Había decidido volver al pueblo de Meleketi para visitar a mis padres. No era una persona nostálgica, pero necesitaba despejarme de todo lo ocurrido.

Emprendí el viaje lentamente hacia el norte, tenía el día libre por lo que no había apuro alguno, El divisar desde lejos la ciudad de Altaruk me trajo malos recuerdos. Buscaron al alquimista por días pero no lo encontraron, luego abandonaron la búsqueda. No sabía si el Teniente se había enterado o no, pero no dijo nada al respecto.

Al pasar veo que alguien me saludaba, tenía rostro humano. Era Anna Proudmood, antigua compañera de trabajo antes que la transfieran a otra división.

Los Proudmood eran sumamente conocidos entre los Nobles. Su posición social les permitía rehusarse al servicio militar, sin embargo Anna decidió enlistarse contra la voluntad de sus padres y toda su familia. Yo apreciaba mucho su valor y su patriotismo, ella lo daba todo por el Reino.

-¡Hola Leesa! -gritó con una gran alegría.

-¡Hola! -respondí mientras bajaba del caballo.

-No tenemos permiso de hablar en horario de trabajo -decía-, pero te vi y no pude evitar saludarte.

-Sé lo que es tener superiores estrictos -le dije-, pero un poco de distracción en este clima tenso no está de más.

-¿Tienes el día libre? -me preguntó.

-Si -confirmé-, iba hacia mi querido pueblo a visitar a mis padres.

-Entonces no te robo tú tiempo -dijo-, pero encontrémonos al anochecer, hay algo de lo que necesito hablarte.

-¿Sucede algo? -pregunté curiosa.

-Nada importante -respondió-, pero de todas formas quisiera que lo sepas.

-De acuerdo -afirmé-, te veo en la playa de las Ruinas Ígneas al anochecer.

-Allí estaré -confirmó-, hasta luego.

Después volteó y volvió a su labor.

Reanudé el viaje pensando de qué quería hablarme, ya me enteraría a su momento.

Al cruzar por el Gran Cañón del norte divisé a alguien entre las rocas.

-De nada sirve escapar de la realidad -dijo. Era aquel cazador.

-Me estoy cansando de verte en todos lados -respondí-, además siempre me dejas hablando sola.

-No todo es lo que parece ser -exclamó, luego desapareció. Una vez más me había dejado con las palabras en la boca.

Continué camino hacia Meleketi. Era una gran subida tras cruzar el río, y pensar que antes la atravesaba todos los días.

Cuando llegué a la entrada de la ciudad noté ligeros cambios, pero su esencia era la misma. Una larga fila de mercaderes se alineaba a lo largo del muro principal. Del otro lado estaba el puerto, el cual había estado trabajando desde que tengo memoria.

Entré a lo que alguna vez fue mi casa y allí estaba mi madre, confeccionando túnicas como siempre lo ha hecho.

-Se acercan tiempos difíciles -dijo, sin quitar la vista de su trabajo.

-¿Y cuando han sido fáciles? -respondí riendo. Dejé mi báculo apoyado en la pared y me senté junto a ella.

-El ataque de los grifos no fue casualidad -dijo, levantando la mirada.

-Yo pensé lo mismo -dije-, sin embargo no puedo demostrarlo. Solo encontré unas flores pero...

-¿Flores en este árido Reino? -dijo riendo-. Si hay algo que los elfos oscuros nunca veremos son flores, y ya sabes bien el porqué.

-Es por eso que me pareció raro -expliqué.

-¿Hablaste con alguno de los alquimistas o con los bardos? -preguntó.

-No me hagas recordar eso- dije, bajando la mirada. No quería saber nada de alquimistas ahora. Tal vez los hechos no tenían relación alguna pero me causaba terror siquiera pensar que las muertes eran culpa mía.

-Deberías pedir consejo al bardo que pulula por el pueblo -me dijo.

No respondí, quedé pensativa. En ese momento alguien abrió la puerta rompiendo el silencio. Era mi padre.

-¡Leesa! -gritó sorprendido- No sabía que venías a comer, hubiese preparado unos calamares.

