Pareja: Kai&Takao

Advertencia: Shounen –ai

"Pensamientos"

–Diálogos.

EL ZORRO

–Kaily Hiwatari–

Continuación...

&&&Kai&Takao&&&

Ante los ojos del bicolor, apareció el Teniente acercándose a esa mesa con el soldado Boris. Ya estaba tan sólo a dos personas de la cola para llegar por fin a la mesa.

El Teniente tomaba asiento mientras que Kai se preguntaba dónde había estado el pelirrojo en su larga ausencia. Algo le decía que no le iba a gustar la noticia.

–Siguiente –escuchaba decir mientras daba dos pasos para avanzar un poco en la cola y volverse a detener.

El joven de ojos azules solamente lo miraba con astucia, debía de pensar muy bien en sus pasos. Tenía que burlarse de Kai aprovechando su cargo. Después de todo, no se revelaría ante él siendo una persona de su rango, la cual podía castigarle sin piedad. Le quitaría a Takao en sus propias narices porque algo le decía que ese flacucho sentía cierta debilidad por ese ángel.

–Siguiente. –anunciaba el soldado.

Ya decidiría sobre la marcha lo que haría, pero sobre todo disfrutaría.

–Siguiente.

–Kai Hiwatari –dejó el dinero que tenía sobre la mesa. Esperó a ser apuntado para darse media vuelta.

–Kai, ¿verdad? –preguntó Yuriy, viendo cómo el otro detenía su marcha.

–Así me llamo. –Respondió sin moverse.

El más alto se puso de pie y caminó con lentitud hasta él para mirarle a los ojos. – ¿Nunca te han dicho que es de mala educación no mirar a tu superior a los ojos?

–Todo lo contrario, Teniente –contestó con franqueza.

–Mn... Antes has hecho el ridículo –empezó a caminar a su alrededor, en círculos.

–¿No me diga? –respondió con evidencia y un poco de sorna

–Sí –si las miradas pudieran atravesar, en ese momento la nuca de Kai hubiera dejado de existir por esa insolencia–. Si hubiese sido un duelo a muerte ahora mismo no estarías aquí. En ese aspecto has sido afortunado –le dijo a la cara, viendo la expresión del bicolor que parecía ser tranquila.

–En ese caso no hubiera cogido la espada, Teniente.

–Creo que hoy has dejado en ridículo a... tu prometido.

–Veo que ya le han informado.

–Oh, era sólo cuestión de tiempo. Tu prometido es un chico bastante atractivo como para pasar desapercibido ante los ojos de los demás.

–Teniente, con el debido respeto, ¿qué quiere de mí?

–¿De ti? No mucho, la verdad. Quizás decirte que no pararé hasta tener a Takao en mí poder –sonrió de forma frívola.

–Puede hacer lo que quiera, Teniente –pasó de largo de él–. Si me disculpa tengo cosas que hacer.

–No digas que no te lo advertí. –Se cruzó de brazos, viendo cómo el otro se subía en un carro lleno de mercancía y ordenaba con un chasqueo de lengua y las riendas en sus manos, que el caballo empezase a caminar–. Quien avisa no es traidor –susurró– ¡Soldados! –Se dio media vuelta– ¡En posición! –anunció.

&&&Kai&Takao&&&

Empezó a tocar la puerta con algo de insistencia y por ello le abrieron de inmediato.

–Joven Kai –pronunció el mayordomo al verle.

–Hola, ¿está el joven Kinomiya aquí?

–Desde luego, se encuentra en su habitación, ¿quiere que le llame?

–No, no será necesario, gracias –se dio media vuelta pero no para irse, si no para dar la vuelta a la enorme casa hasta dar con un ancho balcón de piedra blanca. Poco alejado de la ventana que no alcanzaba a ver del todo al estar justo debajo del balcón, se encontraba un gran árbol de hojas enormes y forma de pica. Se agachó para coger una piedra de poco tamaño que apenas pesaba, pero que si le serviría para hacer lo que tenía pensado. Se alejó varios metros para lanzar la piedra a la ventana.

Takao desde el otro lado, escuchó el pequeño golpe de la piedra al chocar en el cristal de la ventana. Estaba sentado en la cama y mirando a esa dirección. Estaba seguro de que era Kai y no estaba muy seguro de si en un momento así quería verle o no.

Dos pequeños toques en la ventana le indicaron que seguía tirando piedras para indicarle que saliera fuera.

–Va a romper el cristal –se dijo a sí mismo al saber que no pararía de hacer eso hasta que saliese fuera. Se puso de pie y abrió la ventana para salir el balcón. Más que una ventana parecía una puerta acristala, pero no lo era. Se encontró con que el otro joven iba a lanzar otra piedra cuando paró en seco– ¿Qué haces aquí? –se apoyó en el balcón.

–Quiero que me escuches y que bajes.

–¿Por qué debería? –miró hacia otro lado haciéndose el ofendido.

–Venga Takao. Sabes que no quería gritarte.

–No estoy tan seguro. –siseó.

–Sabes que soy así, no le des más importancia.

–Pues no me hubieses gritado –le dio la espalda apoyándose en el balcón.

–No te comportes como un crío. ¿Quieres que te pida perdón otra vez?

–No estaría mal para empezar –se dio media vuelta–. De rodillas. –exigió.

–¿Qué? Ni hablar de eso –contestó orgulloso, cruzándose de brazos sin perder de vista al chico.

–Pues si no es así, no aceptaré unas disculpas de tu parte. No sólo por haberme gritado, sino por haberme mentido a mí y lo más importante, a tu propio padre. –dejó claro esto último.

–Mn... Ni sé para qué he venido.

–Creo que para pedirme perdón, pero no resultará si no haces lo que te digo –sonrió burlón.

–Lo que tiene uno que hacer –susurró y con desgano se arrodilló–. Lo siento, y ahora baja –se puso de pie sacudiéndose el pantalón.

–Jajaja, menos de un minuto arrodillado. –contestó con gracia.

El bicolor se dio la vuelta–. Baja de una vez, tengo algo que decirte.

