Sur le point de

Y, al final, lo hicieron.

Habían decidido olvidarse de las estratagemas, y lanzarse a ello directamente.

-Feliz cumpleaños, jefe –dijo Haruhi, sonriendo a Tamaki.

-¡¡...!! –dijo Tamaki.

-¡Jefe! ¡Jefe! –gritaron los gemelos, encaramándose a él - ¡Felicidades!

-¡Feliz cumple, Tama! –Hani había decidido dejar a un lado los pasteles hasta que comenzara la fiesta propiamente dicha, pero no pudo evitar deslizar un toffee en el bolsillo del uniforme de Tamaki.

Mori se decantó por la polivalente palmadita en la cabeza. Tamaki estaba alcanzando unos niveles de emoción peligrosos. Kyouya entró en escena, seguido de las diversas admiradoras del Rey, quienes llevaban varios ramos de flores.

-Feliz cumpleaños, papá –dijo Kyouya, sonriendo a su pesar.

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-Quizá deberíamos haber administrado las felicitaciones –dijo Haruhi, frunciendo el ceño.

Tamaki se había pasado el día inmerso en una ensoñación continua. Hasta las clientas habían decidido dejarle solo.

-Bueno, un día es un día –dijo Kyoya, sin dejar de teclear – Ya me compensará mañana por pasarse el día haciendo el vago.

-Podíamos habernos ido directamente al karaoke después de las clases, no pasa nada por cerrar un día el club.

-Dejémoslo así. Así le damos un poco de emoción a la tarde.

Consiguieron despertar a Tamaki lo suficiente como para que cortara su tarta de cumpleaños y repartiera pedazos entre las clientas. El Rey pareció recobrar su encanto natural, y repartió pastel y elogios a partes iguales entre las chicas. Cuando el último grupo salió por la puerta, decidieron ponerse en marcha.

Kyouya llamó a Mei por el móvil, mientras Haruhi iba al club de jardinería, a llamar a Kasanoda. Los gemelos se dedicaron a arrastrar a Tamaki hasta la limusina, mientras Hani y Mori les seguían alegremente.

El coche estaba un poco abarrotado cuando por fin subieron todos.

-¿Dónde vamos, mamá? –preguntó Tamaki.

-Es una sorpresa –dijo Kyouya – Deja de mirar por la ventana, las estás llenando de vaho.

-Cálmate, jefe –dijo Hikaru, simulando hastío.

-Si no lo haces, tendremos que darte un tratamiento de cuerda –añadió Kaoru, sonriendo con malignidad.

-Tama, ¿jugamos al veo-veo? –preguntó Hani, intentando ayudar.

-¡Ooh...! –Tamaki asintió vigorosamente con la cabeza.

Haruhi se evadió del juego como pudo. De repente se dio cuenta de que se había sentado por inercia junto a Kyouya, y que estaban realmente cerca. La disolución de su enfado había traído consigo nuevos e incontrolables apetitos, y en ese momento estaba teniendo algunas dificultades para no lanzar una dentellada a su cuello.

Kyouya, por su parte, no estaba cómodo del todo. Cada vez que llegaban a una curva, sentía el peso leve de Haruhi contra su hombro y su muslo. En una maniobra especialmente enérgica, la mano de ella acabó rozando su entrepierna. Él se encogió un poco, y ella alzó los ojos, preocupada, fijándolos en los suyos. Se dio cuenta de que las pupilas gris acerado de Kyouya habían pasado a ser de un tono más intenso, casi marengo. Quería apartar la mirada, disimular, hacer lo posible por que los demás no se dieran cuenta de lo que ocurría entre ellos. Pero lo único que impidió que todos descubrieran su secreto fue el violento frenazo que dio la limusina, y que logró que se soltaran.

-Bueno, ya hemos llegado –dijo Kyouya. Salieron del coche, estirándose, como si el viaje hasta Roppongi hubiera durado años. Tamaki miró los letreros de neón con la boca abierta y los ojos brillantes.

-¡Es un karaoke! –exclamó, encantado - ¡Y además uno de la plebe!

-Exacto –dijeron los gemelos al unísono – Sabemos que te gustan mucho estas cutreces.

-Pero si vosotros también estáis encantados... –murmuró Haruhi.

Mei estaba esperando en la puerta, visiblemente enfadada.

