Fase 4; La desesperación

-¡No vuelvas a decir semejante estupidez en mi presencia!

-¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Qué diablos te pasa!

Franz le agarró el cuello de la camisa, quedando sus caras de frente.

-Escúchame muy bien. Tú vida es muy importante, no puedes darte el lujo de hablar así antes de tiempo…

-Por qué te alteras tanto… sólo fue un comentario- Albert lo miraba sorprendido y confundido a su vez.

-Prométeme una cosa… pase lo que pase, tú seguirás adelante. No importa lo mal que estés, no importa si todos te dan la espalda o se ponen en tu contra pero no debes darte por vencido. Lucha por ti y tu felicidad, entiendes?- mas que una orden, su voz sonaba suplicante y eso su amigo, pudo notarlo.

-Pero qué estás diciendo Franz. Cálmate, no te pongas así.

-Sólo… sólo hazlo- ahora era él quien agachaba su cabeza. Sentía sus ojos húmedos y no quería que Albert lo viera así. Se separó de él rápidamente.

El moreno no entendía aquella reacción. De hecho, ésta había sido de las pocas veces que lo veía así, cosa que le pareció un tanto extraño ya que generalmente era él mismo quien sufría esos ataques nerviosos.

Franz se dirigía hacía su silla para alejarse un poco de él cuando, para su sorpresa, su mano es tomada, logrando detenerlo.

-No te enojes. He tenido ya suficiente en tan poco tiempo y verte así ahora no lo soportaría- el muchacho se aferraba a su amigo como si éste estuviera por irse lejos- soy un egoísta, lo sé. Siempre hablo sin pensar en los sentimientos de los otros y tú siempre eres uno de los mayores perjudicados pero yo… no quiero ver sufrir a los que quiero por mi culpa. Lo siento.

-Descuida- dijo con una voz seca y carente de sentimiento.

-Oye- suspiró resignado- no es necesario que tengas que acompañarme. Puedes irte si quieres. Después de todo, este es un asunto que yo mismo debo resolver.

Sin pensarlo, Franz volteó y todo lo que tenía guardado, todo lo que sentía y quería decirle, lo transmitió a través de un fuerte beso. Era la primera vez en su vida que besaba con sentimiento y no por mero placer o compromiso. Pero bastaron unos instantes para que la razón le susurrara que debía detenerse, que lo que estaba haciendo estaba mal, que era su amigo y que sus sentimientos no eran correspondidos. Se separó lentamente, con dificultad.

Le siguió un silencio profundo que reinó en todo el lugar. Ninguno hablaba, ninguno se movía… Albert lo miraba pero sus ojos no parecían denotar rechazo ni enfado.

El rubio, por su parte, no sabía que hacer o decir ante aquella situación. ¡Qué estaría pensando Albert ahora? ¿Lo odiaría?

No podía culparlo.

-Yo... yo no quise. Discúlpame- fueron aquellas palabras de arrepentimiento las que rompieron el hielo. Sin embargo y para su sorpresa, no fue desprecio sino más bien una sonrisa la que obtuvo a cambio.