–Ya voy.

Había sido gracioso haber visto al orgulloso Kai de rodillas aunque hubiese sido por menos de un minuto, pero mereció la pena en ese momento. Salió de la habitación, bajando por las escaleras con algo de prisa por llegar al lugar en el que se encontraba el otro joven. Se lo encontró tumbado en el césped con los ojos cerrados y con la cabeza apoyada en el tronco del árbol.

–Vaya, ya te has puesto cómodo.

–¡Ja!¡ja! Muy gracioso –dijo abriendo los ojos.

–Bueno ¿de qué quieres hablarme? –preguntó curioso aunque con una sonrisa en los labios.

–Es sobre ese Teniente pelirrojo. ¿Qué piensas de él?

–Ah, pues... que es una persona persistente que trabaja para el comandante y que te ha dejado en ridículo –contaba divertido.

–Takao, hablo en serio. He visto cómo te miraba y no me gusta.

–¿Eso son celos? –alzó una ceja y se sentó frente a él.

–Hablo en serio Kinomiya, no es de fiar.

–A mi madre le parece simpático.

Lo miró de inmediato, aunque con tranquilidad– ¿Ha estado aquí?

–Me ha traído hasta aquí en un carruaje.

–Ya veo –frunció el ceño–. Un soldado nunca deja de ser un soldado, así que ten cuidado.

–¿Estás preocupado por mí?

–Yo sólo te aviso –desvió la mirada.

–Pues no tienes de que preocuparte, me las arreglo yo solito.

–Pues no parecía eso hoy en el mercado –cerró los ojos despreocupado, sintiendo sus mejillas arder por el sol.

–¡Ja!, lo tenía todo controlado, además, ¿qué sabrás tu? –Infló las mejillas–. Cambiando de tema. ¿Qué opinas de ese enmascarado?

–¿Cuál?

–El que al parecer según comentaban hoy unas chicas, salvó anoche a un campesino de un ladrón de caballos.

–Pienso que hizo algo bueno. ¿Y tú?

–Pues... que de ser así es alguien valiente, es decir, todo lo contrario a ti –sonrió–. Aunque no sé porque irá enmascarado.

–Quien sabe, podría ser para que no lo reconozcan.

–Es posible.

Abrió los ojos de golpe y más rápido se puso de pie.

–¿Qué pasa? –le preguntó el joven Kinomiya sin parar de seguirle con la vista.

–¡Tengo que ir corriendo a mi casa! ¡Judy me dijo que necesitaba la harina para el pan y que no le quedaba! ¡Me dará un buen tirón de orejas! –Echó a correr– ¡Adiós!

–¡Adiós! –Se puso de pie–. Hay que ver qué mala cabeza tiene y lo tranquilo y orgulloso que es.

&&&Kai&Takao&&&

En el cuartel general...

–Bien hecho, Teniente –le felicitó al ver las monedas dentro de un cofre–. Mis felicitaciones en su primer día aquí.

–Comandante –le hizo una reverencia–. Todos han contribuido sin hacer escándalo, tal y cómo esperaba. ¿Cuál será mi próxima intervención?

–El gobernador.

–¿El padre de Takao Kinomiya?

–Vaya, ya veo que se ha informado.

–He hecho algunas indagaciones en el pueblo. ¿Para qué necesita al gobernador?

–Verá, necesitamos munición, pólvora. –aclaró–. Sin la firma del gobernador nada sale y entra a este pueblo.

–Pensaba que aquí gobernaba el ejército, después de todo obedecen sin replicar.

–En cierto modo mandamos más que el propio gobernador, pero todavía consta en los archivos de California como el mandamás en esta tierra. El problema es que ese hombre es un pacifista, odia las guerras. Así que lo tendremos algo difícil para obtener tan valiosa firma por su parte. Es hábil, no firma nada si no lo lee antes, eso es lo que absorbe mis pensamientos –le explicaba cuando vio la risa de su compañero– ¿Algún plan?

–Puedo hacer que lo firme, no se preocupe. Sólo dígame la hora del acuerdo y dónde están los papeles. Además, creo que echaré un vistazo y alguien se alegrará de verme –sonrió.

&&&Kai&Takao&&&

El Teniente no tardó en idear su plan, sólo faltaba ponerlo en marcha. Se estiró un poco su chaqueta para crear mejor presencia y tocó a la puerta. De inmediato fue atendido por un mayordomo que lo guió hasta el despacho del señor Kinomiya donde se encontraba el mismo.

Esa casa era enorme y llena de riquezas, se notaba que no estaba en una casa cualquiera. El señor de la casa por su parte se encontraba en el despacho cerrando una carta con la cera caliente de una vela y marcando con un sello la inicial de la familia. El hombre aparentaba tener unos treinta años de edad aunque era mucho más viejo. Se conservaba muy bien dado que nunca había ejercido un trabajo muy duro en el campo. Sus ojos eran grandes y de color marrón, su cabello no muy largo de color azul y sus vestimentas eran las más apropiadas para un señor de su alcurnia. La gente le tenía respeto y cariño aunque ya no ejerciera del todo como gobernador.

La puerta del despacho era tocada con suavidad–. Adelante –ante sus ojos apareció su mayordomo.

–Señor, tiene usted visita –le anunció.

–¿Quién es? –preguntó interesado ya que no esperaba a nadie.

–Un Teniente.

–Hágale pasar por favor –le pidió amablemente. El mayordomo tras una reverencia le pidió al pelirrojo que pasase a la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

–Señor gobernador –caminó hacia la mesa.

–Buenas tardes caballero –se puso de pie, estirando la mano para recibirlo con cortesía.

–Buenas tardes –le estrechó la mano–. Teniente Yuriy –se presentó–, vengo en representación del ejército.

–Ya veo. Por favor, tome asiento. Le pedía a la vez que se sentaba– ¿Qué puedo hacer por el ejército?

–Pues verá –sacó los papeles enrollados y atados con una cinta roja de sus ropajes–. Me gustaría que le echase un vistazo a estos papeles. Se los entregó en mano, en cuanto el joven de cabellos azules la extendió para ver que contenían.

