DISCLAIMER: Los personajes de Inuyasha y todo lo relacionado con ellos, pertenecen a Rumiko Takahashi. La trama de "Shirushi", es propiedad de Inner Angel
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NDA: Sobre la demora sólo puedo pedirles disculpas. Estoy tratando de dedicar más tiempo a escribir para actualizar más seguido, pero igual no prometo nada antes de un mes. Creo que aun no les he comentado que esta historia está planeada a tan sólo cuatro capítulos. ¿Por qué? Pues la verdad mi interés era tan sólo explorar el inicio de una relación entre Kagome e Inuyasha como su última gran aventura. Lo que venga después ya queda a la imaginación de cada quien.
En cuanto a este capítulo, sólo puedo decir una cosa… ¡oh kami!
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Shirushi
By InnerAngel
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-o- c3 / seré tuyo…
Las noches eran más largas que los días en esa época del año, y las bajas temperaturas transmitían, además de frío, una sensación similar a la de un mundo que se congela y desacelera su marcha. Los movimientos se ralentizan y los minutos parecen hacerse más largos. Todo permanece detenido, pero en alerta; como a la expectativa del movimiento de aquello que rehúsa a morir.
El mundo es hermoso en otoño, porque se convierte en un cuadro que se seca lentamente e imprime su belleza imperecedera en la retina de quien sabe dónde mirar. Un mundo que muere, y se apaga. Un mundo que luego renace de sí mismo con fuerzas renovadas.
A Inuyasha le gustaba esa idea.
Muerte y final. Renovación y renacimiento.
Para un yokai la vida y la muerte significaban exactamente lo mismo, pues no existía la una sin la otra. Para construir y continuar se debe destruir y desechar. Ese era el intercambio natural de la vida, de la evolución.
En su experiencia, la muerte a su alrededor siempre había resultado una situación dolorosa, cierto, pero totalmente renovadora a la vez, de la cual siempre había surgido al final como el vencedor. Más fuerte que antes. Mucho más preparado. Sin embargo, ese dolor permanecía fresco en su memoria, debido esencialmente a su parte humana que hacía de sus sentimientos algo mucho más intenso que aquellos de un yokai puro.
Por eso siempre había visto su humanidad como su gran debilidad.
Ahora comprendía bien que era precisamente esa humanidad la que lo hacía más fuerte.
La que le permitía sentir la necesidad de proteger aquello que se quiere sin importar las consecuencias.
La que le permitía amar intensamente a Kagome.
La joven en sus brazos se movió ligeramente, como en respuesta a sus pensamientos. Apenas unos segundos luego de que el hanyo forzara su sumisión, las piernas de Kagome habían cedido bajo el peso de su propio cuerpo. Tan intensas eran las emociones que simplemente su mente se cerró y su sobrecargado organismo, incapaz de soportar más el estrés de sus propios sentimientos, se apagó.
La neblina comenzaba a disiparse ahora que el día anunciaba en el horizonte su llegada y el frío comenzaba a ceder. Inuyasha se reacomodó contra el tronco del árbol que les dio albergue en una de sus ramas más elevadas y cómodas. Con Kagome de espaldas contra su pecho el hanyo la envolvió en el calor de su hitoe, abrazándola con fuerza entre brazos y piernas para mantenerla segura y caliente.
Claro, era más fácil decirlo que hacerlo, pues Kagome como de costumbre no se estuvo quieta en toda la noche; murmurando entre dientes y batiéndose de un lado a otro entre sueños. Dos veces se encontró a punto de caer cuando sus pensamientos lo distraían demasiado de los movimientos repentinos que la sacudían. Habiendo sido testigo del aumento exponencial de su sueño irregular con el transcurso de los años, eso no le sorprendió en lo más mínimo. Con todo lo que habían vivido juntos luchando por sobrevivir mientras veían sufrir y morir a otros a su alrededor, era natural que un simple humano quedara atrapado en un mundo de pesadillas permanente.
Kagome era fuerte, cierto, y había que reconocerle su constancia y compromiso, luchando valientemente contra toda adversidad sin rendirse jamás, sin ceder un milímetro en su empeño. Pero también era evidente que a pesar de toda esa fuerza su alma era en esencia humana y por tanto muy sensible. Así que ya comenzaba a resentir todo el peso del dolor que había sido grabado a fuego en su memoria y en su espíritu.
Es por eso que Inuyasha quería darle a Kagome la posibilidad de vivir una vida más normal y estable. Ya estaba bueno de correr de un lado a otro, salvando el pellejo a duras penas, ayudando a los demás sin pensar en sí mismos. Ella se merecía mucho más que eso, y él no se lo iba a negar a causa de ser en parte yokai y vivir en un mundo muy distinto aunque –en su opinión– tan salvaje como el de ella.
Si Kagome iba a quedarse con él en el sengoku jidai como tenía pensado, no podía seguir ofreciéndole una estrecha rama de árbol por hogar y pescado de río recién atrapado por sus garras para comer día tras día.
Por ello no había encontrado otra solución más que tragarse todo su orgullo e ir a hablar con Sesshomaru, para reclamar su posición y lo que le pertenecía por derecho dentro del Clan de los Inugami.
No fue fácil, claro. Como era de esperarse su odiado medio hermano lo hizo sufrir más de la cuenta, sólo por el placer de verlo someterse finalmente a su autoridad y para elevar su propio ego, sin duda. Y el maldito bastardo lo había disfrutado hasta el límite. Tan sólo recordarlo le hacia hervir la sangre de nuevo; y considerando la multitud de humillaciones frente a las que tuvo que agachar la cabeza y morderse la lengua, era un milagro que no hubiese arrasado con medio Clan en un arrebato de furia.
Pero al menos había logrado aguantarlo todo sin darle el placer a su hermano de una sola queja mientras era sometido. Él sabía que, aunque lo negará hasta la muerte, Sesshomaru se había sentido impresionado y quizás –por qué no– hasta un poco orgulloso de él. ¡Cosas más locas pasaban en este mundo!
En cuanto al resto del Clan, la mayoría lo conocían sólo por la reputación que lo precedía (y que gracias a Sesshomaru no era nada buena), así que lo hicieron pasar por una de las pruebas más duras de su vida. En buena medida, se sintió de nuevo como aquel niño indefenso de hace años, corriendo tras la pelota con la ilusión de integrarse al juego, mientras todos a su alrededor le daban la espalda en rechazo, sólo a cuenta de ser diferente.
Juzgado sin derecho a defensa, y calificado como un ser "no digno" en su mundo y por su propia familia, tan sólo por el miedo a lo que representaba su sola existencia.
La mezcla de razas. Un ser híbrido. Un ser maldito.
Pero él, ciertamente, ya no era un niño, y poco a poco todos tuvieron que volver el rostro hacia él y reconocerlo por lo que era, y no por quienes habían sido su madre o su padre. El hijo menor del Inu no Taisho era una fuerza en sí misma que no podía ser negada. Su lado humano sólo lo hacia más poderoso, de una forma que pocos podían explicar, pero que todos tuvieron que reconocer y respetar.
Así, en los últimos meses había logrado construir algo para ofrecerle a Kagome. Claro, en ese tiempo se rehusaba totalmente a admitir sinceramente las razones que lo impulsaron en esa nueva determinación por ser aceptado y reconocido como miembro de un Clan al que siempre había rechazado. Ni siquiera en la quietud de las interminables noches que pasaba sufriendo en una más de las estúpidas pruebas de Sesshomaru, él era capaz de admitir para sí mismo que había comenzado a pensar en un futuro con ella, y que quería ser mejor, sólo por ella.
Ahora, la verdad no podía esperar para gritárselo a todos los seres vivos con oídos y entendimiento en 1.000 millas a la redonda. Kagome era suya, la amaba e iría hasta el mismísimo infierno ida y vuelta tan sólo por complacer uno de sus caprichos.
¡El amor era una cosa muy extraña!. De no querer admitirlo a querer decírselo hasta las piedras. ¡¿Qué demonios le estaba pasando?!. Si se descuidaba iba a empezar a sonar como Miroku cuando bebía demasiado sake y Sango estaba cerca… ¡ugh!.
Inuyasha se frotó los ojos con fuerza. La verdad es que se sentía muy agotado. Ya era de día y él no había pegado un ojo en toda la noche.
