Pos-nupcial

por sahel

Este capítulo como todo el fic es para ti, KEA. Gracias a los que aún siguen el fic.


Capítulo 14. Ultimátum

Cuando Kakashi salió de la habitación del rubio, sintió su pecho aun más pesado de lo que ya cargaba al llegar; el que Minato hubiera tomado tan tranquilamente su confesión y disfrazada disculpa, no hizo más que alterarle, pues conocía al otro y su aparente falta de reacción sólo podía significar dos cosas: estaba furioso o completamente decepcionado.

Kakashi tragó saliva, sus entrañas le gritaban que esta vez era una fatal mezcla de ambas y sin evitarlo su cuerpo se estremeció ante la idea de ser el receptor de tal emoción.

–No, yo no seré el destinatario... – murmuró cansado. Encaminó entonces sus pasos hacia la salida del penthouse dispuesto a invertir algo de tiempo pensando en posibles soluciones a este embrollo que él causó. Era lo menos que podía hacer por no haber pasado antes la advertencia de Óbito, y sobretodo, por haber sido tan insistente en que Minato se diera una oportunidad con el pelinegro. ¿De qué había servido? Desde que se reencontraron el Uchiha no había hecho nada más que lastimar al rubio.

–Estúpido... estúpido... – Se auto restregó por enésima vez. Él, que se sentía lo suficientemente inteligente como para manipular a quien deseara, que era reconocido por su agilidad y agudeza mental... Sonrió con sinsabor en los labios. La vida le había dado una buena lección de humildad, por su egocentrismo sólo demostraba lo estúpido que era. Por haber insistido, por haber intervenido, por haberle fallado al proteger a los niños, por no haber podido detener al matón que enviaron tras ellos, por haber permitido que Óbito saliera lastimado...


Fugaku arrojó lejos el folder que momentos antes había estado leyendo, una inequívoca expresión de molestia en sus facciones acompañaba la mirada fiera que dedicaba a su hijo. Itachi notaba la tensión en su mandíbula tratando de contener la furia que sentía y que no le permitía emitir palabra alguna. No por ahora, que tan sutil pero efectivamente había sido enfrentado a una realidad que no esperó conocer. Tras varios segundos de silencio el pelinegro enarcó una ceja y decidió presionar.

–Esa es sólo una de las varias pruebas que tengo en mi poder padre... – comenzó sin amedrentarse ante el destello que cruzó en los ojos del mayor – Evidencia que su ambición es exclusivamente personal y por la cual ha hecho de todo. Incluyendo robar y humillar a su propia familia.

Fugaku se levantó molesto y emitió un sonido gutural casi animalístico en respuesta. Itachi supo que lo tenía acorralado. No había nada que enfureciera más a su padre que cualquier forma de deshonor para los Uchiha; pues él, siendo la tradicional figura de liderazgo y sabiduría, era el responsable del destino de su linaje. No importaba que fuera Itachi quien realmente llevara el título de "cabeza de familia" quien realmente decidiera y guiara los negocios del clan.

–¿Desde cuándo sabes esto? ¡¿Por qué demonios no me habías informado?!– espetó molesto, demandante; inclinándose sobre su hijo con el rostro furioso, buscando amedrentar el joven que permanecía sentado. Itachi ni siquiera parpadeó. –¿Por qué dejaste que llegara tan lejos? ¡No te cedí mi puesto para esto Itachi!

–Padre – inició el menor con total control en su voz – La influencia de Madara es vasta, no podía dar un paso en falso y alertarlo. Me dejaste a cargo de la familia, confiando en que haría lo necesario para mantener nuestro estatus y poder. Y lo he hecho. A través de mi, nuestra familia ha escalado un peldaño más.

–¡Si no lo controlas, tu desafortunada aventura nos arrastrará por los suelos!– gruñó sumamente frustrado, el pelinegro no podía identificar qué era lo que le molestaba más. Saberlo unido a quien consideraba enemigo o el que, las dos personas que le debían lealtad le hubieran ocultado tan importante hecho.

