DISCLAIMER: Los personajes de Inuyasha y todo lo relacionado con ellos, pertenecen a Rumiko Takahashi. La trama de "Shirushi", es propiedad de Inner Angel

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Advertencia: este capítulo contiene sexo explícito y situaciones maduras. Si prosigues la lectura es a tu propia responsabilidad y riesgo.

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Shirushi

By InnerAngel

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Midnight is where the day begins…

-o- c4 /…hasta el fin de los tiempos.

"Quiero oírte gritar, Kagome".

Cómo puede una simple afirmación como esa causar semejante corriente eléctrica. No era posible explicarlo racionalmente, pero Kagome se sentía como si estuviera pegada directamente a un cable de alta tensión. Era tanta la energía pasando entre ellos que era casi visible a su alrededor como un aura que los envolvía, subiendo considerablemente la temperatura en la habitación.

Luego de esas palabras, Inuyasha se puso en acción, sus manos deslizándose con una lentitud estudiada, una hacia la parte baja de la espalda y la otra subiendo para rodear los hombros de Kagome, cerrándose en un abrazo que la apretó más aun contra su cuerpo. Sus labios continuaron las caricias a su piel, alternando el roce de su nariz con pequeños besos desde el cuello hasta una sonrojada mejilla. Poco a poco su rostro quedó justo frente a ella. Sus labios a escasos centímetros. El aliento cálido de ambos mezclándose e incitándolos aun más.

"Kagome…".

La aludida tuvo la suficiente presencia de ánimo para abrir los ojos, tan sólo para que le apagaran las luces con el beso de su vida.

Tierno pero hambriento parecían las mejores palabras para describir la forma en que ambos se besaron entonces. Aunque había tanta historia y tantos sentimientos encontrados en aquel simple acto que parecía imposible poder sentir tanto en tan poco tiempo sin perder el conocimiento o el juicio. Lo que si estaba claro para Kagome es que era un beso completamente distinto de aquel que ella le diera un par de años atrás, para salvarlo de convertirse permanentemente en yokai. Cierto que en aquel momento él le había contestado brevemente con ternura, pero esto tenía un significado y una trascendencia que los dos tardarían aun en comprender del todo.

Lo principal para ambos era que estaban rompiendo con todas las barreras de contención y modestia que habían levantado ente ellos con el transcurso de los años.

Esto era anhelo puro, contenido por tanto tiempo y expresado a la perfección en el movimiento firme y decidido de los labios del hanyo, saboreando y succionando alternativamente la boca que tantas veces había deseado devorar; en la forma en que Kagome le respondía a cada uno de sus movimientos con otros propios cargados de iguales cantidades de pasión y entrega.

Pero la verdadera urgencia y la necesidad que sentía Inuyasha no se manifestaron en su totalidad entonces. Mientras él pudiera mantener el control sobre su sangre quería hacer las cosas bien y darle todo el espacio posible a Kagome para que se ajustara a él y a su fuerza. Mientras, ella estaba completamente extraviada en los labios del hanyo, sus manos enredadas en la cabellera plateada presionándolo a continuar con sus caricias.

Habían encontrado finalmente su propio pedazo de paraíso, lo cual significaba que, más pronto que tarde, serían expulsados de él.

"¡OSAERU!".

La voz retumbó a espaldas de la pareja tomándolos completamente por sorpresa. Antes de poder reaccionar, Inuyasha sintió como su cuerpo era arrastrado por una especie de energía que tiraba de manos, pies y cuello, empujándolo hacia atrás y hacia abajo. En no menos de dos segundos había soltado a Kagome y estaba de espaldas contra el piso, totalmente inmovilizado.

"¡Inuyasha!", Kagome estaba terriblemente alarmada al verlo reducido con tanta facilidad. ¿Quién podía estar atacándolos?

"¡¡Maldita sea, ¿pero qué coño es esto?!!", exclamó Inuyasha tratando de distinguir que era lo que lo mantenía pegado al piso.

Alrededor de muñecas y tobillos una luz azulada brillaba a juego con el rosario de kotodama en su cuello. De inmediato fue obvio quién era responsable por la interrupción más que inoportuna.

Kaede entró entonces revelando su presencia, sosteniendo aun su arco en las manos, lista para disparar en caso de que Inuyasha llegase a soltarse. Su rostro estaba extremadamente sudoroso, revelando el esfuerzo supremo que hacía para contener al hanyo, y por su semblante contorsionado era fácil deducir que no sería por mucho tiempo. Al parecer el rosario tenía otras formas de usarse para someter a Inuyasha, y en este caso estaba siendo utilizado como un canal para concentrar las barreras de protección de la vieja miko, y así mantenerlo inmóvil. Kaede se estaba jugando su último as bajo la manga.

"Rápido Kagome, debemos irnos cuanto antes".

"¡Irnos y una mierda!… maldita vieja, ya sabía que andabas en una de las tuyas…".

"No te quedes ahí parada, vamos", continuó la sacerdotisa apurando a la joven e ignorando por completo al hanyo, quien ya se revolvía en el suelo tratando de zafarse de la fuerza que le restringía. Pero era muy difícil hacerlo sin llegar a los extremos de destruir la casa o toda la aldea al liberar su poder. Aunque ganas no le faltaban. ¡Cómo si no fuera ya una tortura tener que controlarse con Kagome!.

Mientras, la cara de total confusión de la aludida era muy elocuente. Toda la situación hubiera sido extremadamente cómica si no fuera por que Kagome estaba a punto de llorar de la pura frustración que sintió entonces. ¿Por qué su vida no transcurrir con normalidad por una vez?

No. Todo tenía que ser tipo Alicia en el país de las pesadillas.

Así que no le quedaba otra cosa más que mirar alternativamente entre Inuyasha y Kaede, completamente perpleja y sin saber si correr en auxilio de Inuyasha o mejor ir a cachetear a la sacerdotisa por ser tan inoportuna. Al ser literalmente arrancada de los brazos del hanyo, se quedó con una sensación tan terrible de vacío e insatisfacción, que le dolían tanto física como espiritualmente. Pero al tiempo fue como si la sacaran de un trance profundo, por lo que sus inseguridades y miedos respecto a todo el asunto estaban a punto de salir a flote de nuevo.

Justo entonces las cosas se volvieron aun más caóticas si cabe. Una turba de aldeanos entró a la habitación con mucho alboroto. Se colocaron sobre el cuerpo postrado de Inuyasha, apuntándole con palos y cuchillos, y asegurándolo aun más contra el suelo. Ahora iba a ser mucho más complicado soltarse, pues liberar su fuerza significaba lastimar a los aldeanos en el proceso. Era evidente que la vieja astuta lo tenía todo muy bien planeado.

"¡Aghh… Ya quítense o los dejo como puré para monstruos con mis garras!". Las amenazas no surtieron efecto. Para bien o para mal los habitantes del pequeño poblado le habían perdido el respeto con el pasar de los años sobre la base de la protección incondicional que les había demostrado infinidad de veces.

Durante la conmoción, Kaede se acercó rápidamente a Kagome, tomándola con fuerza el brazo. "Ven conmigo".

"No, espere Kaede-sama, esto es un error…", dejándose arrastrar a medias, la joven fijó sus ojos en el hanyo que maldecía como pirata borracho contra todo ser vivo en diez millas a la redonda.

"No hay tiempo, debes venir conmigo", continuó apresuradamente la sacerdotisa, al tiempo que la arrastraba hacia la salida. "¡No ves que Inuyasha es ahora mismo una bestia fuera de control!. Va a lastimarnos a todos si no logramos someterlo y tranquilizarlo. ¡Tu presencia aquí sólo empeora las cosas!".

La posibilidad de que en verdad Inuyasha pudiera lastimar a alguien por su culpa terminó de aflojar la poca resistencia que ponía y de inmediato se encontró afuera a merced del frío nocturno y de la persistente lluvia.

Siendo honestos, no le parecía necesario tanto alboroto, después de todo era Inuyasha de quien estaban hablando. A veces se ponía bruto, si, pero de allí a ser peligroso…

"¡¡Kagome… no la escuches… Kagomeeeeeeee!!". Los gritos del hanyo la siguieron por un rato más, disminuyendo su volumen según se alejaba por el camino de tierra que conducía hacia el bosque, y el sonido constante de la lluvia se incrementaba en sus oídos

Era evidente, con cada paso que daban, que estaban dirigiéndose directamente hacia el pozo que conectaba al pasado con el futuro. Con esa noción clara, el miedo se apoderó del corazón de Kagome con una fuerza que le quitó el aliento. Nuevamente las cosas se estaban saliendo de su control. Nuevamente se estaba dejando llevar, en lugar de hacer valer su opinión.

Ni Inuyasha ni Kaede le estaban permitiendo decidir. Y ella, por encima de todo, necesitaba tomar el control si quería devolver algo de cordura a su vida.

Decidida a ello, se paró en seco deteniendo con ella a Kaede.

"¡Esto está mal! ¡No puedo seguir y dejarlo todo así… Le exijo que me diga qué está pasando!", su expresión revelaba esa determinación típica en ella, y que significaba que no iba a ceder si no recibía explicaciones. Con un movimiento rápido terminó de zafarse de la mano de la vieja, asumiendo una postura desafiante, con las manos en la cintura y la cabeza en alto.

La sacerdotisa le contestó de inmediato sin vacilar. "Te dije que me aseguraría de que volvieras a tu mundo, y eso es lo que hago".

"¡No! No puedo irme ahora. No con tantas preguntas sin respuesta. No con este sentimiento que… yo…yo quiero…". Las palabras la evadieron para describir lo que le ocurría y que simplemente no tenía nombre, al menos no en el vocabulario que ella conocía. Explicar lo que pasaba entre ella e Inuyasha tomaría al menos medio diccionario de calificativos, y luego inventar otros tantos nuevos para completar.

El silencio se prolongó por varios segundos mientras ambas sostenían la mirada de la otra, esperando alguna reacción. El corazón de Kagome comenzó a latir con más rapidez, cuando Kaede abrió finalmente la boca.

