DISCLAIMER: Los personajes de Inuyasha y todo lo relacionado con ellos, pertenecen a Rumiko Takahashi. La trama de "Shirushi", es propiedad de Inner Angel.
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NDA: Algo lamentable del anime de Inuyasha transmitido en televisión fue la censura que le pusieron tanto a la traducción como a las escenas más sangrientas, justo cuando la acción se ponía buena. Aun creo que yo no le hago justicia aquí, pero igual los improperios del hanyo van in crescendo a partir de ahora. Hechas las advertencias prosigan según su conciencia.
Mil gracias a los que han dejado un review. Para mi es muy importante saber que están disfrutando lo que escribo.
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Shirushi
By InnerAngel
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-o- c2 / y me aceptas…
El día era radiante y cálido, tal y como era de esperarse del ambiente para una boda. La pequeña villa estaba aparentemente tranquila y sus pobladores seguían con su rutina normal de todos los días. Sin embargo era imposible negar el clima de expectación que irradiaban todos ellos mientras iban y venían en sus quehaceres diarios.
No era secreto para nadie que la famosa exterminadora Sango y el infame monje Miroku iban a casarse aquel día. Si bien la pareja quería mantener todo lo más sencillo posible, la llegada al humilde poblado de visitantes invitados a la ceremonia tenía a todos en alerta. A lo largo de sus aventuras juntos el grupo había hecho muchos amigos y ayudado a mucha gente que ahora se reunía para compartir con ellos este momento de felicidad y reencuentro.
La boda tendría lugar al aire libre, en la parte posterior del pequeño y único santuario que se encontraba en la parte más elevada de la villa agrícola. Desde allí se tenía una vista perfecta de alrededores, con las humildes casas apiñadas unas contra otras, cerca de los no muy extensos campos cultivados. Era una aldea pequeña y sencilla pero sus habitantes eran felices aun en los tiempos de escasez pues la tierra rara vez fallaba en proporcionarles lo necesario para subsistir.
Todo estaba listo para la ceremonia, excepto por el bouquet de la novia que, de acuerdo a Kagome, era un elemento indispensable en las bodas occidentales que ella admiraba y seguía con interés por la televisión. Sango no comprendía muy bien el mundo del futuro al que pertenecía Kagome, ni mucho menos la importancia que podía tener un simple ramo de flores para la ceremonia, pero la verdad no le importaba complacerla con tal de ver de nuevo, al menos, una sombra de la sonrisa de otros tiempos en su rostro. Hasta iba a dejar que tomara 'fotografias', lo que por algún motivo ponía muy nerviosos a Shippo y Miroku quienes aun temían que sus almas quedasen atrapadas en los curiosos rectángulos de papel que escupía el aparato con sus imágenes.
Así la despidió Sango en la mañana de su boda, de mucho mejor ánimo que el día anterior cuando apenas y habló en toda la noche. Ahora la voz Kagome de resonaba con renovada alegría mientras salía de la casa de Kaede en busca de flores, agitando una mano en señal de despedida mientras que la otra sostenía la mano de la pequeña Rin, quien la apuraba halando y riendo, lista para echar a correr.
Sango suspiró mientras las observaba alejarse. Se había levantado temprano con la intención de ver a Miroku y averiguar si él había tenido mejor suerte con Inuyasha que ella con Kagome; pero otra ridícula tradición le salió al paso: el novio no debe ver a la novia antes de la boda. Lo que es más, todos los hombres estaban expulsados de la casa de Kaede hasta después del matrimonio. Hasta el pequeño Shippo tuvo que irse para complacer –y calmar– el arrebato casi enfermizo de Kagome por tener la boda perfecta.
No había nada más que pudiera hacer. Ahora sólo le restaba esperar y confiar en que la ocasión fuese propicia y ese par de tontos, tercos, y orgullosos amigos suyos finalmente encontraran el camino común que tanto se merecían. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Si realmente supieran cuanto significaban el uno para el otro no seguirían perdiendo el tiempo. Claro, su relación significaba sacrificios sin duda, pero los dos ya habían probado una y mil veces que no se rendían nunca ante la adversidad. Encontrar la forma de convivir juntos no sería sino otro reto más en su camino.
"Sango-san, la infusión está lista".
"Enseguida voy Kaede-sama", la voz de la anciana sacerdotisa la trajo de vuelta al presente. Con un último vistazo a las figuras que se perdían en la distancia, dio media vuelta y entró a la casa, feliz de cambiar el aun bastante frío aire matutino por la calidez de la habitación. De inmediato se sentó junto al fuego, justo frente a la taza que contenía el líquido humeante que ansiaba tomar.
La agitación por la boda aun no había comenzado verdaderamente, pero ya sentía el comienzo de un dolor de cabeza palpitando en sus sienes. A pesar de ser una exterminadora, entrenada para enfrentar situaciones de peligro extremo y de alto estrés emocional, tenía que admitir que en lo referente a situaciones sociales ordinarias, ella estaba completamente fuera de su elemento. No podía evitar sentirse nerviosa e inadecuada. ¿Cómo sería su vida de ahora en adelante? ¿Cómo sería como esposa… como madre?. Un ligero rubor coloreó sus mejillas. Vivir como exterminadora era lo único que le había importado siempre en la vida. Su sueño era convertirse en la mejor de todos, así que jamás había sentido interés en la vida familiar, más allá de proteger y servir a los suyos. Ahora se encontraba a punto de dar un paso al vacío, al dedicarse por completo a un hombre, a un hogar, a formar una familia.
La idea le causaba tanta ansiedad por lo desconocido, como alegría al pensar en pasar el resto de sus días con el hombre que amaba. Ambos habían acordado poner fin a las aventuras y dedicarse a una vida más sosegada, lejos del campo de batalla. Iniciar una familia que continuara el legado ancestral de Miroku y reconstruir la aldea de Sango eran sus metas inmediatas. Sin duda iba a ser un proceso duro de aprendizaje para ella ya que –para desesperación de su madre– Sango nunca tuvo interés en aprender cosas tan básicas como cocinar o atender la casa… mucho menos como atender a un esposo.
'¿Y si Miroku se siente decepcionado de mi?'
"Te veo muy agitada aun, Sango-san".
"Estoy bien Kaede-sama, sólo algo nerviosa…".
"Eso es muy natural–", replicó la anciana con una sonrisa placida pero con la mirada fija en sus reacciones. "–aunque espero que no sigas alimentando esas tontas inseguridades tuyas".
Sango se agitó visiblemente incomoda por haber sido atrapada sustentando sus temores de nuevo. La anciana sabía bien como leer el corazón y la energía de aquellos a su alrededor después de todo.
"Yo… se que tiene razón Kaede-sama, pero no puedo evitar sentir esta incertidumbre. Estoy acostumbrada a estar siempre preparada para librar cualquier batalla. Ahora me encuentro sin armas con que afrontar el futuro".
