Límite
La puerta se abre de par en par, y James la atraviesa como un azote. Encuentra a Sirius sentado en el suelo, pintando su escoba de los colores de Gryffindor. Le está dando la primera capa de pintura roja mientras tararea We can work it out, de los Beatles. No levanta la cabeza hasta que James da un portazo, y Peter esquiva la puerta de puro milagro.
-Hola, tíos –saluda despreocupadamente, y continúa pintando.
A James sólo le falta emitir un gruñido. Se acerca a él con dos zancadas y tiene que cogerle del cuello de la camisa con las dos manos por la maldita manía de su amigo de pasearse por el colegio con la camisa abierta. Tira de él, enfurecido, y le obliga a medio incorporarse, pero no le permite ponerse en pie del todo.
-¡ERES UN PUTO INCONSCIENTE! –brama, sus ojos echando chispas.
-Por Merlín, ¿tanta violencia sólo por eso? Venga, suéltame y nadie saldrá herido.
James le zarandea. Sirius comienza a sentirse realmente irritado.
-¡Que me sueltes, coño!
-¡¿PERO ES QUE NO TE DAS CUENTA DE LO QUE LE HAS HECHO A REMUS?!
El cerebro de Sirius se detiene un momento a considerar la respuesta. Veamos. En primer curso le desordenaba los libros, porque le encantaba ver cómo los colocaba por orden alfabético en la estantería. En segundo curso casi le decapita pasando con la escoba a toda prisa sobre su cabeza. En tercero…
-¡¡SIRIUS!!
-¡Yo qué sé, tío! –intenta deshacerse de las manos de James, que continúan tirando del cuello de la camisa y le asfixian, pero no lo consigue.
-¡Has traicionado a Remus! ¡¡Se lo has contado a Snape!! ¡A SNAPE!
Oh, sí, es cierto. El asunto de Snape. Se le ha calentado la boca y ha terminado explicándole cómo seguir a Remus, esperando que el lobo le dé su merecido. Pero también recuerda haber visto a James correr para detener a Quejicus en cuanto lo supo. De todos modos, no cree a ese maldito slytherin capaz de seguir a Lunático hasta más allá del Sauce Boxeador. Y, si lo hubiera hecho, seguramente James habría llegado a tiempo.
-No es tan grave.
Esta vez sí, James gruñe, de pura rabia, justo antes de empujar con fuerza al otro chico, que trastabilla con el cubo de pintura y termina en el suelo. El mismo color rojo con que pintaba la escoba mancha ahora su ropa. James casi desearía que fuese sangre.
-Pueden expulsar a Remus –explica, mucho más calmado. Contenido-. Snape lo ha visto transformándose. Lo ha visto…
Toda la rabia que siente Sirius hacia su amigo en ese momento se apacigua, porque el corazón le da un vuelco y no tiene tiempo para nada más que sentir cómo se hunde en una fosa que él mismo ha cavado. De repente, la idea del lobo atacando a Quejicus para que éste salga corriendo no le parece tan divertida, porque Remus está en un grave apuro, y es por su culpa. Por su maldita culpa.
Sonríe. Es su autodefensa. Sonríe de forma altiva para levantar los muros que lo rodean y lo protegen. Después levanta la vista hacia su amigo, quien, pese a la situación real, no puede evitar sentirse como si fuese él quien estuviera mirando hacia arriba. Es el aura de los Black.
-Si ese hijo puta se atreve a hacer cualquier cosa que pueda perjudicar a Lunático –comienza, en un claro tono de amenaza-, te lo juro, tío: lo mato.
James suspira. Sus hombros se relajan, y mueve la cabeza en señal de desaprobación. Parece cansado.
-¿Sabes cuál es el problema, Sirius? Que Remus no necesita un Snape para que le joda la vida. Para eso ya estás tú.
La expresión guerrillera del otro chico se esfuma. Abre unos ojos como platos al recibir la verdad que, contundente como es, duele. Es la primera vez en su vida que se queda sin palabras, y cree que lo recordará eternamente. No será capaz de olvidar esa sensación que parece golpear su cara y agarrarle el corazón con una mano helada.
-Sirius Black, crees que no existe el límite. Lo has pasado tantas veces que ni siquiera lo recuerdas.
Y no hay nada más cierto.
