Yeeep, siempre se me ha dado mal escribir cosas de acción. Había que intentarlo tho. Mis disculpas.


Capítulo 8:

"Coge tu abrigo y vámonos. No quiero preguntas, no pierdas el tiempo.

Sherlock bufó, exasperado ante John, de pie delante de él y completamente confundido. Abrió la boca, seguramente para articular un "¿qué cojones?", pero el detective le interrumpió.

-¡Vamos, John! ¡El tiempo corre! –y se encaminó a grandes zancadas hacia las escaleras, demasiado impaciente como para esperar al ascensor. John se quedó en su sitio dos segundos más, estupefacto y sin entender absolutamente nada, pero terminó por seguirle, gritando un "¡espera!" antes de correr detrás del abrigo negro, que ondeaba bien delante de él.

Cuando alcanzó las puertas del hospital Sherlock ya estaba fuera, esperándole sentado dentro de un taxi. John miró su reloj brevemente; el cómo Sherlock Holmes había conseguido un taxi en unos tres minutos y medio a las tres menos cuarto de la mañana era inexplicable. Se apresuró en meterse dentro del coche, temeroso de que saliera sin él, y una vez sentado se atrevió a respirar y mirar a su acompañante.

-¿Se puede saber a qué viene todo esto? –exigió saber, horriblemente confuso. Sherlock frunció el ceño, volviéndose hacia él.

-¿El qué?

-¿Cómo que "el qué"? ¿Tú apareciendo a mitad de mi guardia nocturna con las prisas del diablo y metiéndome en un taxi a las tres de la mañana, tal vez? O me das una explicación razonable (y más te vale que sea buena, Holmes, te lo juro) o me bajo de aquí ahora mismo y continúas tú solo con lo que sea que vayas a hacer.

Sherlock suspiró, seguramente buscando una paciencia de la cual carecía. De verdad que tenía cosas mucho, mucho más importantes en las que pensar ahora mismo que explicarle la situación a John. Pero por lo visto era lo que más le convenía hacer.

"Mis contactos han estado siguiendo durante meses una amplia red de narcotraficantes al norte de Londres. En otras situaciones me daría igual, tengo cosas más importantes que atender, pero también la certitud de que llevan a cabo también diferentes abusos a menores y otro tipo de actividades ilícitas, así que no, no lo podía dejar estar. Hace menos de una hora Bill me avisó de que había visto movimiento en un salón de recreativos abandonado, así que vamos para allá. Voy a necesitarte completamente lúcido esta noche, John. Más te vale quitarte de encima esa cara de estúpida estupefacción y espabilarte de una vez.

Nada más oírle John frunció el ceño, indignado, pero al menos cerró la boca, borrando de un plumazo la mueca de confusión que se había dibujado en sus facciones. Tomó una gran bocanada de aire, dios dame paciencia, porque tenía la sensación de que iba a necesitar mucha. Recapituló:

-Vamos a ver. ¿Me has metido en un taxi a las tres de la mañana para enfrentarnos, tú y yo solos (y sin ningún arma, por cierto)… a una red de peligrosos narcotraficantes? ¿SE TE HA IDO LA CABEZA, SHERLOCK HOLMES? –el apelado puso los ojos en blanco al oírle gritar. Abrió la boca para replicar pero- No, NO contestes, es una pregunta retórica. Ni se te ocurra contestar. Puede que no se te haya pasado por tu brillante mente, Holmes, pero ¿sabes que existe una cosa llamada POLICÍA, a la que la gente acude en situaciones así? –Silencio. John bufó- A eso sí que me puedes contestar, cretino.

-John, por favor, no seas simple. Para cuando la policía llegase al lugar, los narcotraficantes se habrían ido. De hecho, lo más seguro es que lleguemos tarde y ya se hayan ido. Por otro lado harían muchas preguntas y pondrían una cantidad increíble de pegas porque son todos una panda de vagos inútiles, así que sólo conseguiríamos dificultar la operación si llamase a la policía.

