Pareja: Kai&Takao

Advertencia: Shounen –ai

"Pensamientos"

–Diálogos.

EL ZORRO

–Kaily Hiwatari–

Continuación...

Al amanecer, Judy subía las escaleras con una zafa y una jarra de cerámica, ésta última llena de agua en las manos. Se dirigía como no a la habitación del bicolor. Abrió la puerta de la habitación sin ningún cuidado, viendo la oscuridad en su interior, pero con la suficiente luz entrando del exterior del pasillo para poder distinguir los objetos y muebles con claridad. Entró en el interior, dejando la zafa con la jarra sobre la mesita de noche. Vio cómo las sábanas estaban abultadas. Caminó hasta las cortinas, abriéndolas de par en par para permitir así que los rayos del sol penetraran en el interior de la habitación.

–Kai –lo llamó mientras abría la ventana para que también entrase el aire– Kai –volvió a llamarlo, esta vez se dio media vuelta. El joven Hiwatari parecía un gusano dentro de su capullo, enrollado en las sábanas. De hecho solamente podía verle la cabeza. Negó con la cabeza poniendo ambas manos sobre sus caderas–. Siempre igual –dio unos pasos hasta la cama–. Kai, despierta –escuchó un ruido extraño emitido por el joven de ojos color carmesí que indicaba que no quería ser molestado– ¡Oye! –lo zarandeó, pero al ver que no iba a conseguir nada, decidió intervenir por la vía rápida–. Tú lo has querido –cogió la jarra en sus manos, dejando que un hilillo fino de agua cayera sin parar por la mejilla del joven, pero al ver que no surtía mucho efecto, lo derramó todo de un solo golpe, vaciando totalmente el contenido de la jarra. Apartó las manos con rapidez al saber a ciencia cierta cuál sería la reacción del bicolor.

Éste abrió los ojos como platos y se incorporó en la cama, totalmente sorprendido y desconcertado.

–Buenos días –le saludó Judy.

Pestañeó un par de veces, ahora centrándose en Judy– ¿Pero qué haces?

–Despertarte, que ya es hora –cogió la zafa de la mesita.

–Has mojado las sábanas –le hizo saber al ver el resultado.

–Da igual, voy a lavarlas. –Le restó importancia–. Mira que todos los días tener que tomar ya este hábito. Con lo grande que eres debería de darte vergüenza. Además, tu amigo hace horas que espera impaciente que te levantes.

–¿Hace horas? –le preguntó seguido de un bostezo.

–Son más de las once, Kai –le hizo saber–. Pensábamos que te levantarías más temprano al estar aquí tu amigo. Pero parece que eso no te importa mucho. –Decía al tiempo que veía al bicolor salir de la cama y caminar al aseo.

–Diles que bajo enseguida –fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.

La rubia negaba una y otra vez con la cabeza mientras caminaba con la zafa y jarra por el pasillo–. Cada día estoy más convencida de que este chico tiene la enfermedad del sueño –se decía a sí misma convenciéndose de sus sospechas. Dejaría lo que tenía en las manos en la cocina, avisaría al señor de la casa y a su invitado de las palabras del bicolor y a continuación aprovechando la ausencia de Kai en su habitación y cambiaría las sábanas de la cama.

–Señor, el joven Kai bajará enseguida –le informó en cuanto llegó al comedor donde los dos hombres tomaban un café–. Si no necesita nada más, me retiraré para hacer mi trabajo.

–Puedes irte Judy, gracias. –contestó el hombre.

A los pocos minutos apareció por fin el joven de ojos color carmesí–. Buenos días –se apresuró a decir cortando la conversación que tenían padre y amigo.

–Buenos días, hijo.

–Buenos días –saludó con ánimo el invitado.

–¿Qué hacíais? –preguntó, aunque era más que evidente, simplemente lo hizo por hablar de algo.

–Tomábamos un café y charlábamos. ¿Verdad Kane?

–Así es, señor –dejó la taza encima del platillo para que descansará en la mesa.

–¿Vas a tomar un café? –le preguntaba al tiempo que veía cómo su hijo se sentaba en el sofá con el joven de ojos azules.

–Tomaré un poco –se inclinó hacia delante para coger una taza vacía y una cucharilla. Sobre una bandeja había un juego de café de porcelana blanca, es decir, una jarra grande llena de café, una jarra pequeña llena de leche y un azucarero lleno de terrones de azúcar. También en un platillo había unas galletas pequeñas para acompañar el desayuno– ¿Takao ha estado aquí?

–No, aún no ha llegado. Lo cual es raro, pero quizás hoy no necesitaba bajar al pueblo –respondió su padre, viendo con qué rapidez se echaba su hijo el café en la taza para después echarse dos terrones de azúcar.

–Comprendo –movía ahora la cuchara dentro de la taza, removiendo bien el contenido.

–¿Por qué tanta prisa? –preguntó curioso, aunque no era el único que lo miraba desconcertado.

–Quiero enseñarle el pueblo a Kane, ayer sólo vio la entrada –bebió unos sorbos de café.

–Desayuna tranquilo. Voy a estar aquí unos días, además, no creo que en diez minutos se vaya a acabar el mundo –le contestaba su amigo con gracia, viendo cómo el otro joven dejaba la taza en la mesa totalmente vacía tras haberle dado varios tragos y ahora cogía un par de galletas mientras se podía en pie.

–Ya lo sé, pero quiero enseñarte un montón de lugares más. ¿Nos vamos? –le animó con una sonrisa.

Detectó cierta preocupación en los ojos de su amigo y claro estaba que si él se había dado cuenta, pues su padre lo habría hecho con más razón. Se puso de pie–. Entonces vámonos, no perdamos más tiempo –le sonrió animado.

–Ese es el espíritu.

–Divertiros –les animó el padre.

–Claro. No nos esperes para comer. No sé a qué hora volveremos. –confesó Kai.

–Entiendo –les sonrió–. Hasta luego entonces.

–Hasta luego –se despidieron al unísono ambos jóvenes, saliendo ya del comedor.

Hoy no irían de compras, hoy sólo irían a recorrer el pueblo. Montaron en el carro, el carruaje sería demasiado llamativo y cuanto más desapercibidos pasasen, mucho mejor. Por el camino, Kai no paraba de señalar con el dedo todos aquellos paisajes rocosos, todos aquellos cultivos de maíz, tabaco, tomate y cañas de azúcar. Aunque sin lugar a dudas, el mayor cultivo era el de algodón. Todo estaba verde y podía ver a los lejos pequeños lagos de agua. Kai le había explicado que cerca de ahí se encontraban los cultivos de cañas de azúcar. Su joven amigo de ojos color carmesí le daba detalle de todo o casi todo. Aún no le había hablado de un lugar.

–¿Allí qué ahí? –preguntó con curiosidad Kane. El bicolor miró hacia esa dirección que su amigo miraba con curiosidad.

