Capítulo 3

Los acontecimientos dieron un giro inesperado. El honorable general, la mano derecha apodada hijo adoptivo del daimyō Kenshin, el gran Inuyasha Taisho, estaba rompiendo las leyes y sus propis principios para salvarla. A esas alturas, estaría formalmente acusada de intento de asesinato (aunque el daimyō estuviera vivo), robo múltiple, allanamiento y puede que hasta fornicio siendo mujer. Inuyasha no sería un simple cómplice; a él lo acusarían de traición. Estaba poniendo en riesgo toda su carrera militar. No lograba entenderlo.

Frotó las muñecas la una contra la otra y suspiró. Inuyasha la había desarmado, le había atado las muñecas firmemente con una cuerda que él sostenía y la había sentado en el caballo, frente a él. Cabalgaba a horcajadas, al menos. Lo habría odiado profundamente si hubiera osado sentarla de lado como a una perfecta dama japonesa. No la educaron para ser una dama; la educaron para ser una guerrera. Inuyasha creía que estaba totalmente indefensa, pues se iba a llevar una sorpresa. Todavía le quedaba un arma muy bien escondida que no dudaría en usar.

Lo sentía por Inuyasha, pero no era su culpa que él fuera un idiota. Después de haber escuchado tantas historias de él, la estaba decepcionando profundamente. Su habilidad con la katana era superada por su estupidez. Ella no era su novia, ni pensaba serlo. Era indudable que el tipo tenía buen porte, era apuesto, luchaba con maestría y besaba realmente bien, mas no estaba allí para buscar marido. Tenía una misión que cumplir. Si se dejaba seducir y traicionaba a su propio daimyō, jamás se ganaría el respeto de nadie, y estaba harta de ser solo una mujer que jugaba con armas para el resto.

El pergamino que había robado le fue arrebatado. Inuyasha se lo había guardado en el cinturón, al otro lado de la katana, a su derecha. Su wakizashi, los shurikens, los sai y un par de tantōs habían sido confiscados en un saco que colgaba de la montura. Si se liberaba de las ataduras, solo tenía tiempo de coger una cosa. No podía tener el pergamino y el saco con las armas. De escapar con las armas, no podría hacerle frente en batalla por más que odiara admitirlo. Si se escapaba con el pergamino, tendría una oportunidad, por más remota que pareciera, de ocultarse de él y despistarlo. ¿Y a qué estaba esperando? Tenía una punta afilada guardada entre los pechos para casos de emergencia.

Levantó los brazos para guiar las manos hacia su pecho. Inmediatamente, Inuyasha dio un tirón de la cuerda.

— ¿Qué crees que estás haciendo?

— ¡Me pica la nariz! — se excusó — ¿Necesito tu permiso para rascarme?

Inuyasha soltó un sonoro suspiro de exasperación. Deseó darle un codazo en las costillas por quejica. No era él quien estaba atado y apresado por un hombre de dudosas intenciones en una provincia enemiga.

— Adelante. — dijo al fin.

— Gracias, su majestad.

— Harías bien en ser más respetuosa conmigo.

Farfulló un par de insolencias sobre lo respetuosa que sería con él antes de atreverse a volver a levantar los brazos. Agachó también la cabeza, pegando el mentón al pecho, en lo que parecía un gesto para poder alcanzar mejor la nariz debido a las ataduras. Se las ingenió para simular que se rascaba mientras recuperaba la punta de metal. Estaba bien afilada. Bajó los brazos con la punta oculta en una de sus manos. Despacio y con infinita paciencia, cortó cada hebra de la cuerda hasta que solo quedó una. No tenía que precipitarse, debía buscar el momento apropiado.

Inuyasha se sentía atraído por ella, podía explotar esa debilidad. Bien, debía ser seductora, pero no demasiado para que no sospechara. Tenía mucha práctica manejando a los hombres; eran muy simples. Volvió la cabeza ligeramente sobre el hombro y lo miró. Reaccionó inmediatamente.

— ¿Qué miras?