Las razones de su insomnio eran una extraña mezcla de euforia y ansiedad difíciles de desconectar. Su cerebro estaba sobrecargado. Su cuerpo demasiado alerta y consciente de la mujer durmiendo en su abrazo como para poder ignorar todo lo acontecido en las últimas horas y dormir.
Así que había pasado la noche simplemente contemplándola. Admirando cada detalle de sus facciones y respirando profundamente el aroma de su cuerpo.
Kagome era hermosa, especialmente cuando dormía y su rostro estaba sereno, vacío de los reproches o las tristezas que siempre estaban en su semblante cuando le veía últimamente. Era un alivio poder tenerla así, tan cerca. Su presencia intoxicante inundando todos sus sentidos.
Había tanto que deseaba decirle. Tantos sentimientos increíbles que ella había despertado en él en los últimos tres años que era imposible comenzar siquiera a explicarlos en su mente, mucho menos ponerlos en palabras. Hubiera deseado ser más humano para ella y decirle lo que sabía, ella quería –y necesitaba tanto– oír de él.
Pero ahora ya estaba hecho. Había sometido a Kagome a su voluntad con una marca inicial que la anunciaba a todo lo que tuviera sentidos yokai como de su propiedad y fuera de los límites de cualquier otro macho interesado en ella. Ahora sólo le restaba tomarla, poseerla en cuerpo y alma para convertirla en su shirushi… su pareja por el resto de sus días.
Su otra mitad… su aite.
Claro dicho así sonaba la mar de bonito y romántico, pero algo le decía que le esperaba la serie más larga de osuwaris de toda su vida cuando la bella durmiente despertara. Y Kagome no era una persona particularmente agradable recién levantada por las mañanas. El hanyo lo había aprendido de la manera más dura cuando estaban reuniendo los fragmentos de la perla; en más de una ocasión se encontró objeto de la furia de una iracunda Kagome, con lagañas en los ojos y los cabellos en ese desorden particular que delataba sus continuos movimientos mientras dormía.
Por lo general era más sensato dejarla sola hasta que terminara de prender el motor y pusiera la primera marcha, más o menos a eso del medio día.
Una mezcla de gruñido y suspiro salió del hanyo. Iba a estar muy jodido tener que lidiar con el usual desagrado a levantarse de Kagome sumado a la más que predecible molestia por lo que había ocurrido entre ellos.
Era cierto que Kagome se había sometido, aceptándolo como potencial pareja, pero eso no significaba que estuviera del todo convencida, a juzgar por la pelea que tuvieron justo antes. En realidad parecía todo lo contrario. Su instinto le decía que esta vez estaba genuinamente decidida a mandarlo de una vez por todas al infierno, para no volver nunca más.
Forzarla a hacer algo contra su voluntad era una de las cosas que Kagome más detestaba, y si en algo la conocía –y la conocía muy bien– su reacción definitivamente no iba a ser buena. No importaba lo mucho o no que le quisiera, su temperamento era incontrolable en el mejor de los casos.
Sin embargo, tenía que admitir que a pesar de la ansiedad que le causaba su reacción, era con mucho ese increíble carácter, fuerte y resuelto, una de las cosas que más admiraba de ella…
…aunque ahora ya no estaba tan seguro de eso fuera tan bueno en realidad.
Se frotó el cuello inconcientemente. 'Esto si que va a doler'.
En cualquier caso, sus acciones estaban plenamente justificadas y le gustara o no, ahora ambos tendrían que lidiar con las consecuencias.
"¡Iie, mama, no me gustan las papas con crema-a-a-aaaahhhhhhh!"
El sobresalto de Kagome al despertarse, gritando incoherencias, los dejó literalmente colgando de las uñas, precariamente aferrados de la rama que les había servido de cama durante la noche. Kagome estaba colgando de cabeza, pues Inuyasha apenas y tuvo tiempo de sostenerla por un tobillo.
"¡Waaaaaahhhhhh! ¿¿Qué pasó aquí??".
"¡Con un demonio… te has vuelto loca, nos vas a matar!".
"¡¿De qué rayos hablas, ni siquiera sé cómo llegué aquí…?!".
"¡Pues es tu culpa que estemos colgando… no te sabes estar quieta!"
"¡Oi, no te atrevas a echarme la culpa Inuyasha!!".
"¿Y de quién si no, ehhh??".
"¡Eres un idiota!".
"Bonitas bragas".
"¡¡AHHHGGGGGGGGGGGG!!".
El movimiento brusco de Kagome por cubrirse con la falda hizo que las garras que los sostenían cedieran al peso. Inuyasha apenas y tuvo tiempo de mandar su cuerpo adelante para proteger a Kagome del golpe.
Él tocó suelo de espaldas, amortiguando por completo la caída de ella, quien terminó encima de él, sentada como si nada sobre su pecho y sin un solo rasguño. Pero de mucho, mucho mal humor.
"¡Eres un bruto Inuyasha!".
"¡Cállate ya, si eres tú la que nos hizo caer en primer lugar…!".
"¡Osuwari!".
"¡¡Aghhhh!!". El sonido de un Inuyasha ahogándose dolorosamente con el rosario como soga al cuello trajo la justa satisfacción por su ofensa. Kagome respiró de inmediato mucho más tranquila. El muy descarado estaba mirando su ropa interior todo el rato que estuvieron colgados. 'Pervertido'.
"¡Ka-go-o-me!".
"¡No me interesa oírte Inuyasha!. Tengo frío, sueño, hambre y aun no se qué rayos está pasando".
"¡Keh… pero como eres descarada–" dijo el hanyo con toda la irritación que pudo conjurar en su voz medio ahogada. "–y ya bájate!".
"¡Ja!... ni falta hace que me lo pidas", la chica se puso en pie de inmediato, poniendo terreno de por medio entre ella y el molesto hanyo. Miró a su alrededor para ubicarse, pero nada le resultó familiar en relación a qué estaba haciendo allí, aunque era evidente que estaba en el bosque cerca de la aldea.
Se pasó la mano por la ropa sacudiéndola ligeramente, al tiempo que intentaba alisar las arrugas que la cubrían por todos lados. ¿Acaso había dormido toda la noche con esa ropa puesta?. Se sentía adolorida, bastante cansada y la verdad el estar desorientada no ayudaba en nada a mejorar su –bastante deteriorado– estado de ánimo.
"¡Oye tú, no seas malagradecida, te salvé la vida ¿sabes?!", refunfuñó Inuyasha ya sentado en el suelo, frotándose el cuello con resentimiento.
"¡Y tu no seas tan engreído!".
"¡Malcriada!".
"¡Perro faldero!".
"¡Histérica!".
"¡Agghhh, ya no te soporto más Inuyasha!. ¡Me marcho a casa!".
Como de costumbre el temperamento de Kagome había llegado al límite en tiempo record y sin necesidad de mucha provocación. Así que con una última mirada de odio dirigida al ofensivo hanyo, la joven le volteó el rostro con todo el desden y la irritación que pudo comandar a sus facciones, lista para dejarlo allí plantado.
Pero con el movimiento brusco de su cabeza un dolor agudo atravesó como una aguja la parte derecha de su cuello.
"¿Pero qué…?", la palabras apenas se habían formado en sus labios cuando su mano tocó la herida en la base de su cuello.
Entonces el mundo comenzó a girar bajo sus pies.
De un sólo golpe todo lo que había pasado la asaltó de repente, haciéndola tambalear.
Inuyasha se puso visiblemente tenso. Todos sus sentidos se afinaron de inmediato, atentos a la más mínima reacción de Kagome a esos recuerdos que sin duda estaban volviendo de golpe a su mente. Había llegado la hora de la verdad.
Los segundos pasaron pesadamente mientras esperaba.
Kagome había cerrado los ojos, concentrándose en revivir lo ocurrido. Por unos instantes llegó a dudar de sí misma y de lo que sus recuerdos le mostraban. '¡Imposible!. Tuvo que ser un sueño'. Pero la incredulidad se disolvió rápido con el dolor constante de la herida bajo sus dedos, que no dejaba lugar a dudas respecto a lo ocurrido.
El hanyo por su lado apretó sus puños. Era el momento de padecer la furia de Kagome, pero con suerte, ella eventualmente entendería, una vez que se calmara. Con suerte terminaría por aceptar sin mayores resistencias.
Claro que Inuyasha nunca había tenido suerte en toda su vida.