-Llevo media hora esperando –ladró – Mucha pasta, pero luego hay que llevaros de la oreja. ¿¡Y qué hace éste aquí!? –preguntó, señalando a Kasanoda.

-Bossanova-kun ha contribuido a la causa como el que más –dijo Kaoru.

-Además, siempre es divertido verle hacer el ridi delante de Haruhi –añadió Hikaru, riéndose entre dientes.

Subieron las escaleras que conducían a su sala privada. El decorado parecía estar compuesto de toneladas de purpurina y pintura rosa y verde en las paredes. También había muchos dibujitos de Pocchi, el perrito con sobrepeso que cumplía su labor como mascota del karaoke.

-Bien, Tamaki, haz los honores.

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Al final no estaba resultando tan aburrido como había creído. Kyouya estaba incomprensiblemente entretenido. Además se sentía más propenso a sonreír. Tomó otro sorbo de su té oolong, intentando contener una risita tonta.

Haruhi observó a los componentes del grupo, analizándolos. Tamaki se entregaba con todo su ser al micrófono. Mei intentaba convencer a Kasanoda de que le hiciera los coros en el siguiente tema que quería cantar. Kasanoda lanzaba miradas de súplica a Haruhi. Hani y Mori miraban los libretos, eligiendo la siguiente canción. Los gemelos miraban a Kyouya con unas sonrisas francamente diabólicas. Y Kyouya...

Kyouya se había atado la corbata a la cabeza.

-¿Qué demonios...? –susurró Haruhi, horrorizada. Kyouya se puso en pie y se abrió paso hasta Tamaki. Si mediar palabra, le quitó el micrófono. Echó una mirada a Mei que no admitía réplica, y ordenó:

-La número 342. Ahora.

Mei asintió y buscó en el menú del reproductor. Comenzó a sonar una dulce melodía de violín. Una guitarra acústica fue rasgada con dulzura.

-Puedes saltarte el preludio –dijo Kyouya – Hazlo avanzar un minuto y medio.

Había cerrado los ojos, para concentrarse más. La canción volvió a sonar, y la música de violín dio paso a un ritmo frenético de guitarra eléctrica.

-¿Qué canción es? –preguntó Tamaki, intrigado.

-Kurenai, de los XJapan. Eran un grupo de Visual Kei muy de moda en los primeros noventa – dijo Mei, solícita - No sabía que a Kyouya le fueran estas cosas.

-Creo que nadie se lo hubiera podido imaginar, ni en un millón de años – dijo Hikaru. Haruhi se acercó a ellos.

-Sé que esto es cosa vuestra. ¿Qué le habéis hecho?

-Sólo le hemos animado un poco. Eso de la happy hour es realmente útil... –dijo Kaoru. Haruhi olisqueó, detectando el olor a alcohol que despedían esos dos.

-¿Le habéis emborrachado? –exclamó. Su indignación quedaba subrayada por la canción apasionada de Kyouya.

-Ara, ara, tampoco es para tanto –dijo Hikaru. Alzó la mano hasta rozar su mejilla - ¿Te he dicho alguna vez lo bonita que eres?

-¿Eeeh? Hikaru, vas a hacer que me ponga celoso... –musitó. Estaban empezando a quedarse dormidos, como dos niños que comen demasiadas ciruelas maceradas.

-Par de idiotas... –murmuró ella. Se giró justo cuando la canción terminaba. El resto del grupo aplaudía a Kyouya.

-¡Magnífico, Kyouya! –exclamó Tamaki, poniéndose en pie - ¿Nos deleitarás con otro tema?

-No –dijo Kyouya. Estaba empapado en sudor, y se había desabotonado la camisa – Ha sido mi actuación única de la noche. Si queréis otra, tendréis que abonar una cuantiosa suma.

"-Puede que esté borracho, pero cuando se trata de hablar de dinero no titubea..." –pensó Haruhi. Se acercó con cuidado, palmeando el hombro de Tamaki.

-Senpai, me parece que Hikaru y Kaoru han gastado una broma pesada a Kyouya –le contó lo sucedido – Ahora están durmiendo la mona.

-Vaya... – dijo Tamaki – Bueno, creo que mi fiesta ha llegado lo suficientemente lejos – miró a Kyouya, que charlaba animadamente con Mei y Kasanoda – Mucho más lejos de lo que esperaba, en realidad.

