Esa tarde Akane juntó los calcetines del hogar que necesitaban zurcirse y se dispuso en la sala con hilo y aguja.
—Adivinador, adivina. Adivina, adivinador…
—¿Qué tienes, cinco años? —dijo Ranma un poco irritado. Ella lo miró mal.
—¿Qué sucede contigo?
—Sucede —dijo poniendo a un lado el manga que estaba leyendo— que has estado balbuceando lo mismo los últimos quince minutos. Ya para.
—Oh —bajó la mirada con las mejillas tiñéndosele de rosa—. N-no me había dado cuenta de que lo decía en voz alta. D-de todos modos —arremetió— no es algo por lo que debas enojarte.
—Quieras o no, es molesto —Ranma la miró. Tenía las puntas de las orejas rojas— ¿Qué es lo que hay que adivinar?
Akane lo miró confundida unos segundos, luego, suspiró suavemente.
—En realidad, no lo sé. Era parte de una canción que nos enseñaron en el jardín de infantes, pero no recuerdo nada más que esa frase y que una nube discutía con una estrella o algo así.
—Umm…
Ranma pensó que, aunque le gustaría ser la estrella, quien brillaba más era Akane, lo que lo convertiría en la nube. Esperaba no opacarla. Pudo imaginársela furiosa con él por eclipsarla. Entonces él, como nube, ¿qué le diría?
Con un dejo de gracia pensó:
«Adivina, adivinador».
