Pareja: Kai&Takao

Advertencia: Shounen –ai

"Pensamientos"

–Diálogos.

EL ZORRO

–Kaily Hiwatari–

Continuación...

&&&Kai&Takao&&&

En la noche...

Takao le había dicho a sus padres que tenía que hablar con Kai sobre un asunto que no podía esperar a mañana, pero lo cierto es que tenía frente a él, la enorme muralla de piedra del cuartel del ejército. Las enormes puertas de madera vieja estaban abiertas de par en par, pero sólo por seguridad, dejó el carruaje fuera. Si les hubiera dicho a sus padres la verdad, sabía a ciencia cierta que no le habrían dejado marchar o su padre lo acompañaría. De todas formas no tardaría mucho en regresar a su casa. El cielo parecía estar demasiado negro, y la luna no estaba por ningún sitio. Sólo esperaba que no fuera a llover.

Bajó del carruaje con el candil en la mano y se aventuró a cruzar la puerta. Un soldado lo vio llegar y se cruzó en su camino.

–¿Puedo ayudarle? –preguntó.

–Busco al Teniente Yuriy. Necesito hablar con él. ¿Está aquí?

–Sí, está. Pero tengo órdenes estrictas de no interrumpirle.

–Por favor, es muy importante –le rogó.

–Está bien –le dijo–. No se mueva de aquí, hasta nueva orden.

A las espaldas del soldado había una puerta que daba a la entrada del enorme patio del ejército y a su vez a las instalaciones de las mismas. Esa estructura estaba sujetada por columnas de piedras. Por lo que podía ver el joven de cabellos azules debido a la luminosidad del punto en el que se encontraba gracias a los candiles que había colgados, un enorme muro protegía el lugar y al parecer los caballos salían por la puerta por la que él había entrado hacia unos minutos.

La verdad es que por las horas que eran, no se hubiera imaginado encontrar las puertas abiertas, pero daba igual. Él estaba dentro y decidido a preguntarle algo al Teniente.

Escuchó un fuerte ruido y miró hacia el cielo. Sí, estaba tronando y relampagueando a los pocos minutos. Únicamente esperaba que le diera tiempo a llegar a su casa antes de empaparse por la posible lluvia.

&&&Kai&Takao&&&

Por otra parte, el Teniente estaba ocupado en su habitación. Estaba sentado en la silla, con los pies en la mesa. Su espada estaba en la mano izquierda y su mano derecha humedecía la punta de un paño en un líquido extraño para a continuación frotárselo a la hoja de espada, más concretamente cerca de la punta. Sonreía como un niño feliz mientras lo hacía, hoy había sido un día excepcional. Todo le había salido a pedir de boca y encima el Zorro no había podido hacer nada para impedirlo. Cosechas quemadas, igual a pueblo destruido, esa era su idea. El soldado le había puesto al tanto de la aparición del Zorro y cómo éste se dio por vencido marchándose al ver lo evidente. Nada podía hacer.

Escuchó cómo tocaron la puerta, no por ello borró su sonrisa–. Pasad. –anunció tranquilo.

El soldado abrió la puerta para informar a su Teniente–. Señor.

–He dicho que no quería ser molestado, ¿lo ha olvidado soldado? –le preguntó mirándole de reojo, pero sin dejar de hacer lo que hacía con tanto mimo y esmero.

–No señor, pero es que requieren de su presencia.

–¿Quién?

–Es el joven Kinomiya.

Dejó de frotar la espada– ¿Takao está aquí?

–Sí, señor.

–Vaya, así que no ha podido resistir el no verme y ha venido hasta aquí –fanfarroneó –¿Dónde se encuentra?

–En la entrada –le informó.

–Bien –sonrió dejando el pañuelo en la mesa mientras quitaba los pies de la mesa–. Decidle que voy enseguida.

Hizo su saludo–. Sí, señor –después de estas palabras, salió por la puerta, cerrándola tras de sí.

&&&Kai&Takao&&&

Takao miraba al cielo y se abrazaba a sí mismo, el tiempo empezaba a refrescar. Parecía tratarse de una nube, y ahora podía sentir en su piel cómo ésta se estaba humedeciendo por diminutas gotas.

–Saldrá enseguida –le avisó el soldado, haciendo que Takao dejase de mirar al cielo para mirarlo a él.

–De acuerdo.

El soldado rápidamente se fue a su puesto. Mientras Takao esperaba, el astuto enmascarado había conseguido colarse por la fortaleza. Había escalado y bajado el muro con ayuda de una cuerda que en su extremo tenía atado una especia de enorme gancho.

La cosa estaba demasiado silenciosa y eso era extraño en parte. Si sus cálculos eran correctos, los otros impuestos seguirían ahí. Solamente le faltaba saber la habitación en concreto en la cual estaba escondido ese cofre con el dinero, para poder hacerse con él. Gracias a algunos arbustos del lugar, podría esconderse por si algún soldado merodeaba cerca.

Caminó hacia delante y se pegó a la pared del muro que daba al patio y a las habitaciones del lugar. Iba a cruzar la esquina de la fachada no sin antes asomarse con cuidado por ella, cuando vio algo que no se esperaba. Takao estaba ahí. ¿Qué se suponía que hacía allí él? Ahora vio aparecer al Teniente y cómo le cogía la mano y se la besaba. ¿Qué significaba todo esto? Hablaban y él no podía escuchar nada, sentía que debía de hacerlo. ¿Pero cómo?

Miró a su alrededor buscando una respuesta y por fin la tuvo. Los grandes arbustos parecían estar casi pegados a la pared, por motivo de decoración imaginaba, pero eso ahora daba igual. Iría arrastrándose por el suelo hasta llegar a la altura de esos dos y poder escuchar lo que se decían.

&&&Kai&Takao&&&

Yuriy sonrió al ver al menor esperar a la entrada de la fortaleza–. Mi querido Takao –le cogió la mano y se la besó tan pronto llegó a su lado.

–Buenas noches, Teniente.

–Muy buenas noches. Dime, ¿qué te trae hasta mi humilde morada?

–No le he visto en todo el día y...

–Oh –se puso una mano sobre el pecho izquierdo–. Me echabas de menos tanto como yo a ti, ¿no es cierto?

–Em... no iba a decir eso exactamente –confesó.

–¿Y entonces? –preguntó mirándole con esmero.

–Es que no hemos coincidido el día de hoy y yo tengo una pregunta que hacerle.

El enmascarado ahora podía escuchar la conversación tras uno de los arbustos sin tener miedo a ser visto. Es más, se atrevió a mirar a través de lo que las hojas pequeñas le dejaban ver, gracias a los relámpagos y a la iluminación que estaba cerca de esos dos, podría ver mejor.

