Capítulo 2
Estudió a su presa dando tumbos sobre el piso de ruiseñor. Con cada paso, se escuchaba el canto de un ruiseñor que rompía el silencio en el que estaba sumida esa ala del castillo. El daimyō estaba tan borracho que perfectamente podría cortarle la garganta en ese instante. Jamás sabría lo que había sucedido, moriría sin saberlo. No obstante, por muy apetecible que resultara la hazaña, no era aquella su misión. Su señor Shingen dio instrucciones precisas: esperar a que Kenshin se emborrachara, seducirlo, dormirlo con el extracto de amapola y robarle el acuerdo de alianza con la provincia de Noto. Nada más.
Repasada la misión, se concentró en el daimyō enemigo al que debía seducir. Por lo pronto, tenía que demostrar sorpresa por el piso de ruiseñor. Ella no tendría que conocer ese tipo de suelo.
— ¡Kenshin-sama! — gritó convincentemente — ¿Qué sucede? ¿Por qué se escuchan ruiseñores?
El daimyō dio un par de vueltas sobre sí mismo antes de detenerse para intentar enfocarla. A lo mejor, no necesitaba usar la droga para hacerle dormir.
— Pi-Pi-Piso de ru-ru-ruiseñor…
— ¿Mi señor? ¿Acaso es brujería?
— N-No… — se tambaleó peligrosamente — ¡Es ciencia!
Corrió para sostenerlo antes de que se cayera al suelo. Pesaba un montón, no podía con él. Se le contrajeron los músculos de la cara por el esfuerzo de evitar que ambos se cayeran al suelo. Tenían que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No le convenía en absoluto completar la misión en un maldito piso de ruiseñor.
— ¿No me va a enseñar su alcoba, Kenshin-sama?
— Mi alcoba… sí, claro…
Le pasó un brazo alrededor de la cintura y caminó junto a él hacia la última puerta corredera, la que debía llevar al dormitorio. El daimyō de la provincia de Echigo no dejaba de dar tumbos de un lado a otro. ¡Demonios! Era una suerte que estuviera borracho porque, de no estarlo, era posible que no fuera capaz de hacerle frente si la descubría. Ese hombre era mucho más de lo que parecía.
Empujó con delicadeza la puerta corredera y dio un precario paso adentro. Estaba a oscuras. El daimyō se adentró en la oscuridad sin dejar de parlotear sobre su grandeza, sus enemigos y sus proyectos de futuro. Ojalá tuviera un pergamino a mano para tomar nota; tendría que conformarse con la eficacia de su propia memoria. Palpó la pared junto a las puertas en busca de una vela hasta que dio con el soporte. Siempre debía haber una vela junto a las puertas. Tomó el pedernal y a oscuros lo golpeó hasta que la chispa prendió la mecha.
Bordeó la alcoba en busca de otras velas. Con un par de más convenientemente colocadas bastaría. Escogió una junto a la puerta y otra al otro lado del dormitorio. Encontró al daimyō sentado sobre su futón sin apenas poder sostener su propia cabeza. ¿Aquel era el temible hombre del que tantas terroríficas historias le habían contado? En esos momentos, no le parecía más que un lamentable borracho. Si sus ropas no fueran tan fastuosas, podría pasar perfectamente por un mendigo alcohólico de los barrios bajos.
— Creo que necesita beber algo, Kenshin-sama.
— No, más sake no…
Se lo bebería aunque tuviera que empujarlo por su garganta. Encontró una tokkuri repleta de sake y un par de sakazukis. Sus sirvientes, evidentemente, sabían que esa noche subiría acompañado. Tomó el tokkuri y rellenó las dos sakazukis. En una de ellas, antes de volverse, vertió la leche de amapola que había guardado en un compartimento bajo el diamante falso de un anillo.
— Una última… — insistió — Por nosotros…
— Por nosotros… — repitió.
Si supiera lo que tenía planeado, no sonreiría de esa forma. Odiaba a los borrachos y a los libertinos, y ese hombre era ambas cosas. Disfrutaría tanto si pudiera ver la cara que él pondría cuando despertara y descubriera que había sido derrotado por una mujer. Desgraciadamente, vanagloriarse de su triunfo era correr un riesgo totalmente innecesario. Ahí afuera, había un hombre muy atractivo y muy peligroso que no le había quitado el ojo de encima. ¡La mano derecha del daimyō! Desearía haberse chocado con cualquier otro. Todo era culpa del kimono.
