No le Cuentes a Mamá

Capítulo 10

-Tú dijiste que lo hiciera -fue lo primero que Tom dijo cuando por fin se encontró a solas con Bill. Estaban en la habitación de hotel que ambos compartían, así que iban a tener que hablar tarde o temprano.

-Esto no es como imaginaba que sucedería -contestó Bill sentado en su cama, sin mirar hacia su hermano-. Pensé que hablarías conmigo primero. Que esperarías. No sabía que estabas tan deseoso de... de...

-Bill, Dios -dijo, sacudiendo su cabeza. Sus temores azotaban a través de sus labios y dio tentativamente un paso hacia el otro chico-. No estaba ansioso... fue un accidente, en verdad, y ni siquiera me gustó.

-No me mientas -respondió Bill-. Puede gustarte, es sexo. Sólo no mientas. Pensé que me lo dirías. Que decidiríamos juntos quién sería. Pensé que yo sabría. No creí que iba a ser echado de mi propia habitación toda la noche mientras tú te follabas a alguien.

Recién entonces Bill lo miró, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. Todo el enojo y la molestia que Tom sentía se evaporó. Cayó de rodillas frente a Bill y se abrazó a sus piernas. Bill intentó alejarlo, pero se acercó aún más a él.

-Lo siento, lo siento tanto -dijo-. No pensé. Y no significó nada para mí, yo sólo... ni siquiera podía hacerlo bien. Lo juro.

El corazón de Bill se encogió ante la visión. Tom estaba casi llorando, respiraba pesadamente tomando grandes bocanadas de aire. Colocó una mano sobre su cabeza y acarició su pelo una vez.

-Sólo desearía que...

-Lo sé, lo sé.

-No -dijo Bill, negando con la cabeza-. No sabes. Supongo que no importa de todos modos.

-Bill, no. -Bill frunció el ceño dando un paso hacia atrás, liberándose de Tom.

-¿Puedo confiar en ti? -Tom ensanchó los ojos y le miró.

-¿Piensas que no puedes?

Bill encogió un hombro lentamente.

-No puedo creer que hiciste esto, Tomi.

Tom dejó salir un suspiro entrecortado y se sentó en el suelo, acercando sus rodillas a su pecho. Se sentía entumecido, estúpido y agotado. La forma como Bill lo miraba era algo que no podía manejar, y sintió miedo de ello.

-Estaba confundido, pensé que quizá estaba haciendo lo que querías -dijo Tom, limpiando sus ojos-. Que querías que lo hiciera.

Bill suspiró y avanzó lentamente fuera de la cama. Se sentó a su lado y se inclinó contra su hombro.

-No quiero pelear, pero me siento herido. Supongo que... no estaba preparado para esto. Pensé que podría soportarlo, que sería... no sé, que lo planearíamos juntos. Tú y yo. Igual que siempre.

Tom asintió y apretó su rostro contra el cuello de Bill.

-Nunca te haré daño de esta forma otra vez. No sé qué debemos hacer.

Bill acarició su cabello y le silenció gentilmente. -Lo hiciste por nosotros, ¿verdad?

-Sí. No podía solamente...

-Bueno -dijo Bill-. Muy bien. Entonces eso es todo. Lo hiciste por nosotros. No estoy molesto. Hemos tenido novias antes, incluso has dormido con mujeres antes, esto es como todo aquello.

-Te amo -dijo Tom. Abrazó a su gemelo enérgicamente, besó su cuello y recorrió con sus manos el otro cuerpo, desde arriba hacia abajo.

Bill suspiró y se apretó contra Tom.

-Está bien, Tomi, te amo.

-¿Sí?

-Sí -Bill asintió, riendo un poco pero aún dolido, parpadeando con fuerza un par de veces. Sus ojos también estaban humedecidos por las lágrimas, y tomó aire profundamente-. Dios, esto es estúpido. Tom, desde luego que no quisiste hacerme daño. ¿Verdad?

