L'ootoro
La residencia Fujioka estaba excesivamente silenciosa. Tanto que a Kyouya empezaban a zumbarle los oídos por la falta de ruido. Haruhi se puso las zapatillas de andar por casa y sacó otras para él.
-¿Quieres algo de beber? -preguntó ella.
-No, gracias -contestó él, quitándose la chaqueta. Haruhi sonrió, nerviosa. No podía pensar en una situación más incómoda.
"-¿Y hora qué?" -pensó - "Debería haber una frase hecha para este tipo de situaciones. No me gustaría ser brusca, pero es estúpido darle largas a algo que queremos hacer los dos".
La boca de Kyouya la liberó de su encrucijada. Se quedó quieta, agarrando su camisa mientras la embriagadora invasión de su lengua iba templándola por dentro. Él le sujetaba el rostro para que no moviera la cabeza y le diera en las gafas. Fueron dando pasitos en dirección al salón, esquivando los obstáculos que había en su camino (unos zapatos descartados por Ranka, un par de revistas de moda y un uniforme de enfermera, aunque Kyouya decidió que nunca preguntaría el por qué de su presencia en el pasillo).
Se miraron un instante antes de empezar a quitarse la ropa. Kyouya había entrado en una espiral de deseo frenético, y prácticamente le arrancó la chaqueta y la camisa a Haruhi. Ella aguantó las acometidas, demasiado impaciente como para darle importancia a la brusquedad de él. Finalmente, se detuvieron. Trataron de calmarse antes de quitarse la ropa interior. Kyouya dejó sus gafas encima de la mesa, molesto por el ligero temblor que sacudía sus manos.
Haruhi no podía apartar la vista del alarmante bulto en los bóxer de Kyouya. En realidad no estaba haciendo ningún esfuerzo por mirar hacia otro lado. Su curiosidad la llevó a arrodillarse frente a él para tener una mejor perspectiva.
Apoyó las manos en la cinturilla elástica y alzó la mirada, esperando su consentimiento.
Él cerró los puños con fuerza y asintió. Tenía la boca seca y no sabía a donde había ido el aire de sus pulmones. Los dedos fríos de Haruhi rozándole la cadera le ayudaron a respirar de nuevo. Avergonzado, se sintió crecer bajo la curiosa mirada de ella.
El primer pensamiento de Haruhi fue "Imposible". Poco a poco, la razón fue imponiendo su criterio, y el saber que su cuerpo y el de él estaban hechos para encajar eliminó algo de su inseguridad.
Kyouya frunció el ceño cuando pasaron los minutos sin que ella se moviera. Carraspeó para atraer su atención.
-Haruhi, se me ocurren cien cosas más interesantes que quedarme de pie mientras tú me miras, y entre ellas está jugar al escondite inglés con Tamaki. Eso debería preocuparte.
-Perdona, es la primera vez que veo una.
Kyouya no sabía si sentirse complacido por su perplejidad o abatido por su falta de experiencia y, por tanto, de criterio.
Se arrodilló reprimiendo un suspiro. Haruhi echó las manos hacia atrás para desabrocharse el sujetador, pero las manos de él se lo impidieron.
-Tengo que coger práctica con estas cosas -dijo. Apoyó la barbilla en el hombro de Haruhi y entrecerró los ojos para poder enfocarlos bien en el mecanismo de los corchetes. Tras un par de intentos fallidos, pudo con la prenda. La arrojó al otro lado de la habitación, remarcando su triunfo.
Haruhi se tumbó sobre el tatami, ligeramente sonrojada. Kyouya se inclinó sobre ella y la besó. Las manos pequeñas de la chica tironearon de su pelo y bajaron por su espalda. Él podía sentir sus pechos rozándole el torso, el calor que desprendía, los débiles escalofríos que erizaban toda su piel. No pudo demorarse más en su boca sabiendo que había tanta superficie por explorar.
Trazó un camino de besos húmedos, aventurándose en el misterio de la zona pectoral. Haruhi notó una pulsión más fuerte que las demás entre sus piernas cuando los labios de él se cerraron sobre su pecho. Kyouya también se sintió latir al escuchar los suaves maullidos de ella.
Las esbeltas manos de él recorrieron su cintura, el interior de sus muslos. Su lengua trazó arabescos a lo largo del vientre suave, acercándose al inquietante calor que irradiaba bajo sus bragas de algodón. Deslizó la prenda solitaria por sus piernas sin más contemplaciones.
