Capítulo 5

Le había engañado para que él se confiara y bajara la guardia. Entonces, le había quitado el valioso pergamino y se había marchado aprovechando la ventaja que le sacaba. Podría estar en cualquier parte en ese momento. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado. Seguramente, no la más evidente. Puede que incluso tuviera refuerzos esperándola en alguna zona para cubrirla mientras le llevaba el pergamino a su daimyō. Mientras tanto, él estaría ejecutando a la perfección el papel de perfecto idiota, de necio, de estúpido.

Se dejó caer sobre el futón en el que habían hecho el amor apenas un par de horas antes, consternado. Utilizó a ambas manos para masajearse las sienes aunque era el corazón precisamente lo que más le dolía. Otra vez. Otra mujer. ¿Acaso no había aprendido la lección? Incluso le había confesado a Kagome sus más íntimas confidencias, su pasado, su dolor, el miedo al rechazo, a la traición y al olvido. ¡Cuánto debía haberse reído de él mientras le abría su corazón! Por dentro debía de estar doblándose por la risa mientras que por fuera interpretaba a la perfección el papel de mujer compasiva, cálida y sensible. Había creído en ella con todo su ser.

La culpa era suya por obsesionarse de esa manera con una mujer. Ya con Kikio le pegó fuerte, pero nada en comparación con la locura que le había producido Kagome. Por ella había estado dispuesto a hacer cualquier cosa, no tenía límite alguno. Lo había tenido en la palma de su mano y lo manejó a su antojo porque él se dejó. Estaba tan obcecado, tan deseoso de tenerla que habría hecho cualquier maldita cosa. Si bien el vicio fatal de Kenshin era el alcohol y las mujeres, su vicio fatal era Kagome. Bien, había tocado fondo. ¿Qué debía hacer entonces?

Se levantó de un salto, consciente de que no perseguiría a Kagome. ¿Para qué hacerlo? Si la alcanzaba, no sería capaz de hacer lo que tenía que hacer. No la mataría, no le haría daño de nuevo, así que acabarían otra vez en el mismo punto muerto. Iba siendo hora de dejarla marchar, antes de que lo destruyera. En ese momento, lo que debía hacer era concentrarse en recuperar su maldita vida. A lo mejor todavía no era lo bastante tarde para presentarse en su puesto y hacer como que nada había sucedido. Simplemente, se desvió siguiendo una pista que resultó ser falsa. Ojalá el daimyō le creyera.

Caminó hacia la ventana, donde había abrazado a Kagome, desnudos. El solo recuerdo le produjo una picazón en el pecho. Por unos instantes, había sido tan feliz, se había sentido tan en paz y tan libre que habría llorado de felicidad. Todo mentira. Dejó caer la mano, acariciando el marco de madera. Algo le cortó.

Apartó la mano de golpe y se miró el dedo anular. Había un pequeño corte, una línea roja que apenas sangraba. Se inclinó para inspeccionar el marco de madera. Clavado en él, encontró la punta metálica de Kagome. ¿Por qué la dejaría allí? Entonces, una idea se le vino a la cabeza. Recuperó el saco, lo cargó sobre el hombro y corrió hacia la casa del placer donde vieron a Kikio por primera vez. Tenía que confirmar sus sospechas porque de ellas dependía la vida de Kagome.

Entró sin ceremonias, ignorando a la administradora. Encontró a Kikio en una de las habitaciones superiores, cepillándose el cabello. Palideció al verlo a través del espejo, como si él fuera un fantasma. Corrió hacia ella, la agarró y la obligó a volverse bruscamente.

— ¿Quiénes son tus clientes? — exigió saber — Este lugar es demasiado humilde, no podrían permitírselo.

— No sé de qué hablas…

— ¡Claro que lo sabes! No aceptarías viruta de unos campesinos toscos…

El terror inicial de Kikio se vio sustituido por una sonrisa de satisfacción. Esa bruja lo había planeado todo.

— Creo que ya lo sabes…

— ¡Dilo! — ordenó.

— Ninjas de la corte de nuestro daimyō.

