- ¿Por
qué has tardado tanto? – preguntó Sam cuando Dean
regresó al museo.
- Perdona
por querer hacer bien mi trabajo – contestó Dean
sarcásticamente. Sam puso los ojos en blanco.
- No
importa. Mira, he encontrado esto – dijo, y señaló
una página del tomo que había estado leyendo – Al
parecer sí hubo un suicidio en este pueblo. ¿Recuerdas
el incendio del que te hablé?
- ¿Ese
en el que todo se salvaron porque estaban en la boda de la sobrina
del alcalde?
- No era
la sobrina, era la hija – corrigió Sam.
- Lo que
tú digas. ¿Qué has encontrado?
- Mientras
apagaban el fuego de una de las casas encontraron a este hombre –
dijo Sam, y señaló una fotografía de un hombre
delgado de mirada perdida que había en otro recorte de
periódico. El pie de foto rezaba "Billy Javor, vecino de
nuestro pueblo" – había estado intentando suicidarse
disparándose en la cabeza, pero lo encontraron antes de que
pudiera llegar a hacerlo.
- Y se
salvó.
- No del
todo. Esa vez consiguieron detenerlo, pero una semana después
saltó desde su ventana y se mató.
Dean silbó y negó con la cabeza.
- Vaya.
¿Cuándo dices que fue eso? – preguntó.
- Hace
cincuenta años. O, para ser más exactos, cincuenta años
y doce días.
- Es
decir, que todo empezó en el cincuenta aniversario de su
suicidio.
-
Exactamente – confirmó el menor - ¿Y tú¿Has
descubierto algo?
- Podría
decirse que sí. Por lo que me han contado, al menos la mayoría
de los que se suicidaron lo hicieron porque la persona a la que
amaban no les correspondía.
Sam asintió pensativamente.
- Eso
tendría sentido – dijo lentamente – en una carta que
encontré una mujer le mencionaba a su prima que Billy Javor
estaba enamorado de la hija del alcalde.
- ¿La
que se casaba? – Sam asintió – Todo encaja, entonces. No
le dejaron suicidarse por amor…
- … así
que ahora él hace que todos los que tienen el corazón
roto se suiciden
- Tío
– murmuró Dean con una mueca de incredulidad – ¿
"Corazón roto" ¿Qué mierda es esa?
Sam se sonrojó y Dean puso los ojos en blanco.
- ¿Sabes
ya dónde está enterrado? – preguntó.
- ¿Uh?
Oh, sí – contestó Sam – En una cripta en el
cementerio que hay tras la parroquia.
-
Perfecto. Entonces iremos a quemar sus huesos esta noche.
--
Las palas, las cerillas y el bote con gasolina estaban en la Impala, pero el saco de sal que guardaban en el maletero estaba casi vacío. Tenían lo justo para cargar un par de pistolas, pero no era suficiente como para que la quema de los huesos de Billy Javor fuera efectiva.
- Creía
que habías dicho que teníamos suficiente sal – dijo
Sam mientras cargaba su pistola, irritado por el contratiempo.
-
Hey, tranquilo, Sammy. Aún tenemos la sal que hay en la
habitación – contestó Dean.
- Esto me
pasa por dejar que un irresponsable como tú sea el que se
encargue de esto – gruñó Sam.
Dean se frotó las sienes.
- Vale. Ya
estoy harto. He intentado fingir que no pasaba nada – "Como
siempre," murmuró Sam tras él, pero Dean lo ignoró
– pero no ha funcionado. ¿Qué demonios te pasa?
- ¿A
mí? A mí no me pasa nada – contestó Sam,
cruzándose de brazos.
- Ya,
claro. Pero resulta que "no me pasa nada" en ese lenguaje tuyo
significa "me pasa algo muy gordo" – replicó Dean –
Así que ya puedes decirme que te ocurre.
- ¡Tú…¡Tú…! – farfulló Sam. Resopló e hizo
un mohín - ¡Olvídalo! – gritó,
frustrado, y echó a andar en dirección al motel.
Dean
suspiró y lo siguió. Sam iba prácticamente
corriendo, y aquellas piernas tan largas suyas hacían difícil
ir a su ritmo. Para cuando Dean lo alcanzó, estaban a pocos
metros del hotel. Lo cogió del brazo y lo hizo detenerse.