Haruhi tragó saliva y cerró los ojos con fuerza cuando él le besó en las caderas, tan cerca del latido doloroso de su entrepierna. Además, no había ni sombra de duda sobre lo deliberado de sus movimientos. Podía sentir la sonrisa maliciosa de él contra su piel.
-Kyouya... -musitó. Él ascendió por su cuerpo, sin perder la sonrisa, besando y mordisqueando. Su seguridad se tambaleó un poco al sentir la mano de Haruhi en su miembro. Ahogó una exclamación cuando ella le acarició, tanteando despacio.
-No... No me parece una buena idea, Haruhi -dijo.
-¿Por qué? -preguntó ella, sin dejar su exploración táctil.
-Porque tal y como están las cosas, podría acabar con todo en apenas cinco segundos, dejándote como mínimo insatisfecha.
-Pues entonces hazlo ya -dijo ella, con la voz algo ronca.
-Espera -dijo él. Intentó localizar sus pantalones en medio del desorden de la habitación. Haruhi vio como urgaba en los bolsillos, y luego en su cartera. Empezó a asustarse cuando vio que él se quedaba quieto, con la espalda tensa.
Kyouya se pasó una mano por el rostro y la dejó apoyada en su frente.
"-¿Cómo cojones se puede ser tan estúpido?" -se dijo.
-¿Pasa algo? -preguntó Haruhi.
-No tengo.
-¿El qué?
-Maldita sea, se me ha olvidado.
-No me digas que...
-Sí.
Pasaron unos segundos en silencio. Haruhi miró al techo, completamente anonadada.
-Joder, Kyouya.
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Tras una búsqueda infructuosa por todos los recovecos de la casa, decidieron rendirse. Kyouya se vistió con rabia, casi golpeándose con la ropa arrugada. Haruhi se había limitado a sentarse, rumiando una mezcla pastosa de decepción y enfado. Pensaba continuar callada, pero en esos momentos la frustración sexual la hizo exasperarse cuando él echó a andar por el pasillo, sin decir una palabra.
-Oye, no tienes por qué largarte de esa manera.
-¿Y qué quieres que haga?
-Una disculpa no estaría de más.
-¿Que yo debería disculparme? En todo caso, la culpa es tuya. Si íbamos a venir a tu casa, deberías haber sido la primera en pensar en el tema. Después de todo, TÚ eres las que se puede quedar embarazada, así que la protección debería correr de tu cuenta.
-Eso es injusto hasta para tratarse de ti, y lo sabes.
-No tendría que ser injusto si tú no me echaras toda la culpa.
-Deja ya de ponerte a la defensiva, te comportas como Kuze-senpai.
Sabía que estaba tocando el borde del infierno al decir eso.
-No soy el único que ha cometido un error.
-Ya lo sé, pero equivocarse es humano, así que deja de actuar como si se acabase el mundo.
-Yo no me equivoco.
La voz de él había traspasado los límites de la amenaza.
-No seas estúpido -dijo ella.
-Puede que tú, desde tu pequeño mundo de clase media baja, estés más acostumbrada a cometer errores, pero eso es algo que yo no me puedo permitir. Aunque no espero que lo comprendas.
Hubo algo en los ojos de Haruhi que casi superó al frío tono de Kyouya.
-Largo.
Él sólo respondió con el batir ultrajado de la puerta.
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Tachibana entró en la estancia principal del dormitorio de Kyouya a las siete. Sabía que le quedaba otra media hora hasta que el señorito se levantara, así que sacó con disimulo una pequeña consola para jugar al sudoku. Vio pasar su vida ante sus ojos cuando la puerta del dormitorio de Kyouya golpeó con fuerza la pared.
-¿B...bocchama? -preguntó - ¿Se encuentra bien?
-Silencio -dijo el otro, con la voz rasposa.
Durante el trayecto en coche hasta el instituto, Tachibana tuvo la horrible sensación de que hasta los pájaros habían dejado de piar para no molestar al señorito Kyouya. Ni siquiera escuchaba el rumor del viento entre las ramas de los árboles. Tragó nerviosamente. Si no hubiera tenido los nervios de acero requeridos para formar parte de la guardia personal de los Ootori, se habría aterrorizado por el sonido de su saliva pasando por su garganta.
