Pareja: Kai&Takao

Advertencia: Shounen –ai

"Pensamientos"

–Diálogos.

EL ZORRO

–Kaily Hiwatari–

Continuación...

&&&Kai&Takao&&&

Unas semanas pasaron y el Zorro cada vez era más presente. Ya no había tanta delincuencia nocturna. Eso al Teniente le ponía histérico, ya que él contrataba a ladrones para que se hicieran con riquezas del pueblo ya fuera a base de dinero, piedras preciosas o múltiples cargamentos que sólo llegaban en la noche mediante carros de mercancías. Parecía que el Zorro vigilaba todos sus pasos y estaba dispuesto a ofrecer una recompensa por él.

–Teniente, ¿tan fuerte es ese Zorro que ni siquiera es capaz de detenerle? –preguntó el comandante Brooklyn quien estaba hablando con el Teniente en su despacho, sentados a la mesa.

–Es un hombre demasiado astuto y siempre echa a correr.

–Creo que esto se le escapa de las manos –comentó con suspicacia.

–No del todo. Tengo un plan en el cual el ejército no se manchará las manos para detenerle. Lo hará el pueblo–. Finalizó.

–Continúe –le puso atención desde su asiento.

–Todo es cuestión de triplicar los impuestos. Tenemos que hacer que este pueblo pase hambre.

–¿Y entonces?...

–Ofreceremos una recompensa a quien nos traiga el Zorro. Es algo tan tentador que nadie podrá pasarlo por desapercibido –sonrió orgulloso.

–Me gusta cómo piensa Teniente, pero, hará falta hacerle un retrato. Nadie sabe el aspecto que tiene salvo usted y sus hombres.

–Sí, no se preocupe. Le haremos una encerrona, pero para eso necesito a un fotógrafo de este pueblo y al imbécil de Henry.

–De acuerdo, haré que llamen a los dos y...–sonrió– ¿Qué os traéis entre manos?

–¿Con qué asunto? –preguntó confundido.

–Con Takao Kinomiya. ¿Intentáis conquistarle?

–Es posible. Sería un buen partido, tanto por su belleza como por su adinerada familia –se acomodó en la silla.

–Comprendo, pero creo que os aconsejé que no os acercaseis a ese joven. Está comprometido.

–El fantoche que tiene como prometido es igual a nada –aclaró con desprecio. En ese momento la puerta fue golpeada con suavidad.

–¿Quién será? –Preguntó Brooklyn–. Adelante –ordenó. Los dos vieron como se trataba del antes nombrado Henry, el ladrón que servía al ejército–. Henry –le sonrió–, justo ahora hablábamos de usted.

–¿En qué les puedo ser de ayuda? –preguntó el recién llegado.

–Deja que te ponga al corriente, querido Henry –habló Yuriy mientras empezaba a contarle el plan–. Si todo sale bien, recibirás tu merecida recompensa. Pero si... fallas de nuevo... no habrá segunda oportunidad, ¿entendido?

–Claro, dejádmelo a mí. – contestó.

–Eso está bien –dijo satisfecho el comandante–. Ahora, retírate.

–Sí, señor –dijo antes de salir de la habitación.

Tanto Teniente como Comandante se miraron y unas sonrisas cómplices se formaron en ambos labios.

&&&Kai&Takao&&&

La noche ya había caído, aunque no se podía ver ni una estrella en el cielo. Un carro de mercancías era detenido por un ladrón que tenía un pañuelo recio atado para tapar su nariz y boca. El dueño del carro levantó las manos hacia arriba ya que el ladrón le apuntaba con un arma.

–¿Qué llevas? –le preguntó interesado el ladrón.

–Agua –contestó la víctima un poco nervioso.

–Baja de ahí –le ordenó y en cuanto el otro tocó el suelo, Henry se subió al carro y ordenó a los caballos que empezaran a correr.

–Bien, sólo falta que ese Zorro aparezca –pensaba en alto tras unos arbustos Yuriy, el cuál miraba la escena con ansiedad, esperando con impaciencia.

Tras unos minutos, un soldado le puso en aviso–. Teniente, miré allí –Yuriy sólo tuvo que mirar hacia dónde apuntaba el otro con su dedo índice.

–Ya está aquí. –anunció para sí mismo con satisfacción.

Delante del ladrón apareció un caballo con un jinete vestido de negro.

–¿¡Otra vez tú!? –preguntó el ladrón. Estiró de las riendas para que el caballo se detuviese.

–No vas a dejar nunca de robar por lo que veo –comentó el jinete enmascarado.

–No, y esta vez estoy armado –le apuntó con la pistola–. Baja del caballo. –le ordenó.

–Faltaba más –se bajó con tranquilidad.

–Ahora camina hacia mí –volvió a ordenar sin dejar de apuntarle con el arma–. Ahí está bien. –avisó.

–Está perfecto –añadió el zorro. En un rápido movimiento, sacó un látigo que escondía enrollado dentro de una especie de cartuchera atada a su cintura por un cinturón y lo utilizó de tal forma, que el látigo quedó enrollado en el arma. Sólo tuvo que estirar con fuerza hacia él mismo para ver cómo la pistola se despedía de las manos de su propietario.

–¿Pero cómo? –preguntó el ladrón porque no daba crédito a lo sucedido.

–Tú y yo vamos a ir a hacerle una visita a la cárcel –advirtió. Desenvainó su espada–. Baja del carro. Ésta vez no te dejaré mi marca. Te he dado muchas oportunidades, pero al parecer no aprendes. Devolverás esto a su dueño y le pedirás perdón. ¿Está claro?

–Sí, señor –no tenía más remedio que obedecer.

–Soldados, ya sabéis lo que debéis de hacer –susurró Yuriy desde su escondite–. A sus puestos –ordenó el Teniente.

De repente el Zorro escuchó un ruido a su alrededor. Ese ruido no venía sólo de un punto, sino de varios. Así que comprendió de inmediato algo, iba a ser rodeado. Y efectivamente, varios soldados lo rodeaban formando un círculo mientras le apuntaban con armas.

Tras las piedras de ese pequeño monte rocoso, en los arbustos, detrás de los troncos de los árboles... miraba de soslayo hacia atrás, sin mover la cabeza. No había ni un solo hueco libre.

Inmediatamente escuchó un caballo acercarse a galope, no sabía porqué, pero apostaría su espada a que se trataba del Teniente.