"Bien, como no puedo obligarte te propongo un trato", había una calma que rayaba en indiferencia en su tono de voz. Este era el momento de jugar sus mejores cartas si quería salvar a su querida hermana…

"Ven conmigo hasta el pozo. En el camino te contaré toda la verdad respecto a Inuyasha. Si cuando lleguemos allá aun deseas quedarte, esa será tu decisión. Yo, al menos, quiero tener la conciencia tranquila y darte todas las advertencias".

De inmediato Kagome, ganada por la curiosidad, asintió con la cabeza.

¿Qué podía perder?

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Habían transcurrido casi diez minutos durante los cuales los improperios y las maldiciones no se habían sino incrementado en calidad y variedad. Inuyasha estaba ahora sentado, pero aun bastante inmóvil por la fuerza del rosario y el insistente piquete de cuchillos y palos que lo apuntaban de todos lados. El poder del conjuro de retención estaba menguando, pero aun no podía librarse sin hacer un cráter del tamaño del pueblo. Detalles, detalles.

En realidad ya se hubiera liberado del todo si no hubiera tanta gente jodiendo e imposibilitando que usara la cantidad de poder necesaria para lograrlo. Era mucho más fácil perder la paciencia y descuartizar a todos los presentes, pero algo le decía que Kagome no iba a estar muy contenta de que matara a inocentes aldeanos sin justificación.

Y siendo razonables, había que admitir que no existían realmente motivos como para hacer algo tan drástico. El mayor peligro que corría la vida de Kagome en ese momento era caer en un coma por aburrimiento luego de otra de las peroratas de la vieja metiche.

Además, nada podía hacer ya Kaede para separarlos.

La reacción de Kagome había confirmado su sumisión y si no los hubieran interrumpido, Inuyasha estaba seguro de su entrega completa para entonces. Los humanos no comprendían el nivel de conexión que existía entre un yokai y su shirushi, y la sacerdotisa no era la excepción. De seguro planeaba convencer a Kagome con mentiras y exageraciones para que se marchara y no volviera más a la era Sengoku.

Pero el lazo entre ellos era mucho más fuerte que palabras vacías. ¡De eso estaba seguro!

Aun así, se sentía ansioso y molesto por la intervención de la anciana, que sin duda alguna ahora estaba más que senil, completamente chafada de la azotea. Sin embargo, las razones para su repentino interés en intervenir y separarlos no estaban claras y eso le generaba mucha curiosidad al hanyo. Después de todo, había sido ella quien los animó desde el principio a hacer equipo para reunir los fragmentos.

De lo único que tenía certeza Inuyasha en aquellos momentos, era de lo molesto que podían llegar a ser los aldeanos con sus abusos constantes para mantenerlo quieto. Por mucho que quisiera resolver las cosas de inmediato, debía conservar la calma y terminar de librarse sin usar la violencia… no excesivamente al menos. Nadie iba a notar uno o dos brazos menos de seguro.

Entonces, justo cuando pensó que las cosas no se podían poner más incómodas, llegó a su nariz el olor de su peor pesadilla. Un gruñido de autentica frustración salió sin restricciones del hanyo.

¿Por qué le pasaban estas cosas a él?

"Ahhh, ¿pero qué tenemos aquí?... Te dejo solo por unas cuantas horas y me encuentro con que atacas a inocentes señoritas mordiéndolas como perro en celo. Ese no es un comportamiento decente para las criaturas de bien, Inuyasha".

"¡Mi-ro-ku…!". Una vena comenzó a latir peligrosamente en su frente.

"¡No te angusties, mis oraciones tienen el poder de llevar a descarriados como tú al buen camino…!".

"¡¡¡¡Ya cállate y quítame a estos idiotas de encima!!!!".

"Pero que carácter… y yo que sólo pretendo ofrecerte mi humilde ayuda". Dicho esto el monje terminó de entrar en la habitación, poniendo su mejor cara de inocencia. La misma que usaba con frecuencia para embaucar a cuanto tonto estuviera dispuesto a ofrecerle techo y comida. De hecho ya los aldeanos presentes le miraban embobados. ¡Era una cara de concurso lo menos!

Sango eligió ese momento para entrar corriendo con Shippo al hombro, sólo para ver sus temores confirmados en la escena delante de ella. Desde que saliera la noche anterior con su ahora esposo, no pudo evitar sentir como un mal presagio crecía en su interior. Ella sabía que las cosas estaban por definirse entre Inuyasha y Kagome, y que el más mínimo error sería devastador en el futuro de sus amigos. Por eso había insistido tanto en regresar.

Y definitivamente algo andaba muy mal para encontrar al hanyo en esas condiciones, y por lo que le había contado Shippo en el camino, sólo Kaede podía ser la responsable.

"¿Inuyasha, estas bien. Dónde se encuentra Kagome?".

"¡Keh, como si lo supiera!, la maldita vieja necia se llevó a Kagome y me dejó con estos idiotas que se van a arrepentir de haberme hecho enfadar… ". Los aldeanos dieron un paso atrás, mostrándose por primera vez algo inseguros y asustados de las consecuencias que podría acarrearles el fastidiar a un monstruo poderoso como Inuyasha. De inmediato Miroku aprovechó el momento de duda para intervenir y, probablemente salvarles el pellejo de un iracundo y vengativo hanyo.

"Amigos, no tienen de que preocuparse más, mi bella esposa y yo nos haremos cargo de mantener bajo control a esta terrible bestia repugnante…"

"¡Hey!"

"…así que no teman, vuelvan ahora a sus casas–" continuó al tiempo que los echaba con discretos empujones por la puerta, con ayuda de Sango, "–y no salgan hasta que les avisemos que el peligro ha pasado".

Todos se marcharon sin mayores protestas, dejando solos a los cuatro amigos en la habitación. Enseguida, Miroku se situó en el suelo al lado del hanyo para evaluar la condición del conjuro que lo tenía sometido. Haciendo un complicado movimiento de manos y pronunciando palabras inteligibles logró que, la hasta entonces invisible barrera de contención, se hiciera del todo visible como una especie de manto azulado que brillaba alrededor de todo su cuerpo, pero con especial intensidad en cuello, tobillos y muñecas.

El origen de la energía estaba en el rosario de kotodama, el cual parecía funcionar como canal de amplificación para el poder de Kaede, y aunque estaba menguando rápidamente, estimó que podría durar al menos una hora más antes de que se disolviera por completo. El monje sacó entonces un ofuda y lo lanzó contra Inuyasha. Al contacto se convirtió en cenizas con una pequeña explosión de llamas.

"Ya veo… muy interesante".

"Oi, ¿Quién es una bestia repugnante?"

"Ah, no seas rencoroso Inuyasha, nosotros no tenemos la culpa de que hayas nacido así".

"¡Eres un maldito…!".

"¡No empiecen ahora con sus tonterías!", reprendió Sango cortando en seco toda posibilidad de que iniciaran otra de sus épicas peleas sin sentido. "Les recuerdo que tenemos una situación que resolver, ¿o acaso ya te olvidaste de Kagome, Inuyasha?".

"¡Keh!, no digas tonterías, claro que no me olvido. Y ya me hubiera librado solo si no tuviera que matar a todos en este apestoso pueblo para lograrlo…".

"Bueno ya, no te ofusques. Dame cinco minutos más y estarás libre", contestó Miroku dándose de inmediato a la tarea de liberarlo, sosteniendo frente al hanyo su shakujo y concentrando su energía en él. Sango se sentó junto con ellos en el suelo con Shippo aun en su hombro.

El kitsune estaba inusualmente silencioso y esto no escapó de la atención de la cazadora. Por lo que entendía, el cambio en la relación de Inuyasha y Kagome había afectado también el trato del pequeño zorro con sus amigos y eso era comprensible. La dinámica entre ellos iba a ser muy distinta de ahora en adelante y Shippo evidentemente aun estaba digiriendo los cambios y sus implicaciones. Considerando lo que le costó sacarle información al normalmente indiscreto yokai, Sango tenía más que motivos para preocuparse por el zorrito.

Era momento de obtener respuestas mientras tenía al culpable de todo inmovilizado delante de ella.

"Creo que nos debes una explicación, Inuyasha".

"¿Heh?".

"No te hagas el tonto con nosotros, Inuyasha", intervino el monje sin dejar de concentrarse en la tarea de liberarlo.

"¡No se de qué rayos hablan!".

"Vale, iré directo al grano. ¿Es cierto que marcaste a Kagome?". La mirada formal de la cazadora le dijo también que no iba a ceder hasta lograr una respuesta satisfactoria.

"¡Keh, eso no les incumbe!".

"Claro que si nos incumbe, ustedes son nuestros amigos y todo lo que les pase nos importa".

"¿Y qué si lo hice?". Inuyasha volteó su rostro hacia Sango con una cautela sobreactuada, intentando disimular su ansiedad por la respuesta que vendría a continuación.

"Pues nada, que sería un alivio que finalmente hayas decidido dejar de ser un idiota y actuaras de acuerdo a tus sentimientos por Kagome. ¿Ya te estabas tardando, no?", la alegría era evidente en la voz de la cazadora. "¡Honestamente, no se cómo Kagome pudo esperar tanto…!".

La expresión de absoluta incredulidad del hanyo le sacó una risa a Sango. Realmente estaba preocupado por la aprobación de todos, aun cuando jamás lo admitiría a viva voz.

"Oi, ¿No estas molesta?", dijo finalmente, no sin desconfianza.

"¿Y que esperabas?. ¿Acaso un reproche por hacer lo que todos deseábamos desde siempre para ustedes dos?"

El hanyo miró alternativamente entre los rostros de sus amigos buscando la sinceridad de sus palabras y la encontró de inmediato. Internamente no podía negar el alivio que sintió con su consentimiento, pues en realidad los consideraba a todos como parte de su familia. La única que tenía.

Claro, de allí a admitirlo abiertamente…

"¡Bah!, pero que molestos son… ¿qué no deberían estar lejos ocupándose de sus propios asuntos?".