Tom solamente apretó a Bill aún más fuerte, extendiendo sus dedos sobre el dorso de la cabeza de su gemelo, masajeando su pelo.

-Bill, detente. Tú sabes...

-Sí, sí, sí -dijo Bill precipitadamente, asintiendo con la cabeza-. Lo siento, Tomi, lo siento.

-¿Ahora te estás disculpando? -Tom rió suavemente, finalmente sonrió, creyendo en que todo saldría bien-. Detente, eres tan tonto.

Bill golpeó gentilmente el hombro de su hermano.

-Bésame.

Tom sonrió con satisfacción e introdujo a Bill en un largo y duradero beso. Cuando se apartaron, ambos sonreían casi tímidamente.

-Supongo que algo bueno salió de esto -dijo Bill suavemente.

-¿Hm?

-Georg y Gustav te vieron salir con ella, evidentemente -dijo Bill, arrugando la nariz-. Quizás Gustav deje de estar detrás de nosotros.

-Sí, eso creo -respondió Tom.

Bill tocó con sus suaves dedos la mandíbula de Tom y le preguntó, silenciosamente:

- Pero no fue muy bueno, ¿verdad? ¿Con ella? -Tom sacudió la cabeza moviéndola hacia abajo y besó los dedos de Bill.

- No fue nada. Yo sólo podía pensar en ti.

-¿De verdad? - le susurró su hermano. Él se movió más cerca, casi sobre las piernas de Tom-. ¿Me prefieres a mí?

-Por supuesto -le aseguró Tom-. Claro que sí, Bill. No quiero hacerlo con nadie más. Tú eres mucho mejor.

-¿Lo soy? -los labios de ambos se rozaron y cayeron al suelo. Tom aprisionó a Bill bajo suyo, besándolo hasta su garganta.

-Eres mío, Bill -dijo Tom, ásperamente. Bill sonrió, arqueándose.

-Muéstramelo.

Tom acarició toda la parte baja del cuerpo de Bill e hizo su mejor esfuerzo para demostrarle lo mucho que lo amaba.

**

Tom aprisionó a Bill y se movió contra él, mientras su gemelo se retorcía deliciosamente bajo suyo. Sus bocas se conectaron y Bill succionó el labio inferior de Tom con su boca, su lengua arremolinándose alrededor del piercing y amó el sabor de los labios de su hermano.

Estaban en casa, tomando un pequeño descanso. Su mamá y Gordon habían estado todo el día afuera, y los gemelos habían tomado ventaja de su tiempo a solas en la habitación tan familiar, la cama donde todo comenzó años atrás.

Bill amaba el aroma de la habitación de Tom, que antes también solía ser su habitación. Era reconfortante y cálido, y le hacía sentir ridículamente feliz.

-¿Cuándo dijo que volvería a casa? -exhaló Bill. Sintió la erección de Tom chocando contra su entrada. Se estremeció, empujando ligeramente contra el toque-. ¿Cuánto más?... Oh...

Tom empujó hacia adelante, sin hundirse en Bill, deslizándose entre sus muslos calientes.

-Bill, shh, no hablemos de mamá mientras estamos...

-Lo sé, lo sé -respondió Bill, sonriéndole y buscando el cuello de Tom. Atrapó el miembro de su gemelo entre sus muslos, presionando-. Estás tan duro, tan duro, Tomi. ¿Por qué?

-¿Estás bromeando? -Tom hizo una pausa, dominando al cuerpo debajo suyo-. Bill...

-Mmm -fue todo lo que Bill dijo, cerrando sus ojos y liberando el miembro de su hermano de entre sus piernas-. En mí. Ahora. Estoy listo.

-Déjame conseguir más lubricante -fue la respuesta, provocando que Bill le mordiera el brazo-. ¡Ouch!

-No más lubricante -le dijo Bill-. Haz estado molestándome por siempre y no tenemos mucho tiempo.

-Mamá dijo que estaría afuera todo el día -Tom empujó su erección contra Bill otra vez, y ambos gimieron.