-¿Por qué yo? –No pudo evitar hacer la pregunta: ¿por qué yo? ¿Por qué te estoy haciendo caso? ¿Por qué tengo la sensación de conocerte desde siempre, de haberte reencontrado, de habernos visto ya? ¿Por qué hasta después de haberme dicho que vamos a enfrentarnos tú y yo solos a saber cuántos drogatas armados y peligrosos sigo aquí, sentado… y, lo que es peor, emocionado? Pero no había dicho todo aquello en voz alta, y menos mal- Quiero decir, no soy más que… bueno, un aspirante a médico cualquiera que… en fin, ¿por qué narices me avisas a mí?

Sherlock le miró de repente, como si no se esperase una pregunta así, o tal vez fuese increíblemente obvio.

-En caso de altercado, tú eres el único que sabe manejar bien un arma. Aparte de eso respondes con eficacia a situaciones de enorme presión o estrés, manteniendo la calma necesaria y actuando con cabeza. Y siempre viene bien tener a alguien al lado con amplia experiencia médica. No eres sólo "un estudiante más" –añadió al cabo de un rato, como dudando si debía decir aquello último o no. Y si tenía más motivos, se los calló. John volvió a abrir la boca, confuso.

-¿Cómo… sabes que sé manejar una pistola?

-Por favor, John, tu padre es militar. Se ve a leguas de distancia; procuras mantenerte siempre erguido (de pequeño siempre te lo imponía, seguramente obligándote a comer con libros entre los brazos) y cuando esperas de pie adoptas también, inconscientemente, una pose superficialmente militar. Tienes las manos curtidas desde hace años, de acostumbrarte a trabajar con ellas desde tu infancia. Está claro que tu padre intentó inculcar en ti lo que no pudo en tu hermana, más que nada por ser mujer, y te enseñó a manejar un arma aunque sólo fuese de forma básica, porque quería hacer de ti "todo un hombre" –hizo una mueca, desagradado-. Ridículo.

Esta vez el rubio no supo qué contestar, abriendo y cerrando un par de veces la boca y logrando articular solo un "wow". Sherlock frunció el ceño:

-¿"Wow"?

-Sí, wow. Eso último ha sido genial. Increíble.

Sherlock frunció aún más el ceño (si era posible), desviando la mirada, y John no pudo evitar una sonrisita porque por una vez no era él el confundido. Parecía que Holmes no estaba muy acostumbrado a los halagos, y sin embargo tenía un ego más grande que el London Eye. Pues vaya. El taxi se detuvo de forma repentina y el detective bajó sin decir palabra, obligando a John a pagar el viaje al tiempo que mascullaba un par de maldiciones y se apresuraba a seguirle. Bastaba con despistarse un par de segundos para perderle de vista, y teniendo en cuenta la situación, ahora mismo eso no le convenía en absoluto. ¿Sabéis el dicho de "mejor solo que mal acompañado"? Pues bien, aquella noche lo invalidaba por completo.

Vislumbró al detective al otro lado de la calle, agachado frente a una puerta cerrada, y corrió hasta su lado; huelga decir que estaba intentando entrar a la fuerza.

-Para ayudar a la policía cada dos por tres, tampoco es que seas muy legal –susurró el rubio, mirándole (por una vez en su vida) desde arriba.

-Cállate. Me estás desconcentr… ah, ya está –y acto seguido se oyó un "click". Sherlock se levantó, volteándose hacia él, y ni siquiera la oscuridad pudo disimular lo contento que estaba. Se puso un dedo en los labios, indicándole silencio… y entró.

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El sitio estaba hecho un asco.