Kyouya se apeó del coche al llegar al instituto. Tachibana respiró profundamente cuando la puerta se cerró de nuevo.
-Si me hubieran dicho que tendría que cuidar de un adolescente como el señorito Kyouya... tal vez no habría dejado la floristería.
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Haruhi respiró hondo el vapor especiado del té indio que había pedido Hikaru. Las notas de clavo y cardamomo le cosquillearon en la nariz. La hierbabuena del té de Kaoru abrió sus pulmones.
Ninguno de los dos brebajes contribuyó a tranquilizarla. Llevó la bandeja hasta la mesa donde los Hitachiin entretenían a unas clientas.
-Ah, gracias, Haruhi -dijo Hikaru, tomando la bandeja. Ella asintió, distraída, y deambuló por la sala, buscando más cosas que hacer.
Ese día no la habían solicitado muchas clientas. En parte, por el evento que estaban organizando las chicas del club de teatro. Pero Haruhi sospechaba que parte de la culpa la tenía su estado anímico.
"-Las clientas deben haberse dado cuenta de que no estoy de humor hoy" -pensó. No sabía si agradecérselo o lamentarse de ello. La poca actividad hacía que recordase cada palabra de la pelea con Kyouya.
"-Y el muy bastardo no parece para nada afectado..." -se dijo, apretando los dientes.
Kyouya, para sorpresa de todos, había aparcado el ordenador para irse a entretener a un par de chicas. En esos momentos les estaba mostrando un catálogo de productos varios que podían adquirir "para poder llevar consigo una parte del club de host".
"-Estafador. Mentiroso. Calculador" -enumeró mentalmente Haruhi, clavando sus ojos en la espalda de él.
Kyouya siguió charlando, sirviendo más té a sus clientas.
"-Usurero. Despiadado. Seguro que tienes vocación de yakuza" -siguió Haruhi.
Kyouya sintió una molestia en la nuca. Como un cosquilleo. Se rascó disimuladamente, pero eso no calmó su inquietud.
"-Vas de tío maduro y tranquilo, pero luego no sabes tener una discusión. No sé qué hago perdiendo el tiempo con alguien como tú"
El heredero de los Ootori giró finalmente la cabeza. Parpadeó sorprendido al ver a Haruhi rodeada de un halo oscuro que le resultaba demasiado familiar. Sus ojos castaños parecían de mármol, y no se despegaban de los suyos.
-Me temo que nos hemos quedado sin té, señoritas -dijo, volviéndose hacia sus clientas - Haruhi-kun.
Ella se giró y fingió que no le oía. Kyouya respiró hondo, tratando de ocultar su indignación. Nadie. NADIE hacía oídos sordos a las palabras de Ootori Kyouya.
-Discúlpenme -dijo, antes de levantarse. Haruhi no levantó la mirada hasta que no estuvo a su lado.
-¿Hay algo que pueda hacer por tí, senpai? -preguntó. Kyouya sonrió con toda la calidez que pudo reunir.
-¿Podrías preparar una tetera de té oolong? Mis clientas tienen sed.
-Oh -Haruhi las miró y sonrió con fingida timidez - Pero, ¿sabes, senpai? No sé si seré capaz de hacer algo así... ¿También es MI responsabilidad?
La sonrisa de Kyouya decayó un poco, pero consiguió restablecerla.
-Quizá sea demasiado para ti -dijo - Me encargaré yo, ¿de acuerdo?
-Lo haré yo -la voz de Haruhi se había endurecido - Sé que no te gusta tener que encargarte de detalles tan nimios.
Kyouya regresó a su mesa sin el té y sin sentirse más contento. Habló con entusiasmo a sus clientas sobre banalidades varias, hasta que la presencia de Haruhi les interrumpió.
-Buenas tardes -saludó. Las clientas correspondieron, cordialmente.
Haruhi colocó el servicio en el centro de la mesa y empezó a llevarse las tazas sucias y los platos vacíos. Kyouya siguió sus movimientos sin pestañear. Ella alternaba las miradas tímidas y sonrientes para las clientas con las caras sombrías dirigidas a él. Estaba tan concentrado mirándola, que el peso en los dedos de su pie izquierdo le pilló completamente por sorpresa, y no pudo ocultar un gesto dolorido.