-Tomi, ha sido todo el día -lloriqueó Bill. Restregó su nariz contra Tom-. Sólo fóllame.

Tom gimió y luego le sonrió abiertamente, empujando contra Bill, enterrándolo sobre el colchón.

-Sólo... sé paciente.

-Mmm -gimió Bill suavemente, parpadeando sobre su hermano.

Tom sintió su pecho encogerse un poco. Bill se veía tan a su merced y, en ese momento, no quiso nada más que apretarse contra el otro cuerpo y moverse dentro de él.

-Tomi, te estás tomando mucho tiempo... demasiado tiempo.

-Es mejor de esta forma, me estás poniendo tan jodidamente duro - le susurró Tom-. Tu trasero... Bill, ugh.

Bill rió y se retorció, derribando a Tom y cerrando sus piernas al rededor de él. La erección de Tom se deslizó directamente entre sus muslos, golpeando ligeramente sus testículos, haciendo que gimiera audiblemente-. Vamos, hazlo.

- Trabajo en ello -siseó Tom.

Bill sintió algo empujar contra su entrada y luego, la deliciosa quemazón de ser penetrado. Maulló y seguidamente resopló cuando comprendió que sólo eran los dedos de Tom-. No Tomi, ya hiciste eso.

-Sólo un poco más - dijo Tom -. Amo tocarte.

- Amo que me folles - le disparó de vuelta-. Duro. Cuando nadie está cerca. Y por una vez no hay nadie alrededor. Por favor, Tomi. Necesito...

Bill gritó cuando Tom quitó sus dedos y se empalmó de golpe en su cuerpo, fuerte y rudo.

- ¡Jesús!

Tom rechinó los dientes, forzándose a no correrse inmediatamente.

**

Simone rebuscó en su cartera llena de cosas, buscando las llaves de su casa. Acababa de ser dejada por su amiga, después de un día de compras en la ciudad. Estaba cansada, con sus pies adoloridos y se encontraba ansiosa de ver a los chicos. Encontró las llaves y sacó, además, su teléfono celular. Marcó el familiar número y esperó a que atendiera.

-¿Hola?

-Gordon, cariño - dijo Simone, dejando sus bolsas en el suelo y apoyándose contra la entrada-. Solamente llamaba para decirte que ya estoy en casa.

-¿Tan pronto? -rió Gordon despacio-. ¿Cuánto me costará?

- Oh -respondió Simone, rodando los ojos-. ¿Te esperamos para la cena? ¿Qué quieres comer?

-Ah, llegaré tarde. Los muchachos y tú deberían ordenar pizza o algo así.

-Bien -dijo Simone, recogiendo sus compras y colocando la llave en la puerta de entrada-. Te llamaré más tarde, te amo.

- Te amo, adiós.

Simone guardó el teléfono en su bolso y giró la perilla de la puerta.

**

-Ohhh, sí -gimió Bill-. ¡Sí, sí!

Tom salió y mantuvo a Bill debajo, viéndole retorcerse contra el colchón. -Mierda, Bill, eres tan hermoso.

La cara de Bill se enrojeció aún más.

-Más -fue todo lo que dijo y Tom volvió a penetrarlo fácilmente. La cama crujió cuando comenzaron a moverse. Sus ojos nunca dejaron de estar conectados.

Tom tomó la cabecera y empujó, dentro de su gemelo, lo más fuerte que pudo.

-Oh Dios, te amo -dijo Tom.

Bill sonrió y extendió aún más sus piernas.

-Te amo. ¡Oh, joder, te amo!

El calor se extendió por el vientre de Tom, no podría contenerse más. Comenzó a penetrar con todas sus fuerzas sosteniéndole debajo y gimiendo. Bill también gemía. Gemía y gimoteaba. ¿Y también gritaba?

- ¡Voy a correrme! -masculló Bill-. ¡Oh...! ¡Oh!

Tom empujó una vez más y se arqueó bruscamente hacia delante.