"¿Armas?. Tienes la más importante y la única que puede llevarte a la victoria. Amas a Miroku y él a ti. Lo demás llegará cuando sea propicio".
Una sonrisa adornó de inmediato el rostro de la exterminadora con las sabias y honestas palabras de la sacerdotisa, que disiparon un poco de la ansiedad en su pecho.
"Gracias, como siempre sus palabras me dan seguridad".
"No es nada, querida".
"Sólo espero que lo mismo sea cierto para Kagome hoy".
Una sombra pasó por el rostro hasta entonces pacífico de la anciana. "¿Ocurre algo?". dijo Sango con preocupación ante la reacción sutil pero evidente de Kaede con la mención del nombre de su amiga y compañera de aventuras.
"Todavía no, pero está por pasar".
"Yo también he sentido la inminencia de una decisión en ambos desde que Kagome regresó…".
"Así es. Pero me temo que para ellos el evidente amor que se tienen el uno al otro no será suficiente para salvar las distancias".
"¿Qué quiere decir Kaede-sama?", replicó la exterminadora alzando la voz, la alarma evidente en sus palabras y gestos ante las implicaciones de lo dicho por la sacerdotisa. Pero su urgencia se estrelló contra el semblante calmado de la anciana que había cerrado los ojos y parecía perdida en una meditación profunda. Sango la conocía lo suficiente como para respetar sus tiempos. Era cierto que a la vieja le gustaba poner un dramatismo innecesario en situaciones como esa, pero apurarla sólo la haría demorarse más con un montón de ideas inconexas. Todos ellos la había dejado hablando sola en más de una ocasión por lo frustrante que podía ser sacarle información valiosa luego de todo el melodrama y la explicación histórica con la que se enredaba. A más apremiante la situación, más tragedia y efectismo.
Sango suspiró sutilmente, resignándose a esperar un buen rato. Se reacomodó en la postura, cambiando ligeramente la inclinación a un lado de manera de variar el punto de apoyo sobre las piernas dobladas bajo su cuerpo. Sus manos tomaron la taza de infusión aun humeante. Acercándola con cuidado a sus labios sopló la superficie y dio varios sorbos cortos. El sabor dulce de las hojas de sencha apenas estaba siendo registrado por su cerebro cuando la voz abrupta de la anciana la hizo sobresaltar.
"La verdad es que yo nunca pensé que Inuyasha lograría superar lo suficiente el recuerdo de mi querida hermana Kikyo como para tomar la iniciativa con Kagome. De lo contrario habría dicho algo antes. Hecho las advertencias propicias en estos casos. Nunca pensé que pasaría… no… ¡pobre Kagome!, es tan joven…".
Sango se aventuró a formular una pregunta, a riesgo de hacer que divagará aun más. "¿A qué tipo de advertencias se refiere?".
"¿Alguna vez te preguntaste por qué Inuyasha aceptó hacerse humano por Kikyo?". La exterminadora negó con la cabeza, muy sorprendida por la pregunta.
"No era sólo para purificar la perla, para eso había otros métodos. Algo más peligrosos cierto, pero era posible sin duda, si mi hermana lo deseaba así. La fuerza de sus poderes espirituales no tenía comparación después de todo. En siglos, desde la propia Midoriko no había existido nadie con un talento innato tan pronunciado…".
Sango se mordió el labio inferior para contener la frustración en el momento en que la anciana comenzó a desviarse del tema. Esto era el comienzo de una nueva oda a Kikyo ¿verdad?. Así lo parecía, y no estaba segura de poder soportarlo.
Sorprendentemente la anciana volvió al tema con relativa rapidez. Lo que tenía que decir entonces era de suma importancia para evitar que enumerara todas las virtudes de su hermana muerta en una sentada.
"…Kikyo era especial, lo suficiente para que Inuyasha dejara su orgullo de lado y aceptara el sacrificio de su naturaleza yokai. Él nunca le hubiera hecho daño a mi hermana después de todo".
"¿Daño?", la palabra se le escapó antes de poder contenerse, pero por la expresión de la sacerdotisa, esta no pareció escucharla.
"Tu eres una exterminadora Sango. Seguro conoces mejor que yo la naturaleza salvaje de los yokai… y probablemente has escuchado los rumores sobre sus instintos en lo que respecta a… aparearse".
Era cierto. Como parte de su entrenamiento se encontraba el estudio detallado de las costumbres y rituales de los yokai, pues era una ventaja estratégica esencial para el éxito de un exterminador el conocer a fondo las fortalezas y debilidades de sus enemigos. Existían numerosas especies de demonios (y múltiples variantes que no figuraban en ningún registro), pero entre las distintas ramas que diferenciaban a las razas por sus características esenciales, los rasgos dominantes respecto a su comportamiento eran comunes.
En cuanto a los ritos sexuales a los que se refería Kaede, era poco lo que se sabía salvo que para la mayoría, la supervivencia de la especie era prioridad, por lo que las hembras eran protegidas pero a la vez sometidas por los machos, limitándose al papel de ser procreadoras y a cuidar a las crías. Por lo general, la jerarquía de las hembras estaba limitada a las múltiples parejas del macho alfa, las demás eran poco más que las esclavas de los miembros comunes de las manadas.
Claro, igualmente había especies que funcionaban más como un matriarcado y los machos sólo aparecían en tiempo de procreación con igual rango de promiscuidad, para luego ser rechazados por el grupo hasta el próximo "celo".
Por otro lado existían monstruos asexuados que simplemente se clonaban o dividían en partes (Naraku es un ejemplo), como medio para perpetuarse.
También eran conocidas, aunque menos comunes, las especies que mantenían relaciones monógamas, marcando a sus parejas de por vida. Y si Sango no recordaba mal, la especie de los inugami pertenecía a esta última. Eso era bueno… ¿o no?.
La falta de respuesta de Sango animó a la anciana a contestarse a sí misma. "No es raro escuchar historias sobre pobres mujeres desdichadas que han sido seducidas y violentadas por estos animales. La mayoría no sobrevive para contarlo, luego de un daño físico tan terrible. Otras, como la madre de Inuyasha, subsisten y se someten a su destino con resignación".
La indignación comenzó a bullir en Sango de inmediato. 'De seguro no estará sugiriendo que Inuyasha… ¡ahora si que está senil!
"He oído muchas historias similares, es verdad. Los yokai por lo general prefieren matar a los humanos y no tienen interés en mezclar su sangre con la nuestra pues somos inferiores según ellos; pero es cierto que ataques a mujeres son frecuentes, solamente por el puro placer carnal. Pero hay excepciones. Myoga siempre nos ha hablado del amor y el respeto que existía entre los padres de Inuyasha".
"Eso dicen, pero aun cuando fuera cierto, la mujer humana no está hecha para soportar las "exigencias" de un macho yokai".