–Allí no hay nada.

–¿Nada? –preguntó incrédulo. Se podía ver una montaña rocosa, de un color grisáceo oscuro. Parecía caer un hilo de agua desde esa distancia, pero estaba seguro de que se trataría de una cascada. Siguió el camino de ese hilo de agua para ver donde acababa, pero una hilera de árboles lo tapaba–. Parece un bosque, de pinos, con una cascada que sale de esas montañas. –reconoció.

–Eso parece, pero realmente, nunca he estado ahí –confesó.

–¿No? ¿Cómo es eso posible?

–Es un lugar maldito. Hay varias leyendas sobre ese lugar, pero ninguna con un final feliz.

–Es muy raro –sonrió–. Parece un sitio magnífico.

–Está totalmente prohibido ir allí. Pero no te deprimas, hay más sitios para ver. –Le animó.

–Bueno, si está prohibido, está prohibido –se encogió de hombros.

Muy pronto cruzaron el puente. Ya faltaba muy poco para llegar al pueblo. A lo lejos podía ver cómo el campanario de una iglesia sobresalía de los tejados de las casas. Esa era la tercera vez que pisaba ese pueblo y ahora se daba cuenta de ese detalle. Claro que la primera vez iba en un carruaje y la segunda iba mirando hacia atrás en ese mismo carro. En esta ocasión vio también soldados a la entrada, movilizándose.

–Así que hoy si están los soldados aquí. –comentó Kane.

–Parece ser –puso cara de disgusto–. No puede ser –añadió por simple reflejo.

–¿Qué pasa?

–Están vigilando la entrada –le informó al ver a unos soldados con unos rifles en la mano, descansando.

–¿Y eso?

–Día de impuestos. Sólo bloquean las entradas y salidas de Santa Clara cuando llega este día, no sé qué pretenden. –Era ya la cuarta vez en el mismo mes que esto sucedía.

–¿A qué te refieres?

–A nada. Estate tranquilo, tú no eres de este pueblo. Estás de paso, así que no tienes que pagar nada.

Pasaron de largo de los soldados y detuvo el carro en el lugar de siempre. Kane se daba cuenta de que la mayoría de las personas caminaban hacia la misma dirección y también que lo hacían después de que un soldado les dijera algo personalmente.

–¿Hacia dónde van? –preguntó sin dejar de caminar.

–Hacia la plaza. –le indicó Kai.

Un soldado se acercó a ellos–. Día de impuestos –tan pronto les informó de algo que ya era más que evidente, se dirigió a otra persona para informarle de lo mismo. Otros iban tocado puerta por puerta en las casas para la misma función.

Kane notó de inmediato dónde estaba la plaza, ya que había muchos pueblerinos reunidos. Escuchaba un bullicio enorme y la gente no paraba de acudir.

–Vaya –estaba impresionado.

–Vamos a ponernos los primeros. La gente no avanza y están rodeando algo, eso no es normal, algo pasa –lo agarró de la mano para poder adentrarse entre la multitud. No era lo usual en él, pero tendría que hacerlo si no quería perder al joven de ojos azules en el trayecto–. Disculpen... lo siento. Era lo que les decía al abrirse paso. Pronto estuvieron delante para verlo todo. Yuriy estaba en el centro del "círculo". A sus espaldas estaba la mesa, el soldado y el cofre de siempre. Al parecer el Teniente esperaba a que se llegase más gente.

–¿No es ese Takao? –preguntó Kane.

El bicolor miró a Kane unos segundos para ver hacia donde miraba y seguir su dirección. Efectivamente, el joven de cabellos azules estaba ahí–. Takao –susurró sin dejar de mirarle. Parecía estar esperando, como todo el mundo pasa saber el porqué todo el mundo estaba ahí.

–¡Silencio! –Ordenó el pelirrojo, haciendo de inmediato que se formara un silencio sepulcral– ¡Damas y caballeros! ¡Sólo diré esto una vez, así que estén atentos! ¡La contribución a pagar hoy será de once reales! –miraba a su alrededor para asegurarse de que todo el mundo estaba ahí y no perdía detalle de sus palabras– ¡No aceptaré un no, por respuesta! ¡Ejerza el cargo que ejerza y por supuesto, quien no traiga esa cantidad de dinero o se niegue a pagar, recibirá un aviso pasando un día entero entre rejas...!

Mientras el Teniente explicaba, el joven de cabellos azules desvió la mirada. Dudaba que muchos de los presentes tuvieran esa cantidad de dinero ahí. Siguió mirando a su alrededor y sus ojos se encontraron con Kane y Kai. ¡Estaban ahí! ¡Pero por supuesto que lo estaban! Era día de impuestos, todo el mundo estaba allí. Los dos parecían estar pendientes a las palabras del Teniente, ni se darían cuenta de su presencia.

Pero él en cambio sí que los estaba viendo y también veía algo más y eso no se lo esperaba, no al menos por parte de Kai y mucho menos estando en público. Su mano y la del joven de ojos azules estaban cogidas. Miró con indiferencia hacia el suelo al ver cómo ahora su mirada había chocado con la del bicolor. Eso le había dolido, mucho más de lo que hubiese imaginado.

Yuriy seguía mientras tanto con su explicación– ¡Espero que haya quedado claro! ¡Así pues, vamos a comenzar! –con pasos bien firmes, pasó a sentarse en la silla esperando a su primera víctima. El "círculo" se rompió con rapidez y se fueron formando filas.

–No sabía que aquí el pago fuese tan excesivo. –comentó Kane.

–Y no lo era, hasta hace unos días –contestó buscando ahora con la mirada al joven de cabellos azules, pero no lo veía. Se había perdido entre los pueblerinos. Estaba claro que aún estaba enfadado y parecía ser algo serio por cómo le esquivó la mirada.

–¿Tendrás dinero suficiente? –fue la pregunta que su acompañante le hizo sacándole de sus preocupaciones.

–Sí, por fortuna –le respondió viendo la enorme fila de personas. Llegando a pensar que quizás alguien tendría la mala suerte de pasar la noche en la cárcel–. Quédate aquí. Yo voy a ponerme en la fila. Vamos a tardar un poco en poder ver todo lo que te había dicho.

–No importa, esto es algo que no estaba en nuestros planes, pero no pasa nada. Anda ve –le animó.

El más alto le sonrió. Caminó hacia delante y fue entonces cuando soltaron su agarre. Ninguno de los dos había recordado que sus manos seguían unidas hasta ese momento. Poca importancia le dieron, uno se dedicó a esperar con los brazos cruzados y otro a incorporarse a la fila.

Todos pudieron ver cómo otro soldado se acercó a la mesa con una hoja y una pluma. Otro del mismo rango, caminó hacia la fila. Pasó a bastantes personas de largo, hasta que se detuvo al lado de una mujer.