- Yo también -susurró.

**

Simone cerró la puerta con un suave clic en ella y dejó las bolsas sobre la mesa de la cocina. Sus pies la estaban matando.

-¿Chicos? -llamó.

La única respuesta fueron unos sonidos graciosos. Oyó un sonido ronco que provenía de escaleras arriba. Un estruendo, un choque y luego un grito.

-¿Bill? -Simone subió rápidamente por las escaleras. Hizo una pausa, escuchando más.

Palideció.

-Oh, Dios Tom... Tom, oh por Dios, eres tan... Ugh, Jesús, Tom... Tomi... tan cerca, voy a correrme... Oh Dios, siempre lo haces tan bien... Hazlo... Duro... -la voz de Bill recorrió todos los pasillos de la casa, golpeando a Simone como una tonelada de ladrillos.

-Oh mi Dios. -susurró, retrocediendo un poco. Su vista se clavó en la puerta, en lo alto de la escalera; la puerta de Tom.

Se oyó un ruidoso gemido, haciendo que ella se estremeciese, y luego escuchó un gruñido.

- Dios, Bill, está por todas partes.

-Está en mí, en mí. Oh, Dios -respondió audiblemente Bill, jadeando. A continuación, Simone escuchó un estruendo contra la pared, haciéndola sacudir ligeramente.

- Bill, mierda, te amo, eres tan hermoso...

Simone cubrió su boca con una mano y salió rápidamente hacia afuera, su estómago dando sacudidas. Caminó un poco por el sendero y se sostuvo contra el buzón, doblándose hacia adelante y respirando profusamente. Su boca estaba diluida y sintió que podría vomitar. No estaba segura.

No obstante estaba segura de una cosa: ella había tenido razón todo el tiempo. Todos esos años cuando sospechaba las peores cosas sobre sus gemelos, ella había tenido la razón.

Se puso de pie y tomó aire profundamente, cerrando los ojos y frotando su estómago.

-Mierda -dijo amargamente-. Jodido infierno.

Pateó el buzón airadamente.

-Esto es mi culpa.- Simone quería gritar o llorar. Cualquier cosa que liberara el enojo y la tristeza dentro de ella-. ¿Qué puedo hacer?

Hizo lo único que podía. Caminó de vuelta a la casa, temblando hasta que alcanzó la puerta. Abrió y cerró con un fuerte golpe.

-¡Chicos, estoy en casa! -llamó.

La casa estaba en silencio. Suspiró aliviada. ¿Tal vez había imaginado todo?

Oyó un crujido en la escalera y Bill descendió con una camiseta arrugada y pantalones de dormir. Su pelo estaba desordenado, aún más de lo normal, y su rostro estaba sonrojado. Él le sonrió y se estiró.

-Hola, mamá, ¿ya de vuelta? -dijo Bill. Ella no pudo decir nada por un momento, le miró fijamente. Él lucía tan radiante, feliz y como si acabara de...

-Sí. -dijo Simone.

-¿Estás bien? Te ves un poco enferma -dijo Bill alzando una ceja.

-No, no. Estoy bien -respondió-. Sólo un poco... cansada.

Ella notó, entonces, una toalla alrededor de su cuello.

-Voy a tomar una ducha -dijo él-. ¿La cena estará lista pronto? Estoy hambriento.

Ella tragó.

-¿Por qué no usas el baño de arriba?

-Tom está usándolo. Y sé lo que dirás, el agua caliente se acabará. Así que supongo que podemos ducharnos juntos para conservar el agua -comentó Bill riendo un poco.

Simone palideció y Bill le miró extrañado.

-Estaba bromeando -dijo-. Deberías sentarte o algo. ¿Tal vez podríamos ordenar pizza?

-Um, sí -Simone se sentó junto a la mesa y Bill le dio un pequeño beso en la mejilla, para después desaparecer en el baño. Olía a sudor y a la colonia de Tom. Simone se estremeció un poco con el toque y colocó su mano sobre su mejilla sintiéndose enferma.

