MUÑECO DE NIEVE

Por la noche nevó de forma abundante, pero al amanecer había dejado de nevar y los niños, ansiosos de libertad, salieron de casa y empezaron a corretear por la blanca y mullida alfombra recién formada. La hija del herrero, tomando puñados de nieve con sus manitas hábiles, se entregó a la tarea de moldearla.

— Haré un muñeco como el hermanito que hubiera deseado tener— se dijo.

La niña comenzó a realizar su muñeco. Nada más acabarlo dijo: "Eres precioso, pareces un niño de verdad". La mala suerte quiso que una pelota impactara sobre la cabeza del muñeco, deshaciéndolo en pedazos. La niña se entristeció al tiempo que veía como un niño pequeño recogía la esfera responsable de la destrucción de su obra de nieve. El chiquillo miró a la chica y le dijo: "Fue sin querer. Se me escapó la pelotita". El chico se fue corriendo con el balón entre las manos, la hija del herrero le vio juntarse con otros niños. La chiquilla comenzó a llorar. Un viejecito, que buscaba en el sol tibieza para su invierno, le dijo dulcemente: Seca tus lágrimas, bonita, porque acabas de recibir una gran lección: ahora ya sabes que no debe ponerse el corazón en cosas perecederas. La niña miró al anciano, él se levantó del banco donde estaba sentado tomando el sol, acercándose a la menor.

—Me recuerdas al cuento del muñeco de hielo. ¿Lo conoces?

—No. No conozco ese cuento.

— ¿Quieres que te lo narre?

—Sí.

—Pues érase una vez una niña, más o menos de tu misma edad, que quiso hacerse un amigo, un compañero de juegos. Le salió un niñito precioso, redondo, con cuerpo de nieve, con ojos de carbón y un botón rojo por boca. La pequeña estaba entusiasmada con su obra y convirtió al muñeco en su inseparable compañero durante los tristes días de aquel invierno. Le hablaba y le mimaba. Pero él no podía hablar, era un muñeco y no podía responderla, aun así ella estaba feliz con él, o eso creía al menos. Pero pronto los días empezaron a ser más largos y los rayos de sol más cálidos. El muñeco se fundió sin dejar más rastro de su existencia que un charquito con dos carbones y un botón rojo. La niña lloró con desconsuelo. Ahí se termina la historia. ¿La has entendido?

El viejecito vio que la niña soltaba algunas lágrimas.

—Que historia tan triste.

—Lo que significa el cuento es que es mejor tener amigos de verdad.

La niña poco a poco se calmó y secó sus lágrimas con un pañuelo.

—Ya estoy mejor. Tiene razón. Es mejor tener amigos de verdad.

—Tendrás algunos de tu colegio. ¿No es así?

—Algunos, sí.

—Pues queda con ellos y jugar todos juntos. ¿No es mejor?

—Sí. Ahora tengo que irme a casa. Gracias por el cuento.

La pequeña llegó a casa y se encontró a sus padres ordenando unos álbumes de fotos. Ambos la saludaron y siguieron con su tarea.

«Esta niña… a ver cómo le decimos que dentro de unos meses seremos cuatro en la familia» pensó la madre frotándose la barriga.

La niña comenzó a curiosear las fotos. De pronto se fijó en una de ellas, era el mismo anciano del parque.

— ¡Papás!

— ¿Qué ocurre, cariño?—la madre se acercó a la pequeña.

—Esta foto. Yo conozco a este señor—la niña mostró la fotografía.

—Imposible, cariño. Te habrás confundido—respondió la mujer adulta.

El herrero se acercó a las dos y miró aquella fotografía, que aun sostenía la niña.

—Le acabo de ver en el parque. Me contó un cuento.

—No puede ser, princesa. Ese señor era mi padre, tu abuelo. Tú no llegaste a conocerlo.

La pequeña miró asombrada a su padre, y luego miró de nuevo aquella foto, luego al padre, a la foto y así sucesivamente durante varios segundos. ¿Qué había sucedido realmente en el parque?

FIN DEL FANFIC.