–¿Qué pregunta? –continuó Yuriy.

–Es sobre Kai Hiwatari.

Con sólo escuchar el nombre, Yuriy sintió que se aburría y su cara pareció reflejar ese sentimiento– ¿Qué le pasa?

–Quisiera saber si es verdad que ha estado entre rejas.

Yuriy alzó la ceja– ¿Cómo te has enterado de eso?

–Luego entonces, es cierto –afirmó.

–¿Quién te lo ha contado? ¿Ha sido él? –preguntó interesado.

–Eso no importa. Decidme si es cierto o no, por favor.

Tras unos minutos decidió contestar– Sí, es cierto. –reconoció, ya que casi lo había afirmado hacía unos momentos.

Suspiró así, liberando su tensión contenida– ¿Qué delito cometió?

–Eso no importa ahora, mi querido Takao.

–Claro que importa. Si lo sabíais, ¿por qué me lo habéis ocultado?

–No quería verte sufrir por semejante... –chasqueó los dedos varias veces, esperando a que las palabras correctas le llegasen a la cabeza–. Esperpento –finalizó–. Además, ¿Qué importancia puede tener algo así? –le preguntó sonriéndole.

–La tiene. Me habéis mentido, y eso es algo que no puedo soportar. ¿No os dais cuenta?

–¿Qué es lo que más te preocupa, mi querido Takao? ¿Qué te haya ocultado algo así por tu bien? ¿O que no hayas podido asistir como visita el día de su encarcelamiento? –ante esa pregunta, Takao silenció unos momentos.

El bicolor miró la escena reparando en una cosa. Takao después de todo hubiese ido a verle a la cárcel. Solamente ese pensamiento le hacía feliz. Después de lo que vio en el río ya no sabía qué pensar. Le dejó confundido el hecho de que ni siquiera fuera a su casa a preguntar cómo había pasado la noche en la cárcel. Y ahora sabía a ciencia cierta que el joven de cabellos azules acababa de enterarse y que Yuriy se lo había intentado ocultar.

Por unos segundos, recordó por lo que en realidad estaba en el cuartel general. Tenía que darse prisa. Después de todo, Yuriy ahora estaba entretenido con Takao en una conversación. Así que él aprovecharía eso para poder seguir con lo suyo sin ser visto.

Fue gateando por el suelo hasta llegar a la esquina de la pared, pero eso no le detuvo. Continuó su camino, siguiendo la pared, hasta ver su cuerda deslizada por esta. Fue entonces ahí cuando se puso en pie con sigilo. Corrió hacia la pared del enorme cuartel y se apoyó en ella. Pero todo no estaba siendo perfecto.

Escuchó un silbato de alarma. Tan pronto escuchó el ruido, miró como pudo hacia la dirección de la que procedía el ruido. Un soldado corría hacia él, al parecer lo había visto. ¿Cómo era posible? Quizás estaba haciendo el turno de guardia, o únicamente estaba dando un paseo, ¿qué más daba? Lo importante era dejarlo fuera de batalla.

Desenvainó su espada y se quitó tan rápido como pudo al soldado de en medio, pero ya era tarde, seguro que los demás soldados habían escuchado la alarma. Al ver a otros cuatro soldados correr hacia él, salió corriendo y giró en la esquina para salir de esa situación. Pero no recordaba que Yuriy y Takao estaban justo al otro lado. Detuvo sus pasos al ver a otros cuantos soldados acercarse al Teniente corriendo. Yuriy por su parte, tenía desenvainada la espada y Takao estaba detrás de él. Miró hacia su alrededor. No había nada en lo que se pudiese subir, ningún tejado a su altura. Eso estaba en la parte de dentro, en el patio concretamente y él estaba en la de fuera.

–Vaya. ¿Qué tenemos aquí? –Decía Yuriy al tiempo que miraba al enmascarado– ¡A por él, soldados! –ordenó.

Al escuchar esas palabras, el enmascarado luchó primero contra los soldados que tenía a sus espaldas. Eran menos, así tendría más posibilidades de su victoria. Dejando al último herido en el brazo, le arrebató su espalda, y al darse media vuelta sobre sus propios pasos encontró al resto del comité de bienvenida que acababa de llegar corriendo.

–¡Vigilad a Takao! –ordenó Yuriy antes de ir también al reencuentro del Zorro, a dos soldados que se habían quedado más rezagados.

Como sabía, el Zorro se había metido en la boca del lobo. Así que con dos espadas, una en cada mano, luchaba contra dos soldados, vigilando sus ataques y los de sus oponentes. Silbó de una manera exagerada con la boca. Necesitaba a su caballo con rapidez.

Después de todo, era sensato, ya que si calculaba bien, ahí dentro había más de setenta soldados. Lo mejor era una retirada, pero no sin dejar esta vez avisos de heridas en cada hombre contra el que luchaba. Si los dejaba solamente con una simple marca en la ropa, los soldados no se cansarían de luchar contra él. Hiriéndoles tendría la oportunidad de retrasarle al ejército sus planes contra él.

El joven de cabellos azules miró atentamente la escena, solamente desvió sus ojos de dicha escena cuando escuchó el sonido de los cascos de un caballo acercarse a toda velocidad. Ahora que un rayo iluminó todo lo que sucedía, vio con claridad que se trataba de Tornado. Intentó dar un paso, pero dos soldados se lo impidieron cortándole el paso con las espadas cruzadas.

–¿Qué estáis haciendo? –preguntó Kinomiya algo sorprendido.

–Órdenes del Teniente –habló uno de ellos.

En su caso, el Teniente sonrió con malicia e interrumpió en la pelea. Kai no tuvo más remedio que quitarse al soldado que tenía a su izquierda, contra el cual luchaba con la espada de la misma mano. Tornado ya se acercaba, así que sería rápido.

–Has venido a la boca del lobo, Zorro. Te creía más inteligente. Pero ya veo que no es así. –comentaba Yuriy.

–Sí, sé a lo que se refiere. Lo mismo me sucedió cuando le conocí –comentó burlón. Se estaba esmerando en la pelea, quería terminar cuanto antes para salir de ahí. Después de todo, el pueblo dependía de su ayuda en estos momentos. Pero al parecer a Yuriy eso de estar en su territorio le daba ánimos y fuerza además. Estaba más agresivo que de costumbre.

El caballo se detuvo a unos pasos de su dueño, pero éste era otro que no bajaba la guardia, ya que cuando vio que un soldado se le acercaba por detrás, no dudó en dar una coz, dejando al soldado inconsciente en el suelo.

