Una tormenta se apoderó de los cielos de Ignis. Todo a mi alrededor se teñía de oscuridad y odio. Mi honor de clérigo había sido manchado, se habían burlado de mi.

Me abrí paso en las sombras y mis piernas se hundían en la húmeda arena, apenas se distinguía dónde me encontraba exactamente. Afortunadamente, los Dioses nos habían provisto de agudizados sentidos, pero la ira es suficiente para cegarlos. Mentirosos sean los que dicen que los elfos oscuros no tienen sentimientos y pobres de aquellos que se atrevan a desafiarnos.

Mi rostro se iluminaba en cada relámpago, la llama de báculo iluminaba mis ojos y resaltaba las lágrimas que recorrían mis mejillas. Apretaba los dientes y sincronizaba mis pasos para evitar caer, pero finalmente no pude evitarlo.

La fría lluvia inundaba mi espalda y viejos recuerdos se apoderaban de mi mente. Cuanto tiempo había pasado desde que vi por primera vez la luz en este Reino. Cien años, ciento veinte tal vez, cifras enormes ante los ojos de un humano, pero unos pocos números para nuestro linaje.

Recordaba mi pueblo, carros que pasaban llenos, un puerto. El desierto, la arena, el sol, tres palabras reunidas en una: Ignis.

Mis antepasados conocieron el terror. Habían sido exiliados de nuestro verdadero hogar y condenados a vivir en esta inhóspita tierra. Sin embargo, lograron subsistir. A ellos gracias que hoy existo y a aquellos otros gracias por nuestro odio eterno.

Verdes, sanas y verdes son las hojas de sus árboles. Viven ocultos tras enormes bosques, revolcándose en su propio orgullo. Pero no estaban solos, también existían los otros, aquellos de los helados Yermos, que en un principio parece que no existen pero siempre están ahí.

Se había desatado entonces una guerra que no conocería jamás negociación alguna. Tras murallas se escondieron y enormes fuertes construyeron.

Mi decisión era clara, me instruiría en los caminos de la magia y defendería a mi Reino hasta que la muerte me obligase a detenerme, encontrando así el descanso eterno. Por décadas completas sostuve mi entrenamiento, mi mente y mi báculo serían mis únicas armas.

Al entrar en el ejército una nueva era había comenzado, no miraría hacia atrás.

Las imágenes pasaban rápido por mi mente, sin embargo había algo que seguía dando vueltas y se negaba a irse.

Una traición, una condena que nunca fue cumplida. Ignis había sido humillado por solo una persona, por solo uno de los nuestros. ¿Pero quién? Millones de rostros recorrían mis pensamientos pero no podía fijar la mirada.

Voces, gritos, llantos, toda una multitud enfurecida y humillada. El Verdugo no había bajado la palanca aquel día.

De repente todos mis pensamientos formaron un túnel y fijaron mi atención en sólo una mirada.

Recuperé rápidamente el conocimiento y grité exaltada. Pensaba hasta qué punto había sido un sueño y cuál era la realidad. Nada era un sueño, todo estaba más que claro.

Comencé a correr y veía todo claramente como si brillara el sol. Las gotas se estrellaban contra mi rostro pero ya nada podría detenerme.

La lluvia azotaba la tierra y no tenía intenciones de detenerse. A cada segundo que pasaba se incrementaba mi odio, ellos pagarían por sus pecados.

Al llegar a los alrededores de Medenet, veo a un anciano que permanecía de pie tranquilamente bajo la lluvia, sin embargo la lluvia no lo tocaba.

-Maestro -dije, poniéndome de rodillas.

-Sé que no puedo detenerte, pero aún así me arriesgaría a intentarlo -me dijo de espaldas.

-No lo haga Maestro -le dije-, no podrá cambiar mi destino.

-¿Qué tan distinto a él serías si lo haces? -preguntó.

-Lo averiguaremos más tarde -respondí.

En ese momento deslizó rápidamente su brazo hacia atrás, apuntándome con su báculo, pero no volteó siquiera para mirarme a los ojos. El temblor entumeció mis pies pero logré dar un salto hacia atrás y ponerme en guardia inmediatamente.

Mi maestro era un importante mago nigromante. Vivía sólo en una torre arcana en las afueras de Ignis. A él le debo todos mis conocimientos.