Cada una de las sensaciones que dominaron a Kagome en aquel momento se renovaron en su pecho cuando comenzó a comprender un poco la magnitud de lo que había pasado. La herida bajo sus dedos era una especie de marca. No sabía exactamente que significaba, pero la sentía pulsando bajo su tacto, irradiando una energía que no era suya.
Lentamente, con el corazón atorado dolorosamente en algún punto de su esófago, Kagome se volvió para enfrentar la mirada del hanyo responsable de todo.
Un sentimiento de culpa la golpeó inexplicablemente como si le hubiera caído una piedra directo al fondo del estómago. Inuyasha seguía en cuclillas en una postura que podía parecer inocente al observador causal, pero que Kagome reconoció como una de defensa ante todo a su alrededor. Sus blancas orejas estaban vueltas hacia atrás y sus ojos muy abiertos, con una mirada que contenía iguales dosis de ansiedad e incertidumbre, y que no se correspondían en nada con la mirada posesiva y segura que sus recuerdos le mostraron hacía un instante.
Mucho más tarde Kagome compararía al Inuyasha que vio entonces con un perrito callejero que espera ansioso ante un nuevo amo, inseguro si va a ser aceptado con una caricia o rechazado con un golpe.
Pero la verdad era que en ese momento, Kagome se encontró con mucho sintiendo exactamente lo mismo que él reflejaba en sus ojos. Incertidumbre ante lo ocurrido, y la profunda necesidad de que le reaseguraran que no había cometido una estupidez de proporciones monstruosas.
La diferencia entre ambos era que, en el fondo, Inuyasha ya estaba seguro de lo que había hecho, pero necesitaba que Kagome confirmara su consentimiento y le correspondiera en sus sentimientos. Mientas Kagome necesitaba mucho más que eso, de preferencia alguien que le dijera simplemente que hacer en adelante con su vida porque se sentía a punto de enloquecer.
Con todo lo que le había costado tomar la determinación de irse y ahora… ahora simplemente su decisión se había derrumbado como un castillo de arena en los brazos del hanyo.
Estaba completamente perdida y sin idea respecto a lo que debía hacer con este nuevo e inesperado giro en los acontecimientos. Y por sobre todo, se sentía con un miedo terrible a seguir avanzando por el camino que su corazón le estaba dictando. Después de todo, la decisión tomada antes había sido una completamente racional y práctica, en oposición a una sentimental e instintiva, que había provocado su eventual sumisión anoche.
Mientras lo miraba con la angustia de su tormenta interior escrita claramente en el rostro, la mente de Kagome se atascó finalmente entre velocidades, sin posibilidad de hallar respuestas a las miles de preguntas que rebotaban en su cerebro.
Así que ante la duda, era mejor huir…
Increíblemente le tomó unos segundos a Inuyasha reaccionar.
'¡Salió corriendo!… ¿qué rayos??'.
De inmediato comenzó a perseguirla, pero a una distancia prudencial en caso de que se decidiera a contraatacar. Con Kagome era muy difícil predecir patrones de comportamiento con certeza, así que bien valía ser extra precavidos.
"¡Kagome!".
La miraba desde arriba, gracias a la altura que ganaba con su potente salto, mientras ella corría como posesa, llevándose las manos a los oídos como tratando de bloquear con ello su voz y toda su presencia.
"¡Espera, Kagome!".
La podría haber detenido sin esfuerzo, pero ni él era tan imprudente como para tratar de hacerlo. Este era uno de esos momentos en que lo más inteligente es dejar solos a los humanos un rato hasta que recuperen la cordura. Particularmente a las hembras, más propensas a la inestabilidad emocional. Era frustrante, pero definitivamente lo único viable en vista de las circunstancias.
Kagome ya estaba dejando el bosque y entrando a toda velocidad en la aldea. Era temprano, pero la gente ya estaba en las calles para enfrentar los quehaceres del día. Y eso a pesar de que a más de uno se le había ido la mano con el sake la noche anterior durante la boda.
La atormentada Kagome corría por las calles sin mirar a nadie, con la vista completamente nublada por las lágrimas que no podía contener. Sabía que todos la veían pasar y murmuraban. Algunos hasta la llamaron tratando de detenerla para saber que ocurría y tratar de ayudarla. Después de todo ella era muy querida y respetada por los aldeanos.
Pero lo único que ella deseaba era estar sola. Desaparecer por un rato en un lugar sin preguntas ni presiones. Eso o seguir corriendo lo más rápido que fuese humanamente posible para tratar de dejar su dolor y sus dudas atrás.
Como era predecible, su huida la había llevado directo a casa de Kaede, más por costumbre que por una decisión consciente. Entró en el lugar como si su vida dependiera de ello, quedándose de pie en medio de la habitación, y respirando pesadamente luego de una carrera de 10 minutos que la dejó sin aliento.
"¡Kagome-mama…!", Shippo se lanzó a sus brazos sin ceremonia, demasiado angustiado por la supuesta marcha definitiva de la joven como para registrar el estado de total desesperación en el que ella misma se encontraba.
"…pensé que de verdad te habías ido para siempre… y, y que me iba a quedar solitooooo, ¡bahhhhh!!". El intenso llanto del pequeño kitsune sólo consiguió renovar el suyo propio. Kagome se desplomó al suelo abrazando a Shippo con todas sus fuerzas.
"Kagome, ¿qué ha pasado?", Kaede preguntó poniéndose de pie, alarmada por la llegada de la joven por quien se estaba lamentando segundos antes. Aun sostenía la carta de despedida que acababa de leer en la mano. A su lado Rin se frotaba los ojos tratando de disipar las lágrimas, muy aturdida como para decir algo.
Los sollozos combinados de mujer y kitsune fueron la única respuesta directa que obtuvo la sacerdotisa, pero la verdad no necesitaba mucho más para adivinar lo que había ocurrido.
'Inuyasha'
Sus temores se confirmaron cuando sus ojos notaron las gotas de sangre que manchaban el cuello del suéter que Kagome tenía puesto. Como era de esperarse ese atolondrado era el responsable. La anciana se puso en movimiento frente al fuego de inmediato, colocándolo todo para preparar una infusión extra fuerte que calmara los nervios de la pobrecilla desdichada.
Mientras Kaede se hacia útil, Rin se acercó algo temerosa al lugar donde Kagome seguía encogida, estremeciéndose por la intensidad de un llanto que no lograba ni parar, ni comprender del todo. La pequeña la contempló un rato, tratando de decidir como podía ayudarla mejor. Kagome le gustaba mucho, pues era amable y cariñosa con ella, pero siempre estaba triste y eso la ponía triste a ella también.
"No llores más por favor, Kagome-chan", dijo la niña con dulzura, llevando su mano al rostro enrojecido por tanto llanto, tratando en vano de secar las lágrimas que empapaban sus mejillas. Kagome abrió los ojos cuando sintió la pequeña mano sobre su rostro, y vio entonces la serena preocupación tan atípica en una carita siempre tan alegre. "Yo se que todo va a estar bien de ahora en adelante".
Por alguna razón una afirmación tan sencilla dicha con tanta convicción por una niña que a duras penas podría comprender lo que estaba pasándole trajo un alivio a su alma que ni 10 infusiones de Kaede podrían lograr.
En ese momento la noción de que las dos tenían en su destino algo en común la sobresaltó. Las cosas comenzaban a tener sentido.
Sosteniendo con una sola mano al kitsune contra su pecho, Kagome extendió la otra para abrazar a Rin.
Por fin el mundo dejó de girar bajo sus pies.
"Veo que ya estás más tranquila", dijo la anciana al poco rato, mientras se acercaba al trío abrazado en medio de la habitación. "Toma esta infusión para que entres en calor", se detuvo delante de ella alcanzándole la taza humeante. El sólo olor era muy reconfortante, más por la familiaridad y el cariño que estaban implícitos en el gesto que por los efectos de las hierbas en sí.
Kagome asintió, soltando a sus dos pequeños compañeros para terminar de secar las lágrimas y tomar la bebida de las manos de Kaede, quien se sentó justo frente a ella contemplándola con una mezcla de preocupación y tristeza.
"Gracias", su propia voz medio ronca la sobresalto un tanto. En verdad que estaba hecha un desastre. Bebió bajo la mirada atenta de 3 pares de ojos. Shippo moqueaba intermitentemente los restos de su llanto, pero por lo demás estaba inusualmente callado, como si presintiera el desorden emocional de su madre subrogada. Rin parecía más pensativa, pero atenta a lo que pudiera suceder para ayudar.