— ¡N-Nada!

Ese balbuceo que logró articular por la más pura casualidad acrecentó más si era posible la exquisitez de su actuación. Hasta notaba arder sus mejillas realmente. Ahí estaba el rubor de una virgen o de una mujer con poca experiencia que tanto enloquecía a los hombres. Quería que él creyera que se sentía avergonzada porque no pudo resistirse a mirarlo, porque lo consideraba atractivo.

Le agarró las caderas de forma tan repentina como brusca. La apretó contra su cuerpo y frotó contra su trasero el bulto de su entrepierna. Al notar su dureza, tragó hondo. Parecía algo muy potente. ¿Y a ella qué le importaba? Concentración, tenía una misión que completar.

— Te he dicho ya la bonita que eres… — musitó junto a su oído.

— En realidad, no…

Para aumentar su ansiedad, se lo dijo con la cabeza vuelta sobre el hombro, mordiéndose el labio inferior. Había descubierto que a los hombres les gustaba mucho ese gesto e Inuyasha no era la excepción. Se inclinó sobre ella con la clara intención de besarla y dejó que lo hiciera. Justo con el primer contacto de sus labios, terminó de cortar el último hilo de la cuerda. Antes de que pudiera entreabrirle los labios, le quitó el pergamino del cinturón y saltó del caballo dando una voltereta. Sin darse un solo instante para comprobar el terreno, escoger una dirección apropiada o descubrir su reacción, echó a correr.

— ¡No llegarás muy lejos!

Tenía que intentarlo. Corrió alejándose del camino marcado por los cascos de los caballos hacia la espesura. Saltó sobre una rama baja y ya había iniciado el salto hacia otra superior cuando le agarraron el tobillo. Se habría caída de forma muy poco elegante si Inuyasha no la hubiera agarrado. La presionó contra su cuerpo absorbiendo su peso y la fuerza de la caída. Después, la giró y la empujó contra el tronco del árbol. Allí, le rodeó el cuello con una mano y presionó. ¡Menuda fuerza! Podría partirle el cuello con las manos.

— No me gustan los jueguecitos.

— ¡Tú no me gustas a mí!

La respuesta no se hizo de esperar. La presión sobre su garganta aumentó, obligándole a tomar grandes bocanadas de aires.

— Harías bien en no decir esa clase de cosas. Créeme, no te gustaría que perdiera ese genuino interés por ti… — su mirada descendió durante un segundo de su cara a su cuerpo antes de volver a hablar — Suelta el pergamino.

— ¡Vete al diablo!

Otro apretón. Si seguía haciendo eso, la ahogaría de verdad.

— Suéltalo. — repitió.

— No…

Por un momento, sintió que todo a su alrededor se desvanecía. Inuyasha se volvió borroso, los rayos de sol de primera hora de la mañana se oscurecieron y un molesto zumbido le entró en los oídos. Sin importar sus esfuerzos, los dedos terminaron por aflojar el agarre y soltar el pergamino. Después, le flaquearon las rodillas. Lo último que pensó fue que estaba a punto de desvanecerse.

No le importó en absoluto el pergamino que ella había soltado. En cuanto sintió que sus músculos se relajaban, soltó su garganta y la atrapó entre sus brazos antes de que se cayera de bruces.

— ¿Por qué me has obligado a hacerte daño?

Se arrodilló en el suelo y la mantuvo apretada contra su pecho en una posición más cómoda. No quería hacerle daño, pero ella se lo ponía increíblemente difícil. ¿Por qué era tan cabezota? No tendría por qué haber apretado más que lo suficiente para que no se escapara. Sin embargo, ella con su falta de instinto de conservación, lo obligó a forzarla hasta que palideció y se le pusieron los labios azules. Unos instantes más y la habría matado. No, no lo habría hecho, pero ella no sabía eso. Estaba a punto de detenerse para arrancarle de las manos el pergamino de la discordia cuando la resistencia de la mujer llegó a su límite.

