Capítulo 4

Inuyasha tenía un plan. Se harían pasar por un joven matrimonio que se mudaba a otra provincia donde residían unos familiares que los acogerían. Esa era la cuartada que le darían a todo el que preguntara. La realidad era que no estaban casados y no tenían familiares en otra provincia. Sin embargo, Inuyasha tenía dinero y mucho. Pensaba comprar una casa en el campo, convenientemente alejada de las ciudades más importantes para que nadie lo descubriera. Vivirían alejados de las masas, solos, en un paraje de paz y tranquilidad. No sonaba mal de todo.

¿Llegarían a casarse algún día? Inuyasha había dejado más que patente que no la dejaría escapar y ella tampoco lo dejaría escapar a él. Su destino ya estaba decidido por gracia de los dos. Así pues, no dejaba de preguntarse si algún día dejarían el teatro para casarse de verdad. Aunque nunca soñó con el matrimonio del mismo modo que lo hacían otras jóvenes, la idea no le resultaba en absoluto repulsiva. Quería que sus hijos… ¡Un momento! ¿Hijos? Ahí se estaba adelantando un poco… o no... Después de lo que habían hecho, perfectamente podría estar embarazada. De hecho, si no lo estaba ya, lo estaría pronto porque no tenía pinta de que Inuyasha fuera a esperar mucho para la próxima vez y ella tampoco se lo consentiría. Lo deseaba.

Cuando llegaron al final del bosque, pudo atisbar a la lejanía el poblado en el que pensaban ocultarse. Inuyasha le indicó que lo esperara, y ella obedeció feliz y confiada. Sabía que él no le fallaría. Prueba de ello era que le había devuelto todas las armas. Todo excepto el dichoso pergamino. No deseaba ni mirarlo. Aquel pergamino podría haberlos separado para siempre; en su lugar, había logrado unirlos de la forma más inesperada. Una pena que Inuyasha se negara a destruirlo. ¿Por qué lo conservaba?

Poco después, Inuyasha apareció de vuelta con una yukata sencilla de color rosa para ella. La tomó entre sus manos y se la puso sin discusiones. A pesar de que él ya la había visto desnuda, se volvió de espaldas para cambiarse de ropa, tal y como habría hecho una virgen. Inuyasha no dijo una sola palabra al respecto y la esperó hasta que estuvo lista. Entonces, le ofreció un bonito kanzashi con adornos florales. Sonrió al verlo y se lo colocó, recogiendo la melena a un lado. Los rizos estaban sueltos. Los acarició con los dedos, preocupada. ¿Y si alguien la señalaba y la tachaba de bruja? No sería la primera vez.

— Nadie dirá nada de tu cabello.

Era como si él le hubiera leído la mente. Levantó la cabeza y lo miró confundida. ¿Cómo podía saberlo? Su experiencia era muy diferente en ese respecto.

— No te preocupes. — repitió — Nadie dirá nada si saben lo que les conviene.

— P-Pero…

— A mí me encanta.

Y, como si tratara de demostrarlo, se inclinó sobre su melena, aspiró su aroma y la acarició con la punta de la nariz. Él no tenía ni idea de lo mucho que significaban para ella esas palabras. Nadie le había tocado la cabellera jamás con tanto cariño. Por un momento, se permitió el lujo de disfrutarlo. Incluso el mismo daimyō que la escogió para ser ninja había exigido que ella se presentara ante él con el cabello recogido. Le desagradaba la visión de su melena.

Cuando Inuyasha se apartó, fue consciente de que él sí sabía en realidad lo mucho que necesitaba escuchar algo así. Notó que le ardían las mejillas, y agachó la cabeza para ocultar el rubor. Inuyasha no se lo permitió. Le obligó a levantar el mentón con una mano, se inclinó y la besó. Desde luego, sí que iban a parecer un matrimonio de recién casados.

— Todo saldrá bien. — le prometió.