No perdió tiempo e inmediatamente los muertos vivientes aparecieron por todos lados, no por nada en el Reino era conocido como "Aquel que todo lo invoca".

Canalicé el poder elemental del fuego sobre mi báculo y comencé a atravesar a los horripilantes seres. Uno a uno se abalanzaban sobre mi y sus pedazos caían a mis pies. Mi maestro seguía sin voltear.

-No más juegos -exclamé. La llamas rodearon mi cuerpo quemando todos los restos de cadáveres. Mi maestro no se movía.

Un Lich apareció a mi espalda y no logré esquivarlo. Su bastón golpeó fuertemente mi espalda y caí apoyándome en mis rodillas. Volteé rápidamente pero no pude tocarlo. Me incorporé inmediatamente y corrí hacia él, pero volvió a esquivarme de un salto.

Para poder equilibrar el poder de mi maestro, salté hacia un médano e invoqué a otro Lich.

Allí estaban ambos muertos andantes cual gladiadores en un Coliseo. Sus desgastados bastones golpeaban entre las gotas de lluvia y sus fríos cuerpos formaban una cortina de hielo a su alrededor.

Aproveché la situación y preparé un sortilegio.

-Del polvo vienes, y al polvo vas -exclamé en voz alta.

La bola de fuego cubrió a los seres extraplanares quemándolos por completo. Sus cráneos rodaron por la arena.

-¡Déjame ir! -grité- ¡No vas a detenerme!

Mi maestro desató su capa y la dejó caer. Luego volteó, mostrándome el brillo de sus ojos.

Sin dudarlo un momento, se dirigió de un salto hacía mi. Su helado báculo chocó contra el mío ardiente. Tenía mucha fuerza por lo que cayó sobre mí, pero logré sacármelo de encima usando los pies. Inmediatamente, nos pusimos de pie y quedamos cara a cara.

Alzó su báculo y comenzó otra invocación.

-¡Te dije que basta de juegos! -le grité me abalanzaba sobre él. El desierto se cubrió de llamas y mi maestro cayó en la arena. Las gotas de lluvias apagaban su túnica cubierta por el fuego.

Bajé la guardia y comencé a caminar hacia Medenet. En ese momento, escucho su agonizante voz.

-Sabías que... los elfos oscuros no tenemos sentimientos-.

El cielo continuaba oscuro, ya había incluso perdido la noción del tiempo. Finalmente, diviso a Medenet entre la constante lluvia, pero algo lucía extraño.

Llego a la entrada trasera del pueblo y todo parecía demasiado silencioso. Con tanta lluvia, podría considerarse algo normal, pero incluso la taberna y el templo estaban cerrados; ni un ciudadano, mercader o noble a la vista.

Ya nada me sorprendía a esta altura, era obvio lo que ocurría. Tomé uno de los caballos del establo y cabalgué rápidamente hacia la muralla; allí estaban todos.

-Todo está perdido -balbuceaban algunos.

-¡Mátenlos¡Córtenles la cabeza! -gritaba un grupo de bárbaros. Nunca había visto tantos ignitas juntos ni sabía que éramos tantos.

En un vistazo rápido, encuentro a mi grupo.

-¿Cómo está la situación? -le pregunté al brujo Uriel.

-No podría ser peor -decía alzando las manos-, lo perdimos todo... todo.

-¡Hay que matarlos! -gritaba Leliel- ¡Quemarlos vivos!

-¡Ya cállense todos! -gritó el Teniente- Saldremos cuando se nos ordene.

-¿Qué nos queda? -pregunté a Alexanderson.

-Nada -dijo sin mirarme-, sólo esta muralla nos separa de ellos. Los Alsirios tomaron todo.

¡Malditos sean! No se asustaban con nada. Ignis no estaba en la situación idónea para tal ataque. El Reino seguía perplejo por los acontecimientos recientes.

Las explosiones y gritos eran aterrantes; flechas y lanzas cortaban el aire, la lluvia no se detenía, este Reino era siempre así: llueve poco, pero cuando lo hace, no tiene piedad.

Tiempo después, un soldado que nunca había visto, ni tampoco conocía su rango, se acercó a nosotros.

-Les toca salir -dijo-. Que los Dioses estén con ustedes.

El Teniente agachó la cabeza y luego caminó hacia la puerta. Todos fuimos detrás.