–Pásense allí –les dijo, señalando a su compañero, de esa forma habían dividido la fila en dos. Así agilizarían las cosas, Kai dio en parte gracias a eso. Así acabarían antes con todo ese asunto. Miró hacia delante, dos soldados y el Teniente, éste en medio, sentados en la mesa. Y a la espalda de esos soldados había otro. Menudo cuadro. Recorrió con la vista la fila de al lado que había quedado a su izquierda. El joven de cabellos azules se hallaba ahí. Su mirada permanecía en el suelo. Parecía no atreverse a mirar hacia ningún otro punto. Estaba realmente serio. ¿En qué pensaba? ¿Qué le hacía tomar esa aptitud tan seria?

Un hombre entrado en años que estaba delante de él comenzó a toser. No era una tos normal, parecía una tos llena de mucosidad pero de la cual parecía hacerle enrojecer la cara porque no conseguía cortarla. Rápidamente supo de quien se trataba. Le puso una mano sobre el hombro.

–Señor Collins. ¿Se encuentra bien?

El hombre retiró su mano de la boca y giró la cabeza para ver que el joven Hiwatari estaba a su espalda. Asintió al no creer conveniente articular palabra–. Es la tos de siempre –le explicó con dificultad, sintiendo que de un momento a otro la tos le volvería a atacar interrumpiéndole.

–¿Ha ido al doctor? –le preguntó, quitándole la mano del hombro.

Asintió–. Me ha mandado unos remedios medicinales. Son de alto precio. Pero he estado ahorrando un poco –mientras hablaba, el bicolor podía notar cómo le estaba costando articular las palabras y cómo su tono pálido de piel volvía de nuevo a ser cada vez más rojo. Al parecer estaba intentando aguantarse la tos y ahora obtendría el resultado. Giró la cara lo más rápido que pudo y se tapó la boca con la mano–. Cof, cof...

Las personas miraban al anciano compadeciéndole por esa tos cansina. Desde hacía unos meses le había atacado una enfermedad desconocida que parecía tener que ver con el sistema respiratorio. Ahora el joven de ojos color carmesí observó de nuevo su fila. Ya quedaba poco, unas tres personas delante de él. Por instinto no pudo evitar mirar hacia la otra fila de nuevo, Takao ahora iba a ser el primero.

–Kinomiya Takao –dio su nombre y se hurgó en los bolsillos, todo bajo la atenta mirada del pelirrojo. Sacó un puñado de monedas, dejándoselas en la mano para con la otra coger las monedas y poder contarlas–. Uno, dos, tres, cuatro, cinco –se apresuró a contar, dejándolos de un puñado sobre la mesa–. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis –lo soltó en la mesa, junto al resto y lo sobrante en su mano se lo metió de nuevo en el bolsillo de su pantalón–. Teniente –pronunció su cargo en voz baja.

–¿Sí?

–Me gustaría poder hablar con usted en privado. ¿Cree que sería posible?

–En estos momentos estoy ocupado. Pero dentro de unos diez minutos podré dedicarte toda mi atención. ¿Por qué no me esperas en el carruaje?

–Me parece bien –concluyó.

Yuriy sonrió– ¡Soldado! –miró al que se encontraba a su espalda.

–¡Señor! –hizo el saludo tradicional.

–Acompañe al joven al carruaje. Asegúrese de que esté cómodo y regrese aquí cuanto antes –hablaba pausado y sin levantar la voz, no quería que nadie más se enterase de la conversación.

–¡Sí, señor! –Miró a Takao–. Por aquí joven –le indicó.

El bicolor no había podido enterarse de nada. Sólo vio cómo el menor se marchó sin más, sin decirle un simple adiós, sin mirarle siquiera.

–Siguiente –pidió el soldado que apuntaba los nombres.

–Cof, cof, cof... Drauntroski Collins –su cara se tornó roja de nuevo. Depositó el dinero en la mesa.

–Aquí faltan tres reales –declaró el soldado al contar el dinero.

El anciano se hurgó los bolsillos–. Es todo lo que llevo encima.

El soldado que había permanecido detrás del soldado que apuntaba, sin abrir la boca se adelantó y cogió al hombre del brazo–. Acompáñeme –fue más bien una orden que un ruego.

El anciano una cosa había entendido. Pasaría el día y la noche en la cárcel por no poder ajustarse al precio. Pero claro estaba que no era el único. Dos hombres y una mujer aguardarían su destino. El soldado tras dejar al anciano junto a los demás detenidos, volvió a su puesto.

–Siguiente. –habló el soldado que estaba en la mesa.

–Hiwatari Kai –dio su nombre al ser su turno. Contó el dinero y lo dejó sobre la mesa.

–Hiwatari –habló el Teniente– ¿Quién es su nuevo acompañante? –preguntó lleno de curiosidad.

–Un amigo.

–Pídale que se acerque.

Miró hacia Kane, quien ahora también le miraba desde la distancia. Con la mano le indicó que se acercase y así lo hizo.

–Buenos días, Teniente –saludó el recién llegado.

–Buenos días –respondió.

Kai ya vio lo que pretendía, así que intervino–. Mi amigo solamente está de paso. No pertenece a Santa Clara, así que según tengo entendido no tiene que pagar el impuesto.

Frunció el labio y se dirigió a Kane– ¿Está de paso?

–Sí, señor. –afirmó.

–¿Por cuánto tiempo?

–Aún no lo sé con certeza.

–¿Más de tres días?

–Sí.

–Entonces según la ley has de pagar impuesto.

–Eso no es justo –se quejó Kai.

–Son las leyes decretadas por el mismísimo Rey. Así están estipuladas y así he de acatarlas. –Comentó Yuriy con tranquilidad.

Kai iba a reprocharle, cuando Kane le interrumpió–. Está bien. No podemos ir en contra de los deseos de su alteza. –Sacó los once reales y los dejó sobre la mesa–. Ortiz Kane.

Al escuchar la tos de Collins de nuevo, Kai apoyó sus manos sobre la mesa–. Ese hombre no puede pasar el día en una celda. Está enfermo.

–La Ley, es la Ley. Él no ha pagado el impuesto y ese es el castigo por ahora. Lo he explicado bien claro antes –contestó con hastío.

–¿Y si se pagase el dinero que debe? –preguntó Kane.

–Su cuenta por tres reales estaría saldada, pero no le libraría de pasar la noche entre rejas. –aclaró el pelirrojo.

–Me cambiaré entonces por él –anunció Kai pillando de sorpresa a los dos.

–Esa pregunta es... –intentaba decir Yuriy, pero fue interrumpido por el bicolor.

–No ha sido una pregunta, no me malinterprete. Quiero cambiarme por él. –aclaró.

–Jajaja... tú has saldado tu cuenta. ¿Por qué hacerlo? –preguntó curioso.