En este punto Sango no pudo evitar sonrojarse en serio. Los detalles rituales de la sexualidad yokai era ciertamente el aspecto más desconocido para ella. En su mente había igual cantidad de rumores respecto a mujeres con sus vientres destrozados y sus pieles laceradas, como de mujeres inmensamente satisfechas con la insaciabilidad y poder de sus parejas yokai en la intimidad. ¿A cual creer?. Probablemente en ambas, pues todos los rumores tenían base parcial en la verdad. Lo que era evidente era en cual de las dos versiones creía Kaede.
"Lo siento Kaede-sama, pero no entiendo que tiene que ver esto con Inuyasha. Él es un hanyo y aun cuando sus instintos yokai fueran…", su mente luchó por encontrar las palabras menos burdas posibles, "…violentos en cuanto a las relaciones íntimas, su parte humana lo mantendría bajo control. Por lo demás las dos hemos atendido suficientes heridas en ese atolondrado como para saber que él es… ehmmm–", Sango sintió el rubor llegar hasta sus orejas, "–anatómicamente correcto en relación con los humanos".
"Aun así, Inuyasha aceptó hacerse humano para no herir a Kikyo, a pesar de sus ambiciones de convertirse en yokai, y eso dice mucho del miedo que tenía a sus instintos", afirmó Kaede poniéndose de pie. "Además, la mayoría de los hanyo no se reproducen, lo que sería sin duda una pena para Kagome".
"Con todo el respeto Kaede-sama, yo creo que eso es algo que ambos deben hablar y resolver entre ellos si quieren estar juntos. Usted misma lo dijo. Inuyasha nunca hizo daño a Kikyo. Mucho menos haría algo para lastimar a Kagome, estoy segura".
"¡Inuyasha es un imprudente, capaz de hacer cualquier cosa antes de perder a Kagome!. ¿Qué sabe él de los sentimientos de una jovencita humana?. ¡Terminará lastimándola quiera o no!", sus palabras estaban teñidas con una amargura rara vez presente en la voz de la vieja sacerdotisa. "Siempre es el más débil sale perdiendo en estos casos".
La anciana se inclinó con dificultad para recoger la bolsa grande de tela donde solía llevar las provisiones y se la colocó al hombro. Su mirada se detuvo en la exterminadora y su silencio le dijo que ella no deseaba seguir argumentando. Era evidente que estaba pensando en sus palabras, lo cual era bueno. Tal vez aun estaban a tiempo de aconsejar a Kagome.
"Voy al mercado a buscar lo que falta para esta noche. No tardo".
En realidad Sango había tenido la respuesta precisa justo en la punta de la lengua pero se contuvo. Mientras veía a la anciana caminar hacia la salida murmurando sobre lo imposible de la vida entre especies distintas, lo comprendió. Era indudable que Kaede resentía aun lo ocurrido en el pasado y manifestaba sus propias inseguridades al respecto ante la perspectiva cierta de una nueva tragedia en la historia de su querida hermana. Era lógico, considerando que Kagome era su reencarnación, que se sintiera especialmente sobre-protectora en todo lo concerniente a ella.
A pesar de parecerle exagerado todo el asunto, Sango no pudo evitar preguntarse que tan difícil sería para ambos conciliar ese aspecto particular de su relación. Las costumbres yokai y sus sociedades eran muy complejas, pero claro, tampoco era que Inuyasha iba a integrarse y vivir con su clan ahora. ¿O si?. El siempre había sido un solitario y a lo mucho aceptaría vivir en la aldea.
Existir en mundos distintos y tener los dos unos temperamentos volátiles era ya bastante malo. Sumarle las complicaciones de ritos y jerarquías machistas típicas de los demonios era una locura. Y en cuanto al sexo, bueno, Sango sólo podía rezar por que el hanyo no fuese el salvaje desconsiderado de siempre en ese departamento.
¿Por qué rayos nunca se me ocurrió consultar con Miroku al respecto. Él podía hablar con Inuyasha sobre… eso.
Pensándolo bien, era mejor no hablar de esos temas con el pervertido de su novio o sus manos se ponían más inquietas de lo normal.
Miroku.
Su mente se enfocó de inmediato en el hombre que le quitaba el sueño. Era hora de comenzar a preocuparse por sus propios asuntos. Después de todo, tenía una boda a la que asistir.
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Rin corría despreocupadamente a través del campo lleno de flores multicolores. El viento movía graciosamente su vestido rosa y blanco que era un regalo hecho por Kagome para la boda y que coordinaba a la perfección con el suyo. Un lazo ataba el delicado corpiño justo bajo el busto, y la falda se desplegaba a partir de allí hasta la altura de las rodillas. Kagome la miraba con atención mientras iba y venía, dando vueltas sin parar, persiguiendo las pequeñas mariposas que parecían flotar sobre la vegetación. Rin se estaba convirtiendo ya en una jovencita realmente adorable.
Era evidente –y en verdad casi milagroso– el cambio que había sufrido la niña en espacio de unos pocos años. A pesar de estar marcada por la muerte de su familia desde temprana edad, su espíritu conservó una rara pureza e inocencia que la hacían muy especial para todos los que conocían a la pequeña.
Ahora se encontraba mucho más recuperada que cuando era un niña demasiado delgada y desnutrida, marcada por el hambre y la indiferencia de quienes la rodeaban. No cabía duda de que estaba siendo cuidada y bien tratada. Su risa contagiosa era testimonio de ello. Sin embargo, Kagome no podía evitar mirar de reojo a Sesshomaru. ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones con ella?. Era muy difícil penetrar la indiferencia y el silencio del poderoso yokai.
El devenir de la batalla con Naraku había obrado un cambio en todos ellos y aunque el orgulloso inugami seguía siendo tan distante y pedante como de costumbre, no se podía negar que finalmente muchos de los resentimientos pasados habían sido eliminados.
Eso, en buena parte, era obra de Rin.
El hecho de que hubiera peleado junto a ellos para acabar a Naraku era un indicio. Pero su presencia en la boda de unos 'humanos insignificantes' era la confirmación definitiva.
Bien fuera Rin quien lo hubiera convencido o por algún otro interés personal, Sesshomaru estaba abriendo parte de su corazón a los humanos –lo admitiera o no– y eso era realmente un espectáculo digno de ser visto.
En cualquier caso, lo más relevante de todo era el cambio en su relación con Inuyasha. Atrás había quedado un largo camino de resentimientos por sus orígenes y la natural competencia de los herederos del Inu no Taisho, Daimyo de las tierras del oeste y de los yokai que allí habitaban. Claro, no era tampoco que ahora se trataran como los hermanos perfectos y cariñosos que uno espera en familias normales, pero al menos ya no se lanzaban –espada en mano– uno encima del otro tratando de matarse cada vez que se veían la cara.
Había nacido entre ellos el reconocimiento y el respeto ante el poder y la fuerza del otro. La misma sangre que corría por sus venas era el argumento más fuerte para acabar con la rivalidad y poner en el mismo bando a dos de los monstruos más poderosos del Sengoku jidai.