Todo tenía que salir bien. Ambos habían traicionado a su daimyō; estarían ya en lista de búsqueda y captura. Bueno, quizás no tan pronto. Su daimyō tardaría todavía unos días en percatarse de que lo había traicionado o, con un poco de suerte, creería que murió en el intento si las noticias no corrían de una provincia a otra. Kenshin tardaría un día o dos en enterarse de la verdad sobre su mano derecha. La sola imagen de su decepción le hizo estremecerse. Inuyasha era alguien muy importante, se ganó su prestigio con sudor y sangre y lo estaba abandonando, dándole la espalda al fruto de su esfuerzo. Iba a perderlo todo por ella.

Lo siguió cogida de su brazo, tal y como lo haría una esposa, sin poder dejar de sentir el peso de la culpabilidad sobre sus hombros. ¿No debiera hacer algo para que él no lo perdiera todo? La criminal en esa provincia era ella, no él. Si solo pudiera…

— ¿Tienes hambre?

Inuyasha se había detenido frente a un restaurante de aspecto humilde. Asintió con la cabeza, recordando que no había comido nada desde la noche anterior, y lo siguió al interior. Lo regentaba una pareja de mediana edad con cuatro hijos que ayudaban en las tareas. Les sirvieron fideos con sopa bien caliente, un cuenco de arroz y un pescado asado para cada uno. No era una comida opulenta precisamente, pero a ella le supo de maravilla. Tenía el estómago vacío y era horrible pensar con hambre. Así, podría meditar mejor.

Cuando la mujer se acercó para rellenar el sakazuki de Inuyasha, se quedó mirando su cuello. Sabía lo que veía. Tenía las marcas de los dedos de Inuyasha en el cuello; aún le dolía si las tocaba. Inuyasha tenía motivos para haberle provocado esas magulladuras, pero aquella mujer no entendería la complejidad de la situación; ella pensaría que su marido la mal trataba. No podía permitirlo.

— Nos asaltaron en el bosque.

Se llevó las manos al cuello de forma casual.

— Fue una suerte que mi marido llegara a tiempo…

La mujer suspiró aliviada. Todos conocían a Inuyasha y, de no ser así, sus ropajes dejaban bien clara su posición. Esa gente lo amaba y respetaba. No podía dejar que creyeran que él sería capaz de semejante atrocidad cuando no conocían la realidad.

Inuyasha esperó a que se marchara para hablar.

— No era necesario, Kagome.

— No podía permitir que creyera que…

— Muchos maridos golpean a sus esposas. — le recordó — Además, yo te hice daño. Nada lo justifica…

— ¡No fue así! Fue mi culpa por…

— No discutamos de eso aquí. — la interrumpió.

Se calló porque, efectivamente, ese no era el lugar para discutir sobre ese tema. Sin embargo, no dejaba de darse cuenta de que Inuyasha solo lo usaba de excusa para evitar un tema incómodo para él. Tendrían tiempo de discutirlo más adelante.

Tras pagar la cuenta, Inuyasha la guio como si conociera perfectamente el lugar por el que se estaban moviendo. Seguro que él ya había estado ahí antes en alguna misión o por placer. Parecía un sitio muy tranquilo en el que pasar unos días aunque no tuviera lujos. O eso creía hasta que vio la casa. No era un barrio rojo, el lugar no era lo bastante grande, pero sí tenía una casa que claramente representaba aquello. La puerta entre abierta dejaba ver ligeramente iluminada la figura de una yuujo. Apartó la mirada entre incómoda y avergonzada. Inuyasha no había echado ni un solo vistazo, parecía totalmente ajeno.

— ¡Pero si es el general Inuyasha!

Inuyasha se tensó al escuchar que lo llamaban y se detuvo abruptamente. Ella, en cambio, se volvió y contempló sorprendida a la yuujo saliendo de la oscuridad a la luz. Era una mujer muy bella de cabellos negros perfectamente lisos que caían hasta sus caderas. Tenía la piel blanca e inmaculada. Su rostro parecía maravillosamente esculpido, de gran belleza. Ahora bien, sus ojos negros le resultaron fríos y calculadores. No era una buena persona, y no tenía nada que ver con su profesión.