Mi padre trabajaba en el puerto desde que se retiró del ejército.

-No te preocupes padre -respondí, poniéndome de pie-, ya me iba.

-¿La vida del soldado es difícil eh? -alardeó mientras se sentaba-, yo me retiré cuando tu teniente era aún aprendiz de mago. Y míralo ahora, todo un héroe de guerra.

Se notaba que no había conocido el mal temperamento del Teniente.

-Me voy -dije, acercándome a la puerta-, pasen por Medenet algún día.

-Lo haremos cuando te cases -dijo mi padre levantando un vaso de vino. Mi rostro se sonrojó.

-La verdad está siempre dónde no la buscas -dijo mi madre, antes de que terminase de cerrar la puerta.

Antes de partir a mi casa quería hablar con ese famoso bardo, seguramente estaría en la taberna.

Allí estaba, sentado en una banqueta junto a la barra, con su laúd a un lado y un trago en su mano derecha. Me senté en la banqueta más cercana y le pedí una cerveza al tabernero.

-Vino aquí buscando respuestas, y espero la cerveza no nuble su mente, a usted hermosa de rostro élfico, que la luz y justicia guíen sabiamente-, dijo sin mirarme.

-No son piropos los que busco -le dije-¿qué sabes de todo lo que está ocurriendo?

Una falsa sonrisa se dibujo en su rostro. Terminó de beber rápidamente su trago, tomo su laúd, y recitó:

"Intuyo me habla de los plumíferos,

pues la vida casi le han costado,

mas deba usted saber,

que esto aún no ha terminado.

La magia es un gran poder

y poderosos aquellos que la controlan,

pero sepa usted también,

que ha llegado la hora.

Amistades, odios y rencores,

temerosos sean los que corren,

y tenga en cuenta también,

que en la lucha todos corrompen.

Luchas, batallas y guerras,

males que a este Reino aquejan,

pero es en esta ocasión,

que a un nuevo mal se enfrenta,

Lo que comienza ha de terminar,

como toda buena historia tiene que acabar,

pero siempre tenga en cuenta,

dónde buscar a la verdad."

Sus dedos se deslizaron débilmente sobre las cuerdas y luego cayó al piso.

-Ese inútil bardo bebió demasiado -reía el camarero. Una oleada de risas se desató entre los bárbaros y marineros que estaban en las mesas, pero se fueron silenciando lentamente cuando notaron que el bardo no reaccionaba.

-¡Oiga! -le gritaba, sujetando su cabeza. Era inútil. No presentaba señales de vida, había muerto en su última nota. Quedé estática por un instante, no pude evitar que se me cayeran las lágrimas, no por tristeza, por desesperación. La desgracia caminaba a mi lado, sentía que cada vez estaba más cerca de la verdad y luego ésta desaparecía de mi vista.

No podía dar esa imagen de debilidad, inmediatamente me puse de pie y me fui sin más.

Sentía que mi cuerpo se debilitaba, no podía evitar tropezar a cada paso. Ni bien me alejé de la ciudad no pude soportarlo y caí al piso, pero no perdí la conciencia, algo me impulsaba a seguir.

Borré los malos sentimientos de mi mente y comencé a correr, no sabía porqué pero solo corría hacia el mar. En mi trayecto veo a aquel cazador reposado sobre los médanos del desierto, pero desapareció antes de emitir palabra alguna.

Debía encontrarme con Anna y decirle lo que sucedía, ya no podía retenerlo. El cielo se oscurecía y unas nubes de tormenta se acercaban. Al divisar el mar veo a alguien sobre las rocas, la brisa no me dejaba distinguirlo. Cuando vi lo que en realidad era mi mente se nubló completamente. Era algo siniestro y dantesco, digno de las peores pesadillas de un demente.

Los restos de Anna Proudmood yacían sobre las rocas y el suelo, su despedazado cuerpo apenas se diferenciaba de la infinidad de plumas de grifonitas que había. El cuerpo de un hipogrifo atravesado por una flecha se encontraba a su lado. Anna había sido atacada y asesinada, y yo no estuve ahí para salvarla y evitar que su alma cayera en lo más profundo del Valhalla.