-Perdón, senpai, no me había dado cuenta de que tu pie estaba allí.
-No pasa nada, Haruhi-kun. Errar es humano.
-Para quien lo sea, sí.
Tras esas palabras, se esfumó. Las clientas la miraron irse, preocupadas.
-¿Está bien Haruhi-kun?
-Sí, parece algo sombrío esta tarde.
Kyouya iba a darles una respuesta tranquilizadora, pero Tamaki apareció súbitamente para encargarse de todo.
-Queridas mías, Haruhi está bien. Es propio de la clase trabajadora tener días más melancólicos que otros, debido a las preocupaciones de la vida plebeya. El día que no tienen que pagar la hipoteca, aparecen los yakuza, pidiéndoles que devuelvan el préstamo de treinta mil yenes que pidieron hace un mes...
-Senpai -dijo Haruhi - Te agradecería que no te pusieras imaginativo con tus historias sobre "la vida plebeya", no me dejan en muy buen lugar ante las clientas.
-¡Pero... pero...! ¡Tu padre sólo se preocupa por tí!
-Ya, ya, gracias -dijo ella, agarrándole del brazo y llevándoselo de allí. Kyouya los observó de lejos, con una atractiva pero falsa sonrisa en la cara.
-En fin, señoritas –dijo, dirigiéndose a sus clientas, pero sin despegar la vista de Tamaki y Haruhi - ¿Cuántos productos del catálogo decían que iban a llevarse?
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El tiempo pasaba despacio para Fuijoka Haruhi. Revolvía con desgana los apuntes del día, pero no los llegaba a leer. El enfado todavía aleteaba en su estómago, combinado con la premonición fatalista de que no había manera de resolver esa pelea.
"-Igual tenía que haber cerrado la bocaza. Con lo de hoy no he hecho más que añadir gasolina al fuego..."
Suspiró, poniéndose de pie, dispuesta a preparar la cena, aunque fuera un poco pronto. La interrumpió el timbre de la puerta.
-¡Haaaa-ru-hi-chan! –canturreó parte del club de Host. Tamaki no estaba con ellos, y Kyouya guardaba un silencio mortuorio.
-¿Qué...qué hacéis aquí?
-Con permisooo – dijo Hani, quitándose los zapatos antes de entrar – ¡Esta vez todos hemos traído zapatillas, Haru!
-¡Permisoo! –dijeron los gemelos, entrando y arrastrándola a ella también, cada uno de un brazo. Mori cerró la puerta y se aseguró de que las cortinas y persianas también lo estuvieran.
Kyouya marcó un número en su móvil a toda velocidad.
-¿Tachibana? Haz que tus hombres cubran el perímetro de la zona. Si ves aproximarse al sujeto "T", comunícamelo inmediatamente para que podamos llevar a cabo una operación abortiva.
"-¿Qué está pasando?" –se dijo Haruhi. Los gemelos estaban desplegando una pizarra, Hani había sacado cuatro cajas de pasteles (tres para él y una para el resto), y Kyouya había abierto su cuaderno.
-Bien, chicos, mañana es el día 1 de abril. Sabéis lo que significa eso, ¿no?
-¡Que es la fiesta de cumpleaños del jefe! –dijeron los gemelos, alzando la mano.
-Visto el entusiasmo de Tamaki por los entretenimientos de la plebe, creo que deberíamos organizar alguna salida cultural del populacho. Pero para decidirlo, tendremos que esperar a los dos últimos invitados.
En ese momento sonó el timbre. Haruhi se levantó en medio de los murmullos de todos.
-¿Y si es Tama? –preguntó Hani agarrándose a Mori, quien puso también cara de preocupación empática.
-Tachibana me hubiera avisado –dijo Kyouya, sin rastro de duda – Deben ser nuestros invitados.
-¿Quién te ha dado permiso para invitar a alguien a una casa que no es la tuya? –masculló Haruhi, abriendo la puerta.
-¡Ya era hora de que abrieras, nena! –dijo una voz femenina y autoritaria.
-¿Me-Mei? ¿¡Y Casanova!?
-Ho...hola, Fujioka –balbució éste – C-con permiso.
-¡Vaya viajecito! –protestó Mei - ¿A quién de vosotros se le ocurrió mandar al hortera ese a buscarme al colegio? Ni siquiera el uniforme del Ouran disimulaba su mal gusto.
