La oscuridad se apoderaba del reino pero yo no podía dormir. Las flores amarillas decoraban mi estantería. Demasiadas incógnitas habían quedado sin responder; ¿Por qué nos atacaron los grifonitas¿Por qué razones el Teniente ordenó examinar esa pluma si sabía que pertenecía a uno de ellos? y lo que aún me continuaba atormentando¿que eran esas flores amarillas?
Muchas preguntas, ninguna respuesta. Pasaron días desde aquel hecho y sin embargo todos actuaban como si hubiese sido algo completamente normal o cotidiano. Yo no lo creía así, eran demasiadas coincidencias. Ya era raro el hecho de encontrar flores en medio de un desierto, luego la exagerada aparición de plumas de grifonitas, el repentino ataque de los mismos y su extrema de necesidad de entrar al fuerte donde me encontraba¿pero buscando qué?
Sabía que no lograría dormir aunque lo intentase, necesitaba respuestas y no podía permitir que se tomase a lo ocurrido como algo de todos los días. Me encaminé al pueblo de Altaruk para hablar con el alquimista, recuerdo que fue allí donde el Teniente envió a examinar una de las plumas.
El desierto estaba completamente silencioso y oscuro, solo se oía el lento movimiento de las cobras y un leve aleteo de escarabajos, todo lo demás era un completo silencio. Al llegar a Altaruk, los guardias de la puerta me detuvieron.
-Alto soldado -dijo uno-, no son horas para entrar a la ciudad, la gente duerme.
-Necesito ver al alquimista -le respondí-, es urgente.
-Necesitará un permiso de sus superiores -me dijo el mismo-, tenemos órdenes de no hacer excepciones.
-¡Les digo que es urgente! -grité-, necesito ver al alquimista.
Los guardas se miraron de forma pensativa un instante.
-Ve -dijo el otro guardia-, pero que sea rápido.
No respondí, solo corrí hacia la casa del alquimista. Suponía que iba a estar dormido, así que golpeé la puerta. No obtuve respuesta, seguramente no me escuchaba, por lo que insistí un poco más fuerte. Un completo silencio, los peores presentimientos se apoderaron de mi imaginación, no podía siquiera pensar que podía haber ocurrido. Mi miedo era tanto que me sentí observada, pero no había nadie, todos dormían. Aun así corrí hacia la puerta cayendo a los pies de los guardias.
-No está -dije temerosa-¡El alquimista no está!
-Debe andar por allí afuera -dijo el guardia-, vamos no molestes, largo de aquí.
Había perdido el poco valor que me quedaba, no sabía si iba a poder cruzar el desierto. Aun así comencé a caminar lentamente a casa, pensando lo peor.
No me parecía lógico o racional lo que ocurría, las casualidades eran muchas. Intentaba calmarme pero no podía, necesitaba hablar de esto con el Teniente, pero debería esperar hasta el amanecer.
El sol se asomó por mi ventana y me preguntaba por qué continuaba viva, pero inmediatamente me percaté que si me hubiesen querido matar ya lo habrían hecho. Como cada mañana partí lentamente hacia el fuerte Samal. Desde ese día siempre miraba el lugar donde habían aparecido las flores, pero nunca más volvió a verse cosa semejante.
Debía contarle al Teniente lo que ocurrió en Altaruk pero sin perder la calma, no quería acabar su paciencia.
-Teniente, anoche desapareció el alquimista de Altaruk -le dije sin más.
-¿Qué hacías en Altaruk? -preguntó, ya enojado. Realmente no tenía respuesta.
-En verdad Señor, quería saber que había pasado con aquella pluma... -No me dejó terminar mi respuesta, me tomo del cuello y me empujó contra la pared.
-Primero, esos asuntos no corresponden a los soldados -dijo con una voz demasiado tranquila-. Segundo, no me interesa lo que le pase al alquimista de Altaruk¿entendido?
No tenía aire para responder, simplemente caí al piso cuando me soltó. Uriel me ayudó a levantarme.
-A trabajar, muévanse -ordenó.
-Señor si señor -respondieron todos a coro.
Tuve que tragarme el enojo y salir a hacer lo mismo de todos los días. Sabía que no obtendría respuesta por su parte, por lo que debía obtenerlas yo misma. Sentí una presencia en mi espalda pero el miedo me impidió voltear.
-Él ya no es un estorbo, pero tú sigues viva -dijo.
-¿Qué tienes conmigo¿Por qué apareces en todo lugar al que voy? -Le dije, ya enojada.
-¿Es esa la forma de hablarle a quien te salvó la vida? -dijo arrogante.
