SILUETEADO POR EL MAR

(Silhouetted by the Sea)

Por Kristen Elizabeth

Traducido por Inuhanya

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Capítulo 4

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Barbados

"No entiendo." Lord Treize Kushrenada se paseaba detrás de su amplio escritorio de roble. "Se supone que llegaría hace dos días."

Quatre Winner, el hijo del mejor amigo del padre de Treize, levantó sus hombros. "Deseo saber qué decirte. Tal vez se desviaron de curso o se han topado con una tormenta. Hay una infinita cantidad de posibilidades."

El hombre estudió a su protegido. Después de que el padre de Quatre muriera cuando tenía ocho años, el niño había venido a vivir en la plantación Kushrenada. Mientras Treize crecía, había llegado a sentir un fraternal afecto por Quatre, una vez que pasó la rivalidad de la adolescencia. "No hay una forma real de saberlo, verdad?"

"Al menos, no han habido señales de tormenta aquí," señaló Quatre.

Treize continuó su pasadera. "Una podría haberse formado en alta mar…" Él se detuvo y suspiró. "La única forma de saberlo es ir a buscarla."

Quatre rascó su mejilla. "A ella como tu prometida? O a *Lady Une*?"

"Por supuesto que estoy preocupado por la hermana de Milliardo. Y la Baronesa," respondió Treize. "Pero Quatre… no puedo perder ese barco. Si está perdida, tenemos que ir a encontrarla."

"Podría ser como buscar una aguja en un pajar," le advirtió Quatre.

Treize asintió. "Pero estoy dispuesto a intentar todo."

Quatre continuó, "Y sólo han sido dos días."

"Dos días es mucho." El dueño de la plantación clavó sus manos en su rojizo cabello. "Puedes hacer esto por mi, amigo?"

El rubio asintió después de un momento. "Pero no puedo hacerlo solo. Voy a necesitar ayuda."

Treize abrió sus manos, indicando las pilas de papeles en su escritorio y los vastos cañaverales afuera de la casa. "Iría, pero simplemente no puedo dejar la plantación."

"En realidad estaba pensando en alguien más." Quatre titubeó. "Ha pagado la mayoría de su sentencia, Treize."

"No."

"Tienes la influencia. Podrías sacarlo de la cárcel."

"No lo haré."

Quatre cruzó sus brazos. "Él conoce las aguas mejor que cualquier hombre vivo y navega un barco mejor que yo."

Treize se sentó en su silla y levantó su pluma. "Es un ladrón, Quatre. Un mentiroso y estafador y…"

"La mejor persona para este trabajo," interrumpió Quatre. "Y lo sabes."

El hombre bajó su pluma sin haberla mojado en el tintero. "Seriamente sugieres que mueva los hilos suficientes para sacar a Duo Maxwell de la cárcel para que pueda navegar en altamar en busca de mi barco y mi novia?" Quatre asintió. "Simplemente se robaría el barco en el que lo envíe y desaparecería en América."

"Bueno, eso es por qué iría con él. Para mantenerlo en línea."

Treize frotó su afeitada quijada. "Está bien. Lo sacaré. Pero estás a cargo de él, Quatre. Si algo le pasa a algunos de mis barcos… o a mi novia…"

"Entiendo." Quatre le sonrió a su amigo. "Puedes confiar en mi."

"Confiar en ti no es el problema." El ceño de Treize se frunció. "Maxwell por otro lado… es un asunto diferente."

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Los hilos necesarios no demoraron en moverse. En unas horas, Treize estaba supervisando la preparación de uno de sus otros barcos, *El Rose Queen*, para partir mientras Quatre se dirigía hacia la pequeña cárcel de Barbados en busca de Duo Maxwell, famoso explorador de islas y notorio buscapleitos.

