SILUETEADO POR EL MAR
(Silhouetted by the Sea)
Por Kristen Elizabeth
Traducido por Inuhanya
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Capítulo 2
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El puerto de Savannah era el lugar más asombroso que Relena hubiese visto. A diferencia de South Hampton, la ciudad americana prácticamente estallaba con exceso de energía. Mientras se acercaban a la orilla, optó por unírsele a Sally en la cubierta para apreciar la vista. La gente, simples puntos en movimiento, se movían de un lado a otro. Los gritos de los pescadores y los ayudantes del puerto podían escucharse antes de que sus rostros pudieran ser vistos.
Pero lo más asombroso era la vista de la tierra. Después de un mes de nada sino un plano horizonte de agua, Relena tuvo que luchar por contenerse de llorar ante el prospecto de caminar en tierra sólida una vez más.
Sally miró a su joven encargo. "Relena… dónde está tu chal?"
"Está haciendo mucho calor para usarlo," respondió Relena, feliz. "No puedes sentirlo? El aire es mucho más cálido aquí."
"Supongo que nadie pensó en ajustar tu ropero en Inglaterra." Sally se abanicó con su mano. "Y va a ser mucho más caliente en Barbados."
Relena se inclinó en la baranda. "Has estado en Barbados, Baronesa?"
"Relena…" Sally levantó su sombrero para resguardarse del sol. "Me haces sentir muy vieja cuando me llamas así."
La joven levantó su propia calesa. No se arriesgaría a tener pecas. "Lo siento. Pero llamarte por tu primer nombre parece tan… irrespetuoso."
"Hemos sido compañeras de camarote por un mes, Relena. No tenemos secretos personales. Puedes llamarme 'Sally' libremente." Ella le guiñó a la chica. "Y para responder a tu pregunta, no. Nunca he estado en Barbados."
Relena asintió. Su atención regresó al puerto. "Cuánto tiempo estaremos en la orilla?"
"Varias horas. Podemos comprarte un chal más ligero, al menos. Tal vez ordenemos unas telas ligeras para que sean enviadas donde Kushrenada." Sally alcanzó por la mano de Relena. "Hay algo más que te gustaría hacer?"
"Frutas," respondió Relena. "Creo que debemos encontrar un poco de fruta para comer."
"Pero por supuesto." Los ojos de Sally brillaron. "De lo que he escuchado, Georgia es famosa por sus duraznos."
Varias horas y un nauseabundo viaje en bote después, Relena y Sally pisaron tierra americana. Relena miró sobre su hombro al *Lady Une*. Lo que había sido todo su mundo por un mes, ahora se veía pequeño e insignificante. Se estremeció al pensar que en sólo unas horas, tendría que reabordar el barco y zarpar otra vez. Sus rodillas temblaron de repente.
"Cuide su paso, señorita." Un porteño la atrapó antes de que pudiera caer. "Toma un minuto recuperar sus piernas."
Su acento era tan extraño para sus oídos. Hablaba inglés, pero sus palabras eran diferentes de cierta forma. Menos apropiadas. Inglés americano, supuso ella. Definitivamente inferior al británico. "Gracias," murmuró ella, agradecida.
Sally tomó su mano. "No te asustes. En América, utilizan el servicio de nativos africanos. Sus pieles son mucho más oscuras que las nuestras."
"Eso no es lo que me atrapó fuera de guardia," dijo Relena. "A los americanos no les enseñan el inglés apropiado?"
La mujer rió. "Los americanos tendrían que decir algo sobre eso."
Mientras dejaban el puerto, caminaron por la ocupada calle, pasando tiendas, tabernas, y una perturbadora subasta humana. Relena había leído de la esclavitud en América, pero nunca la había reconocido totalmente. Estaba segura, sin embargo, de que Treize tendría esclavos. Podría ser la ama de otro ser humano?
"Sé que es molesto," dijo Sally en un plano tono de voz mientras se alejaban del área de la subasta. "Trata de no dejar que te moleste."