Ella no sabía que debía hacer. Tenía que hacer algo, era necesario. No podía simplemente sentarse allí y pensar en lo que sus hijos estaban haciendo. Se volvería loca.

Se preguntó si ella era la única que lo había notado, la única que sabía. Esperaba que así fuera. Por sobretodo, más allá de la sorpresa, el disgusto y el desconcierto, ella estaba preocupada. Por ellos, por lo que podía sucederles. O de lo que les sucedería.

No eran muy cuidadosos. No en casa, por lo menos. Simone suspiró en alta voz y enterró su cara entre sus manos, inclinándose y sollozando. No notó que Tom aparecía arrastrando los pies y frotando su cara.

-¿Mamá?

Simone alzó la vista y su cara se nubló inmediatamente. Sentía ira hacia Tom. Sólo pudo mirarlo airadamente, sin saber que decir.

-Mamá, um, ¿qué pasa? -preguntó Tom nerviosamente. Lucía tan desarreglado como Bill.

-¿Qué pasó con tu ducha? -dijo bruscamente.

Tom frunció el ceño

-Tú sabes que la ducha de arriba apesta.

-Deberías ducharte -le dijo Simone, mirando hacia abajo-. Tu hermano se está bañando.

-Sí, lo sé... -Tom cambió el peso de su cuerpo, incómodamente, hacia su otro pie-. Lo haré, no te preocupes.

Simone se levantó y pasó a su lado, mascullando algo por lo bajo. Tom le miró confuso, mordiendo su labio.

-¿Mamá...?

Escuchó la puerta del dormitorio de su madre cerrarse estruendosamente. Él se sentó pesadamente frente a la mesa de la cocina. No comprendía que era lo que estaba molestando a su madre.

**

Simone colocó el teléfono contra su oído, tembló un poco mientras oía como sonaba en el otro extremo. Era más de medianoche y ella estaba a un costado del fregadero en el cuarto de baño, la casa entera estaba oscura y silenciosa. Quizá esto era una mala idea. Tal vez debería colgar.

No pudo.

El teléfono sonó dos veces más antes de que una voz somnolienta atendiera.

-¿Hola?

-Ellos están en casa -dijo ella, incapaz de ocultar la rabia en su voz-. ¿Lo sabías?

Jorg aclaró su garganta.

-¿Simone? Son, joder... casi la una de la mañana. ¿De qué estás hablando?

-Nuestros hijos están en casa luego del tour -dijo. Ella se sostuvo contra el fregadero, mirando su rostro en el espejo.

-Mierda, ¿y qué quieres decir? -contestó Jorg. Hubo un momento de silencio, sólo sus cansadas respiraciones sobre la línea.

-Tú no formas parte de sus vidas -le respondió Simone. Jorg suspiró audiblemente.

-¿Cuál es tu punto?

- Si ellos lo arruinan será tú culpa -ella sintió las lágrimas agolparse en sus ojos-. Tuya.

-¿Cómo? -preguntó él-. Los vi por la televisión el otro día. Estaba disgustado. ¿Cómo dejas que Bill se vea así?

Una punzada de dolor le atravesó por Bill y frunció el ceño.

-No estoy hablando de Bill. Estoy hablando de Bill y de Tom. Juntos.

-¿Qué ha pasado? -preguntó Jorg-. ¿Se están drogando o algo? -Simone no sabía cómo decirlo. Sabía que debería, tenía que decírselo a alguien.

-No, Jorg, no sé qué hacer. Ellos...

-Tú no me dejaste estar en sus vidas -le interrumpió-. ¿Y sabes qué? Ellos no me quieren en sus vidas. Nunca me dejarán, y después de todo lo que he hecho por ti. Apoyándolos para que luego de hacerlo lo lances a mi cara. Lo que ellos hacen no me interesa.

Simone se aferró al fregadero, sintiéndose mareada de ira.

