Pareja: Kai&Takao

Advertencia: Shounen –ai

"Pensamientos"

–Diálogos.

EL ZORRO

–Kaily Hiwatari–

Continuación...

&&&Kai&Takao&&&

En estos tres días, Takao se había sentido desesperado. Yuriy apenas estaba con él, lo cual agradecía de sobremanera porque el pelirrojo podía llegar a ser muy persistente. Estaba enfadado con el Teniente porque no le había dejado salir al pueblo para poder ir a hacer recados. Le dijo que eso era algo de lo que sus subordinados se encargaban todos los días.

Tampoco le dejaba ir hasta Santa Clara para dar un simple paseo y poder respirar el aire que sentía que ahí dentro tanto le faltaba. Únicamente podía salir al maldito patio o pasear por el fuerte. Ni siquiera había cumplido su promesa de dejarle ver a su familia como le prometió, simplemente lo arreglaba con un… ahora estoy ocupado, mañana podrás verlos.

Pero no era así, y por ello lo único que hacía era acumular su enfado. Y luego para colmo de sus males, el pelirrojo parecía acercarse demasiado a él, tanto que tenía que vigilar que no le fuera a besar en los labios. La verdad es que lo esquivaba todo lo que podía, quizá por ese motivo el blanquecino de piel estaba de un humor de perros. Sólo daba gracias a que en ese cuartel de locos, no estuviera el Comandante Brooklyn.

Sus pies no dejaban de pasear una y otra vez alrededor de la fuente. Sus brazos estaban cruzados en señal de aburrimiento. Los soldados que lo custodiaban, parecían estar mareados de tanto seguirle con la vista.

Unos segundos le vieron detenerse. Pero poco le duró porque siguió haciendo el mismo recorrido. Los soldados se miraron uno al otro. No sabían que era lo que le sucedía a ese joven, pero estaban seguros de que tenía que ver con que no pudiera salir de ahí.

Otra vez lo vieron detenerse, frente a la fuente esta vez. Sus ojos contemplaban el agua que caía de los chorros.

–Tenéis caballos. ¿Verdad? –preguntó Takao a los soldados que sabían que lo miraban desde la distancia. Sus ojos no se apartaron del agua que veía caer.

Los soldados se miraron de nuevo–. ¿Os referís a nosotros? –preguntó uno de ellos sin saber si había hecho bien en dirigirle la palabra o no.

–No veo a nadie más por aquí –contestó ahora sí, mirándoles–. Decidme, ¿tenéis, si o no?

–Sí –contestó el mismo soldado.

Sonrió aunque no por ello disimuló su cara de enfado–. Está bien. ¿Serían tan amables de mostrarme el camino? –Takao pudo ver cómo los soldados parecían hablar entre ellos a susurros–. Solamente pretendo verlos –les aclaró. Seguramente se estarían preguntando entre ellos si era correcto o no, dejar a Takao hacer eso.

Esas palabras parecieron ser mágicas, ya que ellos juntaron sus pies, dando un sonoro golpe y empezaron a caminar hacia Takao. Uno se puso delante de él, el otro se quedó detrás.

–Seguidme –le aclaró el que iba delante, empezando a caminar como si fuera un robot. Takao le siguió en silencio. Si no podía salir de ahí, al menos intentaría hacer algo para pasar el tiempo hasta que Yuriy regresase al fuerte, donde hablarían del tema más en serio que nunca.

&&&Kai&Takao&&&

El señor Hiwatari abrió la puerta de la habitación de su hijo, quería saber cómo se había levantado esa mañana. Pero no se imaginaba que al abrir la puerta, se encontraría a Kai vestido y poniéndose bien el chaleco.

–¿Qué haces vestido? –preguntó confundido. Se suponía que se dejó a su hijo en la cama la noche anterior. ¿Cómo era posible que ahora estuviera de pie y terminándose de arreglar?

–Buenos días a ti también –le respondió sin detenerse en su tarea, la cual por fin pareció conseguir.

–Kai, debes de hacer reposo –le indicó sin soltar el pomo de la puerta.

–Me encuentro mejor –le contestó caminando hacia él.

–¿Y qué hay de tu brazo?

–No me impide caminar –le respondió con evidencia.

–Eso ya lo sé –al ver que su hijo pretendía salir de la habitación, le detuvo haciéndole un gesto con la mano–. Detente. ¿A dónde vas?

–Está claro. Al pueblo.

–¿Para qué?

–Tengo que hacerle los recados a Judy, ¿no? Como siempre.

–Jajaja, alto, alto. Aquí hay algo que no encaja –se cruzó de brazos–. Mi hijo se levanta de la cama, una comodísima cama, muy blanda. –refirió–. La mejor de toda Santa Clara, ¿para hacer unos simples recados? –enarcó la ceja confuso.

Sonrió ante las palabras de su padre, que fueron las que él siempre le había dicho a él y a Judy para que lo dejaran tranquilo–. Sí. Hoy me apetece moverme, eso es todo –le aclaró pasando de largo de su padre.

El padre sonrió y le siguió por el camino del pasillo–. No estará ahí.

Esas palabras le detuvieron en su caminar–. Eso no lo sabes –le contestó al saber que su padre ya sabía la razón por la cual estaba decidido a ir al pueblo.

–No le dejan salir del fuerte, Kai. –le hizo ver.

Se dio media vuelta para ver a su padre–. Él es cabezota. –le recordó–. Sé que hará lo que sea para poder salir de allí. No le gusta estar encerrado.

Asintió un par de veces pensativo–. Muy bien, y si lo ves. ¿Qué le dirás?

–Eso ya lo veré en su momento.

–Estará vigilado –le recordó.

–Lo sé, pero tengo que intentarlo –dada la conversación por terminada, se dio media vuelta para seguir caminando.

–Kai –esta vez el joven no le miró, pero si detuvo su caminar–. Vigila que ese gato no vuelva a arañarte.

Al escuchar esas palabras, giró su cabeza unos segundos para mirarle. No pudo descifrar el rostro que su padre tenía en esos momentos. Sólo atinó a sonreír hacia un lado, para justamente después seguir con su propósito.

&&&Kai&Takao&&&

Yuriy acababa de llegar al cuartel. Su carruaje lo esperaba todavía fuera. Debía de dejar algunos escritos guardados en su mesa y después regresar a Santa Clara para recaudar impuestos. Subió con rapidez las pocas escaleras que había en la entrada. Eso sí, miraba a su alrededor, por cada pasillo que pasaba hasta llegar a su despacho.

