Disclaimer:

Bueno, primer capítulo toca. Voy a intentar escribir uno todas las semanas, o al menos no tardar media vida entre uno y otro.

Espero que lo disfruten.

Capítulo I

Steve piensa en ir a la casa de su vecino si no escucha ningún ruido a lo largo del día, o le ve salir. Siempre ha tenido miedo de que se muera algún día y nadie se dé cuenta. La primera vez que pensó en eso, empezó a fijarse más en él, por si le veía alguna vez con alguien, en sus conversaciones con él alguna vez intentaba sonsacarle algo de información. Sabía que no tenía familia por las noticias que dieron sobre él, pero quería averiguar si tenía algún amigo que se preocupase por él. No tenía ninguno. Estaba solo, bebiendo su miseria en su casa sin nadie a quien acudir. Las veces que le había visto con alguien habían sido extraños con los que tenía sexo a los que no volvía a ver jamás. Su vecino estaba solo y a Steve le partía el alma ese hecho.

Bucky no es malo, no es un mal vecino siquiera con todo ese alcohol en el que se consume a todas horas a puertas cerradas. A veces canta, pero no es nada desagradable, ni demasiado alto, muchas veces Steve no distingue las canciones, pero la voz de Bucky es agradable incluso cuando se quiebra y es apenas un gemido doliente. La viuda Fischer le ha escuchado y alguna vez le ha comentado que debería haber sido cantante en vez de entrar en el ejército, no está molesta con Bucky, de hecho le agrada y aprecia que siempre le ayude cuando está cargada con bolsas. El resto de vecinos sólo hablan de él para lamentar su suerte, sobretodo Claire, una adolescente enamoradiza que lamenta que un hombre tan guapo haya acabado así, comentarios normales de una chica en esa edad que no comprende la gravedad del asunto. En general todos le aprecian y se entristecen cada vez que le ven llegar cargando botellas y un poco de comida, lo mínimo para vivir. El señor Clegg, un ex militar, le ha dicho que ha visto a muchos veteranos tirar su vida en un vaso de alcohol. No lo ha dicho, pero Steve está seguro de que habla por propia experiencia, aunque en su caso fue capaz de salir a flote.

Todos le aprecian y no saben qué hacer por él. No se puede ir a casa de nadie a decirle cómo vivir su vida, mucho menos cuando ninguno tiene ni idea de por lo que ha pasado. Siempre lleva camisetas de manga larga, pero los dedos de metal relucen cada vez que la luz incide sobre ellos. Único superviviente de todo un batallón con el que experimentaron con el fin de crear unos soldados invencibles; parte humanos, parte máquina. Una vez vinieron unos hombres de uniforme a hablar con Bucky y éste acabó invitándoles a salir de su casa y no volver jamás. El señor Clegg una vez comentó que posiblemente querrían haber continuado con los experimentos de los que Bucky escapó. Esa idea le horroriza.

Sin embargo, Steve está acercándose lentamente a él. Se esfuerza por entablar conversaciones y se interesa por él, también le invita a preguntarle por su vida. Jamás le ha juzgado, ni a criticado el que se acueste con extraños y beba hasta desfallecer. Hay una parte de sí mismo que comprende lo que está haciendo, la senda de autodestrucción que recorre y en la que busca dolor y más miseria de la que puede soportar. Entiende que es una forma de sobrevivir. Es una forma horrible de vivir, pero le da esperanzas porque eso significa que aún no se ha rendido.

De repente escucha la puerta de en frente y va a la entrada para mirar por la mirilla y ver que, efectivamente, es Bucky. Va con su ropa de deporte y unas gafas de sol tras las que esconde sus notables ojeras y su mirada triste y cansada.

Vuelve a su mesa de trabajo y continúa con lo que estaba haciendo. Ahora que sabe que Bucky está bien es más fácil concentrarse. Durante horas de no se mueve de su sitio y se dedica completamente al encargo que le han hecho. A veces tener que hacer encargos puede ser algo tedioso y estresante, sobre todo cuando el pedido es aburrido o no gusta, pero este en especial le encanta. Se lo ha pedido Sam para ponerlo en el centro en el que trabaja para adornar el lugar de tal forma que quite algo de seriedad y solemnidad a la sala. Se trata de un poster en el que aparezcan ex soldados, todos ellos mostrando sus ganas de ganar la batalla de volver a la vida civil en la que muchos sienten que se asfixian.

Desde que empezó con el encargo ha pensado en hacerle un dibujo a Bucky, pero no está muy seguro sobre cómo se lo tomaría. Sería extraño ir un día y darle el dibujo, además no sabría qué decirle. Suspira y continúa con el poster. Algunos veteranos han posado para él, todos con una sonrisa al saber qué servirían de inspiración. Steve se ha esforzado en que se note perfectamente que son ellos. Quiere que cuando se vean, sean capaces de ver a través de sus ojos y está seguro de que eso les gustará y les animará a continuar luchando por vivir plenamente.

En ese grupo está otro prisionero de guerra con el que Sam trabaja. Steve ha hablado con él algunas veces. Es una mujer simpática y sonriente que acude religiosamente a cada reunión y habla de tanto en tanto de sus experiencias y sobre cómo lidia con algunos problemas que se le presentan día a día. No habla siempre, pero cuando lo hace nadie se atreve a hablar. La paz que transmite es reconfortante. Una vez comentó algo sobre Bucky y sobre cómo el ejército no iba a hacer nada por él, nada de lo estrictamente necesario. Al parecer es un caso demasiado mediático como para arriesgarse a que algo salga mal en caso de que intentasen readmitirle en el ejército.

Es un caso demasiado complicado y singular como para tomar medidas, es difícil que vuelvan a encontrar a nadie con un brazo metálico tras más de un año de haber desaparecido. No quieren crear protocolos de actuación para algo que no va a volver a pasar. Y mientras Bucky se dedica a tirar su vida.