Kagome se mordió el labio inferior en un reflejo nervioso. Algo más estaba pasando entre los hermanos de lo que ninguno de ellos sabía. No en vano conocía Inuyasha como a la palma de su mano como para no saber cuando el hanyo le ocultaba algo importante. Pero las veces que le interrogó al respecto no soltó prenda, cambiando el tema de conversación rápidamente.
Ahora la presencia de Sesshomaru reavivó su curiosidad y sus dudas. ¿Por qué estaba allí y qué interés tenía en Inuyasha?.
Su mente ya comenzaba a formular distintos planes para sacarle la verdad a Inuyasha, cuando de inmediato se percató de que no tenía importancia si lo averiguaba o no. Después de esa noche, ella nunca más volvería a verlo.
Usando todo su autocontrol luchó contra el ardor en el fondo de sus ojos y forzó una sonrisa en dirección a Rin, que se aproximaba a ella corriendo con un ramillete de flores multicolor en la mano.
Al día siguiente se marcharía para siempre sin volver nunca a mirar atrás. ¡Estaba decidida!.
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"¿Estás decidido entonces?".
"¡Keh! ya te dije que si. No me importa que sea humana… parte de mi también lo es".
"Si estas tan decidido, ¿qué estas esperando?. Tómala de una vez".
"¡Gah!. ¡Ni que fuera tan fácil tonto!. Los humanos son muy diferentes a los yokai", un suspiro de autentica frustración dejó sus pulmones. Durante la última media hora su –no tan querido– medio hermano no había hecho más que fastidiarle la existencia con su prepotencia. ¡Como si el maldito fuese dueño de un conocimiento superior, o de la verdad absoluta!. Si para él mismo era difícil comprender por completo las diferencias de comportamiento y costumbres entre las especies siendo un híbrido, Sesshomaru no tenía ni idea de lo que hablaba.
"Tu no lo entiendes, no funciona de esa forma".
"Entonces, enséñale como funciona".
Inuyasha frunció aun más el ceño, mostrándole los dientes a su hermano. Ya no quería seguir discutiendo más este tema con un idiota que obviamente no entendía ni a los humanos, ni lo complejo de su dilema personal con Kagome. Su mirada se dirigió directamente al objeto de sus problemas.
A través de la densa espesura del bosque podía verla en medio del campo de flores que estaba cerca de las afueras del pueblo. De inmediato comenzó a sentir esa paz que le daba su cercanía invadir su mente agitada, la tensión en su cuerpo empezando a relajarse. Pero claro, Sesshomaru se encargó de romper el encanto en seguida.
"Te das cuenta, Inuyasha, que esto no tiene nada que ver con consideraciones absurdas sobre humanidad y sentimientos–". La prepotencia en su voz rayaba ya en la absoluta altanería, lo que nunca fallaba en alterar mucho a su medio hermano. 'Bien'.
"–o estas dentro del clan o no estás. Tienes que elegir".
Antes de que un muy irritado hanyo pudiera mandarlo al diablo cortesía de Tessaiga, el yokai terminó diciendo justo lo que él no deseaba escuchar.
"Quieras o no ella tendrá que hacer frente a tu parte yokai tarde o temprano. Cuando llegue el momento de marcarla tú sabes bien que no vas a poder contenerte más".
Inuyasha se mordió el labio hasta sacar sangre para reprimir un gruñido de rabia.
¡Odiaba a su medio hermano!.
Especialmente cuando tenía razón.
El yokai ya estaba caminando placidamente de regreso al claro donde Rin y Kagome estaban tendidas de espaldas, mirando las nubes pasar sin ninguna preocupación aparente y ajenas por completo a la conversación entre ellos.
Con todo no podía negar la sabiduría en las palabras de Sesshomaru. ¿Había pasado su padre por lo mismo con su madre?. Seguramente, pues mientras él, que era sólo mitad bestia, tenía dificultades reconciliando ambas realidades, su padre que fue uno de los demonios más poderosos y temidos de su tiempo, tuvo que tenerla muy difícil.
Su parte humana estaba pasando por una verdadera prueba tratando de controlar a sus instintos animales y él sólo podía rogar que esa noche, esa humanidad lo mantuviera en su sano juicio…
… juicio que Kagome sabía tan bien como desquiciar.
¡Oh si, los dos estaban en serios problemas!
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Con la capilla de fondo, la sencilla ceremonia shinto se llevó a cabo con un hermoso atardecer como marco de la unión de dos amantes que compartían un pasado trágico, si, pero que tenían un futuro lleno de felicidad –e hijos– a partir del momento en que sinceraron sus sentimientos y unieron sus destinos.
Sango estaba radiante. Donde antes sólo había desesperanza, odio y deseos de venganza había nacido un amor intenso y muy paciente –con un monje pervertido de manos errantes era más que necesario– que le devolvieron sus razones para existir y su ilusión en el futuro. Revivir su aldea y continuar el legado de sus ancestros eran metas concretas que se sentía dispuesta a enfrentar con este hombre a su lado.
Miroku también tenía mucho por lo que estar agradecido. Haber sobrevivido a la maldición que había determinado y marcado la vida de tres generaciones de hombres en su familia era algo que nunca hubiera logrado sin el apoyo de sus peculiares compañeros y la fuerza ilimitada que le daba el deseo de ayudar y proteger a Sango. Sin ella jamás hubiera sobrevivido, de eso estaba seguro. Cuando agonizaba durante la batalla final con Naraku fue su voz llamándolo la que lo trajo de vuelta, y la calidez del amor en su mirada, llena de lágrimas, la que lo hizo quedarse aun cuando su cuerpo ya no podía continuar.
Sango era el milagro de su vida, que lo había salvado de sí mismo.
Miroku era la protección y fuerza que renovaron las esperanzas de vivir de Sango.
Y ese día ambos estaban ante todos sus amigos para decirlo públicamente. Por eso habían optado en unir la ceremonia tradicional –generalmente reservada para la familia– con una recepción al aire libre para poder compartir con todos el momento. Un vistazo a los invitados a la boda bastaba para saber que ambos habían llevado una vida de aventuras más que peculiar. La mezcla heterogénea de humanos, demonios y otras criaturas de distintas razas, tamaños y hasta colores, sentados en el suelo a sus espaldas eran testimonio de ello. De un lado el clan de los lobos, con Hakkaku y Ayame al frente, del otro un grupo más mixto de seres híbridos entre los que destacaban Myoga y Totosai, quien ya dormitaba tranquilamente como de costumbre. En el centro los humanos, en su mayoría habitantes de la propia aldea que miraban con algo de recelo a ambos lados. Al frente de este grupo, Kohaku y Akitoki Hojo estaban acompañados del pequeño Shippo, Rin y Kagome.
