{Capítulo 1.1: Marcos vacíos}

Severus Snape se paseaba alrededor de los puestos, como el usual murciélago que era, aterrorizando a los estudiantes más susceptibles. Hasta podía notar que la comisura de sus labios se contorneaba en una pequeña sonrisa, como si disfrutara aterrorizando a los estudiantes.

No estaba segura, pero podía hasta jurar que mientras la profesora McGonagall le criticaba su falta de tacto al enseñar, que se le escapaba una suave sonrisa cargada de malicia, ignorando sus palabras por completo.

- ¡Hermione, para! – exclamó Neville con voz trémula y con una de sus manos sobre su brazo, cuando lo tenía levantado y a punto de agregar el ingrediente incorrecto a su poción.

- ¿Qué? – preguntó distraídamente, sin quitarle la vista al profesor que continuaba paseándose entre los puestos y diciendo comentarios envenenados del trabajo de los Gryffindor.

- La poción no necesita bazos de rata. ¿Por qué los tienes en el mesón?

- ¿No? – preguntó aún con la vista fija sobre Snape, quien le daba la espalda y criticaba, a dos puestos más adelante, el caldero de Harry. – No sé. Pero gracias.

Neville se revolvió inquieto en su silla, sin evitar notar que Hermione ni siquiera le había prestado atención y de que una vez más, sin mirar siquiera el mesón, había tomado otro ingrediente incorrecto. Intentó advertirle, pero el profesor Snape se acercaba y sintió miedo de que le quitara una buena suma de puntos, por intentar entablar una conversación con ella. Si ya con la sola idea de verlo a Snape se le movían un par de milímetros, todos los músculos de la cara, de la antipatía que le tenía.

Y aunque quiso evitarlo, Hermione agregó un ingrediente incorrecto de todas maneras y de pronto su caldero comenzó a silbar peligrosamente. La chica, aún absorta en sus pensamientos, apenas y se dio cuenta de que un sonido aterrador sucedía delante de ella. Abrió los ojos como platos y al darse cuenta de que su caldero había comenzado a despedir un fétido humo gris y tóxico, puesto que de inmediato sus fosas nasales, comenzaron a arder al contacto.

- Vaya vaya… ¡pero si la señorita perfección, por fin cometió un error! – a pesar de los chillidos a su alrededor y de los estudiantes, tapándose la nariz con los trapos que tenían sobre sus mesones, Severus Snape parecía celebrar la ocasión con mucho deleite. - ¿Acaso la receta, señorita Granger, era demasiado compleja para su inteligentísimo cerebro?

Pero no tenía nada que decir, además de taparse la nariz como los demás y a pesar de los tóxicos vapores que inundaban el aula de clases, ruborizarse furiosamente y agachar la cabeza para ocultarse bajo la maraña de cabello rizado que siempre tenía en la cabeza. Como los estudiantes se agitaban más y más, Severus resolvió con subirse a una de las sillas y alzar la voz tanto como le era posible, en medio del caos.

- Salgan del aula, ¡ahora mismo! – ordenó con voz apagada, con otro pañuelo tapándole la aguileña nariz y la boca, girando un poco para señalar en dirección a la puerta de las mazmorras. Su cabeza estaba a pocos centímetros del techo. – Aquellos que se sientan un poco mareados y confundidos, visiten la enfermería. – estaba a punto de hacer lo que el profesor había ordenado y se había echado la mochila al hombro, cuando se escuchó un fuerte golpe y vio cómo Neville se desmayaba de repente y caía como una pesada piedra sobre el suelo. – No no, señorita Granger. Usted se queda. – aunque estaba molesta por haber cometido un error tan tonto, también un poco sorprendida aún y sonrojada por las risas que echaban los estudiantes de Slytherin bajo los pañuelos, mientras abandonaban el aula, continuaba haciéndole señas al profesor para que no se olvidara de Neville. Y a pesar de que el hombre parecía tratar de ignorarlo, dejó escapar un débil siseo y compuso una expresión de obvio fastidio. - ¡Potter! ¡Weasley! ¡Levanten a Longbottom y llévenselo a la enfermería!