A veces ha pensado en que podría hablarle de Sam, pero no cree que todavía sea oportuno. Hay algo en Bucky que le dice que no quiere salir del agujero en el que se hunde día a día. Steve conoce ese sentimiento de devastación del que no se quiere salir por más dañino que sea. Cuando murió su madre se llevó meses apartado del mundo y, aunque no entró en la misma espiral de autodestrucción que Bucky, se hizo mucho daño a sí mismo a través de la soledad y el silencio. No fue hasta que se encontró una tarde con Sam y le habló del accidente de Riley y de que había dejado el ejército que se dio cuenta de que la vida continuaba para el mundo. Se dio cuenta de que no podía quedarse en ese estado de quietud y pena cuando había gente que le apreciaba y le necesitaba, gente a la que él quería. Reencontrarse con Sam fue como darse de bruces contra un muro, fue entonces cuando se dio cuenta de que necesitaba reaccionar.

Bucky necesita pasar esa misma experiencia, quizás tocar fondo.

Cuando esa tarde sale para ver a Sam no puede evitar mirar la puerta de su vecino. Quiere hacer algo por él, pero no sabe el qué.

Cuando se encuentra con Sam le enseña una foto de cómo va el póster a lo que Sam sonríe ampliamente.

- Lo van a adorar.

Steve sonríe y guarda el teléfono mientras caminan hacia una cafetería. Sam habla de sus reuniones y cómo algunos le han preguntado por él, Steve es bien conocido por acompañar a Sam y, aunque no ha pasado por ninguna de esas experiencias, a veces habla con ellos y comparte lo que siente cada vez que ve cómo luchan por seguir viviendo después de todo por lo que han pasado.

- Demasiado trabajo.

- Eso es bueno –asiente Sam-. Pero la semana que viene te quiero una tarde por allí.

- Por supuesto.

Están en una pequeña cafetería que ambos adoran. La dueña, Natasha, es una mujer pelirroja y con ella trabaja un hombre que Steve no está seguro si es su pareja o no. No hace falta que digan nada cuando Clint, la posible pareja de Natasha, les mira y sonríe.

- Supongo que lo de siempre.

Ambos asienten.

- Sentaros, ahora lo llevo.

Clint es sordo y, aunque lleva un implante con el que puede oír, a veces habla con Natasha en lenguaje de signos, como lo está haciendo ahora mismo mientras ellos se van a sentar.

- Te veo preocupado –comenta Sam.

Y lo está. No puede evitar pensar en Bucky después de lo ocurrido esa noche. Nunca lo había visto antes así, tan borracho, tan triste… tan perdido. Tan desesperado que incluso le ha dado las llaves de su casa por quién sabe qué razón.

- Mi vecino…

- Supongo que hablas de Bucky.

Steve asiente y entonces llega Clint con sus cafés. Cuando se retira le da un sorbo antes de continuar.

- Estoy preocupado.

- Siempre estás preocupado.

- Esta vez es diferente. Siempre he sabido que estaba mal, pero anoche le vi por primera vez en mitad de una de sus borracheras… Estaba asomado en la azotea del edificio –explica sin saber si hace lo correcto al contárselo a Sam-. Pensé que quería tirarse o algo.

No es la primera vez que hablan de Bucky, Steve le ha pedido consejo a Sam sobre cómo acercarse a él. Si bien no son amigos, le ha servido para tener una mínima relación con él. Por supuesto no le ha hablado de todas las noches que le escucha cantar, ni de algunas cosas que le ha contado, no es importante, pero Steve siente que eso es algo que Bucky no quiere compartir con nadie.

- Creo que esperar morirse algún día.

- ¿Crees que piensa seriamente en suicidarse?

- No, creo que simplemente espera morirse pronto de la forma que sea, aunque no de su propia mano, no directamente al menos.

Steve sabe que Sam no se extraña, en el centro en el que está ha tratado con casos similares y algunos de ellos no consiguieron recuperarse.

- Tengo miedo de que algún día aparezca…

Muerto. Tiene miedo de que aparezca muerto, pero la palabra se le atraganta.

- Lo sé.

- Encontrarle en su piso, solo y sin nadie que se encargue de él.

- Lo sé.

No es la primera vez que han tocado el tema, aunque las veces anteriores se han dedicado a revolotear sobre el tema. Es la primera vez que lo están hablando claramente.

- Anoche me dio su llave.

Sam le mira curioso.

- Cuando le encontré le acompañé a su casa y me dio su llave. Creo que teme…

Sam coloca su mano sobre su hombro y le transmite cierta energía que Steve agradece.

- No quiero que crea que está solo.

No quiere que esté solo. No quiere que siga bebiendo y cantando solo en su piso, y follando con desconocidos por sentirse menos solo. Quiere que sepa que tiene un amigo, que Steve quiere ser su amigo.

- Te ha dado su llave, confía en ti. Estoy seguro de que de alguna forma te considera su amigo, ahora sólo tienes que demostrarlo.

- ¿Cómo?

- Habla con él, pero no esperes a encontrarlo en el ascensor, ve a hablar con él. Inténtalo.

Steve asiente y después de eso el tema se va diluyendo poco a poco. El café está delicioso y es fácil alejar a Bucky durante un rato de su mente y tener un rato agradable con Sam. Le gusta estar con él, Sam es una persona positiva y con él sólo tienes la opción de pasarlo bien, incluso en los malos momentos porque él te dejará desahogarte y, de alguna forma, te hará sentir mejor al final.

Cuando se despiden, Steve vuelve a casa sintiéndose positivo, con ganas de ir a hablar con Bucky. Sin embargo, cuando lo ve saliendo por la puerta arreglado para salir sabe que no es el momento.

- Sigo vivo –dice con su típica sonrisa triste.

Sabe que intenta realmente sonreír y mostrar algo de alegría, pero su mueca siempre suele tener un deje de tristeza que la transforma en un gesto que duele verlo.

- Me alegro –replica y nada más decirlo se siente estúpido-. Espero que lo pases bien.

Bucky mantiene su sonrisa y ahora además puede ver la desesperación brillar en sus ojos azules.

- Por supuesto. Nos vemos mañana.

