Diclaimer: Death Note no es de mi propiedad.


Matt se preguntó por qué, si Mello y Near eran tan cercanos a él, fue ese día en el que L se acercó exclusivamente a él con un regalo en brazos. Lo apartó de su bien amado videojuego y le pidió que compartieran un rato juntos. Matt aceptó, sin poder creer que fuera él a quien se lo pidiera. Hablaron entre la mirada atenta de algunos niños y el arsenal de dulces que requería L todas las tardes. Y por último, L le pidió que abriera su regalo.

Era un peluche de oso, de cabellos claros y ojos negros. A Matt se le hizo bastante familiar, tanto que le agarró un cariño instantáneo, más por la persona a quien se parecía que por la persona que se lo regalaba.

—L, ¿por qué hoy no fuiste con Near y Mello? —preguntó, cuando ya se acercaba la hora de despedirse.

—Es que los estoy malacostumbrando —le confesó—. No van a pretender que toda mi atención irá hacia ellos.

Matt podía entenderlo un poco; al mirar por el rabillo del ojo, se percató que Mello estaba escondido detrás de un mueble, sin perderlos de vista en ningún momento. Matt creía que el comentario de L iba dirigido más hacia su rubio amigo que para el niño albino.

—Gracias —le dijo Matt, sinceramente—. ¿No importa si no me quedo con el peluche? Hay alguien que le encantaría.

—Me da igual, ya cumplí con dártelo.

Esa misma noche, Matt fue hacia la habitación de Mello con el peluche en mano. Se lo ofreció bajo la excusa que L le había encargado que se lo diera; si había alguien que necesitaba la atención de L, ése era Mello. Al principio lo rechazó, pero a medida que Matt se iba haciendo un hueco en la cama, observó cómo Mello agarraba el peluche y lo situaba en el medio de ambos.

—Entonces sí lo quieres.

—¡Sólo es para que marque el límite del espacio de cada uno, tonto!

Por supuesto, era una mentira; Mello siempre conseguía agarrar más espacio del permitido por él, quedando encima de Matt la mayoría de las veces. Sin embargo, el niño pelirrojo no iba a contradecirlo.