El hombre no tardó en quitar ese lazo y en desenrollar el papel para comenzar a leer–. Esto es... –dejó de mirar los papeles para mirar directamente al Teniente–. Si pretende que firme esto está equivocado –soltó los papeles sobre la mesa, los cuales se enrollaron solos.

–¿Puedo saber por qué no es posible? –arqueó una ceja, era más que obvio que Brooklyn ya le había avisado, pero aún así, no se iba a dar por vencido.

–No me gustan las armas. Son destructivas y no traen nada bueno. Lo siento pero no puedo firmar algo así.

–¿Ni siquiera por una buena causa?

–¿Cómo dice?

Yuriy miró a los alrededores, asegurándose de que nadie más se encontraba en la habitación. Con lentitud se aproximó más a la mesa para poder hablar en tono más bajo–. Nos ha llegado cierta información confidencial. Y no debería decirle esto pero... si no nos son proporcionadas las armas, esta gente estará en peligro.

–¿Qué tipo de peligro? –preguntó curioso esperando con ansias la respuesta.

–Una guerra –susurró alargando la palabra.

–¿Una guerra? Perdone –se alejó del pelirrojo y con un tono de voz normal le dijo–. Pero en los años que llevo aquí jamás ha estallado una guerra.

–La habrá. –garantizó–. Todo parece indicar que el próximo punto clave será este pueblo. Señor con el debido respeto... He estado en guerras, no por nada tengo mi rango y este uniforme. He visto morir a gente inocente, gente amiga y enemiga... familiares. La guerra es algo terrible. El ejército lo que pretende con su ayuda es poder salvar esta gente. Piense esto, sin su ayuda le estamos entregando este pueblo en bandeja. La gente de aquí sufrirá, poco a poco irá muriendo y todo porque un gobernador no quiso la entrada de armas a este pueblo para proteger a sus campesinos. ¿Desea que sea recordado así? –le explicaba con lentitud. El gobernador estaba enmudecido pero tan sólo faltaba la guinda del pastel–. Les arrebatará la posibilidad de seguir vivos, incluso su hijo morirá porque no tendrá con qué defenderse, ni tendrá quien le defienda. Eso sería toda una tragedia de la cual sólo me atrevo a mencionar pero no a pensar –habló de lo más trágico.

–Takao –susurró.

–Usted decide.

Kinomiya miró el tintero y la pluma dentro de éste que estaban a su derecha en el amplio escritorio. Yuriy le seguía los movimientos con la mirada, esperaba el momento ansioso.

Su mano izquierda se encargó de extender el papel mientras con la mano derecha se encargaba de sacar la pluma del tintero. El pelirrojo gozó en el momento que veía firmar esos papeles.

–Bueno –metió la pluma en el tintero y enrolló los papeles–. Aquí los tiene –se los extendió.

–Señor, habló en nombre de este pueblo por adelantado al darle las gracias por su colaboración al hacer de éste un sitio seguro –se puso de pie.

–Yo no quisiera que por una acción mía los pueblerinos sufrieran.

–Ya no lo harán gracias a usted –le aseguró, viendo cómo se ponía de pie–. Pero... no le cuente esto a nadie. Ni siquiera a su familia. Recuerde que este asunto es confidencial y no queremos que nadie arme un escándalo.

–Oh sí, lo comprendo y tiene mi palabra de que no diré nada.

–Bien, en ese caso he de retirarme.

–De acuerdo, le acompañaré hasta la puerta.

Los dos empezaron a caminar escaleras abajo, sin prisas. Y gracias a ello Yuriy consiguió captar un sonido maravilloso. Se detuvo en las escaleras y miró en ambas direcciones, intentando averiguar de dónde provenía ese agradable sonido.

–¿Se oye una maravillosa melodía o es mi cabeza que me juega buenas pasadas? –le preguntó al gobernador.

–Si lo que escucha es el sonido de un violín, debe de ser mi hijo Takao.

–Vaya, no sabía que Takao tocase el violín.

–Lo hace para expresar sus sentimientos y hoy al parecer debe de estar contento –sonrió.

–¿Puedo verle tocar? –ante la mirada confusa del mayor, sólo atinó a decir–. Me encanta el violín. Si no hubiese dedicado mi vida al ejército me hubiese dedicado a tocar ese instrumento tan armonioso.

–Bueno, a Takao no le gusta ser observado... –no le dio tiempo a finalizar la frase ya que fue interrumpido por el más alto.

–Sólo será un minuto. Ni se dará cuenta de que estamos ahí, soy muy silencioso –sonrió.

–Está bien. Venga conmigo. –añadió.

&&&Kai&Takao&&&

La puerta que estaba entreabierta era lentamente abierta por el gobernador quien lo hacía de forma cuidadosa para evitar que su hijo se diera cuenta de que era observado.

Los dos nuevos presentes eran testigos de cómo Takao tocaba el instrumento de cuerda dándoles la espalda, mirando por la ventana que tenía frente a él. Yuriy disfrutaba en silencio de esa manera de tocar. No entendía de violines y tampoco era que le gustase con exageración el instrumento, pero ahora cambiaba la cosa.

Sus ojos no podían dejar de mirar, sus oídos de escuchar y no se podía mover, parecía estar hechizado y más aún cuando empezó a examinar aquello que le interesaba. Su mano fue llevada a su boca, pasándose una y otra vez la yema del dedo índice por el labio inferior, pensativo y con una ceja enarcada sin dejar de mirar el bien formado trasero del joven. Deseaba poseer al joven con locura. Sonrió de forma confiada y se centró de nuevo en la música.

Justo en ese momento con una nota final se finalizó la melodía. Unos aplausos inesperados por parte de Yuriy, hicieron que el joven de cabellos azules diera un respingo del susto dándose media vuelta. Sus ojos no creyeron lo que vieron, el Teniente aplaudiendo con su típica sonrisa y a su padre al lado de éste.