Steve piensa en preguntarle si algún día podrían tomar un café juntos, pero permanece callado. No es el momento.

- Hasta mañana.

Bucky sigue su camino y Steve va a su casa. Tiene que hablar con él, encontrar la forma de acercarse sin que Bucky sienta que le tiene lástima. No sabe cómo hacerlo, posiblemente se equivoque, pero es mejor eso que seguir como hasta ahora. Sabe que su amistad no va a provocar un milagro, que los problemas de Bucky no van a desaparecer, ni va a dejar la bebida, pero quizás sea un paso importante en su vida para empezar a vivirla de nuevo.

En la soledad de su casa se va a su estudio y saca papel y lápiz, quizás quede raro, pero quiere darle un dibujo a Bucky. No va a ser nada demasiado extraño, ni elaborado, sólo un simple boceto. Un gesto de buena voluntad, le cocinaría unas galletas, pero entre sus muchas virtudes no se encuentra la mano en la cocina.

Piensa en todas las veces que le ha visto vestido, no con su bata vieja y gastada. Le gusta llevar vaqueros oscuros y camisetas ceñidas al cuerpo, aunque no lo suficiente como para que se le marquen los músculos. Su pelo casi por los hombros siempre despeinado y con mechones tapando parte de sus ojos, excepto cuando sale a algún club como hoy que lo lleva recogido perfectamente. Lo dibuja con su expresión triste, sus facciones relajadas, aunque siempre con ese deje de tristeza y melancolía. No quiere dibujarle sonriendo, no sabe cómo son sus sonrisas realmente, lo que hace esos días dista mucho de expresar ni un atisbo de felicidad. El día que le dibuje sonriendo será porque realmente le ha visto sonreír y no tendrá que imaginarlo.

No sabe lo que va a pensar cuando lo vea, pero no le importa, es un primer paso para acercarse a él. Quizás si le gusta pueda convencerle de que se lo da a cambio de un café.

OoOoOoOoOoOoOoOoO

Al amanecer abre los ojos y se encuentra con una melena negra. La mujer sigue en su cama, lo que no le extraña demasiado, es temprano. Se levanta y va a hacer café. Necesita despejarse y quizás la mujer cuando se despierte también lo necesite. No le gusta ser descortés con quienes se acuesta, no ve la necesidad de hacer a nadie miserable ni que se avergüence de haber pasado un buen rato juntos. Es un gesto que no le cuesta.

Cuando la mujer sale de su habitación, vestida, pero despeinada le ofrece una taza de café que ella acaba aceptando sin saber muy bien qué significa, pero que agradece con una sonrisa tímida. Cuando se prepara para irse ve que pretende darle su número de teléfono, así que la detiene lo más suave posible. No está para relaciones de ningún tipo. No sabe cómo relacionarse con la gente. Ella asiente y le dedica una sonrisa antes de irse, que Bucky intenta corresponder. Al asomarse para ver cómo se va, se cruza con Steve.

- Sigo vivo –dice en tono de broma.

Quizás sea una broma macabra, pero no puede evitarlo. El humor negro es lo que ha evitado que se vuelva loco. Steve le saluda y se mete en el ascensor con la chica a la que también saluda. Es demasiado educado.

Bucky cierra la puerta y mira su salón. Hay una botella en el suelo y papeles repartidos por el sofá. No sabe por qué, pero empieza a recogerlos y a guardarlos en una carpeta. Tira la botella y arregla un poco el salón. Steve no va a entrar en su casa, no espera que lo haga en los próximos días, pero en caso de hacerlo no quiere que piense que vive en una pocilga. No es que normalmente esté especialmente sucia, pero entiende que tener platos con restos de comida por ahí, botellas, papeles y basura en general puede provocar esa opinión cuando es la primera vez que se entra en su casa.

No es que le importe demasiado lo que piense el resto del mundo, ya le han visto tambalearse por las escaleras y tirar bolsas llenas de basura, pero hay un límite que no quiere pasar. No sabe cuál es, pero puede verlo. Quizás no quiera dar más pena de la debida. O quizás no quiere que nadie piense que su madre no le educó para ser una persona mínimamente decente.

Se toma otra taza de café cuando termina y mira el lugar más despejado y limpio. Hay algo que se remueve en su interior. Recuerda los días en los que todo a su alrededor estaba impecable. Al igual que su madre tenía una necesidad de verlo todo perfecto, todo limpio y organizado para facilitar su vida, pero desde que volvió no le había dedicado demasiado tiempo a nada. Ni siquiera a su aspecto, con lo coqueto que había sido…

Se echa el pelo hacia atrás y piensa en los días en los que siempre había estado perfectamente cortado y peinado con la ayuda de un poco de gomina para evitar que ningún mechón se le revelase. Siempre bien aseado, afeitado y vestido. Ahora sólo se preocupa cuando sale por las noches en busca de un cuerpo al que poder tocar y entregarse por unas horas para no sentirse tan solo.

¿Qué ha sido de esa persona?

Se ha quedado en esa mesa de laboratorio gritando su rango, nombre y número de placa. Esa persona se ha quedado atrás y sus palabras resuenan en su cabeza una y otra vez cada vez que es consciente de que ya no es él mismo. Es un fantasma, una cáscara vacía que vive por inercia y por no cargar en el recuerdo de su madre un pecado que no merece.

Cierra los ojos y se deja caer en el sofá, está demasiado cansado para beber incluso. Unas horas de sobriedad no le vendrán mal para salir del embotamiento en el que se encuentra. Quizás incluso pueda coger el libro que lleva intentando leer durante semanas. Otra cosa que ha perdido, la capacidad de leer libros como antes. Con lo que le había gustado…

Antes le habían gustado muchas cosas que no le despertaban el mínimo interés, aunque en esos días nada despertaba su ilusión. No habían cambiado sus gustos, simplemente habían desaparecido. Alguna vez, tres veces en ese casi año que llevaba en la calle, había conseguido meterse en la cocina y hacer una receta de la cocina típica de Rusia que su madre adoraba: unos pryanikis. Las tres veces los había acabado vomitando a causa de la culpa que le carcomía y le revolvía todo el estómago. Remover recuerdos le sentaba mal y era su estómago el que más lo sufría, también por culpa del alcohol que consumía. La tercera vez que los hizo sabía cuál iba a ser el resultado, pero era el cumpleaños de su madre y había sentido la necesidad de hacerlos. Sabía hacerlos exactamente como ella los hacía y estaban deliciosos. Una lástima que acabasen en la basura o el váter. Su madre lloraría hasta no poder más al ver el destino de los pryanikis.