Kaede no podía ocultar la molestia e inquietud que sentía, reflejadas como estaban en el marcado entrecejo fruncido y los labios apretados en una delgada línea. Sango ya debía estar lejos de allí junto con Miroku, de camino hacia la costa donde planeaban pasar una temporada. Eso la dejaba sola, así que estaba de su parte arreglar por sus propios métodos el lío en el que estaba metida Kagome.
Cuando la joven terminó de beber la infusión de un último sorbo, Kaede decidió que era hora de intervenir. "Shippo, Rin–" dijo repentinamente sobresaltando a todos un poco luego del largo y expectante silencio en el que estaban sumidos, "–quiero que los dos vayan a casa de Miho-san y esperen allí".
Shippo fue, naturalmente, el primero en protestar. "¿Por qué?. Yo quiero estar con Kagome…".
"No es momento para rezongar por tonterías. Kagome necesita estar a solas".
"Pero…", la mirada asesina que le mando Kaede lo silenció. El kitsune buscó auxilio en Kagome, quien le devolvió la mirada con una tristeza que le encogió su corazoncito, angustiándolo más aun.
"No te preocupes por mi Shippo. Además, yo estaré aquí cuando vuelvas, ¿si?", le dijo a sabiendas de que su mayor temor era que se marchara mientras él no estaba, tal y como lo había dicho en la carta que les había dejado.
"Si tú me lo pides así lo haré, Kagome. Pero no me gusta nada dejarte aquí solita".
"Yo estaré con ella, así que vayan de una vez", mandó Kaede con impaciencia, a lo que Rin se puso de pie enseguida volviéndose a buscar sus cosas mientras que Shippo hizo todo lo contrario, lanzándose en dirección al cuello de Kagome para aferrarse a ella un rato más.
Pero tan pronto la tocó, dio un salto en sentido contrario llegando al otro extremo de la habitación del susto.
Sus ojos estaban abiertos a más no poder, al igual que su boca.
El olor de Kagome había cambiado, ¿cómo no se había dado cuenta antes?… ahora estaba marcada…
Por Inuyasha.
La boca abierta se convirtió en tiempo record en una media mueca parecida a una sonrisa y con una carita muy pero que muy sonrojada haciendo juego.
"¿Ka-kagome tu…?".
"¡Shippo, ya deja de tontear y sal de una vez!", intervino Kaede, antes de que el pequeño yokai dijera más de lo necesario.
"Pero…"
"¡Ya me has oído!"
"Pero Kagome está marcada y…".
"¡Ya basta!, esto no le concierne a los niños", era muy raro oír a Kaede alzando la voz, por lo que el kitsune se enfurruño más en respuesta a ser reprendido sin razón aparente. Pero antes de que pudiera decirle cuatro malcriadeces a la vieja insoportable, Rin llegó a su lado tendiéndole la mano.
"Vamos Shippo".
El kitsune mandó una mirada asesina a Kaede y luego una ansiosa a Kagome, antes de decidirse a tomar la mano de Rin y salir de la humilde casa. Era evidente que allí no podía hacer nada por los momentos, pero afuera, cierto hanyo iba a escuchar un par de improperios por hacer llorar a su Kagome-mama.
Kaede por su parte suspiró aliviada cuando por fin se quedaron solas. Esto definitivamente iba a estar muy difícil. Sus ojos se volvieron a examinar a la jovencita que representaba a su hermana vuelta a nacer. La ironía de estar en una situación similar a la de hacía más de 50 años no escapó de su juicio.
"Kagome, se que estas muy desconcertada ahora, pero es necesario que me expliques lo que ha pasado para poder ayudarte niña".
"¿Qué quiso decir Shippo con estar marcada?", respondió bruscamente en lugar de contestar a la pregunta, "…es decir, como supo que…", su mano se fue inconcientemente a la herida en su cuello. Los latidos, ahora más suaves y rítmicos le resultaron extrañamente reconfortantes.
"Como sabes los yokai tienen sentidos mucho más potentes que los humanos. Ellos pueden… oler estas cosas".
Kagome se sonrojó ante lo que debía estar pasando por la mente de la anciana, y que si era la mitad de lo que pasaba por la suya no quería ni imaginar como la vería a la cara de nuevo.
"Pero antes de hablar, creo que es mejor que te marches ahora mismo".
Las palabras de Kaede confundieron mucho a Kagome hasta que se dio cuenta que no estaban dirigidas a ella, tan pronto como se escucho el característico…
"¡Keh!"
"No bromeo Inuyasha, estoy lista para usar la fuerza si es necesario". La vieja tenía la mirada puesta en la puerta de entrada. Era obvio que el hanyo estaba recostado en su típica postura del lado de afuera, tal vez escuchándolo todo desde que Kagome llegó corriendo.
"Cállate ya vieja tonta, no sabes lo que dices".
"No tienes derecho…".
"Eres tú quien no tiene derecho a decirme que tengo que hacer y que no. ¡Mucho menos respecto a mi Shirushi!".
Kagome se sintió palidecer al tiempo que su cuerpo reaccionó a la voz de Inuyasha como si fuera un imán. Shirushi. Nunca en su vida había escuchado antes esa palabra, pero algo dentro de ella hizo click tan pronto llegó a sus oídos. Fue como si algo familiar al tiempo que totalmente nuevo respondiera en lo más profundo de su ser, despertando una atracción difícil de contener.
"¡¿Cómo te has atrevido?–", dijo una Kaede indignada a más no poder, "–eres un bárbaro!".
"¡Ya dije que te calles de una vez…!", Inuyasha se plantó por fin en la puerta mirando hacia adentro, directamente a Kagome. De ninguna forma iba a permitir que la vieja impertinente empezara a meterle ideas en la cabeza.
"Kagome".
"Ella no quiere hablar contigo, Inuyasha".
"Ella puede hablar por sí misma–", el hanyo en verdad estaba comenzando a perder la paciencia, "–tenemos que hablar, Kagome".
La joven había volteado su rostro y cerrado los ojos tan pronto lo vio en el umbral. No podía enfrentarlo ahora. No con tantas preguntas nublando su mente, llenando su ánimo de mucha rabia y miedo, de ansiedad y confusión. No cuando volvía a sentir en su pecho el impulso de salir corriendo, pero para abrazarlo, para aferrarse a él y nunca dejarlo ir.
Podía escuchar las voces de los dos que continuaban peleando por su causa, pero ya no distinguía las palabras. Quería… no… necesitaba que todo parase por un momento o se iba a volver loca, o a desmayarse. O ambas inclusive.
"Vete", la voz apenas audible se escuchó, sorprendentemente, por encima de las voces gritadas de Kaede e Inuyasha, acallándolos de inmediato a los dos.
"Vete por favor", repitió con un poco más de fuerza cuando el silencio se hizo insoportable.
"¡Kagome!".
"No puedo hablar contigo ahora, ¿qué no entiendes?". Por fin levantó el rostro hacia él y la expresión que vio Inuyasha en su semblante le cortó el alma. Era como estar ante una niña pequeña, completamente perdida en medio del bosque, tan asustada que huía de las manos que le tendían ayuda, sólo para perderse más y más profundamente en la espesura.
'¡Maldición!'
Pero no le quedaba más remedio que obedecer en su deseo. Ella no estaba en condiciones de hablar, de entender, y por mucho que le molestara el dejarla sola en ese estado, expuesta a las tonterías que sin duda iban a salir de la boca de Kaede, lo mejor era darle espacio por los momentos.
"Volveré, así que no intenten ninguna tontería". Lo último lo dijo más que nada por la vieja sacerdotisa, que tanto le sacaba de quicio.
Totalmente descontento y muy preocupado por el giro que estaban tomando los acontecimientos, Inuyasha se dio la vuelta y salió. De un salto se impulsó lo más lejos que pudo en dirección al bosque. Un baño de agua muy fría era lo que necesitaba ahora.
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El sonido constante de la lluvia que comenzaba a caer, golpeando con fuerza contra la pequeña casa de Kaede fue lo que despertó a Kagome. Tan pronto abrió sus ojos se percató de la escasez de luz y supo que era aproximadamente el final de la tarde. ¿Acaso había dormido todo el día?