Tampoco es que se pudiesen ver muchos detalles, ya que estaban a oscuras, pero John casi que lo agradecía. Todas las ventanas que daban a la calle estaban rotas, y la luz de las farolas se filtraba, reflejándose en los cristales y las máquinas de juegos. El suelo estaba lleno de cajetillas de tabaco, condones usados, latas y botellas. John hizo una mueca, procurando mirar por dónde pisaba, hasta que se chocó contra la espalda de Sherlock y comprendió que más le valía mirar al frente en vez de al suelo. Entró por la puerta a su derecha y tiró de la manga del detective, llamando su atención; dentro había un par de sillones dispuestos alrededor de una mesa, una televisión medio rota y más botellas. Encima de la mesa, un cenicero. En el cenicero, cigarrillos… aún humeantes. Le pareció que Sherlock iba a aclararle en voz baja algo como "eso significa que aún están cerca", pero le lanzó una mirada furibunda como respuesta indicando que "tan tonto no soy, Holmes". John se mordió el labio, notando cómo un cosquilleo le recorría la yema de los dedos y la adrenalina se extendía de pies a cabeza, como un virus imparable. Miró a su acompañante, entendiéndose sin necesidad de decir nada, y se separaron para inspeccionar la sala. A decir verdad, ahora que lo pensaba, sí que echaba de menos el peso familiar y reconfortante de la pistola en su mano. Aquello no quería decir que le gustaba tener un arma, pero era verdad que siempre te aportaba una sensación de seguridad y control que no tenías con las manos vacías. Era la salida rápida: ¿problemas? Dispara. No dudes, hijo. Si te ves en peligro, dispara. Quienquiera que te ataque tiene el mismo derecho que tú a sobrevivir. ¡Defiéndete! ¡Espalda recta, Watson! No puedes permitirte ningún fallo, una pistola no es ningún juguete. Si fallas, mueres. John sacudió la cabeza, deshaciéndose de la voz de su padre. Si se había encaminado hacia la medicina, era por algo. No le gustaban las armas. No le interesaban, le repelían. Pero a la hora de sentirse seguro, y sobre todo en aquel momento, no le haría ningún asco a una pistola cargada en su mano. Miró a su alrededor. Tenía que haber alguna, seguro. Sabía que los narcotraficantes seguían por ahí, y era más que plausible que hubiesen dejado una pistola… Barrió el sitio con la mirada, esbozando una sonrisa triunfal: ahí, en lo alto de una estantería destartalada, mal disimulada. Gracias a dios. Se apresuró a cogerla, verificando que estuviese en buen estado y, sobre todo, cargada; las enseñanzas de su padre seguían ahí, tan nítidas como el primer día, fruto de tantísimas tardes escuchando lo mismo una y otra vez. ¿Está cargada, Johnny? Lo está. Bien, hijo, pero te has distraído demasiado. ¿Qué te he dicho siempre? ¡No bajes la guardia! ¿Es que no aprendes nunca? La voz profunda de Sherlock se hizo hueco en su cabeza, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos, sustituyendo a la de su padre:

-¡John! ¿¡Qué demonios hac…

Sus sentidos de alerta se dispararon al instante. El tiempo pareció detenerse y, por un momento, fue consciente de la situación al completo: unos cuatro metros a su izquierda, Sherlock, arrodillado al lado de una chica inconsciente en el suelo que parecía haber surgido de la nada. Estaba girado hacia él, pero no le estaba mirando a él. Así pues estaba mirando detrás de él. Tensó la mandíbula, girando su cuerpo por completo, poniéndose delante del detective y de la chica, sujetando la pistola con tanta fuerza que creyó que se le quebrarían las manos. Quienquiera que te ataque tiene el mismo derecho que tú a sobrevivir, Johnny.

Dos disparos. Uno y dos, separados por milésimas de segundos. Por un momento pensó que había fallado, pero no; no le quedó duda cuando la figura difusa que tenía delante de él se desplomó, como un muñeco de tela. Frunció el ceño, él sólo había disparado una bala, pero habían resonado dos. Se dio la vuelta hacia Sherlock, entrando en pánico al pensar que tal vez no se había colocado bien delante de él para protegerle y le habían dado, pero al ver la cara de shock del detective supo que no había sido él el herido. Tenía… ¿miedo? Era la primera vez que veía el miedo auténtico, primario e irracional, reflejarse en la cara de Sherlock Holmes. ¿Por qué tenía miedo? Y entonces comprendió. Oh, vaya. Mierda, John. Le devolvió la mirada, desconcertado, y entonces un dolor intenso le sacudió como una maza a la altura del hombro y le derribó por completo. Y se hizo de noche, más aún.