Ojalá se te acabe la mirada constante,
La palabra precisa, la sonrisa perfecta
Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nievi
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
Para no verte tanto, para no verte siempre
En todos los segundos, en todas las visiones...
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.
Ojalá (Silvio Rodríguez) (pero si la escuchais que sea la versión de la M.O.D.A., que a mí me gusta MUCHÍSIMO más. Y es una canción increíblemente bonita, así que en serio, escúchenla.)
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Capítulo 12:
Son las cuatro de la mañana cuando John abre la puerta del 221B de Baker Street, ligeramente achispado. Seamos sinceros, algo más que ligeramente, y algo más que solo "achispado". La cita había ido bien. Noelia era simpática, mona, agradable. Pero para su sorpresa (y la de su compañera), llegado el momento, no pudo hacerlo. No le apetecía. No tenía ganas. John se pone rojo y se disculpa, la cosa termina ahí, y nada más poner los pies en la calle llama a Greg porque necesita desconectar ya. Y Greg nunca decepciona: al cuarto de hora ya estaban en el bar de turno, relatando penas y disfrutando de la noche, que para algo es joven como ellos. A las cuatro coge un taxi y vuelve a casa. Seguía lloviendo, a cántaros.
El apartamento estaba a oscuras, pero no fue eso lo que le extrañó, sino más bien el completo silencio que reinaba en él. No se oía ni una mosca. Nada de violines, disparos, microscopios ajustándose, probetas chocándose, frufrú de sábanas al arrastrarlas por el suelo. Nada. Cero. Se encoge de hombros, sube (con mucho esfuerzo y mucho, mucho equilibrio) las escaleras y se deja caer en la cama, tropezándose al quitarse los pantalones y con la camisa aún abotonada.
Y cae en los brazos de Morfeo.
Para su desgracia, Morfeo tenía cosas más importantes que hacer, así que su abrazo fue uno breve.
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Sherlock ha perdido la cuenta de los años que llevaba sin enfermar. Ahora recuerda por qué no lo hace más a menudo.
Tiene frío. Tiene calor. Le arde el pecho, le arde la garganta. Si intenta incorporarse muy rápido, se marea. Si intenta leer, las líneas empiezan a moverse como una serpiente escurridiza. Si intenta pensar, aparece un martilleo intenso y persistente que le agujerea el cráneo, incapacitándole. Por supuesto había previsto todo esto, pero una cosa es preverlo y otra muy distinta, sufrirlo. No obstante, confiaba plenamente en que valiese la pena, todo con tal de cumplir su objetivo: la atención total y completa de su doctor. Mira la hora: las seis y media. Perfecto. Carraspea, reuniendo todas las fuerzas que le quedan, y berrea:
-Joooooooooooooooohn –se queja, se lamenta, y espera haberlo hecho lo suficientemente alto como para despertarle. Por supuesto, lo consigue.
Escaleras arriba el rubio gruñe, llevándose una mano a la cabeza. Se incorpora, se marea, pero consigue sentarse al borde de la cama, dándose un rato para despejarse. Tener que aguantar una resaca es terrible; tener que aguantar una resaca y encima a Sherlock, es aún peor. Abre la puerta, despeinado, aún en estado vegetativo y con la misma camisa con la que se acostó la noche anterior, y baja las escaleras muy lentamente para no marearse otra vez. Pasa de Sherlock (que está tumbado en el sofá, para variar) y se va a por un café, porque se lo pide el cuerpo. Es más, no se lo pide, se lo grita. Cuando cree que está preparado para enfrentarse al bebé gigante que tiene por detective, se da la vuelta y suspira:
-Sherlock, honestamente, como vuelvas a despertarme a las seis de la mañana habiendo salido la noche anterior, la próxima cabeza en nuestro congelador será la tuya.
Uno, dos, tres segundos. A estas alturas ya le debería haber lanzado algún comentario hiriente sobre su cita, su resaca o su aspecto. Algo va mal.
-¿Sherlock? –se acerca al sofá. ¿Seguro que no lo está fingiendo?- ¿Estás bien?
El detective gruñe.
-Estoy perfectamente –replica, con la voz más ronca que de costumbre.
-Estás ardiendo.
-Brillante observación, Watson, enhorabuena.
Las siete menos veinte de la mañana: John Watson tiene que aguantar una resaca y encima a Sherlock Holmes enfermo. Así sí que se empieza bien el día.
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Se apunta mentalmente que la próxima vez que quiera ponerse enfermo, si cae en invierno y no en pleno verano, mejor. Las sábanas le agobian. Suda. Lleva media hora intentando encontrar una postura cómoda, y es imposible. Está cansado de estar cansado, de no moverse, de tumbarse ahí en una cama y tirarse todo el día en estado vegetal, ardiendo, muriéndose.