Llamó a su caballo con un silbido. El entrenado corcel caminó hacia ellos con obediencia. Al tenerlo cerca, tiró de una manta para sacarla de su amarre. Después, utilizó su propia capa para improvisar una almohada para la cabeza de la joven. La cubrió con la manta y se levantó para coger la cantimplora. Mojó un pañuelo que usó para humedecerle la cara y el cuello. Las marcas de sus propias manos sobre la suave piel lo irritaron. Le quedaría morado, estaba completamente seguro. ¿Qué clase de hombre dañaría a su mujer?

Se llevó las manos a la cabeza, frustrado. Se estaba jugando su puesto y su vida por una mujer que perfectamente podría volverle la espalda cuando las cosas se pusieran feas. Al fin y al cabo, acababa de intentar escapar de él a pesar de que estaba intentando salvarla. No era la primera vez que hacía algo estúpido por una mujer. El recuerdo de Kikio apareció nítido en su cabeza, recordándole que representó a la perfección el papel de idiota. Después de aquella nefasta experiencia, se juró que jamás permitiría que otra mujer lo enredara. Sin embargo, allí estaba, jugándosela por una mujer a quien apenas conocía y que se había declarado enemiga desde el principio. Aunque, por otra parte, sus sentimientos hacia ella eran algo que simple y llanamente no podía controlar.

El brillo de un objeto metálico llamó su atención. Comprobó que la joven estuviera bien y se levantó para dirigirse hacia el árbol contra el que la estranguló de forma muy poco caballerosa. A los pies del árbol, entre las raíces, se encontraba una punta metálica afilada. La mujer tenía más recursos de lo que imaginaba. ¿Dónde habría escondido la punta? Estaba claro que era ese objeto el que utilizó para cortar las cuerdas. Para distraerlo a él solo necesitó mirarlo con ojitos de cordero degollado.

Regresó junto a ella jugueteando con la punta entre los dedos. Había tomado la decisión de devolvérsela. Sabía que era muy arriesgado, que podría estar cometiendo un error fatal, pero necesitaba devolvérsela. Necesitaba que ella tuviera un apoyo, algo que le hiciera sentirse segura. Estaba claro que él no le inspiraba confianza. Agarró su mano, demasiado fría para su gusto, y la calentó entre las suyas antes de colocar ahí la punta y cerrarle el puño en torno a ella. Creería que no la soltó cuando se desmayó.

El gemido femenino le indicó que estaba por despertar. Refrescó el paño húmedo que había dejado sobre su frente y se sentó a su lado, esperando. La joven intentó decir algo antes de abrir los ojos, pero solo pudo emitir un sonido ronco. Tendría la garganta seca y dolorida por su culpa. Le sujetó la nuca y la incorporó lo suficiente para que tomara de la cantimplora. Al primer intento, se atragantó. Tosió y escupió el agua hacia un lado. Esperó hasta que se recuperara con el corazón en un puño antes de hacer el segundo intento. Entonces, fue capaz de beber.

— Lo lamento mucho… — musitó.

La azabache suspiró. Poco después, sus párpados se levantaron y lucharon por mantenerse abiertos debido al impacto del sol en sus ojos. Cuando se adaptaron, lo buscó con la mirada. No parecía enfadada, pensativa o triste. De hecho, parecía totalmente demacrada, agotada.

— No debería haber usado la fuerza de esa forma… — se excusó — Y-Yo…

De repente, se dio cuenta de que ni siquiera sabía cómo se llamaba la mujer.

— ¿Cómo te llamas?

Ella apartó la mirada como si le resultara desagradable la idea de darle su nombre. Lo aceptó con un silencioso lamento.

— Kagome…

Tenía la voz ronca cuando le dijo su nombre. Él estaba completamente asombrado. Esa no era una mentira como la que le dijo al daimyō; era la verdad. Podía detectar la verdad en cada parte de ella. ¡Qué nombre! Le gustaba mucho, era perfecto para ella. Un nombre dulce, suave, sonoro y bonito.

— Yo me llamo Inuyasha.