–Mis motivos son cosa mía. Pero no me negará que es una oferta tentadora.

Yuriy puso su mano sobre el mentón y meditó unos segundos– Está bien –sonrió–. Te cambiarás por él –chasqueó los dedos y en dos segundos se acercó un soldado–. Trae al anciano –miró a Kane mientras el soldado iba a hacer lo que le habían ordenado–. Espero que su estancia aquí sea inolvidable –le habló con hospitalidad, pero a la vez con sequedad.

–Creo que será así. –contestó–. Por cierto –sacó dinero del bolsillo, tres reales para ser exactos–. Espero que así la cuenta esté saldada.

–Oh, lo está, créame –sonrió recogiendo el dinero.

Los dos jóvenes vieron cómo el soldado se acercaba con el anciano que seguía tosiendo.

El bicolor miró a Kane, sonriéndole con algo de pena–. Lo siento mucho, hoy tampoco podrá ser.

–Tranquilo, yo hubiese hecho lo mismo –Le reconfortó dándole una palmadita en la espalda–. Iré a visitarte.

Un soldado agarró a Kai del brazo–. Vamos –le obligó a caminar.

El anciano y el joven de ojos color carmesí se cruzaron en el corto camino. Con una sonrisa le dijo–. Dios le bendiga, joven Kai.

–Cualquiera hubiese hecho lo mismo –le sonrió.

–Venga –le obligó a caminar el soldado para agruparlo con las otras tres personas, mientras el que no paraba de toser era liberado por el soldado.

Kane se retiró de la mesa. Miraría a su amigo desde otro punto para no molestar a las dos personas que quedaban por pagar. El pelirrojo se puso en pie, le susurró unas palabras a un soldado, debían de ser órdenes. Acto seguido se retiró del lugar. Varios soldados cogieron a los presos. El blanquecino mientras pudo, miró a su amigo con una diminuta sonrisa, hasta que le obligaron a andar.

Kane paseó su vista por el escenario. Ni un alma en la plaza, sólo él y los dos soldados que lo recogían todo para poder marcharse. No tenía caso quedarse ahí. Mejor iría a por el carro e intentaría localizar la cárcel para poder hablar con el bicolor sobre si debía de contarle lo sucedido a su padre o no.

&&&Kai&Takao&&&

Takao llevaba sentado en el carruaje unos diez minutos, cuando vio la puerta abrirse. El pelirrojo entró sonriente.

–Ya estoy aquí. Pero antes de hablar me gustaría llevarte a un sitio más apartado, donde nadie pueda molestarnos a ninguno de los dos. ¿Te parece bien? –le preguntó a Takao el cual únicamente asintió igual de serio que antes–. Está bien –sacó la mano por la ventanilla y dio unos golpes sobre el exterior de la puerta, dándole la orden al cochero de que podía proseguir con lo planeado.

Estaba feliz, hoy sería su día de suerte. Tendría a Takao a su lado y el bicolor había escogido estar en la cárcel. ¡Ja! Nunca pensó que fuese tan idiota. Y eso que él velaba porque este día llegase. Claro estaba, porque fuera él la persona que no pudiese pagar impuestos. ¿Pero eso qué más daba si el resultado había sido el mismo? Y pensar que había fingido pensarse esa propuesta, cuando tenía el pensamiento tan claro. Ahora estaría a solas con el menor y tendría que jugarse muy bien sus cartas, sin cometer ningún desliz.

&&&Kai&Takao&&&

El carruaje se detuvo. Yuriy abrió la puertecilla y salió él primero. Le ofreció la mano al joven de cabellos azules para ayudarle a bajar y extrañamente la acepto.

–Por aquí –le indicó, pisando las hierbas, bajando una clara pendiente. Takao le siguió, viendo un árbol al final del camino, un cerezo en flor. Justo al lado había un tronco de árbol tirado en el suelo desde hacía mucho tiempo y más abajo estaba el río cristalino–. Por favor, siéntate –le pidió con amabilidad.

–Gracias –contestó sentándose en el enorme tronco. Yuriy se sentó junto a él.

–Presiento que has de hablar conmigo de algo importante.

–Así es.

–Pues adelante, aquí nadie nos escuchará y mucho menos interrumpirá.

–Es sobre vuestras sospechas. Teníais razón. Ahora sé que he estado ciego. Hoy he podido ver cómo ellos... –miró hacia el río, para volver a mirar el suelo–. Estaban cogidos de la mano.

–Eso es algo delicado –cogió la mano del menor–. Debes de sentirte mal.

–Me siento traicionado. Confiaba en Kai desde que nos comprometieron y él... –explicó con rabia reprimida, subiendo de nuevo la vista para mirar el río.

–Ha jugado contigo –finalizó la frase–. Ha jugado con tus sentimientos, ha jugado con alguien tan delicado y hermoso como lo eres tu –procedió a acariciarle la mano con el dedo pulgar.

–No sé que puedo hacer.

–Hay muchas cosas que tú puedes hacer.

–¿Cómo qué?

–Como exigirle la verdad, aunque lo negará todo. También podrías hacer algo respecto a tu compromiso, anularlo por ejemplo.

–Yo no puedo hacer eso.

–Takao –se acomodó para mirarle de frente. Se desabotonó la chaqueta y procedió a quitársela, soltándola en el suelo–. Quien te habla ahora no es un Teniente, sino un amigo –paseó su mano por la mejilla morena–. Tú no te mereces ese engaño, ese trato, te mereces algo mucho mejor. Alguien que te cuide y proteja, alguien que esté dispuesto a dar su vida por la tuya sin pensárselo. Alguien de sentimientos sinceros hacia ti.

–Ese alguien no existe para mí. –le habló con tristeza.

–Por supuesto que sí. Sólo tienes que buscarlo o dejar que él te encuentre. ¿Entiendes? Pero ese alguien no es Kai, eso puedo asegurártelo –le pasó el dedo pulgar por los labios, viendo cómo el joven de cabellos azules lo miraba sin pestañear–. Yo ante todo soy hombre con debilidad hacia lo hermoso y no puedo impedir tener debilidad hacia ti. Has de pensar que soy un hombre sin escrúpulos, frío, calculador, que solamente le importa el poder. Pero te aseguro que no es así. Si parezco cada una de esas cosas es sólo por el cargo que ejerzo. He de ser duro porque de lo contrario la gente no obedecería. Y no puedo hacer otra cosa que acatar las órdenes, pero eso no significa que sea feliz haciéndolas o que las desee.

–Lo comprendo.

–Sólo conóceme –le acarició los cabellos–. Juro que no defraudaré al hombre que hace palpitar como un caballo desbocado mi corazón. –El menor se sonrojó y agachó la cabeza con una sonrisa nerviosa. Yuriy sonrió en sus adentros, estaba consiguiendo que el menor le creyera, cosa que le convenía y además estaba siendo sincero– ¿Qué te sucede? –le preguntó llevando ahora su mano bajo la barbilla del otro para hacer que lo mirase.