Prácticamente tuvo que empujar el sakazuki para que el daimyō se lo tomara entero de una sola vez. Bien, solo le quedaba hacer algo de tiempo hasta que hiciera efecto. Si podía evitarlo, no mantendría relaciones con él. Aunque la educaron precisamente para hacer cualquier cosa por la misión, ella prefería evitar ciertas actividades si era posible. Se sentiría sucia si dejara que él la tocara. Tampoco tenía que ser estrictamente necesario que llegara a poseerla. Bastaba con ser lo bastante ingeniosa.
Se levantó y dejó los sakazukis en su sitio. Al volverse, su presa la esperaba expectante. Solo necesitaba unos instantes más hasta que los polvos de amapola surtieran efecto por completo. Se llevó las manos al obi y empezó a desatarlo increíblemente despacio, con cuidado de no dejar caer el tantō oculto bajo el tejido. Eso mantendría entretenido al daimyō, el cual no le quitaba los ojos de encima. Le sonrió, tal y como lo haría una mujer indecente, hasta que terminó de desajustar el obi .Le pareció que estaba todavía muy despierto. El tiempo corría más rápido de lo que ella creía o algo había salido mal. Dejó caer el obi, sintiendo una gota de sudor que caía desde su nuca hacia sus nalgas. No quería tener que hacerlo. De estar dispuesta a acostarse con hombres por dinero, se habría hecho prostituta.
Abrió el kimono muy despacio, dejando entrever el hadajuban que le llegaba hasta un poco por debajo de la rodilla. El algodón se ajustaba a toda su figura, revelando más curvas de las que hubiera deseado y el daimyō seguía despierto. Las mangas del kimono se deslizaron lentamente por sus brazos; entonces, solo los cubrió hasta apenas el codo las mandas del hadajuban. Su enemigo aún estaba muy despierto y la miraba a la espera de que también desatara la ropa interior. Angustiada, se llevó las manos a las cintas que lo unían en un costado. Mientras maniobraba con la lazada, el daimyō se cayó de espaldas acompañado de un sonoro ronquido. Aquello le sonó a música celestial.
Se cayó de rodillas sobre el suelo lanzando un sonoro suspiro de alivio. Había estado muy cerca. Un poco más, y él la habría visto desnuda. Solo un minuto más e incluso la habría tocado. Pensó en los otros ninjas, en sus compañeros hombres. De haberla visto así, se habrían reído de ella. El programa femenino de ninjas del daimyō Shingen se había puesto en marcha quince años atrás con ella como una de las primeras de la promoción. Tras doce años de entrenamiento, salió por primera vez al campo a los dieciséis. Los hombres, ya fueran sus compañeros o enemigos, jamás las tomaron en serio. Ninguno creía que una mujer fuera capaz de realizar el mismo trabajo. En realidad, era muy fácil hablar cuando no se sufría el acoso sexual de los hombres soplando en su nuca en todo momento. Para un hombre era tan sencillo que sentía repugnancia hacia sí misma. Si a un ninja hombre lo capturaban, lo mataban; si a una mujer ninja la capturaban, la mataban solo después de haberla violado.
No debería perder el tiempo en cavilaciones. En cualquier momento podían descubrirla; nunca debía confiarse. Los festejos aún no habían culminado. Tenía que aprovecharlos para escabullirse del dormitorio del daimyō sin ser vista. Luego, se ocultaría en el carruaje de alguno de los invitados para salir. No esperaba el foso con tiburones, nadie le había advertido de eso.
Sin vestirse de nuevo, le estiró las piernas al daimyō para evitar que la mala postura lo despertara antes de tiempo y lo registró. No lo llevaba encima. Corrió entonces hacia el mueble de madera que había localizado junto a la ventana. Los cajones estaban cerrados con llave y había escuchado el sonido de las llaves cuando el señor caminaba. Regresó de nuevo a su lado y le quitó el manojo de llaves del cinturón. Había tres llaves pequeñas, las únicas que podrían pertenecer a unas cerraduras de ese tamaño. Resultó que cada llave era para un cajón diferente. El cajón que le interesaba a ella era el segundo: allí estaba el pergamino con el acuerdo.