Efectivamente, era él, pero no iba solo. A su espalda, en el mismo caballo llevaba al campesino que había sido asaltado, ¿qué significaba eso?

–¡Soo! –Yuriy detuvo al caballo–. Baje –le pidió sin miramientos al campesino que le extrañaba bastante la honradez del Teniente–. Soldados, no dejen de apuntar –les ordenó con tranquilidad mientras se bajaba de la montura del caballo. Con pasos despreocupados se acercó un poco hasta el Zorro y el ladrón. Sacó su espada y apuntó al ladrón que estaba totalmente desconcertado–. Por fin le hemos dado captura, soldados –les anunció con altanería.

El hombre enmascarado no le quitaba la vista de encima ni por un segundo. Cogió su espada con más precisión. Tenía que estar preparado para cualquier cosa.

–Pero que ven mis ojos, si es el Zorro. –Fingió sorpresa–. Al parecer esta noche vamos a tener suerte soldados. ¿Qué hacéis aquí? –le preguntó al enmascarado.

–Atrapar a este ladrón –le contestó con sequedad.

–Interesante. Otras veces creo que lo habéis dejado escapar, ¿no es cierto? –preguntó como si nada. Con un chasquido de dedos dos soldados se acercaron y cogieron a Henry de cada brazo para llevárselo–. Cómo veis, esta vez no escapará. Estará entre rejas, bajo la custodia de mis soldados. En la cárcel pagará por sus robos. Y tú... –alargó la frase.

–Yo –lo miró con seriedad analizando la situación en la que se encontraba.

–Sois el causante de dejar atados y con esa marca vuestra en el pecho a cada ladrón que se presenta por aquí he intenta robar mercancías. Es curioso, incluso empiezo a sospechar que tenéis algo que ver en todo esto. –Se aproximó unos pasos hacia él y vio cómo claramente el Zorro se ponía en posición de ataque–. No os mováis, no os conviene. –le aseguró–. Permaneced quietos u ordenaré a los soldados que abran fuego –notó cómo el contrario pareció relajar los movimientos–. Eso está mejor –sonrió con fanfarronería–. Decidme, ¿qué pretendéis conseguir con todo esto? ¿Una recompensa?

–Semejante proeza sólo podría venir de usted, Teniente –añadió con sarcasmo.

–¡Je! –agachó un momento la cabeza para morderse el labio inferior con rapidez. Le había dado un golpe bajo frente a sus hombres, lo acababa de llamar idiota en toda su cara – ¿Qué queréis entonces? –se atrevió a preguntar.

–Justicia.

–Entonces no entiendo el afán de protagonismo por vuestra parte. La justicia la tenéis aquí mismo, frente a vuestros ojos.

–Tenemos opiniones distintas –se cruzó de brazos.

–Mn... En vista de que habéis detenido al bandido –movió la mano hacia un lado y todos los hombres bajaron sus armas–. Os dejaré marchar, pero sólo esta vez. La verdad, no os lo merecéis y más aún al comportaros como una animal salvaje delante de un joven educado –se refería a Takao–. Podéis marcharos, pero la próxima vez que nos encontremos, no será un simple duelo de espadas.

El Zorro pasó de largo del pelirrojo–. Lo tendré en cuenta –silbó y el caballo fue en su busca. No tardó mucho en montar en el de un saltó– ¡Jia! –le dijo dándole un pequeño golpe con el talón. En cuanto se perdió de vista del Teniente, éste ordenó que el fotógrafo saliera de su escondite.

–Soldado, ¿se ha encargado de lo que le pedí?

–Sí, señor.

–Si la imagen no se ve clara, pídale a su compañero de habitación que lo retrate.

–Sí, señor.

–Bien hecho, ha hecho un magnifico papel –miró al ladrón que se liberó de las manos de los otros.

–¿Y mi recompensa? –preguntó impaciente.

Yuriy torció un poco los labios. La verdad se había ganado una recompensa, después de todo, el ejército se abastecía de todo aquello que él robaba–. Muy bien –sacó un pequeño saco del bolsillo interior de su chaqueta con algunas monedas. Se lo lanzó esperando a que lo cogiese en el aire y así lo hizo. El ladrón hizo sonar el saco, la verdad, sonaba y pesaba poco, así que lo abrió y como sospechaba ahí no estaba todo.

–Falta dinero. –aclaró.

–Lo sé –le contestó con tranquilidad–. Aún te quedan algunos pequeños trabajos por hacer para el ejército. Cuando los termines, tendrás el resto –aclaró con firmeza.

–¿Seguro? –preguntó enarcando una ceja.

–¿Cuándo te he mentido yo? –sonrió maliciosamente.

&&&Kai&Takao&&&

El joven Kinomiya se encontraba sentado en el suelo, sin dejar de mirar esa caseta que había sido edificada. Sus piernas estaban flexionadas, sus brazos cruzados sobre las rodillas y su cara descansaba en sus brazos. Tenía reflejada en su cara un aire de soledad, nostalgia. Aún creía ver a dos niños jugar al escondite en una caseta de mejor estado en sus recuerdos, donde la leña no les era de mucho estorbo para jugar en ese descampado rodeado de bosque y los caballos comían del pasto. En esos momentos había calidez y sueños, ilusiones... pero esta caseta, era fría, no desprendía el mismo sentimiento que la otra. Suspiró intentando que su añoranza se la llevase el tiempo.

Aunque nada volviese a ser como hace años, al menos el conservar el establo como antiguamente estaba, le hacía sentirse feliz. Pero por culpa de un incendio todo se había echado abajo.

No había una sola noche en la que no pensase en lo que había sucedido y en ese hombre misterioso. No lo había vuelto a ver después de aquel incidente, pero si sentir a los pueblerinos hablar sobre él. Al parecer se había encargado de detener a más de un ladrón de mercancías, lo cual era bueno, pero no podía evitar tener dudas. ¿Por qué? Esa era la palabra que resonaba una y otra vez en su cabeza. ¿Se estaba tomando la justicia por su mano? Si no era así, al menos eso parecía y ya empezaba a preguntarse si era casualidad o no, que apareciese justo el día del incendio. Les fue de mucha ayuda, es verdad. Después de todo, sin su ayuda, quizás las llamas se hubiesen extendido hacia el bosque.

Aún recordaba sus palabras. Él no sería ningún perro del ejército. Tendría problemas por esas palabras, seguro. Miró hacia la luna por unos segundos mientras pensaba.