— Así que te has casado…

La mujer le recordó a una serpiente. Acorralaba a la presa y siseaba esperando el momento oportuno para morderle y pasarle todo su veneno. La odió por tratar de hacer daño a Inuyasha. Estaba completamente segura de que él jamás le hizo daño alguno para merecer su altivez y menosprecio. ¿Quién se creía que era esa ramera?

— ¿Pudiste olvidarte de mí?

La comprensión llegó hasta ella como un rayo. Esa mujer había frecuentado a Inuyasha en el pasado. ¡Era ella! La mujer que lo traicionó, que, como él expresó, le clavó un puñal por la espalda. La odió más que en ningún otro momento. No tenía derecho. No podía…

— Vamos, Kagome.

Inuyasha tiró de ella como si hubiera presentido que estaba a punto de poner en su lugar a esa mujer de mala reputación. A su espalda, mientras caminaba, escuchó las carcajadas exageradas de la mujer. Quizás ella pareciera una bruja a cuenta de los rizos, pero esa otra era sin lugar a dudas una auténtica bruja. ¿Qué la habría llevado a traicionar a un hombre como Inuyasha? Él se entregaba completamente, era sincero y apasionado. Estaba segura de que jamás la mal trató, de que no la engañó, no la insultó, ni la llevó a terminar trabajando como una oiran del más bajo nivel.

Se detuvieron al llegar a una posada. Inuyasha pidió una habitación matrimonial y la arrastró arriba. Cuando llegaron, cerró la puerta de golpe y la besó. Necesitaba consuelo, cariño y sentirse amado. Muy bien, eso podía dárselo. Le ayudó a quitarse sus propias ropas y, luego, se quitó ella misma la yukata. Inuyasha la empujó sobre el futón se puso encima y la tomó con fuerza y delicadeza al mismo tiempo. No hubo para ella nada que no resultara placentero, ni hubo descanso para él. Le pareció perfecto. Lo deseaba a un nivel que ni siquiera podía explicar. Cualquier cosa estaba bien si era con él.

Para cuando la sacudió la última embestida, necesitaba tomar aire con la boca bien abierta. Inuyasha la había presionado contra el futón con todo el peso de su cuerpo, la había besado sin permitirle coger aliento y el movimiento de sus caderas había requerido de ella toda su resistencia física. Lo repetiría mil veces seguidas, sin descanso. Era una forma hermosa de morir, entre sus brazos, amándose. Y pensar que tan solo un día antes le resultaba tonta y ridículamente femenina la idea del amor. Eso era porque no lo había conocido. El amor estaba ahí ante sus narices: maduro, poderoso y hermoso.

Su poderoso guerrero se sentó de espaldas a ella. La coleta que recogía su cabello en la coronilla se había deslizado sobre uno de sus hombros. Pudo contemplar por primera vez la piel desnuda de su espalda. Se habría detenido a disfrutar de cada poderosa forma si no fuera por la cicatriz que observó a la altura del pecho, cerca del corazón. Alguien lo había apuñalado por la espalda. De repente, lo comprendió todo. No creía que él estuviera hablando de forma tan literal cuando lo dijo. Lo interpretó de una forma metafórica. En realidad, esa mujer sí que intentó matarlo.

Tocó la cicatriz con las puntas de los dedos. Inuyasha reaccionó inmediatamente; se levantó y se dirigió desnudo hacia las ventanas correderas de tela. El tejido era tan fino que podían ver la calle desde dentro sin poder ser vistos. Se levantó también desnuda y lo siguió. No podía simplemente dejarlo pasar.

— Te lo hizo esa yuujo, ¿verdad?

En respuesta, se encogió de hombros.