Ninjas como aquellos que los atacaron en el bosque. Quizás estaban allí por casualidad, ni siquiera los buscaban.

— ¿Qué les dijiste? — la sacudió mientras la interrogaba — ¿Les hablaste de ella?

— Ninguno sabía que estabas casado… — se agitó entre sus manos, tratando de zafarse — ¡Me resultó muy curiosa su expresión cuando se lo conté!

— ¿Qué les contaste?

— Que apareciste por aquí con una joven esposa de cabellos azabaches.

El escuadrón de ninjas debió atar cabos, tal y como lo estaba haciendo él en ese instante. Probablemente, la obligaron a recoger sus cosas amenazándola con sus armas. No habría podido defenderse de todos ellos y, seguramente, la atacaron por sorpresa. Para él, prepararon un escenario que imitaría a la perfección la traición de la mujer. ¡Se la habían llevado! Probablemente, ya estuvieran de camino al palacio del daimyō para que ella fuera ejecutada. ¡Tenía que darse prisa!

Soltó a Kikio de golpe y echó a correr. La escuchó llamarlo a su espalda, pero ni siquiera pestañeó. No había nada más de esa mujer que le interesara. En esos momentos, lo único que tenía que hacer era cabalgar para salvarle la vida a Kagome aunque eso supusiera situarse públicamente en contra del daimyō. Ni siquiera sabía si serían capaces de salir del castillo una vez estuvieran dentro los dos. Probablemente, aquella se convertiría en su tumba.

Su caballo ya había descansado. Montó sobre su grupa y lo espoleó para que iniciara la carrera. Tenían que llegar a la capital lo antes posible.

Sus intentos por retrasar la marcha no habían surtido el menor efecto. Aquellos ninjas eran mucho más inteligentes que el primer grupo con el que se encontraron en el bosque. Deseó que Inuyasha encontrara la punta con todas sus fuerzas. No deseaba que la siguiera, no quería su muerte, pero sí que comprendiera que no lo había traicionado. Después de que él le abrió su corazón y le mostró el daño que le hicieron, no podía permitir que creyera que ella era como Kikio. Si tenía que morir, quería hacerlo sabiendo que él conocía la verdad.

Se miró las manos atadas con una mueca de fastidio. Volvía a llevar su ropa de ninja, pero le quitaron las armas; en ningún momento pudo tocarlas. Recogieron todas sus pertenencias para hacerle creer a Inuyasha que ella lo traicionó. ¿Por qué ser tan crueles? Porque conocían su traición hacia el daimyō. La culpa fue de Kikio. Su resentimiento hacia él no tenía límite a pesar de que era la víctima, de que no hizo nada malo. Les habló de ellos a los ninjas y los ninjas comprendieron inmediatamente que la mano derecha de Kenshin lo estaba traicionando al proteger a una enemiga.

¿Qué sería de Inuyasha después de que Kenshin la ajusticiara? ¿Podría perdonarlo? Inuyasha era un general muy valioso para él, no podía ejecutarlo tan fácilmente. Sin embargo, sabía de muy buena tinta que un daimyō inteligente no perdonaría la traición, y Kenshin no era tonto. No entendería que Inuyasha lo hizo por amor, no entendería que no era su intención hacerle ningún daño. Solo querría hacerlos desaparecer a los dos del mapa. Nada más.

Alcanzaron el otro lado del bosque a galope antes de lo que hubiera deseado. Ni siquiera habían caído todavía las luces del alba. Allí estaba de vuelta. La primera vez que lo vio, pensó que no sería capaz de escapar de ese sitio, que aquella sería su última misión. Pues, muy bien, tuvo razón. Estaba de vuelta, no pudo escapar realmente. Todo fue una ilusión.

— Te espera tu destino.