— Ya lo sé…

Era verdad, ella ya lo sabía. ¡Qué tonto! Se sentía tonto y torpe cuando estaba frente a ella, como si tuviera que demostrar su valía y fuera incapaz de hacerlo. Al margen de que se tratara de una actuación, el hecho de que lo llamara segundón lo había afectado más de lo que estaba dispuesto a admitir. No quería que ella lo considerara un segundón; quería que lo amara. Si ella lo amara, él sería el primero de su lista.

— Creo que no hemos empezado con buen pie.

— Eso sería imposible… — musitó la joven con seguridad.

— ¿Por qué?

— Porque tú sirves a Kenshin y yo sirvo a Shingen.

¡Y una mierda! Se negaba a que utilizara de excusa semejante minucia. Ni Kenshin, ni Shingen se interpondrían entre ellos. Si quería librarse de él, ya podía utilizar otra excusa porque él la amaba y sabía mejor que nadie lo que le convenía. No sabía exactamente cómo había terminado tan enamorado de ella como nunca lo estuvo de nadie, pero sí sabía que era un amor al que no pensaba renunciar. Haría lo que fuera necesario para ganarse su amor y protegerla.

— Eso no tiene por qué…

Se calló abruptamente al percibir otra presencia cerca de ellos, espiándolos. Había más de uno, quizás siete u ocho. Al no obtener resultados, Kenshin debía haber enviado un escuadrón de ninjas para que le trajeran lo que era suyo y a la ladrona. Esperaba no tener que enfrentarse a nadie de su bando. De hecho, esperaba poder llevarla a otra provincia antes de que ningún hombre de Shingen o de Kenshin los encontrara para así poder ocultarse y vivir con toda la normalidad posible. Aceptaría gustosamente una vida humilde y sacrificada si era junto a ella.

Lamentablemente, el destino había querido que luchara por ella contra sus amigos. Llevó la mano derecha a la empuñadura de su katana y la agarró sin llegar a desenvainar. Las ramas de los árboles se movieron sobre sus cabezas y unas sombras aterrizaron en el suelo, rodeándolos.

— Buen trabajo, general.

Como si él necesitara cumplidos de un ninja.

— Nosotros nos encargaremos a partir de ahora.

— ¿Qué es lo que haréis? — preguntó intentando simular normalidad.

— El daimyō exige recuperar el pergamino y a la mujer que lo robó. La pena capital será su castigo.

Kagome se removió intentando levantarse para llevar a cabo un ataque que solo supondría una muerte segura. Se permitió apartar la mano de la empuñadura de la katana para detenerla empujando su pecho contra el suelo. La mujer opuso una ligera resistencia hasta que captó su mirada. De una forma u otra, había entendido que no permitiría que se la llevaran.

— Me temo que eso no va a ser posible.

— ¿Qué insinúa general?

La voz del ninja se tornó amenazante. Bien, él también se sentía de esa forma.

— La mujer se queda conmigo.

Todo pareció quedarse en silencio durante unos instantes. Ninguno de los ninjas emitió un solo sonido, ninguno se movió o hizo amago de hacerlo. Se quedaron mirándolo, analizando la envergadura de sus palabras. Estaba declarando su propio delito de traición hacia el daimyō. La batalla estalló de golpe. Todos se movieron al mismo tiempo hacia ellos. Sacó la katana de la empuñadura de un fluido movimiento, esquivó un golpe y cortó en diagonal a uno de los ninjas sin apartarse de Kagome.

Los ninjas no luchaban de forma honorable. No respetaban a las mujeres o los niños, no luchaban por turnos contra un único hombre, no atacaban de frente. Su estilo de pelea era muy diferente al que él conocía y respetaba. Aun así, él sabía muy bien cómo tratar con ellos. Fue entrenado por los mejores maestros de esgrima de la provincia para poder enfrentarse a cualquier tipo de enemigo, bajo cualquier circunstancia. No obstante, allí se encontraba en terrible desventaja debido a Kagome. ¿Y si no podía protegerla de todo ataque? ¿Y si protegiéndola desesperadamente solo lograba que lo mataran a él y se la llevaran de todas formas?