Una vez allí dentro, dejó los papeles sobre la mesa. Tenía algunos libros en una estantería, a espaldas del escritorio. Levantó uno de ellos y de ahí sacó una llave, la cual utilizó para poder abrir el primer cajón de la mesa. Echó un vistazo por última vez a los documentos y los metió en el cajón, junto con otras dos llaves, las cuales escondió al ponerle los papeles encima. De nuevo echó el cajón con llave y dejó la misma debajo del libro.

Cerró la puerta tras de sí, y volvió a mirar a su alrededor, hasta que finalmente se cruzó un soldado en su camino por ese pasillo.

–Soldado –se detuvo para hablar con él.

–Señor. –imitó el gesto de su Teniente, además de hacer su saludo tradicional.

–¿Ha visto al joven Kinomiya? –preguntó interesado.

–Sí, señor. –contestó.

–¿Dónde?

–En las caballerizas, señor.

–¿En las caballerizas? ¿Qué hace allí?

–No lo sé, señor.

–Bien, vuelva a su puesto.

Tras su saludó tradicional y un golpe secó al chocar sus pies, le indicó a su superior que cumpliría la orden de inmediato.

"Así que en las caballerizas. Con razón no le veía por ningún lado", pensaba el pelirrojo mientras caminaba hacia allí con pasos largos y rápidos. Los soldados le saludaban a su paso como era el protocolo. Pronto llegó a las caballerizas, dónde pudo ver cómo el joven de cabellos azules cepillaba a uno de los caballos de sus soldados. Únicamente podía verlo por la espalda mientras dos de sus soldados, cada uno a un lado del joven lo vigilaban.

Con pasos más silenciosos fue acercándose hasta Takao. Los soldados cuando lo vieron llegar le hicieron el tradicional saludo, a lo cual Yuriy les enseñó la palma de la mano en silencio, indicándoles que descansaran.

El moreno de piel estaba concentrado en seguir cepillando al caballo, así al menos no se aburría tanto, pero tenía que pensar en cómo podía convencer al Teniente de que le dejara ir al pueblo.

De repente, sintió que unas manos le rodearon la cintura y como algo se echaba de peso sobre su espalda.

–¿Qué haces? –preguntó Yuriy, susurrándole al oído.

No supo en qué parte sintió más escalofríos. Si cuando le susurró al oído o cuando sintió el abrazo. Pero una cosa tenía clara, no le gustaba la confianza.

–Cepillo al caballo –contestó nervioso.

–Eso ya lo veo. ¿Pero por qué lo haces? No es tu deber, sino el de mis soldados. –le recordó con voz sedosa.

–Me gustan los caballos –contestó más firme–. Y si soltaseis vuestro agarre, podría seguir con ello.

Analizando las palabras del joven de cabellos azules separó su pecho de la espalda del menor en silencio–. Soldados. Dejadnos a solas –ordenó. Así lo hicieron ellos, retirándose. Al asegurarse de ello, apartó sus manos de la cintura de Takao–. Takao. ¿Te sucede algo? Si es así, podemos hablar de ello.

Giró sobre sus pasos para encararlo– ¡Creo que es obvio lo que me sucede! ¡Me tenéis aquí retenido! ¡No puedo salir a ver a mi familia, ni tampoco puedo dar un simple paseo fuera de esta fortaleza! ¡No me dejáis hacer recados en el pueblo! ¡No lo veo justo! –se quejaba.

–Créeme, Takao –apoyó sus manos sobre los hombros de menor–. Estás más seguro aquí que en el pueblo.

–¡No entiendo de qué me protegéis! ¡No soy una simple damisela que no es capaz más que de gritar cuando está en peligro! ¡Yo soy un hombre, como vos! ¡Sé defenderme!

–¡Tú no tienes un arma de fuego o una espada para protegerte de esos bárbaros que ahora llenan cada rincón de Santa Clara! –le hizo ver, hablándole en el mismo tono.

No comprendió muy bien a qué se refería con la palabra bárbaros– ¡No sé porqué habláis así de la gente de mi pueblo, pero si lo que os preocupa es eso, dadme esas armas!

Intentó tranquilizarse. No quería perder los estribos con Takao por una tontería–. No puedo hacerlo.

–Más bien, no queréis –siseó. Pasó de largo del Teniente con cara de pocos amigos.

–No es eso –le contestó hastiado, dándose poco a poco la vuelta, intentando no ceder ante los caprichos del otro.

Se dio media vuelta indignado– ¿¡Entonces qué!? –Se acercó a él– ¿Tanto os cuesta complacerme en algo tan insignificante? –preguntó ahora algo más triste y esperanzado.

La mirada de Yuriy pronto rehuyó de la del otro joven. No le convencería, estaba decidido–. Tengo que irme –le dijo pasando ahora él de largo.

–¿A dónde?

–Hoy es día de impuestos, así que he de estar en Santa Clara. Volveré pronto.

–Yuriy, esperad –el otro se detuvo al escuchar su nombre y no, Teniente. Así que poco a poco, fue girando sobre sus pasos para mirarle. Momento que Takao aprovechó para correr hacia él con efusividad.

–Por favor –rogó en tono sereno. Llevó su mano a la mejilla del pelirrojo–. Si tenéis un sentimiento verdadero de amor en vuestro corazón hacia mí, llevadme al pueblo con vos –con la mano le hizo suave caricias, arrancando una leve sonrisa por parte del mayor–. Estoy seguro que ante cualquier tipo de peligro, me protegeréis mejor que nadie.

Yuriy llevó su mano hasta el mentón del moreno de piel–. En eso llevas razón.

Cogió entonces la mano del Teniente, la que éste tenía sobre su barbilla–. Entonces, ¿me llevaréis?–preguntó esperanzado.

–No puedo negarle nada al dueño de estos ojos tan hermosos, que será mi futuro esposo. –sonrió–. Has ganado esta vez. Puedes venir conmigo, pero no te separarás de mi, ¿entendido?

Asintió con la cabeza, más entusiasmado–. Entendido.

–Bien, entonces, acompáñame –le ofreció el brazo, el cual Takao cogió esta vez más gustoso. Todo con tal de salir de esas cuatro paredes.

&&&Kai&Takao&&&

Kai miraba a su alrededor sorprendido. La ausencia del Zorro se notaba en las calles de Santa Clara y eso que solamente se había ausentado unos días. La gente parecía vestir ahora con harapos sucios y polvorientos. Las mujeres en lugar de llevar un recogido bien retocado, lo tenían más descuidado. Parecían pelearse entre ellas mismas por conseguir comprar un mendrugo de pan. A Kai esa escena le sobrecogió.

