Tomoyo había visto muchas veces lo calculador y frío que podía ser Eriol. Prefería no enterarse de muchos de sus asuntos, por su paz mental. Aprendió que los mismos ojos que la miraban con devoción podían quedar vacíos de expresiones y petrificar a otros.

Una de las cosas favoritas de la chica era la sonrisa de su novio. Esta parecía tener sólo dos estados: la primera era la que le mostraba casi siempre, dulce y boba, totalmente idiotizada por ella; y la segunda, que podía definirse como un gesto siniestro que daba al resto del mundo, aun sin intención de amedrentar.

Eriol podía parecer aterrador, pero así lo quería.