Relena bajó sus ojos a la calle empedrada. "No, preferiría que me molestara, Sally. Si no lo hiciera, creo que no sería una buena persona."
Después de un te durante el cual Relena experimentó el deleite de los deliciosos duraznos de Georgia, partieron de nuevo en busca de un ligero chal de muselina. Al comprarlo, Sally miró el sol. "Debemos regresar al puerto."
"Debemos, Sally?" Relena mordió su labio. "Savannah es tan encantador… podría quedarme para siempre."
"Igual yo, querida." Tomando el brazo de Relena, gentilmente comenzó a regresar a la joven hacia los puertos. "Pero creo que tu hermano querría mi cabeza si no te veo en Barbados."
Relena alisó una arruga en su peto. "Por supuesto. Y cuando Milliardo ordena, obedecemos."
"Relena…"
La joven reunió su falda para levantarla de la sucia calle. "Necesito enviarle una carta a Lucrezia antes de irnos."
Sally suspiró. "Creo que vi una oficina postal al entrar." Mientras comenzaba a caminar, Relena la siguió, luchando por mantener su chal alrededor de sus hombros y la falda levantada. Al hacerlo, falló en mantener sus ojos adelante y consecuentemente, pronto se estrelló con algo cálido y sólido.
"Discúlpeme!" exclamó ella, retrocediendo. Su mirada se levantó y fue atrapada por un par de ojos más azules que las aguas del océano que había cruzado, enmarcados por espesos y desordenados mechones de oscuro chocolate. Ella parpadeó rápidamente, segura de que sus mejillas estaban en llamas. El hombre con el que se había topado era, tal vez, el hombre más apuesto que hubiese visto.
Cuando pudo apartarse del poder de sus ojos, Relena miró al hombre de arriba abajo. Estaba usando pantalones de montar de cuero desgastado, de un año atrás o dos en estilo. Las calcetas que comenzaban justo debajo de su rodilla estaban cubiertas de tierra, pero no rotas y terminaban en dos estropeados zapatos. Su camisa, sin embargo, estaba limpia. No alcanzaba su cuello o terminaba en una corbata como el vestuario de los hombres que estaba acostumbrada a ver. Una parte de su garganta y un poco de su pecho estaban expuestos a su inocente mirada.
Relena tragó. "Lo… siento mucho, señor."
El hombre con los ojos color del océano gruñó. "Deberías ver por dónde vas."
A pesar de su falta de aliento un momento atrás, sus palabras destellaron el temperamento de Relena. El hombre no le había dado el apropiado respeto al usar el título "señorita" *e* iba a culparla por todo el incidente? "*Yo* debería ver por dónde voy, señor? Y qué estará haciendo… toparse con otras despreocupadas doncellas?"
"Relena," comenzó Sally, nerviosa. "Recuerda tu lengua."
"Escasamente la olvido," respondió Relena.
El frunce del hombre se profundizó y sus ojos, se oscurecieron. "Harías bien al escuchar a tu guardiana."
Relena colocó sus manos en las caderas de su Robe a l'Anglaise. "Y tú harías bien al mostrarle respeto a una dama!"
Él se inclinó hacia ella, rodeándola con la esencia de tabaco, sándalo y fresco aire marino. Su corazón latió un poco más rápido. "Cuando vea una dama digna de mi respeto," susurró él, en un tono bajo y resonante. "… lo mostraré."
Los ojos de Relena se abrieron ultrajados, pero antes de que pudiera pensar en una respuesta, el extraño había desaparecido en la multitud. El recuerdo de sus ojos, sin embargo, permaneció. Ella miró a Sally. "Puedes creer las agallas de ese… ese…"
"Americano?" Suplió Sally. "Debes notar, querida, que no estás en Inglaterra. Los americanos aún guardan mucho rencor contra el Rey y su gente. Puedes encontrar que no siempre reconocen los títulos apropiados y las diferencias que esperas." Ella frunció sus labios. "En cuanto a ti… no debes provocar una discusión así con un hombre de ninguna consecuencia. No es de damas. Qué diría tu hermano?"