Atrás de todos un enfurruñado Inuyasha estaba de brazos cruzados, con cara de que preferiría enfrentar de nuevo a Naraku que seguir soportando la tediosa ceremonia. Al menos no tuvo que ponerse la horrible ropa que trataron de hacerle usar. Claro, era muy malo que las únicas palabras que Kagome le había dirigido desde que había regresado hubieran sido 'ponte este kimono', y con su negativa a hacerlo, 'eres un soberano idiota'.
¡Estaba jodido!
Una brisa suave soplaba agradablemente sobre la aldea, arrastrando los susurros de los asistentes, mientras los votos de los novios eran intercambiados. Sango vestía un hermoso shiromuku blanco, con mangas anchas que casi tocaban el suelo y bordado con un intrincado diseño floral. Su cabello estaba recogido y adornado con horquillas y pequeñas flores silvestres que hacían juego perfecto con el colorido bouquet recogido por Rin y Kagome, quienes a su vez sostenían uno igual entre sus manos. Por su parte Miroku vestía un Kimono negro con un Haori corto del mismo color, en el que lucía el emblema familiar. Su rostro, ahora marcado por una cicatriz, reflejaba una felicidad que él mismo nunca creyó posible.
La ceremonia era celebrada por su viejo maestro y mentor, que por una vez no estaba –demasiado– ebrio. Sus palabras hicieron eco de la filosofía antigua del equilibrio y el cambio:
'El matrimonio es la unión que simboliza el ying y el yang, por ello no debe ser tomado a la ligera. En él no debe existir perturbación alguna para que el deseo del hombre y la mujer pueda ser satisfecho. Cuando el ambos observan lo que es correcto y se unen en tiempo propicio, ya no hay separación posible'.
Luego de la purificación de la pareja, se dio paso al rito tradicional de compartir el Sake entre todos los asistentes. Y con ello la comida fue servida y los ahora esposos fueron recorriendo todo el espacio ocupado por sus amigos, distribuidos en pequeños grupos de comensales. En cada uno se detenían un rato, encendiendo palitos de incienso para la prosperidad y la buena fortuna, mientras saludaban y agradecían a cada uno de los asistentes por su presencia.
La tarde se convirtió rápidamente en una noche agradable aunque bastante fresca y Kagome temblaba de frío a pesar de estar sentada cerca del fuego. Las risas embriagadas de Sake recorrían el lugar, pero ella lejos de sentirse con ganas de reír, tenía una pesadez en su corazón que no la había dejado respirar a gusto desde que la ceremonia había terminado. Shippo estaba enroscado en su regazo profundamente dormido, mientras Kaede-sama se había marchado ya, llevando consigo a una muy agotada Rin quien no había parado de correr y sonreír por todo el lugar.
La melancolía que había sentido todo el día se había agravado tan pronto notó que sus dos queridos amigos habían desaparecido hacía más de media hora. Ellos iniciaban una etapa de vida en común que ella –por mucho que se reprendiera– no podía dejar de envidiar un poco.
Era cierto que ella nunca había sido el tipo de niña que pasara el tiempo fantaseando con casarse, formar una familia y llenar la casa de hijos, aun cuando la idea no le desagradaba. Pero la verdad tampoco había tenido oportunidad de pensar mucho en eso, pues la vida en el templo había ocupado su tiempo y energías desde muy joven, siempre ayudando a su madre y abuelo a atender a los turistas y visitantes regulares. Luego, en el colegio, pensaba más en jugar con sus amigas que en chicos; y a estos apenas y comenzaba a descubrirlos cuando cayó en el pozo, e Inuyasha llegó a su vida.
Tres años después allí estaba ella, llorando durante toda la ceremonia que unió a sus mejores amigos y deseando que cierto hanyo fuera capaz de mirarla de la forma en que Miroku veía a Sango: con absoluta y total devoción y entrega. Sentimiento que era perfectamente igualado por Sango.
¿Dónde la dejaba todo aquello?. Por lo pronto se había renovado el dolor en su pecho ante la dualidad del futuro que deseaba su corazón y el que le indicaba el sentido común. Antes de salir de su casa el día anterior, Kagome había compartido sus angustias y su decisión con su madre. Ella la había escuchado con cuidado, dejando que se desahogara completamente, sin interrumpirla ni una vez, más que para abrazarla y secar sus lágrimas. Finalmente sus palabras, llenas de comprensión, lograban reconfortarla ahora tanto como lo hicieron en su momento.
'Solo tú puedes decidir sobre tu futuro Kagome. Solo tú conoces lo que tu corazón ansía. Confía en él para distinguir entre lo real y lo vano. Entonces no importa la decisión que tomes hija, siempre y cuando te haga feliz, todos estaremos a tu lado'.
Kagome se reprendió mentalmente. ¡Era una tonta!. Tonta por permitirse fantasear con lo imposible. Por seguir torturándose con algo inalcanzable. Ya había tomado una decisión, sólo le restaba ser fuerte y mantenerse firme. Para lograrlo necesitaba sacar a Inuyasha de su mente.
Más fácil decirlo que hacerlo, claro.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que el repentino contacto del cálido hitoe rojo de Inuyasha sobre sus hombros la sobresaltó.
Mirando a sus espaldas lo vio parado de medio lado, dándole parcialmente la espalda, de brazos cruzados y con el entrecejo tan fruncido que parecía que la cara se le había quedado pasmada.
"Te vas a enfermar como una idiota si sigues aquí, temblando de frío".
Kagome luchó entonces entre el agradecimiento por el considerado –y atípico– gesto y el disgusto por sus rudas palabras. Pero era Inuyasha de quien estaba hablando. Era de esperarse que fuera un bruto por naturaleza. Así que se decidió por la rabia que, al fin y al cabo, le ayudaba mucho más a mantenerse determinada en su decisión de irse que empezar a pensar en sandeces románticas.
"Ya pensaba marcharme… mu-chas gra-cias", dijo en una mezcla de sarcasmo e irritación poniéndose de pie, con cuidado de no despertar al pequeño kitsune, ahora en sus brazos. El movimiento hizo que el hitoe se deslizara de sus hombros cayendo en un montón a sus pies. Sin decir nada más se dio media vuelta y emprendió el camino de regreso hacia casa de Kaede, refunfuñando entre dientes las maldiciones correspondientes para hanyos que se pasan de listos.
"¡Maldición!", fue todo lo que replicó Inuyasha mientras recogía el hitoe tan groseramente descartado. ¿Qué demonios le pasa a esa mujer?. Su reacción no se correspondía con su gesto. Algo más andaba mal con Kagome, todos sus instintos se lo decían. Había una tensión en el aire a su alrededor que lo ponía demasiado ansioso, como si ella estuviera a punto de desaparecer delante de sus narices. Además, las cosas no estaban funcionando como él lo había planeado, pues todos sus intentos de acercarse a ella habían fracasado estrepitosamente.