Santa Clara necesitaba su ayuda más que nunca, pero él aún no sentía que su brazo estaba listo para librar una batalla contra los soldados o contra el mismísimo Teniente. La gente parecía mirarlo con desconfianza y a la vez con envidia por cómo iba vestido. Más bien, Kai desentonaba con una gente ahora tan mal vestida por falta de medios económicos en medio de esas callejuelas.

Yuriy estaba acabando con ese pueblo y con las vidas de esas pobres gentes. Los estaba engañando con cada movimiento que hacía. Los impuestos, la falsa plaga…todo para que esta gente no pudiese trabajar y recuperarse de un golpe así. Además, a algunos escuchaba toser a su paso, lo cual quería decir que estaban enfermando.

Se detuvo al ver a un par de chiquillos luchar uno contra el otro con dos varas, como si fueran espadas reales y ellos estuvieran librando una batalla.

–Jajaja –eran las risas de los chiquillos.

–No tendré piedad de ti, Zorro –decía uno.

–Te ganaré Teniente –sonrió el niño–. Ahora tienes que dejar que te gane, el Zorro siempre gana al Teniente –le explicaba al otro, saliéndose de su papel.

Kai sonrió ante tal comentario. Al menos ellos podían evadirse de tantas preocupaciones como las que les acechaban en la realidad, jugando.

&&&Kai&Takao&&&

Aunque el pelirrojo le había advertido de algunas cosas, no se esperaba que su pueblo estuviese tan mal. Cuando bajó del carruaje, sintió que de no ser porque se iba a casar con el Teniente y éste no le permitía pagar impuestos, estaría en la misma situación que todos. Y él pensaba que estaba sufriendo al no poder salir de esas cuatro paredes. No imaginaba que la situación en el pueblo era mucho peor. Parecían mirarle con recelo, pero sin embargo, la mirada hacia los soldados era mucho más distinta, era de respeto y temor.

Dos soldados con escopeta en mano caminaban delante, Takao y el Teniente detrás de ellos y por último otros dos soldados que al igual que los dos primeros, llevaban la misma arma.

Yuriy quería asegurarse de que no tomarían represarías contra Takao y que éste a su vez no se escapaba, aunque lo creía poco probable dado que el rostro del joven de cabellos azules reflejaba demasiado asombro.

Caminaban por una calle de adoquines por la cual no pasaba mucha gente. La calle era estrecha debido a que estaba llena de casas de dos pisos, pared contra pared, hasta finalizar la calle. Miró hacia las ventanas abiertas. Las mujeres a medida que se acercaban los soldados por sus casas, se apresuraban en cerrar con rapidez puertas y ventanas.

Si alguien había en la calle, se quedaba apoyado en la pared con las manos escondidas hacia atrás y mirando al suelo. Como si fueran animales asustados. No solamente eso, a su paso sólo había silencio, excepto por un sonido que escuchaba cada vez más cerca y no sabía decir de que era.

–Jajaja –eran las risas de dos chiquillos.

–No tendré piedad de ti, Zorro –decía uno. Yuriy escuchó esas palabras y aceleró su paso para saber que mocoso estaba diciendo esas palabras. Pronto lo averiguó junto a Takao, al llegar al final de la callejuela y ver a dos niños jugando.

–Te ganaré Teniente –sonrió el niño–. Ahora tienes que dejar que te gane, el Zorro siempre gana al Teniente –le explicaba saliéndose de su papel.

Yuriy al escuchar esas palabras se sintió en evidencia de alguna forma. Así que le quitó una espada imaginaria a uno de los niños, con lo cual ambos se paralizaron por miedo al ver la mirada fría del Teniente del ejército mirándolos con severidad. El que había perdido su espada imaginaria, retrocedió unos pasos para ponerse al lado de su amigo.

–Jovencitos –dijo con voz suave aunque no por ello amable– ¿Qué estabais haciendo?

–Sólo jugábamos –contestó uno de ellos con temor.

–Sólo jugabais –cabeceó un par de veces, intentando restarle importancia al asunto.

A Takao le hubiese parecido algo normal esa pregunta, pero no lo que vio a continuación. Yuriy rompió la espada imaginaria por la mitad y la tiró al suelo con enfado.

–¡Para que lo sepáis, el Teniente ya ha vencido al Zorro! Así que será mejor que juguéis a otra cosa! ¿¡Entendido!? –pisó la fina vara partida por la mitad para darles a demostrar que no bromeaba–. Y ahora marchaos. –siseó enfadado.

–¡Corre! –le animó su amigo al otro chico, saliendo los dos a correr.

El pelirrojo sólo se dio media vuelta y se arregló la chaqueta, dándole un pequeño tirón de abajo.

–Teniente, eso ha sido injusto –le reprochó el joven de cabellos azules–. Sólo estaban jugando, no hacían nada malo.

–No estés tan seguro –le contestó con firmeza.

–¿Qué hay de malo en lo que hacían? –le pidió explicación. Yuriy iba a responderle cuando fue interrumpido, quedándose con la boca abierta.

–Eso ha sido un poco duro, ¿no cree Teniente?

Tanto Takao como Yuriy miraron a la misma dirección. Esa era la inconfundible voz de Kai, quien parecía acercarse a ellos.

De inmediato los soldados fueron a cortarle el paso, atravesando sus armas como si fuesen una barrera. Yuriy sonrió de lado y levantó la mano, indicando así que los soldados le abrieran paso, para poder salir de la barrera que le había hecho.

–Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? Al señor fantoche, jajaja. –decía burlón.

–Me llamo Kai –le recordó, intentando pasar de largo del joven de ojos azules, pero sin éxito, ya que el pelirrojo lo sujetó de sus ropas.

–A, a, a– decía a modo de negativa–. Os llamaréis como yo quiera que os llame. ¿Y a dónde os creéis qué vais? –le preguntó cruzándose de brazos, empezando a rodearlo con su caminar, para examinarlo de arriba abajo con superioridad.

El bicolor se dirigió al menor–. Takao –le miró fijamente–. Tenemos que hablar.

Takao lo miraba con impetuosidad. Quería irse muy lejos de ahí con él, pero sabía que algo así sería imposible.