Giró sobre sí mismo y cortó la cabeza de otro que amenazaba a la joven que apenas lograba ponerse en pie, intentando esquivar los ataques al mismo tiempo. La única forma de salvarla era que confiara en ella aunque eso le pudiera costar la vida. Tomó una decisión. Las armas de ella estaban en el saco atado a su montura, así que tomó su propio wakizashi y se la lanzó a Kagome.

— ¡Lucha por tu vida!

Kagome le obedeció al pie de la letra. Sacó el wakizashi de la vaina, realizó un tirabuzón en el aire y cayó al suelo tras haber cortado desde el hombro hasta la cintura a uno de los ninjas. Era un corte profundo y certero; lo mató rápido. Estaba impresionado. A pesar de su pequeño tamaño, la delicadeza de sus rasgos y la fragilidad que desprendía, la mujer era realmente habilidosa. Perfecto, menos tendría que preocuparse mientras mataba a aquellos desgraciados. Ya había tres muertos; quedaban cinco.

El jefe era suyo. Se abrió paso entre dos ninjas que lo atacaban con dos katanas cada uno. No era la primera vez que se veía inmerso en una situación como aquella. Hizo frente a las cuatro espadas con maestría, esquivando y rechazando golpes hasta que vio la primera brecha. Le cortó los tendones de una rodilla a uno de los dos. Eso lo incapacitó, haciéndole caer al suelo. Enfrentarse solamente al otro fue sumamente sencillo. Lo obligó a protegerse con las katanas en cruz y, entonces, realizó un rápido movimiento para cortarlo por la mitad. Solo quedaban tres en pie. El jefe, el ninja al que le cortó los tendones y otro que luchaba con Kagome. El impulso de correr a ayudarla lo estaba abrasando, pero sabía que el verdadero peligro era otro. Además, la azabache parecía apañárselas mejor que bien.

Le cortó la garganta al cojo para darle una muerte rápida y se dirigió hacia el jefe agitando la katana en torno a él en una técnica de confusión y una muestra de dominio de la katana al mismo tiempo. El otro utilizaba una naginata. Era una lástima que creyera dominarla mejor de lo que lo hacía realmente. Se arrodilló para rechazar un ataque colocando la katana contra la naginata. La gran debilidad de esa portentosa arma era que solo servía para distancias largas. Deslizó la katana sobre la naginata y se movió con ella para llegar hasta el ninja. Este intentó utilizar un tantō que desenvainó rápidamente, pero le agarró la muñeca antes de que pudiera usarlo y lo cortó por la mitad desde el hombro hasta la entrepierna.

¡Kagome! Se volvió junto a tiempo de verla doblarse hacia atrás, en una demostración de flexibilidad totalmente imposible para un hombre, para esquivar un ataque. En lugar de ponerse en pie, tal y como esperaba el otro ninja, soltó el wakizashi, apoyó las palmas de las manos sobre la tierra para impulsarse y lo pateó en el plexo solar con las dos piernas. Saltó con él y lo siguió hasta terminar en pie sobre su pecho. El ninja emitió un sonido de ahogo. Habían quedado ambos desarmados en ese último ataque, pero el otro estaba clarísimamente en posición de desventaja. Aun así, intentó atacarla. Kagome dio una voltereta en el aire hacia atrás, tomó la wakizashi del suelo y le cortó la garganta al otro antes de que se le echara encima.

Esa fue la primera vez en su vida que no se sintió culpable tras haber matado no a un hombre, sino a tres. En lugar de sentirse sucia, cruel o malvada, se sintió a salvo e increíblemente excitada. ¿Tendría algo que ver ese hombre? Inuyasha era un luchador formidable, de gran habilidad, concienzudo y metódico. ¿Sería igual con una mujer? Algo había cambiado entre ellos de forma repentina, y ya no lo veía como un demonio increíblemente atractivo. Se la estaba jugando por ella al cien por cien, y esa lucha era la prueba. Sabía que él no era violento, no más que cualquier otro. Todo ataque recibido por su parte fue en respuesta a lo que él consideraba una traición hacia él. Sin embargo, a la hora de la verdad, había confiado en ella. De no hacerlo, jamás habría puesto un arma en sus manos. Además, también era tierno; así lo había sentido cuando recuperó la consciencia y lo vio.