El repentino gruñido que emitió su estomago le dijo que, efectivamente, se había pasado de largo al menos dos comidas. Pero luego de lo ocurrido era de esperarse. Fueron demasiadas emociones intensas y contradictorias, compactadas en muy pocas horas, las que la drenaron completamente de energías.
Kagome se incorporó pesadamente, frotándose los ojos para aclarar su visión. No había señales de Kaede en la casa, lo que parecía bastante extraño considerando lo preocupada que estaba por ella y su vehemente insistencia en que debía ser protegida y apartada de Inuyasha por su propio bien.
Inuyasha.
Tan pronto su nombre cruzó por su mente, sintió de nuevo esa desagradable mezcla de miedo e incertidumbre con la que se había acostado horas antes. Al parecer el descanso no había logrado disipar ni un poco la confusión que marcaba su ánimo.
A decir verdad, ahora se sentía más aturdida que antes, particularmente luego de la conversación que tuvo con Kaede, inmediatamente después de la ida del hanyo.
Era cada vez más difícil encontrar el sentido a lo que había pasado cuando los hechos, las palabras y los sentimientos que la rodeaban eran, aparentemente, tan contradictorios. Como si intentara armar un rompecabezas sin tener la mitad de las piezas.
Kagome se puso de pie y caminó hasta el fuego que ardía placidamente en medio de la habitación, buscando un poco más de calor. La lluvia arreciaba afuera, aumentando el frío y la humedad que se colaba fácilmente por puertas y ventanas desprotegidas de materiales aislantes tan comunes en la época moderna.
Una vez sentada cómodamente frente al fuego, con una manta sobre los hombros y abrazando sus rodillas, Kagome se permitió un momento para concentrarse en cada uno de los acontecimientos que la habían llevado hasta ese momento, tratando de discernir en cada gesto y cada palabra dicha, la verdad que tanto necesitaba.
Cerró los ojos y la voz de la sacerdotisa fue lo primero que asaltó su mente:
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"Kagome me temo que estas en peligro".
La mirada de la joven era una de incredulidad. Estaba muy jodida, cierto, pues tenía entre sus manos una bomba de tiempo muy delicada –su relación con Inuyasha estaba a punto de reventar, para bien o para mal – pero de allí a estar en peligro…
"Inuyasha ya no está en control de sí mismo y yo me temo que tú te apresures a tomar una decisión equivocada".
"Kaede-sama, no la entiendo. Inuyasha y yo… bueno, no se nada sobre esto del shirushi o que significa la marca que tengo en el cuello, pero necesito que me ayude por favor".
La mirada de lástima que le dedicó la sacerdotisa la enervó de inmediato, tampoco hacia falta que la tratara como una estúpida. "Lo que debes saber querida niña es que un yokai marca sus posesiones al igual que su territorio. Eso es lo que Inuyasha ha hecho contigo, sin duda a sabiendas de tu deseo de marcharte definitivamente."
Sus palabras quedaron resonando en su cabeza 'marcar sus posesiones'. Eso sonaba demasiado a ser un objeto y no una persona de carne y hueso. ¿Y qué esperaba?. Él nunca había manifestado sentimientos más fuertes por ella y su actitud pendenciera y reacia al compromiso calzaba perfectamente con esa descripción. Esto era, después de todo, una cuestión de simple orgullo machista.
Y orgullo era lo que le sobraba al maldito hanyo.
Ante la falta de respuesta de la jovencita, Kaede aprovechó para continuar avivando la flama de su cizaña. 'Es por el bien de Kagome', se dijo mentalmente como para justificar lo que estaba a punto de hacer.
Separarlos.
"Inuyasha no puede negar su lado yokai Kagome. Si bien es cierto que él no te lastimaría concientemente, también es cierto que sus reacciones son completamente egoístas y nacen de su instinto animal. Una relación entre ustedes es imposible, por eso debes continuar con tu plan y marcharte definitivamente mientras aun puedes salvarte".
Kagome fijó su mirada en el fuego ardiendo delante de ella. Las palabras de la anciana llevaban la razón que muchas veces habían guiado su propio juicio en las largas noches que pasaba despierta, dando vueltas en su cama, tratando de encontrar sentido a su relación con Inuyasha y a sus sentimientos. En el fondo sabía que era su culpa por alimentar durante tres años esos sueños románticos que no eran, de forma alguna, viables en la práctica.
Esta era la realidad cruda y dura. Ella era humana. Él mitad monstruo. Ambos pertenecientes a mundos completamente diferentes. Ambos con formas de vivir y de amar muy distintas.
"Inuyasha no va a permitir que yo me vaya ahora…", su voz salió en un murmullo monótono y resignado.
"Déjame los detalles a mi Kagome, yo me haré cargo de que llegues a tú mundo", dijo la anciana misteriosamente, pero con la decisión marcada claramente en su viejo rostro arrugado, "por lo pronto debes quedarte aquí y tratar de descansar tus nervios un poco…".
-o-
Kagome se frotó las manos con fuerza tratando de darles calor a sus dedos helados. Tenía que admitir que en el fondo se negaba a aceptar que ella fuese para el hanyo poco más que una posesión material, un capricho de su egoísmo y orgullo machista. Una parte de ella se seguía rebelando ante esta noción, a pesar del peso contundente de los hechos que ya había analizado una y mil veces.
Toda la batalla interior que estaba viviendo la iba dejando progresivamente más frustrada. Estaba luchando contra ella misma, tratando de llegar a una conclusión, y tan pronto se inclinaba la balanza hacia un lado como hacia el otro. Si tan sólo pudiera ahogar a la molesta voz de su corazón hablándole de amor eterno, en un mar de raciocino y sentido común donde los problemas se resolvieran en una simple ecuación matemática, todo sería más fácil, menos doloroso… pero no. En su mundo interior 2 menos 1 seguía siendo igual a 0.
"Kaede-sama tiene razón", dijo en voz alta en un vago intento por terminar de convencerse a sí misma.
"Yo no estaría tan seguro de eso".
"¡Myoga!". Kagome estaba genuinamente sobresaltada por la inesperada presencia de la pequeña pulga apertrechada delante de ella. Cuenta con que se aparezca en los momentos más inconvenientes, tanto como que desaparezca a la más mínima señal de peligro.
"Veo que Kagome-sama está muy confundida, y conociendo al amo Inuyasha no me extraña. Él nunca hace las cosas como se debe".
La joven se sobresaltó de nuevo. '¿Kagome-sama?', porque estaba llamándole por el honorífico así de repente… a menos que…
"Myoga-jiji, tú sí puedes explicarme que es shirushi, ¿verdad?".
"Puedo intentarlo, aunque es algo muy difícil de explicar a los humanos. En mi experiencia, sólo los que lo viven en carne propia llegan a entenderlo, así que creo que al final no tendría caso, ¿no?".
La joven estaba tan angustiada que se perdió por completo de la indirecta implícita en las palabras del diminuto yokai.
Si las cosas eran tan complejas que ni el propio Myoga –tan propenso a mandarse peroratas explicativas de horas sin fin– quería hablar del tema, entonces ya no le quedaban muchas esperanzas de entender. La decepción que sintió entonces fue visible en la forma en que sus hombros se dejaron caer varios centímetros Al parecer había girado hacia otro callejón sin respuestas. ¿Qué nadie podía ayudarla?.
"No piense mal del amo Inuyasha, por favor", continuó la pulga al ver la reacción negativa de la joven. "Él es impulsivo y bastante imprudente la mayoría de las veces, pero sus sentimientos son siempre fuertes y puros como los de su padre. Supongo que por eso ambos hermanos son tan distintos". Había un dejo de nostalgia en su voz, como siempre que hablaba de su antiguo amo.
"¿Qué quieres decir con eso?" Kagome se encontró incapaz de contener la curiosidad, ante la pregunta que ella misma se había hecho hasta el cansancio. ¿Qué hacia tan diferentes a Inuyasha y a Sesshomaru?. Típicamente, la pulga meditó un tanto antes de responder.
"La madre de Sesshomaru no fue más que la última de varias amantes del Ino no Taisho. De joven él fue bastante imprudente sin duda, y ella era una yokai muy astuta, que supo convencerle y engañarle para procrear un hijo, heredero de su poder. Esto, a pesar de que él se rehusó a hacer de ella su shirushi. Para esa época, me temo que mi amo ya estaba decidido a permanecer solo".
Kagome se reacomodó sobre sus piernas ya cansadas de su postura anterior, inclinándose ligeramente para ver mejor al diminuto animal que estaba sentado delante de ella luciendo su mejor porte contemplativo.