–¡Bravo! –siguió aplaudiendo–. ¡Jamás mis oídos se habían deleitado con algo tan hermoso! –hizo una reverencia en cuento dejó de aplaudir–. Perdonad mi atrevimiento al estar aquí, pero simplemente no pude evitarlo. –El joven de cabellos azules caminó hasta el estuche del violín y lo guardó silenciosamente–. Sé de buena tinta que no os gusta tocar cuando hay gente delante.

–No vais mal encaminado –le respondió con algo de pesadez. ¿Qué hacía otra vez ese pesado ahí? Y encima no le quitaba la vista de encima– ¿A qué debemos el honor de su visita Teniente?

–Negocios –colocó sus brazos detrás de la espalda y juntó sus manos, sin perder detalle del menor.

–Comprendo. Bueno, si me disculpa. –agregó el menor.

–¿Te vas?

–Sí, tengo trabajo que hacer. Con su permiso –pasó de largo agradeciendo al cielo que se lo había quitado de encima. Seguía entrando en un estado de felicidad, cuando una voz le quitó esa ilusión.

–Te acompaño, así te hecho una mano –se ofreció el joven pelirrojo. Lo miró con interés, viendo cómo Takao ni siquiera se movía. Así que no podía ver cómo se mordía el labio inferior con desesperación.

–No es necesario –contestó. Miraba a su alrededor buscando una excusa mejor.

–Oh, insisto –fue la respuesta de Yuriy quien miró al gobernador–. Ha sido un placer conocerle. Ahora si me disculpa.

–Vaya tranquilo y envíele al Comandante saludos de mi parte.

–Así lo haré –sonrió y caminó hasta Takao–. Cuando quieras –le invitó así a que se marchase a sus quehaceres.

Lo único que pasaba por la cabeza del menor era librase de ese pelirrojo, ahora no sabía qué hacer. El sólo tenía pensado irse a la calle y esperar pacientemente a que el otro se marcharse. El otro parecía ir orgulloso y tranquilo a su lado pero sobretodo seguro. Eso lo ponía aún más nervioso.

–Pareces distraído, Takao.

–¿Eh? Ah, no –lo miró por unos segundos–. Sólo pensaba –ahora le hablaba de nuevo con confianzas en lugar de hablarle de usted.

–¿En qué?

–Pues... he perdido algo y no sé dónde lo he puesto.

–A veces ocurre –estaban fuera de la casa y seguían caminando– ¿Hacia dónde nos dirigimos?

–Oh, ya lo verá –no sabía qué decir hasta que las palabras del joven de ojos azules pronto le darían la solución.

–¿Qué es esa choza que se ve a lo lejos? –preguntó interesado.

Miró a esa dirección por unos segundos–. Es un antiguo establo.

–¿Quieres decir que ya no hay animales en él?

–Hay algunas gallinas, pero mayormente se usa para guardar leña. "Eso es". Pronto podrá verlo, vamos allí.

–Estoy ansioso por verlo.

Siguieron el sendero que llevaba hasta ese desértico lugar. Era algo tan ridículo que Yuriy torció la boca hacia un lado en señal de desagrado. Comparado con esa majestuosa casa eso no pegaba. Juraría que si el viento soplaba un poco fuerte esa caseta volaría sin más.

Takao se había adelantado a abrir la pequeña puerta roída de madera para entrar. De inmediato se dio cuenta como dentro del cercado había una pequeña alambrada en la que había seis gallinas y un gallo. Era el único sitio en el que había paja, lo demás era hierba y flores, como todo a su alrededor. Un gran tronco con un hacha clavada y unos palos sin cortar era lo que pudo ver a parte de a un Takao remangarse las mangas de la camisa y dispuesto a coger el hacha. Él sólo se cruzó de brazos, nada mejor que ver a Takao sudar. Con suerte puede que le viese el torso desnudo.

Un primer hachazo correcto, un palo partido de inmediato. Así que no vaciló en coger otro pero con algo de lentitud, no convenía cansarse mucho.

–¿Tienes otro hacha? –preguntó Yuriy.

–Me temo que no –respondió sin mirarle.

El pelirrojo no se movió de su posición, pero sin embargo algo le estaba llamando la atención. Miró a su alrededor y colocó una de sus manos bajo la barbilla.

–¿Qué hay dentro de la caseta?

–La leña –contestó dando un hachazo.

–Ya veo –sonrió con malicia. La posibilidad de ver el torso desnudo del menor era algo provocante y exclusivo, algo que no podía dejar escapar con facilidad. Pero la idea que le cruzaba en mente iba a ser algo que le podía dar una mejor oportunidad y eso no lo iba a desaprovechar–. Espero que me disculpes, pero el deber me llama –se acercó a él.

–Lo comprendo –soltó el hacha unos segundos para coger los palos partidos, pero, tan sólo había apoyado las manos en la madera, cuando sintió las manos del otro sobre las suyas. Con rapidez lo miró. ¿Qué se suponía que estaba haciendo ahora?– ¿Ocurre algo?

–Estás manos –las cubrió con las suyas y las levantó un poco–. No deberías de castigarlas así. Son tan suaves y delicadas...–abrió un poco sus manos para poder ver esas delicadas manos–... Incluso...–agachó un poco la cabeza y comenzó a rozar esas manos en una de sus mejillas–... Parece algodón –desvió un poco las manos para pasar a besarlas.

Ante ese acto, Takao actuó con rapidez, soltando sus manos de ese agarre antes de sentir los labios del otro posarse sobre su piel.

–Je, jejeje –escondió sus manos tras su espalda– Se le hará tarde, Teniente.

Sonrió–. Sí. Volveremos a vernos. Hasta entonces, Takao –le guiñó el ojo.

–Adiós, Teniente –sonrió algo nervioso.

Poco a poco el Teniente se fue alejando y Takao relajando, hasta finalmente sentarse. Se miró las manos, no tenían nada de especial o al menos así lo veía él. Aunque ese Teniente le daba inseguridad, le gustaba escuchar esas palabras que sólo iban dirigidas a él. Nunca le habían dicho cosas tan bonitas, ni siquiera Kai a pesar de ser su prometido. Esas palabras tan deseadas para él, nunca saldrían de un chico tan reservado como lo era el bicolor. Pero todo sería más fácil si las cosas fueran así.