— Inuyasha…

— No era yuujo cuando yo la conocí… — musitó.

— ¿Y qué era?

— Una simple campesina. La salvé de una masacre en un pueblo y la llevé a la capital. Creía que me amaba…

Le acarició con delicadeza la zona lumbar de la espalda. Inuyasha no se resistió y le dejó hacer para su alivio. Temía que volviera a rechazarla como unos instantes antes. Si quería hablar, lo escucharía. Si prefería el silencio, también lo aceptaría. Solo intentaría no parecer celosa. No tenía derecho a sentir celos de una mujer que formó parte de su pasado y nada más. El hecho de que ella no hubiera encontrado a alguien a quien amar antes, no significaba que todos los demás se sintieran de igual modo. Sabía que había personas que encontraban a alguien a quien amar en más de una ocasión en la vida. Eso no significaba que amara más o menos a cada persona. Simplemente, que amaba de un modo que no podía ser comparado.

— En realidad, solo estaba enamorada de mi fama y de mi poder…

Eso cuadraba con el tipo de mujer que le había parecido aquella.

— Cuando tuvo a mano al daimyō, yo pasé a ser el segundón…

Sus propias palabras se le calvaron en el pecho como puñales. Fue ella quien llamó segundón a Inuyasha para intentar apartarlo. Se había percatado de que esas palabras le producían dolor, pero no imaginaba que fueran tan afiladas para él. En el pasado, ya lo habían abandonado por el daimyō, ya lo rechazaron por un hombre con más poder. ¿Cómo debió sentirse cuando ella le dio la espalda por no ser lo bastante bueno? ¡Estúpida! No tenía ni idea de lo que se estaba perdiendo. Inuyasha amaba con todo lo que tenía, lo ponía todo sobre la mesa, sin esconder nada. Pocos hombres había como él.

— ¿Por qué te hizo esto? — se atrevió a preguntar acariciando de nuevo la cicatriz.

— Porque me puse celoso e intenté interponerme… — admitió — La acorralé y le dije que lo dejáramos todo y nos marcháramos. Kikio dijo que sí y yo la creí de nuevo.

Así que se llamaba Kikio… Se dijo a sí misma que ese era un nombre que jamás podría olvidar.

— ¿Qué pasó?

— La noche que supuestamente íbamos a escaparnos, me abrazó. No llevaba armadura, estaba vestido de campesino para pasar desapercibido. Entonces, cuando yo le di toda mi confianza, ella me clavó un tantō… — golpeó con el puño cerrado la pared — Recuerdo que lo último que vi antes de que me desvaneciera fue su sonrisa. Esa era la auténtica Kikio.

Aquello era horrible. Se acercó hasta que su cuerpo quedó completamente pegado al suyo y lo abrazó desde atrás. Debió haber sufrido tanto.

— Para mi suerte, Kikio no atacó un punto vital aunque fue por poco. La descubrieron, ¿sabes? El daimyō adivinó exactamente lo que había sucedido y me hizo llevar convaleciente sobre una camilla al salón principal. Estábamos Kenshin, Kikio y yo.

A medida que el relato avanzaba se sintió más y más inmersa en él. En cierto modo, formó parte de la historia y experimentó lo que sufrió Inuyasha. Desearía haber estado allí para protegerlo de las malas artes de esa mujer.

— Kikio se inventó una absurda historia sobre que yo la había forzado y no sé qué más… — desdeñó los detalles — El daimyō, por supuesto, no se creyó ni una palabra. Al verse atrapada, Kikio le exigió que eligiera entre ella y yo. ¡Necia! — exclamó — Aquel fue el mayor error que podría haber cometido. Kenshin nunca la había amado, solo se divertía…

El libertinaje de Kenshin junto a su alcoholismo eran legendarios incluso en su provincia. Al principio, creyó que eran solo rumores que se contaban para romper la ilusión de un daimyō poderoso, pero, al viajar allí, descubrió que las habladurías eran totalmente ciertas. El verdadero mérito de ese hombre era continuar vivo a pesar de sus vicios.