"¡Cuanta ingratitud!" dijo descorazonado Miroku, siguiéndole el juego, pero muy a sabiendas de que esa respuesta equivalía a unas sinceras gracias en el lenguaje particular de Inuyasha.

Sango por su parte estaba realmente feliz de confirmar que finalmente sus dos compañeros habían admitido y actuado de acuerdo a sus verdaderos sentimientos. Sin embargo la inquietud que sentía por todo lo acontecido estaba lejos de desaparecer aun.

"Lo que no comprendo ahora es la reacción de Kaede. Se que ella tiene sus reservas respecto a las relaciones entre humanos y yokais, pero esto es demasiado. ¿Acaso hay algo más al respecto que no nos dices, Inuyasha?"

"No se que le pase a esa vieja loca más que tú. He decidido hacer de Kagome mi Shirushi y ella ha aceptado. Eso es todo".

Miroku se movió mostrando su incomodidad con todo el asunto. Le parecía que las cosas comenzaban a aclararse para él y eso le preocupaba, pues había subestimado por completo la gravedad de la situación. Por su parte, Sango continuó el interrogatorio.

"¿Y que hay de Shippo?" la sorpresiva pregunta alarmó notablemente al pequeño kitsune quien hasta el momento había permanecido al margen de la conversación. Ahora por fin había encontrado su voz, saltando ágilmente entre Inuyasha y Sango con sus manitas extendidas en un gesto de inocencia.

"Oi, Sango, no es necesario…"

"¿Qué pasa con él?", Inuyasha cortó tajante con un dejo de impaciencia en su voz. Quería estar con Kagome cuanto antes y no contestando más preguntas.

"Dímelo tú…".

"Shippo es tan sólo un cachorro malcriado y debilucho, con una lengua muy larga y muy poco poder para justificarla–".

"Oi, ¿cómo me llamaste…?" el pequeño giró de inmediato sobre sus talones listo para enseñarle lo que un debilucho podía hacer.

"–pero yo me voy a hacer cargo de que todo eso cambie de ahora en adelante". Terminó mirando directamente a los ojos a Sango quien confirmó en ellos todo lo que sus palabras insinuaban. Finalmente había admitido –indirectamente, claro– que también quería al pequeño Shippo como un hijo. ¡Inuyasha estaba madurando!.

Sin duda, ese día tenía que ser marcado en el calendario como una fecha histórica e inolvidable, pensó por su lado Miroku. ¿Inuyasha admitiendo sus sentimientos? Ya no quedaba nada indestructible en el mundo.

Todos miraron entonces al pequeño kitsune que se había quedado de pie entre Sango e Inuyasha, a medio camino entre una postura de ataque y una de sorpresa. Cuando se dio cuenta de que era el centro de atención, recuperó la compostura de inmediato, sentándose allí mismo, con sus bracitos cruzados sobre el pecho marcando la seriedad del momento. Solo sus ojitos aguados delataban que las palabras del hanyo, –si bien groseras– le habían reafirmado la nueva relación que tenían.

Con un par de golpes de su shakujo en el suelo, el monje sobresaltó a todos y disolvió finalmente la barrera con facilidad. Libre de nuevo, el hanyo se puso inmediatamente de pie, estirando los músculos de su cuello y brazos tentativamente como para chequear que no hubiese efectos secundarios a su confinamiento de casi veinte minutos.

Inuyasha llevó su mano al rosario de kotodama en su cuello, sintiendo por unos segundos los restos de poder que emanaban de el. Esta era una de las debilidades que Kaede le conocía y que pudo explotar más que bien en su contra. Definitivamente tendría que ser más cuidadoso en adelante. Por los momentos lo mejor sería desechar el collar definitivamente. De todas formas con la sumisión de Kagome él podía resistirse al poder del osuwari a voluntad, así que no tenía ningún sentido conservarlo.

Con un ligero tirón, lo arrancó de su cuello sin esfuerzo. Las cuentas empezaron a caer y rebotar en todas direcciones en torno a sus pies, rodando por la habitación. Su repiqueteo arrítmico parecía marcar el final de una era llena de lucha y sin sabores, y el comienzo de una nueva más esperanzadora para todos.

"Bueno, creo que es hora de irnos y terminar de aclarar este lío, ¿no creen?", dijo Miroku poniéndose de pie y sacudiendo sus ropas. Sus palabras parecieron renovar de inmediato la energía en la habitación, por una más positiva y esperanzadora.

"Definitivamente", contestó Sango mucho más animada.

"¡Vamos a por Kagome-mama!" gritó un Shippo más que feliz.

"¡Keh, pero que molestos son!". Inuyasha ya se movía hacia la salida, fastidiado por los observadores no invitados, pero satisfecho a la vez de su apoyo incondicional. El corazón de Inuyasha dio un salto en su pecho tan pronto el aire nocturno le golpeó el rostro. Su vida junto a Kagome empezaba hoy.

Ahora, la vieja entrometida iba a saber por qué no es buena idea meterse en asuntos de pareja, menos aun si un hay un ritual yokai de por medio.

Y lo más importante, Kagome no se iba a escapar de sus garras una tercera vez…

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La lluvia comenzaba a amainar, pero la brisa calaba el frío hasta los huesos. No había resultado una sorpresa para Kagome que la mayor parte del camino la sacerdotisa hubiese perdido el tiempo desviándose del tema. Ahora se encontraba completamente empapada y mucho más molesta. Realmente hubiera podido vivir sin escuchar una clase magistral sobre las abejas, el polen y como las jovencitas deben ser castas y puras hasta el matrimonio.

"Kaede-sama–", ya estaban frente al pozo cuando una muy frustrada Kagome se decidió a interrumpirla, "–le agradezco su preocupación pero no entiendo que tiene que ver todo esto con mi situación. Usted dijo que me iba a decir la verdad sobre Inuyasha".

Un suspiro dramático salió de la sacerdotisa y su espalda se curvó aun más como si un peso invisible estuviera haciendo presión contra ella. Ambas detuvieron su marcha y se pusieron frente a frente. En ese momento Kagome la vio más vieja que nunca, como si durante el camino las arrugas de su rostro se hubieran profundizado y su cabello puesto aun más blanco. Se veía débil y cansada, pero esa era sólo la apariencia de alguien que en el interior poseía mucho poder espiritual que la mantenía vital y activa a sus años.

"Mientras estuviste durmiendo Kagome, yo hablé con Inuyasha, pues quería confirmar mis sospechas de primera mano".

Una vez que salió la primera mentira de sus labios en este asunto, la respetada miko Kaede ya no podía parar. Una pequeña parte de su conciencia aun tenía reservas, pero por lo demás estaba completamente entregada a lograr su objetivo: Impedir a toda costa la relación entre Inuyasha y Kagome.

"Lo siento mucho pero la verdad es que Inuyasha sólo piensa en ti como en una parte de mi hermana Kikyo, la única que queda en este mundo. Es por eso que, ahora que sabe te piensas marchar definitivamente, él se está aferrando a ti. No por razones nobles o románticas, sino por egoísmo. Él mismo me lo dijo: no va a perder lo único que le queda de Kikyo".

Sólo el silencio siguió a estas palabras. Kagome tragó grueso intentando deshacer el nudo de sentimientos que tenía atorado a medio camino. Era tan doloroso escucharlo de labios de otra persona, aun cuando esas ideas habían pasado por su mente ya muchas veces.

Ella no era para Inuyasha más que un pobre y distorsionado reflejo del pasado y de la persona que él había amado en aquel entonces. Y ella nunca, no importaba lo que hiciera, iba a poder borrar ese hecho. Esto era algo que se había repetido a sí misma hasta el cansancio, y ahora Kaede se lo confirmaba una vez más.

La sacerdotisa continuó hablando al comprobar que Kagome no iba –ni podía– decir nada por los momentos. "También tienes que entender que él tiene una promesa que cumplir".

"¿U-na promesa?", la joven se sobresaltó al escuchar lo débil y patético de su propia voz entrecortada.

"Así es, una promesa que ellos dos se hicieron hace años, y que a pesar de la rivalidad reciente, siempre ha definido las acciones de ambos como tú misma has visto. Él sólo se está aprovechando de tus sentimientos para obtener lo que quiere de ti, cumpliendo así con su palabra".

"No entiendo…".

"Yo soy la única testigo que queda de esto Kagome, y era un secreto que pensaba llevarme a la tumba. Pero por tu bien debo decírtelo…", Kaede vaciló teatralmente, alargando una pausa dramática, diseñada especialmente para poner en la mayor tensión posible sobre su víctima.

"…esa fue una promesa sagrada hecha ante Kami-sama".

El corazón de Kagome se detuvo en seco.

Y el resto del mundo con ella.

¿¡Inuyasha y Kikyo estaban casados!?

No. ¡Imposible!

Él se lo hubiera dicho…

¿O no?

Kaede siguió golpeando sin piedad. "Lo siento de verdad querida, pero Inuyasha es, en el fondo, más yokai que humano, y si algo define a esas bestias por encima de todo es el orgullo desproporcionado y el egoísmo. Tú lo sabes. Es por eso que te ha marcado, porque así sea por despecho él quiere tener lo único que queda de Kikyo como su propiedad".

Kagome estaba tan aturdida que sus sentimientos y sensaciones se paralizaron, y por un momento se sintió como si la hubieran empujado fuera de su propio cuerpo. Estaba ante una realidad que siempre había temido, pero que ahora, simplemente, no podía enfrentar. La negación rotunda a todo cuanto había oído era lo único que la mantenía de pie y con el poco de cordura que le quedaba. Su mente atascada en la repetición constante de la misma frase una y otra vez: …no puede ser, no puede ser…

Así se quedaron por varios minutos, ambas en un silencio apreciativo de las verdades que habían sido confesadas. Kaede se felicitó mentalmente a sí misma por lo acertado de su artimaña. El corazón de una jovencita era muy fácil de predecir y tan delicado, lo que sumado a todas las inseguridades que vio desarrollarse en ella a través de los años, le sirvieron de maravilla para terminar de romper la frágil conexión entre hanyo y humana. En eso tal vez los humanos y los yokai tenían algo en común: si no podían conseguir la atención y el afecto entero e incondicional de sus parejas, les resultaba mejor no tener nada.