–Quítate esas esperanzas de la cabeza Takao –se dijo él mismo.

Mientras él tenía esos pensamientos, un pelirrojo desde su carruaje veía cómo el lugar de hace un rato estaba aún más deprimente y solitario que cuando el joven de cabellos azules lo llenaba. ¿Dónde estaba el joven de cabellos azules? ¿Se habría marchado? Quizás estaba dentro de esa caseta dejando leña. No lo sabía con certeza. Lo único que sabía con certeza era lo que haría esa noche.

&&&Kai&Takao&&&

Un manto negro de estrellas cubría el cielo. Una leve brisa hacía mecer las hojas de los árboles. El tocar de los grillos indicaba que era una noche tranquila. Todo el mundo dormía o eso era lo que parecía.

En la lejanía un jinete comenzó a ver una luz anaranjada que iba creciendo poco a poco en la oscuridad. Sin pensárselo dos veces, ordenó a su caballo que comenzara a correr.

Por otro lado el cacareo de las gallinas hizo que Takao abriera los ojos. La habitación estaba oscura, aún era de noche. Se restregó los ojos para asegurarse de que esos cacareos no eran producto de su imaginación. Un extraño y asfixiante olor hizo que se sentase en la cama de golpe.

–¿Pero qué...? –se preguntaba sin dejar de olfatear hasta que sus sentidos se agudizaron lo suficiente para distinguir de lo que se trataba. Con rapidez y sin miramientos se retiró las sábanas de cualquier manera, y al hacerlo algo le llamó la atención. ¿Por qué podía ver a través de las cortinas algo anaranjado?

Sin perder tiempo se dirigió hasta la ventana y retiró las cortinas quedando impactado al ver cómo el antiguo establo estaba ardiendo en llamas.

Tardó unos segundos en procesarlo todo en su cabeza y de inmediato fue a buscar ayuda.

A medida que la gente iba despertando y bajando escaleras abajo. Cundía el pánico cada vez más y más, pero la mayoría se quedaron paralizados al ver cómo la caseta se iba consumiendo sin control y se iba cayendo a pedazos. Las gallinas estaban desesperadas por encontrar una salida en esos amasijos calientes de hierros.

En unos árboles más al sur se encontraban varios soldados con sus caballos vigilando la escena.

El Teniente que era el cabecilla del grupo veía cómo la casa era destruida y podía ver cómo todos actuaban según sus planes. No hacían nada por evitarlo.

–¿Entramos ya señor? –preguntó uno de sus subordinados.

–Aún no –contestaba si perder de vista la escena. De repente se dio cuenta de que Takao estaba hablando con su padre, el gobernador negaba con la cabeza y como resultado el joven abría corriendo la puerta de madera que daba paso al antiguo establo. Eso la verdad no lo había planeado, quizás Takao intentaría apagar el fuego y eso no podía suceder–. Adelante –ordenó con sutileza sin gritar, dándole un pequeño golpe con el talón al caballo hasta hacerlo correr. Los demás le siguieron de enseguida.

A la vez que los soldados se acercaban por un lado, un misterioso jinete se acercaba por el bosque, sin tomar un camino, sino dirigiéndose a ese montón de llamas.

La gente veía cómo en ambas direcciones se acercaban personas que no esperaba. Ni siquiera en esos momentos estaban pendientes al fuego o a tan siquiera a que Takao estuviera intentando liberar a las gallinas medio asfixiadas de su jaula. Sino más bien atónitos por ver al ejército a un lado y a un hombre que escondía su rostro por un antifaz negro, su cabello por un sombrero y su cuerpo por una enorme capa del mismo color, por otro lado. Tanta mirada atónita se perdió en el momento en el que Takao los sacó de su embobamiento.

–¡No os paréis, apagad el fuego! –consiguió abrir la pequeña puertecilla de alambre y las gallinas que no habían perdido el rumbo de la orientación, no hizo falta tener que decirles que salieran.

Tanto el señor como la señora Kinomiya ordenaron a sus sirvientes que llenaran cubos de agua para poder apagar el fuego, mientras que ellos comenzaron a echar tierra a dos manos para intentar apagarlo de alguna manera.

–¡Señor gobernador! –fueron las palabras de Yuriy quien desmontó del caballo con rapidez, siendo imitado por sus hombres. El gobernador sólo miró unos segundos hacia atrás, para volver su vista al frente al saber de quién se trataba sin dejar de hacer su tarea– ¿Qué ha sucedido?

–No lo sé, mi hijo me llamó diciendo que el establo estaba en llamas.

–¡Soldados, ayuden al gobernador en todo lo que necesiten! –ordenó quitándose su chaqueta. Hacía demasiado calor y él quería demostrar su musculatura ante el joven Kinomiya, que por cierto, ¿dónde estaba? Miró a su alrededor hasta dar en el blanco.

Estaba sentado de rodillas en el suelo, intentando en vano sacar una gallina que al parecer había fallecido por asfixia dentro de la alambrada. Pero eso no era lo único que podía ver. Un hombre vestido de poca manera usual estaba desmontando del caballo y aunque el joven de cabellos azules seguía con su labor, no podía dejar de mirar a tan misterioso hombre que vestía todo de negro excepto por su camisa blanca.

Ese personaje se agachó a la altura de un Takao curioso que no dejaba de mirarle y le retiró las manos que estaban dentro de la alambrada, para adentrarlas él en su lugar. Como podía ver ahora, ese personaje llevaba unos guantes negros que parecían algo recios y eran de largos hasta la mitad del brazo.

En sus manos sacó la gallina muerta y la depositó en el suelo. Takao miró al animal con lástima y lo recogió en sus manos poniéndose de pie. La persona desconocida le imitó en el movimiento salvo que ésta vez caminó hasta el fuego. Yuriy quería saber quién era esa persona y porqué estaba ahí. Rápidamente se dio cuenta de que estaba echando tierra al fuego, pero eso de poco servía.