Aquel ninja era un maldito cerdo. Desde que la acorralaron, no había hecho más que repetirle lo que sería de ella por el delito cometido. Le encantaría ver como la ahorcaban, la quemaban viva, la guillotinaban, la lapidaban… y así una lista interminable de muertes. Por supuesto, todo aquello después de haber abusado de ella convenientemente. Le había tocado los pechos como si creyera que tenía derecho a hacerlo. Si Inuyasha lo hubiera visto, le habría cortado las manos antes de matarlo. El muy idiota creía que el daimyō la entregaría para que se divirtieran con ella antes de ejecutarla. En todo caso, sería Kenshin quien se cobrara lo que le prometió la otra noche.

Tiró de las cuerdas una vez más, tratando de deshacer el nudo. Estaban demasiado tensas. No podía liberarse, no sin algo afilado. Había arriesgado su punta afilada por amor y no se arrepentía de su decisión. Eso sí, si lograba sobrevivir a aquello, a partir de entonces llevaría más de una punta encima.

El chirrido del puente levadizo al caer provocó que se le erizara hasta el último vello del cuerpo. Otra vez allí. Los cascos de los caballos fueron el único sonido que se escuchó mientras lo atravesaban. En lo alto de la muralla, los guardias la miraban como si fuera escoria. Al otro lado, los esperaba la élite de los samuráis. En verdad era un honor que se hubieran tomado tantas molestias por una simple mujer. Los escudriñó percatándose de que, en un caso normal, Inuyasha habría estado entre ellos o liderándolos. Al fin y al cabo, él era el general de más alto rango. Debería estar ahí y no en búsqueda y captura por traición. Los ninjas que la secuestraron no se quedaron a enfrentarlo porque sabían que no podrían ganar.

Los samuráis no solían casarse. En su credo se encontraba, de hecho, esa "norma". Inuyasha no parecía estar en absoluto de acuerdo con esa normativa. Él había amado y deseaba amar, tener familia. No era algo insólito que un samurái contrajera nupcias, solo algo muy poco común por sus creencias. Inuyasha quería formar parte de ese grupo reducido de samuráis que formaban una familia. Podía entenderlo. A pesar de la grandeza y el honor, le resultaba un tanto solitaria esa vida. Todos ellos parecían tristes.

El ninja con el que había cabalgado la bajó del caballo al mismo tiempo que él. Uno de los samuráis dio un paso al frente automáticamente.

— ¿Qué es lo que queréis? — los retó el ninja — No se os encomendó esta misión.

— Cuidado con lo que dices, ninja. No os debemos lealtad, ni obediencia a ninguno de vosotros.

El ambiente se volvió tan tenso que podría cortarse con una katana. En su provincia también había ciertas asperezas entre ninjas y samuráis.

— ¿Y a quién le debéis lealtad si se puede saber?

La pregunta iba con segundas. El samurái de cabello castaño y ojos grises dio un paso al frente con una mano sobre la empuñadura de su katana. Se preguntó quién sería más hábil de los dos.

— Debemos lealtad a nuestro daimyō y al general Inuyasha Taisho.

— ¡Traidor! — exclamó el ninja — ¡No merece la lealtad de nadie! — a continuación escupió en el suelo a modo de insulto — No es más que un…

La punta afilada de una katana se instaló a menos de un dedo de distancia de la nuez de la garganta del ninja. Este cerró la boca abruptamente. Pudo notar que le temblaban las manos. Si no estuviera rodeada de habilidosos guerreros que habían aprendido el arte de la guerra en el campo de batalla, aprovecharía esa oportunidad.

— Cuida tu lengua, ninja. Créeme cuando te digo que nadie te echará de menos.

De un fluido movimiento, apartó la katana de su garganta y volvió a envainarla.

— Estamos esperando a nuestro general y aquí permaneceremos hasta su regreso. Créenos, regresará, y tendrás que tragarte tus palabras.

En esa ocasión, el ninja no se atrevió a contestar, se reservó toda su altivez para sí mismo. No era tan tonto. De hecho, ella bien sabía que era un hombre calculador.

— Mientras tanto, más te vale que no le suceda nada a la mujer.

— Eso lo decidirá el daimyō.

— Para entonces, el general estará de vuelta. Pretende que la vista se lleve a cabo a las dos, después de su almuerzo.

