memi_cullen, algunos de ustedes deben de aber leido antes mi historia, la cual se llama, Beso de Cadaver, la cual deje avandonada, perooooo! espero volver a tomar, porque creo que la señora inspiracion a vuelto a la carga en mi cabezita, ahora les dejo cuatro noches de pasion.

Disclaimer: la historia no me pertenece, ya que es un libro con el mismo nombre "Cuatro noches de pasion" de Helen Bianchin me enamore de esta historia en cuanto la lei, si quieren leer el oriiginal los invito, ya que creo que les encantara. al igual los personajes son exclusivamente propiedad de Stephanie Meyer, !grande Stephanie¡, y ahora cualquier cosa, si no les gusta oooo si tienen algun problema al yo reescribir esta historia aganmelo saber, sin mas que decir les dejo connnn!!!:


CUATRO NOCHES DE PASIÓN

Su chantaje la había obligado a convertirse en su amante

Capítulo 1

-Bajo de inmediato -dijo Isabella a través del teléfono interno.

Acto seguido recogió el bolso de noche, las llaves y bajó en el ascensor al vestíbulo donde la esperaba su hermano.

Mike tenía veintinueve años, dos años mayor que ella. Los hermanos no eran muy parecidos: Mike de cabello rubio y ojos azules, Bella cabello azabache y ojos de un particular tono chocolate hechizante, ambos eran de una palidez casi enfermiza. Él, más alto que Isabella, que era más bien menuda.

-Vaya –alabo Mike cuando la miró con admiración.

Ella le dirigió una sonrisa afectuosa.

-Amor fraternal, ¿eh?

El vestido en tono rosa moldeaba su esbelta figura, los finos tirantes enseñaban una piel satinada y el fruncido en diagonal de la falda insinuaba unas hermosas piernas torneadas. Una bufanda de gasa del mismo color y unas discretas joyas completaban el conjunto.

-Estás sensacional.

Isabella lo tomó del brazo.

-Vamos a comernos el mundo.

La fiesta benéfica de esa noche era un prestigioso evento cuyos invitados formaban parte de la alta sociedad de Sidney. La fiesta se celebraba en la sala de baile de un famoso hotel de la ciudad y era una de las múltiples veladas anuales a las que asistían Isabella y su hermano en representación del padre. Hacía ya dos años que un infarto le había obligado a retirarse prematuramente de sus actividades profesionales y de la vida social.

Cuando llegaron, los invitados ya se encontraban en el vestíbulo central y ella dirigió una experta sonrisa a los conocidos, deteniéndose para saludar a un amigo mientras elegía un vaso de agua con hielo de una bandeja que le ofrecía un camarero.

Cumplir con los detalles sociales era algo que ella hacía muy bien gracias a su educación en colegios privados. Un año en Francia había añadido finura, elegancia y brillantez a su preparación para la vida en sociedad. Los Swan-Dwyer formaban parte del grupo de élite y el padre se sentía muy orgulloso de su posición.

Mientras que a temprana edad Mike había sido preparado para ingresar en la vasta empresa Swan-Dwyer, Isabella decidió dedicarse a la gemología y al diseño de joyas tras haber obtenido el título necesario y haber practicado con un renombrado joyero. En la actualidad empezaba a ganarse una buena reputación profesional por su esmerado trabajo.

La sala de baile estaba acondicionada para acomodar a mil invitados y se rumoreaba que había habido una lista de espera para las cancelaciones de última hora.

-Hay algo que quiero hablar contigo.

Bella miró a Mike, examinó su expresión y evitó fruncir el ceño al notar una cierta rigidez en su mirada.

-¿Ahora? -preguntó despreocupadamente.

-Más tarde.

No podía ser nada serio, de lo contrario lo habría mencionado durante el trayecto a la fiesta.

-Querida, ¿cómo estás?

La suave voz femenina iba unida a una cálida sonrisa cuando se volvió a saludar a la modelo alta y esbelta que la miraba afectuosamente.

-Rosalie -exclamó con una mirada luminosa.

Las dos habían asistido al mismo colegio y compartido muchas cosas al cabo de los años se volvieron buenas amigas-. Estoy bien, ¿y tú?

-Mañana vuelo a Roma, luego a Milán y más tarde a París.

Isabella dejó escapar una risita divertida.

-Una vida dura, ¿en?

Rosalie sonrió.

-Pero interesante -aseguró-. Tengo una cita con un conde italiano en Roma. Un heredero adinerado y además divino.

Los maravillosos ojos azules-grisáceos de Rosalie chispearon divertidos y Isabella rió moviendo la cabeza de un lado a otro.

-Eres perversa.

-Esta vez va en serio. Me va a presentar a sus padres.

-Diviértete.

-Lo haré, pero en Italia -declaró mientras besaba cariñosamente la mejilla de la castaña

-Cuídate.

