«¿Qué diablos crees que estás haciendo?».

Escuchó esa voz mandona que la volvía loca, con un tono molesto, separandose abruptamente de ella. Pero sabía que quería ese beso tanto como ella. Es sus ojos notaba el conflicto y la confusión.

«Besándote» remarcó la obviedad.

«Alejate de mí» ordenó.

«Tú también me besaste» dijo tranquila, aunque en realidad estaba aterrada. ¿Estaba siendo rechazada? Y ahí estaban... los problemas de abandono saliendo a la luz. «¿Me vas a decir que no quisiste eso?».

«No qu-».

«¡Por supuesto que lo quiso!» la interrumpió una voz igual, con un tono más jovial, bajando por las escaleras.

«Maldita seas, hermana» dijo entre dientes.

«Relax, sis» replicó haciendo una señal con las manos hacia abajo. «Yo siempre supe leerte. Recuerda: "Regina Mills las prefiere rubias"» se burló con una risita traviesa.

«Cállate» replicó irritada, ni siquiera se molestó en hacer un comentario mordaz hacia ella.

«¿"Regina Mills las prefiere rubias"?» cuestionó Emma, incrédulamente divertida. En respuesta, la morena la fulminó con la mirada.

«¿Y Henry? ¡Fuiste a buscar a mi hijo!».

«Sí... sobre eso...» empezó con una expresión culpable.

«¿Qué hiciste?» la acusó, como si ella hiciera una estupidez cada fin de semana.

«¡Nada! Bueno, tal vez haya mentido un poco» evitó la mirada cada vez más mortal de Regina. «Henry está sano y salvo, tranquila... pero en la mansión. Se fue en el minuto en el que entraste».

«¡Idiota!» le gritó, llamando la atención de varias personas en el bar. «No podías dejarme con mi hijo, ¿no? Siempre intentando ser la favorita» siseo con desdén.

«Oh eso es tan injusto» respondió sin su habitual relajación.

«¿Quieres hablar de justicia? Hablemos de justicia».

«No, no lo hagas» rogó con un hilo de voz, se veía realmente aterrada.

Y tenía razones para estarlo, nadie conocía a su hermana como ella lo hacía, nadie más sabía de lo que era capaz. La iba a destruir. Ya se había olvidado del beso, de Emma, del plan... El mundo dejaba de existir cuando su hermana recordaba. Regina la arrastró hasta el piso de arriba, casi haciéndola caer por las escaleras. Una vez en un lugar sin testigos empezó con su reclamo.

«Abandonada por su hermana,» empezó fingiendo una voz trágica. «porque no era tan cool como los amigos diez años más viejos que conseguía por ahí. Dejada a la merced de su madre. Y creo que no es necesario mencionar lo que Madre hacía, en voz alta, ¿no crees? Ya conocemos la historia de porqué no me llamas 'Gina'» siguió con su discurso con tono indiferente, intentando en vano no levantar la voz para que nadie escuchara su conversación ajena. Las palabras crudas y crueles de Regina retumbaban en el oído de Roni.

«Detente» suplicó en un susurro.

«La verdad duele, ¿no es así? ¡No tanto como ver a la mujer que amas morir en tus brazos porque tu estúpida hermana no pudo guardar un secreto! No te atrevas a hablarme de injusticia» le advirtió con tono duro y severo. «Ahora...» continuó recuperándose. «Voy a volver con Henry».

Bajó al bar otra vez. Divisó a la rubia en la barra, mirando fijamente a un vaso vacío. Intentó olvidarse de ella y todo lo que pasó ese pesado día y así salir de ese miserable bar.

«Regina, ¡espera!» escuchó a Roni.

«¿Qué?» dijo seca.

«Todo eso, fue un plan de Henry. Él quería... Queríamos darte tu final feliz».

«¿Final feliz? ¿Para la "Reina Malvada"?» respondió sarcástica.

«No seas ridícula. Aunque Henry cree en esas cosas, él siempre quiso que seas feliz, que vuelvas a amar».

«Y ahora lo digo yo: no seas ridícula».

Roni se acercó, y susurró para que Emma no pueda oír.

«Sé que te gusta, puedo notarlo. Siempre lo hago» dijo enfermizamente dulce. «Y también puedo ver que ella lo quiere tanto como tú. Toma un consejo de hermana. Inténtalo. Mereces amor después de todo. Tal vez no haya estado ahí antes, pero ahora sí. Siempre. Y tengo la sensación de que ella también lo hará» completó mirando a Emma con una pequeña sonrisa.

Regina no pudo evitar mirar junto a ella a la rubia. Tenía una mirada inocente mientras bebía. Sin notarlo, se le escapó una sonrisa tonta viéndola. Tan dulce, tan fuerte, tan perfecta... Y ella tan... ella. Fría, dura, imposible de amar. Su expresión se amargó de nuevo con eso en su cabeza.

«Oh no» escuchó decir a su hermana. La vió. «No puedes hacerte eso. ¡Déjalo! Quita la voz de esa mujer de tu cabeza. Estoy harta de ver tu autoestima por el suelo».

«¿Y crees que a mí me gusta?» dijo a la defensiva.

«Creo que es un mecanismo de defensa tuyo que no hace más de destruirte».

«La próxima vez voy a intentar con tabaco y tequila» respondió con descaro.

«Lo estás haciendo de nuevo...» tarareó. «Tienes una hermosa mujer que se muere por ti. No. Lo. Dejes. Pasar» enfatizó. «Madre no está aquí para arruinarlo de nuevo».

«El amor es debilidad» se defendió.

«Pura mierda».

«Espero que mantengas esa boca lejos de Henry» advirtió en el camino hasta la rubia.

Suspiró mientras intentó relajar sus hombros. Estaba a punto de hacer una locura. Arriegarlo todo... Arruinarlo todo. Con esto sería débil, Emma tendría la ventaja, todo cambiaría, dejaría de estar en control.

«¿Emma?» la llamó con duda.

«Regina. ¿Está todo bien? No parecías estar en tu mejor momento».

«Ciertamente no. Pero ahora estoy mejor. Tengo que ir a buscar a Henry».

«Oh, ok...».

«Pero antes, quiero que sepas algo» empezó mirando al suelo, nerviosa.

«Continúa».

Dirigió su mirada a los brillantes ojos verdes. Seguían siendo tan hermosos como hace 5 minutos, como cuando se conocieron en esa noche a las 8:15. Trago saliva, y puso su mejor cara valiente, e intentó formar un tono sensual y casual. Mostrar todo menos miedo.

«Yo también deseé ese beso» confesó con una voz baja y ronca. Bajó su mirada a su boca y de vuelta a sus ojos.

Esta vez acercó su rostro al de Emma conciente y lentamente. La rubia no se resistió. Esa pasión que tanto sentía en cada discusión por fin tenía sentido. Preparó sus labios y cerró los ojos, para llevarse una cruel decepción cuando los carnosos de la morena no se posaron en su boca. Sino que dejaron un suave beso en su mejilla.

«Adios, Srta. Swan» la escuchó decir camino a la salida.

Pero esta vez no era dura y fría, no era una voz que le decía "aléjate de mí, mi hijo y mi pueblo". Sino que era juguetona y hasta confidente. Podía sentir el cariño detrás de la despedida, el hasta luego.