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Los gemelos fueron depositados en la puerta de su casa por un solícito Mori. Fue el único que les dirigió una mirada de preocupación. El resto del grupo estaba muy ocupado lidiando con el monstruo ebrio que habían creado.

-¡Kyouya! –exclamó Tamaki, ruborizado, cuando las manos de su amigo comenzaron a corretear bajo su camisa - ¡Deja de portarte como un pervertido!

-Cállate, eres tú el que siempre da por sentado que no podemos resistirnos a tu perfecta belleza –murmuró Kyouya, con la voz pastosa.

-Kyo necesita dormir un poco –dijo Hani, preocupado. Mori se sentó con ellos en el coche, tras dejar a los gemelos. Cerró la puerta, permitiendo al chofer arrancar.

-Lo que necesita es que le aten –dijo Tamaki, intentando no ruborizarse, reírse, gritar o gemir. Kyouya había resultado ser peligrosamente aplicado en lo que a artes amatorias se refería.

Fueron dejando a cada uno en su casa. Por cuestiones de trayecto, Haruhi y Kyouya se quedaron solos en el coche, tras dejar a Tamaki y a Mei. Y, tal y como Haruhi esperaba, Kyouya se lanzó a su cuello en cuanto el coche se puso en marcha.

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Avanzaron dando tumbos por el pasillo de Haruhi, acechados por una sensación de dejà vu. Pese al alcohol, Kyouya no había perdido destreza, y sus besos seguían dejando a Haruhi sin aliento y hecha un manojo de temblores.

-Espera –balbuceó, pero él no le dio tregua. Intentando no perder la consciencia, Haruhi tanteó en la pared, en busca del interruptor. La luz les sorprendió con la ropa descolocada, despeinados y empapados en sudor.

Kyouya la miró durante unos instantes, respirando agitadamente. Empezó a quitarse la ropa a manotazos. Haruhi le imitó con algo más de calma, lo cual irritó tanto al otro que acabó desnudándola con sus propias manos.

-Joder, Haruhi, mantente a la altura de las circunstancias –musitó, mientras peleaba con su sujetador.

-¿Qué quieres decir? – preguntó ella, con la voz temblorosa por las sacudidas que provocaban sus forcejeos.

-Que podías poner más de tu parte, teniendo en cuenta que voy tan caliente que me estoy evaporando –sonrió, triunfal, cuando consiguió deshacerse del último trozo de tela que separaba a Haruhi de la desnudez total.

Haruhi sabía que iba a responderle algo brillante. Pero el placer que sintió cuando la besó en el pecho le costó la pérdida parcial de memoria, y una carencia total de vocabulario.

Cerró los dedos en torno a los mechones húmedos de cabello de él, empujándolo contra su cuerpo. Kyouya descendió y ascendió, besándola y mordiéndola. El pelo se le pegaba a la cara, y tenía un brillo febril en los ojos.

Y, de repente, se detuvo. Miró a Haruhi, su lengua todavía apoyada en el vientre de ella.

-¿Qué? –jadeó ella. Kyouya suspiró, frunció el ceño con resignación y apoyó la barbilla en su cadera.

-Me parece que no va a poder ser. Lo siento mucho.

-Pero… ¿por qué?

-Sencillamente, porque no se me levanta.

Incredulidad, sorpresa y orgullo herido pelearon por el primer puesto en el ranking de emociones inmediatas de Haruhi. Al final ganó incredulidad.

-Venga ya.

-Es cierto, debe ser por el alcohol. Lo siento – Haruhi gimió, tapándose los ojos - ¿Te encuentras bien?

-¿Tú que crees? A ti te da lo mismo, has echado el freno y punto, pero yo me he quedado con las ganas.

Kyouya miró al frente, pensativo. Tres segundos después, Haruhi sintió que le separaban las piernas con decisión.

-Tienes razón –dijo Kyouya, sonriendo malévolamente – Te he dejado en un estado de insatisfacción total. Pues, por el orgullo de los Ootori, voy a poner remedio a esto.

Haruhi iba a preguntar qué demonios iba a hacer, pero decidió cerrar la boca y relajarse cuando él se acercó a su entrepierna. Cerró los ojos y se arqueó contra él, mientras lamía sus recovecos al rojo blanco. Agarró las sábanas, temblando, apretando los labios.