La vieja miró a su víctima conteniendo el llanto, apretando los puños y mordiéndose nerviosamente los labios como señal del dolor interno por el que estaba pasando. La estaba dejando cocerse en su propio jugo de resentimientos y desamor por unos segundos, para que ella misma, desde sus propios temores, acabara de romper sus conexiones con el Sengoku jidai para siempre.

Inuyasha no iba a arruinar por segunda vez el futuro brillante de su hermana. Ella debió vivir para ser la más poderosa miko de su generación, no morir por enamorarse de un simple hanyo. Aunque ella no estaría allí para presenciarlo, estaba segura de que Kagome lograría lo que su hermana no pudo. Volver a su mundo era la última oportunidad para redimir los pecados del pasado y alcanzar su destino. Era la única forma de obtener venganza.

Cuando las lágrimas comenzaron a correr, su voz implacable continuó donde se había quedado.

"No te sientas mal. Mi hermana tampoco pudo entender esto nunca, por eso cometió el error de enamorarse. Yo, simplemente, no quiero que la tragedia se repita de nuevo, Kagome". Sus arrugadas manos tomaron las de la paralizada joven en un gesto afectuoso. La vieja mirada llena de comprensión y preocupación, se encontró con una juvenil pero por los momentos, completamente vacía de brillo, de vida.

La tenía justo donde la quería. Ahora sólo hacían falta unas cuantas frases dramáticas más y la chica iba a salir corriendo por sí misma para no volver jamás.

Pero entonces lo sintió. Inuyasha se había liberado de su conjuro.

"Rápido, debemos apresurarnos. Inuyasha está libre y viene directo hacia acá".

Eso efectivamente hizo que Kagome recuperara los sentidos con una ola de pánico que casi la hizo caer de espaldas. Pero antes de siquiera reaccionar del todo, ya Kaede estaba arrastrándola por un brazo tanto como podía hacia el pozo que estaba unos pocos metros más adelante.

"¡Márchate ahora!. Él no puede buscarte en tu mundo. ¡Sálvate de la miseria mientras puedas!". Con un último tirón, las dos llegaron hasta el pozo, Kagome aferrándose al borde tratando de recuperar el balance, tanto físico como mental.

Sus ojos se volvieron hacia la oscuridad aparentemente infinita del interior del pozo, incapaz de seguir mirando a la anciana sacerdotisa.

En ese momento sintió que se partía en dos.

Las palabras de la anciana sonaban totalmente ciertas y lógicas, y coincidían con su propio razonamiento de más de tres años. Tres largos años que había invertido aguardando pacientemente por un Inuyasha que continuaba invariablemente aferrado al recuerdo de Kikyo, (y con razón, ahora que sabía la verdad).

Sin embargo, algo no encajaba.

Y era la parte de su ser que respondía a él desde un deseo primitivo por ser poseída. Ese deseo que estaba más allá de lo meramente carnal y que nacía de sentimientos intensos y puros que le decían, desde un rincón desconocido de su corazón, que era genuinamente correspondida y que estar junto a su shirushi era lo correcto.

Pero, esos sentimientos, ¿eran realmente suyos, o pertenecían a la parte de Kikyo que aun vivía en ella?

Kagome se sintió verdaderamente enferma entonces.

"Ya no podemos esperar más". La vieja comenzó a empujarla y Kagome, tomada por sorpresa, perdió el balance.

"No, por favor…".

Para cuando reaccionó ya había caído y estaba del otro lado, en su mundo. A su lado el bolso amarillo que había arrojado la noche anterior, justo antes de que Inuyasha la detuviera y la marcara mordiéndola.

Se llevó la mano al cuello al tiempo que una nueva ola de nauseas la asaltó. Las palabras de Kaede se repetían sin cesar en su mente, como el golpear constante e incansable de un martillo hundiendo penosamente un clavo en su cerebro.

una promesa sagrada hecha ante Kami-sama… el quiere tener lo único que queda de Kikyo… se está aprovechando de tus sentimientos…

Sentía que se ahogaba, que las paredes del pozo se le venían encima con todo lo que había ocurrido en los últimos dos días. Tenía que salir de allí o se iba a asfixiar en su propia angustia. Sus manos y pies encontraban con facilidad los puntos de apoyo conocidos por ella de memoria para subir, pero a su cuerpo le fallaban las fuerzas así que el ascenso fue lento y penoso. Por un momento pensó que nunca iba a salir, y que se iba a convertir en un montón de huesos más para la variada colección en el fondo del pozo.

Pero sí logró salir y, tambaleándose un poco, dio unos pasos más hasta caer de rodillas en un suelo húmedo por la lluvia que parecía haber traído consigo desde la era Sengoku. Estaba afuera, frente a las puertas de la pequeña capilla que protegía y ocultaba el lugar que le servía de conexión con el pasado. ¿Cuantas aventuras había vivido desde la primera vez que fue arrastrada por un yokai a causa de la perla?. Era imposible contarlas todas, pero el balance era, en general, positivo: las vidas de incontables de personas fueron salvadas, había hecho nuevos amigos, vivido increíbles aventuras, y le habían roto corazón en el proceso.

¿Por qué todo tenía que ser tan complejo?

Su mirada se quedó fija en el suelo a un lado de la pequeña estructura, donde su Ojii-san había dejado todo preparado. No fue tarea fácil convencerlo para destruir una de las reliquias de su adorado templo, pero ante la urgencia y la importancia que tenía para su nieta cortar su conexión con la era Sengoku, él no se pudo resistir.

Además, de joven había trabajado en una mina, así que eso de las detonaciones le iba bien. Rápidamente había terminado todos los preparativos justo antes de que ella se marchara, con la promesa de detonar el pozo tan pronto ella lo dispusiera a su regreso. Ahora, mientras Kagome miraba el pequeño aparato detonador, la asaltó una tristeza que nunca había conocido antes.

No, no podía hacerlo.

Era como destruir una parte de sí misma, de quien era como mujer, como ser humano. Pero tampoco podía volver. No podía enfrentarlo, y ver la verdad en su rostro. Ver que, efectivamente, sus sentimientos no eran los mismos.

Kagome sabía que eso la mataría por dentro. Más ahora que había probado lo que se sentía estar en los brazos del hanyo siendo deseada. Aunque ese deseo no estaba dirigido a ella, no le importaba. Era enfermizo y deplorable en todos los sentidos que no le importase ser utilizada de ese modo, pero no lo podía evitar. Estaba perdida en su propio deseo. Quería ser parte de él, y ya no podía ni le importaba distinguir donde terminaba su propia dignidad y autoestima.

Kaede tenía razón. Aun tenía oportunidad de salvar su alma.

No iba a volver nunca.

No iba a enfrentarlo.

Iba a destruir el pozo y a terminar de una vez con el pasado.

Higurashi Kagome iba a volver a nacer.

-o-

Cuando la encontraron, no puso ninguna resistencia, lo cual considerando la fuerza que reunían entre los tres, no fue ninguna sorpresa. Sería una estupidez enfrentarlos. Sin embargo, Sango no pudo evitar sentir mucha pena por la anciana Kaede en ese momento, al verla sentada bajo la lluvia con la mirada perdida y sus cabellos sueltos pegados al rostro. Parecía rota, como si hubiese sacrificado el resto de su energía vital y ya sólo quedase el cascarón vacío.

Tan pronto los vio llegar, había comenzado a reír de forma histérica, llevándose las manos a la cabeza y halándose los cabellos.

"¿No les hace reír? Ya se fue… se fue… y ya los extraña… y yo siempre te extraño Kikyo… tres corazones retorcidos… ¿qué fue lo que hice?…", su mirada desesperada se fijó en cada rostro, buscando respuestas a su propio horror interior. "¡No me miren así!!... ya se fue…las espirales alrededor se marchan sin mi…".

Al parecer sus propios remordimientos por lo ocurrido finalmente habían acabado con su cordura. Era evidente que Kaede se encontraba más afectada por la tragedia de Kikyo de lo que ninguno de ellos había llegado nunca a imaginar. Y a sus años, la tensión de revivir de algún modo la desdicha ocurrida con el nuevo romance entre Inuyasha y Kagome, debió quebrar algo en su interior.

Inuyasha miraba toda la escena impasible. Sus facciones eran duras pero se alcanzaba a ver algo de remordimiento en el fondo de sus ojos.

No era su culpa directamente, pero él había sido protagonista de la tragedia y superarla tampoco había sido fácil para él. El arrepentimiento le tuvo tantos años aferrado a una deuda de honor con Kikyo que casi le costó la relación con la mujer que verdaderamente amaba. Por eso no podía decir nada, supuso Sango, porque las viejas heridas seguían teniendo consecuencias, y no era fácil enfrentarlas justo cuando lo que querías era dejarlas atrás para comenzar una nueva vida.

Pero no a todos se les da oportunidad de comenzar de nuevo.

Miroku se acercó con cautela a la sacerdotisa, quitándose la capa de viaje que aun tenía puesta y envolviéndola alrededor de la frágil figura de Kaede. Esta ni se inmutó, continuando su letanía entre dientes. Balanceándose de un lado a otro, perdida en algún mundo distinto al presente.

"Hay algo que no les he dicho", la voz del monje tenía una seriedad tan rara en él que de inmediato hizo que todos los presentes se pusieran más atentos, estirando sus espaldas y clavando los ojos en su rostro abatido.

"Hace más de un año, cuando estábamos preparándolo todo para el combate final contra Naraku, Kaede y Kikyo se encontraron. Como recordarán la anciana se había quedado conmigo atendiendo mis heridas y yo, aunque consciente, fingí estar dormido…", su mirada se perdió en el vacío frente a él, no viendo a nadie en particular y dejando que la lluvia lavase sus propios remordimientos, que ahora compartía libremente con sus amigos. Si debió hacer algo entonces, o no, ya no tenía sentido arrepentirse.