Ron pasó susurrándole algo que a pesar de que escuchó muy bien, quiso ignorar.

"Por primera vez ni Harry, Neville o yo, lo arruinamos". "¿Qué te pasó, Hermione?"

Sentía que quería pisar el suelo con fuerza, con uno de sus pies, pero tenía que tragarse su enojo. Al final de cuentas, había sido su culpa por haber estado distraída.

El profesor Snape finalmente se bajó de la silla y con un gesto, le ordenó que abandonaran la clase. Ya casi no podía respirar, a pesar de que tenía el paño cubriéndole la mitad de la cara. Lo siguió a prisa por el estrecho pasillo de las mazmorras y por cada paso que daba, sentía que su estatura se hacía cada vez mayor o que el espacio comenzaba a encogerse a su alrededor y que casi podía percibir el calor que irradiaba el cuerpo del profesor, muy cerca suyo.

Su toga ondeaba mientras caminaba y algunas veces le tapaba la visión del camino, ya que andaba de prisa y muy enfadado. Se aseguraba de imprimir sus pisadas en la fría piedra de las mazmorras y cada una se sentía como una sentencia de muerte. Como si estuviera de camino, literalmente, a la horca.

Empujó la puerta de su despacho con una de sus manos y con la otra señaló el interior, en una invitación silenciosa que ni se atrevió a desobedecer. Una vez dentro y en cuanto cerró la puerta con un golpe seco, sintió que finalmente podía respirar y quitarse el paño de la boca, aunque continuaba haciéndolo a medias, debido a la situación en la que se encontraba.

¿Cómo había sido tan tonta como para cometer tan estúpido error?

"Respira profundo que ya sabes por qué es como es contigo y con los demás. Tuvo una infancia dura y también una adolescencia y adultez, igual de dura. Toda su vida, en realidad".

- ¿Se la va a pasar todo el día divagando, señorita Granger? – dejó de hablar consigo misma, en cuanto escuchó la irritada voz del profesor. Y no precisamente por el potencial humo tóxico que habían inhalado en lo que duró su estúpido error. - ¿Qué es lo que le pasa hoy? ¿Finalmente se sobrecargó? ¿Ya su cerebro no da más?

Se mordió la lengua e hizo lo primero que pensó, aquella noche, antes de irse a la cama y tras haber escuchado la verdad.

Practicar la paciencia, ser tan cortés como pudiera y demostrar un poco de empatía y comprensión. Quizá si le daba un poco de afecto y amistad, las cosas podían cambiar un poco.

- Lo siento mucho, señor profesor. Fue mi error totalmente y merezco un castigo por lo que he hecho.

Pero Severus no tuvo la respuesta que esperaba, sino que más bien, abrió mucho los ojos y como si le hubiesen dicho que Sirius Black, ahora era profesor en la escuela.

- ¿Qué cosa ha dicho… señorita Granger? – dijo, tomándose un par de minutos para corroborar que había escuchado correctamente. - ¿Señor Profesor?

- Sí. ¿No es así como hay que dirigirse a usted, profesor Snape?

O definitivamente que la chica había inhalado demasiado de ese tóxico humo y estaba delirando o tanto estudio la había vuelto loca finalmente. Había ignorado el resto de sus balbuceos, sólo para pensar en el "Señor profesor".

A pesar de que sonaba muy bien y cada uno de los estudiantes debía comenzar a llamarlo así, jamás lo había dicho abiertamente.

¿Y aceptar la culpa y pedir un castigo de paso? Bueno, Hermione siempre se había caracterizado por ser honesta y siempre deseó que esa cualidad se le pegara a Weasley y a Potter, de tanto tiempo que pasaban juntos. Aunque todavía no salía de su sorpresa.

- ¿Qué es lo que tengo que hacer como castigo, profesor Snape? Aceptaré cualquier cosa sin quejarme. Después de todo, usted es el profesor y yo me equivoqué y expuse la vida de mis compañeros a un terrible riesgo. Me merezco el peor de los castigos.