Así que a las dos del mediodía se decidiría su destino…

— Hasta entonces, si ella sufre cualquier golpe, magulladura o abuso, tendrás que responder ante cada uno de nosotros. Inuyasha la querrá intacta.

— Tú no puedes…

— ¡Claro que puedo! Soy Miroku Ishida, tercero al mando y el general suplente de Inuyasha en su ausencia. Obedecerás mis órdenes hasta que el daimyō exija que ella se presente ante él. De no hacerlo, me ocuparé personalmente de que Inuyasha conozca tus fechorías.

Finalmente, el ninja tuvo que aceptar sus condiciones. Asintió con la cabeza y tiró de ella para hacerle andar. Los samuráis se mantuvieron firmes frente a ellos durante unos instantes, haciendo una demostración de fuerza. Después, les abrieron paso con una sonrisa que no inspiraba demasiada confianza. Tiraron de ella para obligarle a caminar y la guiaron hacia el castillo. Una vez dentro, la arrastraron hacia unas escaleras que llevaban al subsuelo y le hicieron caminar por unos pasillos oscuros hasta que llegaron a una celda. Su captor la soltó sin ningún cuidado dentro y cerró con llave.

— Interceptad a Inuyasha en el bosque.

— Pero señor, los samuráis…

— No tiene por qué enterarse. Matadlo si podéis o, al menos, retrasadlo lo máximo posible.

— ¡No!

Corrió hacia la puerta, donde intentó sacar los brazos inútilmente. Seguía teniendo las manos firmemente atadas, no podía hacer nada.

— Nadie te va a sacar del lío en el que te has metido ladronzuela…

— ¡Soy una ninja!

Las carcajadas del grupo fue la única respuesta que recibió. Estaba harta de que los hombres se rieran de ella cada vez que proclamaba su profesión. Era una ninja al igual que ellos y, si no la hubieran acorralado de esa forma, les habría enseñado una lección que jamás olvidarían antes de que lograran capturarla.

— Empiezo a hartarme de ti y de Inuyasha. No va a salir impune de esto, no después de habernos traicionado a todos…

Algo en su forma de hablar le indicó que ese hombre guardaba rencor a Inuyasha por algo más que los sucesos de los últimos días. Aquello se trataba de una cuenta pendiente.

— ¿Qué tienes en su contra?

Se volvió hacia ella con la mirada de un depredador.

— ¡Yo debí haber sido el general!

Envidia. ¡Cómo no! ¿Qué más que envidia podía ser?

— El daimyō prefirió relegarme a las sombras y el anonimato. Ahora, le haré ver lo mucho que se equivocó.

Estuvo gritando, pidiendo ayuda, hasta mucho después de que los ninjas se marcharan. Necesitaba que alguien se acercara, quien fuera, para revelarle el plan de los ninjas para procurar la caída de Inuyasha. Lo que en un principio había comenzado siendo un robo a un daimyō, se había tornado en una oscura y secreta trama de la que empezaba a formar parte. Inuyasha estaba en peligro, no imaginaba cuánto. Aunque lograra salir victorioso en esa ocasión, siempre tendría a ese hombre conspirando en su contra entre las sombras. Cualquier día, el que creía que era un aliado le clavaría un tantō por la espalda. ¿Qué podía hacer para advertirle?

Se dejó caer sobre el suelo de la celda y contempló la oscuridad en un silencio solo interrumpido por sus leves sollozos. Había terminado en una celda, algo que siempre temió. Sin embargo, lejos de todo pronóstico, lo más sorprendente era que no le preocupaba en absoluto su destino. Lo único que ocupaba su mente era Inuyasha y su futuro. ¿Qué sería de él? El peligro no finalizaría para él aunque el daimyō decidiera perdonarlo. Tenía que haber algo que ella pudiera hacer. ¡El daimyō! Cuando la llamara para someterla a juicio, podía contárselo todo. Podía no creerla después de cómo lo engañó, pero quizás lograra hacerle dudar lo suficiente como para que sospechara del ninja. Tenía que intentarlo.