¿Quién sería ese hombre? ¿Sería un extranjero? ¿Un pueblerino? ¿Lo conocería? La verdad es que no le dio tiempo a mirarle con atención como él hubiese querido, sólo tomó nota de que iba vestido de negro, con botas, sombrero, antifaz, camisa blanca, una capa y pudo comprobar que era un excelente espadachín de eso no tenía ni la menor duda.

Pero aunque habían pasado ya días, no se hacía ideas de muchas cosas. El tener algunas horas al Teniente Yuriy pegado a él, el que hubiese un hombre enmascarado haciendo el bien por ahí y la indiferencia de Kai. A uno no sabía cómo mantenerlo alejado y al otro no sabía cómo mantenerlo cerca.

Frente a sus ojos, una figura negra cruzaba tapando la luna, era algo que volaba. Muy pronto reconoció el sonido que emitió el ave. Era un búho. Lo siguió con la vista para no perder detalle y saber hacia dónde iría. Se dirigía a los árboles, ahí tendría su refugio seguramente, al parecer ahora planeaba para dejarse caer lentamente en algún sitio, al lado de algo brillante. ¿Algo brillante? ¿Qué haría algo brillante sobre la rama de un árbol?

Se puso de pie con trabajo. Iría a investigar qué era eso que brillaba. Salió del cercado y se dirigió con decisión hasta el árbol. Sentía el ruido de la hierba pisada a su paso y el cantar del búho. Al parecer andaba cerca, aunque no pudiese verlo. Ahí estaba todo un poco más oscuro, pero él seguía con la vista eso que tanto brillaba para que no se fuese a despistar y desapareciera. Era raro, juraría que por un segundo lo que fuese se había movido.

Entrecerró sus ojos para fijarse mejor, ¿qué era eso que colgaba hacia abajo? Paseó la vista hacia arriba, sorprendiéndose al ver la silueta de una persona sentada encima de una rama con los pies colgando. Retrocedió unos pasos sorprendido. Había alguien subido a la rama de un árbol, era tardísimo y oscuro. ¿Y si era un ladrón? Se agachó de inmediato para coger una piedra y apuntar hacia esa dirección.

–¿¡Quién hay ahí!? –preguntó, esperando respuesta, pero fuese lo que fuese, no se movía y no hablaba– ¡Os lo advierto, tengo buena puntería y no vacilaré en lanzar esta piedra! –decía lleno de decisión. Al parecer esas palabras causaron un efecto en ese "algo". Takao pudo ser testigo de cómo bajó de la rama, haciendo una acrobacia como si se tratase de un gimnasta antes de saltar al suelo desde una altura considerable, cayendo agachado por el impulso. Fuese lo que fuese era una silueta muy oscura, pero él no le temía a nada– ¡Mostraos! –le pidió. La silueta se puso de pie y se acercó un poco al joven de cabellos azules siendo iluminado por un foco de la luz de la luna–. Sois... –estaba perplejo por encontrar ahí al Zorro y no sabía si lanzar la piedra o tirarla al suelo– ¿Qué hacéis aquí? –atinó a preguntar.

–Una noche preciosa, ¿no creéis? –admitió mirando a la luna por unos segundos para después regresar la vista al otro–. La luz de la luna hace realzar vuestra belleza.

¿A qué venía ese cumplido ahora? Jamás le habían dicho algo así con una voz tan serena y segura y sentía que sus mejillas iban a subir de color–. No me habéis contestado, Zorro –decía aún con la piedra en la mano, la cual permanecía en posición de lanzar.

–Vigilaba. La noche está llena de criminales. –Sonrió–. Podéis soltar la piedra, no os voy a hacer daño. Decidme, ¿tenéis miedo de mí?

Soltó la piedra hacia atrás y bajó la mano–. Yo no le tengo miedo a nada ni a nadie –respondió orgulloso.

–Parecéis triste y eso no es justo.

–He perdido algo que creo jamás recuperaré –se encogió de hombros mirando al suelo. Regresó su vista al chico. ¿Quién sería? Se acercó unos pasos–. Gracias por lo de la otra noche.

El otro cogió su capa e hizo una reverencia–. Fue un placer.

–Decidme... ¿os conozco? –Ante la pregunta y el acercamiento, el Zorro retrocedió un paso– ¿Por qué ocultáis vuestro rostro? ¿Qué ocultáis tras ese antifaz? –la curiosidad lo mataba y ese hombre se le hacía familiar.

–Creedme, no me conocéis y no os gustaría saber que se esconde tras este antifaz –retrocedió otros cuantos pasos al ver cómo el joven de cabellos azules inconscientemente se acercaba a él, para poder mirarle mejor y observar sus facciones.

–Os ponéis en la oscuridad, ¿de qué tenéis miedo?

–No es miedo, sino cautela.

–¿Si retrocedo unos pasos me prometéis salir a la luz? –preguntó, teniendo esa esperanza.

–Estoy mejor a la sombra. Es muy tarde y deberíais de iros a descansar. Apenas lo habéis hecho desde la noche del incidente.

–Es cierto –reaccionó, ¿cómo sabía él…?–. Un momento, ¿cómo?

–Prometedme que descansaréis. Nada le ocurrirá de nuevo a este lugar, de eso me encargo yo –se apartó la capa–. Y ahora si me disculpáis –silbó de una manera un tanto extraña, haciendo que un caballo tan negro como la noche saliera de detrás de los árboles, dando pequeños trotes y cabeceando con sus andares.

–¿Ya os vais? –preguntó apresuradamente.

El enmascarado subió al caballo con tranquilidad–. Estaré más cerca de lo que creéis, así que podéis dormir tranquilo –levantó la mano cubierta por un guante negro–. Adiós.

–Adiós –le contestó levantando la mano, fijándose en los movimientos del caballo para dar la vuelta, escuchando un "jia" por parte del otro. Se estaba perdiendo de su vista y sólo entonces bajo la mano y suspiró.

El Zorro tenía razón. Tenía que descansar, lo necesitaba, pero no podía. Solamente de pensar que alguien tenía malas intenciones hacia su familia, le ponía nervioso y se sentía desprotegido. Lo que le preocupaba era que hicieran lo mismo con su casa, eso sí le daba miedo. Pero si ese hombre enmascarado velaría por él, se quedaría más tranquilo. Se dio media vuelta para dirigirse a su casa, estaba seguro de que no reconciliaría el sueño, pero al menos lo intentaría.