Volvió a cerrar con llave todos los cajones y devolvió las llaves a su lugar para que el daimyō tardara en percatarse de lo sucedido cuando despertara. Con la borrachera que llevaba encima, con un poco de suerte, tardaría en recordar. Antes de salir, se vistió torpemente. Había dejado la ropa de trabajo en el segundo tejado del ala norte. Se cambiaría allí antes de colarse en algún carruaje.
Salió por la ventana justo a tiempo. Mientras recorría la cornisa hacia el tejado que le permitiría llegar hasta el ala norte, escuchó las pisadas de los samuráis en alerta, corriendo hacia la alcoba de su señor. La habían descubierto mucho antes de lo previsto. Seguramente, ese general tan apuesto tenía algo que ver. La había mirado ahí abajo como si pudiera ver a través de ella. Por el temor a su astucia, a las consecuencias de ser descubierta y a los extraños sentimientos que le produjo, se decidió a hacerle rabiar para alejarlo. Sus artimañas femeninas no fueron tan efectivas como desearía. Estaba a un paso de convertirse en una ninja respetada completando una misión que ningún hombre había logrado completar; no podía dejarse atrapar cuando ya saboreaba el triunfo.
Saltó sobre el tejado. Sufrió un ligero traspiés por culpa del kimono que estuvo a punto de llevarla hacia abajo. Aquella ropa no era en absoluto adecuada para el espionaje. Se levantó las faldas y corrió sobre el corredor que quedaba en el centro del tejado. Solo una vez, justo antes de doblar la esquina, volvió la cabeza hacia atrás sobre el hombro para comprobar que no la siguieran. Una figura oculta por las sombras se había asomado por la ventana del daimyō. Solo era cuestión de tiempo que la encontrara.
Al llegar a su tejado, dejó caer el kimono, se quitó el hadajuban, quedándose completamente desnuda, y se bajó de las getas de madera. El kimono de ninja negro era mucho más cómodo. En ese contexto, al menos, podía usar pantalones. Unos pantalones que a ella se le ajustaban como una segunda piel marcando curvas sinuosas mientras que en los hombres no resultaba en absoluto provocador. La parte de arriba se cerraba con un cinto a la altura de la cintura, donde hizo un doble nudo. Se colocó otro cinto de cuero con algunas herramientas útiles debajo del kimono, donde ajustó el tantō que la había acompañado toda la noche. Después, ajustó el wakizashi a su espalda con un cordón fino que atravesaba en diagonal su pecho. Mientras se colocaba las muñequeras de hierro, escuchó los inconfundibles pasos de otra persona corriendo sobre los tejados. ¡La había descubierto!
Agarró la capucha, el último complemento que le faltaba por poner, y se la colocó mientras se deslizaba hacia el canal para eliminar el exceso de agua del tejado. Se impulsó y saltó al otro tejado del primer piso. Otro salto más y estuvo en el suelo. Se pegó a la pared del castillo y se deslizó hacia la parte delantera, donde se acumulaban los carruajes. Una pareja ya mayor de personas acaudaladas se marchaba. Se introdujo entre las hileras de carruajes y avanzó silenciosamente sin apartar la mirada de ellos. Cuando al fin llegaron hasta su carruaje, se puso a cuatro patas y avanzó hasta estar debajo. Entonces, metió el cuerpo entre el carrusel y las ruedas, apoyando las lumbares sobre la barra de hierro que unía las ruedas. Ocultó las piernas plegadas bajo el hueco del asiento y se agarró con fuerza de las esquinas para no resbalarse.
Durante unos instantes, mientras el carruaje no se movía y escuchaba la conversación de sus dueños con otros invitados, sintió que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico. Cuando el carruaje inició la marcha, casi se cayó por el alivio. Tenía los músculos de todo el cuerpo tan tensos que creía que iba a reventar. Por fin estaba a salvo. Se permitió el lujo de respirar hondo, de relajar el cuerpo todo lo que le era posible en esa posición sin caerse.