–Y lo haré –sentenció definitivo y seguro – Dame lo que te pido a cambio y yo resolveré todo esto.

Fugaku le miró con furia, y se mantuvo en silencio por varios segundos. Sus puños apretados a los costados. Decidiendo. Itachi tuvo que presionar, tenía que presionarlo si quería asegurar su parte del trato. Tragó saliva, empujando la sensación nauseabunda de lo estaba por decir, y haciendo gala de toda esa frialdad que lo caracterizaba, que le habían enseñado desde niño, curveó los labios en gesto altanero.

–Te desharás de dos problemas al mismo tiempo.–

Su padre emitió un bufido molesto, y en brusco movimiento alcanzó el escritorio de Itachi y los papeles sobre el mismo. Estampó su hanko en un molesto ademán.

–¡Entonces resuélvelo!– ordenó tajante, para erguirse altivo y desdeñoso y salir de la oficina de su hijo con un semblante que sin dudar alejaría a cualquiera que se cruzara por su camino.

Itachi resopló tras escuchar el fuerte portazo que Fugaku daba anunciando su partida, quien sabía, iría en busca de los demás cabezas de familia para eliminar las alianzas que Madara pudiera tener con ellos. Si bien su tío era un hombre temido entre el clan, mucho de su poder radicaba en ser el padre sustituto de Fugaku. Sin el apoyo abierto de su padre, Itachi tenía la oportunidad de minimizarlo, de bloquearlo dentro de la propia familia y con ello, librarse del ser rastrero que era.

No subestimaría la maldad e ingenio de Madara, pero ciertamente se había ganado el odio de muchos Uchiha que aprovecharían la oportunidad de romper con su dominio. Tomó la carpeta y reacomodó los papeles, guardándolos en un folder seguro. Tenía que enviarlo de inmediato, asegurarse que todo saldría como lo planeaba.


–¡Naruto! ¡Maldita sea, Naruto!– gruñó con fuerza Sasuke, golpeando una vez más la puerta que le obstruía el salir del cuarto de baño. -¡Si no abres en los próximos cinco segundos te juro que voy a tumbarte todos los dientes!

...

...

...

-¡NARUTO!


–¡Achu!...– Estornudó con fuerza el pequeño rubio, estremeciéndose al sentir la vibración de su nombre ser llamado por alguien a la distancia. Sonrió divertido, seguramente el bastardo de Sasuke estaba furioso buscándolo por todo el penthouse.

Bien, que buscara. No lo encontraría ¡De veras!

El pequeño rubio se permitió un momento de diversión al contemplar la idea, para luego observar cómo finalmente la gran puerta de cristal que le permitiría acceso al alto edificio de cristal se encontraba sin guardias. ¡Esta era su oportunidad!

Corrió con rapidez hacia la entrada, doblando a la derecha de inmediato para ocultarse tras una gran columna. Respiró sus intentos ojos azules recorrieron el lugar... ¡Nadie le había visto! ¡Perfecto! Ahora, si recordaba bien lo que el presumido bastardo le había dicho del importante trabajo de su hermano, tenía que caminar hasta el fondo del pasillo y doblar a la izquierda, donde encontraría el elevador privado que le llevaría directo a Itachi.

Hasta el momento todo parecía simple y sin complicaciones, sólo tenía que llegar al elevador y esperar a que las puertas se abrieran para...

¡DING!

¡Sí! Ya llegaba, y corrió con velocidad hacia el transporte; se abrían las puertas... ahora sólo tenía... ¡Tenía un monstruo como ocupante!

–¡Aah! ¡Pero que feo eres, de veras!– Naruto gritó mezcla de sorpresa y susto, dando unos pasos hacia atrás al ver que el hombre monstruo enarcaba una ceja y mostraba horribles dientes picudos en una mueca espantosa.

Tragó saliva.