Los soldados permanecían inmóviles en sus puestos, ninguno estaba ayudando a esa familia y eso al hombre enmascarado no le daba buena espina.

–¡En lugar de estar parados deberíais buscar agua! –ordenó una voz grave y llena de decisión, proveniente de ese desconocido.

–¿Quién sois vos para dar una orden a mis soldados? –preguntó Yuriy enfadado.

–¡Supongo que si estáis aquí es para ayudar y no para mirar cómo se consume lo que queda en pie! –le contestaba desde la distancia.

Los dueños de esa propiedad se quedaron mirando sin dejar de hacer sus cosas. Ese desconocido tenía razón, los soldados se mantenían alejados y el Teniente solamente se había quitado una chaqueta.

Yuriy gruñó por lo bajo y de inmediato dio una orden– ¡Soldados! ¡Busquen agua y ayuden a apagar este fuego! ¡Ahora!

Se escuchó un ¡Sí, señor! unánime y todos echaron a correr en busca del agua mientras se cruzaban por el camino con los sirvientes de la casa que de inmediato empezaron a echar agua.

–Esto no servirá –decía el extraño siendo escuchado por Takao el cual estaba tirando el agua del cubo.

–¿Qué sugerís que hagamos? –preguntó Takao, dispuesto a escucharle.

–Sábanas húmedas para apagar el fuego de las hierbas y cubos de agua para lo demás. No se pierde nada con intentar dividir el fuego en pequeños focos para poder apagarlo más fácilmente. –le explicó.

–¿Y cómo lo haremos señor enmascarado? –preguntó Yuriy con burla.

–Puede que con palos de hierro como el de las horcas.

–Ya entiendo lo que queréis hacer –contestó el joven de cabellos azules.

–Pues entonces no perdamos tiempo. –contestó el enmascarado.

Poco a poco la casa se iba cayendo a trozos, así que aprovechaban ese momento para coger con las horcas esas maderas en llamas, retirarlas un poco y poder echarles agua. Otros con sábanas que ya no servían para nada salvo para hacer trapos de limpiar, iban mojándolos en los cubos para acto seguido echarlas sobre la hierba que estaba empezando a arder, provocando así que ésta se apagase.

Todos ayudaban sin excepciones. Todos tosían de vez en cuando y tenían algunas manchas en la cara o ropa. Tardaron un poco en poder apagar el fuego principal ya que tuvieron que echar varios cubos de agua a la vez para hacer mayor fuerza y así ir reduciéndolo todo a menos.

–Menos mal –dijo uno de los presentes.

–No ha quedado nada –confesó con temor Takao.

–Pudo ser peor –habló el enmascarado–. Si se hubiese extendido por el bosque no sé qué hubiésemos podido hacer. –su mirada seguía fija en la caseta.

–Pero por fortuna no ha sido así –le dijo Yuriy–. No sé quien ha podido causar tal destrozo.

–Alguien que sólo posee maldad en su corazón –al salir esas palabras del desconocido, tanto su mirada como la de Yuriy se cruzaron.

–No hay gallinas, todas han huido y no ha quedado apenas leña, ¿cómo saldremos adelante? Era todo lo que teníamos –dijo la señora Kinomiya afligida, sintiendo cómo su esposo la rodeaba en un abrazo.

–Volvamos a casa, intentaremos conciliar el sueño. Mañana limpiaremos este desastre. –le explicó el esposo.

–No se preocupe, señor gobernador –no le quitaba la vista de encima al desconocido que tenía en frente–. El ejército se ocupará de todo. Éste tranquilo por ello.

El joven de cabellos azules caminó unos pasos para ponerse frente a ese hombre vestido de negro y no supo si era por casualidad o no, pero en ese momento el hombre desvió la mirada hacia el suelo.

–Gracias señor.

–No tiene importancia.

Takao agachó un poco su cabeza, buscando la mirada del otro, pero sólo consiguió que el individuo mirase hacia un lado.

–¿Tenéis nombre? –se atrevió a preguntarle.

–He de marcharme –hizo una reverencia y emitió de sus labios un silbido un tanto peculiar y de los árboles salió un caballo que iba al encuentro de su dueño.

–Un momento –ordenó con tranquilidad el Teniente. Lo que provocó que el que se iba se detuviera– ¿A qué viene tanta prisa? Veréis, en este pueblo se comenta que hay un forajido que sólo sale por la noche y que tiene una vestimenta un tanto peculiar. ¿Sois vos?

–¿Qué le hace pensar, eso Teniente? –se dio media vuelta.

–No os metáis en asuntos que no os conviene y mucho menos imitéis al ejército. Claro, que siempre podéis alistaros. Seriáis bien recibidos y vuestra identidad, sea cual sea, sería protegida. ¿Qué me respondéis? –preguntó con una sonrisa interesada.

–No soy el perro de nadie –se cruzó de brazos.

–¡Moderad vuestro lenguaje sino queréis que os corte la lengua por esa represaría contra el ejército!

–Os hago saber que no he mentido y mantengo mis palabras.

–¡Je! No me habéis dejado otra opción. ¡Soldados, arrestadle! –ordenó, apuntando hacia el del sombrero con su dedo índice. Dos de los muchos soldados se adelantaron y desenfundaron sus espadas. El enmascarado ya veía el por venir, así que cogió a Takao del brazo y lo alejó un poco, ya que estaba bastante cerca de él y acto seguido volvió a la misma posición de antes, esperando a los soldados.

–¿Sabéis? No está bien la desigualdad, así que...–se hizo la capa a un lado y desenvainó una espada, y apuntó hacia los dos soldados–. Esto está mejor, ¿no? –adoptó una posición de combate y en cuanto vio al primer soldado acercarse, no tardó en contestarle con la espada, deshaciéndose de él con calma pero con rapidez y sin dejarlo herido, sino más bien dándole una advertencia. El segundo intentó defenderse mejor que su compañero pero el adversario giró sobre su posición con tanta rapidez, que cuando el soldado quiso darse cuenta de lo que estaba ocurriendo estaba siendo enviado al suelo de una patada– ¿Alguien más? –preguntó con burla.