Los ninjas regresaron en su busca horas después. La agarraron, uno de cada brazo, y la arrastraron como a cualquier condenado a lo largo de los pasillos y las escaleras hasta la parte superior del castillo. La luz de mediodía entraba a raudales a través de las ventanas y los portones abiertos. No vio ninguna figura aparte de la de los samuráis que le resultara familiar. Inuyasha aún no había llegado. ¿Y si lo habían matado? ¡No podía ser! Inuyasha era muy diestro con la katana, un gran guerrero, un samurái. No se dejaría vencer tan fácilmente.

Con esa ligera esperanza, dejó que la llevaran hasta el salón donde sería juzgada. Solo había un asiento, aquel que ocupaba el daimyō a lo alto de una escalinata. A ella la lanzaron a los pies de la escalinata como si fuera un saco. Para cuando se puso de rodillas, dos soldados, uno a cada lado de su cuerpo, la guardaban. Si intentaba cualquier movimiento sospechoso, la matarían.

— Un placer volver a verte, ¿Akane?

El nombre falso que le dio. Respiró hondo y se dispuso a contestar.

— Kagome, Kenshin-sama.

— Kagome… — repitió — Me gusta más.

El daimyō sacó el pergamino que ella le había robado del pliegue de su kimono y lo lanzó en el aire como si se tratara de un juguete. Ahí estaba la prueba de su delito.

— ¿Ha visto alguien el contenido de este pergamino?

— Solo yo cuando comprobé que era lo que buscaba.

— ¿Nadie más? — insistió.

— Puede que el general Inuyasha, no sabría decirlo.

— Él ya lo conocía.

Volvió a guardarlo, como si hubiera perdido toda relevancia en la conversación.

— Conoces el castigo por tu delito.

— ¡Lo sé, Kenshin-sama, pero tiene que escucharme!

Los soldados que la flanqueaban se pusieron en alerta por su tono aunque en ningún momento la amenazaron.

— ¡Inuyasha está en peligro! ¡Y puede que usted!

— No creo que…

— ¡Él ha enviado hombres para matarlo!

El filo de una katana rozó su garganta cuando se movió para señalar con la cabeza al ninja que se apostaba a un lado del daimyō. No le importó. Ya no tenía nada que perder, pero sí mucho que ganar si le mostraba la verdad al daimyō.

— ¿Qué quieres decir con eso, querida?

— No la escuche, Kenshin-sama. — el ninja intentó desviar su atención — Solo son mentiras para ganar tiempo.

— ¿Tiempo para qué? — desdeñó su comentario con un ademán — Habla, querida.

— Quiere su cargo, quiere ser general… ¡Intenta matar a Inuyasha! ¿Por qué no intentaría matarlo a usted también en un futuro?

El daimyō se rascó la barbilla en actitud pensativa. El ninja al que ella había acusado le susurraba mentiras al oído para intentar desacreditarla. Tenía que creerla aunque fuera porque estaba dispuesta a dar su vida por la verdad. Antes de que se ofreciera en sacrificio de esa forma, las puertas se abrieron a su espalda. Apenas volvió la cabeza sobre el hombro para ver a Inuyasha seguido de los samuráis que la recibieron al llegar.

— ¡Inuyasha!

Inuyasha ignoró la llamada del daimyō. Se detuvo a su lado y golpeó a los hombres que habían sido colocados en torno a ella. Después, la levantó de una sacudida, le cortó las cuerdas que la mantenían amarrada y la abrazó contra su pecho. Estaba bien, estaba a salvo. ¡Vivo!

— ¿Qué significa todo esto, Inuyasha?

— ¡Traidor! — gritó el ninja.

— ¡El único traidor aquí eres tú, Naraku! — respondió — Has enviado a tus hombres al bosque para que me maten y has mentido y embaucado a tu gusto para conseguir cuanto querías, bastardo.

— Quiero una explicación. — exigió el daimyō.

El ninja al que Inuyasha llamó Naraku intentó dársela, pero el daimyō lo rechazó.

— Quiero escuchar a mi hijo adoptivo.