Quizás debería volver a hacerlos. Echa de menos a su madre y esos dulces eran sus preferidos, es la mejor manera de recordarla. Una de las pocas cosas de su vida actual que consiguen de él algún tipo de reacción por su parte, que su corazón palpite y sienta algo más allá de hastío y desesperanza.

Se levanta con pesadez del sofá y mira los ingredientes que tiene. Le faltan un par de cosas, pero no va a salir ahora a comprarlas. Al día siguiente cuando vaya al gimnasio se pasará a comprar. No tiene ganas de salir si puede evitarlo. Sabe que debería comer, que podría aprovechar el viaje a la cocina y comer algo, pero no le apetece demasiado, tampoco se detiene a mirar las botellas. Es uno de esos días en los que no le apetece nada. Es uno de esos días en los que se limita a beber agua y a estar simplemente. Es un día en el que se siente vacío. Sería fácil abrir el whisky y beber hasta sentirse lo suficientemente confuso como para arrastrarse en busca de algo que comer, o hablar para sí mismo sobre lo asquerosa que es su vida. El alcohol le ayuda a sentir algo, aunque sólo sea pena por sí mismo, o incluso odio.

Sin embargo, se vuelve al sofá con una botella de agua, a veces no sentir nada es relajante, por supuesto no puede estar en ese estado demasiado tiempo, porque entonces es cuando se acumulan en su cabeza ideas y deseos de terminar con ese vacío e ir con su madre. Ella es la única persona que aún hoy consigue hacerle sentir algo. Pero cuando ese deseo es demasiado abrumador se lanza a por una botella porque sabe que no es lo que su madre querría para él. Mientras hay vida hay esperanza, y está seguro de que su madre espera que sea capaz de salir de ese pozo en el que se ahoga sin querer evitarlo, mucho menos en días como ese.

De repente escucha el timbre de su puerta. Es la segunda vez que alguien llama a su puerta desde que se mudó allí y teme que sean las mismas personas que la primera vez. Se levanta sin prisas y va hasta la puerta. Cuando abre y se encuentra a Steve no sabe qué decir.

- Tienes una llave para cuando quieras asegurarte de mi estado.

- Sabía que me abrirías –replica con una sonrisa suave.

Bucky observa que lleva un folio en las manos. Siente casi curiosidad por saber qué es eso, se siente extraño el querer saber algo.

- Tú dirás.

No intenta sonreír, sabe que saldrá una mueca más deprimente de la habitual.

- Bueno, sólo quería darte esto. Es un boceto y no está muy bien, pero quería dártelo. Llevas meses aquí y jamás te había dado ningún detalle de bienvenida… Mi madre habría hecho galletas, pero es mejor que no pruebes jamás unas galletas hechas por mí…

Está nervioso, pero no es por él, no es porque él esté causando eso, han hablado demasiadas veces como para que ahora se ponga nervioso. Está nervioso por lo que va a darle, por si no le va a gustar.

- Soy artista como ya sabes, así que he pensado en hacerte un dibujo… bueno, es más bien como un boceto.

Bucky no lo nota, pero sus labios se curvan de forma imperceptible y durante unos segundos su expresión triste desaparece. No es una sonrisa, pero es un cambio que no pasa desapercibido para Steve que para de hablar y le da el dibujo. Cuando Bucky lo coge, sus ojos se abren fascinados. Es precioso. Es él, con su expresión melancólica y triste, con su mirada azul perdida y sus ojeras. No muestra un héroe de guerra, no muestra al sargento Barnes, sino a Bucky. Hace tiempo que no se ve a sí mismo. Los periódicos, revistas, telediarios… todos pusieron una imagen de él mostrando a un héroe, a un superviviente americano que volvía del infierno. Obviaron sus raíces, no mencionaron el nombre de su madre y nadie habló de la persona destrozada que volvía a casa. Sólo hablaron del sargento, pero jamás del hombre. Y después de tanto está viendo una imagen suya, es algo real.

- Gracias –consigue decir casi sin aire-. Es precioso, no… no deberías haberte molestado.

- Llevo tiempo pensando en darte uno y… y creo que ahora es el momento. Sé que es una… especie de regalo de bienvenida, pero me gustaría intercambiarlo por algo.

Bucky ríe. Steve se tensa al escucharla, no es un sonido agradable, no cuando es una risa desesperada.

- No creo que tenga nada que pueda interesarte.

- Al revés, tienes algo que sólo tú puedes darme.

- No pienso darte mi brazo de metal –bromea-. Dolió horrores que me lo pusieran, y no pienso dárselo a nadie, ni por una obra de arte como esta.

Steve ríe inseguro. Es una broma, pero las bromas de Bucky tienen un toque negro y despreocupado que le cuesta digerir cuando se refieren a lo que le pasó.

- No, me refería a ti.

Eso no se lo esperaba. No se considera buena compañía y Steve lo sabe, le ha visto demasiadas veces tambalearse como para no saber lo jodido que está.

- ¿Te gustaría tomar un café algún día?

Definitivamente no esperaba algo así de Steve, por muy amable que sea, por mucho que se preocupe es consciente de que no es una buena compañía. Y quiere decírselo, pero no puede. Steve es una buena persona. Es una de esas personas a las que no se les puede negar nada porque lo merecen todo, como su madre. Y no puede decirle que no, no sabe cómo hacerlo.

- No soy una buena compañía –le advierte-. Tú mismo lo has visto.

