- Esto no nos lleva a ningún sitio – suspiró Sam.
Ya habían investigado a los cinco que se habían suicidado más recientemente. Habían registrado el lugar donde se habían suicidado y habían preguntado a la familia de cada uno de ellos, pero no habían conseguido descubrir nada de interés. No sólo eso, sino que además Sam había descubierto al sheriff del pueblo observándolos varias veces a lo largo del día.
- ¿Cuántos
nos quedarían por investigar?
- Diez.
- Joder.
Ya podría haberse suicidado menos gente – protestó el
más bajo, y se apoyó sobre la puerta de la Impala con
gesto cansado. Sam lo imito.
- ¿Cambio
de táctica? – sugirió.
Dean se lo pensó unos segundos.
- Más
bien sí. Como ya has dicho, esto no nos lleva a ningún
sitio – dijo mientras se rascaba la nuca.
- Pero
primero deberíamos buscar un sitio donde pasar la noche –
remarcó Sam, mirando el cielo. El sol estaba comenzando a
ponerse. Dean asintió con la cabeza.
- Vi un
hotel al entrar en el pueblo. Vamos hacia allí – dijo,
abriendo la puerta de la Impala y sentándose frente al
volante.
--
El hotel estaba decorado sobriamente. La casa había sido una vez la residencia de la familia más rica del pueblo. Siglos más tarde, uno de los descendientes de la familia lo había remodelado y lo había convertido en aquel pequeño hotel.
Los dos hermanos entraron en se dirigieron a la mesa que hacía de recepción.
- Hola –
los saludó el recepcionista, un chico moreno que no aparentaba
más de veinte años - ¿En qué puedo
ayudaros?
-
Queríamos una habitación – dijo Dean, y le tendió
una de sus tarjetas de crédito a nombre de una identidad falsa
al recepcionista.
- ¿Dos
camas o una cama doble? – preguntó el hombre.
"Oh, venga ya. No me digas que vamos a volver a tener esta conversación…" pensó Dean.
- Dos
camas.
- Hey, no
pasa nada – aseguró el chico, y les guiño un ojo -
aquí somos muy liberales. Si queréis una cama doble…
"Pues sí que la vamos a tener de nuevo…"
- ¡Por
Dios, NO! – se quejó Dean. ¿Por qué todos
creían que ellos eran gays?
- ¡No!
No estamos juntos ni nada – corroboró Sam.
- Vale,
vale… - murmuró el hombre, y una mujer morena de rostro
simpático entró en la habitación.
- Colin,
deja de espantar a nuestros clientes – dijo ésta, firme pero
amistosamente.
- Sí,
Amanda – contestó el chico, y puso los ojos en blanco.
- ¿Qué
habitación les has dado a… – preguntó Amanda, y se
inclinó sobre Colin para leer el libro de registro – los
señores Smith?
- ¿Smith?
– susurró Sam en el oído de su hermano. Un escalofrío
le recorrió la espalda a Dean - ¿Podrías ser más
obvio con los nombres en tus tarjetas de crédito falsas?
- Pues la
próxima vez escoge tú – respondió el mayor en
una voz igual de baja – Y apártate, Sammy, espacio personal¿recuerdas? - Le incomodaba que su hermano estuviera tan cerca
de él. Hacía que pensamientos extraños y sin
mucho sentido lo abordaran.
Sam gruñó a modo de respuesta. Amanda, que había estado hablando con Colin, levantó la vista.
- Perdón
por la espera. Vamos, os acompañaré a vuestra
habitación – dijo, y comenzó a andar por un pasillo
que llevaba hasta unas escaleras. Los dos hombres la siguieron - ¿A
qué se debe vuestra visita a Old Hambertol?
- Estamos
escribiendo un ensayo sobre la colonización holandesa, y nos
pareció que el museo que tenéis aquí sería
un buen lugar para empezar – contestó Sam.
Dean alzó sorprendido una ceja y miró de soslayo al otro hombre. Aún no comprendía cómo se le daba tan bien mentir a su hermanito. Era una lástima que normalmente fuera tan honesto, aunque Dean supuso que era justo. Los dos se complementaban.
"Oh, Dios, no puedo creer que haya pensado eso. Sam está pegándome su cursilería," pensó Dean con una mueca de disgusto.
- Ah, pues
mucha suerte – les deseó Amanda con una sonrisa amistosa.
- Gracias
– respondió Sam, imitando su sonrisa.
Los dos continuaron sonriéndose varios segundos más. Dean puso los ojos en blanco y le pegó un discreto codazo en los riñones a su hermano para recordarle a qué habían venido. Sam se repuso y comenzó su sutil interrogatorio.
– Aunque parece que venimos en mal momento… - dijo con voz casual.
En lugar de decir algo, Amanda comenzó a subir las escaleras. Los dos hermanos la siguieron.
- Vimos un coche fúnebre al llegar – trató de sonsacarle el moreno.
Amanda continuó sin hablar. Terminaron de subir las escaleras.
- Oímos
algo de un suicidio… - insistió Sam.