Por su lado, Takao está enfadado y preocupado. ¿Por qué tenía que estar ahí parado sin hacer nada en esa circunstancia? Los soldados le habían bloqueado el paso y él sin embargo al ver esa pelea de espadas tan viva entre ambos hombres, sentía una ansiedad y angustia terrible. El Zorro se había portado muy bien con su pueblo hasta ahora y pensar que podía ser derrotado ahí mismo y que él no podía hacer nada para evitarlo...

–Dejadme pasar –les pidió a ambos soldados, empujando las empuñaduras de las espadas hacia delante para abrirse paso. Pero a cambio, sólo recibió una respuesta. Uno de los soldados lo agarró del brazo para evitar que corriera– ¡Soltadme! –Cuando intentó liberarse con la otra mano, el otro soldado se lo impidió al agarrarle el brazo con brusquedad –¡Soltadme, me hacéis daño! –gritó revolviéndose.

Esas fueron las palabras claves para que Kai perdiera toda su concentración en el combarte al mirar al joven de cabellos azules, momento que el pelirrojo supo aprovechar al máximo hiriéndole con la espada en el brazo izquierdo. Para cuando Kai quiso esquivar el golpe y regresó a la realidad, Yuriy le había hecho un arañazo que no pudo esquivar del todo. Por ello, su brazo ahora estaba herido en un largo corte. No por ello dejó de seguir con lo que hacía, pero empezaba a encontrarse distinto.

La vista comenzaba a nublarse, pestañeaba sin parar como quien tiene una mota en un ojo y no le deja ver y espera que al pestañear todo vuelva a la normalidad, pero no estaba siendo así. Cada vez que pestañeaba le costaba más el poder ver con claridad.

–¿Qué te ocurre, Zorro? –Le preguntó el Teniente, parando sus ataques–. Jajaja.

Esa risa parecía remota y sonaba con eco en su cabeza– ¿Qué me has hecho? –Preguntó al sentir cómo empezaba a marearse– ¡Tornado! –lo llamó. El joven de cabellos azules dejó de moverse y se fijó en los movimientos torpes del jinete para montar en su caballo.

–Te daré un adelanto, para que veas que no soy tan perverso como tú crees. Vas a morir, ¿no es maravilloso? Jajaja. –finalizó divertido.

El joven de cabellos azules sintió cómo la sangre se le congelaba al escuchar esa frase, pero por otro lado le hervía por el resentimiento acumulado. Habían herido al Zorro por su culpa y si no hacía algo, se arrepentiría el resto de su vida. Así que de inmediato dio un salto, pisando el pie izquierdo y derecho de los soldados que lo tenían sujeto. Fue así como liberado de los brazos de ellos, que se preocuparon más de agarrarse su pie, echó a correr hacia Tornado. No se lo pensó dos veces y saltó sobre él como si de un trapecio se tratase, cayendo sobre la silla de montar. Agarró las riendas como pudo y con el talón le dio la rápida señal de que se podían ir.

–¡Jia! –le dijo.

Yuriy miró la escena y borró su sonrisa para cambiar la cara a una de total seriedad– ¡Soldados, a por ellos, que no se escapen! –Fue la orden que dio cuando salió de su asombro– ¡Pandilla de idiotas, a por los caballos, vamos! –gritó saliendo a correr en busca de su propio caballo.

Tornado corría como desesperado, y ahora los truenos comenzaban a ser más sonoros. La lluvia más gruesa comenzó a caer sin ningún control. El Zorro permanecía inmóvil con la cabeza y el cuerpo doblado, tanto era así, que de no ser por Takao, el que vestía de negro hubiera caído de su caballo. Pero el menor estuvo atento y además de coger las riendas con firmeza sujetó el cuerpo del otro para evitar que éste cayera abrazándose a él.

Podía escuchar ruido a su espalda. Giró la cabeza hacia atrás, mirando su espalda, los soldados y el Teniente en cabeza le estaban siguiendo.

–¡Jia! ¡Más deprisa Tornado! –le gritaba al caballo.

El caballo negro, atravesó un paraje lleno de árboles. Los soldados parecían quedarse más atrás. La lluvia les impedía ver con claridad, ésta era cada vez más espesa y ya ni la luz de los relámpagos les estaba ayudando.

Yuriy lo que vio fue la ropa del joven de cabellos azules atravesar lo que parecía por la luz resplandeciente de los relámpagos ser una especie de paraje lleno de árboles. Unos segundos duró la oscuridad por la ausencia de luz y de nuevo volvió a iluminarse, pero esta vez había solamente oscuridad, ni rastro de Takao. ¿Ahora hacia dónde tenía que dirigirse? Detuvo a su caballo unos segundos, sin que éste perdiera sus pisadas nerviosas sobre el suelo, buscando qué hacer.

–Señor, ¿hacia dónde vamos? –fue la pregunta que hizo uno de los soldados que lo seguían.

–¡Maldición! –golpeó con su puño cerrado la silla de montar. "Takao se me ha escapado, pero a cambio, el Zorro morirá esta noche", pensaba y entonces fue cuando se tocó la frente y comenzó a reír de forma sonora.

–¿Señor? ¿Hacia dónde vamos? –volvió a preguntar el insistente y confuso soldado.

Yuriy miró unos segundos hacia esa dirección en la que se había perdido de vista al menor–. Seguidme –se le acababa de ocurrir un plan maestro. Con su caballo dio media vuelta y empezó a cabalgar en la dirección contraria. Los soldados le siguieron como era su deber, pero sin entender nada.

&&&Kai&Takao&&&

Takao seguía preguntándose hacia donde le estaba llevando Tornado. Parecía cruzar por un bosque, no podía reconocer el lugar a tal velocidad y con tan poca luz. Había dado esquinazo a los soldados y al Teniente, pero aún así estaba preocupado por el Zorro. Su cuerpo seguía estando hacia delante y no se movía. Unos minutos después, el caballo se detuvo frente a lo que parecía ser una cueva de piedra. Escuchaba más ruido del normal que cuando llovía. La verdad es que estaba cayendo una buena.

El caballo se tumbó en el suelo, eso quería decir que Takao tenía que bajarse ahí. Así lo entendió él al menos, aunque no sabía dónde estaba, pero al menos estaba frente a una especie de cueva. Que solamente esperaba, no fuera la de algún animal. Bajó al que vestía de negro con cuidado, pasándole el brazo por detrás de su cabeza azulada.

–Zorro. Camina –le animó. Únicamente lo podía escuchar respirar con dificultad y eso no le gustaba. Con algo de esfuerzo caminó hacia esa cueva, entrando en su interior. Ahora no podía dudar sobre si hacerlo o no. Tornado le siguió como si se tratase de un perro dócil.