–Jajaja –reía el pelirrojo–. Es curioso, porque no tenéis nada de qué hablar con mi prometido. No tenéis derecho ni a mirarle, ni a hablar con él. –le aseguró.

–Solamente serán unos minutos –le aclaró intentando abrirse paso de nuevo.

Yuriy no tardó en cogerle el brazo con fuerza y llevarlo hacia atrás para poder encararlo–. No agotes mi paciencia contigo, Hiwatari –dejó las formalidades a un lado.

Al ver tal escena, Takao temió lo peor– ¡Kai! –le llamó casi para advertirle. Estaba asustado, el bicolor no sabría manejar una situación violenta.

Yuriy chasqueó sus dedos con la mano libre, sin dejar de mirar a su presa. Y de inmediato un soldado le tapó la boca al menor y otro le sujetó las manos.

Por su parte, Kai miró la escena algo sorprendido.

Yuriy apretó su agarre–.Tu atención está aquí –le recordó. De inmediato Kai le miró, aunque con odio y algo de dolor reflejado en sus ojos–. Acércate un solo paso a él, uno solo. –le advirtió–.Y te juro que clavaré el filo de mi espada en tu corazón. ¿Me has entendido? –Vio que Kai únicamente le miraba, pero no le contestaba– ¿¡Lo has entendido!? –preguntó más firmemente a la vez que apretaba su agarre en la herida de su brazo.

Kai solamente atinó a asentir. No podía hablar o de lo contrario gritaría de dolor.

–Bien –continuó– y ahora fuera de mi camino, pelele –con descaro le dio un empujón para apartarlo de ahí–. Y recuerda mis palabras –Kai observó por unos segundos a Takao. El joven de cabellos azules parecía estar sorprendido, pero su cara demostraba preocupación. No quería verlo sufrir de ninguna manera, mucho menos por su culpa–. Vamos soldados –le indicó el Teniente caminando delante de ellos hacia otra calle. Takao solamente pudo torcer la cabeza hacia atrás antes de empezar a caminar a rastras hacia la dirección opuesta, viendo claramente como esa sería la última vez que el bicolor pudiera verle y viceversa.

Kai únicamente pudo darse media vuelta. Nada podía hacer ahora.

Yuriy pensaba en lo fácil que había sido convencer al bicolor de sus palabras. Claro, que tampoco esperaba algún tipo de rebeldía o algo así por su parte. Estaba claro que era un miedica sin remedio.

Orgulloso por su hazaña, seguía caminando, ahora echándole un pequeño reojo a Takao. Estaba cabizbajo, ni siquiera le había reprochado nada. ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Si era algo acerca de Kai Hiwatari poco le importaba. Tenía que dejarle claro a ambos cuáles eran sus posiciones ahora. Él mandaba ahí, él tenía el poder absoluto no solamente sobre Takao, sino sobre toda Santa Clara.

Sí, estaba triunfando en todos los campos. Sólo le faltaba tener el amor de Takao. Aunque no sería muy difícil conseguirlo. Solamente era cuestión de que Takao se rindiera a sus pies por su belleza y encanto natural.

Takao sentía una angustia tremenda en su corazón. Esas palabras dichas por el joven de ojos azules le habían destrozado sus esperanzas de un plomazo.

Se detuvo en su caminar y los soldados que lo custodiaban a sus espaldas así lo hicieron también. Al no escuchar esa serie de pasos a su espalda, Yuriy decidido darse la vuelta. Como esperaba, Takao reflejaba un rostro sombrío.

–Teniente. Si no le importa, voy a ver a mi familia. –decía Takao.

–No es posible –respondió con sencillez.

–No me ha entendido. No le estaba pidiendo permiso. Si me busca, ya sabe dónde encontrarme. –aclaró.

Frunció el ceño–. Takao, sabes que…

–¿Qué? –Preguntó harto de la situación que estaba viviendo– ¡Adelante soldados, cumplan con sus obligaciones y acompáñenme, de todas formas lo harán! –se abrió paso entre todos y los soldados sólo miraron al Teniente esperando una confirmación o negación por parte de su mandamás. El pelirrojo sólo asintió, dándoles a entender a los soldados que siguieran a Takao, viendo con sus propios ojos cómo sus subordinados le seguían. Después aclararía con él en el cuartel ciertos puntos y le dejaría claro quién de los dos mandaba ahí. Por ahora él iría a recoger sus impuestos.

&&&Kai&Takao&&&

Se apresuró en meterse en un callejón, sólo entonces se tocó el brazo. Le dolía demasiado y apretaba los dientes con fuerza para evitar gritar. Sentía cómo algo mojado, parecía querer calarle el vendaje. Se miró la manga de la camisa blanca por unos segundos. Parecía empezar a teñirse de color rojo. Estaba empezando a sangrar.

Se había librado de que el joven de ojos azules le hubiese interrogado y quizás haber descubierto su otra identidad. Pero no había podido hablar con Takao, así que si Kai no podía hacer nada por su condición de miedica, el Zorro tendría que actuar y rápido. No sólo por el bien de Takao, sino por el de su pueblo mismo. Le hubiese gustado haber esperado a que su brazo se recuperase, pero quizá para ese entonces, ya sería demasiado tarde.

Esta noche hablaría con Takao a como diese lugar. Pero lo primero era regresar lo antes posible a su casa sin ser visto por su padre, y antes de que se hiciera más evidente el que estaba herido para la gente del pueblo.

&&&Kai&Takao&&&

Tras terminar su jornada, el Teniente estaba sentado en un sillón con una copa de brandy en la mano y una postura relajada. Frente a él se encontraba el recién llegado Comandante, el cual le estaba contando sus andanzas en estos días.

–¿Y por aquí cómo han ido las cosas? ¿Todo en orden? –le preguntó Brooklyn.

–Por supuesto –empezó a hacer pequeños movimientos circulares con la mano para mover la bebida del vaso–. Todo está saliendo a pedir de boca –dio un sorbo a la bebida.

–¿Y qué tal con el joven Kinomiya?

–Mmj –tragó la bebida que estaba en su cavidad bucal–. También va mejor de lo previsto –se apresuró a decir.

–¿De verdad? –sonrió con fanfarronería.

–¡Je! Claro. Siempre consigo aquello que me propongo. Para vuestra información a finales de este año estará atado a mí de por vida –sonrió ante su propia suerte.

–Decidme. ¿Cómo lo habéis hecho? Nadie puede romper un pacto de matrimonio tan a la ligera –preguntó intrigado, ya que sabía que el señor gobernador no era una persona que cambiase así como así de parecer.