Piensa en el otro día, cuando Steve le recogió de la azotea. Quizás lo esté haciendo por pena, porque le ha visto demasiado solo, porque es consciente de lo solo que está. No quiere que se acerque a él sólo por pena. Ya se auto compadece lo suficiente cuando no se asquea a sí mismo como para que otro más lo haga.

- No tienes que hacerlo por obligación. Quizás piensas que me haces un favor, pero lo cierto es que no sé estar con nadie, estoy bien solo. No hace falta que hagas esto por hacer una buena acción. Ya haces suficiente hablando conmigo por el pasillo.

- Quiero hacerlo –dice Steve con seguridad.

Sus ojos azules brillan decididos, sin un atisbo de pena o compromiso. Bucky ve pasión en ellos y no sabe qué decir cuando esos ojos le miran con tanta intensidad. Se siente abrumado de repente, lleva demasiado tiempo sin que nadie se le acerque con intención amistosa, sin que nadie quiera conocerle o estar un rato con él y hablar con él, que la situación le supera.

- Sólo un café –añade.

¿Cuándo había sido la última vez que había quedado con alguien para tomar un café? ¿Cuándo fue la última vez que pasó un rato con alguien que no fuese para acabar en la cama? Fue antes de ir al ejército, cuando estaba terminando sus estudios. Después había estado demasiado agobiado para eso, y cuando había ido con sus compañeros se iban a la cafetería de la academia.

Antes él había sido una persona amigable. Había tenido buenos amigos que ahora estaban muertos por su culpa, personas con las que pasaba el rato y se reía. Había sabido disfrutar de la compañía tanto de sus ratos a solas. Eso se había acabado al volver, pero ahora Steve estaba en su puerta pidiéndole ir a por un café y se da cuenta de que una parte de sí mismo quiere tomarse ese café con Steve.

- Un café –dice tras varios segundos de silencio.

No quiere salir de su casa para ese café, no quiere ir a una cafetería, ni tampoco ir a la casa de Steve. Se ha vuelto un ermitaño y salir de su casa más tiempo del debido no es algo que vaya a agradecer, muy posiblemente se ponga nervioso y quiera volver cuanto antes. Las veces que va al gimnasio todo está cronometrado para no tardar más de lo que sus nervios pueden soportar. El exterior es abrumador, siempre lleno de vida y emociones que hace tiempo es incapaz de sentir.

- En mi casa –añade.

Observa cómo la sonrisa de Steve se agranda hasta que enseña sus dientes perfectamente alineados, muy posiblemente gracias a un aparato que tuvo que llevar cuando era adolescente. Bucky no puede evitar fijarse en esos detalles, no puede evitar fijarse en todo lo que le rodea y analizarlo en busca de datos. Es una costumbre que no se ha podido quitar después de tanto tiempo. Gracias a eso sabe mucho más de sus vecinos de los que a éstos les gustaría.

- Después de comer.

- ¿Traigo algo…?

- No hace falta.

Steve asiente dudoso y empieza a retirarse.

- No soy buena compañía –vuelve a decir-. Quizás me veas arrastrarme por el suelo porque…

- No será la primera vez –le corta con una sonrisa leve.

Lo dice de una forma tan casual que Bucky se estremece. No le está regañando, no le está juzgando, no le está pidiendo que no beba antes del café. Simplemente está afirmando un hecho, como si ahora mismo dijese que el cielo está nublado. Y es agradable. Le recuerda al psicólogo al que tuvo que ir durante tres meses, pero sin ese tono que dejaba entrever que sabía algo que él no alcanzaba a comprender y que desquiciaba a Bucky cada vez que conseguía compartir algo de su experiencia como prisionero de guerra o sobre cómo lidiaba con la vida civil los primeros días.

- Atente a las consecuencias.

Steve le sonríe y se va a su apartamento. Hay algo en su sonrisa que le tranquiliza y le dice que confía en él. Cuando Bucky cierra su puerta vuelve arrastrando los pies al sofá. Está agotado, hacía mucho tiempo que no estaba tan agotado emocionalmente. El dibujo y el hecho de que va a tomar café mañana con Steve han provocado una leve reacción que se ha unido a los sentimientos que siempre resurgen cuando piensa en los pryanikis de su madre y no está acostumbrado a eso, no estando sobrio al menos. Sin embargo no coge una botella. Pese a todo sigue siendo uno de esos días en los que no quiere hacer nada más allá de limitarse a respirar. Y más estando tan cansado como lo está en ese instante

El día pasó lentamente para Bucky que no se molestó demasiado en moverse del sofá. Beber un poco de agua, ir al baño y mirar la comida con desgana. Esos días de penosa sobriedad le hacían desear los otros días en los que una botella de alcohol era su amiga y podía vivir en una agradable nebulosa de sentimientos confusos de odio y pena en los que todo importaba lo suficiente como para seguir viviendo. Pero esos días en los que sentir era cansado le aterrorizaban. Todo daba igual y eso no debería ser así.

En algún momento se duerme y cae en un pesado sueño. Lo bueno de esos días es que está lo suficientemente agotado como para no luchar contra el sueño y cierra los ojos para entregarse a oscuras pesadillas que le despiertan entre gemidos ahogados.

Sueña con la cama de metal a la que estuvo atado. Sus pesadillas siempre empiezan así. A veces revive su experiencia, el dolor, los pinchazos; en otras ocasiones consigue escapar y se encuentra perdido en mitad de una ciudad que no reconoce… En esa ocasión termina en mitad de un valle nevado. Todo es blanco y excesivamente puro, pero su sangre mancilla la imagen. A cada paso que da deja un rastro carmesí que emponzoña la bella imagen. Sus pies se hunden en la nieve y cada vez le pesan más y se va hundiendo poco a poco en la nieve sin que él pueda evitarlo. Puede sentir el frío calar cada fibra de su ser, hasta enquistarse en su pecho y provocarle un dolor insoportable.

