Disclaimer: Todos los personajes de esta historia no me pertenecen. Son creación de J.K.Rowling, y, como dudo que le moleste que me pase las horas fantaseando con ellos, me he decidido a compartir mis pequeñas historias con quién quiera leerlas.

Prólogo

Todo a su alrededor eran cenizas. Ni una casa en pie. Ni una persona viva. Todo cenizas. Incluso la casa donde había pasado gran parte de su infancia estaba en ruinas, y sobre ella, sobre toda la ciudad en realidad, se alzaba la marca tenebrosa, clara y brillante. Aterradora.

Se dijo a si misma que no todo estaba perdido, que aun cabía sitio para la esperanza. ¿Por qué no? Ellos podrían haber salido de compras a la ciudad, o podían haber ido a pasar el fin de semana al norte…Después de todo, no tenían por qué contarle todos sus planes.

Se fue acercando poco a poco, observándolo todo a su paso. No podia creerlo. No quería creerlo. Aquel no sería mas que un pueblo, normal y corriente, de no ser por ella. La mejor amiga del niño que vivió. Una de las personas mas allegadas al mayor enemigo del mundo impuro, del mundo muggle. Jamás habrían atacado Delabole, en el condado de Cornwall, de no ser porque sus padres vivían allí. Y se sintió culpable del horrible suceso.

Vio la panadería del señor Whytaker, la cafetería de Clare, la farmacia de la señora Bunbury, el banco donde todos los sábados por la mañana se sentaba a charlar con Ernest y Gwendolyn…Lo vio todo, pero en su mente. La realidad era que todo estaba hecho cenizas.

"No lo hagas Hermione. Volvamos, ya nada se puede hacer" dijo un chico a sus espaldas.

Pero la joven hizo caso omiso de sus palabras. Necesitaba hacerlo, quería pisar ese suelo por última vez, comprobar por si misma que todo estaba perdido.

No necesitó entrar en lo que quedaba de casa para saber que eso era verdad. A sus pies encontró una pequeña pulsera. No era bonita, sino mas bien tosca. En ella se intercalaban flores de madera y pequeñas piedras blancas limadas sin pulcritud. Algunas estaban rotas, pero aún así la reconoció.

Era de ella, de su madre. No había otra igual en el mundo, porque se la había hecho ella. Aun recordaba la sonrisa de la mujer cuando se la entregó. Hermione se agachó a cogerla, pero ya no se pudo levantar.

Cayó de rodillas, con la pulsera fuertemente apretada entre sus pequeñas manos.

Silenciosas lágrimas comenzaron a correr por su cara, por primera vez en años.

No es que no hubiese tenido motivos para llorar durante cuatro largos años de guerra, sino que se había prometido a si misma que jamás lloraría. Sabía que si comenzaba no seria capaz de parar, inundando su corazón y el de todos a su alrededor. Y ahora lo estaba haciendo, se estaba traicionando a si misma.

Sintió las manos de su amigo sobre los hombros, intentando consolarla. Pero nada servia en ese momento. Ni las caricias de Ron eran capaces de mitigar el dolor; el dolor por la muerte de sus padres, el dolor por una guerra cruel, por tantas sonrisas apagadas prematuramente, por tantas voces silenciadas en tan poco tiempo y de manera tan abrupta. Le dolían todas y cada una de las muertes, pero estas pesaban mas que las demás, porque estaba segura de que si ella no hubiese existido todos y cada uno de los habitantes de Delabore estarían vivos. Si ella no hubiese entrado en el mundo mágico a los 11 años de edad sus padres estarían pasando su consulta y repartiendo caramelos sin azúcar a pequeños niños con un par de dientes de leche menos. Ella los había condenado a todos.

"Yo…ya sabes que no soy muy bueno para esto…Pero sabes que siempre me tendrás aquí para lo que quieras" dijo el pelirrojo abrazando a su amiga. Esta correspondió al gesto, y su llanto fue creciendo poco a poco. Sentía que nada ni nadie lo podría parar.

"No van a volver…" era la frase que se repetía en su mente. Cada vez estaba mas sola. Nadie iba a volver.