Al joven de cabellos azules le pareció ver un resplandor en el interior de la cueva, así que siguió caminando de frente sin detenerse, curioso por saber que se escondía ahí. En unos pasos más descubrió la verdad. Dos candiles iluminaban lo que era el interior de una cueva. Había una mesa vieja y bastante larga de madera, la cual estaba llena de recipientes, frascos y botes acristalados extraños de distintos colores y también una pequeña estantería polvorienta colgada en la pared con unos libros de bastante grosor. Una silla estaba apartada de la mesa con algunas mantas y trapos encima. En el suelo había unas pequeñas rocas que formaban un círculo, y en su interior, había pequeñas ramas. Estaban preparadas para hacer fuego con ellas.

–¡Ah! –se quejó quien hasta ahora no había dicho ni una palabra.

Takao miró a su alrededor con rapidez. No había ni una sola cama ahí, así que tendría que ingeniárselas. Sentó al bicolor en el suelo.

–Zorro, no te muevas –le avisó. Cogió las mantas dobladas que vio antes sobre la silla y las estiró en el suelo. Dobló varias veces otra manta de menor tamaño para que sirviera como almohada. De no ser porque sus ojos estaban atentos al espadachín, no hubiese podido evitar que éste cayera de lado al suelo–. Cuidado –advirtió por poco. Le ayudó a levantarse para en dos pasos sentarlo sobre las mantas. Con cuidado le quitó el sombrero de la cabeza. No pudo verle el color de su cabello como pensaba en un principio, ya que ese antifaz le cubría toda la cabeza. Le desabotonó la capa y la dejó también en el suelo. Ahora fijó su vista en la sangre del brazo–. Ay Dios –solo pudo decir en un tono neutro pero asustado al ver la gran mancha roja. Con nerviosismo, intentó desabotonarle los botones de la camisa, pero la mano enguantada del Zorro le detuvo–. Estás sangrando. –le hizo saber.

–Lo sé –tragó con dificultad– Solamente rompe la manga.

–¿Estás seguro? –le preguntó con rapidez. El otro asintió–. Muy bien –dijo sin saber si realmente haría bien en hacer eso o no. Cogió el roto de la manga y le dio un fuerte tirón, rasgándolo.

–¡Ah! –se quejó.

–Lo siento –al parecer la sangre se había pegado a la tela.

–¿Qué pinta tiene? –preguntó sin mirar y pestañeando varias veces.

–No muy buena –confesó. Por nerviosismo quizás o por ver cómo ahora el Zorro temblaba, recordó que estaba empapado. Ambos lo estaban. Pero él no estaba herido a diferencia del otro. Así que lo tapó con una de las mantas.

El Zorro buscó su mano morena con rapidez y cuando la encontró, comenzó a hablar–. No hay tiempo para eso, en la mesa... hay un frasco de color malva, no es de gran tamaño. También necesitaré un frasco transparente con un contenido viscoso, de color amarillo. Por favor... tráelos. –Al decir esas palabras, sintió cómo la mano del otro ya no estaba, seguro que estaba buscando lo que le había explicado. Unos minutos, pasaron antes de escuchar de nuevo la voz de Takao.

–Ya los tengo. ¿Qué debo hacer con ellos?

Extendió la mano –Dame el de color malva– según pudo apreciar por el olor, el frasco estaba abierto, seguramente Takao lo había hecho para facilitarle las cosas. Su vista borrosa le indicaba que ese era el correcto, así que empezó a tomárselo, dejando el frasco en el suelo.

–¿Para qué es eso? –preguntó esperando a ser contestado.

–Me hará vomitar. Quiero que eso que tienes en tu mano me lo extiendas como puedas en la herida.

–Pero hay que lavarla. –le advirtió preocupado.

–Hay un recipiente lleno de agua cerca de la estantería –le indicó. Escuchó los pasos alejarse. Al sentir que tenía mal cuerpo decidió arrastrarse por el suelo hasta finalmente vomitar.

Takao no se lo explicaba. ¿Cómo era posible que por un simple arañazo de una espada el Zorro estuviera a punto de morir? Con el recipiente de agua en las manos y un trapo dentro, se dirigió hasta la cama que él había hecho. Lo dejó todo en el suelo y caminó hacia el Zorro el cual parecía no encontrarse con fuerzas para seguir agachado en ese perímetro de la cueva.

Lo cogió en peso y se lo llevó hasta esa cama, por supuesto haciendo caso omiso del vomito. Lo puso en la misma posición de antes, salvo que lo tumbó en el suelo. Sacó el pañuelo mojado del agua y comenzó a limpiar la herida con cuidado, primero alrededor para ver bien y quitar los restos de sangre seca. Después el centro de la herida. Donde el Zorro intentaba aguantarse las ganas de gritar mientras apretaba los dientes con fuerza. Cuando lo creyó convenientemente limpio, abrió el frasco y extendió la masa viscosa en la herida.

–¿Qué es lo que te sucede, Zorro? ¿Cómo es posible que estés en este estado por culpa de una simple herida de espada? –preguntaba confundido y nervioso a la vez por tener que limpiar la herida.

–Veneno. Yuriy ha debido de limpiar su espada con veneno. Son sus síntomas– le explicó.

–Pero el Teniente, no haría algo así.

–Eres muy inocente. Deberías de ver más allá de sus mentiras. –decía al tiempo que intentaba ver con más claridad, aunque no podía por más que lo intentase.

–Conmigo se porta bien –intentó defenderle de alguna manera, aunque dadas las circunstancias, no sabía si había hecho bien o no.

–Que lo haga únicamente contigo, no significa que lo haga con los demás. Oh si no, mírame ahora –tosió. Le miró con algo de trabajo–. Deberías de marcharte ahora mismo. No quiero que el ejército tome represarías contra ti también.

–No te voy a dejar aquí solo –metió el trapo en el agua y lo enjuago, escurriéndolo.

El enmascarado se incorporó y le agarró la mano que tenía cogida el trapo mojado–. Deja eso, ya me encuentro mejor –le quitó el trapo de la mano–. Ahora vete, por favor –le pidió. Escucharon los truenos de fondo.

–No lo haré.

–Sólo estás aquí porque tienes curiosidad por saber que se esconde tras este pañuelo negro que te impide saber mi identidad. La vida de ambos peligraría si lo averiguarás.

–Así que eso es lo que piensas –cogió el recipiente entre sus manos y se alejó de allí.

El bicolor se preguntaba en si hacia bien o no diciendo esas palabras que sabía que eran hirientes para el menor. Pero necesitaba que no le viera morir. Qué patético era todo eso. Iba a morir de la forma menos pensada, y encima, no había sido capaz de declararle su amor al joven de cabellos azules. Ahora se encontraba solo en esa cueva. Takao lo había abandonado, era mucho mejor así. Que lo dejara solo. Así Yuriy no tomaría represarías contra nadie más que con él, y para su suerte, estaría muerto si ese antídoto no hacía efecto.