Ya era casi media noche a juzgar por la posición de la luna en el cielo y él aun no había hecho progresos respecto a la decisión que había tomado. Necesitaba confrontar a Kagome a solas. Con un gruñido muy similar al de un perro a punto de atacar, Inuyasha se puso de nuevo su hitoe rojo y de un salto siguió el mismo camino que Kagome, dejando atrás al grupo de animados invitados que seguían brindando ruidosamente por la felicidad de la pareja.
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Llevaba al menos dos horas dando vueltas en el futon sin poder conciliar el sueño. Su mente estaba demasiado agobiada con la angustia y la ansiedad como para poder desconectarse, aunque sólo fuera por unas pocas horas, del problema que había ocupado su tiempo y su corazón por espacio de tres años.
Cada vez que cerraba los ojos, imágenes muy vívidas de Inuyasha se hacían presentes. Su brillante mirada dorada y su sonrisa orgullosa y descarada llenaban todos los rincones de su mente y por mucho que luchara no parecía capaz de sacarlo de sus pensamientos por más de dos segundos continuos.
Pero mucho peor era cuando abría los ojos, porque entonces extrañaba su presencia en el rincón, justo al lado de la puerta, donde solía dormir sentado en noches tan frías como aquella, siempre vigilante ante enemigos inesperados. Eso le comprimía aun más el corazón. Había sido muy dura con él y ahora, en parte, se arrepentía de que las últimas palabras que le iba a dirigir en la vida hubieran sido unas tan llenas de amargura luego de su intento por ser amable.
Ella sabía por experiencia que el hanyo era muy torpe para esas cosas, y le costaba un gran esfuerzo conectarse con su parte más humana y sensible. Así que un desaire como el que ella le había hecho, justo cuando él estaba mostrando su preocupación –y mostrándose vulnerable– solo servía para retraerlo más detrás de sus defensas.
Conociéndolo, ahora se encontraba más que molesto con ella y no lo vería en todo el día siguiente. Su ausencia en la casa parecía indicar que se había marchado a cazar por los alrededores. Era algo que había comenzado a hacer con más frecuencia luego de la muerte de Naraku. Particularmente después de alguna de las habituales discusiones con ella, simplemente se esfumaba por un par de días sólo para regresar más molesto todavía, pero con alguna presa para Kaede-sama.
Eso quería decir que mañana se marcharía sin la oportunidad de verlo una última vez, de sentir el calor de su cercanía o escuchar su voz. Una repentina e inexplicable necesidad de frotar sus suaves orejas blancas la sacudió como si fuera una adicta tratando de dejar un vicio.
En realidad, eso era exactamente. Inuyasha era un vicio para ella. Un vicio que le hacía daño pero que, en el fondo, no quería dejar.
Pero estaba determinada a hacerlo y el estar allí dando vueltas de un lado a otro sin dormir, compadeciéndose de Inuyasha, no la estaba ayudando en nada a mantenerse firme. Al fin y al cabo, verle la cara a Kaede-sama o a Shippo por la mañana iba a ser también algo muy difícil. Así que se decidió a terminar con esa parte de la agonía al menos y marcharse de una vez, mientras aun era de noche.
Era una cobardía, cierto, pero la verdad no se sentía particularmente valiente esos días en que era un verdadero manojo de nervios, con las lágrimas siempre a punto de brotar por la mas mínima tontería. Era puro masoquismo prolongar más el sufrimiento.
Igual, ella sabía que marcharse era sólo el primer paso. Cuando llegara a su casa y se viera irremediablemente sola, vendría la peor parte.
Pero por los momentos era mejor no pensar en ello, y concentrarse más bien en lo que se disponía a hacer. Con cuidado de no hacer ruido se levantó despacio, dejando al pequeño kitsune envuelto en las sabanas lo mejor que pudo para mantenerlo caliente y que no se despertase. Kaede dormía en una habitación contigua por lo que sería difícil que se percatara de movimiento alguno. De igual modo se movió con todo el sigilo que le fue posible.
Comenzó a vestirse en silencio mientras se repetía mentalmente todas las razones por las que, lo que estaba haciendo, era la decisión correcta. Como si necesitara convencerse de que su razonamiento y la conclusión a la que había llegado era la única salida a su dilema.
Y así era, ¿cierto?
Hurgando en su enorme bolso amarillo Kagome encontró la carta de despedida que escribió antes de salir. En el sobre además de la nota con las respectivas explicaciones y palabras de despedida para todos sus amigos, la joven había puesto también una nota aparte para el hanyo. Por un momento dudó si dejarla en el sobre o no, lo que la hizo sentir más estúpida y cobarde todavía. Eran sólo unas pocas líneas disculpándose por marcharse y deseándole lo mejor sin mayores explicaciones. Pero al final había cerrado la brevísima carta con tres palabras… tres palabras que jamás tuvo el valor de decirle directamente a la cara.
Te amo Inuyasha.
Sus manos comenzaron a temblar con lo intenso de sus emociones. Su determinación flaqueó entonces por unos instantes en los que deseó que Inuyasha apareciera por la puerta y la detuviera. Pero eso era imposible, ahora estaba más que segura. El hanyo nunca tendría un interés en ella más allá del cariño de los amigos y compañeros de aventuras que siempre habían sido. Dejar la pequeña nota era sólo una forma de saber que, aunque no era correspondida, al menos él sabría lo que había significado para ella y tal vez pudiera perdonarla por marcharse sin siquiera una despedida.
Sacando fuerzas de donde no tenía, Kagome dejó el sobre con todo su contenido junto a la figura de Shippo que había empezado a roncar ruidosamente, ajeno al drama que se estaba desenvolviendo en su presencia. Viéndolo dormir se sintió aun más culpable. Ella sabía que el pequeño zorrito huérfano la veía como una figura materna sustituta. De hecho la llamaba Kagome-mama cuando estaba muy asustado o creía que ella no lo estaba oyendo. Particularmente cuando hablaba con Inuyasha, a quien le gustara o no, había tomado como un padre adoptivo también. Por eso confiaba en que él estaría bien cuidado. Inuyasha sería un bruto medio insensible, incapaz de admitir sus sentimientos, pero todos sabían que nunca permitiría que nada le ocurriese a Shippo.
Tomando una bocanada de aire se puso de pie. Era mejor acabar con todo rápido. Colgándose al hombro el morral dio un último vistazo al lugar donde pasó tanto angustias como alegrías a lo largo de tres increíbles años.
"Adiós a todos", dijo en un susurro inaudible y entrecortado, sus ojos cagados de lágrimas. Entonces dio la espalda a su pasado y lentamente comenzó a caminar, dejando atrás una parte de su corazón. De su vida.
El aire helado de la madrugada chocó dolorosamente con su piel expuesta, penetrando también a través de la ropa. Un escalofrío que muy poco tenía que ver con el clima la sacudió. Frotando sus ojos vigorosamente para disipar las lágrimas que se rehusaban a dejar de caer, Kagome comenzó a caminar pesadamente hacia el pozo.