"En cambio a Izayoi, una simple mujer humana, fue capaz de doblegar el orgullo del más fuerte de los Daimyo con tan sólo su sencillez y su buen corazón. A pesar del rechazo de su propio Clan y de la familia de la mujer, mi señor no tuvo dudas, y la marcó como su shirushi tan pronto pudo". Ante la expresión de autentica frustración de Kagome a la mención de la palabra shirushi, Myoga se atrevió a elaborar un poco más el concepto.
"Shirushi… la otra mitad… la que se entrega por entero mas allá del final del paraíso y hasta la oscuridad de la muerte. Así nunca se encuentran solos, incompletos".
Algo de entendimiento brilló en el fondo de los ojos de Kagome, pero cuando se disponía a abrir la boca para disparar otra pregunta, la voz de Kaede los interrumpió desde la puerta.
"Sin duda que ese es un concepto muy bonito en el mundo yokai. Pero para los humanos no significa más que humillación y esclavitud me parece".
"¡Pero cómo se atreve a decir eso…!", exclamó tan indignado como lo puede estar una pulga de su tamaño.
"No voy a permitir que confundas a Kagome-chan con tus artimañas. Vete ahora antes de que te aplaste con el pie", amenazó la sacerdotisa avanzando sobre él con una rapidez que ya no parecía posible para ella con su avanzada edad.
Como era de esperarse, ante una amenaza directa a su pellejo la pulga desapareció tan rápido como había llegado, dejando a Kagome literalmente con la palabra en la boca.
"¿Por qué a hecho eso Kaede-sama?. Myoga no estaba haciendo nada…"
"Kagome", la anciana la interrumpió bruscamente, alzando su mano para detener sus palabras. "Es más seguro evitar todo contacto con Inuyasha hasta que logremos llevarte de vuelta a tu casa".
Kagome se encontró sin respuestas ni fuerzas para argumentar. Irse a casa le sonaba tan buena idea como cualquier otra la verdad, así que no tenía sentido seguir discutiendo o preguntando cuando nadie podía hacer nada por ella. Después de todo, la vieja sacerdotisa se preocupaba genuinamente por su bienestar. Y aunque a su juicio estaba extralimitándose un poco en su protección –rayando en la paranoia en realidad– ella se sentía agradecida por su interés y sus cuidados. Si tan sólo Sango estuviera allí para apoyarla, Kagome se sentiría mucho más tranquila.
Sus ojos siguieron a la voluminosa vieja que ya se ocupaba de preparar la cena, moviéndose de un lado al otro en el escaso espacio que servía de cocina, sacando de una bolsa los condimentos e ingredientes necesarios para preparar lo que en esa época equivalía a una sopa miso de la suya.
Lentamente, y con cada segundo que pasaba, la tristeza de Kagome iba transformándose en rabia. No contra Inuyasha o lo que había hecho, sino contra sí misma y su incapacidad de actuar de forma madura. Por seguir indecisa, dejándose llevar por lo que los demás creían que mejor para ella en lugar de tomar la situación en sus manos y enfrentarla. ¡Eso no era lo que le había enseñado su madre!. ¿Dónde estaba la jovencita terca y determinada que había llegado hacía tres años al sengoku jidai? ¿Tanto la habían marcado la guerra y la muerte a su alrededor que ya era incapaz de manejar sus propios sentimientos?
Esta definitivamente no era ella… huyendo de sus amigos en la mitad de la noche, para no tener que decir adiós; huyendo de Inuyasha para no tener enfrentar cara a cara sus propios sentimientos y sus mayores miedos.
¿Cuándo se había convertido en una cobarde?.
¿Cuándo había perdido su personalidad, su carácter luchador, su capacidad de discernir y decidir su propio futuro?.
Apretó los puños hasta que las uñas de las manos se le clavaron en su carne dolorosamente, sacándole sangre.
Nuevamente, Kagome había tomado una decisión.
-o-
El pequeño kitsune caminaba de un lado a otro a lo largo de la humilde habitación, sin haber hecho ninguna pausa desde hacía al menos una hora. Justo cuando la lluvia había comenzado a caer, su ánimo terminó de deteriorarse definitivamente. Los días lluviosos siempre lo ponían intranquilo, particularmente cuando había tormenta eléctrica y los truenos estremecían el cielo. Por ahora, sólo la lluvia en su constante repiqueteo contra el techo era lo que se escuchaba.
Shippo aun se encontraba alojado en casa de Miho-san. Aunque tan pronto como había llegado allí y dejado a Rin instalada, había salido disparado por la puerta tras Inuyasha. Después de varias horas de infructuosa búsqueda tuvo que regresar derrotado. ¡Ese tonto si que sabía esconderse muy bien cuando quería!
Para su desgracia, al volver a casa de Miho, Shippo se encontró con que Rin ya se había marchado con Sesshomaru, dejándolo solito a la espera de noticias de Kaede. La impaciencia y la incertidumbre lo tenían literalmente subiéndose por las paredes, sin nada que hacer ni con nadie con quien hablar, pues la familia de Miho había salido a hacer unas visitas.
Cuando ya estaba decidido a regresar a casa de Kaede para indagar el solito lo que estaba ocurriendo, la vieja sacerdotisa por fin llegó a verle.
Entonces, la noticia de que debía quedarse allí no le sentó mejor. Mucho menos las continúas evasivas de la anciana a sus preguntas sobre la situación de Kagome e Inuyasha. Él necesitaba entender lo que ocurría para ayudar en lo posible a sus amigos, y saber él mismo a que debía atenerse de ahora en adelante. Pero claro, se encontró con la típica respuesta: que si la situación era muy compleja para él, y que esos asuntos no le incumbían a los niños. Eso era lo último que había dicho el viejo saco de huesos antes de marcharse. ¡Bah!
A pesar de su rabia, no había nada que pudiera hacer por los momentos más que seguir esperando. Kaede había sido muy clara respeto a lo que iba a pasarle a su colita si tan sólo se asomaba a indagar por su casa, por lo que ir a ver a Kagome quedó descartado de inmediato.
Con todo, la preocupación por lo que era, potencialmente, un desastre en el delicado equilibrio de la relación entre sus compañeros lo tenía al borde del colapso nervioso. ¿Qué podía hacer?. Lamentablemente, nada, salvo morderse los labios y continuar caminando de un lado a otro por la habitación a ver si le llegaban las respuestas en la forma de algún milagro.
"Hey, vas abrir un surco en el piso si sigues así".
La voz inesperada lo sobresaltó terriblemente, haciéndole dar un brinco en defensa y girar hacia la entrada de la casa. Allí estaba la figura del hanyo, recostado tan tranquilo contra el marco de la puerta, con la clara actitud del que no tiene ninguna preocupación en su vida. El pequeño kitsune, recuperándose rápido de la impresión, le apuntó sin reservas con un dedo acusador.
"¡¿Dónde rayos te habías metido Inuyasha?!".
"¡Keh!".
"Eres un tonto, ¿ya viste el lío que se montó por tu culpa?".
"¿Ehhhh??. ¿De qué lío hablas?".
"No te hagas el inocente conmigo, Inuyasha. ¡Ya lo se todo!. Tú quieres quitarme a mi Kagome-mama y por eso ella se quiere ir de aquí para siempre".
"¿De dónde sacas tantas tonterías?".
"¡Tú la marcaste!".
Así que era eso. El hanyo observó entre divertido y preocupado la reacción del pequeño a su decisión de hacer de Kagome su shirushi. El kitsune lo miraba con ojos grandes y llorosos pero muy determinados, su cuerpo encogido en una postura de lucha y la colita más esponjada que nunca, listo para lanzarse con todas sus fuerzas contra él.
Estaba defendiendo a su madre adoptiva ante la amenaza de otro macho que bien podía decidir apartarlo por completo y abandonarlo a su suerte. Inuyasha se sintió un poco culpable entonces. Si bien era cierto que él también había tomado el rol de padre adoptivo del pequeño tan pronto se integró a su grupo, él nunca se había permitido reasegurarle al kitsune el hecho de que lo veía como parte de su camada. Bueno, era hora de hacerlo, pero no sin antes ponerlo a sufrir un poco más.
"Y dime, ¿qué piensas hacer al respecto?".
