Seis semanas después de su captura Hermione fue trasladada de su lúgubre celda a una bonita habitación. Las paredes seguían siendo de fría piedra, pero también había una enorme cama adoselada, una suave alfombra blanca y peluda y algunos cuadros a los que Hermione les había dado la vuelta.
Eran retratos. Enormes retratos de gente que no conocía. Pero distinguía en esas caras rasgos muy familiares; los mismos ojos grises, los mismos labios finos, el porte recto y distinguido, el gesto distante y de superioridad...
Eran Malfoys. Todos y cada uno de ellos. Y reconocía a Draco en ellos, por eso les había dado la vuelta. Él se lo había reprochado en una de sus numerosas visitas, pero Hermione hizo oídos sordos ante aquel comentario.
Por su parte, Malfoy había decidido no darle importancia alguna a ese detalle. Ella tendría que acostumbrarse a verle muy a menudo, tanto si quería como si no.
Él pasaba cada vez mas tiempo en aquella habitación, que había sido de su abuela, Atia Nott. En parte porque aquel lugar le traía a la mente los únicos buenos recuerdos de su infancia, y tambien por Hermione.
Estaba fascinado y asqueado a la vez.
Ella, casi dos meses después de su captura, seguía desprendiendo ese aura de dignidad que la caracterizaba en sus tiempos de Hogwarts.
Sabía perfectamente que su vida dependía de los caprichos de Malfoy, pero aun así no agachaba la cabeza ante él, no se mostraba sumisa y complaciente cuando él le pedía algo, sino mas bien malhumorada y protestona.
"No pienso doblar tu ropa, ¿me olles?" gritó Hermione para hacerse oir por encima del ruido del agua.
Malfoy había llegado en plena noche y, sin articular palabra ni encender la luz, y se había metido en el baño dejando toda su ropa regada por la habitación.
Eso era algo nuevo. El rubio siempre llegaba puntual, a media noche, colocaba su ropa en el sofá situado a los pies de la enorme cama y se acostaba al lado de Hermione. Apenas si se rozaban, pero ambos lo sentían. Si, probablemente sentían cosas totalmente diferentes, pero lo sentían.
Desagrado y placer. Asco y profundo deseo.
Pero esa noche no. Hermione se había acostado hacía ya una media hora, y seguía sin sentir al rubio junto a ella. Decidió levantarse, a pesar de que tenía terminantemente prohibido moverse de la cama en toda la noche.
No llevaba encima mas que un escueto camisón de raso morado, obsequio del mortífago. Hermione lo odiaba, pero lo prefería a dormir desnuda junto a él.
Caminó descalza sobre la gran alfombra, silenciosa, y al llegar a la puerta del baño la empujo muy lentamente, recordando el estridente ruido que esta emitía si se abría demasiado rápido.
Lo que vio habría desagradado a cualquiera, pero no a ella. Por dos motivos; era aurora, y estaba acostumbrada a contemplar escenas mucho peores en tiempos de guerra como aquellos. Además, él era un mortífago.
Hermione se adentró unos pasos más dentro de la estancia, y sus pies descalzos se empaparon de sangre. Estaba por todas partes. Manaba del cuerpo del rubio como agua de una fuente.
La chica no pudo hacer nada mas que sonreír. Se estaba muriendo. Ella no era libre, pero el había recibido su merecido. En su torso se apreciaban decenas de heridas punzantes, considerablemente profundas, de las cuales procedía toda la sangre. Sus brazos y su rostro estaban intactos.
Se agachó, solamente para satisfacer su curiosidad y ver si aun seguía respirando. Acercó su cara a la del muchacho. Estaba como siempre, impoluta, perfecta. Incluso se podía apreciar en ella un leve gesto de satisfacción, una media sonrisa orgullosa. Típica. Aún seguía respirando, y se estaba mofando de ella por creerle muerto.
Le odiaba tanto.
Cuando puso su mano sobre la boca y la nariz del muchacho no había reparado en lo que él tenía fuertemente sujeto en su mano derecha. En pocos segundos Hermione salió despedida hacia la bañera.
"No te atrevas Granger" fue lo último que Hermione escuchó antes de caer inconsciente, con un reguero de sangre corriendo por su frente.
Cuando se despertó no sentía dolor alguno. Es mas, hacía mucho tiempo que no se sentía así de bien. El pequeño corte de la cabeza había desaparecido, y también aquella torcedura en su tobillo que le había estado incomodando desde hacía un par de días.
La calidez la invadía. Podía sentir todo su cuerpo acariciado por la suave sábana, porque estaba desnuda. En el suelo pudo ver su camisón, empapado de sangre. Su sangre y la de él, juntas en un pequeño trozo de tela. Nada les unía, es mas, todo les separaba, pero sus esencias se mezclaban ignorando los sentimientos de sus dueños.
Y no solo eso. La mano de Draco también se había enredado en los bucles castaños de Hermione sin su permiso. La había desnudado sin su permiso, y también la habían curado. Sus labios se encontraban a pocos centímetros de uno de los pecosos hombros de la muchacha, y uno de sus brazos rodeaba posesivamente su cintura.
Habría sido una bonita estampa si a Hermione no le hubiese repugnado la sola presencia del rubio.
Al intentar moverse se dio cuenta que el estado del rubio era totalmente opuesto al suyo. Tenía las manos muy frías, la piel mas pálida de lo usual, y las heridas de su torso no estaban curadas del todo. Ni siquiera habían cicatrizado, algo realmente extraño teniendo en cuenta que había sido capaz de sanar por completo el cuerpo de Hermione.
La muchacha se quedó inmóvil, ya que temía despertale. Malfoy de mal humor era bastante perjudicial para su salud.
Volvió a acomodarse cuidadosamente, intentando recuperar una posición en la cual fuera creíble que aun seguía dormida, con tan mala suerte que el rubio se despertó.
O eso creyó ella en un principio.
Lo único que hizo él fue acomodarse mas al cuerpo de su acompañante. Su boca paso del hombro al cuello de la chica, apoyando su barbilla en la clavícula de esta. Pegó completamente sus caderas al trasero de la muchacha, y, en un último esfuerzo, consiguió enredar sus piernas entre las suaves y doradas de Hermione.
Si ellos hubiesen podido verlo desde fuera se habrían asombrado de lo bien que encajaban sus cuerpos. Como una fusión entre dos gotas de agua. O de sangre.
De no ser por el aliento del chico sobre su cuello y el roce de la nariz de este contra su oreja, Hermione habría podido pasar toda la noche en aquella posición. Pero el cosquilleo se había vuelto demasiado intenso en la parte baja de su vientre. Lujuria.
No. Jamás con él, con su verdugo, su torturador...el hombre con el que dormía cada noche, el que la había sacado de la celda para tenerla siempre cerca, el que la arropaba, el que malgastaba horas mirandola, anhelando tocarla... Ella sabía todo eso y mucho mas, desde hacía mucho tiempo. Era la única que le conocía, de eso estaba segura.
Lo demás sucedió muy rápido. Ella se apartó. Él se despertó, enfadado. Ella fue duramente castigada a la mañana siguiente.
¿Por qué? Por no desear lo mismo que él. Por no mirarle con temor y si con desprecio. Por despreciar su sangre tanto como él la de ella.