Él sujetaba sus piernas abiertas, acariciando el interior de seda de sus muslos de vez en cuando, sin detener el húmedo estímulo con que la estaba torturando. Recordando un párrafo particularmente interesante de una de las novelas rosas de Mei, decidió poner en práctica lo que había leído. Se separó de la femineidad palpitante, llevando una mano a la entrada de ella, introduciendo uno de sus largos dedos, con máximo cuidado.

Haruhi abrió los ojos de golpe, mientras una ola inmensa trepaba por sus muslos y rompía en su pecho. Gritó, o creyó gritar. Sus entrañas se retorcían, su vientre se convulsionaba. Tenía el estómago tan encogido de placer que creía no poder soportarlo. Comenzó a murmurar un galimatías medio suplicante medio apremiante.

-Kyouya… porfavorporfavorporfavor… más rápido… más… Kami-sama… Kyouya…

Él, accediendo a sus súplicas, aumentó la velocidad de sus dedos, trazando circunferencias sinuosas, lamiéndola de nuevo, hasta que Haruhi empezó a gemir más alto, prolongando sus sollozos, hiperventilando.

Estallando, finalmente, ardiendo en las llamas del éxtasis, renaciendo de las cenizas del sopor post-orgásmico.

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El agua helada de la ducha la hizo sentir como si se estuviera quitando una piel vieja, rompiendo sus maltrechas formas para emerger con un exoesqueleto nuevo y brillante.

Kyouya todavía dormía en el salón. Haruhi le había puesto, no sin esfuerzos, unos pantalones de pijama de su padre. No era prudente dejarle desnudo para que se lo encontrara Ranka al venir del trabajo. Haruhi ni siquiera estaba segura de que el vestirle fuera a evitar una bronca paterna. Y, definitivamente, no iba a librarse de un montón de miraditas suspicaces.

Se puso a preparar el desayuno, mirando el reloj de vez en cuando. Tal y como esperaba, a las 7:40 am Ranka hizo su aparición.

-¡Haruhiii! ¡Papá ya está en casa, cielo! –dejó los tacones en el recibidor. Parecía cansado, pero su sonrisa no decaía.

-Antes de nada, tengo que decirte que… -empezó Haruhi, pero su padre no estaba escuchando.

-Humm… -musitó, comiendo un poco de tortilla – El tamagoyaki está buenísimo. ¿Me podrías llevar un poco al salón? Y algo de té y sopa de miso también. Ah, y quizá…

Haruhi cerró los ojos, esperando la bronca inminente.

-¿Qué está haciendo Kyouya-kun aquí?

Definitivamente, había suspicacia en su voz, pero también una desconcertante calma. Sería porque era Kyouya, y no Tamaki, quien estaba durmiendo en el salón.

-Verás, anoche…

-Puedo explicárselo yo, Ranka-san – dijo Kyouya, con la voz ronca.

Parecía dolerle la cabeza. Haruhi dejó a su alcance un par de aspirinas y un vaso de agua. Kyouya bebió un buen trago antes de tomarse las pastillas. Ranka esperó pacientemente.

-¿Y bien? –dijo.

-Anoche tuvimos una pequeña fiesta, y debido a un complot que estaba destinado a ser una simple broma, acabé bastante ebrio. No me sentía en condiciones de enfrentarme a mi padre en ese estado. Espero que sepa disculparme por obligar a Haruhi a hospedarme en un momento tan… embarazoso.

"-Y el Oscar es para…" –se dijo Haruhi.

-¡Pero Kyouya-kun! –exclamó Ranka, emocionada hasta la catarsis - ¡Por supuesto que puedes acudir a nosotros en estos casos! ¿Verdad, Haruhi?

-Claro, senpai –dijo ella.

-Gracias, Haruhi –dijo él, sonriendo de un modo arrebatador – Intentaré agradecértelo como es debido.

-¿Qué tal si me perdonas un cuarto de mi deuda?

-Ya buscaremos una forma que nos vaya bien a los dos.

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Ya me imagino en qué compensación estás pensando, Kyou-chan. Pervertidillo… En fin, estos dos siguen sin mojar. ¿Cuándo conseguirán superar la disfunción eréctil de Kyouya? (es broma, de disfunción eréctil nada, menuda estamina que tiene el niño). Bueno, nos vemos en el siguiente. Review!!