- Hey¿te llamabas Amanda, no?
La mujer levantó la vista del libro que había estado leyendo y sonrió a Dean. Dejó el libro sobre la repisa de la recepción.
- Efectivamente. ¿Todo bien con la habitación?
- Oh, sí, todo muy bien – contestó rápidamente Dean – Pero, eh¿te dejó mi compañero algún recado para mí?- Oh, sí – dijo. Se levantó y fue a la mesa de la recepción - Tu amigo es muy simpático, por cierto. Estuvimos hablando un rato – comentó.
- Sí, simpatiquísimo – musitó Dean, rascándose la nuca.
Una extraña e irracional ira lo asaltó al pensar en Sam hablando con la mujer, pero el Winchester se obligó a ignorar ese sentimiento.
- En fin, tu amigo me dijo que se había ido al museo del pueblo para comenzar a documentarse para el ensayo.
- ¿El ensayo¿Qué…? – Amanda alzó una ceja con expresión inquisitiva, y en es momento Dean recordó de repente la mentira de Sam – Ah, ya, el ensayo sobre la colonización de… - ¿Qué país era? Dean no lo recordaba. Se aclaró la garganta – ¿Dónde dices que está el museo?
- No te lo he dicho – rió la mujer, y le indicó el camino que debía seguir para encontrarlo.
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- Podrías haberme esperado – dijo a modo de saludo Dean. Tiró su chaqueta sobre la mesa y se sentó junto a Sam.
Llamar a la sala museo era una exageración. En realidad era poco más que una habitación dentro del de la biblioteca. En las paredes de la estancia había vitrinas con toda clase de artículos antiguos: desde cubiertos a juguetes pasando por armas. En medio de la habitación había una mesa de conferencias, y Sam se había apostado allí.
El hermano menor levantó la vista del enorme volumen que había estado hojeando.
- Lo hice, pero seguiste durmiendo – contestó simplemente, pero pareció enfadado. Dean decidió ignorarlo.
- Bonito libro ese que lees. A lo mejor lo pido prestado para tener algo de lectura ligera antes de dormir– comentó en tono sarcástico Dean. Aquello debía tener por lo menos mil páginas.
- Son recortes del periódico local, Dean. Estoy investigando – suspiró con aire exasperado - ¿Podrías pedirle a la bibliotecaria el siguiente tomo y comenzar a leértelo?
- ¡Oh, venga ya!
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Dean salió de la pequeña sala. Eran las seis de la tarde, y a excepción de la pausa para almorzar que habían hecho hacía seis horas no habían salido de la biblioteca. Ya habían revisado entre los dos tres tomos, pero seguían sin tener ninguna pista del por qué de todos aquellos suicidios. De hecho, los dos hermanos estaba empezando a considerar en secreto la idea de cometer un suicidio ellos mismos, aunque sólo fuera para poder dar fin a aquella tediosa tarea.
Dean se dirigió a la mesa de la bibliotecaria para pedirle el cuarto volumen de la recopilación de periódicos antiguos. Mientras caminaba, un hombre rollizo y pelirrojo pasó corriendo junto a él. El hombre intercambió unas palabras con la bibliotecaria. El rostro de la mujer se volvió blanco como la tiza. Las piernas le fallaron y el hombre la ayudó a sentarse.
Dean se acercó un poco más.
- Mi hermano… mi hermano… Ahora que parecía que comenzaba a recuperarse del divorcio… – oyó murmurar a la mujer. Un sollozo entrecortado se le escapó – Oh, Dios, no puedo, no puedo creer que se haya… que se haya…
- Vamos, Yvette, te acompañaré a casa – dijo el hombre a la bibliotecaria.
Dean retrocedió sobre sus pasos y regresó a la habitación.
- ¿Tienes ya el otro volumen? – preguntó Sam mientras pasaba las páginas del tomo que estaba leyendo.
- No, pero tengo información nueva. El hermano de la bibliotecaria se ha suicidado.
Sam alzó la vista.
- Así que otra víctima más – musitó el más joven.
- Exacto. Voy a investigar su casa y el lugar donde se suicidó – dijo Dean mientras se ponía la chaqueta - Tú quédate aquí y mira en esos libros.
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Conseguir información fue difícil. El sheriff y el médico del pueblo estaban revisando la escena de la muerte para comprobar que efectivamente había sido un suicidio, así que registrarla no era una opción. Los curiosos y vecinos que se habían agolpado junto a la casa del finado hablaban, pero nada de lo que decían era interesante.
Tras una hora de escuchar aburridas anécdotas sobre la vida del difunto, finalmente escuchó una conversación que le llamó la atención.
- … el décimo¿no? – le preguntaba un chico de unos veinte años a otro un poco más joven que llevaba gafas.
- No, creo que han sido más. Tío, el amor apesta.
- Y que lo digáis – intervino en la conversación Dean con una sonrisa amistosa. Los dos jóvenes lo miraron con idénticas expresiones de recelo - ¿Así que se suicidó por amor?
- Bueno, lo cierto es que la esposa de Richard lo había engañado – se entremetió con aire conspiratorio en la conversación una mujer de pelo teñido.
Dean sonrió. Esto era lo que le encantaba de los pueblos pequeños. Todos se conocían entre sí, y la gente solía estar tan poco acostumbrada a que ocurrieran cosas interesantes que para entretenerse se dedicaba a cotillear. Aquello siempre hacía más difícil de pasar desapercibidos durante una investigación, pero también facilitaba enormemente conseguir información sobre los trapos sucios de la gente.
- Igual que a los tres que se suicidaron ayer – murmuró el de las gafas.
- ¿Los tres? – dijo Dean sorprendido. Varias personas le miraron mal por alzar la voz. Dean continuó en voz más baja - ¿Les ponían los cuernos a los tres?
- Sí. Resulta que los tres estaban con la misma chica. Se enteraron ayer.
- Wow – hizo el Winchester. "Vaya con la chica," pensó.
- Bueno, pero ellos no eran los únicos – trató de hacer oír la mujer.
- ¿Quiere decir que esa chica estaba con más gente todavía? – susurró Dean con los ojos abiertos como platos. Aquello no era normal. Quizá estaban tratando con un succubu…
- No, no, lo que quiero decir es que la mayoría de los que se quitaron la vida lo hicieron porque alguien los engañó – explicó la mujer – Susan, Martina, Quinn, Viola, Dillon…
- A Dillon no lo engañaron – protestó el veinteañero – Su novia había cortado con él cuando empezó a salir con el de la panadería.
- Y lo mismo había pasado con Petra y Loyd. Ellos ya no estaban saliendo con nadie – comentó su compañero.
- Bueno, sí… - confirmó la mujer.
- Y James era soltero – señaló el chico de las gafas.
- Sí, pero James estaba enamorado de Elizia, la carnicera – indicó la mujer – Ella no le correspondía. Era muy triste.
- Así que los que se han suicidado lo hicieron porque la persona a la que amaban no les correspondía – reflexionó en voz alta Dean.
- Sí, más o menos, pero lo que importa es que… - siguió hablando la mujer, pero Dean ya se había marchado.
CONTINUARÁ…
