Bueno, pues, como todo lo bueno, este fanfic se ha acabado. Tengo otras cosas pensadas, empezadas y bastante avanzadas, pero creo que voy a estar unas semanas sin publicar. Mi marido y yo acabamos de comprar casa y vamos a empezar a reformarla la semana que viene, así que estaremos muy liados. Intentaré volver, como muy tarde, para la navidad. Hasta entonces, ¡que os vaya todo muy bien!


Epílogo

Período Azuchi-Momoyama.

Habían pasado exactamente cinco años desde que él y Kagome se conocieron en la fiesta de cumpleaños del daimyō Kenshin. Dos semanas después contraerían nupcias con el propio daimyō como uno de los testigos de su matrimonio. Al mes tendrían una preciosa casa con sirvientes. A los dos meses, sabrían que Kagome estaba esperando un hijo. La vida les había sonreído desde entonces.

La única sombra que amenazaba su familia era la del daimyō Shingen, el cual, de un modo u otro, había terminado por descubrir que Kagome, lejos de haber muerto durante la misión, había terminado casada con el general Inuyasha Taisho, hijo adoptivo y mano derecha de Kenshin. Furioso con ella, había intentado matarla. Su casa estaba continuamente amenazada y le ponía enfermo tener que agachar la cabeza y asentir cuando el daimyō empezó a asignarle misiones. Por suerte, a los tres meses de que ella estuviera en activo, Shingen falleció. Con él, murió todo indicio de amenaza hacia ellos. Lo que nadie sabía era que el daimyō bebió de forma totalmente descontrolada durante días y lloró como un bebé por la pérdida de su peor enemigo y su mejor amigo al mismo tiempo.

A los dos años de haber nacido su hija, la primogénita, Kagome se quedaría embarazada otra vez por decisión mutua. De ese segundo embarazo, nacería un niño de cabellera azabache rizada como la de la madre. La primogénita, Hikari, heredó sus cabellos plateados lisos y la mirada intrépida de la madre. El menor, Kaito, aunque era aún muy pequeño, apenas un año, tenía una mirada sensata y actitud razonable. Eran tan distintos como el agua y el aceite, y los amaba con todo su ser sin importar las diferencias.

Al descorrer la puerta de entrada de su casa, escuchó los inconfundibles pasos de su hija sobre su cabeza, en el piso superior. Se dirigía hacia él a la carrera, una costumbre que había adoptado desde que empezó a caminar y a volverlos locos.

— ¡Papá!

Sus pasos se escucharon en la escalera. Solo tuvo tiempo de dar un paso adelante con los brazos extendidos para recogerla cuando se lanzó sobre él. A veces, le daba la impresión de que su hija creía poder volar. De lo contrario, no entendía esa manía suya de saltar por los aires. Algún día, sería otro el hombre al que volvería loco. Por eso, a pesar de que le estuvieran saliendo canas por la preocupación, decidió que disfrutaría de cada instante junto a ella.

— ¿Cómo se encuentra hoy mi preciosa princesita?

Le llenó la cara de besos. La niña contestó con esas hermosas carcajadas que sonaban como música celestial para él. La risa de sus hijos era como un bálsamo.

— Bienvenido a casa, Inuyasha-sama.

Kaede, la niñera de sus hijos, se acercó con el pequeño Kaito. El bebé de apenas un año agitaba los brazos con entusiasmo y le sonreía con ese brillo tan especial en la mirada. Nunca olvidaría la primera vez que sus hijos empezaron a percibir el entorno, a sus padres. Su primera sonrisa valía oro. Se inclinó y besó las pequeñas manitas, después su frente. Finalmente, lo tomó en brazos y cargó a sus dos hijos.

— ¿Y Kagome?

— El daimyō ha llamado a la señora para una misión.

— ¿Qué?

El disgusto hizo que se le revolvieran las tripas. Kagome no había realizado ninguna misión durante su embarazo, ni en todo el primer año de vida de Kaito. Aún era pronto. Ella no debería… ¿Por qué demonios no esperó hasta que él llegara? ¿Y por qué el daimyō la llamó cuando sabía que él no estaba en la casa para impedirlo? Justo ese día, cuando era su aniversario. No pudo ocultar el disgusto que le produjo; hasta sus hijos lo notaron y se mostraron más cautos.

— Esta noche es el cumpleaños del daimyō, me encargaré.