&&&Kai&Takao&&&

Sólo había dormido unas horas. Su criada le tocó la puerta en cuanto amaneció, no sabía que el joven Kinomiya hacía unas horas que se había metido en la cama. Así que cuando lo despertó, se prometió así mismo no dormirse hasta que llegase la noche para poder dormir de un tirón.

Kai guiaba su carro. No paraba de fijarse en el joven de cabellos azules, se notaba que estaba cansado y absorto en sus pensamientos. Seguramente no habría podido dormir. El propio Takao se lo confesó el otro día. La verdad es que el incendio había sido un golpe duro, al decir verdad, para cualquiera lo sería, dadas las circunstancias en la que se encontraban ahora en el pueblo.

–Estás muy callado, ¿estás bien? –se atrevió a preguntarle el bicolor.

–Lo superaré.

–¿Una mala noche?

–Sí. –confirmó.

–Deberías de dormir un poco.

–Lo intento, pero no todos tenemos el sueño tan pesado como tú. –comentó.

Enarcó las cejas. ¿Y ahora por qué se metía con él?–. Es la última vez que me preocupo por ti –agregó.

–No te ofendas, es la verdad. –concretó.

–A ti no hay quien te entienda –comentó con fastidio.

–No necesito que me entiendas –le dijo cruzándose de brazos–. Además, de ahora en adelante dormiré más tranquilo.

–¿Ah, sí?

–Claro, tengo a alguien que velará por mí –sonrió.

–Francamente, el Teniente tiene un pésimo gusto. –argumentó.

Le miró enfadado–. No se trata del Teniente, sino de otra persona.

Le miró– ¿Más personas sin gusto? –miró hacia el paisaje.

–Aquí el único que no tiene gusto eres tú, y sí, hay otra persona. El Zorro. –finalizó.

–¿Qué? –le miró sorprendido. –¿De qué hablas? ¿Fantaseas o qué?

–No, yo no hago esas cosas.

–Jajaja –rió a carcajadas.

–¿Qué? –preguntó alargando la palabra.

–Cuando te lo propones eres divertido. –Vio que las mejillas del joven de cabellos azules se empezaban a inflar–. Estamos hablando de una persona que se esconde y viste de negro.

–Pues me lo dijo anoche. –aclaró.

–¿Anoche? ¿Cuándo? –quiso saber.

–Era muy tarde y no podía dormir, así que fui a mirar la caseta y ahí me lo encontré. La verdad, no sé muy bien qué hacia encima de la rama de un árbol... –no le dio tiempo a finalizar la frase, cuando fue interrumpido por Kai.

–¿No estarías soñando? –le interrumpió.

–¿Por qué no me crees? –preguntó hastiado–. Me dijo que podía dormir tranquilo, que él velaría por mí todas las noches.

–¿Ah, sí? ¿Y quién es el hombre enmascarado? –Enarcó una ceja– ¿Te lo dijo?

–No, no quiere, pero...

–¿Pero? –le animó a continuar mientras miraba el paisaje.

–¿Crees que la luz de la luna hace realzar mi belleza? –se atrevió a preguntar, pensando en las palabras del enmascarado.

No pudo evitar echarse a reír–. Es la mayor cursilada que he escuchado en toda mi vida, jajaja.

Kinomiya miró hacia otro lado indignado–. Pues a mí no me lo parece. Todo lo contrario –afirmó –Dice lo que piensa.

Empezaron a cruzar el puente de piedra con forma de arco ancho, por el que debajo pasaba un río de agua cristalina.

–¿Y luego qué? ¿Más cursiladas?

–Al menos es amable, podrías aprender un poco de él o del Teniente. Los dos son atrevidos, manejan muy bien la espada y no tienen miedo.

Se encogió de hombros–. No soy un miedica.

Takao le miró con la boca abierta. ¿Es que no había quedado claro el otro día que si lo seguía siendo? –negó con la cabeza con rapidez y varias veces. Era un caso perdido.

Kai miraba la diligencia que estaba parada a la entrada del pueblo. Eso no le daba buena espina, pero como siempre, paso de largo para llegar hasta el sitio de siempre y poder dejar su carro.

Parecía haber movimiento en el pueblo, aunque podrían jurar que la vigilancia por parte de los soldados era mayor que otras veces.

–¿Por qué tantos soldados? –preguntó en voz alta el bicolor deteniendo el carro.

–¡Je!, miedica –le dijo con burla antes de bajarse del carro y pisar tierra firme.

A Kai todo eso le parecía raro, además, ¿estaban pegando algo en las paredes esos soldados o eran imaginaciones suyas?

–¿Qué será eso? –preguntó el joven de cabellos azules que al parecer miraba lo mismo. Su curiosidad le pudo, así que caminó en dirección a uno de los soldados que estaba pegando algo grande, como un póster. El bicolor le siguió de cerca, total, no tenía otra cosa que hacer.

–Buenos días –saludó el joven de cabellos azules al soldado.

–Buenos días, joven –le contestó apartando su cuerpo, dejando al descubierto aquello que tapaba.

Los dos jóvenes recién llegados, se quedaron algo sorprendidos.

Era un cartel de recompensa por entregar vivo al Zorro. En la foto se podía ver al hombre enmascarado casi de frente. La imagen le dejaba ver desde el sombrero hasta el pecho, pero si eso les llamó la atención, más fue el ver la recompensa que ofrecían por capturarle.

–¡Cien reales! –expresó el joven de cabellos azules anonadado.

–Así es –le contestó el Teniente a sus espaldas. Los dos se dieron media vuelta para mirarle.

–¿Qué crimen ha cometido? –preguntó Takao ya que esa cantidad ofrecida, debía ser por algo muy grave.

–Varios crímenes. –Empezó a enumerar con los dedos–. Tomar la justicia por su mano, ocultar su identidad, insultar al ejército, no pagar contribuciones y es el presunto autor de un incendio.

–Vaya –miró la foto–. No tenía ni idea de tales acusaciones –Takao miraba la foto como si con ello pudiera corroborar lo que el Teniente decía.

–Tonterías –susurró el bicolor.

–¿Habéis dicho algo? –preguntó el pelirrojo dirigiendo su atención a éste.