Seguía sin habla prácticamente, que era mucho decir y conforme ella más hablaba, más empeoraba y comenzaba a pensar que lo mejor era pedirle que guardara silencio y que no continuara, por su propio bien.

- ¿Qué es lo que le pasa? ¿Acaso está en esa fecha del mes o está enferma? Creo que en vez de castigarla, la enviaré con Poppy para que la revise. Está diciendo puros disparates.

Pero la castaña había comenzado a negar con la cabeza, enfáticamente, así que tuvo que desistir de su idea. Tenía las mejillas coloradas y los labios fruncidos, como si intentara decir algo prohibido. Algo que no debiera.

- Profesor, por favor castígueme. Sé que a usted le gusta castigar a sus estudiantes y que le hace feliz. Entonces no me quejaré y aceptaré el castigo con todo gusto. Además, estaba distraída en mi poción y cometí un error. Me merezco un cero y lavar los calderos que usamos hoy. Especialmente el de Neville, que ha vuelto a quedar como goma quemada.

- Ese solo caldero le tomará media tarde y luego no quiero que la profesora McGonagall se esté quejando de que no envié a su preciada alumna a la enfermería y que de paso le puse a limpiar calderos, injustamente. Vaya a la enfermería y si tanto quiere que la castigue, la veré después de la clase de pociones de mañana. – dijo, aún con una de las cejas arqueadas y sin poderse creer, lo que la chica acababa de pedirle.

¿Un castigo gratis? ¿Sin excusas y sin ruegos? Demasiado fácil, aún para su diversión personal. Necesitaba un poco de drama, un par de quejas e imponerse severamente sobre el estudiante. No podía mentir, lo disfrutaba un poco. La mirada de terror que ponían algunos al verlo, pero con Granger no era el caso. Al menos no, la mayoría de las veces,

- Si así lo quiere, profesor Snape, así será. Le prometo que estaré aquí, muy puntual. Y si quisiera, también podría hacer una redacción sobre la correcta preparación de la poción.

- Demasiado fácil, señorita Granger. Nada que usted no pueda hacer. Si con leerse el libro completo, ya aprueba medio semestre. Márchese y visite la enfermería, a ver si se normaliza para mañana. Está comenzando a preocuparme y luego no quiero tener problemas con la profesora McGonagall.

- Sí señor profesor... – dijo la chica, asintiendo con la cabeza y acomodándose la mochila por sobre los hombros, pasando a un lado de Snape que aunque intentaba entender su comportamiento tan extraño, se sorprendió aún más de verle dedicándole una pequeña sonrisa antes de irse.

¿Qué tenían esos extraños humos? ¿O tal vez se encontraba en una dimensión paralela?

Y a pesar del error que había cometido, no se sentía tan mal. Tampoco por el cero que había sacado, manchando su perfecto historial de calificaciones.

O de "asquerosas y perfectas calificaciones", como Snape solía llamarlas.

No se podía molestar, había sido su culpa y él no tenía nada que ver en lo que había sucedido. Ni conocía la verdad en la que había estado pensando durante la clase. ¿Cómo podía entonces, enfadarse?

Al principio se había sentido un poco enojada, pero tenía que comenzar a practicar la respiración y controlar sus ánimos. Ya no lo maldeciría ni un poquito (aunque ni recordaba una vez que lo hubiese hecho. Al menos no verbalmente y sólo le había prendido la túnica en llamas una vez, pero había sido una confusión. Se sentía terriblemente culpable), y comenzaría a respetarlo más.

El pobre hombre. ¡Cuánto no hacía por salvarles la vida a todos y nadie le daba el reconocimiento adecuado! Ni siquiera el profesor Dumbledore. Tampoco la profesora McGonagall. Comenzaba a odiar la forma en como le trataban y se preguntaba si podía hacer alguna cosa. Hacer justicia bajo las cuerdas, sin que el profesor se diera cuenta. Que fuesen un poco más amables y corteses con él.

Que dejaran de llamarlo "murciélago". Esa era su primera meta, luego de encontrar una forma de escuchar el resto de la conversación y aprovechar los retratos vacíos.