Había sido un triste día cuando el padre de Treize, aún vivo, había enviado a Maxwell a la cárcel después de ser atrapado distribuyendo bienes robados a los esclavos en la plantación Kushrenada. La simpatía de Quatre yacía con los maltratados africanos y había abogado duro por una corta sentencia para Maxwell, pero el viejo Kushrenada no lo había escuchado.

Eso había pasado dos años atrás. El padre de Treize murió prontamente después, pero Duo permaneció en la cárcel. Quatre lo había visitado una o dos veces al comienzo cuando sus responsabilidades en la plantación se habían vuelto muy grandes para dedicarle tiempo extra. Se preguntaba, con frecuencia, cómo el jovial hombre la pasaba en prisión.

Su primera idea al entrar a la cárcel fue que algo debía hacerse, y rápido, sobre las condiciones de vida. Las celdas no eran más que viejas caballerizas de caballo con una improvisada cama y un orinal. Quatre levantó un pañuelo hacia su nariz para bloquear los hedores de orina y el moho que bordeaba los pisos de las celdas.

"Estoy buscando a Duo Maxwell," le informó al único guardia, en español. "Me va a ser entregado."

"Con autorización de quién?" preguntó el enorme hombre.

Quatre le alcanzó los papeles necesarios. "Lord Treize Kushrenada." El guardia apenas le dio un vistazo a los papeles antes de indicar que Quatre lo siguiera. Aparentemente, el solo nombre fue suficiente.

Sólo había una manotada de prisioneros en esta particular cárcel, por lo cual sólo necesitaba de un guardia. La celda de Maxwell era la última a la derecha. Una vez ahí, el guardia sacó una oxidada llave y abrió la puerta de barrotes. "Adelante," le ordenó a Quatre.

Tomando un respiro, Quatre lo hizo. La celda estaba oscura; los olores aún más dominantes en el confinado espacio. Duo Maxwell yacía en su pequeña cama, sus manos acolchaban la base de su cráneo, sus pies casualmente estaban levantados en la pared. Su ropa, Quatre se molestó de ver, era la misma que había usado un año y medio antes. Pantalones negros y botas de jinete con una camisa negra y cinturón negro.

"Y," dijo él antes de que Quatre comenzara a hablar. "Qué es lo que el pequeño niño del amo quiere conmigo?"

Quatre aclaró su garganta. No debió sorprenderle que Maxwell pudiera entender español. En tanto como sabía, el hombre conocía cada lengua del Caribe. "Tiene un favor que pedirte."

El prisionero se sentó, sorprendido. Su cabello había estado a la altura de sus hombros al momento de su encarcelación; ahora, alcanzaba su cintura en una desordenada trenza. "Kushrenada quiere un favor de mi?" Después de un segundo, comenzó a reír. "Y espera que quiera hacerlo para él?"

"Bueno… ciertamente sería mejor que quedarse aquí." Señaló Quatre, indicando sus horribles alrededores.

Maxwell se encogió. "El lugar ha sido amable conmigo. Tengo maíz tres veces al día y tengo que vaciar en mi propio orinal." Él sonrió, sus dientes aún estaban blancos y derechos. "Por qué querría irme?"

"Porque extrañas el mar."

El joven rubio había golpeado una verdad y la sonrisa de Maxwell cayó. "Tal vez sí," dijo después de un momento. "No significa que quiera estar en deuda con escoria esclavizante como Kushrenada."

"No estarías en deuda. Después, serías libre de irte. Prometiendo que no regresas a Barbados. Esa es la única condición de Treize."

Maxwell rascó su cabeza. "Qué caballeroso de él." Se levantó de repente y estiró sus largos brazos. "Está bien. Lo haré. Pero sólo porque eres tú quien lo pide."

Quatre parpadeó. "Yo?"

"No olvido una consideración," dijo Maxwell, serio por tal vez la segunda vez en su vida. "Eres la única persona que trató de mantenerme fuera de aquí." Un momento pasó antes de que Maxwell sonriera de nuevo. "Y… qué haremos? Embarcar ron a Inglaterra? Llevar sedas a España?"