Tomando una bocanada de aire, continuó. "Básicamente, Kikyo hizo un excelente trabajo con su hermana menor. Con muy pocas palabras la tuvo de rodillas, llorando y suplicando su perdón. Kikyo la acusó de ser culpable de su muerte y de la traición de Inuyasha".

Sus ojos se fijaron entonces en su compañero hanyo, "prácticamente le ordenó a Kaede que, pasara lo que pasara, no permitiera tu felicidad, Inuyasha. Sabía que ahora estabas enamorado de Kagome, no de ella, por lo que la única forma de tomar venganza en su nombre era separándolos permanentemente. Porque tu le pertenecías sólo a ella, en vida y muerte".

Sólo el caer de la lluvia podía romper el silencio tan pesado que cayó entre el grupo. Inuyasha cerró lo ojos en una mueca entre la rabia y la desesperación de quien ha pasado años tratando de dar solución a un problema, sólo para verlo complicarse cada vez más sin remedio.

"¿Por qué?", su voz salió quebrada y casi inaudible, pero sus ojos estaban encendidos en ese nuevo color rojizo, que revelaba poder pero también, sabiduría.

"¿Explícame por qué Kikyo le salvó la vida a Kagome ese día que luchamos contra Naraku? Se sacrificó por protegerla cuando simplemente pudo dejarla morir y lograr lo que quería entonces".

Aquí fue Sango quien respondió, habiendo adivinado correctamente los motivos retorcidos del alma de Kikyo.

"Lo hizo para verte sufrir, Inuyasha. La muerte de Kagome hubiese sido un castigo muy leve en comparación con una vida de sufrimiento por haberla perdido. Además, su sacrificio al salvarla también iba a pesar en tu alma, y ella sabía bien como hacerte sentir culpable, ¿no es así?… por eso tardaste tanto en tomar una decisión respecto a Kagome, ¿verdad?".

De haber podido, Inuyasha se hubiese pateado el trasero a sí mismo en ese preciso instante. Había vuelto a caer en la trampa de Kikyo. Luego de pasar un año casi en duelo por ella, lejos de Kagome en respeto al sacrificio por su felicidad, resulta que todo había sido otro retorcido plan para hacerlo sufrir. Aun después de muerta la maldita seguía siendo una bruja despiadada.

"Esta Kikyo no era la misma que tú conociste hace más de cincuenta años–" continuó Miroku, tratando de encontrar palabras para aliviar a su amigo. "–eso era una aberración… sólo una sombra corrupta y retorcida por sus propios odios y miedos. Por eso está prohibido jugar con la vida y la muerte… a las almas es mejor dejarlas descansar". El monje se acercó entonces al hanyo, poniendo una mano sobre su hombro y mirándolo fijamente.

"Te pido perdón, Inuyasha. Debí hacer algo entonces, o decir algo ahora, pero pensé que Kaede no sería capaz de hacerles daño…", la mano del Inuyasha hizo contacto con su hombro, devolviendo el gesto, y Miroku supo que no había resentimiento alguno.

"Les pido que se encarguen de Kaede. Yo tengo que ir a solucionar las cosas con Kagome de una vez".

"¿Pero cómo?", intervino la cazadora. "Sin la perla ya no puedes cruzar mundos, y si Kaede la convenció de seguir con su plan y no volver…", la expresión angustiada de Sango cambió rápidamente a una de total confusión cuando vio la sonrisa en el rostro de Inuyasha crecer hasta enseñar los colmillos.

"Heh, ya deberían saber que nada puede separarme de mi Shirushi".

De un sólo salto, Inuyasha entró al pozo, dejando a sus amigos con la boca abierta.

'¡Ohh, Kagome va a tener mucho que explicarme sobre cómo funciona todo este asunto del shirushi cuando regrese!', pensó Sango sin lograr contener la sonrisa maliciosa que cruzó su rostro ante la idea de tener una conversación MUY detallada.

Miroku por su lado, ya tenía en mente mil cosas pervertidas para hacer con una sonrisa como esa.

-o-

No se había movido del lugar en donde se derrumbara hacía por lo menos diez minutos. La verdad no tenía fuerzas para hacerlo tampoco. Ni motivos.

Quedarse bajo la lluvia le traía algún alivio, y la esperanza de que el agua pudiese, poco a poco, lavar sus penas y ahogar sus pesares.

Al menos ya no lloraba, y su corazón latía a un ritmo más normal. De vez en cuando se saltaba uno o dos latidos, cuando veía el rostro de Inuyasha en su mente o recordaba sus caricias… o como justo ahora, cuando le pareció escuchar sus pasos saliendo del pozo a su lado.

Un escalofrío le puso los pelos de punta. ¿Qué haría si fuera real? Si los pasos que el viento parecía simular en sus oídos fuesen los suyos, si Inuyasha realmente viniera por ella.

¿Entonces qué?.

¿Lo aceptaría o lo rechazaría?.

"Kagome".

Uno, dos, cuatro, seis… perdió la cuenta de los latidos que se saltó al oír su voz. ¿Cómo pudo cruzar sin un fragmento de la perla?

Giró su rostro para ver lo imposible. Inuyasha realmente había cruzado y estaba de pie justo en la entrada de la capilla, devolviéndole la mirada. Entonces se sorprendió a sí misma al encontrarse demasiado agotada para reaccionar. Tan pronto había cruzado, luego de la confesión de Kaede, había querido golpearlo, maldecirlo, abrazarlo, abofetearlo, lastimarlo, besarlo… ahora ya no quería nada más que no verle.

"¿Qué es lo que haces aquí, Inuyasha?. Tú no perteneces a este mundo, igual que yo no pertenezco al tuyo". La calma de sus propias palabras la sorprendieron de nuevo. Era, en el fondo, la resignación de no poder culparlo por amar a otra la que le hacía hablar.

"Yo pertenezco a tu lado, Kagome".

"¿A mi lado… o al lado de Kikyo?". Kagome levantó la vista para desafiarlo a hablar y a mentirle de nuevo en su cara. Desafiarlo a que contestara la pregunta que jamás había podido contestarle: '¿a quién de las dos amas, Inuyasha?'.

El hanyo entrecerró los ojos, y le sostuvo la mirada, pero no hizo ningún otro ademán que indicara que iba a decir algo.

"¿En verdad no tienes nada que decir? Ya he escuchado a los demás Inuyasha, pero tu no has dicho una sola palabra desde que todo este asunto… de la marca comenzó", con la mención de la mordida en su cuello no pudo evitar volver el rostro para ocultarle el sonrojo en sus mejillas. Ocultarle lo mucho que le afectaba.

"Dime primero lo que te dijo la anciana Kaede y entonces yo contestaré a tu pregunta, Kagome".

"Me dijo la verdad…".

"¡Keh, lo dudo!!"

Algo de la furia inicial regresó con la interrupción típicamente grosera del hanyo. Nuevamente le miró desafiante, retándolo a negar sus palabras "¡Me dijo que le habías confesado las razones por las que me marcaste como si fuese un objeto de tu propiedad… fue para no perder lo último que te quedaba de Kikyo… tu esposa!".

"¿Eh?... ¿Mi esposa? ¡Pero qué tonterías dices! ¿Y tu le creíste esa patraña?".

"¿Vas a negarlo?".

Inuyasha se puso serio de nuevo. Si Kagome creía en verdad estas mentiras, el sarcasmo ciertamente no le iba a ayudar a enderezar las cosas. Armándose de valor, le pidió silenciosamente a los dioses que le dieran por una vez el don de la palabra, para hacerle entender la verdad de sus sentimientos.

"Kagome, yo no te marqué como mi propiedad. Te marque como mi Shirushi, y hay una gran diferencia entre ambas".

Inuyasha vio la sorpresa en su rostro ante sus palabras. Sus ojos más abiertos, luego su ceño fruncido, que dieron paso a sus labios a punto de formular una pregunta. Él levantó la mano para detenerla.

"Además de eso, Kikyo no fue nunca mi esposa… ni yo pienso en ti como una parte de ella".

Kagome cerró los ojos tratando de calmar su corazón. Debía estar completamente enfocada y tranquila si quería dilucidar la verdad en sus palabras, en lugar de dejarse llevar por la emoción. Inuyasha avanzó unos pasos, a lo que ella reaccionó tratando de alejarse, encogiéndose aun más en el suelo, como si temiera un ataque de él.

Esa reacción de Kagome lo detuvo en seco. 'Maldita seas Kikyo'.

"La vieja Kaede te mintió, Kagome, debes creerme. Y sobre sus razones para hacerlo Miroku te puede dar mejor cuenta que yo".

"¿Miroku?"

"Él y Sango volvieron luego de que te fuiste con Kaede, estaban preocupados por ti… por los dos".

Kagome sintió un alivio al saber que sus amigos habían vuelto, y las preguntas se multiplicaron en su cerebro. Miró al hanyo confundida, sin saber bien que más podía decirle, y él pareció notar esto porque de inmediato dio un nuevo paso tentativo hacia ella y comenzó a hablar, mirándola de una forma que hizo que su pecho se comprimiera con una esperanza que no se atrevía siquiera a contemplar.

"Mi lugar está a tu lado, Kagome".

Por primera vez, las palabras que quería decir fluyeron sin dificultad.

"Porque nada, ni el tiempo, ni la muerte, pueden separarme de mi Shirushi…", con los ojos clavados el uno en el otro, todo a su alrededor desapareció.

"Porque nada me va a arrebatar a la mujer que amo, y que NO es Kikyo; ella, al final sólo fue un sentimiento de culpa nacido del cariño que una vez compartimos. Pero sólo eso. Porque en el fondo ella quería alguien diferente a mí. Alguien con quien dejar atrás su propia identidad como miko. Ella quería a un Inuyasha humano y yo, tontamente, pensé en complacerla por miedo a seguir solo".

Él nunca había hablado con nadie de su relación con Kikyo con tanta franqueza, y admitir lo ocurrido entre ellos era, francamente, un alivio.

"Eso nunca fue amor verdadero, Kagome. Sólo un intento infantil por huir de quienes éramos".

Mientras hablaba había avanzado con lentitud hasta detenerse justo frente a ella.