Sus pies la llevaron por la fuerza de la costumbre, porque ella no estaba en condiciones de razonar el camino ni lo que pasaba delante de sus ojos. Parecía un zombi de los que salen en las películas de horror que tanto le gustaban a Souta, caminando como tiesa, con los ojos desenfocados y buscando un cerebro. Porque el suyo se había detenido por completo. Quizás era mejor así, o sabía que corría el riesgo de arrepentirse. Era más seguro caminar por inercia, la mente un torbellino de cosas inconexas que se sucedían sin cesar, atormentándola.
De pronto se detuvo y parpadeó varias veces confundida. Le tomó unos segundos darse cuenta el por qué.
Estaba de pie delante del pozo.
El momento inevitable del que tanto había huido estaba ahora frente a ella, como una sentencia a muerte cuando se es inocente.
Era el momento de renunciar para siempre a Inuyasha.
Estaba a un salto de cambiar su vida.
A un salto de su futuro… sin él.
Cerró los ojos y respiró profundamente una, dos, tres veces para darse fuerzas. Apretó los dientes y comenzó a caminar los últimos pasos. Sin mirar a atrás, urgiéndose a sí misma a no sentir remordimientos.
'Esto es lo correcto'
Su mano se aferró a la cerca de madera que bordeaba el pozo y que tantas veces había brincado yendo y viniendo 500 años entre el futuro y el pasado, con tanta naturalidad como el que sale de su casa al patio trasero. Está sería la última vez.
"¿A donde piensas que vas, Kagome?".
El hanyo la sobresaltó por segunda vez esa noche tomándola por completo desprevenida. Girando rápidamente Kagome lo vio de pie justo detrás de ella, como si de su propia sombra se tratara. Su expresión no delataba la molestia que ella había anticipado, pero sí una seriedad y calma bastante atípicas en su carácter. Sus ojos estaban fijos en ella, estudiando cada una de sus reacciones con cuidado, con una intensidad y atención que eran más extrañas aun y la verdad la hicieron sentir mucho más incómoda. Ya era bastante malo que la hubiera atrapado escabulléndose.
"Yo…", las palabras se atoraban en su garganta bajo la mirada inquisitiva y algo impaciente de sus ojos amarillos. 'Maldición, debes ser fuerte ahora', se reprendió mentalmente.
"¿Qué te parece que estoy haciendo–?" dijo con un intento de sonar firme y despreocupada a la vez. Estaba fallando miserablemente pues el nerviosismo en su voz era evidente, "–me voy a casa".
"¡Keh, ni creas!".
"¡Tu no puedes impedirme nada!".
"Claro que sí, más cuando estas intentando escabullirte en medio de la noche… no se lo que estas tramando pero más vale que comiences a hablar…".
Había que darle crédito. Inuyasha parecía algo atontado a veces pero era mucho más hábil de lo que aparentaba su actitud. Y sus sentidos eran infalibles. Pero eso no detendría a Kagome ahora que su determinación crecía a medida que lo hacía su indignación respecto al tono de superioridad que estaba presente en la voz del hanyo. Como si él tuviera algún derecho de mandarla o de pedirle cuentas… '¡¿qué se cree?!'.
"No tengo que darte explicaciones de mis actos ni a ti ni a nadie, me voy a casa simplemente porque quiero…".
"¡Nahhhhh, ya te dije que no te vas, ¿es que estas sorda?... pero que terca te pones!", replicó con un tono de burla en su voz, como si la idea fuese un absoluto absurdo.
Eso fue lo último que el frágil temperamento de Kagome iba a tolerar. Antes de que pudiera contenerse le soltó a gritos todo lo que le estaba comprimiendo el pecho desde que tomara la decisión. La rabia, el miedo, el despecho, la frustración, todo salió sin restricciones en su voz.
"¡Y a ti que rayos te importa ahora!. Hasta donde yo sé ya no hay más fragmentos que buscar así que no tienes por que hacerte el interesado en mi y en lo que hago ahora. El juego terminó, ya puedes dejar de fingir".
"¿De qué coño estas hablando?".
"¡¡De qué hablo?!. ¡Hablo de que estoy harta!… ¡harta de ti Inuyasha, harta tu prepotencia y estupidez, de tu actitud de superioridad, de que me ignores completamente un día y quieras mandarme al siguiente como si yo fuese de tú propiedad… estoy harta de estar a la expectativa, de vivir esperando por ti y no tener esperanzas… yo estoy… estoy…!".
Su voz comenzó a quebrarse con las primeras lágrimas. Las emociones eran demasiado fuertes y crudas como para lograr mantener algún tipo de control o dignidad ante el hanyo. Por eso precisamente había querido evitarlo e irse a escondidas. Ahora sólo daba lástima y no había nada que odiara más que eso.
"¡Ka-Kagome…!", Inuyasha estaba muy sorprendido con la violencia de la reacción de la joven humana delante suyo, que temblaba apretando los puños, bajando su rostro para ocultar las lágrimas que él bien podía oler. Nuevamente pensó que sus respuestas no se correspondían con la situación. Lo que estaba debajo de toda la rabia y los gritos era una herida abierta que él conocía bien, pues él mismo la había abierto sin piedad con su estúpido orgullo, con sus medias verdades… con su indecisión.
"Se acabó–", su voz era apenas un murmullo. Su rostro húmedo se alzó para devolver la mirada del hanyo desde ojos vacíos de vida, pero llenos de una determinación nacida del arrebato de dolor que agitaba su ser. "–se acabo, me entiendes… simplemente ya no quiero, no puedo esperar más. Me marcho".
Las palabras de Kagome se registraron en su cerebro al mismo tiempo que todos sus instintos híbridos gritaron en alerta. Un miedo irracional se apoderó de él en el momento que comprendió que esta era la última oportunidad.
O actuaba rápido o la perdía para siempre.
Sin tiempo para hacer las cosas de una forma más humana, su parte yokai tomó el control de la situación.
"¡Mierda!".
Kagome escuchó el improperio a sus espaldas justo después de dejar caer el morral dentro del pozo. ¡De ninguna manera la iban a detener ahora!. Estaba a punto de decir 'osuwari' cuando de un tirón Inuyasha la alejó del borde del pozo.
Antes que Kagome pudiese reaccionar del todo, Inuyasha la tomó rudamente por ambos brazos, volteándola hasta ponerla de frente a él, aproximándola a su pecho.
Un gritillo de sorpresa fue todo lo que se escapó de la garganta de Kagome ante lo que vieron entonces sus ojos.
Era una mirada que sólo se podía calificar como predatoria lo que la clavó en el sitio silenciándola efectivamente. Nunca antes había visto en él una expresión tan primitiva y posesiva, tan cautivadora pero intimidante a la vez. Sus ojos estaban velados por una pasión tan oscura e intensa que su cuerpo comenzó a temblar ante la fuerza del hanyo.