Se ahoga. La nieve no le deja respirar y por más que luche por salir a la superficie, en agujero en el que se hunde cada vez es más profundo. No tiene sentido intentar salir de allí, pero no hacer nada es peor. Notar cómo se hunde sin evitarlo es aún peor. Se desespera. Puede sentir la desesperación recorrer su columna vertebral y todo su cuerpo tiembla. Sus pies intentan escalar y sus dedos se clavan en la nieve congelándose en el proceso. Nada sirve. Sigue hundiéndose. Y todo a su alrededor se va oscureciendo y lo único que puede distinguir en esa oscuridad es su propia sangre. Su sangre lo impregna todo y mancilla la inmaculada nieve sin que comprenda de dónde procede. Hasta que ve con horror su brazo izquierdo separarse de su cuerpo, caer lleno de sangre, salpicando todo a su alrededor. No importa que intente cogerlo, siempre es demasiado tarde, su brazo desaparece entre la nieve. Y él se queda allí enterrado sin escapatoria posible, rodeado de nieve, lleno de sangre y sin poder salir de allí. Ahogándose a cada segundo, retorciéndose de dolor y angustia al no poder hacer nada.

Siempre despierta con la respiración agitada, sin aire, como si realmente se hubiese estado asfixiando. No hay gritos, jamás los hay. Le rodea un escalofriante silencio roto sólo por su respiración jadeante.

Esa noche despierta y casi se ahoga al coger aire. Está en el sofá, con la tele apagada, cuando lleva un cierto tiempo sin que nadie la toque se apaga sola. A lo lejos se escuchan algunos coches pasar, la ventana está abierta y llega el sonido. La botella de agua está tirada en el suelo. Y la manta con la que se estaba tapando está hecha una bola a su lado. Es de noche todavía, lo que le indica que ha podido dormir cuatro horas con suerte. Podría quedarse donde está e intentar dormir un poco más, su cuerpo se lo agradecería, pero después de esa pesadilla no quiere.

Se levanta y nota su cuerpo temblar. Necesita una ducha de agua caliente, siempre le relajan cuando despierta. Quiere coger una botella y llevarla al baño, pero piensa en Steve. Va a venir a su casa y, aunque ya le ha visto borracho, no quiere que le vea así hoy. Estar sobrio puede dar una peor impresión porque no hay excusas a su comportamiento. Está jodido y no hay nada más que decir. Dirá cosas inapropiadas y vomitará los pryanikis, será lamentable y patético, y Steve verá que no es el alcohol el que le empuja a actuar así, que de hecho le ayuda a comportarse.

Cuando el agua caliente golpea su piel cierra los ojos y soportar el dolor que le provoca. Es agradable. Durante su tiempo captivo siempre que le aseaban era con agua helada. Esa agua le quemaba al estar fría y hay algo reconfortante al sentir algo similar y, a la vez, tan distinto.

Tiene que ir al gimnasio y luego a comprar. Desde que volvió es raro que un día salga sobrio a la calle. Cuando sale se viste con tranquilidad y sale a la calle. El sol brilla demasiado para ser otoño y le molesta pese a que lleva gafas de sol, la gente habla despreocupada, los tacones de algunas mujeres resuenan y los coches pasan veloces. Cuando está borracho no es consciente de nada y ahora se fija en demasiadas cosas. Una razón más para ir siempre con un par de copas en el cuerpo.

En el gimnasio Thor le saluda con su usual sonrisa y le pregunta si más tarde quiere pelear un poco. Bucky suele negarse porque controlar la fuerza de su brazo de metal cuando ha bebido es difícil, pero ese día no hay excusas y asiente.

- Muy bien amigo mío, cuando termines de calentar te espero en el ring.

Thor siempre habla como si estuviese proclamando algo. Gracias a eso todo a su alrededor parece más importante de lo que realmente. Thor ha conseguido que hechos tan insignificantes como que se coma un helado suene como algo heroico. Es divertido.

Cuando calienta va hasta el ring y empieza a pelear con Thor. Las normas son siempre las mismas entre ellos. Ambos conocen varios tipos de lucha y están permitidas todas ellas siempre y cuando no se ponga en riesgo la integridad física del otro. Bucky sabe más técnicas y golpes, pero Thor es una roca difícil de tumbar. Quizás si utilizase toda la fuerza de su brazo metálico podría tumbarle de un golpe, pero no está seguro y es evidente que no va a probarlo.

Thor es rápido y sabe dirigir cada uno de sus golpes con gran precisión, es fuerte y puede levantar a Bucky como si de una pluma se tratase. Es la única persona con la que puede pelear y que dura más de cinco minutos en un combate cuerpo a cuerpo, o que incluso puede vencerle con su brazo de metal.

Tras varios minutos de pelea Thor decide dejarlo en tablas. Ambos están agotados y sus movimientos son más pesados. Bucky sabe que es la única persona allí capaz de luchar con Thor sin que éste gane. No es sólo por su brazo de metal, Bucky ha estado yendo años a escuelas de distintas artes marciales y lucha cuerpo a cuerpo, y es muy rápido, incluso con ese brazo. Cuando se baja hay un reducido grupo de personas alrededor del ring. Siempre pasa eso cuando pelean y es otra de las razones por las que no le gusta entrenar con Thor, odia el público. No muchos saben sobre su brazo, siempre lleva mangas largas y se venda la mano cuidadosamente para que nadie pueda ver el brillo metálico de sus dedos. Pero el que no sepan quién es exactamente no quiere decir que no sea incómodo el sentir miradas sobre él.

Cuando bajan algunos les aplauden, Thor se para con ellos, pero no Bucky que huye a otra zona del gimnasio para levantar algunas pesas. Cuando termina sale con paso rápido del lugar. Hay duchas, pero jamás las ha utilizado, cualquiera podría ver su brazo. Su historia es conocida, pero no su cara. Todo el mundo ha visto su brazo metálico, pero su rostro no fue muy difundido en los medios y, tras casi un año de aquello ha cambiado mucho: está menos demacrado y vuelve a parecer una persona. En las pocas imágenes que sacaron de él estaba demasiado enfermo, moribundo, su piel tenía una tonalidad amarillenta, su rostro está lamido y sus ojos estaban hundidos. Nadie le reconocería ahora mismo. Y quiere que siga igual, bastante tiene con que sus vecinos lo sepan y algunas personas más, al menos son discretas, en parte a petición del ejército.