Las oxidadas poleas alzaron la puerta y dejaron ver ese terrorífico escenario. Todo, absolutamente todo, desde Samal a Menirah, estaba controlado por Alsius.

-Bien señores -decía el Teniente-, ya saben lo que tienen que hacer.

Esas eran las palabras mágicas. Todos los arqueros una larga fila detrás nuestro. Caballeros y bárbaros se formaron delante, quedando nosotros, los magos, dispersos en el centro de esa fortaleza viviente. Fue entonces cuando comenzó el espectáculo.

Marchamos rápidamente hacia Samal, pero los Alsirios no eran descuidados en lo que hacían, una enorme cantidad de caballeros montados esperaban a unos quinientos metros de Samal y algunos arqueros se ubicaban inmediatamente detrás.

Nuestros arqueros abrieron fuego, pero la cantidad de caballeros era enorme. Los bárbaros, comandados por Leliel, arremetieron contra los caballos con sus enormes masas. Intentaban abrirnos camino.

-¡Ahora! -gritó el Teniente- ¡Avancen!

Todos los magos avanzamos entre los huecos que se formaban en la muralla de caballeros. Uno a uno, los arqueros Alsirios se veían acorralados y asesinados por nuestro grupo. Yo solo observaba a mi alrededor. Tenía que encontrarlo.

Entre la confusión, alguien me empuja al suelo, evitando que una flecha me atravesara.

-No te distraigas -me dijo Uriel, quien me salvó- ¿Perdiste algo? -preguntó.

-Si -respondí poniéndome de pie-. Reza porque no lo encuentre.

Uriel permaneció estático. Corrí hacia donde se encontraba el resto de los clérigos y comencé a curar a los grupos.

En eso, otro escuadrón llega a la zona.

-¿Que pasa Gin? -decía su líder, riendo- ¿Mucha tensión en el trabajo?

El Teniente no respondió, siguió en su labor. El recién llegado grupo se sumó al combate. Serían útiles los refuerzos, pero no todo era alegría. Los Alsirios en Samal comenzaban a avanzar.

La batalla continuó fervorosamente, pero algo raro se escuchaba en el cielo.

-¡Los emplumados! -gritó Leliel.

Allí estaban otra vez.

Los grifos e hipogrifos rodeaban el cielo una vez más.

Todos fijaron su mirada en el cielo pero yo observaba a mis alrededores. Como flechas punzantes, los grifonitas descendían y atravesaban a cuanto Alsirio se les cruzase; tampoco perdonaban a los ignitas que se atrevían a atacarlos.

El resto de los soldados de Alsius que se encontraban en Menirah, comenzó a correr rápidamente a Samal para reagruparse. Esta vez, no huyeron desde el comienzo, creían que podían ganarles a los plumíferos.

Nuestro grupo permaneció a la defensa, ninguno avanzó. Poco a poco, lo que era una multitud de Alsirios, se convertía en una pila de cadáveres. Yo continuaba observando, no podía encontrarlo.

De un momento a otro, los Alsirios comenzaron a retirarse; su sueño de victoria se había visto nublado una vez más a causa de los plumíferos.

Lo que fue un tumulto de Alsirios, paso a ser un devastado campo de batalla. Y lo que fue una tormenta, pasó a ser una ligera llovizna. Mi vista se fijó en él. Inmediatamente lo ataqué y no llegó a cubrirse, quedó tumbado en el piso.

Como lo esperaba, los grifonitas quedaron inmóviles.

-Que...-decía tosiendo- ¿Qué crees que haces? -me gritó.

Corrí y acerqué mi ardiente báculo a su rostro.

-Identifícate- le dije-, cazador...

Bajó la mirada y comenzó a reír. Primero suavemente, luego gritando y de forma macabra.

En ese momento una fuerza increíble me empujó hacia atrás y me veo rodando en la arena. Cuando alcé la mirada me encontré con lo peor: un enorme dragón de escamas verdes se encontraba enfrente mío, mirándome fijamente.

No comprendía nada, como podía semejante ser haber aparecido en un instante.

-¡Muéstrate! -grité- ¡No te ocultes!

-Aquí me tienes, Leesa Lipkit- dijo el dragón.

Mi cuerpo se paralizó, no era una invocación. Realmente era él.

El Teniente se acercó lentamente. Se reía suavemente, yo no entendía por qué.

-Marcus Van Leuven -dijo-, finalmente te dignaste a volver para ser condenado.