Se apunta mentalmente no ponerse enfermo nunca, nunca más. En qué momento esto le pareció una buena idea.
-Jooohn –se queja, porque es lo único que le entretiene. Quejarse. Quejarse y John, porque no tiene otra cosa que hacer. Decide darle al drama-. Creo que me estoy muriendo.
-Te he visto pasar cosas mucho peores, Sherlock, no seas exagerado.
-Esto te pasa por irte y no hacerme caso –se incorpora con esfuerzo, para mirarle cara a cara-. Si te digo que estoy enfermo, John, me haces caso.
Tiene calor, la habitación arde, quizás arde hasta John. Se sujeta en él y descubre que se equivoca: John está más frío. Fresco. Es como un bálsamo. Le alivia. Mejor, mejor, así mucho mejor. Se aferra a él. Nota cómo respira, profundo. John coge aire:
-Vale, te haré caso la próxima vez –mientras que su voz suena más grave que de costumbre, ronca, la del doctor es débil. Como si desfalleciese. Como si le faltasen fuerzas para hablar, o también estuviese enfermo. Deja caer parte de su peso sobre él, buscando su frescor, rodeándole la cara.
-Prométemeloooo –exige, como un niño pequeño.
-Te lo prometo, Sherlock, te prometo lo que quieras –no sabe qué le pasa a John, que suena como si se estuviese muriendo también, pero se siente demasiado embotado como para ponerse a analizarlo ahora. Ya lo hará luego.
-Así me gusta –responde, satisfecho. Mucho mejor. Cae otra vez sobre la cama, soltando su agarre, con un gruñido exasperado. El rubio se levanta de la cama, alejándose hacia la puerta, y Sherlock frunce el ceño.
-¿A dónde vas?
-Tengo cosas que hacer.
Bufa.
-Dudo que sean más importantes que cuidar de mí.
-Será nuevo para ti, pero el mundo no gira a tu alrededor –Sherlock se detiene un segundo, recordando que ah, es verdad, el mundo gira-. Bébete esto –coge el vaso que hay en la mesilla, poniéndolo a su alcance. Una tila con un somnífero.
-Ni hablar.
-No te lo he preguntado, Sherlock, es una orden –le dirige su mirada de he-sido-soldado-he-matado-a-gente. Normalmente funciona. El detective coge el vaso, acribillándole con la mirada (porque odia que le den órdenes, pero a veces, solo a veces, las de John las acata) y se lleva el vaso a los labios. El rubio le observa hasta que ve que no queda líquido alguno y recoge el recipiente, satisfecho. Sherlock vuelve a soltar un quejumbroso "Joooooooohn".
-Y ahora qué.
-¡Hace calor! Hace demasiado calor. ¿No teníamos un maldito ventilador en este piso?
-Tardaste cuatro días en romperlo.
Le pesan los párpados, le falla todo. Realmente odia los somníferos. Lucha, pero no tiene fuerzas suficientes.
-Pero John, tengo calor…
La realidad se desenfoca y en pleno delirio, mientras se queda dormido, cree escuchar a John murmurar "no eres el único". Es lo que tienen los sueños febriles, que alucinas.
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En cuanto ve que se ha quedado dormido sale de la habitación, subiendo las escaleras. Sherlock tiene razón, hace mucho calor. Es más, hace demasiado calor. Se quita la camisa, se despoja de los calcetines, de los calzoncillos, se mete dentro de la ducha. Su respiración se acelera, no puede más: como no se alivie ahora mismo, estalla.
Es pleno verano pero aun así el agua cae caliente sobre su espalda, llenándolo todo de vapor, nublándole la vista. Suspira, desnudo, en erección, bajo el chorro de agua. La espalda ancha, marcada con varias cicatrices, aquí y allá. El agua cayéndole por la cara, los ojos cerrados, pálido, concentrado, moviendo su mano de forma lenta pero constante, con fuerza. Intenta alargar el momento; arde, se siente febril, tanto como Sherlock o más. El contacto abrasivo de su piel. Su voz, ronca, más grave que de costumbre.
Prométemelo.
Y no puede más. El agua ardiente le acaricia la piel, quemándole, y tiene calor y no puede más.
Te prometo lo que quieras, Sherlock, murmura, gime, mientras se masturba. Lo que quieras, repite, mientras se corre bajo el chorro de la ducha.
Te lo prometo todo.
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«Marcus, ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?
—No.
—Perdiendo a esa persona.»
La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joël Dicker)
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Afortunado en el juego, desafortunado en amores, o eso dicen. Greg siempre había triunfado en casi todo a lo largo de su vida: fue un espléndido jugador de rugby (capitán de su equipo, por supuesto), sacaba buenas notas, concluyó su carrera sin dificultades. Siempre fue alguien popular, rodeado de amigos, no habría podido quejarse ni de sus padres. Pero sus relaciones siempre, siempre, siempre acabaron en desastre. Drama, lágrimas, se cierra el telón. Siempre supo que enamorarse terminaría en catástrofe. Enamorarse de un Holmes, como había podido comprobar, bien podía ser el fin del mundo.