Por primera vez en toda su vida Kagome tuvo verdadero miedo de Inuyasha.
Miedo real a su poder y naturaleza híbrida. Miedo a lo que era capaz de hacer la bestia que dormía tras los ojos del hombre. A diferencia de las ocasiones en que la parte yokai de Inuyasha había tomado control de él en el pasado, dejándolo sin capacidad de raciocinio, esta vez era evidente que el hanyo estaba en total control de sí mismo.
Esta vez era distinto.
En cierta forma Kagome sintió miedo del hombre, más que del demonio. Del hombre que tenía una naturaleza salvaje alimentada por su parte yokai. Del hombre que tenía, por ello, una intensa necesidad de poseer. Hasta sus ojos parecían haber tomado una coloración distinta… ¿o era la falta de luz?.
Kagome estaba muy aturdida, tratando aun de dilucidar el motivo de su miedo y las intenciones del hanyo cuando repentinamente, Inuyasha se inclinó sobre ella y la mordió con fuerza en la base de su cuello.
Las sensaciones que asaltaron su cuerpo al contacto de sus afilados colmillos acabaron de golpe con toda posibilidad de hilar un pensamiento coherente. El espacio a su alrededor desapareció junto con la conciencia de quién era y dónde estaba.
Era como si hubiera entrado en una dimensión paralela, en la cual el tiempo se estiraba, y el transcurrir pausado de cada segundo era percibido con morboso detalle por todas las terminaciones nerviosas presentes en su cuerpo.
En el momento que la boca del hanyo entró en contacto con su piel un escalofrío puso de punta todos los vellos de su piel. Ese estremecimiento recorrió con mayor fuerza su espalda cuando la apretó más contra su cuerpo. El primer roce de sus colmillos hizo que un calor placentero se instalara en su bajo vientre al tiempo que el estómago se le llenaba de mariposas.
Luego, lo que sólo podía ser descrito como una deliciosa mezcla de dolor y placer la asaltó cuando sintió sus colmillos hundirse en su carne con una lentitud enloquecedora. Sus sentidos, ahora más afinados y sensibles que nunca estaban como electrificados. Podía sentir claramente cada latido de su corazón, la sangre corriendo por sus venas y ese calor de su vientre multiplicarse y extenderse por todo su cuerpo.
Afecto y pasión intensas se apoderaron de su ser enviándola a un estado de euforia cercana al éxtasis.
Pero la sensación que predominaba en ella era la de sumisión. Era un instinto salido de lo más profundo de su ser, una necesidad natural carente de raciocinio alguno. Era lo que todo su cuerpo pedía a gritos.
Total sumisión ante la orden directa del macho alfa. Sumisión ante su poder y autoridad transmitida en la fuerza de su mordida.
No era una pregunta o una petición.
Era una orden.
La confusión no podía ser mayor para Kagome, que apenas podía sostenerse en pie, apretada contra el pecho de Inuyasha, las afiladas garras clavándose en sus brazos. No era fácil resistir el embate de tantas sensaciones encontradas sin flaquear, por muy determinada que estuviera tan sólo segundos antes. Ahora lo poco que podía hacer era debatirse entre lo que su corazón y su cuerpo le demandaban, y lo que su conciencia y orgullo femenino dictaminaba respecto a actos barbáricos como en el que estaba imbuida –y que a decir verdad tampoco tenía prisas por dejar.
Era tan tentador abandonarse en sus brazos… obtener lo que siempre había deseado.
Pero con todo y sus verdaderos deseos, en el fondo sabía que Inuyasha la estaba forzando. Le estaba quitando efectivamente todo derecho a decidir sobre su vida y su futuro, tomándola por la fuerza. Poniéndola en aquel momento entre la espada y la pared. No estaba segura de cómo funcionaba, pero lo sentía en el fondo de su conciencia. Estaba siendo sometida. Y eso no significaba necesariamente que estuviera siendo aceptada por él… ni mucho menos amada. Tan sólo sometida a su voluntad.
A pesar de ello, el éxtasis en el que estaba atrapada empujó esa noción incómoda al fondo de su mente. El calor que emanaba de Inuyasha la incitaba más y más a abandonarse en la ilusión de ser correspondida.
La boca se cerró un poco más, presionando con mayor fuerza a su presa, obteniendo de ella un gemido tan erótico y profundo que hizo gruñir a Inuyasha en respuesta. Kagome podía sentir la vibración de su garganta recorriendo todo su cuerpo, sumándose al placer, al dolor, al tormento de sus emociones.
Mas allá de lo que pensara de la orden hecha sin palabras, su corazón deseaba sinceramente entregarse por completo y olvidar todo el dolor vivido en su abrazo.
Después de todo… lo amaba más que nada en el mundo.
Y tan pronto ese pensamiento cruzó por su mente, su cuerpo relajó la última resistencia que estaba poniendo a la urgencia del hanyo, sometiendo así su voluntad, alma, cuerpo y mente a los deseos de Inuyasha.
Sólo entonces la fuerte y cuidadosa presión de la mordida se relajó, soltando poco a poco a su presa. Inuyasha estaba perdido en su propio mundo de sensaciones, siendo la euforia la más fuerte de todas. La sumisión de Kagome significaba para él más de lo que estaba realmente dispuesto a admitir. No debería afectarlo tanto, pero lo hacía.
Cuando sus colmillos dejaron su carne, de inmediato sus labios rodearon la herida, saboreando cada gota de la sangre que salía, al tiempo que su lengua acariciaba con suavidad las lesiones en la piel de la mujer en sus brazos, como forma de silenciosa disculpa, tratando de aliviar el dolor que le había causado.
Rápidamente la sangre dejó de salir y con un último beso sobre el lugar donde la había marcado, levantó su rostro al tiempo que frotaba varias veces la mejilla de Kagome con su nariz, en una caricia tierna que pretendía suavizar en algo la fuerza del acto que acababa de forzar.
Las manos de Kagome se habían aferrado con fuerza al hitoe de Inuyasha y sus ojos estaban cerrados. Estaba temblando ligeramente, pero no dio señales de querer moverse o de decir palabra alguna.
Inuyasha tampoco dijo una sola palabra, tan solo acomodó mejor su cuerpo contra ella y la atrajo más hacia sí en un abrazo firme que pocos segundos después ella devolvió con la misma fuerza.
Estaba hecho.
Kagome estaba a un paso de ser su Shirushi.
-o-
Daimyo – gran nombre / hace referencia a las personas más poderosas de la era feudal japonesa desde el siglo 10 al 17, o a los lideres de clanes mas importantes.
Hitoe – especie de kimono pero mucho mas corto. Inuyasha lo usa metido en su Hatana (pantalones), y amarrado con un Obi (cinturón), el cual sostiene también su espada.
Shiromuku – kimono de bodas.