-Ni siquiera sé tu nombre ¿y a qué te referías con que "él ya no es un estorbo"? -pregunté. Fue en vano, el ya había desaparecido.
Arena y soldados era lo único alrededor, todo estaba tranquilo, los Alsirios no habían vuelto desde el ataque de los grifonitas y tampoco se nos había ordenado atacar a otro reino, cosa bastante rara en estos días.
Caminar y caminar era lo único que podía hacer, intentaba encajar las piezas en mi mente pero no llegaba a nada, sin duda se me estaba ocultando la información.
De repente escucho voces en un idioma desconocido; eran ellos. Rápidamente me escondí tras un médano e intenté observar. Eran dos uthgards bárbaros caminando con bastante sigilo, sin duda se habían topado con un ignita y no tenían en mente dejarlo escapar. No tenia ordenes directas de atacar por lo que permanecí inmóvil, solo observaba sus pasos.
Se notaba claramente como el calor agobiaba a estos seres invernales. Caminaban lentamente ocultándose tras los cactos siempre mirando en dirección a los fuertes, no querrían ser acribillados por sorpresa. Las nubes cubrieron el sol proporcionando un poco de sombra en el árido desierto. Una expresión relajante se dibujo en los uthgards sin embargo la falta de luz les dificultaría la cacería. Mis ojos élficos sin duda me beneficiaban en esta circunstancia. Continué observando.
Sentí una presencia a mi lado y me temí lo peor. Era él.
-Nunca van a encontrarme -dijo, sentado a mi lado.
-Cierra la boca -dije muy despacio-, nos matarán a ambos.
-Pronto ellos tampoco serán estorbo -dijo, y comenzó a reír alocadamente, luego desapareció.
Sus carcajadas fueron escuchadas por los uthgards y venían hacia aquí como dos arietes de guerra. Ese maldito, no sé en qué pensaba, pero ya era tarde, debía actuar. Antes de salir, invoqué seres de otros planos para que luchen a mi lado y luego me puse de pie, ahora debería contar con suerte.
Los uthgards me divisaron y alzaron sus enormes hachas, venían directo hacia mí. Mi mente se nubló, todo permaneció en silencio, sangre que brota en el piso.
Estaba viva, un grifo había descendido y arrancado la cabeza a uno de los uthgards, su decapitado cuerpo se desplomó sobre el piso y la cara de su compañero manchada de sangre mostraba la expresión más horripilante que haya visto en mi vida. Comenzó a correr sin saber a dónde, el grifo había levantado vuelo y se dirigía hacia él. No tuvo piedad, sujeto su cabeza hasta que esta se desprendiera. Ahora solo quedaba yo.
Era imposible atacar a un grifo con magia negra, sin embargo la magia blanca me permitiría defenderme. Sin dudarlo escudé mi cuerpo y empecé a correr hacia el fuerte Menirah, necesitaba alertar a los arqueros si quería vivir para contarlo.
El grifo giro suavemente en el aire y comenzó a perseguirme. Intento arrancar mi cabeza pero choco contra mi escudo y debió remontar vuelo, sin embargo la fuerza del golpe me tiró, estaba cara a cara con la bestia, era el fin.
De repente siento soplar una enorme ráfaga de viento que me hace dar vueltas sobre la arena y hace golpear al grifo contra el piso.
-¡Leesa corre! -escuché. Cuando se calmó la ventisca veo que era el brujo Uriel rodeado de varios brujos. De que serviría me pregunté, no podíamos tocarlos con la magia.
El grifo se recuperó y voló como un cometa hacia Uriel, iba a matarlo. Una lanza atravesó la cabeza del grifo, dejándolo empalado en el piso. Era Leliel, el bárbaro.
-Así es como se debe tratar a estas criaturas -dijo. La sangre bárbara recorría sus venas.
-Arriba soldado -dijo, dándome la mano.
-Gracias -dije, ya de pie.
Mas piezas se sumaban a este rompecabezas. Esta vez se me cruzó por la mente la idea de que todo había sido una simple casualidad, pero inmediatamente se esfumó esa idea.
El sol se escondía tras los enormes médanos marcando un nuevo anochecer. Podría haber sido ese mi último día pero no fue así. Había sobrevivido a los grifos una vez más y aún no podía encontrar la relación entre todos los acontecimientos recientes.
Ya con la correspondiente orden, emprendí el camino a casa. No podía dejar de pensar, había sido un día de esos que no se olvidan fácilmente.
Llegué a Medenet y até el caballo. Entré a mi casa, dejé el báculo y me acerqué al estante de la pared, tal vez observando las flores obtendría alguna nueva pista. Para mi sorpresa, las flores ya no estaban.