–Eh, eh... cr-creo que me equivoqué de edificio...– tartamudeó el pequeño, dando dos pasos más hacia atrás buscando el impulso para girar y correr lejos lo más rápido que pudiera. Alcanzó a dar tres grandes zancadas antes de ser abruptamente detenido cuando lo sujetaban de su ropa por la espalda y casi al instante se sintió izado cual piñata de juguete.

El horrible rostro de ese hombre apareció entonces frente a sus ojos, su mueca depredadora a centímetros del menor.

–Debe ser mi día de suerte... – musitó otro con voz fría y maliciosa.

Naruto tembló.


Le pareció escuchar un golpe sordo provenir de las habitaciones, extrañado, Minato detuvo su caminar hacia la cocina y enfocó su atención en su capacidad aural.

Nada.

No se escuchaba nada.

Un repentino escalofrío se apoderó de su estómago y tembló sin razón aparente. Sus pies de inmediato se movieron hacia el este del piso, donde se encontraba la habitación que los más jóvenes compartían. A medida que se acercaba alcanzó a escuchar el ahogado grito del menor de los Uchiha, llamando a su vástago. Bueno, si "llamando" se le podía decir al gruñido furioso que Minato más bien escuchó. Meneó la cabeza con una tenue sonrisa, la aparente rivalidad de los niños podía animarle un poco. Mas al entrar a la habitación, esa sonrisa se congeló...

Estaba vacía.

–¡Por última vez Naruto! ¡Abre la maldita puerta! –

Minato curveó una ceja y se apresuró a retirar la silla que efectivamente atoraba la perilla de la puerta del baño donde el menor se encontraba atrapado. Abrió la puerta y al instante, por reflejo, atrapó en su mano el certero puñetazo que hubiera recibido su hijo de haber sido quien estuviera en su lugar.

Minato hubiera reído del rostro sorprendido y avergonzado de Sasuke, de no ser porque el hacerlo, ofendería al pequeño más que hacerle saber que no había cometido falta alguna. El contacto físico entre Naruto y Sasuke era ya una constante inseparable del dúo mismo. El mayor aclaró la garganta y soltó el puño que ya movía el menor para recuperar su extremidad. Observó que Sasuke miraba disimuladamente tras su espalda, buscando. Entonces, aquel ahogo que le llevo hasta ahí le asaltó de nuevo, más intenso y agudo que antes.

Sus facciones se enseriaron al instante y su voz se escuchó hueca al hablar.

–¿Dónde está Naruto?–


Kakashi resopló pesadamente tras la mascarilla y entró a la habitación. El pulsar cíclico de los compañeros de Óbito le recibían con su constante sonar. Un característico y monótono sonido que ya se había impregnado en su memoria permanentemente. Un sonido que odiaba tanto como agradecía seguir escuchando, al menos al existir, vivía la esperanza de que el pelinegro de cortos cabellos despertara.

Con paso lento se acercó hasta la cama y reacomodó la silla que, un día más, utilizaría para acompañar a su dormilón amigo. Tomó de entre sus ropas un ejemplar del Icha Icha que había estado tratando de leer desde que esto comenzó, aunque no había podido pasar de la página cinco. La enervante quietud de Óbito lo distraía constantemente.

Óbito era, en un día tranquilo, simplemente hiperactivo. La extrema palidez de su rostro y la estaticidad de su cuerpo no eran suyas.

Hey... ¿E-Estás bi-en? – La voz de Óbito resonó nuevamente en su mente, levándolo por enésima vez, a aquel momento en el que el otro fue herido.

Idiota. Eres tú el que está mal herido Óbito resopló divertido.

Hn... pero ¿tú e-est-ás bien... cierto? –

Kakashi apoyó los brazos sobre sus rodillas y cerró con fuerza su ojo bueno (el otro aún permanecía bajo vendaje) sintiendo todo su cuerpo estremecer con el poderoso recuerdo. Al revivir el pánico y el ardor que le recorrió cada célula, al tener entre sus brazos a su mejor amigo desangrándose sin poder hacer nada para evitarlo. Sintiéndose nuevamente culpable de que, por un instante, se olvidó por completo de los niños a su cargo y todo lo que existió fue el pelinegro. Sintiéndose nuevamente culpable de todo lo que nunca se había atrevido a decirle. Sintiendo nuevamente terror de no poder hacerlo jamás.