Sonrió enarcando una ceja–. Sólo he utilizado unas de mis mejores armas. El chantaje emocional.

–Jajaja. Realmente eres brillante.

–Por supuesto. De lo contrario no estaría aquí. Tengo a Takao, el Zorro está muerto y este pueblucho tiene los días contados. Y con éste harán un total de nueve pueblos fantasmas. Jajaja. –decía orgulloso.

–Jajaja –sus risas fueron interrumpidas por unos golpes suaves en la puerta–. Pase –indicó el Comandante.

La puerta se abrió dejando ver a un soldado seguido de Takao, quien con su mano se abrió paso para ponerse tanto a la vista del Comandante como del Teniente.

–Bien, ya puede retirarse soldado –le aclaró Yuriy, poniéndose en pie y dejando su copa sobre la mesa.

–Señor –tras su saludo tradicional, salió de la habitación.

–Joven Kinomiya. Es un placer verle por aquí –le saludó Brooklyn.

–Comandante –agachó un poco la cabeza en señal de respeto y luego su atención fue totalmente dirigida al blanquecino de piel.

El Comandante Brooklyn empezó a percibir que no se quitaban la vista de encima el uno del otro, así que sería mejor dejarlos solos para que pudieran hablar.

–Si me disculpa joven, el deber me reclama, pero espero poder gozar de su grata compañía en la hora de la comida. –decía Brooklyn.

–Claro –le respondió el menor, sin ni siquiera dirigirle la mirada.

Fue tan directo en su respuesta que el joven de cabellos naranjas, optó por salir de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

Ante el silencio del joven de cabellos azules, decidió empezar él la conversación–. Por favor, siéntate y cuéntame que es lo que te sucede.

Como si no fuera evidente la razón por la cual estaba enfadado–. Pues verá. Ha mandado a un soldado a la casa de mi familia para que me recogiera. ¿Qué pasa? ¿Piensa que voy a escaparme con dos soldados más en mi propia casa, vigilándome?

–No está de más tomar medidas que yo creo convenientes por tu bien.

–¿Por mi bien o por el suyo? –preguntó indignado.

–Por el de ambos. Mira Takao –se acercó a él–. Ésta por ahora es tu casa. Yo estoy aquí, por lo tanto, tú has de estar a mi lado.

Negó con la cabeza en desacuerdo–. También ha dicho que mataría a Kai si intentaba hablar conmigo.

–¡Oh! –Con sus dedos se hizo movimientos circulares sobre la sien– ¡Todo esto es por él, ¿verdad?!

–¡Teniente! ¡Sólo quería hablar conmigo! ¡¿Qué problema tiene con eso?! ¡Son solamente palabras! –apuntó.

–¡Él, es mi problema! ¡Ese fantoche! –Agarró a Takao de ambos brazos–. No puedo… entiéndeme –lo zarandeó suavemente–. No puedo evitar ponerme celoso ante cualquiera que se te acerque. –siseó–. Porque el solo hecho de pensar que preferirías a cualquier hombre antes que a mí… –subió sus manos hasta las mejillas del menor y acercó su frente para sentir la del contrario tocar su piel–. Eso, me volvería loco –el menor podía sentir el aliento cálido del contrario chocar en sus labios como leves caricias. Y sentía que los ojos fríos como el hielo lo deseaban, deseaba estar con él, tenerlo en sus brazos–. Tú –le susurró–. Tú eres tan especial –con esas palabras, acortó más la distancia entre ellos quedando a milímetros de rozar los labios carnosos del joven Kinomiya–. Permíteme hacerte feliz –con su labio inferior, acarició los labios de Takao como un leve juego para incitarlo a que lo besara el primero. Takao permanecía algo sonrojado por tanta palabrería y confesiones de amor, pero con un solo pensamiento en su cabeza.

"Si así ha de ser. Si he de afrontar este destino, al menos, pensaré que Kai es quien me besa", estaba dispuesto a aceptar el beso, pero la puerta se abrió de par en par, chocando contra la pared. Lo que hizo que los dos se separaran, dando un pequeño respingo hacia atrás.

Antes de darle tiempo a Yuriy de reaccionar, un soldado estaba dentro de la habitación con una correspondencia en la mano.

–Teniente, perdonad la interrupción, pero esta correspondencia a llegado para vos y está certificada como urgente –le extendió el sobre esperando que lo cogiera.

–Mhp –aceptó el sobre–. Déjame ver –decía mientras lo abría.

El joven de cabellos azules vio claramente cómo los ojos del pelirrojo examinaban el papel que parecía tener una información valiosa. Fuese lo que fuese, a él le habían librado de una, y muy gorda. Gracias a la intervención del soldado y la correspondencia, Yuriy sólo había podido rozarle los labios, lo cual agradecía enormemente dadas las circunstancias.

Dobló la hoja–. Takao, he de ausentarme por un rato.

–¿Es algo grave? –preguntó por curiosidad, ya que pensaba que Yuriy no era del tipo de persona que dejaban las cosas a medias.

–No tienes de qué preocuparte. Volveré pronto –le sonrió.

–Esté tranquilo. Yo iré a mi habitación para descansar un poco.

–Bien –miró al soldado–. Vamos –le ordenó empezando a caminar.

El moreno de piel le siguió con la vista hasta verlo desaparecer, fue entonces cuando suspiró aliviado, mirando hacia otro lado. Algo le llamó la atención. Una sábana parecía estar ocultando un objeto grande, ¿qué habría dentro? Empezó a rascarse la nuca y a mirar a su alrededor con disimulo. La puerta estaba cerrada, solamente él estaba en esa habitación, así que si echaba un vistazo rápido nadie se enteraría.

Se aproximó con pasos lentos sin dejar de mirar hacia la puerta de vez en cuando. Por el aspecto que tenía el exterior de la sábana, podría ser, ¿una caja? Su forma era ovalada por arriba. No podía ser. Una caja no podía tener ese aspecto.

Pasó sus delicados dedos sobre esa forma que le seguía llenando de curiosidad, así que sin más, dejó caer la sábana hacia atrás, descubriendo que el objeto se trataba de un cofre.

