidas, y le inspeccionó la herida con cuidado. Lestrade contuvo la respiración inconscientemente; era la primera vez que se acercaba tanto a Mycroft. De hecho era la primera vez que le tocaba, tal cual. El pelirrojo frunció el ceño, desconcertado ante su actitud.

"¿Estás bien?"

El policía se vio únicamente capaz de asentir con la cabeza, mirándole atentamente. ¿Acababa de preguntarle que si estaba bien? Empezaron su relación preocupándose por Sherlock Holmes y la acabaron preocupándose el uno por el otro. Se inclinó sobre él, muerto de miedo, y le besó con cuidado, un sutil roce, como si fuese a romperse. Pero en vez de encontrarse con un rechazo infranqueable Mycroft Holmes le aceptó, porque estaba cansado de negarse a sí mismo las pocas cosas que de verdad quería, y el resto de la mañana es historia.

No mantuvieron su relación en secreto, pero tampoco la iban pregonando por los cuatro vientos. Y todo iba bien hasta que un día Mycroft decidió que depender tanto de una persona que no fuese él no era un lujo que pudiera permitirse. Las cosas iban tan bien que le atemorizaban. Estaba aterrado porque sabía, estaba seguro, de que la acabaría cagando y todo saldría mal. Y, efectivamente, lo hizo. En el fondo no era más que un cobarde.

Sin previo aviso, después de seis meses y dos semanas viéndose, una noche le anunció a Greg que no podían seguir juntos; no dio ninguna explicación. Porque no, porque no podían. Porque él no estaba preparado para mantener una relación. Lestrade le propinó un puñetazo, del que su nariz se acordaría durante al menos dos semanas, y se marchó dando un portazo.

Aquella noche el DI Gregory Lestrade la pasó en su oficina, preguntándose qué cojones le habría hecho él al Universo, a dios o a quien fuese, para merecerse aquello.

Sacó la pequeña caja del tamaño de un anillo que había estado llevando en el bolsillo de su abrigo durante todo el día y después de varias horas contemplándola en silencio la guardó en uno de los cajones de su escritorio, bajo llave.

No se volvieron a ver.