Al salir va a comprar los ingredientes que necesita para los pryanikis. Cuando Steve los vea no sabe lo que va a pensar, posiblemente se sorprenda, nadie espera que sepa hacer nada más allá de beber. Algo comprensible. Cuando llega a casa se mete en la cocina. Debería pensar en comer algo, pero no tiene hambre. O más bien debería decir que no le apetece comer nada. Siente que cualquier cosa que ingiera va a acabar en la taza del váter. Quizás si bebe algo antes lo pudiese conseguir, pero quiere estar sobrio por una vez y mostrarle a Steve que no merece la pena, que es mejor vecino cuando está arrastrándose por el suelo.

Cuando termina de cocinar permite que el olor de los dulces recién hechos le rodee. Se siente enfermo y su estómago se remueve al recordar a su madre con una bandeja de pryanikis en las manos con una sonrisa amplia que sólo le dedicaba a él. Es la primera vez que los hace sin una botella en la mano y se siente mucho más enfermo de lo normal, el whisky siempre le ha ayudado a estar levemente mareado, siempre le ayuda a crear una atmósfera de irrealidad y lejanía que le hace ser menos consciente de su realidad. Y sin eso se siente peor.

Cuando Steve llega ve que trae una pequeña caja de galletas.

- No hacía falta.

- No puedo ir a casa de nadie con las manos vacías. Mi madre resucitaría sólo para regañarme.

- Te estoy pagando ese increíble boceto. No hacía falta. Además he hecho algo, por lo que no creo que nos las comamos.

- Entonces son para ti.

En los ojos de Steve hay un brillo de curiosidad que hace que Bucky se sienta cómodo. Cuando van al salón observa como Steve mira el lugar. Se muestra sorprendido por el orden es evidente.

- ¿Te esperabas que fuese una pocilga?

- No, no más que mi casa –contesta Steve con una sonrisa sincera-. Siempre me sorprende ver a gente que vive sola y es ordenada, no me imagino cómo puede ser eso posible.

Bucky mira a Steve fijamente, no hay mentira en su mirada. No parece que se esté excusando. Finalmente se encoge de hombros y va a la cocina. El café está esperando y los pryanikis también. Cuando vuelve Steve mira las galletas con curiosidad.

- ¿Qué son?

- Una receta tradicional rusa que mi madre solía hacer.

- ¿Rusa?

Bucky asiente, es normal que se sorprenda. Nadie quiere que un héroe americano no sea 100% americano. Los orígenes de su madre no se han comentado, como tampoco que él vivió unos años en Rusia cuando murió su padre antes de volver para la universidad.

- Pryanikis, están buenos. Mi madre adoraba hacerlos con miel, así es como aprendí la receta.

- ¿Los has hecho tú?

- Claro.

- Es increíble.

- Aún no los has probado.

- Con esa pinta sólo pueden estar deliciosos.

Bucky asiente y lo deja todo en la mesa. No permite que Steve ayude con nada, su madre también le educó bien y tener a Steve allí le ha recordado los buenos tiempos en los que él atendía las visitas de su madre. Es la primera vez que remueve sus recuerdos sin lamentarse por su pérdida.

- ¡Está delicioso! –exclama Steve al probar las galletas y el café-. Es increíble…

Steve se come el primero con rapidez y se lanza a por un segundo pryaniki mientras bebe más café. Está todo bueno. Bucky le ve disfrutar antes de dar el primer sorbo a su café. No se da cuenta, pero sus labios se curvan muy levemente. No es una sonrisa, pero su expresión de eterno lamento desaparece por unos segundos.

- ¿No vas a comer? –pregunta Steve.

Bucky asiente con la cabeza y coge uno. Sabe lo que va a pasar en cuanto le dé el primer bocado. Es algo muy desagradable, que va a mostrar otro sucio secreto que esconden esas cuatro paredes. Vuelve a sonreír, pero vuelve a ser esa mueca desagradable y lastimosa. Cuando da el primer mordisco mira a Steve fijamente.

- Soy un cocinero excelente.

Steve nota que hay algo que no va bien, aunque no sabe exactamente el qué. Bucky está contento de que esté allí, no han hablado mucho, pero lo está disfrutando. O lo estaba hasta que empezó con la galleta.

- No los hago a menudo, pero siempre me salen buenos.

Reprime la primera arcada. Sus pryanikis están deliciosos y no puede saborearlos como merecen. Pero le gusta ver a Steve disfrutarlos. Da un segundo bocado y se pregunta si podrá terminarse el suyo por primera vez.

- Me has dicho que trabajas como dibujante.

- Lo intento.

- Después de ver tu trabajo dudo que lo intentes, debes tener trabajo.

- Sólo era un boceto.

- Por eso, no quiero ni pensar en lo que eres capaz de hacer.

Steve ríe e intenta esconder su sonrojo. Es adorable y a Bucky casi le da pena que vaya a tener que presenciar el que tenga que ir corriendo al baño a vomitar. Hablar con Steve siempre ha sido fácil, incluso después de verle deambular por el pasillo medio borracho. Steve es educado y amigable, incluso aunque es muy tímido.

Termina la galleta y entonces siente que no va a poder aguantar más. Se levanta corriendo ante la preocupada mirada de Steve y se arrodilla ante el váter. Piensa en su madre y en lo triste que estaría de verle así, incapaz de comer ninguno de sus platos.

- ¿Bucky…?

Escucha la voz de Steve desde la puerta del baño. Hace un gesto con la mano para quitarle importancia al asunto.

- Estoy bien… suele pasar.

Steve no dice nada, pero le acerca una toalla.

- Gracias.

Se limpia la boca aún si levantarse. Sabe que no es importante el que Steve sepa o no si ha bebido, pero, de repente, siente que debe decírselo. Quiere que vea que no siempre está borracho.