–Un cofre. ¿Qué habrá dentro? –se preguntó a sí mismo–. Está abierto –pudo advertir–. Bueno Takao, solamente un vistazo rápido. Lo abres y lo cierras, lo cubres con la sábana y nadie se entera –se decía así mismo con rapidez, para tranquilizarse por su nerviosismo. Puso sus manos a los laterales del cofre y procedió a abrirlo. Lo que descubrió en el interior lo dejó perplejo–. Cuántas monedas –se repitió asombrado–. Esto… esto ha de ser las contribuciones de los impuestos –enterró sus manos en el dinero para sacarlas a continuación, viendo cómo las monedas se deslizaban de nuevo hasta el interior del cofre. El ruido de las monedas al moverlas, indicaba que ahí había más dinero del que Takao pudiese llegar a imaginar. Pero no podía quedarse ahí embelesado. Tenía que irse antes de que alguien lo pillara ahí. Cerró el cofre, dejándolo tal y cómo estaba, al igual que la sábana que había retirado minutos antes.

Con pasos más rápidos salió de esa habitación. No sabía cuánto tiempo tardaría el Teniente en regresar, pero por su propio bien, sería mejor estar en su habitación para cuando Yuriy regresase.

&&&Kai&Takao&&&

Diez minutos después…

Yuriy abrió con sigilo la puerta de la habitación de Takao. No quería molestarle si estaba dormido. Por lo que pudo ver nada más entrar, Takao le daba la espalda, mientras éste estaba tranquilamente sentado en la cama, mirando hacia ningún punto en concreto.

Con pasos delicados y dejando la puerta media cerrada, caminó hasta la cama de Takao. Sonreía complacido, le daría una buena sorpresa a Takao. El cual parecía no enterarse de que ahora la cama se estaba moviendo levemente porque el joven de ojos azules estaba subiendo a ella.

Arrodillado sobre la cama, Yuriy llevó sus manos hasta la cintura del menor, a la vez que sus labios se acercaron a la oreja del joven.

–¿En qué piensas? –le susurró de forma alegre.

–¡Ah! –Gritó dando un respingo, pero sin moverse de la cama, ya que el pelirrojo no le dejaría ir con sus manos puestas en su cintura– ¡¿No haga eso, quiere?! –le advirtió.

–Jajaja. Lo siento –su mano se deslizó desde la cintura hasta el pecho izquierdo del menor, dónde notó el claro golpeteo del corazón que parecía pedir a gritos que lo sacaran de ahí–. No pensaba que te asustaría tanto. Tu corazón está desbocado.

–L…lo extraño sería que no estuviese así, ¿no le parece? –su voz parecía estar algo diferente y eso el joven de ojos azules no tardó en captarlo.

Se fijó en la expresión de su cara y en como parecía entrar en calor. Al menos era lo que le confesaban las mejillas sonrojadas del menor. Deslizó suavemente su otra mano de la cadera hasta el ombligo del joven. Vio claramente cómo el moreno de piel cerró los ojos.

–Dime, ¿en qué piensas? –le preguntó fijándose en su cuello. No podía resistirse a intentar cautivarlo ahí mismo, así que acercó sus labios al suave cuello de Takao, para depositar pequeños besos.

–Yo... –sentía cómo Yuriy le besaba el cuello con ternura. Un momento, ¿le estaba besando y él le estaba dejando? Abrió los ojos y quitó las manos del Teniente de su cuerpo para ponerse rápidamente en pie.

Yuriy lo miró con picardía y a la vez sorprendido– ¿Qué pasa?

–¿Qué cree que hace? –le acusó con el dedo.

–Creo que es obvio, continuar por donde nos habíamos quedado –se pasó la lengua por los labios–. Y creo que te estaba gustando, ¿o me equivoco? –bajó de la cama y se puso de pie, esperando la respuesta de Takao.

–Esto… yo… –se pasó las manos por el cuello, no sabía que decirle.

–Vamos, no tienes porqué ser tan tímido conmigo –se puso frente a él, para cogerle con la mano el mentón y dirigirlo camino a sus labios.

Antes de que algo más fuese a ocurrir, Takao lo detuvo poniéndole ambas manos sobre los hombros–. No puede hacer eso.

–¿Ah, no? –Enarcó la ceja–. Dame una buena razón –exigió.

–La iglesia –contestó–. La iglesia… mn… no permite este tipo de acto, hasta que las personas no estén casadas.

–¿Qué no permite exactamente? –preguntó esperando una respuesta.

–Ni los besos, ni los tocamientos excesivos… sólo palabras, jeje.

–Mhn –tras unos segundos de seriedad, sonrió divertido–. Pero puede ser nuestro secreto. Solamente estamos tú y yo en esta habitación. –Le decía al tiempo que sus manos se iban a las mejillas del otro. Sin duda se estaba preparando para intentar seguir.

–¡No! –casi gritó para detenerle, pero al ver la cara de molestia del otro, decidió seguir–. Es que… hay alguien que todo lo ve.

–¿Quién? –preguntó con duda.

–Dios –susurró y señaló con su dedo índice hacia el techo–. Así que... –se apresuró en apartarse del Teniente, el cual miraba el techo incrédulo.

–Takao –Miró hacia el frente de nuevo, pero Takao no estaba ahí. Así que se apresuró a buscarlo, viéndolo unos pasos más allá de donde supuestamente lo había dejado– ¿Crees en esas cosas? –le preguntó, sorprendido.

–Para mí son muy importantes. Si vamos a contraer matrimonio en una ermita, no quiero que Dios me castigue por un acto así de rebeldía.

–Pero esas tradiciones son muy antiguas, ya es hora de ir modernizándolas. ¿No lo crees? –le preguntó, con el objetivo de poder convencerle.

–Es que yo estoy muy chapado a la antigua, como el pueblo entero. –aclaró con seguridad.

–Mnn…–sus facciones se endurecieron, así que Takao tendría que hacer algo más para contentarlo–. Sinceramente, no creo que…–las manos de Takao tocaron sus mejillas y le interrumpió al hablar.

–Por favor, me gustaría seguir las tradiciones de mi pueblo. Una vez que estemos unidos para siempre, podremos hacer lo que nos dicte el corazón. –le decía, esperando poder convencerle de una vez.

Tras unos minutos de silencio, finalmente contestó–. Mn… está bien. Será como tú quieras que sea.

Sonrió ampliamente–. Gracias, Teniente. "Y ahora a salir de aquí, antes de que cambie de opinión", le cogió de la mano y empezó a darle tirones para que le siguiera–. Vamos a comer algo, me muero de hambre. ¿Qué me decís?

Siguiendo a Takao con una sonrisa y con la mano cogida, le contestó–. Por supuesto. Yo también tengo hambre y no hay que hacer esperar al Comandante.