Una mano cálida le tocó la mejilla. Abrió los ojos y vio a Takao a la vez que sintió algo de frescura en su ardiente mejilla– ¿Qué haces aún aquí?

–Quiero ayudarte –le limpiaba la sudor con el trapo mojado.

–¿Por qué? Soy un total desconocido para ti.

–Tú me has ayudado en varias ocasiones, y también soy un total desconocido para ti –le explicó–. Yo quiero cuidarte esta noche. Tu solo no podrás hacerlo –volvió a humedecerle las mejillas y avanzó hacia el cuello–. Por favor, túmbate. No gastes más energías. Estás muy fatigado, descansa.

Miró fijamente al joven de cabellos azules y con su mano le acarició la mejilla–. Este rostro. Este hermoso rostro, quizás sea la última vez que lo vea. –Intentó interrumpir su propia tos, sin cambiar su posición.

–No digas eso –al escuchar las palabras del Zorro, sintió que el corazón se le oprimía de dolor. –Te vas a recuperar, ya lo verás –intentó darle esperanzas y de alguna manera convencerse a sí mismo de que todo eso era verdad.

–Me encuentro muy cansado ahora. Pero si algo llega a pasarme, Tornado te llevará de vuelta a tu casa.

–Shhhh... Descansa –le pidió aunque él también empezaba a creer que el Zorro una vez cerrase los ojos, no los abría jamás.

–Takao. Cof, cof... quiero pedirte perdón. Quiero decirte también que conocerte a sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Nunca he querido hacerte enfadar, sólo lo hacía porque te veías más atractivo enfadado.

–Zorro, no entiendo nada de lo que me dices. –le anunció, ya que esas palabras no tenían sentido para Takao.

Las fuerzas lo estaban abandonando, así que debía de ser más breve de lo que él pensaba. Se acercó con rapidez al joven de cabellos azules y cerró los ojos al sentir sus labios chocar con los del menor. Por su parte, Takao estaba con los ojos abiertos a más no poder. Ese acercamiento le había pillado por sorpresa totalmente. Pero en unos segundos, vio cómo el otro se desplomaba en el suelo.

–¡Zorro! –gritó asustado, aunque la cabeza había caído encima de esa almohada que él había hecho, su cuerpo inmóvil había caído en el suelo– ¡Zorro! –volvió a gritar para ver si el otro contestaba. Viendo que no era así, empezó a tocarle la mejilla con cuidado, dirigiendo la cara hacia él– ¡Zorro, respóndeme! –Pedía tembloroso– ¡Oye! –Lo movió suavemente por los hombros, pero éste no abría los ojos–. No te mueras –susurró, intentando contener su angustia y lágrimas acumuladas. Le cogió la mano en peso y se la soltó, estaba totalmente muerta. Apoyó su cabeza en el pecho del más alto. Le parecía escuchar un ruido cuando su lágrima cayó traviesamente por su nariz. Puso atención a eso y escuchó un leve latido del corazón. Se separó de él limpiándose la lágrima, mientras lo miraba fijamente. Se le ocurrió poner su mano bajo la nariz del otro para comprobar si su hipótesis era cierta o la cabeza le había jugado una mala pasada–. Respira –sonrió con alegría y alivio –Respiras. Solamente estás inconsciente –pasó su mano a la mejilla–. Haré que te baje esa fiebre, te lo juro. Aunque tenga que quedarme toda la noche despierto –mojó el trapo y empezó a refrescar la ardiente mejilla y el cuello del Zorro.

&&&Kai&Takao&&&

Tocaron la puerta de la casa de los Kinomiya. Los padres del joven de cabellos azules estaban en parte preocupados por Takao, pero intentaban tranquilizarse al pensar que estaba en casa de su futuro marido. Aunque era un poco tarde y había una nube como esa, escucharon cómo tocaron la puerta. Ellos dieron casi por hecho de que se trataba de Takao que había regresado a su casa, desafiando el tiempo. Pero cuando vieron al Teniente entrar con cara de pocos amigos en el comedor, algo les indicaba que lo que fuese no andaba bien.

–Teniente. ¿Qué hace aquí? –preguntó el gobernador.

–Tengo que hablar con ustedes. Es acerca de Takao –su seriedad era extraordinaria.

–¿Qué sucede? ¿Takao está bien, verdad? ¿Le ha pasado algo a mi hijo? –preguntó la madre preocupada.

–Seré franco con ustedes. ¿Saben quién es el Zorro y de qué se le acusa? –los padres del menor asintieron–. Esta noche su hijo ha sido cómplice del Zorro en ayudarle a escapar. Y no sólo eso, también ha huido con él.

–¿Dónde están ahora? –preguntó el gobernador.

–Con la tormenta, les hemos perdido la pista –aseguró–. Pero déjeme decirle una cosa. Su hijo ha intentado tener un buen gesto con ese Zorro, pero no sabe en el lío en el que se ha metido.

–¿Qué quiere decir? –preguntó la madre.

–Esta acción será castigada severamente, así lo exigen las leyes.

–¿Cuál es el castigo?

–La horca –su tono fue tan escalofriante que los padres sintieron cómo las fuerzas le fallaban en esos momentos.

–No, mi hijo no –contestó la madre casi sin aliento.

–Debe de haber algo que se pueda hacer respecto a eso –dijo el hombre.

–No hay nada que se pueda hacer... excepto... –acentuó Yuriy.

–¿Qué? –Preguntó el gobernador–. Haremos lo que sea por nuestro hijo.

Sonrió en sus adentros al escuchar las palabras que deseaba oír–. Existe sólo una posibilidad de salvar a Takao de tal destino, y eso será... –alargó la frase.

–¿Eso será? –le animó a continuar el hombre.

–Si contrae matrimonio conmigo.

–¿Qué? –preguntó la madre sorprendida.

–¿¡Está usted loco!? ¡Mi hijo ya está comprometido con Kai Hiwatari! –le recordó el gobernador.

–Ese no le salvará a Takao de la horca. –reconoció–. O aceptan mi trato, o de lo contrario su hijo volverá aquí mañana, mis soldados lo capturaran y morirá ahorcado, y les juro que esto no me crea ningún tipo de placer –sonrió confiado–. Ustedes eligen.

–¿Que nos asegura que con usted estará fuera de peligro? –preguntó el hombre angustiado por si se trataba de una triquiñuela.

–A un Teniente, la ley poco le afecta. Yo haré que no le afecte este asunto a su hijo, pero únicamente si acepta el trato que le propongo –le advirtió.