"Buscaremos un barco perdido." Quatre salió de la celda con el otro hombre detrás. "Te sientes preparado para el reto, Maxwell?"

Su nuevo compañero rió sincero. "Nunca he sido conocido por rechazar uno. Y el nombre es Duo."

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Hilde había hecho su mejor esfuerzo por no llorar cuando tomó el timón del *Lady Une*, dándole la vuelta para regresar a aguas americanas. El *Tempest's Wing* se había vuelto más y más pequeño hasta que no fue nada sino un punto negro en el horizonte, dejándola sola en el océano.

Navegar un barco como este era una enorme tarea para una persona, prácticamente imposible. Pero Hilde había crecido aprendiendo cómo hacerlo; su confianza en sí misma no titubeaba aún cuando su soledad aumentara. Pasó la mayoría de su tiempo en el timón, sólo anclaba el barco cuando necesitaba un pequeño receso para comer o descansar.

Para el mediodía del cuarto día, estaba perdida. Varias horas en su travesía, tuvo la vaga idea de que podría estar dirigiéndose por el camino equivocado, pero lo había ignorado, creyendo que sólo era su imaginación. Pero ahora, estaba convencida. No estaba dirigiéndose hacia América. Estaba dirigiéndose más adentro en aguas Caribeñas.

La realización trajo las lágrimas que había logrado contener por cuatro días. Ella soltó el ancla, bajó de cubierta y se recogió en la que probablemente había sido la cama de la joven rubia. Relena, la duquesa. La única mujer que, tanto como podía recordar, había hecho a Heero cambiar de opinión.

Masticó pensativa una dura galleta, prácticamente la única comida a bordo mientras intentaba relajarse y disfrutar de la sensación de las suaves sábanas contra su piel. Cuando terminó con su comida, sus cansados ojos ubicaron tres enormes baúles apilados en el rincón de la pequeña cabina.

Las pertenencias personales de la duquesa, notó Hilde. Trowa debió haberlos revisado por las joyas, pero por orden de Heero, había dejado los vestidos, aún cuando podían representar un buen precio. Con tanta energía como pudo reunir, se levantó y se arrodilló para examinar los baúles.

Hilde pronto hizo a un lado el primer baúl que estaba lleno con ropa interior nada interesante y aparentemente dolorosa. Corsés y calcetas, enaguas y almohadillas para extender las faldas lejos del cuerpo. Ella giró sus ojos. Por qué las otras mujeres insistían en llenarse con cosas tan poco prácticas? Y por qué de repente quería probarse todo?

El segundo baúl estaba lleno de sombreros, de paja italiana y suave algodón y las flexibles calesas, zapatillas en cada color del arco iris, polvo blanco que se volvía la pálida base de maquillaje con la que a las mujeres les gustaba pintarse y finalmente, una larga y horriblemente rizada peluca blanca. Hilde torció su nariz. Realmente la duquesa cubría sus hermosos rizos dorados con esta cosa tan horrible?

Lo que realmente estaba buscando estaba en el tercer y más grande baúl. Los vestidos de la duquesa. Nunca en su vida Hilde había visto esa ropa tan de cerca. El Robe a la Francaise con su cascada de tela en la parte trasera, el Polonaise con las recogidas y abultadas faldas y el Robre l'Anglaise con faldas angostas, usadas sólo en Inglaterra. Por propuesto, Hilde no sabía todas esas cosas. Todo lo que veía era vestidos hermosos.

Hilde sacó un vestido del baúl y lo sostuvo contra su cuerpo. Antes de saberlo, se había quitado sus pantalones y camisa, descubrió sus senos y estaba deslizando sus brazos en un vestido verde con formas doradas. No necesitaría ponerse un corsé, decidió ella. Era un poco más delgada que la duquesa.

