[ Prólogo: 2]

A pesar de lo tarde que era, no podía pensar en dormir. Sabía que debía volver a su sala común y dejar de deambular por los pasillos, con el peligro de ser atrapada infraganti y perder una suma considerable de puntos que enviarían a su casa hasta la última posición.

Giró sobre sus talones aunque hacía rato que había perdido la noción del tiempo y el espacio, encaminándose en dirección de la torre de Gryffindor. Había terminado en los jardines del colegio y continuaba dándole vueltas a las mismas palabras que Albus Dumbledore le había dicho a Minerva McGonagall, acerca del profesor Snape.

"Pude haber intervenido en la dolorosa infancia de Severus y sin embargo no lo hice, por un futuro mayor". Le daba mucho en qué pensar.

¿Pudo Albus, haber intervenido en la selección de casas y sugerido que Severus debía estar en Slytherin, a propósito? ¿Y quién era esa tal Lily de la que tanto hablaban? Sólo conocía a una Lily y a un James Potter, quienes eran los padres de Harry y que habían fallecido, la noche en que Voldemort quiso asesinarlo.

¿Pero qué relación podía haber entre los dos?

Se detuvo a mitad de camino, una fuerte y fría brisa arrastraba capullos de rosas hasta una de las fuentes del colegio. Las sirenas de piedra cepillaban sus largos y rizados cabellos con sus manos, susurrando cosas al verla de pie, allí, a pocos metros de una figura totalmente vestida de negro. Le daba la espalda y estaba sentado a los pies de una de las fuentes, deshojando uno de los tantos capullos de rosas rosadas que caían sobre la tranquila agua en aquella noche silenciosa.

Demasiado silencio, jamás se había sentido tan abrumada por este. Se apresuró a esconderse tras un par de arbustos y en cuanto el profesor Snape se puso de pie por fin. Sabía que era él, no podía haber algún otro profesor por los pasillos sino él.

Bajo la luz de la luna sobre el firmamento, apenas y podía distinguir su perfil pero no se equivocaba al respecto de lo que veía.

Lágrimas resbalaban por su ganchuda nariz y caían sobre los pétalos de rosas en sus manos. Las miraba con tal desprecio, que se sintió afectada de pronto. ¿Podía estar pensando lo mismo que ella? ¿O tal vez se sentía ofendido por la forma en que Dumbledore cuestionaba su valentía y de una vez lo catalogaba como si fuese un Gryffindor? ¿Acaso pensaba que por el simple hecho de ser un Slytherin, no podía ser tan valiente como un Gryffindor lo era por definición?

Y a continuación, el profesor de pociones hizo algo que Hermione consideró muy extraño. Se sentó en el suelo de piedra a pocos centímetros de la fuente, mientras arrojaba los pétalos sobre el agua y se acostaba para observar el imponente cielo. Juntó las manos sobre su regazo y permaneció con la mirada fija en las pocas estrellas de la inmensa negrura del manto sobre su cabeza.

Como si ver lágrimas derramadas por un hombre que normalmente era tan frío como un témpano de hielo, no fuese lo suficientemente impactante. De pronto se sintió pequeña y encogida, con todo lo que sabía y él desconocía. Deseó salir de aquellos arbustos y decir la verdad sobre lo que había escuchado, aunque no podía confirmar nada y no conocía la historia completa.

Por un momento deseó tener el gira tiempos todavía y volver atrás para arreglar las cosas. Pero, ¿y si Albus tenía razón y arruinaba el futuro? Jugar con el tiempo, nunca era una buena idea y ella lo sabía bastante bien. Aunque no dejaba de sentirse impotente ante la idea de que el profesor sufriera un destino que pudo haberse evitado desde un principio.

Necesitaba más información y sólo sabía una forma de conseguirla sin meterse en problemas. Podía valerse de la capa de invisibilidad de Harry, pero requeriría de muchas respuestas que no estaba segura de poder dar. No era buena para mentir, su rostro siempre la delataba demasiado pronto. De a momento y mientras pensaba en la mejor forma de obtener más información al respecto, continuaba con la mirada totalmente fija sobre su profesor de pociones quien y desde que había comenzado a debatir consigo misma, ni siquiera se había movido un solo centímetro.

Sentía tanta pena por él, que le parecía mentira y después de tan mal que la había tratado durante años.

¿Cómo era posible cambiar la perspectiva que tenía sobre alguien, de forma tan violenta? De pronto, finalmente, encontró la justificación que estuvo buscando durante tantos años para su comportamiento. Su padre sonaba como un hombre terrible y su madre, como una víctima más del odio entre algunos muggles y magos. ¿Cómo no sentir tristeza por el pobre ser en el que se había convertido a lo largo de los años?

Pero… ¡ah no!, tampoco le quitaba los méritos propios. Sabía que era un hombre vil y cruel, que disfrutaba del dolor ajeno y de la impresión que causaba en los demás, especialmente en niños susceptibles como Neville. Eso no lo podía negar. Aunque tenía que admitir que quizá, con un futuro totalmente diferente, esa actitud hubiese sido más soportable. Al crecer y convivir con una amorosa familia.