¡Hey idiota! ¡No te duermas! ¡No te atrevas a morirte! – aun no podía reconocer esa voz en su mente como propia, porque nunca pensó poder emitir tal desesperación con su garganta.

No imp-porta... mientr-aas... estésss... bi-bien...

Idiota. Volvió a repetirle mentalmente. Resopló y levantó la cabeza para poder fijar su mirada en el comatoso joven, mientras su voz, en un quebrado susurro le suplicaba una petición.

–No te atrevas a morirte…–


Itachi entró a la oficina dando un par de órdenes finales a su secretaria, demandando la conclusión de sus asuntos ese mismo día. La mujer asintió y se retiró de inmediato, no deseando permanecer con el joven más de lo necesario; Itachi, no por primera vez, se cuestionó la lealtad de su secretaria y qué tanto podía confiar en que Madara no se enteraba a través de ella de lo estaba haciendo. Si Kisame no le hubiera asegurado que la chica no era partidaria de su tío, no le encargaría nada que no fuera empresarial.

El pelinegro resopló, aún de pie, dejó que sus brazos se alargaran y sus manos se apoyaran contra el escritorio, permitiéndose una postura cansada. Permitiéndose sentir el peso del mundo por un instante ahora que estaba solo. Meneó la cabeza y volvió a dejar salir el aire de su cuerpo, esta situación estaba acabando con sus fuerzas.

Si no fuera porque Sasuke estaba de por medio...

La puerta de su oficina se abrió de pronto y el pelinegro se irguió instantáneamente, girando para enfrentar a quien se atreviera a entrar sin avisar. Sólo un par de personas eran capaces de hacerlo, ninguna grata para Itachi, sobre todo su tío. Mas antes que pudiera emitir palabra alguna, Kisame entró al lugar arrastrando tras de sí, sin aparente dificultad, a un inquieto y demandante pequeño, cuyos aturdidores gritos por ser liberado cesaron cuando sus intensos ojos azules se posaron en él.

Entonces una enorme sonrisa apareció en su infantil rostro iluminando todo el lugar.

– ¡Itachi! -exclamó aliviado, dejando de resistirse más para al contrario lanzarse hacia el pelinegro con efusividad; Itachi sorprendido, no supo qué hacer al encontrarse de pronto con el pequeño rubio aferrado a su cintura con evidente felicidad.

– ¡Te estaba buscando, pero este hombre monstruo me atrapó, de veras!– Itachi parpadeó un poco más antes de que su cerebro pudiera procesar lo que sus ojos le mostraban, recordara el lugar en el que estaban y quién podía llegar en cualquier momento. Arrugó un poco las cejas y no pudo evitar, sin embargo, que sus manos se elevaran y se posaran sobre los hombros del menor, apretándolo contra sí ligeramente.

Levantó la mirada hacia el mulato, quién los observaba con una suave sonrisa en los labios. La misma que desapareció cuando Itachi finalmente hablaba.

– ¿Por qué lo trajiste Kisame?– demandó frío – Sácalo de aquí. Ahora – Las manos de Naruto se sujetaron con más fuerza a su ropa al escucharlo y pronunció su nombre, demandando su atención; pero el pelinegro no giró sus ojos para verlo.

–Lo haría con gusto –dijo el otro con fatalidad en la voz– pero tu tío ya está aquí.

–Maldición – musitó Itachi, inconciente de que sus manos aferraban más al pequeño entre sus brazos. Si Madara estaba en el edificio, sin duda alguna sus matones tenían ya rodeado el lugar, cualquier salida que hubiera utilizado Kisame habría estado cubierta y con lo escandaloso que era Naruto, seguramente habría atraído indeseable atención. Si no lo había hecho ya con los berridos que soltó al llegar a su oficina. La mente del joven heredero se movía a mil por hora para buscarle una salida de aquel sitio. Tenía que sacarlo de ahí de inmediato.