Después de que Mycroft Holmes le echase de su vida a patadas, sin explicación alguna, no volvieron a verse. No quiso saber nada más de él. Le evitaba de forma constante, hasta un extremo casi ridículo. Cuando no le quedaba más remedio, enviaba a Sally a mediar entre ambos. Incluso Sherlock se había dado cuenta de cómo se tensaba ante la simple mención del nombre de su hermano, aunque gracias a dios no le había dado más importancia porque era una reacción bastante común entre la gente.
Suspiró, mirando su reloj: eran ya pasadas las doce. Tampoco le importaba mucho, ya que últimamente su trabajo ocupaba todo su tiempo, dejando de lado el factor social salvo cuando salía con John de vez en cuando. Sacudió los pies en el felpudo de su entrada cuando lo vio: un strudel. Un pequeño bollito alemán de hojaldre, relleno de manzana, en un platito. Así, sin cubrir ni nada. Se agachó para cogerlo, con suavidad, para darse cuenta de que aún estaba caliente. Suspiró. Estaba completamente seguro de que, si le pegaba un bocado, estaría comiéndose el mejor strudel hecho jamás en Inglaterra. Abrió la puerta, entrando en su apartamento y, sin más dilaciones, acercándose a la ventana que daba a la calle. Dejó el dulce intacto en la repisa, sabiendo de sobra que Mycroft sería informado de su reacción. Sus disculpas no eran aceptadas (también le daba un poco de pena malgastar semejante delicia, pero bueno, había que hacer sacrificios). Su móvil tembló, y no necesitaba mirarlo para saber de quién sería el mensaje. Tembló otra vez. Y otra. "Será desgraciado", masculló Greg, cogiéndolo:
¿De verdad vas a malgastar semejante delicatessen? –M
Lo ha hecho uno de los mejores pasteleros alemanes expresamente para ti. Hartmut va a estar muy decepcionado. –M
Gregory, deja de hacerte el duro, ambos sabemos que te mueres por ese strudel. –M
Mycroft tenía razón, como siempre, pero se dejó caer en el sofá con el móvil en la mano, sin mirar ni una sola vez al bollito de la ventana. No pensaba contestarle.
Era un juego de palabras, por supuesto. Uno de sus casos requirió, hace años, su traslado temporal a Alemania; en una pequeña pastelería probó por primera vez el strudel, y se enamoró perdidamente del dulce. Qué delicia. Lamentablemente tuvo que volver a Londres y olvidarse de ellos, ya que no había ni punto de comparación. Se lo contó a Mycroft una tarde y, por supuestísimo, el mayor de los Holmes no tardó ni una noche en compartir con él unos strudels recién hechos que le supieron a gloria. La cosa degeneró, convirtiéndose en una broma interna: Lestrade, strudel, Lestrudel. Gregory suspiró suavemente al recordarlo, jugueteando inconscientemente con el móvil en la mano, mirando (ahora sí) por la ventana. No iba a ceder. Un bollito de mierda no repararía el daño causado, ni uno ni diez mil.
Se abrió una botella de vino, encendió la televisión y varias horas más tarde se quedó dormido en el sofá.
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Suena el despertador, lo mismo que todas las mañanas. Se ducha, se viste, desayuna, coge el coche y aparca en Scotland Yard. Saluda a Sally en el ascensor ("Buenos días, Jefe" "Ojalá sean buenos"), entra en su despacho. Otro strudel, humeante, en su mesa. Su móvil vibrando en el bolsillo. Baja a por un café. Otro strudel, humeante, al lado de la máquina. Sale a fumarse un cigarro. Otro strudel, humeante, a mitad de las escaleras. Y su móvil vibrando en su bolsillo como si fuese un juguete sexual a pilas. Iba a ser un día muy largo...
... y desde luego Mycroft Holmes apoyado en la mesa de su despacho no era una de las cosas que más le apetecían en el momento (o tal vez, en algún recoveco profundo de su mente, era justo lo que deseaba). Llevaba meses sin verle, y aquella herida, que le había costado dios y ayuda cicatrizar, se había reabierto en tres segundos. Y que le tragase la tierra si no se estaba desangrando allí mismo. Cientos de días de esfuerzo y olvido hechos escombro en una décima de segundo. Valiente hijo de puta. Mentiría si dijese que no se deleitó con su imagen, que no imprimió en su retina todos y cada uno de los detalles de su rostro, postura, cuerpo. Su traje planchado de forma impoluta, no dejando ver ni una sola arruga. Una barba incipiente, muy discreta. Leves ojeras. Se le veía cansado.