— Me eligió a mí e hizo que la echaran del castillo. Nunca había vuelto a saber nada de ella hasta hoy…

— Lo lamento mucho, Inuyasha.

— ¿Por qué lo lamentas?

— Porque te ha dolido ver cómo ha acabado… — se explicó.

— No creas que es menos de lo que una mujer como ella merece. Se comportaba exactamente así antes de empezar a cobrar por hacerlo.

— Pero habrías deseado otra cosa…

Inuyasha se volvió y la tomó entre sus brazos. Hundió la cabeza en el hueco entre su hombro y su cuello y aspiró su aroma, tal y como solía hacer. A él le gustaba su olor. Lo abrazó con los brazos alrededor de su cuello y suspiró de placer. Si estaba en su mano, él jamás volvería a sufrir de esa forma. A pesar del horrible pasado que lo había marcado, le había dado todo su amor incondicionalmente, y no obtendría menos entrega de ella que eso. Se negaba a ser un recordatorio de lo que Kikio le hizo. Ella sería la mujer a la que él amaría por el resto de sus días.

— Inuyasha…

— Tengo que salir a comprar unas cosas para el viaje.

Asintió con la cabeza sin dejar de abrazarlo. A lo mejor no era ese el momento de decirle lo que sentía por él. Esperaría hasta que regresara. Inuyasha tenía pinta de necesitar tomar el aire. Le daría tiempo para que diera un paseo, comprara cuanto fueran a necesitar y se relajara. A la vuelta, le confesaría lo que sentía. Después, se marcharían a otra provincia, se casarían, tendrían hijos y vivirían felices. La imagen de ellos dos labrando juntos el campo para tener su propio huerto le arrancó una sonrisa.

Se puso una sencilla yukata blanca de las que dejaba la posada para los viajeros y se sentó sobre el futón para contemplarlo mientras se vestía y volvía a convertirse en el general Inuyasha Taisho. No temía que fuera a buscar a Kikio; no le preocupaba en absoluto. Creía ciegamente en su lealtad.

— Volveré en seguida.

Antes de que se marchara, lo agarró y lo besó. Quería que siempre la saludara y se despidiera de ella con un beso. Esa era una tradición nueva para ellos que pensaba instaurar con la máxima prontitud. Inuyasha sonrió y cerró la puerta tras él al salir.

Kagome sería su esposa, ya estaba decidido. Para todos aquellos con los que se encontraran, ya estaban casados. Para sus adentros, ya estaban casados. Ahora bien, necesitaba hacerlo en condiciones. Necesitaba que ella lo supiera. En cuanto estuvieran fuera de la provincia, se casarían en el primer templo con el que se toparan. Ojalá para entonces Kagome no se viera muy embarazada. No quería que nadie pusiera en duda los motivos por los que se casaban. Se casaban porque estaban enamorados. Bueno, él la amaba con absoluta seguridad y ella debía sentir algo si había cambiado de esa forma su actitud respecto a él.

Se dirigió primero hacia la tienda de kimonos donde anteriormente había comprado la yukata rosa para Kagome. Tenía que comprar otro par de yukatas para ella, quizás algún kimono femenino, getas y ropajes más humildes para él. Nadie tenía que sospechar nada de su posición cuando salieran de la provincia. Lo único a lo que no pensaba renunciar era las armas. Nunca se sabía cuándo podrían necesitarlas y Kagome era una hábil luchadora. Lamentaba no habérselo dicho, pero, cuando estaba a punto de hacerlo, ella lo besó y se olvidó de todo. Ella era preciosa, la mujer más bella que nunca había tenido el placer de mirar e incluso tocar. No podía menos que inflar el pecho con orgullo porque Kagome era suya, tan suya como podía serlo.