-¿Sabes qué? No importa -escupió ella-. Tú no mereces saber. Tú nunca has sido un padre, Jorg.

No esperó respuesta, sólo colgó el teléfono y se dejó resbalar hasta el suelo, tratando de respirar. Ella no podía soportarlo. ¿Cómo podría?

¿Cómo podría decirle a alguien? ¿Cómo lidiaría con esto sola? La destrozaba, rompía su corazón.

Ella amaba a sus chicos sin importar qué, pero esto tenía que parar. Tenía que terminar. Era incorrecto.

Pero estaba tan asustada de decir algo, reconocer que era real. El sólo pensamiento hizo que se sintiera enferma.

Sus dos bebés, sus hermosos y talentosos hijos estaban...

-Incesto -dijo y se estremeció. Unas cuantas lágrimas se derramaron en el piso y ella se quedó mirándolo fijamente.

**

Tom estaba sentado solo en la sala de estar, practicando con su guitarra. Intentaba elaborar algunas notas fuertes, tratando de perfeccionar algunos ritmos que habían estado dándole problemas. Estaba realmente en ello, moviendo la cabeza y murmurando algunas palabras de la canción. Ni siquiera notó cuando su madre caminó hacia él.

-Tom -lo llamó Simone cruzando sus brazos, tensándose-. Tom.

Tom alzó la vista inexpresivamente, todavía enfocado en su música.

-¿Qué?

-Deja eso -respondió, gesticulando hacia la guitarra-. ¿Dónde está tu hermano?

-Uh... - Tom acostó su guitarra sobre su regazo-. Con Andreas, creo. De compras, tal vez.

Simone suspiró y se volteó para entrar a la cocina, pero algo le hizo volver a girarse y mirar fijamente a su hijo.

-¿Qué pasa? -preguntó Tom, irritado-. ¿Estás bien?

-Estoy bien -frunció el ceño y comenzó a voltear otra vez, pero se detuvo-. No. No, en realidad. Tengo que hablar contigo.

Tom soltó un ligero suspiro y apoyó su guitarra contra el sofá.

-¿Qué ocurre? -preguntó casualmente.

Ella abrió la boca para decir algo pero permaneció mirando a Tom, imaginando lo que él podría estar haciéndole a Bill, lo que podría obligar a Bill a hacer. Se sintió enojada, tan furiosa, que comenzó a temblar.

-¿Mamá? -Tom se levantó y se le acercó, tocando su hombro. Ella le alejó, negando rápidamente.

-No, no. No -dijo firmemente, sin mirar a Tom. Él trató de acercársele de nuevo, pero ella retrocedió.

-¿Mamá? -Tom nunca le había visto así y su corazón comenzó a acelerarse. Ella nunca le había rechazado antes. No de esa forma.

- Tom -dijo ella, estremeciéndose-. ¿Qué estás haciendo?

-¿Qué?

Ella miró hacia otro lado y dijo:

-¿Qué estás haciéndole a Bill?

Tom sintió como si le hubieran golpeado directamente en el estómago. ¿Qué era lo que quería decir? Ella no podía saber. Nadie sabía. Ellos se habían asegurado de ello.

-No estoy haciendo nada. Que...

-¡Lo escuché ayer! -gritó. Su cara estaba completamente roja-. ¡Los escuché!

-¿Escuchaste qué? - preguntó Tom. Él lo sabía y su estómago se revolvió.

Simone negó con la cabeza furiosamente.

-No me hagas decirlo, Tom.

Tom azotó su mano contra la parte posterior del sofá y maldijo.

-Mierda, mierda, mierda -ahora él no podía verle a los ojos, pero ella asió su rostro y le obligó a mirarle. Sus uñas hundiéndose en sus mejillas y él jadeó por la agresividad de su madre.

-Mírame -le demandó Simone. Las lágrimas comenzaron a agolparse en los ojos de Tom.

-Mamá, lo siento. Yo... ¡Lo siento! ¡Lo siento!