Una pieza parecía faltar. El vestido, aún y a pesar de su pequeña figura, no se encontraba en el medio. Alcanzó el baúl y sacó una bolsa de terciopelo. Contenía varias piezas extrañamente hechas del material que igualaba las figuras de la mayoría de los vestidos y un cojín lleno con alfileres. Hilde quedó perpleja por un minuto, antes de que un innato y femenino sentido del estilo llegara a ella y notara qué hacer.

Cuando el peto fue fijado en su lugar, se miró y jadeó. El ajustado peto levantaba y sacaba sus senos, creando un maravilloso escote en el bajo cuello. Por primera vez desde que habían comenzado a crecer, Hilde no sintió deseo de esconderlos.

Ella se deslizó en un par de zapatillas y sacó un sombrero del segundo baúl. Ningún espejo fue necesario para decirle que se veía diferente. Lo sentía. Hilde la pirata se sentía como Hilde la princesa.

Hilde cayó dormida en la ropa de Relena y despertó de nuevo cuando alguien la tocó en la frente.

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Había extrañado el mar. Tanto así que estar de regreso, sentir la salada brisa en su cabello, probar la pequeña salpicadura del agua en sus labios, escuchar el ruido y el golpe de las olas contra la proa era como un renacimiento. Duo Maxwell se sentía vivo de nuevo, como si simplemente hubiese existido por dos largos años.

Por supuesto, el viaje no había comenzado tan bien. Después del largo baño de una hora que Quatre había insistido en darle y de los polvos para deshacerse de las pulgas y los piojos, Duo había estado limpio por primera vez desde que podía recordar. Había encontrado ropa limpia para él, negra por su demanda. Sus botas eran negras, su cabello fue arreglado, pero no cortado… había decidido conservar la trenza, habiéndose acostumbrado a ella… e incluso sus uñas fueron limadas.

Pero limpio como estaba, la libertad aún no era completamente suya. Quatre era, lo había descubierto, su reluctante guardián, algo humillante de enfrentar. Y había sido obligado a firmar una humillante carta en frente de Treize mismo, prometiendo que nunca regresaría a la isla.

La peor sorpresa que le esperaba era el hecho de que su amado barco, *El Devil's Proxy* había sido poseído por Treize, desvalijado, reacondicionado y rebautizado como *The Rose Queen*, sin duda otro honor para el amor perdido de Treize.

Él no estaba enterado del penoso pasado de Kushrenada. De hecho, no le importaba. Todo lo que quería era su barco y ahora, nunca podría tenerlo. Aún, zarpó en *The Rose Queen* con Quatre y una tripulación de quince nativos de Barbados. Porque, como Quatre lo había puesto, era mejor que la prisión.

Dos días habían pasado sin novedad. Al tercer día, encontraron al *Lady Une*. Estaba anclada y aparentemente abandonada.

Quatre se le unió en cubierta cuando fue informado del hallazgo. "Bueno… mucho para la aguja en el pajar."

El hombre trenzado se encogió. "Tenemos la suerte del mal de nuestro lado."

Duo condujo un pequeño grupo a bordo para conducir una completa búsqueda. Cruzaron al otro barco rápidamente y se perturbaron más por lo que encontraron. Manchas de sangre secas estaban salpicadas por la cubierta, un mal presentimiento si hubiese uno.

Desde el otro barco, Quatre llamó, "Revisa abajo."

Duo asintió. Lo habría hecho de todas formas. Llevándose a un hombre con él, comenzó a revisar abajo. La cabina del capitán y la oficina estaban vacías como los cuartos de la tripulación. El último lugar que Duo revisó fue los camarotes, los dormitorios de los huéspedes.

Entró con cuidado mientras el barco se mecía. Había alguien dormido en una de las literas. Parpadeando para asegurarse de que estaba viendo correctamente, dedujo que era una jovencita, vestida en un costoso vestido. Se le acercó y tocó su frente.

Los ojos de la joven se abrieron. Suave azul aciano. Duo le dio una amplia sonrisa.

"Levántate y sonríe," le dijo animado. "Tienes mucho que explicar."

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Continuará…