–¡Soldados! –volvió a ordenar.

Uno tras otro iban cayendo y Yuriy observaba sus movimientos. No parecía tener ningún punto débil, y de una manera rápida y magnifica, pero sin perder el control, se iba quitando los soldados de encima. La verdad es que lo hacía de una forma tan brillante pero absurda para un soldado, que hasta daba vergüenza ver a más de un soldado tirado en el suelo por una simple patada en el trasero o porque les había dejado sin arma. A más de uno le soltó el cinturón de un solo corte y claro, ya vigilaban más el que no se cayeran los pantalones al suelo debido a que había jovencitas presentes y no querían quedar en evidencia.

Yuriy se estaba desesperando, ya no le quedaba ningún soldado en pie. Incluso ellos mismos por su afán por demostrar ser mejor ante su Teniente, chocaban entre ellos dándose un cabezazo y cayendo al suelo.

–Maldición –pronunció Yuriy en voz baja. Sus ojos se fueron rápidamente al joven Kinomiya y vio lo pendiente que estaba a ese combate–. Se va a enterar ese idiota –avanzó unos pasos hasta ponerse frente a su oponente y desenvainó su espada–. Te advierto que no será nada fácil librarte de mí –declaró orgulloso.

Los dos empezaron a andar en círculos sin perder la vista uno del otro hasta que rompieron la distancia para empezar a combatir. El choque de las espadas era lo único que se podía escuchar, se podía ver cómo caminaban hacia delante y hacia atrás sin dejar de pelear.

–No lo hacéis nada mal para ser un novato en esto de la espada.

–Eso es un cumplido viniendo de usted, Teniente –comenzó a aumentar el ritmo de la batalla de tal manera que Yuriy comenzó a retroceder porque no sabía por dónde le vendría la espada y eso lo ponía nervioso– ¿Estáis cansado? Porque aún esto no ha empezado.

–¡Ja! ¡Ya quisierais! ¡Peleáis tan mal como una mujer y sois tan bruto como un animal! –bramó.

–Eso es lo que os gustaría.

El pelirrojo empezaba a fatigarse aunque no lo diera a demostrar, así que iba a terminar rápido con ese juego. Con su mano libre empezó a buscarse el bolsillo trasero de su pantalón en busca de su pistola–. Decidme, ¿por qué habéis provocado este incendio? –preguntó para despistar.

–Sabéis de sobra quién es el causante de ésta tragedia.

–¿Insinuáis que yo sé quién está detrás de esto?

–No, insinúo que estáis detrás de esto –vio la pistola asomar y con un rápido movimiento que fue marcado por un corte en la mano, hizo que el Teniente soltase contra su voluntad el arma y que ésta cayera al suelo–. Nt, nt, nt. No seáis tramposo, Teniente.

–Vaya, tenéis la astucia de un zorro y la rapidez de una serpiente. –confesó.

–Y ya me estoy hartando de esto –con un solo movimiento de espada, se deshizo de la espada del Teniente, que salió de inmediato volando por los aires. Enseguida le apuntó con la espada al cuello, pinchándole para que no se moviera–. No os mováis o de lo contrario os dolerá –anunció. Empezó a silbar de esa forma tan peculiar y el caballo no tardó en acercarse a su dueño. Fue bajando lentamente la espada hasta la altura del pecho y allí hizo un rápido corte de izquierda a derecha, seguida por una diagonal hacia la izquierda y después otro corte de izquierda a derecha. No tardó con rapidez en montarse en el caballo de un salto, aunque no dejó de apuntar al Teniente con la espada.

–Joven –miró a Takao, quien lo miraba sorprendido–. Antes me preguntasteis por mi nombre, llamadme Zorro. –Cogió la rienda del caballo con una mano y dejó de apuntar con la espada al Teniente para meterla en su funda–. ¡Vamos Tornado, jia! –ordenó y el caballo empezó a correr como si de ello dependiera su vida. Yuriy se quedó congelado por unos instantes.

–¡Soldados, a por él! –gritó como nunca. Y los demás no podían dejar de mirar esa Z enorme que había grabada en su ropa– ¡He dicho a por él! –volvió a ordenar y ésta vez todos se montaron en los caballos y echaron a correr en la misma dirección que el Zorro.

–Teniente, ¿os encontráis bien? –preguntó Takao.

–No os preocupéis –contestó recogiendo sus armas del suelo y guardándoselas encima–. He dejado que se marche ésta vez, pero la próxima vez que se cruce en mi camino pagará con creces por lo que ha hecho. –siseó furioso–. Está a punto de amanecer, así que será mejor que descanses, Takao.

–Lo haré. Gracias por su ayuda, Teniente.

–No ha sido nada. Adiós –empezó a alejarse.

–Adiós.

Con pasos tranquilos pero furiosos, Yuriy caminó hasta su caballo y una vez montado en él, le dio tal patada que éste no se lo pensó dos veces antes de salir disparado.

Ese Zorro lo había humillado ante Takao, había ido en contra de sus planes y eso era algo que no estaba dispuesto a perdonar de ninguna de las maneras.

&&&Kai&Takao&&&

Al día siguiente los soldados estaban limpiando los restos de ceniza que quedaba y estaban construyendo una casa de madera bien reforzada. El Teniente Yuriy era el que estaba supervisando la construcción.

Takao que estaba cruzado de brazos al lado del Teniente, veía como con ayuda de las poleas podían subir la madera al tejado.

Por vigésima vez dio un paso hacia delante y por vigésima vez, Yuriy lo detuvo con suavidad al poner sus manos sobre los hombros del otro.

–Ya te he dicho que no es necesario. –le recordó Yuriy.

–Pero no puedo quedarme cruzado de brazos, Teniente.

–Eres muy impetuoso, Takao.

–No es justo que esté aquí de pie, parado, viéndoles trabajar cuando están construyendo una caseta para mí.