Sentía como si llevase horas mirándolo allí acostado. Le dio la impresión de que se había quedado dormido, tras derramar tantas lágrimas como había podido. Estaba tentada a acercarse y mirar más de cerca.

El viento continuaba soplando como un débil susurro, esperando que ocultara muy bien sus pasos. Caminaba lentamente, consciente de que estaba fuera de la cama y en medio de la madrugada, acercándose a la boca del lobo y sin ninguna excusa plausible para justificarse, más que una preocupación por saber si su profesor de pociones se encontraba bien. ¿Quién iba a creer semejante cosa?

Pero ni siquiera la idea del castigo del siglo, detenía a sus pies en su marcha. Se acercó tan prudentemente como pudo y se paró de puntas, mirando por encima de su alta figura y su pálido rostro que parecía brillar bajo la luz de la luna en el firmamento.

Se le veía muy tranquilo a pesar de todo. No podría decir si en verdad dormía, pero su respiración era lenta y pausada. Parecía como muerto y parte indispensable del paisaje. Aun así podía abrir los ojos en cualquier momento, así que se irguió con cuidado de no dar un paso en falso y comenzó a retroceder sin quitarle los ojos de encima. Sin hacer ningún ruido que pudiera delatarla y teniendo especial cuidado de pisar suavemente para no imprimir sus pisadas en la fría piedra.

Luchaba contra una extraña sensación que jamás había tenido en toda su vida. O al menos que concerniese al profesor de pociones allí presente. De abrazarlo, de intentar consolarlo.

Lo contempló por un par de minutos más y en la seguridad de los arbustos, hasta que consideró que había sido suficiente por una noche y que debía volver a su sala común, para enfrentar el día que estaba por venir.

Pociones precisamente.

Esa iba a ser una noche larga y de camino hacia la torre de Gryffindor, no dejó de reflexionar sobre lo acontecido aquel día.

De un excitante baile y la cooperación mágica entre escuelas, había pasado a ser un día de terribles verdades y tristes destinos que le hacían sentir culpable por cosas que ni había hecho. Como las tantas veces que sus amigos se habían burlado del profesor, pero que no tenían ni idea de la carga que llevaba a cuestas.

Albus Dumbledore insistía en que tenían que confiar en él, pero era un mortífago infiltrado tanto en el colegio como en las filas de Lord Voldemort. No estaba seguro en ninguna parte y además de eso, también estaba viviendo una vida que no le correspondía puesto que la única persona que pudo haber hecho algo por él y haber corregido toda esa locura, se había hecho a un lado y había permanecido como simple espectador, mientras el jefe de Slytherin se desgraciaba la vida poco a poco.

Ni siquiera la paz de toda una comunidad, bien valía el sufrimiento de alguien. Si tan solo pudiera viajar al pasado para remediarlo.

¿Pero cómo demonios lo iba a hacer? ¿Acaso arrancarle al bebé de los brazos de su madre y escapar con él? ¿Criarlo ella misma y arriesgándose a permanecer mucho tiempo en una época que no le pertenecía e incluso arriesgar su propia vida, para dicha tarea?

No podía salvar al profesor Snape de ser infeliz, pero quizá había otras cosas que podía hacer.

Con esa idea en mente se sintió un poco mejor, mientras se las arreglaba para entrar en el dormitorio de las chicas sin hacer ningún ruido y metiéndose entre las cobijas, con una extraña sonrisa danzándole en los labios.

Pero primero lo primero. El resto de la historia que no había escuchado.

¿Qué tenían que ver James y Lily Potter? Entendía que Sirius y Snape se odiaban a muerte y ahora finalmente comprendía la razón por la cual estaba tan disgustado con el profesor Lupin. Había creído lo que no era y todo por culpa de Albus Dumbledore.

Jamás había visto esa faceta de manipulador y comenzaba a sentir un extraño miedo de pensar que pudiera estar haciendo lo mismo con Harry y con ellos, al mismo tiempo.

Que no le importara sus vidas, sino la meta a alcanzar. Derrotar finalmente a Voldemort, sin importar las bajas y las vidas que afectara con sus juegos.

De pronto comenzó a sentirse como una pieza de ajedrez, en un enorme tablero y esperando su turno para moverse. ¿Qué destino tenía ella, en los planes de Dumbledore? ¿Uno muy grande o tal vez ninguno? Ser la mejor amiga de Harry, ya parecía mucho para ella.

Con esos pensamientos pudo conciliar el sueño tras debatirlo mucho consigo misma. Algo tenía que cambiar desde el amanecer y si al menos empezaba con ella, se iba a sentir satisfecha.

Quizá un saludo cordial iba a bastar por ahora. Después de todo, el profesor Snape no tenía la culpa de que lo hubiesen usado y cambiado su vida radicalmente. Pequeños pasos y después de saber toda la verdad, pensaría en las soluciones.