- Sí
– suspiró Amanda – Sí, estos días ha habido
muchos.
- Oh –
fingió sorpresa Dean, y se aclaró la garganta - ¿algún
conocido tuyo?
- Por
supuesto. Es un pueblo muy pequeño y estamos muy unidos. Aquí
nos conocemos todos – replicó la mujer.
- Amanda…
- Sam se detuvo y la miró a los ojos - ¿ha pasado algo?
– preguntó en un tono que invitaba a la intimidad y las
confidencias.
Dean trató con todas sus fuerzas de reprimir el deseo de comenzar a golpearse la cabeza contra la pared.
- No, claro que no – contestó la mujer, esquivando su mirada.
Amanda permaneció callada unos segundos, y luego volvió a hablar.
- Bueno,
puede que sí – admitió. Su mirada se entristeció
– Uno de los que se suicidó era mi novio – explicó.
-
Vaya. Lo siento mucho.
- No pasa
nada – Amanda suspiró y continuó caminando –
¿Sabéis? Lo más triste es que él planeaba
a cortar conmigo.
- ¿Cómo
lo sabes¿Te lo dijo alguien? – preguntó Dean.
- No, pero
tampoco hizo falta. Le conozco… conocía bien – se corrigió
– Él estaba enamorado de otra chica. Ella no le
correspondía, pero yo sabía que de todas formas él
no sería feliz conmigo. Sólo era cuestión de
tiempo que cortáramos.
Amanda suspiró y se detuvo junto a una de la puertas.
- Es aquí
– señaló - La limpiadora pasa todos los días
a las doce de la mañana. Si tenéis algún
problema, decídmelo. Suelo estar en el despacho de la planta
baja o en la recepción - Le tendió a Sam unas llaves,
pero Dean se adelantó a cogerlas.
- Gracias
– dijeron, y la mujer se fue.
Abrieron la puerta. La habitación no era gran cosa, pero estaba limpia y eso era más de lo que podían decir de la mayoría de los moteles de carretera en los que habían dormido. Sam se sentó pesadamente en la cama más cercana a la puerta, y mientras su hermano se quitaba las zapatillas Dean comenzó a trazar una línea de sal en la puerta.
- Nos
estamos quedando sin sal – advirtió el mayor.
- ¿Va
a ser un problema? – preguntó Sam, frunciendo el ceño.
La sal roca no era un artículo particularmente fácil de
encontrar.
- Nah.
Pero la próxima vez que nos pasemos por un sitio donde vendan
deberíamos comprar.
Dean terminó de dibujar líneas de sal y se limpió las manos en los vaqueros. Mientras tanto, Sam colocó su portátil en una pequeña mesa en una esquina de la habitación y comenzó a teclear.
- ¿Qué
crees que será¿Un fantasma, un demonio, una
maldición…? – preguntó Dean.
- No sigue
los patrones de una maldición, y en el cuaderno de papá
no se menciona nada sobre demonios con este modus operandi.
- Así
que un fantasma. Probablemente alguien que se suicidó. ¿Oye,
estás seguro de que…? – comenzó a decir, y se asomó
por encima del hombro de su hermano para mirar la pantalla del
ordenado.
Mm, Sam olía muy bien.
"¿He pensado yo eso?," se preguntó Dean con incredulidad.
- ¿Nadie
se ha suicidado antes de esto aquí? – terminó Sam por
él - Lo estoy comprobando ahora mismo, pero no hay forma de
saberlo. El periódico local sólo lleva un par de años
en la red, y la información anterior a eso en Internet es muy
general.
- Vale,
vale, tampoco es plan de ponerse así – contestó el
otro sin mucho interés – Me parece que voy a pasarme por
algún bar, a tomarme unas copas con los parroquianos a ver si
me dicen algo. ¿Te vienes?
Sam negó con la cabeza, la mirada fija en la pantalla en actitud obstinada, y Dean se encogió de hombros.
- Como quieras – dijo, y se marchó.
--
Un par de horas después, Dean regresó a la habitación. Las luces estaban apagadas y Sam estaba tumbado en su cama.
Se acercó a hurtadillas a él. Tras sus parpados, los ojos Sam estaban quietos, así que aún no había empezado a soñar. Su rostro parecía el de una persona más joven y feliz cuando dormía. Su respiración era lenta y profunda, relajada.
El hermano mayor parpadeó y negó con la cabeza. "Genial," pensó, "ahora estoy velando el sueño de mi hermano. ¿Es que me he vuelto una chica o qué?".
Comenzó a prepararse en silencio para irse a la cama, y justo cuando estaba a punto de meterse en la cama vio a Sam revolverse en sueños. Dean suspiró. Había tenido la esperanza de que su hermano tuviera al menos una noche de sueño profundo, pero las pesadillas no parecían dejar a su hermano en paz. Dudó entre si debía despertar a Sam o no. Decidió que dormir mal era mejor que no dormir.
Sacó
de su bolsa el cuchillo que siempre mantenía bajo la almohada
de la cama en la que estuviera durmiendo esa noche y se acostó.
CONTINUARÁ…