Manejó las quejas de su hija lo mejor que pudo y se cambió de ropa por sus más elegantes galas para asistir a la fiesta de cumpleaños del daimyō. No pensaba ir en un principio; tenía planeado celebrar con su esposa, pero los planes habían cambiado. Primero, aseguraría el perímetro del castillo. Luego, le diría al daimyō qué era exactamente lo que pensaba de su mandato. Finalmente, encontraría a Kagome y la llevaría de vuelta a casa.

Estaba harto de esperarla cuando la mandaban lejos. Al final, en lugar de ser la mujer la que se quedaba en casa con los niños esperando a su marido, era él quien cumplía esa labor. ¿Cómo demonios había terminado de esa forma? De repente, a él lo habían alejado del campo de batalla y lo retenían planeando en la seguridad del castillo. Ya no tenía que salir apenas de la capital y su trabajo había pasado a ser esencialmente burocrático. Entrenar con sus compañeros samuráis era el único placer bélico que le quedaba mientras que su esposa se jugaba el cuello. Se suponía que las misiones serían sencillas, de riesgo mínimo, pero ella se quejó, exigió igualdad y el daimyō se la dio. ¡Malditos fueran!

Tras darles las buenas noches a sus hijos, se dirigió hacia el castillo y el gran salón donde se producirían los festejos. Estuvo allí antes de que se abrieran las puertas, comprobando el perímetro, y permaneció en su puesto habitual en el segundo piso, observando la fiesta y la llegada del daimyō con atención. En cuanto estuviera cien por cien seguro de que el entorno era seguro, podría regresar junto a sus hijos, al calor del hogar, para seguir preocupándose por su esposa.

Hablando de su esposa, le había parecido aspirar el aroma de su perfume. Se giró para descubrir que estaba solo allí arriba. Dio un par de pasos, alejándose de la luz para escudriñar las sombras, pero no encontró nada. Entonces, alguien lo empujó. Desenfundaba la wakizashi cuando unos labios que él conocía bien lo besaron. No estaba siendo atacado, no por un enemigo al menos. Aquella era su deliciosa esposa. La abrazó contra su pecho y se permitió asaltarla en la oscuridad hasta que un grito femenino y el sonido de la vajilla quebrarse los interrumpió. Al volverse, vio a la misma mujer que cinco años atrás los había descubierto.

— L-Lo lamento de nuevo, Inuyasha-sama.

La despidió con un gesto rudo que suavizó con una leve sonrisa. Su esposa se desasió de su agarre y caminó hacia la luz, junto a la barandilla. El ceñido traje de ninja le encantaba. Lo que odiaba era que otros también pudieran admirarlo.

— Creí que estabas en una misión.

Caminó hasta situarse junto a ella. El único elemento del uniforme que le faltaba era la capucha. Sus rizos caían sueltos en torno a su cuerpo, como a él le gustaba.

— Así es, protejo al daimyō.

Al igual que él. Esa misión sí que estaba dispuesto a consentirla, especialmente si la podían llevar a cabo juntos. Cogieron un sakazuki al mismo tiempo cuando se lo ofreció otro sirviente que acababa de subir. Al volverse para mirar la muchedumbre, vieron a Kenshin, el cual no apartaba la mirada de ellos. Entonces, el daimyō levantó su sakazuki en un silencioso brindis. Lo imitaron con una sonrisa y se dieron de beber el uno al otro, tal y como hicieron el mismo día de su boda y en muchas ocasiones más en el pasado. Después, dejaron caer los vasos y se fundieron en un apasionado beso.

— ¡Ah, la juventud! — suspiró — ¿Verdad que es hermoso?

Más de una cabeza se volvió hacia el balcón desde el que se podía ver a la mano derecha de Kenshin besándose apasionadamente con una mujer ninja. Los rumores sobre el general que se había enamorado de una mujer ninja enemiga habían trascendido en los últimos cinco años, aunque nadie conocía la completa realidad de como un hombre y una mujer que jamás se habían visto se enamoraron loca, perdida y apasionadamente con un solo intercambio de miradas. Nadie podía ni imaginar el alcance del amor que sentían el uno por el otro, esa conexión completa y perfecta.

— ¡Por el amor!

Los otros comensales lo imitaron, repitiendo sus palabras antes de beber de su sakazuki. Cuando volvió a alzar la vista hacia el balcón que ocupaba el hombre al que amaba como a un hijo y la mujer de bravo corazón con la que se había casado, habían desaparecido entre las sombras. Sonrió y brindó de nuevo por ellos, para que tuvieran una larga y feliz vida juntos.