&&&Kai&Takao&&&

La noche parecía ser bastante tranquila. Los soldados elegidos para esa noche, hacían su turno de guardia dentro de la fortaleza. No eran conscientes de que una sombra negra acababa de cruzar a sus espaldas sin ser vista, ni oída. El Zorro sabía cómo camuflarse en la oscuridad, lo que no sabía con certeza era cual de todas era la habitación de Takao y si daba al interior de la enorme construcción o fuera. Lo primero sería echarle un vistazo rápido por la fachada para ver si algo le daba una pista. De lo contrario, ya pensaría en algo para poder acceder al interior sin ser descubierto.

Todas las luces de las habitaciones parecían estar apagadas, tanto las del primer como segundo piso. Se agachó tras los matorrales al escuchar un ruido. Tras comprobar que evidentemente se trataba de otro soldado, espero que se fuese tranquilamente y se levantó del suelo, sacudiendo su ropaje. Unos pasos más caminó hasta ver algo que finalmente le ayudó. En el suelo, vio claramente cómo había un resplandor de luz. Estaba claro que por la silueta de la luz, debía de proceder de una ventana del segundo piso. Así que levantó la vista y…

"Takao".

Apoyado en la baranda de hierro con los brazos cruzados estaba el joven Kinomiya, quien miraba con expresión aburrida el paisaje oscuro. Poco le duró ver esa imagen, ya que vio cómo el joven bostezó y se metió en el interior del edificio.

Era tarde, seguro que Takao iría a dormir. Tenía que apresurarse a llegar allí, no quería dar un susto de muerte al menor, eso alarmaría al ejército. ¿Pero cómo subiría hasta ahí? Con rapidez, miró a su alrededor para examinar el terreno y ver si había algo de utilidad. ¡Bingo! Ahí estaba. Ese árbol le ayudaría a subir y no dejaría ningún tipo de huella o marca como el que se dejaría, si lo hiciese trepando por una cuerda en la baranda.

"Espera Takao, ya voy".

Estaba claro que le costaría subir un poco al tener su brazo así, pero eso poco le importaba. Sentía más dolor al estar sin Takao que el que estaba sufriendo ahora mismo por estar trepando. De un salto, se dejó caer al balcón con todo el sigilo que el salto en sí le permitía.

Permaneció unos minutos callado, para saber si Takao estaba solo o si había alguien más. Tras no escuchar nada, decidió llamarle la atención.

–Pss, pss –lo hizo lo más bajo y suave que pudo.

–¿Quién anda ahí? –preguntó desde el interior al escuchar un ruido.

El enmascarado por fin se dejó ver, entrando a la habitación, la cual por cierto, era menos lujosa que la que había visto antes y mucho más pequeña.

–Zorro –susurró, dándole un fuerte abrazo en forma de recibimiento, pero poco le duro su alegría de ver que seguía con vida al recordar la situación en la que se encontraba–¿Pero qué haces aquí? –Rápidamente miró a la puerta para ver si estaba echada con llave–. Es peligroso estar aquí, esto está lleno de soldados. Tienes que irte cuanto antes –le dio media vuelta, para que volviera a salir por la puerta acristalada, pero no podía moverlo.

–No me iré todavía, antes tengo que hablar contigo. –aclaró en voz baja.

–Tú no lo entiendes. El Teniente cree que estás muerto y yo no le he hecho pensar lo contrario. Si te descubre aquí, te matará –le advirtió preocupado en el mismo tono.

–Lo sé –lo encaró.

Takao enmudeció ante el comentario–. Dime, ¿a qué has venido?

–He venido a verte. Creo que por mi culpa estás en esta situación. Perdóname.

–Ah –sonrió con tristeza–. Eso da igual, lo importante es que tú sigues vivo y… los demás también.

Inconscientemente, el enmascarado se echó mano a su brazo herido–. Tú no te mereces algo así.

El joven de cabellos azules se fijó en sus movimientos– ¿Cómo está? ¿Te duele todavía?

–Va sanando poco a poco –le aclaró.

–¿Y Tornado? ¿Está bien?

–Te echa de menos.

Takao sonrió por la ocurrencia–. Sí, yo también a él. Zorro, ¿qué piensas hacer respecto al pueblo?

–Pienso ayudarles, aunque no tengo claro cómo hacerlo.

–Yo tengo una idea –sonrió– ¿Mañana podrás venir sobre estas horas?

–Claro. ¿Pero qué tienes pensado hacer?

–Mañana te lo explicaré. Pero ahora tienes que irte. Los soldados pasan a revisar si estoy o no aquí.

–Sólo deja que te vea un poco más. –le pidió–. No quiero que la persona que me envía para saber cómo estás, lo haya hecho en balde.

–¿Te ha enviado alguien? ¿Quién? –preguntó confundido, justo en el momento que empezaron a tocar la puerta.

–¿Joven Kinomiya? –preguntaron al otro lado de la puerta.

–Corre, vete –le susurró–. Y dile a quien te envía, que me encuentro bien –carraspeó para dirigirse al soldado– ¡Sí, estoy aquí! –Anunció para empezar a susurrar de nuevo–. Recuerda, mañana a estas horas.

El Zorro asintió, tocándole el mentón suavemente y sujetándolo por unos segundos, para finalmente salir por el balcón, cuando volvieron a tocar con más insistencia.

–Sí, estoy aquí, ¿no me ha escuchado? –contestó Takao. Corrió hacia la puerta y la abrió–. No es por nada, pero me gustaría poder dormir. –confesó.

–Mis disculpas joven. Sólo cumplía con las órdenes del Teniente. Pase una buena noche.

–Ya –dijo con pesadez, cerrando la puerta cuando el soldado comenzó a andar por el pasillo.

Apoyado en la puerta, empezó a pensar. "¿Quién lo habrá enviado? ¿Mis padres? No lo creo, los he visto hoy. ¿Kai? ¿Y si es Kai?". Dejó que su cuerpo se deslizara por la madera, hasta sentarse en el suelo. "Si el Teniente te hubiese dejado hablar conmigo… ahora jamás sabré que me querías decir", recordaba una y otra vez las palabras del Teniente Yuriy en su cabeza. "No, no dejaré que te haga daño, porque te quiero. Y si el tener que estar con el Teniente, implica que a ti no te hagan daño, así lo haré".

&&&Kai&Takao&&&

A la noche siguiente…

Takao aguardaba ansioso a que el Zorro entrase por la puerta acristalada. Estaba impaciente por verlo. Y no sabía porqué, pero sentía que le probablemente imposible poder acceder esta vez al interior de la fortaleza.