"La mujer que en verdad amo eres tu, Kagome".

"Amo a Higurashi Kagome. Porque ella me ama tal y como soy… un hanyo".

Era difícil distinguir entre las lágrimas y las gotas de lluvia. Entre los brazos de uno y otro entrelazándose en torno a sus cuerpos. Entre sus labios perdidos en una batalla por decirlo todo en un sólo momento. Entre sus ojos que se miraban entonces como si fueran un solo ser.

Estaban juntos finalmente.

Luego de mucho sufrimiento y sacrificios, luego de malentendidos y mentiras.

Tuvieron que hacer este increíble y largo viaje, juntos, luchando lado a lado, para poder encontrarse al final del camino el uno al otro.

Ahora estaban juntos para amarse libremente.

Para ser felices.

A su modo…

"¡A-A-Achuuuuuuuuu-u!!!!!!!".

"Oi, ¿hace cuánto estas aquí mojándote?".

"No lo se, no mucho creo…".

"¡Keh, los humanos son demasiado frágiles!".

"¡Oye, no seas engreído!, es TU culpa que esté empapada, ¿sabes?".

"¿Mi culpa?, yo no te mande a quedarte echada como tonta en medio del patio…".

"¡Eres un grosero, Inuyasha!".

"¡Y tu una malcriada, hah!".

"¡Insufrible!".

"¡Histérica!".

"¡¡Uff, no te soporto Inuyasha!! Osuw… ¿eh?". En ese momento Kagome reparó en la ausencia del rosario de kotodama en su cuello. No es que sirviera de mucho ahora pero, la verdad tenía un valor muy sentimental para ella.

Su ausencia era el signo más claro de que las cosas habían cambiado entre ellos, para siempre.

Sin darle tiempo para decir más nada, (en particular para regañarlo por haber roto el rosario), Inuyasha la levantó en sus brazos, "vas a enfermarte de verdad si seguimos bajo la lluvia", dijo al tiempo que de tres saltos la dejaba en pie en la puerta de su casa.

"¡Okaa-san, ya lleguéééé!!", su voz se dejó oír en todos los rincones mientras entraba y se quitaba los zapatos empapados. "¿Donde están?... ¿Souta?... ¿Ojii-san?". Se pasó una mano por el cabello tratando de poner algo de orden. Sabía que tenía muy mal aspecto, mojada, sucia, con el rostro hinchado y rojo por las lágrimas, pero no había nada que pudiera hacer para ocultárselo a su familia ahora.

Entró a la cocina seguida de cerca por Inuyasha, y de inmediato vio el brillante papel amarrillo pegado del imán del refrigerador.

-o-

'Kagome hija: Estaremos fuera por unos días en casa de tu prima Akiko que acaba de dar a luz trillizos. ¿Puedes creerlo? ¡Ha sido una sorpresa! En cuando llegues por favor llámanos, sabes que estoy muy preocupada por ti. Ah si, Ojii-san no para de hablar acerca del proyecto secreto que tienen ustedes dos. ¡No sabes lo que me costó convencerlo que esto era más importante ahora!. Espero que no te moleste. Por favor no vayas a volar el pozo sin él, ya sabes como es de sentimental. Cuídate y come bien'.

'Okaa-san'

-o-

"Todos se fueron…", dijo Kagome medio ausente mientras releía la nota de su madre y pensaba en la conversación que ambas habían tenido dos días antes. Tenía muchas preguntas que deseaba hacerle todavía.

"¡Bien… entonces nadie va a interrumpirnos esta vez!".

El tono de voz más bajo y suave de lo habitual no tardó en traerla de vuelta al presente con un escalofrío. Alzando la vista de la nota en sus manos, Kagome vio como el hanyo estaba parado muy cerca de ella, prácticamente atrapándola contra el refrigerador. Nuevamente sus ojos se veían más oscuros y bajo la intensidad de esa mirada y la indirecta en sus palabras, la joven no pudo evitar sonrojarse.

Inuyasha sonrió mostrando un colmillo. Las reacciones de Kagome lo volvían loco de verdad, y sólo su humanidad evitaba que la tomara allí mismo, cuando se veía tan inocente y vulnerable, a pesar de ser una mujer decidida y fuerte.

"¿Tienes miedo, Kagome?".

"¿Miedo yo?, ja ja, ¡no claro que no!, pero que tonterías dices Inuyasha", contestó demasiado rápido para ser natural, con el nerviosismo evidente en la forma en que estrujaba el pedazo de papel en sus manos. "Jaja… miedo… ¿por qué?… por qué habría de…de tener…".

Un beso intenso y pasional calló el balbuceo con firmeza. Las manos del hanyo apretaban el cuerpo femenino contra el suyo, saboreando las sensaciones que despertaba su cercanía.

"¿Confías en mi, Kagome?", continuó entre besos entrecortados, urgiéndola a contestar.

Pero la aludida estaba demasiado agitada para fiarse de articular palabras coherentes, por lo que sólo atinó a asentir levemente.

"Entonces, déjame mostrarte lo que significa amar a un hanyo".

Selló sus palabras con otro beso, esta vez uno más tierno y cuidadoso. Nuevamente, y sin romper el contacto con sus labios, la alzó en sus brazos. Una mano la mantenía apretada contra su pecho, mientras la otra sostenía sus piernas a la altura de las rodillas. Sus sentidos le decían donde debía pisar y que dirección seguir sin realmente mirar a donde iba.

Estaban tan absortos el uno en el otro que a los dos les sorprendió un poco estar ya en medio de la habitación de Kagome, cuando finalmente salieron del beso por la necesidad de respirar.

Inuyasha avanzó unos pasos más hasta estar cerca de la cama y con cuidado puso a Kagome de pie frente a él. Todo estaba en penumbras, sólo la luz de la luna y las estrellas se colaban por la ventana bañándoles a los dos con su brillo hermoso y seductor. La lluvia era la música de fondo, constante e hipnótica. Inuyasha no necesitaba ver mejor gracias a sus sentidos más desarrollados, y Kagome estaba agradecida que la oscuridad ocultara su sonrojo y su nerviosismo. Claro, de inmediato recordó los sentidos yokai y soltó un par de maldiciones mentales. Seguro que él notaba su corazón acelerado y el temblor de su cuerpo sin necesidad de luz.

Sus manos la dejaron para comenzar a soltar el obi que sostenía en su lugar su espada y su hitoe. Fue allí que a Kagome le golpeó en la cara y a toda velocidad la magnitud de lo que se disponía a hacer…

Iba a entregarse a Inuyasha… y era su primera vez con un hombre… o hanyo en este caso.

Inuyasha pareció sentir su inquietud y tan pronto dejó a Tessaiga contra la pared, tomó su mano con suavidad, llevándola hasta sus labios para besar sus nudillos con ternura. Era increíble, pero Inuyasha le estaba diciendo más en un simple gesto de lo que le había dicho con palabras en años.

"No tengas miedo. Yo voy a cuidar de ti, Kagome". Sin más, se inclinó sobre ella para capturar sus labios en otro beso, al tiempo que, tomándola por la cintura, empujó con cuidado su cuerpo hacia atrás hasta quedar tumbados sobre la cama. Inuyasha colocándose de lado para no aplastarla, mientras ella se aferraba a su cuello para profundizar el beso.

Así estuvieron un rato. Tan sólo compartiendo la intimidad de ese beso increíble. Saboreando los labios del otro. Mordiendo y succionando juguetonamente. Rozando con pasión sus lenguas en una batalla que ninguno de los dos quería ganar.

Cuando se separaron, se quedaron frente con frente, mirándose a los ojos y diciendo mil cosas sin palabras. Kagome aun estaba nerviosa, pero totalmente segura de lo que vendría era lo correcto y que finalmente estaba en el lugar al que pertenecía. Ver a Inuyasha sobre ella, acariciando su rostro con una garra y sonriéndole, le quitaba el aliento. Él era verdaderamente hermoso. Su cabello plateado parecía brillar con la escasa luz y su piel pálida contrastaba con sus ojos rojizos e intensos… ¡sus ojos!

"¿Por qué han cambiado tus ojos, Inuyasha?".

La pregunta lo sacó de la profunda contemplación que él también hacía del rostro y la belleza de su Shirushi.

"Es el resultado de mi entrenamiento con el Clan", dijo con sencillez, apoyándose mejor en su codo para alzarse un poco más, y contemplar mejor sus reacciones. Su garra continuó con la caricia, trazando el contorno de su mejilla.

"¿Entrenamiento?... espera un momento, ¿Clan? ¿De qué clan hablas???"

"Te lo explicaré todo luego, pero lo que significa es que ahora tengo absoluto control sobre toda mi sangre yokai y su poder".

"¡Ohhh!"

Inuyasha sonrió. Estaba orgulloso de lo que había logrado y él sabía que si alguien podía entender y apreciar lo que eso significaba para él, esa era Kagome. Este poder era lo que siempre había deseado y por lo que había estado dispuesto, incluso, a sacrificar su humanidad a la perla de Shikon por lograr. Kagome le devolvió la sonrisa.

"Sabía que algún día ibas a lograrlo… eres demasiado testarudo para permitir que se te escape tu propio poder".

"¡Heh, claro que si!".

Kagome levantó su mano y le acarició afectuosamente detrás de una de sus orejas, justo donde ella sabía que le gustaba más. El hanyo cerró los ojos inclinándose hacia su mano, indicando que estaba disfrutando el gesto. Para ella era una forma de felicitarlo y de divertirse también, pues adoraba cuando él bajaba sus defensas y se comportaba como un cachorro.

Completamente absortó, Inuyasha se dejó caer, hundiendo el rostro entre el cuello y el hombro de Kagome. Allí, inhaló su intoxicante aroma, algo diluido con la humedad de la lluvia, y comenzó a devolverle el gesto, acariciándola con su nariz.

Solo hizo falta que rozara con su lengua la marca latiendo en su cuello para que Kagome detuviera la caricia en su oreja y arqueara su espalda, en un gesto de pasión no contenido. La sumisión era ahora remplazada por la necesidad de entrega total. Una serie de gemidos intensos siguieron a la continua succión puesta sobre la herida y el resto de su cuerpo reaccionó también con fuerza.