-En tus sueños, elfo oscuro -dijo el dragón-.Ignis pagará por lo que me hizo.

-¿Qué diablos es esto? -dije confundida- ¿Acaso lo conoces?

-Fue condenado antes de que nacieras- decía-, pero escapó del Reino antes de ser ejecutado.

-¡Condenado de forma injusta! -gritó el dragón-. Este Reino estaba en ruinas, no teníamos una mísera mina de oro.

-¡Imbécil! -gritó el Teniente, poniéndose en guardia- ¡Vendiste armas a los Alsirios¡Lo único que lograste es que nos quemásemos con nuestro propio fuego!

Inmediatamente el Teniente Gin se abalanzó contra la fiera, pero esta lo derribó de un solo golpe.

-¿Qué... eres? -dije tartamudeando- ¿Qué demonios eres? -grité. Caí de rodillas al piso y apreté las manos, clavándome mis propias uñas.

-Marcus Van Leuven, hechicero ilusionista -explicaba el Teniente, desde el piso-. Fue condenado por el tráfico de armas, pero escapó del Reino. Entrenó durante años en las afueras y tomó control de los grifonitas.

-Entonces, regresé para tomar venganza -reía el dragón-. Y tú fuiste víctima de mis ilusiones, Leesa Lipkit.

-¿Ya sabías todo esto, Gin? -dije enojada, mirándolo fijamente.

-El alquimista se daría cuenta enseguida que alguien controlaba a los grifos y animales -decía-, y el no dejaría vivo a nadie que se entrometiera en sus planes.

-Los Alsirios, los bardos y aquella amiga tuya sabían demasiado -decía el dragón-. No podía dejarlos vivir.

Quedé completamente en silencio, no podía responder. Finalmente, el Teniente se puso de pie.

-Vas a pagar por tus crímenes, traidor -decía.

-¿Traidor? -dijo el dragón- Yo debería estar en Syrtis con los verdaderos elfos.

-¿Syrtis? -rió el teniente- Allí no hay lugar para ninguno de nosotros, fuiste expulsado como todos los demás.

-¡Calla estúpido clérigo! -gritó el dragón. Arremetió fuertemente contra Gin, pero algo lo detuvo.

-Vas a tener que pensarlo dos veces -dijo Alexanderson, soportando el peso del dragón con su lanza.

-Largo, humano -exclamó el dragón. Empujó bruscamente a Alexanderson haciéndolo caer sobre Gin.

-¡Córtenle la cabeza! -gritó Leliel. Todos nuestros bárbaros arremetieron contra la bestia pero se vieron incapaces de atravesar sus escamas.

-¡Vamos todos, a por él! -gritó Uriel. Los relámpagos rodearon al dragón y todo se vio envuelto en una nube de humo. Al dispersarse, todo seguía igual. Un gran temblor derribó a los brujos como si de pilares se tratase.

-¡Quémenlo con su propia ira! -gritó Silvanas, comandante de los arqueros. La lluvia de flechas ardientes sobrevoló sobre el dragón, pero no lo tocaron; parecía un verdadero fantasma.

Una fantasma, eso asemejaba. Pero no, yo podía verlo¡allí estaba!

-No voy a perder el tiempo contigo maldito ilusionista- decía el teniente mientras se ponía de pie apoyándose en su báculo. Atacó nuevamente al dragón pero fue derribado, quedando inconsciente en el piso.

-Ilusionista -pensaba-. Ilusión, ilusiones... no serás víctima de las ilusiones a menos que creas en ellas.

-Alexanderson, dame tu lanza -dije seriamente.

-Pero...

-¡Hazlo! -grité. Lanzó su lanza y la atrapé con mi mano derecha. Concentré mi poder y la lanza comenzó a arder, quemándome las manos suavemente.

-No mas juegos, hechicero- dije alzando la lanza cual caballero andante.

El dragón arremetió contra mí como un toro, todos observaban perplejos.

Pasó por mi cuerpo como si de un espectro se tratase y la lanza atravesó su élfico cuerpo desde el final de su cuello hasta el principio de sus piernas. Su sangrante cuerpo calló detrás mío.

Acerqué la ardiente lanza a su rostro y acercando mis labios a su oído le dije:

-Si hay algo que los elfos oscuros nunca veremos son flores, y ya sabes bien el porqué.