-¿Cómo pudiste, Tom? -le dijo ella. Dejándole ir pero sin retroceder-. Dime cómo pasó esto.

Él maldijo de nuevo.

-No.

-¿Le hiciste daño? ¿Lo hiciste?

Tom apretó los puños y gritó:

-¡Lo amo! ¡Nunca le haría daño!

-Yo sabía que esto estaba pasando, hace mucho que lo sabía. ¿Por qué no dije nada? Esto es mi culpa -Simone limpió sus ojos y Tom quiso consolarla, pero estaba aterrado.

-Mamá, no -dijo-. Tú no hiciste nada.

-No puedes hacer esto -le dijo Simone, impotente-. No puedes hacer esto, Tom. Está mal y es enfermo y... Tú no puedes hacer esto. No en mi casa, ni en ningún lugar. Pobre Bill, Tom. ¿Cómo puedes hacerle esto?

Tom se enderezó. En esos momentos él era más alto que su madre, pero ella le fulminó con la mirada, desafiándole.

-Mamá, tú no tienes idea. No es lo que parece. Nada es como piensas, estás imaginando cosas. No le he hecho nada a Bill, Jesús. ¡No hice nada!

-Tom.

-Nosotros no... No es lo que crees -Tom se sintió frenético, enojado y desesperado.

-¡Tom, lo escuché! -le gritó Simone, sus palabras golpeaban a Tom como un ladrillo contra su rostro-. Los oí, caminé por la casa y... ¡Los escuché!

Tom palideció y tropezó un poco al retroceder.

-No, tú no lo hiciste, no es lo que crees.

-Tom Kaulitz, deja de mentirme. Lo oí y sé exactamente qué escuché -le respondió abatida Simone.

-Mierda -el estómago de Tom se contraía de incomodidad-. Mierda, mierda. Mamá... Sólo fue... ¡Fue sólo una vez! Una vez, escuchaste la única vez.

-No te creo -fue la respuesta, su voz conmocionada-. No te creo, Tom, ya no más. No puedo. He sospechado esto por mucho tiempo.

Tom estaba perplejo. No podía discutir por eso, porque sabía que ambos entendían exactamente lo que estaba pasando.

-¿Qué vas a hacer? -fue lo único que Tom pudo decir. Se sintió derrotado, cansado. Ni siquiera podía estar avergonzado, estaba desesperado.

- ¿Qué puedo hacer? -preguntó ella

Las lágrimas cayeron por las mejillas de Tom y le tomó firmemente de los brazos.

-Por favor, no le digas a Bill. No le preguntes nada acerca de esto. Prometo que no vamos a hacerlo en casa nunca más. Sólo no le digas a Bill. Nunca oirás una palabra sobre esto otra vez, lo juro. Será como si nunca hubiera ocurrido. Mamá. Por favor. Por favor, Dios, no le digas.

Las lágrimas caían de manera constante y sollozaba, sosteniéndose de su madre.

Simone no podía ayudarle. No importaba que tan molesta se encontrara, tenía que consolarlo. No le había visto llorar en años a pesar de que era su hijo. Envolvió sus brazos alrededor de él.

-Tom, está mal -dijo ella suavemente. Frotó su espalda y besó su cabeza-. Está tan mal. Él es tu hermano, tu hermano gemelo. Y ustedes están siempre en el ojo público. No estás sólo arruinando tu vida, sino también la de Bill y la de la banda. Nuestra vida, Tom. No puedes querer esto.

Tom sólo lloró, enterrando su cara en el hombro de Simone.

-No le digas a Bill. Solamente no le digas.

Simone suspiró y lo prometió, aunque sabía que era una promesa que no podría mantener.

**

Los mismos créditos que en el anterior ¿sí? Excepto que desde este yo no tengo absolutamente nada que ver con la traducción (Lau Lau es la encargada), apenas y le doy una releída por si se escapó algún error (que, a pesar de todo, no dudo que sigan por ahí, tsk). ¡Saludos!