El olor de su sexo se intensificó en la nariz del hanyo, haciéndolo gruñir, excitado. Kagome estaba cada vez más húmeda. Había llegado el momento de tomarla y la verdad es que casi no se podía contener. Su propia erección latía dolorosa, pidiendo aliviar un impulso físico que era sólo un pálido reflejo de su verdadera necesidad de poseer y hacerse uno con su shirushi.

Volviendo a besarla, Inuyasha se irguió sobre ella, una mano deslizándose con urgencia por debajo de su blusa empapada de lluvia, hasta llegar a su busto. Con un giro de su muñeca, tanto blusa como brassier se partieron en dos, dejando sus senos al descubierto.

Instintivamente, Kagome trató de cubrir su desnudez pero Inuyasha detuvo hábilmente sus dos muñecas con una sola mano, apretándolas contra la almohada por encima de su cabeza. Su sola mirada la consumía, y Kagome se sintió tan indefensa pero a la vez tan incitada, que el delicioso y húmedo calor en su entrepierna se intensificó y sus pezones se pusieron, si era posible, más duros y firmes.

Una mano comenzó a masajear su seno derecho apretando el pezón con fuerza. Kagome cerró los ojos, gimiendo la intensidad de la caricia.

"Mírame, Kagome".

De inmediato abrió los ojos, volviendo a enamorarse de Inuyasha y de su sonrisa traviesa. "Quiero que veas todo lo que voy a hacerte".

Si no la mataba antes con la intensidad de sus palabras y caricias –que literalmente encendían su cuerpo en llamas– Kagome definitivamente no quería perderse de nada tampoco.

Sin aguardar respuesta, Inuyasha capturó su otro pezón en su boca y comenzó a estimularlo, succionándolo con fuerza y mordisqueándolo alternativamente. Su mano aflojó el agarre de las muñecas de Kagome y ella de inmediato se liberó para hundir las manos en el cabello plateado, urgiendo sus movimientos y caricias. El verlo allí, pegado a su seno la llenó de un sentimiento indescriptible entre la ternura y el deseo. Nunca imaginó que la intimidad pudiese ser tan hermosa y lo que antes le parecía vergonzoso y hasta escandaloso, ahora era natural y sublime.

Una serie de besos, ligeros como plumas, subieron entre sus senos y por su cuello, haciéndole cosquillas, hasta cerrarse de nuevo en sus labios para ahogar sus risitas. Las manos de Inuyasha continuaron ocupadas acariciando cada curva de su pecho, mientras que ella se ocupaba de apartar la tela que impedía el contacto directo entre sus pieles.

Inuyasha se retiró repentinamente, irguiéndose lo suficiente para terminar de quitarse su hitoe y el kosode blanco que invariablemente usaba debajo. Su cuerpo era perfecto. Delgado, pero musculoso y bien proporcionado. Kagome cedió a sus impulsos de acariciar su pecho y abdominales. Era algo que siempre había deseado, cada vez que lo veía sin su ropa durante las muchas veces que había que curar sus heridas. Esta vez se dio el gusto y con ambas manos, recorrió su anatomía, memorizando cada parte, deleitándose en la turgencia de sus músculos y el contraste con la suavidad de su piel, perdiéndose en el calor sensual y el olor tan masculino que irradiaba.

"¿Te gusta lo que ves?", estaba jugando con ella, y ella no pudo contener ni la risa ni el sonrojo.

"A mi me gusta cuando te sonrojas así para mi", continuó sin darle tiempo a responder, ubicándose esta vez completamente encima de ella. Con una rodilla separó sus piernas para colocarse entre ellas, y con cuidado dejó caer su peso. Kagome tuvo por primera vez una medida clara de que tan excitado estaba él.

¡Y era una medida muy grande!

De inmediato sintió algo de aprensión muy a su pesar, e Inuyasha lo detectó de inmediato. Terminando de acomodar parcialmente su peso en ella, se dedicó a besarla tratando de borrar cualquier duda que pudiera surgir. El momento de la primera unión iba a ser difícil para ella, y él quería que disfrutase tanto como fuese posible.

Así que de inmediato llevó su mano hasta uno de sus muslos, levantando su falda y deslizando sus dedos por debajo de su ropa interior con rapidez. La reacción de Kagome fue instintiva, tratando de cerrar las piernas y revolviéndose para evitar el contacto, pero Inuyasha la tenía prácticamente inmovilizada bajo su peso.

El susto de Kagome por el repentino movimiento se disipó rápidamente en una sensación que la dejó literalmente ciega de placer. Los dedos del hanyo habían invadido su sexo, deslizándose entre los pliegues que ocultaban su clítoris y poniendo presión allí donde más lo necesitaba.

Inuyasha estudiaba cada movimiento y reacción, aprendiendo rápido qué la excitaba más y cómo debía acariciarla. Con cuidado de no lastimarla con sus garras, deslizó uno de sus dedos en su interior para probarla.

"Inuyasha…ahhh".

Su nombre, gemido con tanta sensualidad y deseo, casi lo hizo bajarse los pantalones y cogérsela de una vez.

"¿Si, Kagome?", preguntó con maliciosa inocencia.

"Inu-ya…ahhh…".

Una sonrisa se dibujó en su rostro. Era parte de su orgullo, primitivo y machista si se quiere, pero orgullo masculino al fin, el saberse capaz de proporcionar placer a su shirushi. Verla completamente pérdida en respuesta a sus caricias era un verdadero deleite, pero era hora de dar y tomar mucho más…

Tan rápido como había empezado, el hanyo retiró sus manos, dejando a Kagome con una sensación de vacío casi dolorosa. Abrió los ojos a tiempo para ver a Inuyasha colocar sus propios dedos en su boca y saborear su esencia con abandono.

Kagome nunca había visto nada más erótico en su vida. Claro, a excepción de lo que estaba por ver a continuación.

Alzándose nuevamente, Inuyasha se puso en cuclillas entre sus piernas, y con un destello de sus garras se deshizo de la ropa que le quedaba. Así se quedo completamente expuesta a su mirada. Kagome resistió la urgencia de cubrir su intimidad con sus manos, segura de que él le impediría hacerlo.

Por unos segundos pensó que el hanyo se había quedado paralizado cuando, sin aviso, él bajó su rostro hasta su sexo y la tomó por asalto con su boca.

"¡Oh Kami…!"

Entonces olvido hasta su nombre con la intensidad del momento. Su espalda se arqueaba al ritmo de sus besos, de su lengua yendo y viniendo, imitando la presión y la cadencia que antes le aplicaran sus dedos. Sus manos buscaban con desesperación algo a lo que aferrarse. Las sabanas, su cabello, la almohada… lo que fuera que le diera un poco de norte a su mundo que rodaba sin parar.

El roce de sus colmillos la volvía completamente loca, mientras que Inuyasha saboreaba a placer el néctar dulce y cálido de su shirushi. Quería bebérsela toda. Devorarla hasta saciar un hambre que no tenía fin. Poseerla de mil y una formas hasta quedar los dos agotados.

La penetró con su lengua y el mundo de Kagome dio un giro violento a la derecha, dejándola ciega en el apogeo de un placer que vibraba en su vientre rítmicamente, sacudiendo cada parte de su cuerpo y haciéndola gritar.

Cuando el mundo volvió a enfocarse, Inuyasha estaba sobre ella, literalmente relamiéndose los labios con una media sonrisa maliciosa. Sus ojos velados por el deseo intenso de poseer aun más. Bajó su rostro para besarla y Kagome se sorprendió disfrutando su propio sabor en sus labios. Ya estaba perdida y sin ticket de retorno.

"No puedo contenerme más, Kagome. Te necesito…". Susurró contra su boca, mordisqueando y succionando su labio inferior juguetonamente, pero esperando sin duda su consentimiento.

La verdad, ella no sabía bien cómo contestarle, así que hizo algo espontáneo, si bien temerario para una inexperta como ella: llevó una de sus manos hasta la cintura de Inuyasha y rápidamente comenzó a deslizarla entre su ropa hacia la erección que podía sentir claramente contra el epicentro de su propia pasión.

El hanyo se movió un poco sin decir palabra, tratando de facilitarle el acceso a su miembro, al tiempo que fascinado por la mujer que un minuto se ruboriza avergonzada y el otro hace algo completamente audaz como… ¡Oh por Kami!.

La mano de Kagome había hecho contacto con su pene cerrándose sobre él y acariciándolo experimentalmente. El hanyo simplemente no podía dominar más los gemidos violentos que salían del fondo de su garganta junto con su nombre. Todas sus fantasías con Kagome juntas no le hacían justicia a lo intenso de sentir su mano tocándolo de ese modo. Llevando su propia mano sobre la suya, le indicó el ritmo y la presión con la que debía masturbarlo. Ella enseguida tomó nota y siguió con más seguridad sus caricias, excitada a más no poder al ver con que facilidad el poderoso hanyo era vulnerable a su toque. También estaba embobada con el contraste entre la suavidad de la piel y la dureza de su pene, y hubiera podido seguir horas haciéndolo gemir y temblar de placer, pero Inuyasha la detuvo.

Retirando su mano saltó fuera de la cama y terminó de desvestirse.

La visión de un Inuyasha completamente desnudo, tan bello como mortífero, irradiando todo ese poder desde sus brillantes ojos rojizos, la dejó sin aire. Sintió un vacío en el estomago al fijar los ojos en su sexo erecto, y ver la cadencia animal con la que se movía, como si estuviera listo para saltar sobre ella y devorarla.

Y eso era justamente lo que iba a hacer.

Agarrándola por debajo de las rodillas haló su cuerpo hacia el suyo, acercándola al borde de la cama. Se inclinó para besarla y abrazarla, al tiempo que la alzaba hasta ponerla de pie frente a él.

Cuando rompió el beso, la miró por unos instantes, completamente desnuda y temblando en sus brazos. La ansiedad y el deseo en su mirada sólo lo excitaban más.

