SILUETEADO POR EL MAR
(Silhouetted by the Sea)
Por Kristen Elizabeth
Traducido por Inuhanya
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Capítulo 13
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"Ponle esto en su frente." Relena exprimió el exceso de agua de un paño y se lo alcanzó a Duo. "Su fiebre debe bajar."
Él hizo lo que le pidió, colocando gentilmente el paño húmedo en la cabeza de Hilde. Luego Duo tomó su mano y subió la larga manga del pijama que Relena y Sally le pusieron. Sorprendentemente, todos los baúles de las mujeres no habían sido removidos del *Lady Une* a la mansión de Treize a su llegada a Barbados. Le hizo preguntar a Relena si Lord Kushrenada nunca planeó mostrarle una mano amable.
Duo usó otro paño para limpiar los brazos y cuello de Hilde. "Qué más podemos hacer por ella?"
"No estoy segura," respondió Relena, honesta. Hilde tosió de repente, rodando para presionar su rostro en las almohadas. Duo rápidamente reemplazó la compresa en su frente una vez que pasó la tos. "Estaba enferma en el barco?"
Él sacudió su cabeza. "No que yo sepa. Pero sería de ella… ocultarlo."
Relena miró por la ventanilla. El sol había comenzado a ponerse en el agua; habían navegado por horas y Hilde no había mostrado ninguna señal de mejoría. "Se quedará con ella esta noche, Sr. Maxwell?"
"No podrías alejarme." Él cerró su mano alrededor de la de Hilde y la llevó a sus labios.
Relena sonrió suavemente. "Si necesita algo, sabe dónde estaremos Sally o yo."
Una vez que Relena se fue y cerró la puerta tras ella, Duo cerró sus ojos y presionó los dedos de Hilde contra su boca. "Por favor, Hilde," susurró. "No me hagas un asesino."
Ella se movió en el catre; su mano libre tiró de las sábanas, intentando cubrir más de su cuerpo con ellas.
"Tienes frío?" preguntó él. Ella estaba muy irregular para responder. Duo bajó su cabeza. "No sé qué hacer por ti, amor. Qué necesitas?"
La lisa frente de Hilde se arrugó, pero sus ojos permanecieron fuertemente cerrados, perdida en sus sueños febriles. "Dios… Hilde, lo siento tanto. No noté… debí haber visto si estabas enferma o no antes de que fuera muy…"
Duo sacudió su cabeza. "No!! No es muy tarde porque vas a superar esto, Hilde. Vas a patearlo en las bolas, me escuchas?" Él subió al catre con ella y acunó su cuerpo contra el suyo. "Te amo. Y no voy a dejarte hasta que superes tu fiebre." Él besó su enrojecido cuello. "Lo digo en serio…" Sus ojos cayeron. "Te amo."
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"Alcanzaremos Martinica tarde en la tarde de mañana y buscaremos provisiones." Heero señaló una isla justo al norte de Barbados en el mapa que había tomado de la habitación del capitán del *Lady Une*. "Revisé abajo; aparentemente no estaban planeando cargar el barco con verdadera carga hasta la mañana. Sin embargo, treinta barriles de ron están a bordo. Desde Martinica, nos dirigiremos al este a Caimanes. Hay mucho comercio de ron ahí y nadie sospechará cuando vendamos el de Kushrenada. Usaremos el dinero de la venta para asegurarles a todos pasajes a Nueva Orleans."
"Estás seguro que no debemos dirigirnos a la isla siguiente en la cadena? Poner más distancia entre nosotros y Barbados?" preguntó Quatre. "Santa Lucía y Martinica son los primeros lugares que mirará Treize."
Heero sacudió su cabeza. "Nos habremos ido para cuando tenga noticias, mucho más para cuando llegue ahí."
Cuando Relena entró en la habitación en medio de la conversación, no pudo evitar notar que el mapa no fue lo único que había tomado prestado Heero. Después de bañarse y afeitarse, se había dirigido hacia el armario del desconocido y ahora estaba vestido con pantalones limpios y medias, una camisa blanca, un pañuelo y un chaleco azul marino. Su cabello recién lavado colgaba sobre su frente mientras él y Quatre examinaban el mapa en la mesa.
Delicadamente Relena aclaró su garganta. Ambos hombres levantaron la mirada. "Disculpen," dijo ella. "No quise interrumpir."
"Está perfectamente bien, Srta. Peacecraft." Quatre le dio una sonrisa. "Estábamos terminando." Él miró a Heero sólo para encontrar al otro hombre mirándola sin parpadear. De repente, tres se sintió una multitud. "Bueno, creo que debo retirarme a mi propia habitación."
Heero asintió, aún observando a Relena con creciente hambre en sus ojos que era difícil de esconder. "Gracias, Winner. Por toda tu ayuda hoy."