-Siempre lo hago.

Muy pronto se abrirían las puertas del salón y los invitados ocuparían sus asientos. Habría discursos, y luego los camareros se afanarían sirviendo la cena.

Bella tenía hambre. Su almuerzo había consistido en un yogurt y una fruta que había comido mientras realizaba los quehaceres de casa del fin de semana.

Mike conversaba con un hombre que parecía ser uno de sus socios. Isabella bebió un sorbo de agua fría mientras se preguntaba si debía unirse a la conversación.

En ese preciso momento, sus sentidos se alertaron y paseó la mirada por los invitados.

Sólo había un hombre capaz de alterar su equilibrio.

¿Un instinto innato? Como fuera, era una locura.

De todos modos echó una mirada a la familiar cabeza con cabello color bronce y sutilmente despeinado y supo que su instinto había acertado.

Edward Cullen. Un hombre de negocios de éxito, uno de los nuevos ricos de la ciudad... y un castigo personal para ella.

Nacido en Nueva York, de padres inmigrantes españoles, se decía que había vivido en los barrios bajos de la ciudad luchando por sobrevivir en las calles y que había hecho una temprana fortuna por medios de dudosa legitimidad.

También se rumoreaba que se había arriesgado a unos niveles que ningún hombre sensato se habría atrevido. Y esos riesgos le habían reportado una fabulosa suma de dinero.

Sumida en su fascinación, notó que se volvía hacia ella, murmuraba algo a su acompañante y luego se acercaba.

-Isabella.

Su voz baja, profunda y casi desprovista de acento, tenía el poder de producirle escalofríos en la espalda.

Era alto, de constitución atlética, tez blanca, mucho más pálida que ella, cabello de color bronce y parecía que no conocía la peineta, ojos verdes y una boca tentadora.

Una boca que había saboreado brevemente la suya el día que, desobedeciendo a su padre, había persuadido a Mike para que la llevara a la fiesta. Tenía dieciséis años y las hormonas en pleno desarrollo. Una sensación de lo prohibido combinada con el deseo de jugar a ser mayor se convirtió en una mezcla peligrosa. Un hermano entregado a lo suyo, una copa de vino demás, un joven que intentaba llevarla por mal camino... y fácilmente habría podido perder el juicio. Salvo que en ese momento intervino Edward Cullen, materializado de la nada, puso orden en el asunto y luego le enseñó con precisión de lo que tenía que cuidarse cuando decidiera coquetear despreocupadamente. Más tarde, llamó al hermano y en unos cuantos minutos los embarcó a casa en el coche de Mike.

Habían pasado once años de aquel fatídico episodio, diez de los cuales Edward había pasado en Nueva York haciendo su fortuna.

Sin embargo, ella aún conservaba en la memoria el vivido recuerdo del beso que le había dado.

En Edward Cullen se mezclaba un cierto salvajismo con una evidente sensualidad. Una combinación peligrosa que atraía a mujeres de quince a cincuenta años.

Con apenas treinta años. Edward ya era un hombre inmensamente rico.

Había vuelto a Australia hacía un año y muy pronto se había transformado en uno de los miembros más importantes de la alta sociedad de Sidney. Solía recibir invitaciones a todas y cada una de las renombradas reuniones sociales que se celebraban en la ciudad. Era selectivo a la hora de aceptarlas, pero sus donaciones para obras benéficas eran legendarias.

Los hermanos Swan-Dwyer también eran asiduos a esas fiestas benéficas, en gran medida en representación del padre enfermo. Era algo que ella aceptaba de buen grado y siempre con una fachada de cortesía.

Sólo ella sabía el efecto que Edward ejercía en su persona. Nadie podía notar su pulso acelerado ni el nudo en el estómago ante su sola presencia, ni como una mirada a su boca sensual le hacía hervir la sangre en las venas al recordar nítidamente el modo en que una vez esos labios se habían posesionado de los suyos.

Once años. Un beso todavía tan vivido. Un beso que se convirtió en la medida de los otros besos que le siguieron en esos años. Pero ninguno había sido como aquel, por mucho que ella intentara convencerse de que era un engaño de su memoria.

Había ocasiones en que pensaba que aceptaría una de sus invitaciones para satisfacer su curiosidad. Pero siempre algo, como un conocimiento innato del peligro, se lo impedía.

Las invitaciones de Edward y sus continuos rechazos se habían convertido en un especie de juego amable que ambos aceptaban.

A veces se preguntaba qué haría el si alguna vez lo sorprendía aceptando una invitación.

-Edward -saludó Isabella al tiempo que devolvía con ecuanimidad su mirada apremiante.

-Mike –saludó Edward. Por un segundo, ella creyó advertir una muda señal entre los hombres, pero luego descartó el pensamiento pensando que era sólo una fantasía-. Parece que la velada será todo un éxito, ¿no os parece?