El corazón le latía a mil por hora. Era él. Era esa persona especial de la que hablaban las mujeres en las aguas termales. Era el hombre con el que compartir el resto de su vida, sus alegrías y sus penurias, su cuerpo, sus hijos. No podía darle la espalda; no podía abandonarlo. Por fin había comprendido qué era lo que lo unía a él, y era mucho más fuerte que cualquier juramento de lealtad hacia un déspota tirano. Había sucedido tan de prisa, de forma tan arrolladora, que no había sido capaz de entenderlo hasta entonces. Amaba a Inuyasha y ella se entregaba por completo a todas sus pasiones.

Caminó hacia él al principio despacio, aumentando el ritmo a medida que se acortaba la distancia. Inuyasha creía que iba a atacarlo, se preparaba para rechazar el ataque. Nada más lejos de la realidad. Le rodeó el cuello con ambos brazos, su puso de puntillas y lo besó tal y como él la había besado previamente en el castillo del daimyō Kenshin. Tras la sorpresa inicial, Inuyasha le respondió con igual pasión o incluso más.

De repente, los músculos del hombre se tensaron. Le agarró los brazos y la apartó de él con manos temblorosas que delataban su estado y mirada apasionada.

— Una mujer ya me clavó en el pasado un puñal por la espalda …

El wakizashi seguía en sus manos. Lo dejó caer al suelo inmediatamente, percatándose de que él también había soltado su katana mientras se besaban. Si quería que le demostrara cuan en serio iba, lo haría. Se desasió de su agarre, desanudó de un tirón la cinta del kimono corto negro de ninja y se lo abrió dejando al descubierto su torso desnudo. Al contrario que con otros, la idea de que él la viera desnuda no le molestaba en absoluto. Antes de que él diera rienda suelta a la admiración que demostraba su hambrienta mirada, ella lo abrazó y volvió a besarlo.

Inuyasha deslizó su kimono hasta los codos, sin dejarlo caer el todo, y le acarició la espalda desnuda. Después, sus manos descendieron hasta tomarle las nalgas mientras sus labios también descendían para besar su clavícula. Cuando le había besado el cuello, le había dolido. Inuyasha se apartó inmediatamente de esa zona. La instó a abrir las piernas y a dejarse levantar por él, abrazándole las caderas con los muslos. La dureza del hombre empujó contra su entrepierna abierta para él con fuerza. Entonces, el general se movió, atravesando el campo de batalla hacia unos árboles. Agradeció el detalle silenciosamente. No le gustaría que su primera vez fuera entre cadáveres de ninjas aunque admitía que no era en ellos precisamente en quienes pensaba.

El tronco de un árbol tocó su espalda y, luego, los labios de Inuyasha continuaron descendiendo, tomando sus pechos. ¡Lo necesitaba! Tiró de su ropa hasta abrirla y, con la ayuda de Inuyasha, le descubrió el pecho musculado por el entrenamiento. Él era duro, fuerte y hermoso. Sus pantalones cayeron al suelo y con ello la única prenda que protegía su virginidad. Una mano grande y decidida se ahuecó en su entrepierna e hizo cosas que jamás podría haber imaginado tan siquiera. Cuando sus labios volvieron a abrirse en un duradero beso, la volvió a alzar contra sus caderas y se introdujo en ella de una única embestida. Notó exactamente el momento en el que su virginidad se rompió. Aunque dolió al principio, el placer posterior fue muy superior. Lo abrazó contra ella con todas sus fuerzas, instándolo a continuar, y gritó mientras lo sentía moverse contra ella. De un modo u otro, había encontrado a la otra mitad de su ser.

Continuará…