¿O quizá era que estaba nervioso por su acto de hoy? Daba igual, no pensaba echarse atrás en su decisión.

Pronto sus nervios se disiparon al ver al enmascarado en el balcón. Le indicó haciendo movimientos rápidos con la mano que entrase deprisa a la habitación. Y así lo hizo.

–Buenas noches –le hizo una reverencia al entrar con la capa, buscando algo en su bolsillo interior mientras permanecía agachado.

–Buenas noches –le saludó.

–Esto es para ti –se irguió, mostrándole al menor una rosa blanca.

–Una rosa –la aceptó con la boca abierta. Esos detalles le encantaban, no podía negarlo. Pero rápidamente negó con la cabeza–. Gracias. Pero estaba preocupado.

–¿Por mi?

–Claro. Como te dije en un principio, el estar aquí es muy peligroso, pero por otra parte, tú eres mi única esperanza. –Se dio media vuelta y se agachó para buscar algo debajo de la cama.

El Zorro lo miraba sin comprender qué hacía, no al menos hasta que vio cómo Takao tenía en su mano tres pequeños sacos de color marrón– ¿Qué es eso? –le preguntó, aunque era más que evidente, pero quería que el propio Takao le diera una explicación.

Dejó la rosa sobre la cama para así poder utilizar la mano–. Esto ayudará a mi pueblo –susurraba. Cogió una de las manos del enmascarado y en ella deposito los tres sacos–. Toma, cógelos y repártelos.

–¿De dónde has sacado esto? –le preguntó abriendo uno de ellos para poder ver, como efectivamente los sacos contenían monedas.

–Del cofre de las contribuciones. Y yo mismo he destrozado un saco grande para poder hacer estos pequeños. –le explicaba.

–Takao, esto es demasiado arriesgado para ti –le advirtió.

–Pero es lo único que puedo hacer. Además, ahí guardan tanto dinero que no echaran tan poco en falta. Y en la noche en la que te hirieron, tú mismo ibas a robar el cofre entero.

–¿Cómo sabes eso? –preguntó desconcertado.

–Porque nadie arriesga su vida como tú arriesgaste la tuya al venir hasta aquí, sino es por un motivo importante. Lo único de valor que se encuentra aquí es eso y la artillería.

–¿Y si se dan cuenta de lo que intentas? –preguntó preocupado, intentando hacerle ver al menor, lo peligroso que era eso.

–Tranquilo, no creo que mi destino pueda ser peor que este. Además, yo sé cómo convencer al Teniente, por eso no te preocupes– le comentó con tristeza.

–¿Por qué arriesgas así tu vida? ¿Acaso ya no tienes nada a lo que aferrarte?

–¡Je! –Esquivó la mirada–. Lo único que yo tenía a lo que poder aferrarme me lo han arrebatado.

–¿La libertad?

Negó con la cabeza–. Para mí es algo más importante que mi propia libertad –Agachó la cabeza para que no le viera los ojos porque sentía que dentro de un momento, comenzaría a derrumbarse.

Dejó su mano caer sobre la cabeza azulada–. No te preocupes. Todo esto es una terrible pesadilla, que muy pronto terminará no solamente para ti, sino también para los pueblerinos. Te lo prometo. Y si para eso he de acabar con el ejército entero, así lo haré. –le indicó con coraje, después de todo, no soportaba ver lo que le estaban haciendo a Takao.

–Zorro.

–Dime –apartó la mano para poder amarrar en su cinturón con una cuerda preparada, los sacos.

–Sí, por una casualidad, ves a mi familia o…–apretó los puños.

–¿O? –le animó continuar.

–Creo que no le conoces –sonrió–. Bueno, hazles saber a ellos que estoy bien, para que no se preocupen y eso. ¿Vale?

Sonrió comprensivo–. Claro –al ver que Takao no levantaba la cabeza, se mordió el labio. Sentía una impotencia enorme al estar ahí y no poder abrazarlo como Kai. Tenía que irse o de lo contrario no lo soportaría. Ya confundió una vez a Takao con ese beso, no quería volver a confundirlo–. He de irme, antes de que venga un soldado para ver si te encuentras. Volveré mañana a la misma hora, pero si no lo hago, no te angusties. Es posible que la zona este vigilada y me sea imposible acceder de forma desapercibida.

Le miró con una sonrisa un poco nostálgica–. Claro, lo entiendo.

–Adiós –le despidió, para caminar hasta el balcón.

–Adiós –le susurró casi sin fuerzas en su voz. Cerró la puerta que parecía una ventana gigante, viendo en el cristal su propio reflejo atormentado. Las lágrimas recorrían sus mejillas. Unos segundos más, y el Zorro le hubiera visto llorar como una niña consentida. Caminó con algo de rapidez hacia su cama y se dejó caer, cubriendo su cara con sus brazos cruzados– ¿Por qué ha tenido que suceder esto Kai?... snif… –sólo los sollozos retumbaban en esa habitación tan silenciosa.

Continuará…

&&&Kai&Takao&&&

Siento la tardanza, he aquí el capi. Esta vez en lugar de contestar reviews por reviews lo voy a hacer en general. Como habéis podido ver, las cosas no van precisamente bien en todos los aspectos. Claro que sólo Yuriy se alegra de ello. Esta es la tercera vez en este capi que el pervertido de Yuriy intenta algo con Takaito, pero él no se deja así como así. ¡Bien hecho Takaito!

Y mira tú por dónde, cuando Kai está decidido a hablar con Takao, simplemente no puede hacerlo y cuando entra como Zorro a la habitación del joven de cabellos azules no quiere confundirlo. ¿Entonces qué va a pasar? ¿Qué pasará con el pueblo? ¿Se enterará Yuriy de que el Zorro aún vive? ¿Se enterará de lo que Takao está haciendo a escondidas de él y del Comandante? ¿Podrá el Zorro salvar a su gente? ¿Sabremos por fin por qué las madres de ambas familias pactaron ese compromiso? Algunas de estas preguntas, serán posiblemente respondidas en el siguiente capi.

Gracias por sus reviews a:

Dark–ekin

Maritessalu

Sheena–yukiko–25

Takaita Hiwatari

Wuonero

Valery HiwataKinomiya

AdeTaka–KinoTary

Maritessa Perez cortes

Monacore

Esto es todo por ahora, cuidaos mucho, xao.