— ¡Cerrad el paso! ¡Cerradlo inmediatamente!
Se le abrieron los ojos de golpe al escuchar la voz del maldito llamado "hijo adoptivo" del daimyō. Miró a su alrededor, aterrada ante la idea de quedarse allí atrapada, de donde no podría escapar. Para su suerte, ya estaban terminando de atravesar el puente levadizo, era demasiado tarde para elevarlo. De hecho, justo cuando tocaron tierra, empezaron a elevarlo, dándole así un par de minutos para que se reorganizara. Aún no estaba a salvo.
— ¡Maldita sea, no! ¡Bajadlo!
Ya era tarde. Había podido echarle un vistazo al sistema de engranajes antes de colarse en los festejos. Tenía que subir hasta arriba antes de que pudieran volver a bajarlo. Se contrajo y cayó al suelo dando una voltereta. Sacó la wakizashi de la vaina y rodeó el carruaje corriendo. Escuchó los gritos de los ancianos cuando cortó las sogas que retenían a uno de sus caballos. Antes de que el cochero intentara hacer algo, lo amenazó con el filo de su arma de tamaño medio.
— Solo quiero un caballo, no tiene por qué morir nadie.
El cochero levantó las manos en señal de rendición. Los ancianos, a continuación, lo imitaron con las mejillas húmedas por las lágrimas de terror. Desearía no haber tenido que aterrorizar a una pareja de ancianos. Se subió al caballo de un fluido salto y lo espoleó para que corriera hacia el bosque, donde podría despistar a sus perseguidores. Llegó a la espesura de los árboles antes de que el puente volviera a desplegarse hacia abajo.
Inuyasha Taisho, el general de más alto rango del daimyō, su mano derecha, el apodado hijo adoptivo de Kenshin, era muy peligroso. Tropezarse con él podría costarle la vida. Entró en los festejos deslizándose a través de una ventana sobre el segundo piso, el cual debiera estar vacío o vigilado por guardias a cada esquina. Con su ropa de festejo, la tomarían por una invitada extraviada si hacía bien su trabajo. Mientras caminaba intentando pasar inadvertida, un mal pisotón en su kimono le hizo dar un giro y perder por completo el equilibrio sobre la espalda de un desconocido que resultó ser el hombre más peligroso de toda la provincia de Echigo.
La casualidad quiso que diera a dar con ese hombre y que ese hombre, para su desgracia, se sintiera de lo más interesado por ella. No era la primera vez que un hombre la avasallaba como si creyera que era dueño de su ser. Ya le había sucedido en misiones anteriores. Sin embargo, en esa ocasión fue diferente. Inuyasha la había poseído de un modo que nadie lo había hecho antes. No sabía decir qué fue lo más sorprendente: la arrogancia del hombre o su propia reacción ante él. No era un simple hombre atractivo o un soldado bruto y torpe. Temía al hombre oculto bajo la armadura.
Tenía que abandonar el caballo. Mientras estuviera montada a caballo sería vulnerable aunque se volviera más lenta a pie. Los ninjas no eran soldados a caballo, eran sombras. Espoleó al caballo hacia un río cuya margen estaba recubierta de piedras. Lo pondría a correr desde allí para que siguieran su rastro sobre la roca viva. Mientras el animal los despistaba, ella utilizaría los árboles para llegar hasta un poblado conocido en el que podría usar una identidad falsa para viajar segura.
Dejó al caballo según lo previsto en la orilla. El animal relinchó cuando lo azuzó y echó a correr justo en la dirección que a ella le convenía. Saltó de la piedra a la rama más baja del árbol sin tocar la tierra y se subió sobre ella. Comprobó su estabilidad antes de saltar sobre otra rama y otra hasta que estuvo bien alto. Desde ahí arriba podría espiar a los soldados. Era demasiado arriesgado ponerse a cruzar el río usando las ramas de los árboles más altos que lo atravesaban con ellos a sus pies. Cualquier error la descubriría. Tenía que esperar a que llegaran, reconocieran su falsa ruta y la siguieran.
— ¡Junto al río!