- No he bebido ni una gota –dice de rodillas y sin mirarle.

- Lo sé –replica Steve con voz suave.

Su tono es tranquilo y despreocupado.

- No me hubiese importado, pero me alegro.

Bucky le mira y ve que le está sonriendo. Es una sonrisa tenue, pero muy agradable. Entonces se da cuenta por qué siempre le ha agradado Steve, porque no le ha importado demasiado que le vea en cualquier estado y ha consentido en mantener sus conversaciones en el ascensor: Steve no espera nada de él. Siempre que hablan Steve está conforme con lo que sea. No es como sus superiores o compañeros del ejército que siempre han querido ver algo del muchacho que se fue de tour por distintos sitios. No espera nada de él, no sabe cómo era antes de lo ocurrido en su paso por el ejército. Simplemente está con él y agradece lo que le da; ya sean balbuceos, cortas conversaciones, o humor oscuro. Steve no le exige que mejore, no sabe qué esperar, porque simplemente no espera nada. Nunca se decepciona y jamás le juzga.

- Quería que lo supieses –añade aunque no es necesario.

- ¿Estás mejor?

- Sí…

Quiere decir que no puede comer pryanikis sin recordar a su madre, sin sentirse culpable, sin desear volver a su lado, sin necesitarla, sin que su mundo se desmorone un poco más a sus pies. Pero no le salen las palabras.

Se levanta y se enjuaga la boca antes de salir del baño.

- Aunque yo no coma, disfruta las galletas.

Steve duda, pero acaba por hacerle caso y se come otra más. Está preocupado por Bucky, más que si estuviese borracho. Ha visto demasiada naturalidad en lo ocurrido. Steve siempre ha tenido la salud delicada y ha vomitado más veces la comida de lo que puede recordar, y sabe que Bucky está relativamente acostumbrado a eso. La forma en la que se ha levantado, en la que lo ha hecho todo indica familiaridad y eso le preocupa. Sabe que se alimenta mal, muchas veces ha visto lo que trae cada vez que sale a comprar, así que ha visto las botellas, la comida congelada y las barritas de vitaminas. Si además de comer mal lo vomita…

- ¿Te pasa a menudo? –no puede evitar preguntar.

- Sólo cuando cocino.

La respuesta es inmediata y parece sincera. No sabe qué quiere decir con eso.

- Sólo cuando cocino los platos que hacía mi madre, o cuando como mucho, pero no hago eso a menudo.

Hay un tono de broma en sus palabras.

- Otro regalo más de mi tiempo como rata de laboratorio.

Steve quiere hablarle de Sam, de las sesiones que hace en su centro y de lo mucho que le podría ayudar, pero no quiere decir nada que pueda hacer que Bucky se enfade. Es una situación muy difícil y no sabe cómo lidiar con ella.

- No te preocupes, es menos grave de lo que parece.

No lo es, quiere replicar Steve, pero se calla. Le ha costado meses llegar hasta donde está y no piensa hacer o decir nada que pueda hacerle sentir incómodo y que su amistad acabe antes de empezar.

- Sigo vivo, ¿no?

La risa de Bucky no es contagiosa, pero Steve le sonríe porque, pese a todo, hay algo en Bucky que le obliga a hacerlo. Seguramente esa desesperación en su voz, o el hecho de que lo recalque tan a menudo como si fuese un mérito.

Después de eso la conversación se centra más en Steve y en su trabajo como artista. Steve trabaja haciendo comisiones. También se presenta a concursos y ha ganado algunos. Vive bastante bien, su carrera tenía pocas salidas y el hecho de que él viva de su arte es un milagro. Ha tenido suerte. Steve no niega que tenga talento, pero admite que supo moverse en el momento adecuado delante de las personas correctas y eso le ha facilitado el que tenga un nombre. Ha diseñado varios posters de forma impecable que le han dado cierta fama, y su página de internet tiene una selección de obras que hacen que la gente quiera contratarle. Además es versátil y se atreve con todo lo que se le ponga por delante. Todo eso unido a su personalidad educada y el hecho de que es trabajador y jamás ha entregado nada fuera de fecha, ha provocado que mucha gente quiera volver a confiar en él.

Bucky le escucha interesado y Steve siente que todo está yendo de maravilla. El tiempo está pasando demasiado rápido y Steve se pregunta si Bucky querrá repetir la experiencia. Steve es tímido y le cuesta hacer amigos, así que durante un buen rato se come la cabeza sobre qué palabras debería utilizar.

- Quizás deberíamos repetirlo –dice entonces Bucky.

Steve no es consciente de lo que ha hecho esa tarde para que Bucky diga eso, pero sonríe ampliamente ante sus palabras. Bucky no se ha reído, casi ni le ha dedicado esas amargas sonrisas, incluso ha vomitado; pero quiere repetirlo.

- ¿En mi casa la próxima?

Bucky no sale demasiado de su casa; sólo para comprar comida, ir al gimnasio, o buscar a alguien con quien acostarse. No es mucho. Steve no controla los movimientos de Bucky, pero tras casi un año allí todos se han dado cuenta de cómo vive. Clegg no se sorprende, de hecho alguna vez ha dicho que le sorprende el que no esté peor.

- Vale –dice encogiéndose de hombros-, pero no pienso comer nada, no quiero acabar de rodillas delante de tu váter.

Steve piensa que Bucky vomita más de lo que deja entrever.

- ¿Te apetecería pasarte mañana a la misma hora?

- ¿No tienes trabajo?

- Lo bueno de trabajar en casa es que hago mi propio horario, por lo que puedo tomar un café con quien quiera cuando quiera –replica.

Bucky asiente.

- Allí estaré entonces.

Fin del Capítulo I

Pues eso es todo. Espero que lo hayan disfrutado.

Me despido pidiendo comentarios, un pequeño feedback para alegrarme un poco el día como intento de escritora con sus opiniones y sensaciones.

Gracias a todas las personas que dejaron un review en el anterior, es vida para mí :)

Hasta el próximo!