Haruhi dirigió una mirada compasiva a Kasanoda. Sin embargo, él no parecía haberse enterado de nada. Lo cierto es que estaba demasiado nervioso por haber entrado en casa de Haruhi.
-Bienvenida, Mei –dijo Kyouya – Necesitamos tu ayuda para decidir qué hacemos mañana.
-¿De qué se trata? –preguntó, sentándose con un suspiro en el tatami.
-¡Juerga plebeya, juerga plebeya! –vociferaron los gemelos.
-Haru, ¿no tienes un poco de té?
-Ah, es verdad –dijo ella, frotándose la frente, súbitamente agotada – Prepararé un poco para todos.
-Saca ese té negro inglés que le regalaron a tu padre en Navidad, no seas rata –dijo Mei.
Haruhi se refugió en la cocina, iracunda. Se entretuvo más de lo normal haciendo el té para retrasar su regreso al salón. Cuando por fin se armó de valor, se encontró el cuarto lleno de panfletos de salas de pachinko y karaoke.
-Creo que lo más acertado es el karaoke –dijo Kyouya, pensativo – Le gustó mucho la vez que fuimos con Mei.
-Hay uno buenísimo en Roppongi, tienen todos los éxitos actuales, pero también un montón de canciones cutres de las que le gustan a él –dijo Mei, tomando un bocado delicado de tarta de chocolate – Y a partir de las cinco, hay Happy Hour.
Todos los hombres de la sala se quedaron callados, mirándola. Mei alzó una ceja, incrédula.
-No me digáis que no sabéis lo que es la Happy Hour...
-Nosotros somos niños bien, no sabemos de esas cosas –dijeron los gemelos, llevándose los puños cerrados a la cara, y cimbreándose como colegialas.
-Parad ya, no sois monos –les regañó Haruhi.
-Debe tratarse de algún tipo de descuento que sólo dura un tiempo limitado –comentó Kyouya.
-Que bien, ¿verdad Takashi?
Mori asintió, un poco ruborizado.
-Bueno –dijo Haruhi, poniéndose en pie – pues si ya lo habéis decidido, podéis marcharos. Tengo muchas cosas que hacer.
-Pero todavía quedan muchas cosas que decidir –dijo Hikaru.
-Sobre todo en lo que respecta a nuestro juguete favorito... –dijo su hermano. Ambos se aproximaron a ella, rodeándola con sus gráciles brazos.
-A lo mejor deberíamos ponerte un bikini mono y sacarte de la tarta de cumpleaños, ¿verdad, Kaoru?
-Acabaría toda pegajosa –dijo ella. Los gemelos sonrieron como gatos, acercándose más.
-A nosotros nos gustas limpia o sucia –dijo Kaoru.
-Pero, si quieres, nos encargamos nosotros de lavarte después –añadió Hikaru.
-Todo por nuestra mascota –dijeron a dúo. Haruhi se desasió de su abrazo, y huyó de nuevo a la cocina. Parpadeó sorprendida al encontrar allí a Kyouya, cerrando la puerta de la nevera.
-¿Qué haces aquí?
-Buscaba un poco de agua, pero ya veo que no tienes embotellada. Pediré a Tachibana que traiga unas botellas de Evian.
-Vaya, lo siento –respondió ella, molesta – Parece ser que no te gustan demasiado las cosas de la plebe, ¿no, senpai?
Él la miró, con una sonrisa enigmática bailando en su rostro.
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Para cuando consiguió echarlos, eran casi las doce de la noche. Haruhi se dejó caer, como una hoja de papel, sobre el tatami. Le dolía la cabeza, y tenía tanto hambre que creía que se desmayaría de un momento a otro. Avanzó a gatas hasta la cocina, decidida a abrir la nevera y comerse lo primero que encontrara.
La luz del interior del electrodoméstico le pareció celestial cuando vio lo que había, en los estantes de plástico.
-Sushi –susurró, temerosa de hablar más alto. Alcanzó la caja con manos temblorosas, y cuando se llevó el primer nigiri a la boca, algo grande, lujurioso e insaciable se despertó dentro de ella.
Era ootoro.
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Qué bien, ¿eh, Haruhi? Ojalá tuviera yo a alguien que me dejara cajas de sushi en la nevera... Espero que os guste, ¡review!