&&&Kai&Takao&&&

Tornado permanecía tumbado a la entrada de la cueva, viendo con qué mimo y cuidado el joven de cabellos azules refrescaba a su inconsciente dueño.

Takao se estaba haciendo miles de preguntas en la cabeza y lo peor es que ninguna de ellas tenía solución o eran contestadas. ¿Por qué el Zorro le había dicho todas esas palabras? ¿Por qué le había besado? ¿Quién era él? ¿Le conocía? ¿Por qué él mismo había decidido saltar a caballo y ayudarlo a escapar?

Cada vez que pasaba el trapo por la cara del que descansaba, tenía más curiosidad por saber quién era ese hombre al que cuidaba y que estaba ahora indefenso e inconsciente en el suelo. Soltó el trapo en el agua cristalina y llevó sus dedos hasta el antifaz. Se preparó para cogerlo y levantarlo, pero algo lo detuvo. Si hacía eso se perdería toda la magia, toda la curiosidad. ¿En verdad quería que todo ese juego acabase? Pero por otro lado, quizás era la única vez en la que podría hacerlo sin que le Zorro se enterase.

Pero, ¿a quién iba a engañar? Él lo sabría, sabría la identidad de un hombre que solamente le pedía intimidad y discreción. Se traicionaría a sí mismo y habría traicionado la confianza que el otro le había puesto en él desde un principio. Él no era así, no rompía sus promesas.

Apartó la mano del antifaz y siguió con su tarea de refrescarle, no solamente la cara hasta donde no estaba cubierto por la máscara, sino también cuello y brazos, por donde no estaba la herida. El brazo que estaba tapado por la manga ancha de la camisa, procedió a refrescárselo de la siguiente manera.

Ya había visto el color de piel de ese hombre. Su piel era blanquecina, pero claro, no podía guiarse ahora en eso, ya que podía ser un síntoma de ese veneno y por la fiebre, el color de piel cambia. Así que subió un poco esa manga para evitar que le molestarse y le pasó el trapo mojado. Le quitó los guantes y las botas, e hizo lo mismo, hasta donde los pantalones le permitieron subir.

No es que ahora tuviera mucho frío, pero notó que la piel del otro estaba volviéndose algo más fría, así que dejándolo unos minutos solo, encendió el fuego con la vela interior de uno de los candiles. Esa iba a ser una noche larga, pero sin duda, él cuidaría del Zorro.

&&&Kai&Takao&&&

A la mañana siguiente...

El bicolor abrió los ojos muy despacio. Aún sentía que la luz natural del ambiente le molestaba y parecía que le pinchaban los párpados. Estaba totalmente solo por lo que podía ver. ¿Pero dónde estaba? Al mirar hacia arriba vio el techo rocoso, que reconoció como el de la cueva. ¿Estaba en la cueva? ¿Pero cómo? Además, ¿qué hacía en el suelo, tumbado y con una sábana encima? Fue a incorporarse para poder sentarse, pero un dolor bastante intenso procedente del brazo, se encargó de que se detuviese.

–¡Ah! –se quejó. Inmediatamente se retiró la sábana por ese lado y se miró el brazo. Estaba cubierto por unas telas bien liadas. Ahora empezaba a recordar. Yuriy le había herido en el brazo, pero, ¿cómo se las apañó para poder curarse así mismo? No recordaba eso.

–Vaya, menos mal que te has despertado. –Al escuchar esa voz miró hacia un lado, descubriendo al joven de cabellos azules ahí. Éste se estaba poniendo la camisa–. Empezaba a preocuparme –decía con la cabeza aún metida dentro de su ropa. ¿Por qué Takao se ponía la camisa? ¿Qué hacia él ahí?

–Takao –intentó ponerse en pie, pero solo consiguió hacerse daño en el brazo herido.

Se agachó rápidamente– ¿Pero qué haces? No hagas eso, te va a sangrar la herida.

–¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo has llegado? –tras esas preguntas se acordó de lo más importante, ¿estaba vestido como Zorro o como Kai? Se llevó la mano hasta la cara, palpándosela.

–Tranquilo, no te he quitado el antifaz.

Por una parte se quedó más tranquilo, pero por otra...– Dime. ¿Qué hacemos aquí?

–¿No lo recuerdas?

–No. Sólo el porqué estoy herido.

–Cuando te hirieron, salté sobre tu caballo y él nos trajo hasta aquí.

–Así que has visto este lugar.

Negó con la cabeza–. No he salido. He estado todo el tiempo aquí. Anoche hizo tormenta. Tenías mucha fiebre y luego estabas congelado. Así que prendí fuego a esas ramas de ahí, para que no pasaras frío. Y también puse mi ropa a secar, espero que no te haya importado.

–Eso no es problema. ¿Pero cuánto tiempo ha estado encendido el fuego?

–Se acaba de apagar hace unos momentos –le explicó.

–¿Ha amanecido? –preguntó interesado.

–No lo sé, pero puedo mirar –se levantó y empezó a correr hacia lo que parecía la salida de la cueva.

–¡No, espera! –le advirtió.

El otro se dio media vuelta para mirarle en mitad del trayecto– ¿Qué sucede?

Consiguió ponerse en pie con el apoyo de su brazo bueno–. Yo iré a mirar, tú quédate aquí con Tornado, estarás más seguro– se puso las botas con una sola mano y se bajó los pantalones que estaban remangados.

El Zorro pasó por su lado– ¿A qué te refieres? –le preguntó sin entender nada.

–No es nada, tranquilo. Tu únicamente no salgas de aquí –le pidió sin dejar de caminar.

El Zorro salió al exterior para ver si todo andaba bien o no. Debería de hacer algo con él. Si era verdad que Takao había pasado todo ese tiempo con él, en su casa lo estarían buscando y esperando. Así que para evitarle problemas, sería mejor que regresara. ¿Pero cómo lo haría sin que pudiese ver el sitio en el que estaba? Por otra parte, esperaba que nadie se hubiese percatado del humo que habría salido de dentro de la cueva por el fuego.

Por su parte, el joven de cabellos azules acariciaba a Tornado en el hocico. ¿En verdad había hecho bien al encender ese fuego para entrar en calor? Algo le decía que quizás había metido al Zorro en un grave problema y el ejército daría con él.

–¿Por qué esa cara de tristeza? –le preguntó el otro.

–Siento que te he metido en un problema al encender ese fuego –no dejaba de mirar al caballo–. Perdóname.

–No pasa nada. En cualquier caso, te debo la vida.

–¿A mí? –le miró sorprendido– ¿Por qué?

–Porque si hace unas horas que el fuego se ha apagado, eso quiere decir que has estado cuidando de mi toda la noche, ¿verdad? Además, tus ojos cansados te delatan. –Le sonrió–. Gracias.