Kai se rascó la nuca y con algo de miedo, contestó–. Nada, me recordaba a mí mismo el pan que debo comprar. Con su permiso, Teniente –fue a pasar de largo pero el pelirrojo le interpuso el brazo para que no cruzase.

– ¿A dónde vais? –preguntó éste interesado

–Se lo acabo de decir. –volvió a contestar el bicolor.

–No, hoy es día de contribución.

–¿Otra vez? –Enarcó una ceja–. Pero si aún no ha pasado el mes –comentó confundido.

–¿Y?

–Nada –comentó con temor.

–Eso pensaba –le miró con odio– ¡Atención! ¡Día de contribución! ¡6 reales! –gritó mirando a su alrededor, viendo cómo la gente detenía su caminar.

–¿6 reales? –Preguntó el joven Kinomiya–. Pero si siempre han sido 3 reales.

–Las contribuciones suben, pero tú no estás obligado a pagar –aclaró Yuriy mandándole una sonrisa.

El joven de cabellos azules frunció el ceño–. Pagaré. Vamos Kai –caminó unos pasos, pero se dio cuenta de que el bicolor no le seguía. Estaba parado frente a Yuriy, así que lo cogió de la mano y tiró de ella para llevárselo consigo a rastras.

–¡Oye, no tan deprisa! –Se quejaba el bicolor– ¿A dónde me llevas?

–A pagar la contribución, así al menos podré respirar por unas horas. –comentó Takao.

Los soldados estaban sentándose en la mesa, preparándose para recibir las primeras contribuciones. Takao nada más llegar, soltó la mano de Kai, poniendo ambas manos encima de la mesa de un golpe, llamando la atención de los soldados–. Kinomiya Takao –les dijo. Los soldados sacaron rápidamente el libro y le apuntaron el nombre, mientras él buscaba en sus bolsillos el dinero–. Aquí tenéis –uno de los soldados cogió el dinero y lo metió en una caja.

–Hiwatari Kai –dejó el dinero sobre la mesa y esperó a ser apuntando.

–Vamos, quizás me quede algo para comprar la leche –anunció Takao al bicolor mientras se alejaban de ahí.

&&&Kai&Takao&&&

El pelirrojo seguía a esos dos, dejando una distancia prudente. No se explicaba porqué la prisa de pagar la contribución. Al parecer sólo iban de compras de un lado para otro. A pesar de que dejó hace días al bicolor avergonzado delante de ese pueblo, a Takao parecía no importarle mucho. Iba y venía todos los días con él, y aunque él intentaba llamar su atención parecía no conseguirlo. Incluso pensó que haciéndole esa maldita caseta más lujosa se mostraría más... interesado en él.

Aunque el joven de cabellos azules le dijo aquella vez en su carruaje que tanto Kai como él a pesar de estar comprometidos podían hacer lo que quisieran, notaba que el joven de cabellos azules se molestaba si Kai se acercaba mucho a una mujer. Lo más gracioso es que veía al bicolor que ni cuenta se daba de eso. Era algo tan patético que incluso le daba risa. No entendía como sus padres estuvieron tan locos como para comprometerles. Él debía de atacar, ser más amable con Kinomiya, más incluso de lo que lo estaba siendo hasta ahora.

Los dos jóvenes acababan de entrar a la panadería, así que entraría el también, con la excusa de comprar una barra de pan, aunque él no la comprase nunca. Uno de los soldados era el encargado de comprar un listado de cosas, para llevarlo hasta el cuartel general.

Cruzó la puerta de la tienda y se encontró con que Kai tenía unas barras de pan metidas en una bolsa de papel y que las cargaba en las manos. El joven de cabellos azules iba a pagar una caja de madera con su asa que tenía 6 botellas de cristal llenas de leche.

–Oh vaya, me falta un real -anunció -, creí que lo tenía por aquí –se hurgó los bolsillos.

El bicolor se hurgó los bolsillos, pero de igual manera estaban vacíos–. Yo no tengo nada.

Takao miró al dependiente– ¿Me haces un favor? ¿Puedes apartármela Pierre? Volveré lo antes posible, en lo que tardo en coger el dinero de mi casa y volver –le explicó.

–Claro –respondió el hombre.

–No será necesario –aclaró Yuriy a su espalda, dejando el real sobre el mostrador–. Aquí tenéis el real.

El joven de cabellos azules por la voz se guió por quien era el que había hecho ese acto, pero es que no era propio de él para nada.

–Teniente, no es necesario que... –decía dándose la vuelta para mirarle.

–Por supuesto que lo es, te ahorrarás el viaje.

–Bueno, tiene razón. Pero se lo devolveré, lo prometo.

–Oh –se puso una mano sobre el pecho–. No me tienes que devolver nada –le quitó importancia.

–Insisto, lo haré, y gracias por este gesto, Teniente. –no tenía más remedio que agradecerle.

–Ha sido un placer.

–Si nos disculpa –cogió la caja de leche con su mano, como si fuera una cesta–. Tenemos algo de prisa –le sonrió.

–Claro, es comprensible –añadió el más alto.

–Adiós –le despidió Takao, siendo seguido por el bicolor, quien guardaba silencio.

–Adiós –le respondió al tiempo que se apoyaba en el mostrador y veía a ambos jóvenes salir.

–¿Desea algo Teniente? –preguntó amablemente el dueño del establecimiento.

Se pasó la mano por la barbilla–.Vengo a cobrar el impuesto –sonrió con malicia.

&&&Kai&Takao&&&

Takao salió de la tienda con el bicolor. Los dos cargaban con cosas, así que ya irían a dejarlas al carro para volver a casa. Pero era increíble. Se notaba a la legua cuando era un día normal o un día de impuestos, no había ni un alma en la calle. Y es que la mayoría habría tenido que volver a sus casas para coger dinero, ya que les vendría muy justo para ir de compras.

–¿Por qué crees que han doblado los impuestos? –le preguntó al bicolor.

–Ellos sabrán, a mi no me preguntes –le restó importancia.

Miró hacia los carteles–. No tenía ni idea de que el Zorro fuese acusado de tantos delitos.

–Es un forajido.

–Pero no creo que sea mala persona.

–Takao –le miró por unos segundos–. Sólo porque te ha dicho que velaría por ti y te haya dicho una frase cursi, no significa que sea una buena persona –volvió a mirar el camino.

–Eso no tiene nada que ver. Sin su ayuda no hubiésemos podido apagar el fuego esa noche. Venía sobre su caballo, descabalgó y...