Se ocultó entre la vegetación de la copa del árbol aunque era prácticamente imposible que nadie la viera desde abajo. A través de una diminuta abertura, vio la cabellera plateada del general. Revisaron la roca hasta que dieron con la dirección que había tomado el caballo. Todo estaba saliendo tal y como ella lo planeó. Inuyasha ordenó que emprendieran la marcha en esa dirección. Para su amarga sorpresa, mientras que los otros partían, él se quedó exactamente donde estaba sobre su caballo. ¿Por qué no se movía? ¿A qué estaba esperando?
— ¡Sé que estás aquí! — exclamó cuando estuvo solo.
¡Imposible! No había dejado ni una sola pista, nada que la delatara. El hombre se señaló su propia nariz con el dedo índice.
— ¡Puedo oler tu perfume!
Se le hizo un nudo en la garganta por la sorprendente confesión del general. Agarró la pechera del kimono, tiró de él apartándolo de su cuerpo y se olisqueó. Era cierto que olía a perfume. ¿Cómo pudo ser tan tonta? No tendría que haberse echado perfume para la fiesta de cumpleaños del daimyō; el aroma se quedaba impregnado en ella demasiado tiempo.
— ¡Si sales ahora, puedo intentar ayudarte!
¡Más quisiera él! Se apartó del tronco del árbol, decidida a escapar. Tendría que atraparla y después luchar contra ella si quería su premio. Ya había decidido mientras esperaba la ruta que tomaría sobre los árboles, así que corrió y saltó sobre otra rama. El movimiento no se hizo de esperar desde abajo. Inuyasha espoleó a su caballo y le indicó que atravesara el río. Saltó sobre otra rama y lo miró mientras corría sobre su grosor. Era un hombre fantástico. ¡Lástima que fuera lacayo de Kenshin!
Rodeó el tronco del árbol y saltó hacia otro. Había aprendido a moverse saltando de árbol en árbol tras muchos años de práctica. Calculaba casi de forma automática la distancia entre los árboles y el grosor y la resistencia de las ramas. Las ramas podridas las ignoraba o eso solía hacer normalmente hasta ese día. Pisó una que se quebró inmediatamente y le hizo caer. Logró frenar la caída con la ayuda de las otras ramas, pero terminó en el suelo, sobre las raíces del árbol y con el general del que estaba huyendo en frente. Para no sentirse demasiado estúpida, achacó el imperdonable error a los nervios. ¡Él la ponía muy nerviosa!
Tendría que enfrentarse a él y rezar para que las habladurías sobre su destreza con la katana fueran exageraciones. Lo estudió aún montado sobre el caballo. ¡Era impresionante! Alto, fuerte, musculoso… Exhibía una imagen de fortaleza y peligro combinada con sensualidad que la atraía. Nunca se había sentido atraída por un hombre. Había pensado que alguno de los otros que conoció durante los entrenamientos era guapo, que quizás uno tuviera apariencia de ser un marido respetable, cosas así. Jamás se había imaginado a sí misma desnuda y enroscada en torno al cuerpo de un hombre como lo había hecho con él. Cuando la besó previamente, había deseado arrancarse la ropa y arrancársela a él. Aquello no era normal, no era corriente… era visceral. Un deseo tan arrollador que casi la había poseído.
El general Inuyasha Taisho era realmente apuesto. Tenía una larga melena plateada lisa recogida en una coleta alta en la coronilla; solo un par de mechones que enmarcaban su rostro y el flequillo escapan del agarre de la tira de cuero que mantenía en su lugar la coleta. Sus ojos eran del color del sol, grandes, intensos y apasionados. Esa mirada decía claramente lo que deseaba y era a ella. Las cejas sorprendentemente negras para el color de su cabello eran gruesas y enmarcaban de forma muy masculina su mirada. La nariz recta caía sobre unos labios finos y en torno a ella unos pómulos altos. Su rostro culminaba con un mentón fuerte. Sin duda alguna, era un hombre apuesto.