El pequeño sólo atinó a gruñir de la rabia por toda respuesta, su cuerpecito temblando sin control. El espectáculo era, desde luego, algo capaz de encogerle el corazón hasta al más duro de los hanyos.
"¿Nada? Pues que pena…", continuó desafiante, mirándolo de reojo muy divertido. Inuyasha era más duro que la mayoría, claro.
Mientras tanto, el pequeño se ajustó los pantalones con decisión y juntando sus manitas disparó su mejor tiro.
"¡Fuego mágico!".
Una pequeña llamita azulada flotó cómicamente por unos instantes delante de él, antes de desaparecer patéticamente con un sonoro 'puff'. La depresión de Shippo fue visible entonces en su desinflada colita arrastrada en el piso. Aun así había que concederle un premio a su determinación, pues a pesar de todo él persistía en su actitud de lucha, gruñendo y listo para atacar así fuera sólo a punta de uña y diente. Inuyasha a duras penas contenía la risa.
"Heh, y yo que creía que te daría gusto que fuéramos una familia de verdad… pero, si no te interesa pues yo…".
No había terminado de hablar cuando ya tenía al pequeño como chinche pegado al cuello. Inuyasha se dejó caer al suelo, cruzando las piernas, y recostándose más cómodamente contra el marco de la puerta. Una de sus manos sostenía al pequeño zorrito en su lugar, mientras su mirada se perdía en el caer monótono de la lluvia que le resultaba tan relajante.
"Sigues siendo un tonto, Inuyasha". La vocecita apenas se escuchó, ahogada contra el cuello de su hitoe, que estaba quedando decididamente más húmedo.
Una sonrisa apareció inevitablemente en su rostro. Las cosas se estaban poniendo en verdad interesantes. Ya casi podía ver la reacción de Sesshomaru y el resto del Clan cuando regresara a casa: El híbrido de la mano de una Shirushi humana y con un kitsune hiperkinético por hijo adoptivo… ¡Heh, definitivamente los iban a adorar!
Cuando el pequeño yokai se calmó lo suficiente, la rutina de siempre continuó entre ellos como si nada. "¡Oi, bájate ya!", rezongó Inuyasha, mientras el pequeño se dejaba caer en su regazo, frotándose la nariz mocosa.
"Shippo, ¿has visto a Kagome desde esta mañana?".
"No, Kaede no me deja acercarme. Dice que ella no quiere ver a nadie y que si se me ocurría ir a molestarla iba a hacer unos guantes de mi colita".
Un gruñido muy violento salió de la garganta de Inuyasha. "Esto no me gusta nada… ¿qué estará planeando esa vieja entrometida?".
"Oi Inuyasha, eso me recuerda algo…", el kitsune se puso en movimiento de un salto, corriendo al otro lado de la habitación a buscar algo en el bulto que tenía en una esquina. De dos brincos estaba de nuevo sobre las rodillas de Inuyasha agitando unos papeles en su pequeña manita.
"Rin las trajo con nosotros. Estas son las cartas que encontramos esta mañana al despertarnos en casa de Kaede. Kagome ya no estaba, y las había dejado para despedirse de nosotros… para siempre". El pequeño comenzó a moquear otro poco, mientras Inuyasha fruncía mucho el ceño. Su presentimiento respecto a Kagome fue completamente acertado. Con razón había estado actuando de forma tan extraña con él desde su regreso para la boda.
En ese momento el hanyo no pudo evitar sentir un profundo alivio. Había tomado la decisión correcta justo a tiempo. Si no, ahora estaría lamentándose del peor error de su vida.
Recuperando la compostura, Shippo continuó: "Había una carta dirigida a ti Inuyasha. Esa no llegamos a leerla, pero me imagino que es igual a la que leyó Kaede". El pequeño le tendió la carta, que Inuyasha tomó de inmediato. Con una de sus garras destrozó con facilidad el sobre, sacando un pequeño pedazo de papel que olía inequívocamente a las lágrimas de Kagome.
Rayos.
No había mucho que leer, apenas unas líneas en una escritura bastante irregular para la usual perfección caligráfica de Kagome.
-o-
'Se que vas a odiarme por esto.
Pero debo marcharme definitivamente porque creo sinceramente que es lo mejor para todos y para nuestro futuro. Porque ya no tiene sentido mi existencia en el sengoku jidai y es hora de que tú continúes con tu destino y yo con el mío.
Lamento que nuestros caminos deban separarse y espero que encuentres en tu corazón el espacio para perdonarme y recordarme.
Por eso quiero agradecerte ahora y con todo mi corazón lo que hiciste por mi en estos tres años. Te debo mi vida y la de mi familia, y eso yo nunca lo voy a olvidar…
Y tú, por favor, nunca olvides lo mucho que te amo Inuyasha'.
Kagome.
-o-
"Maldición".
Inuyasha estaba de pie de un golpe, haciendo caer a Shippo con el movimiento brusco. El pequeño se pegó de cabeza contra el suelo.
"¡Eres un bruto Inuyasha. Por que no tienes más cuidado…!"
"Shippo–"
La voz del hanyo había cambiado. De inmediato el kitsune interrumpió sus quejas para mirarle con atención. Era algo muy extraño cuando Inuyasha se ponía realmente serio, y cuando lo hacía, era mucho mejor no interponerse en su camino.
"–quédate aquí hasta que yo vuelva por ti". El kitsune iba a protestar como era lógico, pero la mirada que le dedicó Inuyasha entonces lo silenció por completo, si no lo asustó bastante además.
Pues también, los ojos del hanyo habían cambiado de color.
"No te preocupes, yo volveré… con Kagome".
¡Desde luego que iba a volver!. Ya había esperado suficiente, motivado más que nada a sus dudas respecto a los sentimientos y el extraño comportamiento de Kagome.
Ahora ya todo estaba claro, y él había tomado una nueva decisión.
-o-
Luego de comer, más por costumbre que por apetito, Kagome encontró que se sentía igual de vacía que antes.
Ella y la sacerdotisa estaban sentadas en torno al fuego mirando la danza de llamas que arrojaba intermitentemente toda clase de sombras y destellos, dando calor a la habitación. Ambas habían permanecido en silencio durante toda la comida, cada una sumida en su propio mundo de reflexiones. Cada una tratando de forma conciente de evitar la mirada de la otra.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Cansada, Kagome estaba a punto de excusarse para ir a dormir cuando unos gritos venidos de afuera la sobresaltaron. Se escuchaba una fuerte conmoción sucediendo a lo lejos y varios gritos sucesivos que aumentaron rápidamente sus niveles de alarma. Kagome se llevó las manos al pecho en un acto reflejo. ¿Estaban siendo atacados?. ¿Acaso se trataba de algún yokai tras la perla de nuevo?
Inmediatamente después, lo sonidos se acallaron tan repentinamente como se habían iniciado. Entonces se oyó el más que conocido golpe contra el piso y la figura de Inuyasha atravesó el umbral de la puerta con su típico desenfado. Detrás de él, uno de los aldeanos entró corriendo, armado con una barra de madera.
"Kaede-sama, lo siento, no hubo tiempo de avisarle, rompió la barrera espiritual y…".
"Esta bien, yo me encargaré de esto". Kaede se puso de pie, y con absoluta calma se dirigió hacia el lugar donde estaba su arco y carjac apoyados en la pared. Desde que había entrado, Inuyasha no le había quitado la vista de encima a la anciana sacerdotisa.
"Creo que fui clara contigo, Inuyasha. ¡Ya no eres bienvenido aquí!".
Kagome estaba muy sobresaltada por lo sorpresivo y lo decididamente absurdo de toda la escena. ¿Qué pensaba hacer Kaede? ¿Emular a Kikyo y clavar a Inuyasha del Goshinboku de nuevo? ¡Ni en sus sueños!. Ya nadie tenía ese poder. El hanyo ya no estaba al alcance de los poderes de ninguna de ellas dos a decir verdad.
Kagome miraba de uno a otro como si se tratara de un partido de tenis donde la pelota era la voluntad de los dos seres más tercos que había visto en su vida. Las palabras de Kaede, decididamente hostiles, no habían provocado ninguna reacción del impulsivo hanyo, lo que también era tan increíble como absurda era toda la situación. ¿Inuyasha conteniendo su lengua?. ¡El fin del mundo estaba cerca sin duda!.
A pesar de lo locas que se estaban poniendo las cosas, ella recuperó la compostura rápidamente. Estaba decidida a tomar las riendas de su vida y esta tontería ya había llegado demasiado lejos. Era hora de intervenir.