–¿Y eso qué tiene? –le interrumpió llegando al carro.

–Kai, es un desconocido. Nos ayudó a mí y a mi familia en un momento así. ¿No lo ves? Otra persona se hubiese quedado quieta por el pánico o simplemente hubiese rodeado con su caballo en dirección contraria al fuego. –le explicaba poniendo la leche en la parte trasera del carro.

–¿Sabes? A mi todo esto de la captura de ese hombre me da igual. Yo sólo quiero llegar a mi casa para echarme una buena siesta –comentó feliz.

–Eres un egoísta, sólo piensas en ti –negó con la cabeza con aburrimiento caminando hacia la parte delantera para subirse en el carro–. No haces más que dormir, dudo incluso que te importe algo en esta vida –se sentó en el carro, sintiendo el peso a su lado, al sentarse el bicolor.

–Eso no es verdad, me importan muchas cosas.

–¿Cómo cuales? –le preguntó esperando una respuesta convincente.

–Mn... Ser un buen hijo... dormir... mn... –le costaba continuar mientras miraba hacia arriba, pensando con seriedad.

–¿Alguna vez has pensado en nuestro compromiso? ¿El matrimonio? No sé... ¿alguna vez has pensado en mi? –le dio un poco de vergüenza el hacerle esa pregunta, pero también se lo preguntaba desde hacía ya mucho tiempo. El bicolor cogió las riendas con las manos.

–En ti... –alargó la frase intentando hacer memoria–. No –contestó.

–¿Ni un poco? –le preguntó con algo de esperanza.

–No –contestó rotundo, mirándole de soslayo.

–Comprendo –apoyó las manos sobre el asiento e intentó ponerse de pie, pero el bicolor le sujetó del brazo.

–Puede que un poco –le contestó con pesadez. Notó que el joven de cabellos azules tenía la mirada puesta en los pies, al parecer no le había caído bien ese comentario–. Vale –se rascó la nuca –Pienso en ti más de lo que debería –intentó ocultar su vergüenza– ¿Contento? –le preguntó mirándole, pero cuando el joven de cabellos azules le miró por unos segundos para mostrarle su sonrisa, éste se sonrojó y miró hacia otro lado.

–Tienes tu corazoncito, ¿eh? –le comentó con gracia.

–Déjame en paz –no le daría el gusto a Takao de verlo sonrojado de sobremanera.

Los dos escuchaban el sonido de una campanilla y buscaron con la mirada dónde se encontraba el campanero.

–Está allí –dijo Kai mirando hacia su izquierda.

–¿Qué estará anunciando? –le preguntó Takao haciendo oídos, ya que ese hombre era el encargado de anunciar muchas cosas en el pueblo, casamientos, entierros, bautizos, fiestas...

–Habrá que esperar a que se acerque... desde aquí sólo lo escuchamos gritar, pero no lo que dice.

Esperaron unos minutos a que el hombre se acercase anunciando.

–¡Atención, atención todo el mundo! ¡Fiesta en el caserón de los Mizuhara! ¡Hoy dará comienzo a las diez de la noche! –gritaba el campanero una y otra vez.

–Una fiesta en casa de los Mizuhara. ¿Podría haber algo más aburrido? –comentó Kai.

–¿Pero qué dices? El joven Max es muy entusiasta y sus fiestas no son nada aburridas. –contestó Takao.

–Doy gracias a que no es una cena. Cada año es más aburrido asistir a su cumpleaños.

–Venga Kai. Si ni siquiera tienes que regalarle algo. –le hizo ver.

–Tú sabes de sobra por lo que es– dio un pequeño tirón de las riendas– ¡Jia! –el caballo comenzó a caminar.

Claro que Takao sabía a lo que se refería, Kai odiaba los eventos sociales. Sólo si iba, era por obligación de su padre, pero ahora no solamente era que no soportase la fiesta, sino al joven Max. Lo veía tan entusiasta que hasta le daba repelús. Además, el padre de Mizuhara era el banquero del pueblo así que el niño también era un poco arrogante a su manera. Por eso no le importaba que sus invitados no les regalara nada por su cumpleaños, más bien no tenía amigos y era por eso que su padre cada cumpleaños le hacía a la gente que acudiese como si de una comilona se tratase.

Por su parte, no es que él no se aburriese, pero al menos hablaba con la gente. Aunque siempre llegaban a preguntarle por su relación con el bicolor, sobre su compromiso... a pesar de todo, la gente del pueblo no entendía cómo era posible que dos hombres estuviesen comprometidos.

Sabía de sobra que una de esas razones también era la causante de que Kai no quisiera ir con él a muchos sitios, es más, sólo se trataban como buenos amigos de infancia, pero no se daban muestras de cariño ni delante de la gente ni a solas. La verdad, el tener a un amor no correspondido de por vida no le hacía mucha ilusión y a Kai no lo podía cambiar de manera de ser.

El bicolor odiaba que le hiciesen preguntas sobre su vida amorosa y sentimientos, por eso guardaba las distancias con Takao. Si aceptaba el hecho de que había una posibilidad remota de decir que Takao era atractivo, la gente cuchichearía delante de ellos y si decía no sentir nada por él, las jovencitas se abalanzarían sobre ellos. Estaba claro que en el pueblo no había un caso como ese. Dudaba que en los demás pueblos de la provincia. Ni siquiera cuando estuvo en España todo ese tiempo estudiando había escuchado que dos hombres tuvieran un compromiso. Él prefería la tranquilidad al bochorno, así que así seguirían las cosas hasta que la gente de ese pueblo se acostumbrase.

–Venga Kai, solamente diez minutos. –le rogaba Takao.

–No.

–No tienes porqué hablar con nadie si no te apetece. Únicamente bebe y come entremeses, como la mayoría.

–No –contestó de nuevo con pesadez–. No iré.

–No seas así, aunque yo no quiera ir, tengo que hacerlo por ser hijo de quien soy. Me sentiré solo si tú no estás ahí. –confesaba.

–No notarás mi ausencia. Estarás ocupado hablando de economía, política y callando habladurías.

Se cruzó de brazos–. Quizás no las calle. Puede que les cuente a las jovencitas algunas anécdotas... como ese beso que me diste a los trece años. –le recordó.

–Fue en la mejilla –se defendió–. Y sólo cuando me despedí para irme a España. –argumentó en su defensa.

–No, me besaste y pude sentir tu lengua jugar con la mía –le comentó divertido.