–Es que... nadie me había dicho algo así antes –esquivó su mirada del joven de ojos azules, le daba demasiada vergüenza mirarle a los ojos.

–Takao, tengo aquí en mi pecho un sentimiento muy profundo hacia ti. No creo poder guardar más en secreto este amor que te tengo. Te quiero. –El joven de cabellos azules se quedó petrificado ante esa declaración. Quería articular palabra, pero simplemente no podía–. Déjame demostrarte aquí y ahora lo grande que es mi amor por ti. –se acercó hacia él lentamente, cerró los ojos a medida que se aproximaba a sus labios.

¿Qué iba a hacer? ¿Iba a besarle? ¿Iba a darle su primer beso al Teniente? ¿Estaría bien dejarle hacerlo?

–Teniente –puso su dedo índice sobre los labios del pelirrojo, deteniéndolo en su recorrido. El nombrado abrió los ojos para saber que sucedía, observando la situación. Estaba a escasos centímetros de los labios de Takao y su trayecto había sido deteniendo por el dedo del mismo–. Yo... no... Aún no estoy preparado para esto. Tenéis que comprender que llevo muchos años comprometido con otro hombre y de hecho lo sigo estando. No me parece justo el haceros daño. No puedo cambiar mis sentimientos de la noche a la mañana. Si os beso ahora, os haría mucho daño y yo me estaría engañando en estos momentos. Siento ser tan sincero. Quizá estoy siendo egoísta.

Agarró la mano morena junto con el dedo que lo silenciaba–. Gracias por ser tan franco conmigo, esperaré el tiempo que sea necesario –le besó la mano.

–¿Y si nunca llega?

–Llegará, no me cabe duda –habló con decisión.

–Gracias por ser tan comprensivo y bueno conmigo, Teniente.

–Yo siempre soy así y he de decir que te comprendo y respeto tu espera –se levantó sin soltar la mano que tenía cogida–. Vamos a caminar. Nos ayudará a los dos.

Sonrió, no rechazaría el paseo. Sentía que lo necesitaba. Yuriy le ofreció el brazo y Takao lo tomó, después de todo sería un paseo agradable por ese sendero de tierra, junto al río.

&&&Kai&Takao&&&

Kai miró a su alrededor con tristeza. Agarró los fríos barrotes de hierro y apoyó su frente sobre estos. Estaba en una habitación minúscula, con una sola ventana a su espalda, llena de barrotes de hierro y que estaba a unos dos metros de altura. El suelo era de cemento al igual que las paredes que conectaban con otras celdas. Había una cama a su izquierda, pegada a la pared, pero estaba rellena de paja al igual que la almohada. Dudaba poder dormir en ella bien. Sólo había cuatro celdas y él estaba en la tercera, solo como la una, mientras los otros estaban todos juntos en la primera celda. Fuera de las celdas había un soldado sentado en la silla, escribiendo sobre la mesa, ese era el encargado de vigilar las visitas y quien poseía las llaves de las puertas de hierro.

El ahora carcelero vio una sombra sobre su papel, parecía una figura, alguien había entrado. Así que miró al individuo que tenía en frente.

–Buenos días –saludó el joven.

–Buenos días. ¿Puedo ayudarle? –preguntó el soldado.

–Sí, vengo a ver a un amigo que está aquí.

El bicolor reconoció de inmediato la voz de su amigo, se trataba de Kane.

–Lo siento, pero el horario de visitas no es hasta las 5 de la tarde. Vuelva entonces.

–Pero... –vio ahora a su amigo bicolor en la tercera celda.

–Buenos días, joven –su voz ahora sonaba algo áspera, también por cómo le miró, Kane sabía que el soldado lo estaba echando de ahí con educación.

–Buenos días –daría por finalizada la conversación con ese soldado. Pero eso no significaba que no pudiera ver a Kai. Salió por la puerta y subió al carro de Kai. Sacudió las riendas y se alejó del lugar.

El blanquecino soltó los barrotes para así poder ir a sentarse en la cama. Unos segundos pasaron antes de que se sintiera incómodo por la paja, así que se sentó con las piernas flexionadas en el frío suelo y apoyó su espalda en la madera colgante de la cama.

Con una sola visita en el día y a esa hora ese iba a ser un día muy largo para él. Pero no se arrepentía de su acto por el señor Collins y mucho menos al ver la debilidad del hombre y esa fría celda.

–Psss...

Le pareció escuchar algo. Pero estaba totalmente aislado, así que eso era imposible.

–Psss... Kai.

De nuevo ese susurro, miró hacia el otro lado de los barrotes sin moverse de su posición, quizás alguien lo llamaba desde ahí.

–Aquí arriba.

Miró hacia arriba... a su alrededor, encontrándose con la ventana, viendo una mano que le saludaba pasando por los barrotes. Se puso en pie sorprendido al ver de quien se trataba.

–Kane –miró hacia el exterior de la celda para asegurarse de que el soldado no vigilaba– ¿Qué haces ahí? –le preguntó ahora mirándolo.

–Vengo a hacerte compañía –susurraba con el fin de no ser escuchado por nadie más salvo por su amigo. La ventana estaba muy alta y aunque Kane era más o menos de la altura de Kai, no entendía como podía verle la cara y con ambas manos puestas en los barrotes.

–¿Cómo es que...?

–Aquí hace un poco de cuesta y estoy sobre la parte trasera del carro subido –le sonrió–. Dime una cosa. ¿Aquí todos los soldados son tan antipáticos como ese?

–Aprenden de un gran maestro.

–Kai, ¿qué es lo que está pasando en Santa Clara? Esto no es normal y el Rey...

–Lo sé –sus facciones se tornaron serias–. No me gusta como pinta esto, a este paso, pueden ocurrir muchas desgracias.

–Yo pienso igual que tú. Por eso hay que intervenir de alguna manera.

–Tranquilo, el Zorro será la salvación de este pueblo.

–¿Confías en un desconocido?

–Hasta ahora creo que no lo ha ido haciendo del todo mal, o eso me ha contado Takao. Hm... Takao –pensó en Kinomiya y no pudo evitar sentirse abandonado al no tener al joven de cabellos azules allí dándole ánimos.

–Tranquilo, seguro que él no sabe que estás aquí, pero puedo ir a avisarle. Preguntaré donde vive, como he hecho para conseguir llegar hasta aquí.

Negó con la cabeza–. No voy a negarte que me haría feliz el poder verle ahora mismo, pero... Takao es demasiado sincero y temo que se meta en problemas si me ve aquí.

–Comprendo.

–También siento lo de hoy.

–No te disculpes por más veces. Yo en tu lugar hubiese hecho lo mismo. Además, mañana si es necesario no bajaremos al pueblo, iremos directos a otro lado. ¿Qué te parece?