Tomándola por los hombros la hizo girar, dejando su espalda contra su pecho. Sus garras se deslizaron por su cabello, apartándolo todo hacia un lado y dejando la parte de atrás de su cuello al descubierto.

"¿Inuyasha?"

Tenía miedo. El poder que irradiaba su cuerpo era palpable, y la marca en su cuello comenzó a latir con más fuerza y de forma dolorosa, como respondiendo a una llamada hecha sin palabras.

Las manos de Inuyasha se colocaron firmemente sobre sus caderas por respuesta. No había nada que pudiera hacer para facilitarle las cosas a Kagome. Tenía que cerrar la marca de su shirushi y esta era la única forma de hacerlo.

Empujando con su cuerpo, la hizo inclinarse sobre la cama hasta apoyar sus manos, luego alzándola un poco más hasta que tuvo ambas rodillas apoyadas también. Con una mano separó más sus piernas, bajando sus caderas a la altura justa. Mientras, Kagome cerró los ojos, apretando la sábana bajo sus manos y tratando de calmar su respiración. Esto iba a doler, y la energía que despedía Inuyasha la tenía paralizada y a decir verdad algo mareada, pero sólo podía obedecer. Solo quería obedecer. Aun con miedo, Kagome quería ser suya de una vez.

Entonces sintió su cuerpo inclinarse sobre ella, cubriéndola desde atrás como un manto. Sus manos sostenían con firmeza sus caderas, su pene comenzando un roce rítmico contra su sexo, que ya estaba completamente húmedo nuevamente. Colocó su boca cerca de su oreja, succionando un poco el lóbulo antes de susurrarle roncamente...

"Grita para mi, Kagome".

Las palabras salieron casi como un gruñido animal, haciéndola temblar entre el deseo y la ansiedad. Sintió su boca moverse hasta la parte posterior de su cuello donde, sin aviso, la mordió con fuerza al tiempo que la penetró de golpe, rompiendo su virginidad y haciéndola gritar en verdad.

Sus brazos cedieron al dolor en sus entrañas, pero la mordida la tenía atrapada, lo que sólo le causó más sufrimiento. Inuyasha estaba inmóvil, tan sólo temblando ligeramente como único testimonio del esfuerzo evidente que hacía por contenerse. Estaba dejando que se ajustara a él, a su tamaño invadiéndola y a su fuerza envolviéndola toda. Y en verdad, en esos segundos, Kagome se encontró teniendo nuevas sensaciones, sobreponiéndose en algo a la intensidad del dolor.

No, no todas eran nuevas. Algunas las había sentido antes, cuando la mordió por primera vez. Sólo que ahora eran más claras, más intensas. Sus sentidos eran más agudos que los de un humano ordinario… eran más parecidos a los de un hanyo.

Claro, ahora la energía de Inuyasha no rebotaba contra su cuerpo, ahora fluía dentro de ella también, dándole parte de su fuerza, de sus sentidos, de su poder. Haciéndolos literalmente, uno.

Kagome movió experimentalmente sus caderas con cuidado, y un latigazo de dolor la hizo encogerse.

Aun así, no se sobreponía a la sensación increíble de sentirlo dentro de ella, llenándola por completo. Inuyasha le respondió ajustando también sus caderas, cambiando ligeramente el ángulo de penetración, lo que de inmediato provocó un suspiro de alivio.

Evidentemente más cómoda, Kagome pronunció su nombre y de inmediato Inuyasha comenzó a moverse, con toda la lentitud que era capaz de lograr en esos momentos.

Con cada penetración el dolor se aliviaba, pero la sensación de incomodidad era demasiado grande. Con cada penetración el ritmo aumentaba junto con la presión y la potencia. Rápidamente, Inuyasha estaba golpeando sus caderas con fuerza contra su sexo, gruñendo y aumentando también la presión en la mordida.

Sumisión, amor, reciprocidad, sacrificio, pasión, entrega, obediencia, respeto, cariño, protección, deseo, seguridad… todo pasaba por su mente y su corazón, y su alma respondía sin dudar a todas.

"Si…".

Kagome sintió la mano de Inuyasha deslizarse desde su cadera hasta hundirse en la humedad entre sus piernas, acariciando su centro nervioso, y poniendo en cada movimiento la fuerza justa para hacer desaparecer lentamente la incomodidad. Lo suficiente al menos como para hacerla encontrar de nuevo ese umbral de placer que le permitía disfrutar por encima del dolor.

Rápidamente se encontró jadeando, el calor que provocaban sus dedos expertos se extendía por todo su cuerpo, y tuvo entonces plena conciencia de la sensación increíble que el roce constante de la penetración, forzando el espacio en su interior, provocaba en ambos.

Se abandonó de nuevo al orgasmo, la presión rítmica de los músculos vaginales desencadenando a su vez el éxtasis del hanyo, que con un gruñido dejó su esencia con movimientos algo más erráticos, pero bombeando con fuerza hasta saciar sus instintos, y acabar con el último tremor de su cuerpo.

Los dos se desmoronaron en la cama, completamente exhaustos. Sólo entonces, Inuyasha soltó la mordida, de inmediato succionando el lugar para detener la sangre. Enfocando con esfuerzo sus ojos, aun ciegos de placer, pudo distinguir como comenzaba a formarse la marca que sellaba definitivamente su conexión con su shirushi. Kagome gimió de nuevo con el dolor de lo que parecía un hierro candente quemándola en la base de su cuello.

Inuyasha la abrazó lo mejor que pudo, susurrando tonterías en su oído y reconfortándola con caricias. Una a una bebió de las lágrimas que salieron de sus ojos hasta que la marca terminó de formarse. Una gemela había aparecido al mismo tiempo en el cuello del hanyo, así que cuando él sintió el dolor comenzar a ceder, se movió con cuidado, saliendo de ella y dejándose caer de lado, al tiempo que la arrastraba hasta recostarla contra su pecho.

Sus brazos se cerraron en torno a ella con un afecto imposible de medir con palabras. Sus respiraciones y los latidos de sus corazones se igualaron. Estaban cubiertos de sudor, agotados y aun bastante mojados por la lluvia, pero nada podía impedir el disfrute de esa sensación increíble de descansar el uno en el abrazo del otro, completamente satisfechos no sólo física, sino espiritualmente.

No hacia falta decir nada. Los dos se comprendían ahora a un nivel muy distinto. Había mucho que contar y explicar, cierto. Pero eso podía esperar hasta mañana. Ahora sólo necesitaban disfrutar del contacto íntimo tan añorado por ambos, y descansar.

Porque, la verdad, Inuyasha estaba lejos de haber saciado su sed de Kagome por esa noche, y ella también quería seguir explorando el cuerpo de su adorado hanyo.

Con una mano Inuyasha los cubrió lo mejor que pudo con el cobertor revuelto bajo sus cuerpos.

Renovando el abrazo, le susurró con cariño…

"Tuyo por siempre, Shirushi".

-o-

-Insomnio a modo de Epílogo-

Era justo medianoche. Kagome no sabía porque, pero esta noción la asaltó repentinamente. Media noche. Aquí es donde todo empieza y termina. Donde la noche se convierte en día y los días llegan a su fin…

No podía negar que estaba exhausta, sin embargo el sueño parecía evadirla. El subir y bajar del pecho de Inuyasha la arrullaba placidamente. Su calor y los latidos de su corazón en su oído le daban la seguridad de estar protegida y de ser amada.

Ya no tenía ni dudas ni temores. Todas se habían disipado con cada caricia y cada gemido que sacudieron sus cuerpos. Con sus nombres dichos en pleno éxtasis de pasión y entrega. No había donde ocultarse cuando desnudabas tu alma para compartirla con tu shirushi.

Todo estaba claro ahora, y si bien el futuro le presentaba aun muchas interrogantes, Kagome ya no les tenía miedo, sino ganas. Ganas para enfrentarlas y encontrar las soluciones al lado de Inuyasha.

Después de todo el viejo Myoga tenía razón. Era necesario ser shirushi para entender verdaderamente su significado. No había nada que pudiera comparársele, ni forma de describirlo que pudiese abarcar todo lo vasto de una relación semejante. Llevando su mano a la parte posterior de su cuello, sintió –no sin dolor– la marca circular que se había quemado en su piel como una especie de tatuaje tribal, y que tenía su gemelo en el cuello del hanyo. Era el símbolo único de que se pertenecían el uno al otro. Tendría que esperar al día siguiente para verlo mejor, pero Kagome no podía evitar sentirse tontamente romántica al respecto.

Levantando ligeramente el rostro, se dedicó a contemplar a su querido hanyo durmiendo. Su semblante completamente relajado era testimonio de la confianza y seguridad que compartían ahora.

Una ola de afecto la asaltó en ese instante. Esto era lo correcto, lo natural y sólo podía lamentar que les hubiera tomado tanto tiempo darse cuenta. Aunque, por otro lado, las cosas habían llegado en buen momento en realidad, pues antes quizás ninguno de los dos hubiera estado preparado para abordar una relación más complicada en medio de la cacería de fragmentos.

El hanyo se movió bajo ella levemente murmurando en sueños. Una sonrisa tocó los labios de Kagome. En ese momento, si alguien le hubiera preguntado que significaba shirushi, ella hubiera contestado con una sola palabra:

¡Todo!

-o-

Es el Final… o el comienzo de todo,

Es medianoche,

Donde el día comienza,

y la noche llega a su fin.

-o-

-o-

Glosario:

"Osaeru" – Detener, empujar o sostener hacia abajo.

"Kosode" – especie de camisa blanca usada como ropa interior.

Lyrics:

U2 – Lemon / Zooropa

Pearl Jam – Smile / No Code

-o-

NDA

¡Está terminado! Para celebrar hay Fanart de Shirushi en innerangel(.)deviantart(.)com. De nuevo mil gracias a todos por sus comentarios, que me han animado tanto a escribir. ¿Qué les pareció el lemon?... hacía tiempo que no escribía uno.

Ahora me toca pasar a otro fandom: Naruto. Todo sea por Kakashi-sensei!

Nos leemos pronto.

Angel