–¿Eso les contarás? –preguntó sin dejar de mirar el camino.

–Claro, tú no estarás ahí para aclararlo.

–No puedes hacer eso. No es verdad.

–Tienes razón, yo no soy tan bajo. Pero si alguien me saca a bailar no le diré que no y si me cortejan creo que ya no daré tantas vueltas para responder. Después de todo, así quedamos ¿No? Yo soy libre y tú eres libre. Si no nos une ni un beso en la mejilla creo que no lo hará nada –le comentaba divisando ya su casa.

–Haz lo que quieras, yo ya he tomado una decisión. –le contestó rotundo.

–Muy bien, pues eso haré de ahora en adelante. Y me da igual lo que puedan decir mis padres y el tuyo al respecto.

–Haz lo que quieras –detuvo el carro frente a la casa de Kinomiya. Éste se bajó de un salto y cogió sus cosas. La leche, el pan, algunos pedidos de su madre...

–¿Te ayudo? –le preguntó cuando le vio pasar frente a sus ojos, cargado de cosas.

–No, gracias, puedo solo– le respondió intentando que nada fuese al suelo. Estaba enfadado por la respuesta del bicolor–. Adiós.

Sonrió casi de forma imperceptible–. Cabezota –susurró, cogiendo de nuevo las riendas de su caballo– ¡Jia!

&&&Kai&Takao&&&

La noche llegó y con ello, la hora de la fiesta. En el centro del pueblo se encontraba el caserón de la familia Mizuhara. Los ciudadanos que vivían más cerca de la zona se acercaban andando y los demás en carruajes. La zona estaba más iluminada por fuera por las antorchas de fuego. El caserón estaba rodeado por las casas, pero dejando un buen perímetro de distancia de unas a otras, así que había el suficiente espacio para que los carruajes fueran aparcados. La fiesta estaba rebosante de gente, bebiendo y comiendo algunos canapés mientras escuchaban a los músicos tocar, aunque algunos preferían hablar y saludarse por mera entretención.

El joven de cabellos azules se encontraba al lado de su padre y su madre, escuchando como su padre hablaba con el banquero y su esposa. ¿Podría haber algo más aburrido? Él creía que no. El bicolor había cumplido su promesa. No estaba ahí y las jovencitas no le quitaban la vista de encima. Todos tenían sus mejores galas, vestidos pomposos, joyas, peinados... el joven de cabellos azules llevaba un chaqué azul celeste, una camisa blanca holgada de los brazos y un pantalón blanco.

–¿Es de vuestro gusto el canapé y el champagne señor gobernador? –preguntó la señora Mizuhara.

–Desde luego –le sonrió–. Sin lugar a dudas sabéis tratar con grandeza a vuestros invitados.

–Oh, todo es poco para esta gente que ha sido tan amable al venir a mi casa.

–Por cierto, ¿dónde está su hijo? –le preguntó la señora Kinomiya a la señora Mizuhara.

–Está saludando a los invitados –respondió orgullosa.

El joven Kinomiya miraba a su alrededor con aburrimiento. Una joven con una bandeja llena de canapés se acercó a su izquierda.

–¿Un canapé joven? –le preguntó educadamente.

–Gracias –eligió uno y se lo echó a la boca.

–¿Qué tal Takao? ¿Te lo estás pasando bien? –le preguntó la señora Mizuhara.

–Sí, señora –respondió haciendo a un lado el canapé en su boca para poder responder.

–Me alegra saber eso.

El joven se fijó en la mujer. Una mujer entusiasta, divertida a su manera. Su pelo negro estaba recogido en un moño de rizos bien formados, sus ojos verdes brillaban más que la gargantilla que llevaba puesta y el traje pomposo que llevaba puesto. El señor Mizuhara enviudó cuando el joven Max tenía 6 años. Nadie le reprochó nada cuando se volvió a casar. Los que la recordaban, habían sido testigos de que el hombre, la había amado con locura. Les extrañó el hecho de que se fijase en un ama de llaves. Seguramente la vería como una madre perfecta para el joven Max y he ahí el resultado. El señor Mizuhara era bastante más alto que ella, sus ojos eran verdes y su cabello y barba bien retocada castaña le hacían verse como alguien intocable.

Takao se tragó el canapé y un cortante suspiró salió por su nariz. Ojalá él también hubiese podido elegir quedarse en su casa y no en esa fiesta tan carente de importancia y superficial.

El banquero junto sus manos–. Señor Hiwatari –expresó feliz–. Creí que no me honrarían con sus presencias.

Al escuchar ese plural, el joven de cabellos azules se dio media vuelta y sonrió al ver aproximarse a Kai.

El bicolor estaba muy apuesto. Llevaba una camisa blanca sencilla de dos botones arriba, un chaleco rojo con botones dorados al lado derecho y unos pantalones negros con su debido calzado y cinturón. Se presentó ante el banquero después de su padre.

–Joven Hiwatari –le sonrió–. Me honra su presencia. –decía el banquero.

–Es un placer el poder estar aquí –enarcó una ceja mirando a Takao, esperaba que la mentira no se hubiese notado mucho.

El joven de cabellos azules miraba la situación, su futuro suegro hablando animadamente con sus padres, la señora y el señor Mizuhara pendientes del bicolor. ¿Por qué tenía la impresión de que tendría que salvar a Kai de algo? Un camarero pasó por su lado con champagne, así que cogió dos vasos en su mano y dio un paso hacia delante para enterarse mejor de lo que hablaban.

–Y bien joven Kai, ¿Qué opina de los asuntos monetarios? Creo que la llamada bolsa ha subido un 5, con lo cual está a nuestro favor. Así que sería momento de invertir ahora que el mercado lo requiere. Sin embargo cabe la posibilidad de caer en la banca rota y arruinarse, lo cual no nos dejaría en muy buena posición ante Francia y España...

–Perdone la interrupción, señor Mizuhara –le interrumpió Takao entregándole a Kai una copa de champagne–. ¿Te importaría acompañarme? El champagne sabe mejor a la intemperie. –le comentó el menor a Kai.

–Claro –le contestó. Se dirigió ahora a los dueños de la casa–. Si me disculpan –hizo una reverencia y siguió al joven de cabellos azules. Seguían caminando hacia delante y disimuladamente le preguntó al joven de cabellos azules– ¿Sigue mirando?