–Me parece bien –sonrió con algo más de ánimo.

&&&Kai&Takao&&&

Pasaron las horas hablando de su tiempo en España, ¿de qué otra cosa podrían hablar si no? Dieron por finalizada su conversación cuando Kai escuchó alboroto.

–Kane, escóndete –le pidió mirando hacia el exterior de la celda.

–Muy bonito, tú aquí durmiendo, mientras yo traigo la comida –era un soldado.

–Sólo ha sido una cabezadita –le quitó importancia el otro.

–Anda, repartamos esto.

Se podía escuchar cómo los pasos se acercaban y cómo se detenían en la celda de al lado.

–Tomad –escuchó.

Ahora un soldado se paró frente a su celda. Llevaba en una mano un mendrugo de pan y en la otra una taza vieja–. Venid hacia aquí –le invitó. Se puso de pie y miró lo que ambas manos contenían–. Cogedlo, es para vos. –Lo aceptó cogiéndolo mientras asintió pausado con la cabeza. El soldado volvió a su puesto y por lo que pudo escuchar, parecía que el otro se marchaba de ahí.

–Ya puedes salir –le avisó Kai a su amigo, quien permaneció escondido al otro lado de la pared para evitar ser visto. Se sentó sobre la cama ahora viendo la cara de su amigo de nuevo.

–¿Eso es la comida?

–Sí, la verdad no esperaba otra cosa –tanteó el pan con las manos–. Como una piedra –le confesó, pero aun así lo mordió. Kane pudo escuchar el ruido del pan tan crujiente por su dureza.

–Espero que eso te siente bien.

–No te preocupes –le habló con la boca llena, intentando no romperse los dientes mientras masticaba.

&&&Kai&Takao&&&

El carruaje del Teniente se detuvo a altas horas de la tarde en la casa de los Kinomiya. El pelirrojo bajó el primero para ayudar al joven a bajar, agarrado de la mano.

–Gracias –le sonrió.

–Takao, hoy ha sido un día inolvidable para mí. ¿Me prometes que mañana lo será también?

–Posiblemente.

Ante la contestación procedió a besarle la mano con delicadeza cosa que hizo enrojecer las mejillas del menor–. Hasta mañana entonces, por desgracia tengo asuntos que me reclaman.

–Lo comprendo, váyase tranquilo y gracias por todo, Teniente.

–Yuriy –le recordó.

Sonrió–. Yuriy. Adiós.

–Adiós –le soltó la mano y lo dejó ir. Realmente no había perdido el tiempo el día de hoy en conquistar al joven de cabellos azules, incluso había conseguido que lo llamase por su nombre y no por su cargo. Además, habían estado tan absortos en sus conversaciones y paseos que ni cuenta se habían dado de que ya era por la tarde y que ninguno de los dos había comido.

Esperó a que el joven de cabellos azules entrara en la casa, cuando lo hizo, entró en el carruaje con un destino. Tenía que ver algo que sin duda deseaba desde hacía mucho tiempo. Sonrió retorcidamente de pensar que su plan se estaba llevando a cabo.

–Jajaja, haré que te arrepientas de haberte cruzado en mi camino –reía como desquiciado al pensar en el sufrimiento del joven que tenía entre ceja y ceja.

&&&Kai&Takao&&&

–¿De verdad quieres que me vaya? –le preguntó Kane sin comprender a su amigo del todo.

–Yo al menos he comido un mendrugo de pan, pero tú no me has dejado solo ni un segundo. Has de tener hambre, a demás, dentro de tres horas oscurecerá. Lo mejor es que vayas a mi casa y comas allí.

–No te quiero dejar solo.

–¿Y qué pretendes? Yo no quiero que vayas a dormir ahí en el carro, a la intemperie. Es peligroso con tanto ladrón suelto... ellos actúan por la noche.

–Pero tu padre preguntará por ti, ¿qué le diré?

–Cuéntaselo todo, él lo entenderá. Dile que estoy bien. Ahórrale la caminata. No le dejaran pasar. Ya has visto el tiempo que te han concedido a ti en las visitas.

Asintió–. Lo entiendo, intentaré calmarle.

–Lo más seguro es que a primera hora nos suelten a todos y yo no dudo de que mi padre estará fuera esperándome, así que únicamente dile que tenga paciencia.

–Se lo diré –pasó su brazo entre las rejas, estirándola para ofrecerle a su amigo un apretón de manos. Kai sonrió y estiró el brazo hasta cogerle la mano–. Tranquilo Kai, todo esto pasará pronto.

–Lo sé, gracias por tu compañía. Me ha sido de ayuda.

–No ha sido nada, nos veremos mañana –le apretó fuerte la mano para soltársela y sacarla fuera.

–Ten cuidado en el camino.

–Lo tendré. Hasta mañana –le guiñó el ojo.

–Hasta mañana –le despidió. Pudo sentir los cascos del caballo chocar en los adoquines. Se estaban alejando, así que su amigo se estaba marchando como le había dicho. Suspiró cansado. Lo que podría hacer para matar el tiempo sería dormir. Con ese pensamiento se tumbó en la cama, cruzando sus brazos detrás de la cabeza. Cerró los ojos, al menos nadie le molestaría.

No pasó más de diez minutos cuando escuchó lo que parecía ser la llave girar en una cerradura y el crujido de la puerta de la celda siendo abierta. Juraría que había sido en la de al lado si no hubiese sido porque escuchó las pisadas retumbar en su habitación. Abrió sólo un ojo para ver de quien se trataba.

–Vaya, vaya, vaya... ¿Estás cómodo? –le preguntó Yuriy dándole un bocado a su hermosa y brillante manzana roja. Kai abrió el otro ojo, para estudiarlo con detenimiento. No podía ser otro que el Teniente el que preguntara esas idioteces. Escuchaba cómo masticaba con la boca abierta, para demostrarle el sonido crujiente de la fresca manzana–. Creo que te he hecho una pregunta –mordió de nuevo la manzana.

–Si quiere puede comprobarlo. Sólo enciérrese en una celda y pruebe la cama personalmente.

–Jajaja. Olvidaré ese detalle contra mí porque estás enfadado, es comprensible. Pero así aprenderás a no meterte en cosas que no son de tu incumbencia.

–Teniente. ¿Qué es lo que quiere de mí? –estaba claro que hoy estaba radiante de felicidad y el sarcasmo hoy era su aliado.

–Aumentar la felicidad del día de hoy.

–¿Le hace gracia todo este asunto? –se sentó en la cama.