Relena levantó su nariz. "Probablemente habría hecho arrestar al hombre."
Sally sacudió su cabeza, insegura de si debía estar divertida o molesta mientras Relena bajaba por la empedrada calle, en busca de un lugar para enviar su carta.
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Hilde podía decir que Heero regresó a sus habitaciones rentadas con algo en su mente. Entró apresurado, tiró la puerta tras él y se paseó por un minuto.
Ella hizo a un lado el mosquete que había estado limpiando y se levantó. "Cómo te fue? Averiguaste cuándo zarpan?"
"Con la próxima marea," respondió él, conciso. "En una hora."
Hilde frunció. "Entonces por qué parece como si quisieras dispararle a algo?"
"No es nada."
Ella continuó presionando. "Vamos… dime, Heero!"
Él miró los abiertos y honestos ojos azules de la joven que prácticamente había criado, aunque fuera dos años mayor que ella. Era imposible negarle algo a Hilde. "Me topé con una apretada duquesa inglesa en la calle," dijo Heero finalmente, usando el título en la forma más sarcástica posible.
"Bonita?" preguntó Hilde.
Heero parpadeó. "Qué?"
"Era bonita? Las damas inglesas siempre tienen vestidos tan hermosos…" Ella miró sus propios pantalones y camisa masculina, intentando esconder su floreciente feminidad. Después de un momento, volvió a poner atención. "No es que quiera usarlos ni nada. Todas esas faldas… son un dolor en el…"
"Oye… cuida tu lenguaje," reprimió Heero. "Una dama nunca maldice."
Hilde arrugó su nariz. "No soy una dama."
Su líder tomó su mentón en una callosa mano. "Eres más dama que cualquiera de esas mujeres inglesas que declaran serlo." Él le dio un fraternal golpecito en la mejilla. "Ahora… cómo estamos de armas?"
Ella devolvió su gesto de afecto con una sonrisa pura antes de responder su pregunta. "Tenemos muchas armas. Trowa está fuera asegurando la munición. Wufei está revisando el barco."
Heero asintió. "Zarparemos al tiempo con el *Lady Une*." Incluso mientras hacía planes, la primera pregunta de Hilde aún estaba metida en su mente. *Bonita. La mujer inglesa había sido más que bonita.* Resopló él. *Esnob y clasista. Pero aún…* no podía negarlo, *… hermosa…*
El regreso de Trowa interrumpió sus pensamientos. "La munición está segura en el barco, Heero. Junto con todas las provisiones," le informó el hombre.
"Bien." Heero levantó el mosquete que Hilde había estado limpiando. "Entonces vamos."
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Dejar Savannah fue casi tan duro como dejar Inglaterra. Haberle dado unas pocas horas de alivio antes de ser lanzada al mar fue casi demasiado de soportar para Relena. Declinó quedarse en cubierta con Sally. En vez, se recogió en la pequeña cama en su camarote y comió un durazno de cena, la última pieza de fruta que imaginó tendría por otras dos semanas.
Después de terminar, desabrochó su peto y retiró su vestido de sus brazos, haciéndolo a un lado con abandono. En sólo su camisón, corsé y enaguas, se recostó en la cama y cerró sus ojos. Sin embargo, el dolorosamente conocido vaivén y calor del océano fallaron en arrullarla. Fueron sus ojos. Cada vez que los cerraba, todo lo que podía recordar era el oscuro azul de los ojos de ese rudo extraño.
Un calor que nunca había sentido brotó por su cuerpo. Impacientemente, aflojó su corsé, pero eso no hizo desvanecer la sensación. Sentía calor y desmotivación y todo lo que estaba haciendo era recordar sus ojos. Se estremeció de pensar lo que le pasaría si pensara igual de esa expuesta porción de piel justo abajo de su cuello…
El sueño demoró en llegar para Relena.
Y mientras tanto, a menos de una milla náutica atrás de su barco, el hombre en sus pensamientos seguía al *Lady Une*, esperando la oportunidad perfecta para atacar.
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Continuará…