La fiesta de esa noche se celebraba con el fin de recaudar fondos para proveer de equipos de vanguardia a un ala especial del hospital pediátrico de la ciudad.

Sin duda allí había muchos invitados con auténtico interés por colaborar en una obra benéfica.

Sin embargo, para la gran mayoría se trataba de un encuentro social en que las mujeres competían en glamour intentando superar a las demás con sus vestidos de diseño y costosa joyería, mientras los hombres aprovechaban para hacer negocios bajo la excusa de alternar en sociedad.

Edward Cullen no entraba fácilmente en ninguna de esas categorías y ella no tenía ningún interés en catalogarlo. De hecho, hacía cuanto podía para fingir que no existía, pese a los intentos de Edward por convencerla de lo contrario.

El podía tener cualquier mujer que quisiera. Y probablemente lo hacía. Su fotografía solía aparecer en las páginas sociales de numerosos periódicos y revistas, inevitablemente junto a una mujer sensacional pegada a su lado.

Era un hombre que inspiraba respeto y admiración en una sala de juntas y además, según se murmuraba, poseía el talento de enloquecer a una mujer en su dormitorio.

Algunas mujeres se habrían superado a sí mismas ante el desafío de domesticarlo, sin importarles demasiado lo que durara la experiencia. Pero Isabella no era una de ellas. Sólo un loco se aventuraría a desafiar al diablo sin salir quemado.

-Si me perdonas, necesito saludar a alguien -dijo.

Una frase muy utilizada, pero cierta. Siempre había amigos que saludar para escapar de su presencia.

Aunque Mike hizo un gesto de protesta, Edward se limitó a inclinar la cabeza. Lo que no le ayudó en absoluto porque pudo sentir los chispeantes ojos verdes clavados en su espalda mientras se alejaba.

«Debes superarlo», se dijo a sí misma antes de integrarse en la conversación que mantenía un grupo de amigos.

Más tarde, Mike se unió a ella.

-No había razón para que desaparecieras –dijo en tono desaprobador.

-Edward Cullen puede ser un regalo para los ojos, pero no es mi tipo.

-¿No?

-No -declaró con una sonrisa que intentó mantener en los labios mientras se aproximaban a la mesa que les correspondía-. ¿Sabes quiénes se sentarán junto a nosotros? -preguntó en tono ligero en tanto se acomodaba en uno de los cuatro asientos vacíos y a la vez saludaba a los otros seis invitados que ya estaban sentados.

-Ya están aquí.

Bella alzó la mirada... y se heló.

Edward Cullen acompañado de Tanya Denali, modelo conocidísima en los ámbitos de la alta sociedad.

¡No! El grito silencioso retumbó en el interior de su cabeza.

Ya había sido demasiado admitir su presencia y conversar con él unos minutos, pero compartir la mesa con él durante toda una velada era demasiado.

¿Lo había organizado Mike? Bella deseó despotricar contra él y preguntarle el porqué. Pero no era el caso de hacerlo sin atraer la atención de los demás.

Si Edward se sentaba junto a ella se pondría a gritar.

Desde luego que lo hizo.

Isabella murmuró un saludo cortés con una leve sonrisa fingida.

Era muy consciente de su proximidad, del leve aroma de su ropa y de su exclusivo perfume masculino.

Sin embargo, era el hombre mismo, su potente virilidad y la fuerza primitiva que exudaba lo que hacía estragos en sus sentidos.

Se consoló pensando que sólo serían unas pocas horas. Todo lo que tenía que hacer era beber un poco de vino, comer los tres platos obligatorios y conversar amablemente. Seguro que podría hacerlo.

Sin embargo, su sistema nervioso estaba alerta a cada movimiento que él hacía.

-¿Más agua?

Había llenado la copa de Tanya y en ese momento se ofrecía a llenar la suya.

-No, gracias.

Su copa estaba medio vacía, pero no iba a permitir que la atendiera.

¿Se dio cuenta de su reacción? Probablemente. Edward era demasiado astuto como para no notar que la insoportable cortesía de ella indicaba que no quería nada de él.

Unos camareros de uniforme sirvieron el primer plato con eficacia profesional y ella, ya sin apetito, se dedicó a remover con el tenedor la comida artísticamente presentada.

-¿El marisco no es de tu agrado? –preguntó Edward levemente divertido, con su característico tono cansino. Ella lo miró con ecuanimidad, casi inclinada a negar para ver qué haría a continuación, aunque lo adivinaba. Probablemente llamaría al camarero e insistiría en que le cambiaran el plato-. Sí, te gusta.

La respuesta afirmativa la sorprendió.

-¿Tienes el poder de leer los pensamientos? -inquirió, agrandando deliberadamente los ojos.