-Gregory.
Estuvo a nada y menos de derrumbarse simplemente con el sonido de su voz, pero mantuvo la compostura. Su hemorragia interna cobraba fuerza, la sangre se escapaba de sus venas a borbotones.
-En ningún momento te he autorizado la entrada a mi despacho.
-En esta mesa me has autorizado la entrada a donde yo quisiese, Gregory, y no pareció importarte en absoluto, más bien lo contrario...
Valiente-hijo-de-puta.
-¿A qué has venido, a ser un gilipollas? Si quieres esta vez le pongo más empeño y te rompo la nariz del todo.
-No –se quedó callado. Hasta un ciego podría observar que aquello le estaba costando esta vida y la siguiente-. Lo siento.
-¿Disculpa?
Le lanzó una mirada asesina, porque sabía que le había oído perfectamente. Aun así tragó saliva y orgullo:
-Lo siento, Gregory. Llevo sintiéndolo meses.
¿Mycroft Holmes disculpándose? De verdad esperaba que funcionasen las cámaras de seguridad, porque aquello era todo un milagro. Ya que estaba confesándose, Greg tiró del hilo, intentando llegar hasta el final:
-¿Por qué? -preguntó, simplemente. El pelirrojo lo estaba pasando realmente mal con todo esto de sincerarse, pero donde las dan, las toman. Carraspeó.
-Tenía… miedo. Iba todo demasiado bien. Como habrás podido observar con mi hermano, las relaciones sociales o sentimentales no son nuestra mejor baza. Sabía que en algún momento acabaría metiendo la pata, así que preferí cortar por lo sano antes de llegar a un terreno más estable, donde sin duda los daños serían mayores.
-Venga, dilo.
-¿El qué?
-Que me echas de menos. Venga, dilo, quiero oírlo de tus labios.
-Tal vez.
-Dilo.
Mycroft le miró con dureza. Estaba realmente llevándole a límites insospechados.
-Puede que, efectivamente, te haya… echado un poco de menos.
-¿A que no ha sido para tanto?
-Cállate -y, por una vez, Mycroft Holmes hizo lo que le apetecía. Porque que le partiese un rayo si no había echado de menos a Greg. Sus mensajes a horas inoportunas, su risa, su contacto. Simplemente sentarse a tomar un café y oírle hablar de las cosas más banales del mundo pero que, sorprendentemente, a él le resultaban fascinantes. Oírle hablar durante horas, de todo y de nada a la vez, disfrutar de su compañía. Porque su vida estaba llena de burocracia, papeles, trajes y corbatas, mantener la compostura, sonrisas falsas y apretones de mano, y Gregory Lestrade era como un disparo de color en una sala completamente gris. Así que, por una vez, Mycroft Holmes no pensó, actuó, e hizo lo que realmente quería, lo que llevaba queriendo meses. Se acercó a él y le besó, juntando sus labios suavemente pero con anhelo, de forma tímida, como pidiendo permiso. Con cuidado. Con cariño. Greg se rindió y no le quedó más remedio, porque llevaba demasiado tiempo engañándose a sí mismo.
-Espera, espera -susurró, separándose brevemente. El mayor de los Holmes le miró, en una queja silenciosa. Lestrade asomó la cabeza por la puerta- ¡Sally! Hoy estás en cargo. Me ha salido algo muy urgente. Urgentísimo. Voy a estar ocupado todo el día. Si quieres un día libre este fin de semana, no dejes que nadie, nadie me moleste hoy. No quiero ni una sola llamada, ¿de acuerdo?
Cerró la puerta.
-Sigo un poco enfadado contigo, Myc… -prosigue, con un tono de voz nada inocente, acercándose a él como un depredador a su presa- Vas a tener que esforzarte más con esa disculpa.
Ambos sonríen.
Actualmente Greg grabó a Mycroft diciendo "lo siento" y "te echo de menos" para luego hacerle (mucho) chantaje. No veáis qué experiencia, tener a Mycroft a su merced y a sus órdenes... ya os lo podréis imaginar :-).
Vivo y respiro por el mystrade, de verdad. Mi par de gilipollas. Os desvelo el final: se casan, prohíben a Sherlock hacer el best man's speech y lo hace John, Mrs. Hudson llora mucho y es ella quien coge el ramo de flores y Mycroft y Greg fueron felices y comieron strudels.
Suelo responder a todas las reviews pero si las dejáis en guest pues no puedo, así que desde aquí os envío mi gratitud y un abrazo on-line (a layla, por ejemplo, holi).
El siguiente episodio (el último, jé) SÍ que me gusta (y escribir este ha sido bastante divertido, a quién voy a engañar). A ver cómo termina la cosa... Sorpresa sorpresa ¯\_(ツ)_/¯.