"Sí," repitió Relena. Ella alcanzó por las manos de Quatre cuando se acercó. "Sin su ayuda, habríamos…"
Quatre besó sus nudillos. "No debí haber esperado tanto tiempo." Miró a Heero. "Buenas noches."
Después de ido, hubo un largo minuto de silencio entre ellos. Luego, como una corriente de luz, la dominante necesidad de tocarse mutuamente irrumpió el silencioso aire. Relena corrió hacia él, como afuera de la cárcel, y él la encontró a medio camino, reuniéndola en sus brazos.
Él escondió su rostro en su cabello madreselva. "Relena," susurró él.
Lágrimas bajaban por sus mejillas, humedeciendo la manga de su camisa. "Heero… Heero, temía nunca verte otra vez. En el barco… no me dejaron bajar. Y luego cuando llegamos…" ella se presionó más. "Oh dios… todo lo que quería era verte… sólo por un momento… y no me dejaron!!"
Heero acarició sus largos mechones. Tenía un millón de cosas que quería decirle, un millón más de formas en que quería tocarla, pero primero…
"Relena…" él se separó pero no la liberó. "Hilde? Cómo está?"
Ella bajó su mirada. "Creo que tiene influenza. Su fiebre es muy alta." Temor destelló en los azules ojos de Heero. "El Sr. Maxwell está con ella, cuidándola; está en las mejores manos, Heero."
"Es su culpa que esté así," gruñó Heero. "Si la hubiese dejado ir, más que entregársela a Kushrenada…"
"Estoy segura que el Sr. Maxwell se arrepiente de sus acciones," dijo Relena, acariciando su mejilla. "Pero enojarse con él no va a hacerla mejorar más rápido."
Los rasgos de Heero se suavizaron. "Tienes razón, por supuesto." Él secó sus lágrimas con sus pulgares. "La cárcel de Kushrenada era horrible. Dime que su casa fue mejor para ti."
Sus ojos se llenaron con nuevas lágrimas; el recuerdo de los dedos de Treize explorando el interior de su cuerpo aún era dolorosamente fresco en su mente. "Heero… su casa fue…" Se detuvo y bajó su rostro hacia el hombro de Heero. "No importa," dijo ella, su voz amortiguada. "Estoy bien."
"Ahora lo estás." Él no iba a hacerla hablar de eso hasta que estuviera lista. Kushrenada había sido castigado apropiadamente. Herido con una espada, abandonado por su novia y su preciado barco robado. Aún, si Heero se encontraba de nuevo con el hombre sabiendo lo que le había hecho a Relena, no saldría de eso tan fácilmente.
Relena se separó. "También te lastimó." Ella tocó su quijada donde los golpes ya estaban formándose.
"La Baronesa se ocupó de mis heridas." Heero bajó sus manos por sus brazos. "Me dejarás ocuparme de las tuyas?"
Ella no tuvo que asentir; él sabía que había esperado por este momento tanto como él. Bajó sus labios a los suyos, besándola por todos los días que no había podido. Relena escabulló sus brazos alrededor de su cuello, estrellando sus cuerpos. No podía estar lo cerca suficiente a él… especialmente con sus ropas aún puestas.
"Heero," susurró ella entre besos. Sus manos bajaron para buscar entre ellos los botones en su chaleco.
Él no se molestó con los broches en su peto. En vez, rasgó los trozos de prenda para dejarla en su ropa interior. "Relena," gruñó él cuando sus labios encontraron su oído. Tiró de su corsé. "Ayúdame con esta cosa."
Riendo, Relena se separó. Él alcanzó por ella con un decepcionado gruñido. "Espera un segundo," dijo ella con alegría. Heero se quedó observando mientras retiraba los costados de su vestido por sus brazos, dejándola en corsé, camisón y enaguas. Trabajó en aflojar las cintas con deliberada precisión. Cuando estuvo hecho, lo bajó por sus caderas y lo hizo a un lado con abandono.
Heero lamió sus labios. Su camisón hacía poco para esconder las curvas de sus senos. "No voy a poder contenerme mucho más."
Ella le movió un dedo antes de retirar sus zapatillas, bajando sus medias y desatando sus enaguas. Ellas cayeron alrededor de sus pies. El borde de su camisón descansaba sobre sus muslos. Lentamente Relena subió el material.
Fue demasiado para Heero. Él la alcanzó y retiró el delgado camisón por su cabeza. Sus manos se deslizaron por su sedoso trasero mientras la llevaba hacia la cama doble del capitán. "Tratando de torturarme, Relena?" respiró él en su oído.
"Por supuesto que no." Relena sacó su camisa de sus pantalones. "Sólo quiero que este momento dure para siempre."
"Durará." Heero la besó, bajando su desnudo cuerpo a la cama. "Prometo… que durará."