–¡Itachi, Itachi! – le llamó de nuevo el menor, jalando sus ropas – Vine a buscarte porque el bastado de Sasuke no me dejaba usar su teléfono para llamarte ¡de veras!

Al escuchar el nombre de su hermano Itachi finalmente posó la mirada en el rubio enroscado en su cintura. Sus cejas se arrugaron aún más al centro y su voz adquirió un todo de reprimenda, que si bien no fue severo, dejaba claro el descontento que sentía por la presencia del menor.

–No deberías estar aquí Naruto. Tienes que irte y no volver más. ¿Está claro? – ordenó, tratando de soltar los brazos del rubio de su cuerpo. Naruto sin embargo, se sujetó con mayor fuerza mientras su rostro se vestía de un mohín de terco dolor.

–¡No, no quiero irme! – dijo alzando un poco la voz– ¿Por qué ya no vives con nosotros Itachi? ¿Te hizo enfadar el bastardo de Sasuke? Si el tío Kakashi te dijo alguna de sus bromas extrañas y no la entendiste, está bien, yo nunca lo hago ¡De veras!

– Naruto. Suéltame– volvió a ordenar, tirando más fuerte de los pequeños brazos, hasta lograr que el menor lo soltar. Levantó la vista a su guardaespaldas y le pidió con el silente gesto intervenir y retener al pequeño. Kisame lo hizo. Naruto berreó nuevamente, mientras sus brazos trataban otra vez de sujetarse de Itachi.

–¡Déjame monstro! ¡Te juro que te patearé el trasero, de veras!

–¡Basta Naruto!

–¿¡Por qué te fuiste Itachi!? Papá no ha sonreído desde que te fuiste ¡y quiero que lo haga! – imploró la voz del pequeño– ¿Fui yo? ¿Hice algo malo? Ya no pelearé con el bastardo. Seré mejor, lo prometo, lo prometo. ¡De veras!

El pecho de Itachi se contrajo dolorosamente al escuchar el palpable desespero en la voz del menor, al ver sus ojos llenarse de súplica. Esos ojos tan parecidos a los de Minato. ¿Cómo explicarle? ¿Cómo hacerle entender que necesitaba sacarlo de ahí para protegerlo? Que se había alejado de todos, especialmente de su padre para mantenerlos a salvo. ¿Cómo encontrar la fuerza de pasar el nudo que estranguló su garganta?

–¡Oh, no es esto una maravilla! – interrumpió Madara desde la puerta de la oficina, haciendo que los tres ocupantes se tensaran al instante.

La voz del otro había sonado con tal veneno y maldad que incluso Naruto fue capaz de entender instintivamente que debía alejarse de ese hombre. Por eso se removió del agarre del alto moreno y volvió a aferrarse de la cintura de Itachi, quien arrugó el rostro y no dudo en rodear el menor con uno de sus brazos y jalarlo parcialmente por detrás de su cuerpo.

–De todo lo que pude conseguir contra Namikaze, no creí que la mejor arma vendría a mí con tal facilidad.

Naruto gruñó por lo bajo al escuchar el apellido de su padre; Itachi lo atrajo aún más a su cuerpo, mientras Kisame cambiaba su posición para colocarse al lado del moreno y entre ambos, ofrecer un escudo para el niño. Los ojos del mulato no se despegaron nunca de Pain, el acompañante eterno del Uchiha mayor.

Cuando Itachi finalmente pudo hablar su voz se escuchó firme y desafiante.

– No vas a tocarlo. No vas a usarlo contra su padre– advirtió con una seguridad que casi impresiona a su tío. Casi. Madara torció los labios en una mueca sardónica y cruel.

–¿Yo? Por supuesto que no, querido sobrino. Vas a hacerlo tú.

Continuará.


Sin BEta. Cualquier error es mío.