"Déjenos a solas Kaede-sama, por favor".
La vieja la miró estupefacta y Kagome temió por momentos que los ojos se le fueran a salir disparados de las orbitas de tan abiertos que los tenía. "¡¿Te has vuelto loca, Kagome?!".
"Deseo hablar a solas con él, y esto no le incumbe ni a usted ni a nadie".
La anciana la miró entre trastornada y desafiante por algunos instantes, hasta que bajó la cabeza haciendo una reverencia en señal de resignación. "Espero que sepas lo que haces".
La vieja salió con cara de pocos amigos, llevándose con ella al atontado aldeano. Inuyasha la siguió con su mirada. Definitivamente había algo más. Una amenaza latente. La vieja estúpida estaba tramando algo o sus instintos le estaban fallando por primera vez en su vida. Iba a tener que andarse con cuidado. Después de todo, si alguien conocía bien sus puntos débiles era la sacerdotisa.
Nunca subestimes a tu enemigo, era una lección aprendida a fuego y sangre en la dureza del campo de batalla.
Cuando estuvo totalmente convencido de que se había marchado definitivamente, el hanyo se volvió por fin para ver a Kagome.
Una serie de maldiciones mentales pasaron rápido por el cerebro de la joven tan pronto los ojos del hanyo se encontraron con los suyos. Todo porque su cuerpo la traicionaba como siempre. Una falla general de sistema, en la forma de temblores, taquicardia y el típico vacío que parecía haberse tragado su estomago junto con todas sus entrañas.
Pero lo que más le perturbó fue quizás el darse cuenta, en los breves segundos que llevaba mirándolo, que no estaba en absoluto molesta con él. Kagome fijó su vista nuevamente en el fuego, tratando de calmar la respuesta de su cuerpo y de ganar tiempo para hacer lo que ya había decidido.
"Creo que es hora de terminar la conversación que iniciamos anoche frente al pozo Inuyasha".
El continuo silencio que siguió a sus palabras la hizo voltear de nuevo. Inuyasha estaba de pie en el mismo punto, cerca del umbral de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, devolviéndole la mirada con una seriedad que rayaba en frialdad, y era algo tan ajeno a él y a su carácter como absurda había sido antes la situación con Kaede.
Tomando una bocanada de aire, Kagome se armó de valor.
"Mi decisión de macharme para siempre se mantiene en pie y no pienso desistir de ella".
Sus palabras parecieron perderse como si la lluvia que continuaba cayendo afuera las hubiera lavado, llevándoselas lejos antes de que sonaran en la habitación. Cuando el continuo silencio se hizo intolerable, Kagome se puso de pie, lista para repetirle unos cuantos improperios bien seleccionados, pero el hanyo se le adelantó.
"Yo no he venido para hablar contigo, Kagome".
Un escalofrío recorrió cada una de las terminaciones nerviosas en la espalda de Kagome ante las palabras del hanyo. Su mente procesó la innegable carga de una tensión más sexual de lo que se sentía cómoda admitiendo. ¡Oh no, de ningún modo se iba a acobardar ahora!
"¡Entonces lárgate. Ya no tienes nada que hacer aquí!".
Como si sus palabras rebotaran en él, el hanyo comenzó a caminar lentamente hacia ella. Kagome retrocedió uno, dos, tres pasos.
"¿Qué no me oíste?"
Inuyasha siguió avanzando como depredador sobre la cena del día.
"¡Inuyasha, osuwari!"
El esperado y familiar sonido de golpe contra el piso y hanyo estrangulado no sonó. Kagome quedó boquiabierta por decir lo menos, mirando el rosario de kotodama brillando intensamente alrededor del cuello del hanyo pero sin hacerlo caer. De hecho él ni siquiera había detenido su marcha.
¿Cómo era posible que se resistiera al poder del rosario? Eso nunca había pasado antes.
La espalda de Kagome hizo contacto con la pared. Por unos segundos contempló la posibilidad de gritar pidiendo auxilio. Pero eso era un sin sentido. ¿Cómo podía ser protegida de su propio protector?
Inuyasha se detuvo justo delante de ella. Estaba tan cerca que podía sentir el calor corporal que irradiaba y su respiración cayéndole sobre el rostro. Sus ojos seguían fijos en el rosario que había dejado ya de brillar. No podía, ni se atrevía a mirarle a la cara, por temor a ver sus propios sentimientos reflejados en sus ojos.
"Osuwari", repitió en un susurro, más para convencerse a sí misma que para detener lo que parecía inevitable ya… estaba a merced del hanyo. Entonces levantó la mirada y de nuevo tuvo la impresión de que los ojos de Inuyasha habían cambiado de color. No, esta vez estaba segura de que ya no eran amarillos sino de un tono mucho más oscuro, con un círculo definitivamente rojo alrededor de sus pupilas que se fundía progresivamente en un color anaranjado en el resto del iris. Pero lo más impresionante era todo el poder que esos ojos podían transmitir sin esfuerzo, intensificando con cada segundo que pasaba, la sensación en Kagome de encontrarse indefensa y desnuda ante él.
En un abrir y cerrar de ojos el escaso espacio entre ellos desapareció.
Kagome sentía las manos de Inuyasha en su cintura, apretándola con fuerza, mientras el resto de su cuerpo era presionado por su peso e impulso contra la pared. Estaba completamente inmovilizada y sometida.
Y no había forma de negarlo.
Kagome estaba profundamente asustada.
Tanto como estaba excitada.
El poder que destilaba el hanyo la intimidaba al tiempo que la hacía sentir deseada. Porque su mirada tenía ese brillo especial que decía claramente que quería poseerla. Hacerla suya de una forma que estaba más allá de su comprensión, pues trascendía lo meramente humano para llegar a una forma más natural y salvaje. Al tiempo que más espiritual y ritualista.
Kagome aun no terminaba de entender lo que significaba ser shirushi. Quizás porque lo más cercano que el ser humano llegaba a ello era un contrato de matrimonio, que en su época muy poco tenía que ver con encontrar al alma gemela y más con resolverse cada quien su vida con alguien decente que le quiera y le soporte sus manías, por el mayor tiempo que fuera posible. Lo cual, según la elevada tasa vigente de divorcios al año, no era una perspectiva muy alentadora la verdad.
La reflexión de Kagome respecto a las diferencias entre ambos terminó de golpe en ese punto, cuando Inuyasha bajó el rostro hacia su cuello colocando su boca justo sobre el lugar donde la había mordido antes, acariciando nuevamente la piel maltratada con su lengua, y enviando a Kagome al séptimo cielo.
De nuevo la necesidad de someterse se hizo presente y todas las reservas que sentía instantes antes, toda esa determinación, se diluyeron de nuevo en el aire, como si nunca hubieran existido.
Cuando ella aceptó someterse se entregó de una forma u otra a él y a su voluntad. Ahora Inuyasha iba a ejercer el derecho que ese permiso le había dado.
Esa noción infundió en el alma de Kagome una paz asociada a hacer lo que en su corazón era correcto, hacer lo que había estado tratando de rechazar todo el día a base de pura razón e intelecto. Pero en el fondo, era tal y como se lo había dicho su madre días atrás y luego Sango: entregarse al camino que deseaba su corazón sin remordimientos.
Ella estaba a punto de hacer lo que había estado esperando inconcientemente desde que cruzó el pozo y vio al apuesto hanyo clavado al tronco del Goshinboku.
Iba a entregarse por completo a Inuyasha.
Y al diablo con las consecuencias.
Sus cuerpos se apretaron más el uno contra el otro en busca del calor y el placer de la cercanía tantas veces añorada por ambos. Las manos de Kagome se deslizaron lentamente alrededor del cuello del hanyo, acercándose un poco más a él al tiempo que se aferraba para no caer, pues ya sentía sus rodillas cediendo ante las intensas emociones que latían en su pecho.
La boca del hanyo detuvo repentinamente la dulce tortura que le infligía a su piel para acercarse a su oído y susurrar roncamente, de una forma que causó estragos en el cuerpo de Kagome.
"Quiero hacerte mía ahora…".
Las rodillas terminaron de ceder, pero los brazos del hanyo la tenían completamente asegurada contra su cuerpo. En ese momento supo que estaba lista para entregarse.
"Quiero oírte gritar, Kagome".
'¡Oh kami!'
-o-
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