-Es uno de mis talentos -replico Edward con una leve sonrisa.

Isabella no se dignó a hacer un comentario y deliberadamente se concentró en el contenido del plato, aunque sin poder asegurar si había imaginado haber oído una débil y ronca risita.

Era el hombre más insoportable e irritante que jamás había conocido. Pero no se atrevió a preguntarse por qué. Al menos eso era lo que siempre se decía cuando la imagen de Edward se apoderaba de su mente... demasiado a menudo para su paz mental.

Era imposible escapar de ese hombre. Siempre estaba allí, una presencia constante en los medios de comunicación, celebrando un exitoso trato de negocios o escoltando a una renombrada personalidad femenina en una o en otra reunión social.

Ella mencionaba con frecuencia al magnate de los negocios en un tono casi reverente.

Esa noche Edward Cullen había decidido invadir su espacio personal y a ella le contrariaba su manipulación, lo odiaba por elegirla como objeto de su diversión.

Bella bebió un sorbo de vino y deliberadamente se puso a charlar con Mike. Claro que cuando el camarero retiró los platos ya había perdido el hilo de la conversación.

-Tengo entendido que tu especialidad es la gemología.

-¿Conversación cortés, interés genuino o un intento por aliviar el aburrimiento?

-Digamos que lo segundo.

-Las piedras preciosas que se obtienen en el campo de la minería y búsquedas no sistemáticas en terrenos ya explotados son las más caras. Para un diseñador de joyas es más placentero trabajar ese tipo de gema dado que en ellas se aprecia la evolución de la naturaleza. Cortar las gemas de tal manera que se pueda sacar el máximo de partido a su belleza se convierte en un desafío personal para el profesional que intenta que el diseño y el engarce reflejen el óptimo potencial de la gema.

Un completo estudio de gemología la había llevado a sentir una verdadera pasión por el diseño de joyas.

Edward observó el modo en que su boca se suavizaba y su mirada se iluminaba. Y se sintió aún más intrigado por esa mujer.

-¿No estás a favor de las piedras sintéticas o de la bisutería?

-Son inmensamente populares y tienen un buen mercado.

Él le sostuvo la mirada.

-Eso no responde a mi pregunta -dijo al tiempo que pasaba un dedo por la delicada joya con un diamante que lucía en la base del cuello-. ¿La hiciste tú?

Era una pregunta retórica porque se había dedicado a estudiar los diseños de Isabella sin que ella lo supiera y cada una de las piezas le era familiar.

Ella se sobresaltó al sentir el roce en su garganta y odió ese gesto de familiaridad casi tanto como la reveladora calidez que le recorrió las venas

Si hubiera podido le habría lanzado a la cara los hielos de su copa. En cambio, se obligó a responder con calma:

-Sí, así es.

Una mujer podría extraviarse en la oscuridad de esa mirada profunda que evidenciaba una cálida sensualidad y una promesa de infinitas delicias.

-Cena conmigo mañana.

-¿La invitación obligatoria? -preguntó automáticamente-. No, gracias.

Edward esbozó una sonrisa.

-¿El rechazo obligatorio? ¿Porque mañana tienes que lavarte el pelo?

-Puedo sugerir algo más original.

-¿No quieres cambiar de idea?

Isabella le dirigió una serena sonrisa.

-¿Qué parte de la negativa es la que no comprendes?

Edward volvió a llenarle de agua la copa. La manga de la chaqueta rozó el brazo de Bella y el estómago le dio un vuelco.

En ese momento, los camareros comenzaron a servir el plato principal y ella bebió un sorbo de vino para calmar los nervios. Era consciente de cada uno de los movimientos de Edward, consciente de su poder bajo el fino traje de Armani y del aura peligrosa que proyectaba sin el menor esfuerzo.

Otras dos horas, tal vez tres. Entonces podría excusarse y marcharse. Si Mike se quería quedar ella llamaría un taxi.

Bella respiró con calma y miró el contenido de su plato. Ciertamente que la comida tenía un aspecto delicioso, pero su apetito se había desvanecido.

Más tarde, tras los acostumbrados discursos, sirvieron el postre y el café.

Para su sorpresa, fue Mike quien manifestó el deseo de marcharse alegando un dolor de cabeza y Isabella de inmediato se levantó, se despidió amablemente de los ocupantes de su mesa, y siguió a su hermano al vestíbulo.

-¿Te encuentras bien? -preguntó. Mike estaba pálido, demasiado pálido, y ella frunció el ceño mientras se dirigían a los ascensores-. ¿Dolor de cabeza? ¿Quieres que conduzca yo? -volvió a preguntar al tiempo que extendía la mano mientras él sacaba de un bolsillo las llaves del coche.


Dejen algun rewiev, si no e smucha molestia porfiiii!!!!