–Yo creo que sí –le respondió, mirando hacia otro lado, sonriendo y asintiendo muy despacio con la cabeza, como saludando a las personas de esa fiesta.

–Gracias, me has vuelto a salvar.

–No tiene importancia –pasaron el umbral de una de las puertas que llevaba a otro salón más grande que el anterior. Decorado con cortinas rojas, atadas con cuerdas doradas, cinco hermosas puertas acristaladas, dando a un balcón común y ancho. Algunas sillas tapizadas del mismo color de las cortinas, una rustica chimenea, un majestuoso reloj de aguja y sobre todo muchas lámparas curiosas. En las lámparas había muchos huecos, y en cada hueco una vela encendida, tapadas con un cristal redondo que tenía un agujero en el centro. Así evitarían llenar a los invitados de cera derretida y la vela no se apagaría ni por el aire ni por falta de ello.

Kai analizó el lugar–. Demasiada gente –bebió un poco.

–¿Prefieres las escaleras? –sabía de sobra la respuesta del bicolor.

–Por supuesto –vio a un camarero pasar por su lado y cogió un canapé–. Mn... Delicioso –aclaró cuando lo probó. Cogió otro al igual que lo hizo el menor–. Vamos.

En las escaleras estarían mejor, ahí apenas había personas, es más, sólo los verían cruzar de una sala a otra y ya está. La puerta principal estaba frente a ellos.

–Al final has venido –le comentó feliz.

–Mi padre me ha obligado. –anunció Kai, sentándose en uno de los escalones.

–Ah. Pensaba que alguien te había hecho cambiar de opinión. –decía imitándole en el gesto.

–¿Por qué? –comentó de lo más torpe.

–Esta noche los dos íbamos a hacer lo que quisiéramos. –le recordó.

–Ah, ya. Si piensas que he venido porque pueda sentirme celoso de pensar que algunas jóvenes te estén rodeando, vas por mal camino. –le hizo saber.

–Cortejando –le corrigió, apuntándole con el dedo índice.

Se encogió de hombros–. Lo que sea –se llevó la copa a los labios para seguir bebiendo.

El joven de cabellos azules se quedó con la boca abierta para decirle algo, pero fue interrumpido.

–Vaya, estás aquí.

Takao miró hacia el individuo que tenía frente a él y no podía ser otro más que el Teniente–. Teniente –dejó su copa en la escalera– ¿Qué hace aquí? –preguntó algo nervioso.

–Oh. Esto es parte de mi trabajo. Compruebo que todo esté en orden –le decía moviendo el champagne del interior de la copa, de un lado para otro con la mano–. Sabes, deseaba encontrarte.

–Jeje. Deseabais, Teniente. –¿Por qué demonios le tenía que hablar como si lo conociese de toda la vida?– ¿Para qué?

Le extendió la mano para ayudarle a levantarse de su asiento. Takao aceptó la mano bajo la atenta mirada de Kai, siendo levantado de inmediato–. Ven –caminó unos pasos para dejar bastante distancia con el bicolor. El joven de cabellos azules le siguió con la curiosidad aún mayor–. Estás espectacular esta noche. –refirió.

–Jeje –rió nervioso–. Ah, era eso. ¿No? –le preguntó, para averiguar porque lo había estado buscando.

–Eso y quería pedirte dos favores. Cierra los ojos.

–¿Los ojos? –le preguntó sin entender.

–Tú hazlo. –le susurró con voz sedosa.

Cerró los ojos hasta que sintió un poco de peso en su cuello– ¿Puedo abrirlos? –preguntó impaciente.

–Claro –sonrió al ver como el joven de cabellos azules se miraba el cuello y cogía con delicadeza el colgante.

–Teniente... –intentó excusarse para no aceptarlo, pero parecía que Yuriy no atendía a razones.

–Antes de que hables, me gustaría decirte que este colgante te favorece. Me harías muy feliz si lo conservaras al menos hasta esta noche y... –alargó la frase.

–¿Y? –preguntó temiendo lo que seguiría.

–Acepta bailar conmigo.

–Pero... no hay música –le sonrió con nerviosismo.

–Eso ya lo arreglaré, hay músicos.

–Ah, jeje. –Escuchó un ruido seco. Se dio la vuelta y vio una de las copas de cristal rotas, al parecer se habían caído escaleras abajo o alguien por su mirada punzante la había tirado a propósito.

–¿Qué me dices? –le preguntó Yuriy sin perderle de vista.

–Claro –respondió mirando a Kai–. Será un placer bailar con usted, Teniente –alejó la vista del blanquecino para mirar al orgulloso Yuriy quien ahora le ofrecía el brazo doblado para que el joven de cabellos azules se agarrase a él.

–Vamos entonces –le animó, viendo con satisfacción cómo se agarraba a su brazo. Los dos empezaron a caminar a uno de los salones, perdiéndose de la vista de Kai.

Continuará...

Gracias por sus reviews a:

Zumolove: Hola, espero que este capítulo te haya gustado. Por lo pronto parece que Kai ya ha roto una copa de champagne. Habrá que ver cómo termina esto de los celos por parte de Kai, ¿no?

Phoenix: Hola Phoenix, jajaja. La verdad es que Kai en el primer capítulo no tuvo otra opción, o luchaba contra Yuriy o luchaba, no pueden hacerle la contra a alguien de ese rango. Respecto si Takao sabe manejar con la espada, eso habrá que descubrirlo, a mi no me dijo nada aún, jajaja. Takaito está ansioso por saber quién es ese hombre enmascarado y más ahora.

Vampire Princess Miyu: No tranquila, no te preocupes. Al contrario, me ayuda un poco. Aunque intentaré ser firme en la idea que tengo en mi cabeza sobre Kai y el Zorro. Gracias por tu opinión.

Valery Hiwatakinomiya: Hola Valery, pues Kai no sé, es frío de sentimientos aunque se pone celoso, pero el Zorro le dijo una frase que al parecer le hizo a Takao feliz, aunque es misterioso. Habrá que ver qué es lo que va a pasar en el próximo capítulo.

Takaita H: Si hermanita, sé que eres muy impaciente con eso de los besos, jeje, pero yo que tu no me perdía detalle del próximo capítulo. Puede ser que pase algo que no sospechas. Y en cuanto a lo otro, ya te di por muerta, muajaja...

Eso es todo por ahora, no olvidéis decirme lo que pensáis, cuidaos mucho, xao.