- Sammy, a
mí me apetece hablar de sentimientos tan poco como a ti –
admitió – De hecho, diría que a mí me apetece
hasta menos. Pero eres como una olla a presión, te lo tragas
todo y luego explotas.
- A
diferencia de ti – dijo sarcásticamente Sam.
- Ya, sí,
lo que tú digas¡pero cuéntame de una vez que
crees que he hecho para que podamos fingir que ya me he disculpado!
- ¿Qué
creo que has…? Mira, Dean, olvídalo, porque lo estás
empeorando.
- Ni
hablar, porque¿sabes una cosa? Tú… – comenzó
a decir Dean, pero se detuvo al oír el ruido de algo cayéndose
en el interior del hotel.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada y echaron a correr. Entraron en el hotel. En el recibidor estaba Amanda, colgando del techo con una soga entorno al cuello. Tenía una expresión de terror en el rostro y estaba intentando meter los dedos bajo la cuerda. Había un taburete tirado en el suelo.
Dean le gritó una orden sin sentido a Sam. Pasó un brazo alrededor de las caderas de la chica y la levantó de forma que el nudo se aflojara en torno a la garganta de Amanda. Mientras, Sam enderezó la silla, se subió encima y trató de quitar la cuerda del cuello de la mujer. Debería haber sido fácil. No lo estaba siendo.
- ¡Sam,
date prisa!
- ¡Lo
intento, lo intento! – replicó Sam. El fantasma debía
de estar manteniendo la cuerda en torno a su cuello. Sacó un
cuchillo de su bolsillo y comenzó a cortar la soga. Amanda
sollozaba, pataleaba, se agitaba mientras su rostro enrojecía
por la falta de aire.
- ¡Sam!
- ¡Lo
hago tan rápido como puedo!
Amanda lo miraba con lágrimas en los ojos.
Justo cuando la cuerda comenzó a romperse, los dos hermanos cayeron al suelo como si algo los hubiera golpeado. Y, de hecho, así era.
Dean fue el primero en intentar levantarse, pero volvió a ser empujado y chocó contra una pared. Mientras, Amanda había logrado meter los dedos entre la cuerda y su cuello, dándole algo de espacio para respirar, pero los tres sabían que aquello sería sólo una solución temporal…
El espectro se hizo corpóreo. Dean sacó una pistola de la parte trasera de sus pantalones. Forcejearon.
Sam se levantó con dificultad. Al caer de la silla se había golpeado con bastante fuerza contra el suelo. Miró a su hermano. Rezó porque Dean lograra apañársela él solo. Volvió a colocar el taburete en pie y una vez más intentó romper la cuerda con su cuchillo. La cuerda se cortó, y Amanda calló al suelo, inconsciente pero viva.
El fantasma lo vio y arremetió contra él con la fuerza de un huracán. Dean trató de ir a ayudarle, pero descubrió que una fuerza invisible lo mantenía quieto contra la esquina de la habitación. Sam cayó al suelo, y el fantasma apareció titilando frente a él.
- Ella
deseaba morir – dijo el fantasma con una voz como el percutor de
una pistola. Su mirada de ojos blancos parecía mantener a Sam
clavado en el suelo – Tú lo deseas también…
- No… -
susurró Sam. Trató de levantarse, de moverse. No pudo.
-
Dispárate. Mátate...
- ¡No!
- repitió, pero las palabras del espectro tenían cierto
espeluznante atractivo…
- Él
nunca te amará, no como tú quieres que te ame… - Sam
negó con la cabeza, pero sabía que era la verdad, que
el espectro estaba en lo cierto… - Para Dean nunca serás más
que su hermanito pequeño… - continuó el espectro, y
Sam se dio cuenta de que había cogido su pistola. Intentó
soltarla, pero sus manos no le respondían – hazlo. Quieres
hacerlo. Sabes que es el único modo de acabar con ese dolor.
Sabes que es el único modo de hacer que todo esto termine.
- No…
No… - sollozó Sam, pero podía sentir el frío
cañón de su pistola contra su sien, su dedo índice
en el metal del gatillo. Todo lo que haría falta sería
que flexionara un poco el dedo, nada más, y todo habría
acabado… Cerró los ojos. Una única lágrima se
deslizó por su mejilla.
- ¡Sam¡Sammy, no! – gritó Dean.
El eco del
disparo resonó por la habitación.
CONTINUARÁ…