–No hice gran cosa, la verdad, todo lo ha hecho ese ungüento.

–No lo digo sólo por eso. Gracias por no quitarme la máscara.

Sonrió–. Ah, eso. Digamos que se rompería la magia.

–¿La magia?

–Sí. Empiezo a creer que es más seguro para ti, que nadie sepa tu identidad –silenció unos momentos– ¿Estás seguro de que no recuerdas nada? –algo le era extraño.

Negó con la cabeza– ¿Debería? –preguntó confundido.

Takao se mordió el labio inferior–. No –contestó. Anoche recibió su primer beso, ese que esperaba poder darle por fin a Kai el día de su boda. Juró rechazar el de cualquier otra persona. Incluso rechazó el del Teniente en otra ocasión, pero éste había sido tan corto y de una forma tan rápida que no había tenido tiempo de rechazar o reprocharle algo–. Será mejor que te eches de nuevo y te tapes con la sábana, te noté un poco caliente antes de que tú despertaras. Y tu piel sigue estando pálida.

Se bajó entonces las mangas por el detalle que ahora el joven de cabellos azules le había dado. Con las prisas, ni se había dado cuenta de que tenía los guantes quitados y las mangas de la camisa subidas–. Está bien, pero a cambio quiero pedirte algo –prosiguió al tener la atención del menor–. Quiero que regreses a tu casa. Tu familia ha de estar preocupada por ti y no creo justo alargarles la agonía de saber si te encuentras bien o no.

–Pero, ¿qué será de ti? ¿Quién te va a cuidar?

–No te preocupes, estaré bien.

–Aunque quisiera regresar, no sé cómo. No sé dónde me encuentro y sólo veo imágenes confusas en mi cabeza.

–Tranquilo, Tornado te llevará hasta tu casa. Solamente tengo que arreglar un par de cosas.

&&&Kai&Takao&&&

El joven de cabellos azules estaba montado sobre Tornado, en las manos llevaba cogidas las riendas y sus ojos estaban cubiertos por una tela.

–¿Estás seguro de que esto es una buena idea? –sentía su cuerpo balancearse de un lado a otro. Al parecer, el caballo no se estaba quieto.

–Créeme, es lo mejor –escuchó decirle.

–¿Está andando o sólo está inquieto? –le preguntó haciendo referencia al caballo.

–Está preparándose para andar.

–Ah –pudo decir solamente eso. Escuchaba cómo resonaban los cascos en esa cueva y ahora que no podía ver, parecía que la cueva iba a derrumbarse.

–Bien, Tornado. Vamos a salir. –avisó el Zorro.

El bicolor agarró de la jáquima al caballo y lo guió hasta el final de la cueva. Ahí venía la parte complicada, la cascada tapaba casi por completo la cueva, y era difícil hacer que el joven de cabellos azules no se mojara de alguna manera. Con señas, le indicó al caballo que se apegase un poco a las piedras, así no se mojarían mucho.

–¿Está lloviendo? –preguntó. Y lo más evidente, escuchaba un ruido muy fuerte y no sabía de dónde provenía.

–Sí, un poco –le dijo, estaba convencido de que el agua de la cascada le había salpicado.

En unos pasos más, los tres estaban totalmente fuera–. Ya ha parado de llover –le avisó.

–Ha durado poco –reconoció.

Sonrió al ver la cara de Takao, parecía estar preocupado por como descansaban sus labios. Sus manos se aferraban con fuerza a las riendas y sus pies descansaban inquietos en los estribos. La verdad es que Takao incluso así, poseía una belleza atractiva, difícil de ignorar.

–¿Qué pasa? –Preguntó al no escuchar nada–. No nos movemos. ¿Zorro?

–Estoy aquí. Es que estaba pensando, cuál sería el camino más seguro. –mintió para dirigirse ahora al caballo–.Bien Tornado, escúchame bien. Llévale por el camino más largo, será el más seguro. Déjale en nuestro lugar de siempre. Túmbate para que pueda bajar. Y luego regresa aquí. ¿Entendido? –El caballo movió la tierra con su pezuña.

–¿De verdad te está entendiendo? –preguntó con duda el menor.

–Confía en él. Jamás me ha fallado a mí, y tampoco lo hará contigo. Le caes muy bien –sonrió–. Takao, cuando pises el suelo te podrás quitar la venda. Confió en que no lo hagas antes.

–No lo haré, te lo prometo.

–Bien, entonces ya podéis iros –Fue a darle un azote al caballo pero se detuvo.

–¡Espera! –Interrumpió de repente– ¿Te volveré a ver? –preguntó preocupado.

–Cuenta con ello –le aseguró con una sonrisa–. Hasta pronto.

–Hasta pronto –escuchó la sonora palmada que le debió de dar al caballo, porque inmediatamente, éste se puso a correr.

Kai vio alejarse a ambos. Estaba empezando a salir el sol con más fuerza, así que no debía de perder tiempo. Tenía que correr hacia su propia casa a pie, sin su caballo y sólo esperaba llegar a su cama, antes de que Judy fuera a despertarle.

&&&Kai&Takao&&&

Tornado parecía no detenerse. ¿Tanto se habían alejado del cuartel general, la noche anterior? No sabía si era porque llevaba los ojos tapados por la tela, pero juraría que la cosa se le estaba haciendo eterna. Aunque fueron en unos minutos, a él le parecieron horas cuando el caballo empezó a aflojar su velocidad, hasta finalmente detenerse. Sin más, Tornado se tumbó en el suelo y Takao pudo dar con los pies en el suelo.

Se llevó las manos un poco más arriba de la nuca para coger el nudo y desatarlo. Cuando sus ojos vieron la claridad de la mañana, casi se sintió ciego por el contraste. Sacó los pies de los estribos y bajó del caballo.

Tornado cuando no sintió el peso del menor sobre él, se puso de pie, y antes de que pudiera buscar a su jinete, el otro le buscó a él, dándole una caricia sobre el hocico.

–¿Sabrás regresar tu solo? –le preguntó y aunque Tornado le contestase a su manera, él no sabría interpretarlo. Miró hacia atrás unos segundos. Ahí estaba su casa, o al menos la parte que los árboles dejaban al descubierto.

Miró de nuevo al caballo–. Me tengo que ir ya, mi familia estará preocupada por mí. Espero veros pronto a los dos, y gracias por todo. –El caballo sólo se dio media vuelta y echó a correr. Takao lo observaba mientras caminaba hacia el lado opuesto, para luego mirar hacia delante. Había sido algo un poco fuera de lo común su comportamiento, pero no se arrepentía y más al saber que el Zorro seguía con vida, aunque con fiebre todavía. Después de todo, había pasado el trago más duro y esperaba que la fiebre le bajase y totalmente se recuperase.