–Pero por supuesto. Aunque lo que realmente me hace gracia es ver cómo tú solo te has metido en esta celda. Jaja –mordió la manzana–. Oh –siguió masticando–. Pero que descortés por mi parte. Estás aquí pasando hambre y yo aquí comiendo. Nt, nt, nt... ¿una manzana? Oh, no puedes conseguir una manzana –negó con la cabeza–. Porque para obtenerla necesitas dinero, cosa que no tienes. Pero tranquilo, mañana para mi desgracia estarás en la calle de nuevo, podrás comprarte las que sean de tu antojo. –Decía con hipocresía–. Por cierto, ¿qué tal el agua?

–Deliciosa, al igual que ese mendrugo de pan. –confesó con tranquilidad.

Al parecer se disgusto por lo dicho– ¡Soldado! –miró hacia su izquierda.

–¡Sí, señor! –hizo su particular saludo.

Miró con desprecio al soldado– ¿Le habéis dado un mendrugo de pan? –preguntó pausado, intentando no desatar su furia.

–¡Sí, señor! –afirmó, acercándose al Teniente.

Se tocó la frente un segundo antes de volver a mirar al pobre diablo que tenía frente a él–. Creo que di una orden precisa, soldado –al ver que el otro parecía no darse cuenta de su metedura de pata, lo agarró del uniforme por el cuello, y lo levantó hacia arriba– ¡Di órdenes estrictas de que sólo le dierais agua! ¡Agua! ¡No agua y un maldito mendrugo de pan!

–Lo siento Teniente, pero sólo con agua... lo pasaría mal y... –respondió con algo de miedo.

–¿¡Te pago para que pienses!?

–¡No, señor!

–¡Más le vale que esto no se vuelva a repetir!

–¡No volverá a ocurrir, señor! –afirmó.

–Más le vale, porque de lo contrario serás tú quien lo pase mal –le aclaró dejándole en el suelo–. Ahora en la cena, solamente agua. ¿Alguna duda? –preguntó, esperando que esta vez hicieran lo correcto.

–¡Ninguna, señor!

–Retírese –le ordenó con desprecio soltándole el uniforme.

–¡Sí, señor! –contestó volviendo a hacer su saludo, para salir finalmente de la celda.

Miró al bicolor–. Has tenido suerte por la estupidez de mi soldado, pero la próxima vez no la tendrás. –Caminó hacia la puerta y la cerró, desapareciendo de la vista del bicolor.

El Teniente era peor de lo que pensaba. No sólo se había reído de él en su cara, sino que quería matarlo de hambre el día de hoy. Pero por suerte el soldado había metido la pata y aunque no era gran cosa la que le había ofrecido, menos era nada, ¿verdad? Se tumbó en la cama de nuevo y cerró los ojos, ahora si esperaba que nadie lo interrumpiese para poder quedarse dormido, antes de que le volviera a rugir el estómago de hambre.

&&&Kai&Takao&&&

No había duda de que estaba gozando de una buena pierna de cordero asado y de un buen vino blanco. Sin embargo, no podía dejar de pensar en los acontecimientos del día. Eso lo distraía demasiado. No paraba de pensar en que Kai lo había engañado y ahora no veía porqué motivo tenía que guardarse de otra persona. Si él le había engañado, pues ahora le tocaba a él hacer lo mismo, pero sin embargo... cuando el Teniente fue a besarle le contestó con el corazón y no con la cabeza.

Yuriy se estaba portando muy bien con él, y ahora estaba más seguro de que el pelirrojo no era un falso como aparentaba. Se le había declarado, ¿quién era capaz de hacer algo así? Ni siquiera él se le había declarado hacía tiempo atrás a Kai. Si lo hubiese hecho, quizás las cosas hubiesen cambiado, pero siempre existía la posibilidad que tanto miedo le daba... ser rechazado por la persona que más amaba en este mundo.

Sí. Amaba. Porque después de escuchar la declaración de amor de Yuriy y de ver con sus propios ojos algo que jamás creyó posible, ya no estaba tan seguro de que su amor por Kai siguiera en pie. Pero por otro lado, todo había sido muy reciente, estaba en un profundo dilema. A tan sólo un año de su fecha nupcial se había dado cuenta de lo tonto que había sido.

–Hijo, ¿te pasa algo? –le preguntó su madre, poniendo su mano sobre la de su hijo.

Más por el tacto que por las palabras su hijo reaccionó– ¿Qué? –la miró confundido.

–¿Te encuentras bien?

–Sí, muy bien. Perdonadme, pero me voy a mi habitación –se puso en pie, agarró la mano de su madre con firmeza y la besó–. Buenas noches a los dos.

–Buenas noches, hijo.

–Buenas noches –contestó el padre cuando pudo tragar la carne. La señora Kinomiya observó a su hijo sin perder detalle. Después de que Takao desapareciese de su vista, miró a su marido preocupada.

–¿Qué crees que le sucede? Ha estado ausente desde que ha regresado. Muy pensativo.

–Yo también lo he notado. Pero no sé qué puede pasarle –cogió la copa de vino– ¿Crees que se ha peleado con Kai?

–Es posible, el otro día pelearon, pero siempre vuelven a estar juntos.

–Entonces no le des más importancia querida –bebió vino.

–Pero el otro día, Kai quería verle para hablar con él, pero no pudo y... desde entonces... Takao se va al pueblo andando y ha regresado a la casa con el Teniente. ¿Y si quieren romper el compromiso?

–Sabes que no pueden hacer eso. Sólo nosotros y el señor Hiwatari somos los que podemos anular tal cosa.

–Aún así, me preocupa –se puso en pie–. Voy a hablar con él –se retiró de la mesa, dispuesta a ir hacia la habitación de su hijo. Cuando estuvo frente a la puerta la tocó suavemente.

–Pasad –escuchó decir.

Abrió la puerta– ¿Puedo pasar? –preguntó viendo a su hijo sentado en la cama.

–Claro, pensaba que eras la sirvienta –le confesó por haberle hablado de usted.

Entró y cerró la puerta– ¿Puedo sentarme contigo?

–Claro –le contestó sin dejar de mirarla– ¿Pasa algo? –sabía bien que su madre no entraba a su habitación por gusto, sino porque algo sucedía.

Le cogió de la mano–. Sinceramente, tengo algunas dudas y quiero que me las aclares.

–¿De qué se trata?

–Hijo... ¿has peleado con Kai?

Tras unos segundos de silencio preguntó– ¿Qué te hace pensar eso?

–Nada, es que no le veo venir aquí desde hace un par de días.

–Está ocupado –le respondió–. Ha venido un amigo suyo y pasa mucho tiempo con él –desvió la mirada hacia el frente.

–¿Un amigo suyo?

–Sí, de España. Se llama Kane.

–Ah. Pero, eso no quita que pase tiempo contigo también.

–Es mejor dejarlos solos. Al menos hasta que su amigo se marche. Así podrán contarse muchas cosas sin que nadie les interrumpa. A mí me ve todos los días, pero a su amigo lleva tiempo sin verle. Además, no tienes de que preocuparte. El Teniente Yuriy se ofrece a traerme e incluso a llevarme a algún sitio si es necesario –la miró y le sonrió.