Su siguiente parada fue el mercado. Necesitarían provisiones de la más larga duración posible. Compró pescado seco, frutos secos, algunas verduras y fruta. Tendrían que dar cuenta de la fruta y la verdura lo primero. Tal vez las manzanas duraran más. ¿Qué más necesitaban para el viaje? Con la manta de viaje que tenía sería suficiente; podían acurrucarse los dos en ella. Le vino a la cabeza de golpe. Kagome podría necesitar jabón, perfume, un cepillo… objetos de tocador en general. Encontró todo lo que necesitaba gracias a las indicaciones de los propietarios del restaurante en el que repostaron.

Mientras escogía algunos adornos para el cabello solo por el placer de ver la cara que pondría Kagome cuando los viera, una voz conocida lo interrumpió.

— ¿Buscando regalos para tu esposa?

Dejó caer la peineta que tenía entre sus manos y volvió la cabeza sobre su espalda. Kikio de nuevo. Se volvió para no perderla de vista. No volvería a darle la espalda a esa mujer jamás.

— Veo que la cuidas mucho…

También la cuidó a ella una vez a cambio de su desprecio. Cogió cuanto había escogido y lo llevó al mostrador para que se lo cobraran sin hacer caso de la morena. No caería en su juego. No le daría el gusto de contestar a sus groserías y sus insinuaciones para su deleite.

Cuando salió de la tienda, Kikio lo siguió. Le dirigió una dura mirada que tendría que haber dejado claro que debía marcharse. Lejos de sus deseos, la mujer se acercó más él. Tan cerca que podía ver el nacimiento de sus pechos bajo un kimono flojo y caído sobre sus hombros. No encajaba en absoluto en el modo de vida humilde de aquella diminuta aldea. ¿Quién pedía sus servicios? Dudaba que Kikio se ofreciera por lo poco que aquellas personas podían pagar.

— Te he echado de menos… — jugueteó con el pliegue de su hakama — Seguro que no me has podido olvidar…

Sujetó su muñeca para evitar que continuara con aquel juego. Ya no era su marioneta.

— Te aseguro que no te he olvidado.

— No deberías estar enfadado, solo fue…

— Fue suficiente para abrirme los ojos. — la apartó de un empujón — No vuelvas a cruzarte en mi camino si sabes lo que te conviene y, sobre todo, no te acerques a mi esposa.

— ¡Ella no te ama! — la serpiente al fin atacó — ¡Nunca te amará! ¿Quién podría amarte a ti cuando podría tener a un daimyō? ¡Lo perdí por tu culpa!

Intentó atacarlo con un tantō que había ocultado bajo el obi. Le agarró la muñeca dolorosamente hasta que se vio obligada a soltarlo y, luego, volvió a empujarla. En esa ocasión, se cayó sobre las posaderas en el suelo.

— Nunca vuelvas a acercarte a nosotros.

La dejó sin temor a ningún tipo de represalia. Kikio no era en absoluto una amenaza para él o para Kagome. Estaba acabada. Se sintió completamente liberado. La carga de lo que Kikio le hizo en el pasado había pesado sobre sus hombros durante demasiado tiempo. Un nuevo amor se había abierto camino, echando abajo todas sus defensas, pero la herida que Kikio todavía supuraba. Haberla visto de nuevo, recordar su forma de ser, conocer la forma en que acabó… le había servido para desligarse de ella definitivamente. Era más libre de lo que lo había sido en mucho tiempo. Libre para amar incondicionalmente.

Tenía intención de hacerle el amor a Kagome en cuanto la viera. La seduciría, la cortejaría y la convencería de que él era el hombre de su vida. Con esa intención, entró en el dormitorio que habían alquilado. No obstante, el habitáculo vacío que lo recibió no era lo que él esperaba. La yukata que le compró y la yukata de la posada estaban en el suelo. Corrió hacia el saco. Había desaparecido su traje de ninja, sus armas y el pergamino. Todo era mentira… Otra mujer le había engañado.

Continuará…