Aquellas palabras desquiciaron por completo a Naraku. Sacó un tantō e intentó clavárselo al daimyō, pero el samurái que anteriormente se hizo llamar Miroku apareció de la nada y le cortó el brazo que sostenía el arma. El hombre cayó al suelo de rodillas con un alarido de dolor. Después, Miroku colocó el filo de la katana junto a su cuello, a la espera de cualquier indicio de movimiento. El daimyō ordenó que lo encerraran en una celda para que se pudriera allí el resto de sus días.

Cuando se lo llevaron, su juicio se reinició. En esa ocasión, Inuyasha permaneció a su lado, sujetándola entre sus brazos. Los samuráis también se quedaron tras él, entregándole todo su apoyo.

— Así que te has enamorado de la mujer… — reflexionó el daimyō en voz alta — Ella ha cometido un delito que se paga con la muerte, Inuyasha.

— Lo sé, Kenshin-sama.

— Si la dejo con vida, ¿asumirás tú la responsabilidad sobre cualquier acto que realice en adelante?

— Sí, Kenshin-sama.

— ¿Permitirás que trabaje para mí como una ninja más hasta que pague su deuda conmigo?

No aceptó tan rápido eso último. Notó cómo se tensaba mientras que ella se sintió valorada. El daimyō no debía considerarla una inútil si estaba dispuesto a confiarle misiones para la provincia. Se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla a Inuyasha y asintió con la cabeza. Inuyasha suspiró en aceptación.

— De acuerdo, pero no trabajará mientras esté embarazada o tengamos bebés que la necesiten.

— Por supuesto. — aceptó — Veo que tienes planes de futuro. ¿Cuándo será la boda?

— Lo antes posible.

Y eso fue todo. El daimyō les dio la enhorabuena y se comportó como si nada hubiera sucedido en los últimos dos días. Después, los samuráis con los que Inuyasha se había criado también se acercaron a conocerla. Inuyasha se mostró muy complacido cuando le contó que la protegieron de las fechorías de Naraku y de los ninjas que lo servían. Había entre ellos un fuerte lazo de amistad que admiró. Nunca había tenido amigos. Los hombres no querían ser amigos de las ninjas mujeres y a las mujeres no les gustaba su maldito cabello rizado. Le sorprendió que nadie hiciera un solo comentario sobre su cabello, que nadie le mirara la cabeza o se apartara de ella como si tuviera la peste.

En cuanto se quedaron solos, se lo comentó a Inuyasha, y él se rio a carcajadas en respuesta.

— Aquí nadie cree en ese tipo de supersticiones, Kagome.

Sin duda alguna, había crecido en la provincia equivocada. Se abrazó a Inuyasha, comprobando de nuevo que se encontraba perfectamente. Le sorprendió que él tomara su mano y la mirara con tanta sobriedad. ¿Había hecho algo mal?

— He declarado que me casaré contigo sin habértelo pedido antes. ¿Te molesta? Si prefieres que te libere de…

— ¡No! — se apresuró a contestar — No quiero que nada cambie. Me gusta estar justo donde estoy ahora.

Entre sus brazos, juntos.

— Sabes que te amo… — le dio un tierno beso en la frente — Pero yo no sé si tú sientes lo mismo…

Porque los separaron justo cuando ella iba a decírselo. Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas pegando su pecho contra el suyo y lo besó.

— ¿Cómo no iba a amarte yo al mismo tiempo?

Sonrieron contra los labios del otro.

— ¿Sabes que eres un ángel?

— ¿Un ángel? — repitió la joven sin entender.

— Eso fue lo que pensé la primera vez que te vi, que parecías un ángel de la noche…

No pudieron pronunciar una sola palabra más, no mientras se besaban, y se besaron por mucho tiempo. Quizás su amor fuera apresurado e inesperado, pero era tan auténtico como aquel que había sido cuidado y madurado con el tiempo. Nada, ni nadie podría volver a separarlos de ahí en adelante. Su amor había triunfado.

FIN


Os recuerdo que hay epílogo para la semana que viene.