–Eso está bien –le acarició la mejilla–. Bueno, si ves a Kai dale recuerdos míos y de tu padre.

–Claro, lo haré –le dio un beso en la mejilla.

La bella mujer le abrazó–. Sabes que siempre me tienes aquí para hablar, ¿verdad?

–Sí, lo sé –le contestó, esperando a que su madre le soltase. Cuando lo hizo, sintió cómo le besó la frente y sólo entonces fue cuando se puso de pie–. Te quiero.

–Y yo a ti, mamá.

Le despidió con la mano y una sonrisa y él le imitó el gesto. La mujer abrió la puerta y salió de la habitación. El joven de cabellos azules se puso entonces de pie y suspiró. Miró hacia la puerta acristalada, estaba abierta de par en par. No le haría daño salir un poco al balcón y disfrutar de la brisa fresca de la noche. Salió al exterior y apoyó sus brazos en el balcón. Frunció su ceño, estaba decidido. Se enamoraría del Teniente, costase lo que costase.

&&&Kai&Takao&&&

Mientras tanto en la familia Hiwatari...

Kane estaba contándole lo sucedido al señor de la casa en el comedor, junto a la mesa.

–¿Se encuentra bien? –preguntó nervioso el hombre, poniéndose de pie.

–Sí –contestó rápido, levantándose de la silla.

–Tengo que verle.

–No puede, no le dejarán. Ya no hay horario de visitas.

–¿Por qué no me has avisado antes?

–Porque he estado acompañando a Kai todo el tiempo, tampoco quería dejarle solo.

Asintió nervioso con la cabeza–. Me voy ahora mismo.

Al ver cómo el hombre estaba dispuesto a irse, Kane le retuvo, sujetándole el brazo–. Señor, Kai me pidió que estuviera tranquilo, que le dijera que él estaba bien, que no se preocupase de nada. Más bien, dice que espera verlo a su salida, mañana al amanecer.

–Pero... es vital para mí el verle. Tú no lo entiendes. Solamente tengo a mi hijo, nada me queda en este mundo salvo él.

–Le entiendo señor, entiendo su preocupación. Y si no le llamé antes, fue porque Kai me lo pidió. Su hijo es un muchacho muy fuerte. –le reconfortó.

El hombre golpeó la mesa con ambos manos– ¿¡Pero por qué ahora!? ¡Él nunca habría hecho algo así antes! ¡Él huye de los problemas!

–Puede que esta vez la injusticia cometida por el ejército fuera demasiado grande y no lo creyera justo. –agregó Kane.

–Necesito sentarme –aunque era incapaz de despegar su vista de la mesa.

Kane le acercó una silla y le ayudó a sentarse. Acercó otra silla y se sentó junto a él–. Tiene que serenarse.

–No sé qué demonios pretende el ejército con todo esto. –Apoyó los codos sobre la mesa y sujetó su frente con las manos– ¿A dónde vamos a ir a parar?

–Kai me ha contado la situación, y sé que es duro, muy duro. Y aunque esté en la cárcel porque él así lo quiere, su hijo ha sido muy valiente. Debería de estar orgulloso de él, por su acto de valentía. Kai superará esto pronto, pero sinceramente, tenía mis dudas sobre ese pobre señor que estaba enfermo.

–¿Sabes? A pesar de su cobardía y ser poco trabajador, mi hijo es un buen muchacho. Estoy orgulloso de él –comentó con nostalgia.

–Sí que lo es –le puso la mano en el hombro–. Sé que es duro, pero intente relajarse. Mañana le soltarán y podrá regañarle todo lo que quiera.

–Ojalá lleves razón. –decía preocupado.

–La llevo, siempre la llevo –frunció el ceño al pensar en la situación tan dura por la que empezaba a pasar ese pueblo. El pensamiento que cruzaba en su mente desde esta mañana no era nada bueno. Solamente esperaba que en eso no llevase razón o las personas de ese pueblo lo pasarían muy mal. Ahora tenía que centrarse en intentar tranquilizar al padre de Kai y hacerle comer algo. Si es que eso era posible– ¿Le apetece una taza de té?

Continuará...

&&&Kai&Takao&&&

Gracias por sus reviews:

Vampire Princess Miyu: ¿Tú crees que le falta vidilla al asunto? No sé, supongo que sí, pero no todos los capis pueden estar llenos de aventuras, ¿verdad? Unos os gustarán más, otros menos, otros os darán más informaciones, otros menos... yo creo que el joven de cabellos azules con el pelirrojo ya va a tener de sobra. Si apareciesen más galanes, entonces sí tendría que raptar a Kai y Takao y ponerlos en un sitio solitario donde nadie los vea para que así se declaren de una buena vez.

Darkekin: Pues sí, como siga prolongando y no aclare ahora todas las dudas y visiones de Takao, perderá al joven de cabellos azules y más ahora que éste se ha decidido a enamorarse de Yuriy. Que injusticia la del pelirrojo, ¿no crees? Pretendía matar de hambre al pobre Kai. Tuvo suerte por la estupidez del soldado. Por cierto, se cortó el review. Eso sucede cada vez que pones este emoticono. Éste no lo acepta la página, pero puedes cambiar ese emoticono por un ¡kya! Es lo mismo, ¿no?

Takaita H: Un review algo raro si, jeje, pero bueno entre nosotras nos entendemos jijiji. Pues hoy no le dio tiempo a aclarar nada al final, más bien hubo quien aprovechó el tiempo en calentarle la oreja a Takaito (se le da bien al condenado Teniente)

Valery Hiwatakinomiya: Pues más bien la presencia de Kane y ese agarre de mano fue lo que le dio credibilidad a las palabras de Yuriy. Habrá que ver ahora que sucede cuando Kai salga de la cárcel. ¿Hablará con Takao algún día? ¿Qué pasará? ¿Takao lo ignorará?

Wuonero: Tienes razón amigo y gracias por decírmelo, ya rectifiqué el error. Ni me di cuenta porque yo cuando leí, lo leí bien en lugar de lo que ponía, jeje. Fallos técnicos y sí, me refería a la noción del tiempo. Tu lo que quieres es que Kai se le declare a Takao, ¿nee? Más de una está así. Yo por ejemplo. A mí me tiene frita, porque no hace más que dar vueltas y puede que el Teniente se lo arrebate si Takao sigue pensando así.

Miru: ¿Kane alguien importante? Puede que sí, puede que no. ¿Quién sabe? Quizás al leer este capi te haya surgido alguna idea respecto a esto. Pues no, no le reclamó nada, más bien quiere pasar de Kai. Mi lindo Takao, líbrate de las garras del Teniente.

Eso es todo por ahora, cuidaos mucho, xao.