Con algo de rapidez, caminó hacia la puerta de entrada y la tocó con fuerza. El señor y la señora Kinomiya estaban en el comedor mirando a los soldados que estaban en la habitación. Ya había amanecido y su hijo Takao no daba señales de vida. Estaban realmente preocupados, ya que su hijo nunca antes se había comportado así y ahora tendría las consecuencias de sus actos.

Se preguntaban cuánto tiempo más tendrían que esperar a que su único heredero regresase a casa. El señor de la casa estaba sentado junto a su esposa en el sofá, rodeándola con su brazo para consolarla. Ante la puerta del comedor, apareció un Takao llenó de preocupación, apoyando sus manos sobre los marcos de las puerta.

–Mamá –la llamó, antes de entrar corriendo.

–Hijo –tan pronto reaccionó al ver a su hijo con ambas manos puestas sobre los marcos de la puerta, se puso de pie y abrazó a su hijo en mitad del camino. El gobernador no se esperó a que Takao llegase hasta dónde él se encontraba, por ello, se abrazó también a los dos.

–¿Dónde has estado? –preguntó el padre. Rompiendo todos su abrazo.

–Deja que te vea –le pidió la madre, poniéndole las manos sobre las mejillas para ver cómo estaba su hijo realmente.

–Estoy bien, de verdad no tenéis de qué preocuparos.

Los soldados, tal y como su Teniente les había ordenado, se acercaron al joven de cabellos azules, uno por cada lado y lo agarraron de los brazos– ¿Qué estáis haciendo aquí? –preguntó el menor confuso.

–Tendrá que venir con nosotros. –aclaró uno de los soldados.

–¿Con ustedes? ¿A dónde?

–No se me permite revelar esa información –contestó el soldado haciendo fuerza, para llevárselo aunque fuese a rastras de allí.

–¡Soltadme! ¡Yo no voy a ninguna parte y mucho menos en estas condiciones! –Miró a su familia como esperando una explicación en forma de súplica, mientras sus padres guardaban silencio y observaban con dolor la escena– ¿Qué es lo que pasa?

–Takao, hijo. Obedéceles, todo esto es por tu bien. –decía el padre.

–¿¡Por mi bien!? –Preguntó sin dejar de forcejear para no ser arrastrado– ¿¡Qué sucede!?

–Será mejor que el propio Teniente te lo explique –fue la explicación del padre.

La madre solamente se acercó a él y le dio un sonoro beso en la mejilla–. No olvides que te queremos mucho –intentó evitar el sollozar y derrumbarse delante de su niño, pero sentía que si eso no acababa pronto, echaría a llorar y a gritar de un momento a otro para evitar que se lo llevaran de su lado.

–¡Dadme una explicación! –exigió a su familia y a los soldados.

–¡Si no se comporta, nos veremos obligados a tomar medidas más drásticas! –contestó el de uniforme, refiriéndose al joven.

–¡Sea lo que sea, estáis en un error y hablaré personalmente con el Teniente para resolverlo! ¡Lamentaréis el haberme tratado así! ¡No me toquéis! –Exigió– ¡Iré por mi propio pie! ¡Aclararé este asunto cuanto antes! –contestó enfadado a los que le agarraban, haciendo que lo dejaran libre. Se arregló la ropa y miró a su madre la cuál parecía ocultar algo de preocupación–.No te preocupes madre, volveré enseguida.

Por su propio pie, el joven de cabellos azules salió del comedor, seguido de los soldados. Fue ese el momento en el que la señora Kinomiya se echó a llorar sin ningún consuelo. Aunque su hijo le había prometido que volvería lo antes posible, sabía que ya no sería así. Su marido la abrazaba con fuerza compartiendo el mismo sentimiento que su esposa.

Continuará...

&&&Kai&Takao&&&

Gracias por sus reviews a:

Valery Hiwatakinomiya: Pues sí Valery, ya se complicaron un poco las cosas. El pueblo parece cada vez ir más a peor, el Teniente parece triunfar en todos los campos que se propone y el Zorro esta herido. Falta ver qué pasará ahora entre tantas cosas, tanto con Takao, como con Yuriy, Kai...

Dark–ekin: Pues ambas cosas se verán en capis de más adelante. Pero la de Takao no creo que tarde mucho, jajaja. Pronto creo que averiguará de qué pata cojea el Teniente y lo equivocado que estaba respecto a él.

Takaita Hiwatari: Sí, hermanita. Ya estoy aquí yo también y sí, hubo kissu, jajajaja. Qué tierno, ¿no? Me parece que no se dieron en circunstancias que esperabais, ¿o sí? Bueno no sé, pero no creo que muchas personas esperasen que Takao saltase al caballo y que el Zorro le besase antes de poder decirle en su locura que le amaba. Y luego no se acuerda de nada, ¿o estará fingiendo por vergüenza? ¿Tú qué opinas? Bueno, en cualquier caso Kane ya se fue, no sin antes darle la carta a Takao. Ahora creo que los problemas de Takaito y de Kai aumentarán por todo lo sucedido.

Bfly– Ronaldita: Sí, es raro, pero estos dos son de pocas palabras y lo dan todo por hecho. Cosa que si no lo hicieran, les iría mejor las cosas, ¿no crees? Bueno, como ves en este capi, las cosas se están poniendo más difíciles, pero creo que ahí no se quedará la cosa y los problemas aumentarán.

Wuonero: Hola amigo, como ves si te pareció que Takaito cometió un error al no hablarse con Kai, ahora ha cometido otro error al ayudar a escapar al Zorro. El pobre no da una. Yuriy ya desató un plan que espera que funcione, no se le escapa detalle de nada. Quiso acabar con el Zorro y casi lo consigue si no es porque Takao le dio el antídoto a tiempo y cuidó de él toda la noche. ¿Crees que Takao aceptará la proposición o más bien orden del Teniente, de casarse con él? Ahora seguro que odias más al pelirrojo, jajaja.

H. S. Raiden: Pues sí, las cosas se están poniendo cada vez peor. Uno porque casi muere, y al otro se lo llevan los soldados sin comprender el porqué. Creo que cuando se entere, no sé si lo aceptará como tal o no. Llegados a este punto, me tienes que decir algo. ¿A quién de los dos te quedaste con ganas de golpear? ¿A Kai o a Takao? Si te lo pregunto es porque no me quedó claro. Falta ver ahora que pasará, porque esto se está complicando un poco. En fin, te dejo con tus propias conclusiones, amiga.

Eso es todo por ahora, cuidaos mucho, xao.