–Con más motivo. Si algo no te gusta, modifícalo a tu antojo. Mejor relájate. Ha sido una noche difícil para todos.

–Eso quisiera. –Caminando a lo lejos se podía ver una figura, que poco a poco se iba acercando a ellos–. Disculpadme un momento, Teniente –le aclaró Takao empezando a distanciarse de él. Takao conocía perfectamente esa figura, esa forma de caminar, todo lo tenía grabado en la mente. No había duda de que se trataba de Kai.

El bicolor miraba la escena con algo de nostalgia. En lugar de esa vieja caseta en la que solían jugar Takao y él de pequeños, ahora se encontraba los cimientos de otra más grande y mejor preparada.

–Hola, Kai –saludó.

Dejó de mirar esa escena para visualizar al joven de piel morena–. Una de tus sirvientas me ha informado de lo que ha ocurrido. Lo siento mucho, Takao.

–Sí, bueno. Yo estoy bien, quien está peor es mi madre.

–Sabes que cuentas con mi familia para lo que sea.

–Ya –sonrió–. Gracias.

–¿Se sabe quien fue?

–No, sólo confío en que el Teniente arreste al culpable y que lo interrogue.

–Lo haré –contestó éste a sus espaldas, haciendo que el menor se sorprendiera–. Confía en mí.

–Quizás...–continuó el bicolor–...os podemos dar alguna gallina para que no os falten huevos –Takao iba a abrir la boca para contestar, pero el pelirrojo se adelantó.

–No es necesario, he enviado a unos cuantos de mis hombres a por esos animales.

–Teniente, perdone mi curiosidad, pero ¿dónde guardaban tanta madera? –preguntó el blanquecino como si nada.

–El ejército tiene sus refugios militares. Claro está, que es alto secreto.

–Vaya, que suerte que el ejército goce de esos refugios y hayan podido solucionar este problema a tiempo. –anunció Kai más tranquilo.

–Sí, la verdad es que hace tres días hice el pedido.

–Comprendo –contestó –Voy al pueblo, ¿vienes? –le preguntó al menor.

–Takao debe de quedarse aquí, para vigilar que mis soldados estén haciendo lo correcto. –dejó en claro el Teniente.

–¿No estáis al mando? –preguntó Kai cruzándose de brazos.

–¡Je! –Takao estaba en medio de los dos, así que hizo a Takao hacia atrás y se puso frente al bicolor para susurrarle con odio. –No te conviene hacerme enfadar. Desaparece de aquí o haré que te arresten por cuestionar mis órdenes.

El bicolor tan sólo asintió y retrocedió un paso para poder ver a Takao–. Tengo que irme. Ya hablaremos.

–Está bien –respondió éste. Kai le echó una última mirada a su alrededor y empezó a alejarse.

–Es raro –confesó Takao.

–¿El qué? –preguntó haciéndose el despistado.

–Que Kai se haya marchado tan rápido. ¿Qué le habéis susurrado? –preguntó curioso.

–Nada en especial –le restó importancia–, pero volvamos para vigilar esa mano de obra.

–Claro –respondió sin mucho ánimo.

Continuará...

&&&Kai&Takao&&&

Gracias por sus reviews a:

Misaki: Hola Misaki. Quiero decirte que me alegra saber que te gustó el capítulo anterior aunque no me base en la película. Aún no se hacen mención sobre tus dudas, como el porqué a Kai no le gustan las armas y que pasó durante la ausencia del bicolor. Tienes razón, Takao ya tiene un pretendiente, un Teniente que no lo deja en paz y en cuanto a los celos, creo que en el primer capítulo Takao ya demostró que se pone un poco celoso cuando una dependiente le guiña el ojo al bicolor. Por lo pronto, el joven enmascarado hizo su aparición. ¿Qué pasará ahora?

Vampire Princess Miyu: Caray, jejeje, me dejas sorprendida. Yo solamente he visto la película y ya ni la recuerdo, jijiji. Pero si tú dices que capté el espíritu del personaje, pues supongo que llevaras razón, sólo espero no decepcionarte en ese aspecto. En cuanto a agradecerme porque escribí sobre tu pareja favorita, pues es de la única que escribo a decir verdad, jeje. Espero que hayas leído este capítulo y me digas si sigue el espíritu del personaje intacto o ya lo fastidié y lo cambié.

Wuonero: Hola Wuonero, pues respecto a tu duda te diré que con esa frase, el Teniente Yuriy tenía una idea en mente. Si Takao era libre de salir con quien quisiera, también otra persona se le podía declarar sin que le reprochara nadie. Yuriy iba con la idea de declararse ante él, por eso le dijo esa frase, ¿lo entiendes ahora? Bueno, si no fue así, me lo dices para explicártelo de otra manera.

Valery Hiwatakinomiya: ¿Yuriy se hizo muy pesado? Entonces genial, porque esa es la idea. Tiene que ser una lapa para el joven de cabellos azules. Lo que son las cosas, aparte de ser una lapa, ahora intenta ser un héroe frente a los ojos del joven de cabellos azules, pero le salió el tiro por la culata, jajaja.

Takaita Hiwatari: Hola hermanita, te mataré por la posdata... muajaja. Pues cómo ya has leído, sí, perdona a Kai, pero sólo porque éste se arrodilla. Y en cuanto a Yuriy, sigue igual de pesado que de costumbre y creo que ahora alguien está enfadado por su derrota, jijiji.

Zumolove: Bueno como ya ves, ya está aquí la actualización, a tan sólo unas horas de subir el capítulo, recibí tu review. No es que me hubiese olvidado de este fic porque sigo con la conti, pero si me dejaste intrigada por algo que pusiste. "Sólo espero que este realmente si lo acabes y no quede inconcluso como los otros" la verdad es que aquí me he perdido, porque todos mis fics los tengo terminados excepto éste y está en continuación... pero creo que te equivocaste con mi hermana Takaita, ¿o me equivoco? Bueno, no pasa nada, sigue disfrutando del fic.

Eso es todo por ahora, no olvidéis dejar vuestras opiniones, cuidaos mucho, xao.