¿Qué estaba haciendo? Admirar su belleza no le salvaría el pellejo. Ese hombre era la mano derecha de Kenshin, la había descubierto robando tras haber drogado a su daimyō, y estaba allí para apresarla o incluso matarla. Ya no era el hombre que durante un festejo había dejado claras cuáles eran sus intenciones hacia ella. Aquel era el guerrero feroz del que había escuchado historias de terror para asustar a los niños. No podía perder ninguna oportunidad de escapar por pequeña o remota que fuera.
Actuó rápido. Desató el cordón que atravesaba su pecho y sacó de la vaina de un fluido movimiento la wakizashi que le fue obsequiada al ser nombrada ninja. El general alzó una ceja en respuesta como si el hecho de ver a una mujer empuñando un arma le resultara cómico. Odiaba a los hombres que trataban a las mujeres de esa forma. Tendría que concentrarse en ese sentimiento para que no la distrajera su imponente físico.
— ¿Ahora Shingen se dedica a entrenar mujeres para que sean ninjas? ¡Es vergonzoso! — exclamó — Ningún daimyō respetable debiera poner en peligro de esa forma a una mujer.
Si intentaba enojarla, lo estaba haciendo muy bien.
— La verdad es que, cuando descubrí tu ardid, ni se me pasó por la cabeza que fueras una ninja. Sin duda alguna, ha sido un táctica muy inteligente, de las mejores que he visto nunca, pero insuficiente. Una mujer no podría completar el trabajo de un hombre.
Apretó los dientes al escucharlo hasta que le rechinaron. ¿Quién se creía que era? Podía hacer exactamente lo mismo que un hombre e incluso mejor. Estaba harta de que los hombres se rieran de ellas y de las demás que estaban dentro del programa femenino de ninjas. Su labor era tan respetable como la de cualquier otro y luchaban por el país igual que ellos. Merecían ser respetadas.
Inuyasha se bajó de un salto del caballo, pero ni siquiera sacó la katana de la vaina. No parecía tener ningún miedo del arma que empuñaba.
— ¡No te acerques!
No parecía escucharla.
— ¡Te mataré si te acercas más! ¡No te muevas!
Pero él seguía avanzando hacia ella totalmente desarmado. Empuñó el mango de la wakizashi con más fuerza. Le sudaban los dedos de las manos y la espalda. No quería matarlo; no quería que resultara necesario. Había matado a pocos hasta entonces y solo por pura necesidad. Si él la obligaba a hacerlo, si la presionaba más… Estaba demasiado cerca. Guiada por el instinto de supervivencia, llevó a cabo el ataque que había prometido con lágrimas en los ojos. Lamentaría matar al único hombre que le había atraído nunca.
Fue tan rápido que apenas pudo emitir un grito de protesta. Inuyasha sacó la katana de la vaina velozmente, rechazó el ataque de la wakizashi y, de otro movimiento, hizo que saliera volando de entre sus manos. De repente, ella tenía la espalda apoyada contra el tronco del árbol y la cara de él estaba muy cerca de la suya. Su katana estaba clavada en el tronco junto a su cabeza en una clara amenaza y él cubría su otra vía de escape con su cuerpo. Se quedó completamente paralizada. Por primera vez desde que inició aquella labor, había sido derrotada. ¿Qué sería de ella? Tenía una cápsula para suicidarse en caso extremo… ¿Era ese el momento de usarla? ¿Sería capaz de quitarse su propia vida?
Mientras cavilaba sobre sus opciones, Inuyasha le quitó la capucha. Su rostro quedó al descubierto para él bajo la luz de la luna. ¿Por qué la luna tenía que ser tan grande justo esa noche? Entonces, él hizo la cosa más sorprendente: liberó su cabello de los kanzashis que lo recogían. Su humillación había quedado al descubierto. El cabello rizado no era muy común; se decía que era propio de brujas y de rameras. Toda su vida lo había recogido para no escuchar los murmullos de la gente; toda su vida… La dejó sin aliento. Su forma de mirarla… Por primera vez, alguien miró su rebelde caballera con admiración.
Inuyasha agarró uno de sus rizos y lo estudió entre sus dedos como si fuera oro puro. Nadie le tocaba el cabello, nunca.
— ¿Q-Qué haces?
Levantó la mirada de su cabello a su rostro. Parecía decidido.
— Me estoy jugando la cabeza por ti.
Continuará…