Él trabajó rápido en retirar su camisa y aflojar sus pantalones, todo mientras amaba sus labios y se estremeció cuando sus dedos se clavaron en su espeso cabello para sujetar su cuero cabelludo. Cuando estuvo completamente desnudo, deslizó sus brazos bajo su esbelta espalda y se bajó sobre ella.
Relena se abrió para él, esperando por que su calor entrara en su cuerpo, pero se tomó su tiempo, bajando su mano por su estómago y sobre el interior de su muslo. Su boca encontró sus pezones y jugó con ellos. Ella mordió su labio cuando sus dedos danzaron sobre sus húmedos pliegues. Pero a diferencia de Trieze, esperó hasta que estuviera lista antes de deslizar un dígito en ella. Su espalda se arqueó con placer y todos los recuerdos de su violación se desvanecieron.
"Heero…" Mientras continuaba acariciándola y pasando su lengua sobre sus senos, ella se retorció bajo él. "Heero, quiero hacer algo por ti."
Él detuvo sus suministros y la miró, perplejo. "Qué quieres decir?"
Ella miró entre sus cuerpos hacia su endurecido sexo. "Me hiciste el amor con tu boca en la isla. Hay alguna forma de que haga lo mismo?"
Heero tragó fuertemente. "Sí. Pero Relena, no tienes que…"
"Shh." Relena presionó un dedo en sus labios. "Muéstrame cómo."
Él la besó de nuevo y rodó sus cuerpos hasta que estuvo sobre él. Era familiar con esta forma de hacer el amor; lo habían intentado durante su noche en la laguna. Pero esta vez, en vez de tomar su sexo en el suyo, Relena se agachó y besó su cuello. Hizo su recorrido por su cuerpo, pausando para provocar sus pezones. Él gruñó; aparentemente, eran tan sensibles como los suyos.
"Qué debo hacer?" le preguntó ella, cerrando sus dedos alrededor de su miembro y acomodándose en la cama hasta que yacía entre sus piernas.
Heero cerró sus ojos. "Sólo… haz lo que… sientas hacer."
Relena levantó una ceja. Después de tomar un respiro, su lengua salió para tocar la punta de su erección. Con sus gruñidos como motivación, continuó hasta que se sintió lo valiente suficiente para tomarlo en su boca. Ante esto, Heero jadeó y clavó sus manos en su cabello. Su cabeza se sacudía de un lado a otro en la almohada con placer mientras le hacía el amor.
"Estoy… haciéndolo bien?" preguntó ella, deteniéndose momentáneamente por aire.
Heero la agarró bajo sus brazos y la subió por su cuerpo. "Muy bien. Un poco más y yo…" Él se detuvo y la besó. "Gracias. Pero quiero estar dentro de ti."
Ella sonrió y devolvió el beso. Halando sus hombros, lo rodó sobre ella y separó sus muslos para acomodarlo. Antes de penetrarla, Relena cubrió su rostro en sus manos. "Fue en serio? Lo que dijiste en la cárcel?"
"Sí," respondió él, su voz ronca con pasión. "Te amo, Relena. Te amaré por siempre."
Relena sintió una lágrimas deslizarse por su sien. "Y yo te amo. Siempre."
Ellos terminaron juntos con un unísono grito de alivio. Sus uñas se clavaron en su espalda mientras se re-familiarizaba con la exquisita sensación. Cuando estuvo lista, Heero le hizo el amor… lenta, continua y amorosamente. Los tobillos de Relena se cerraron tras su espalda. "Más fuerte…"
Él obedeció, acercándolos más a la felicidad que habían encontrado juntos en la selva. Heero besó el lado de su cuello y empujó sus caderas. "Relena, yo…"
"Lo sé." Su espalda se arqueó. "Por favor… bésame, Heero."
Sus labios se encontraron mientras llegaban al borde del éxtasis, cuerpos y almas entrelazadas. El beso que compartieron amortiguó sus gruñidos y sus gritos. Después de un largo minuto de cegador placer, sus cuerpos se relajaron en el otro. Se abrazaron mutuamente mientras regresaban a la tierra.
Relena abrió sus ojos. "Heero…" murmuró ella. Sus labios se presionaron contra sus transpirada sien. "Prométeme que siempre será así."
Él no tuvo dudas. "Lo prometo." Besándola de nuevo, él se retiró de su calor y subió las cobijas alrededor. Relena se acomodó en sus brazos para la noche. "Prometo que siempre haremos esto en la cama," continuó él.
Ella rió. "Tal vez una o dos veces en la arena algún día. Para la posteridad." Heero besó sus labios suavemente, sellando su promesa. Se durmieron en los brazos del otro, aún perdidos en la magia de su acto sexual.
Horas después, mucho antes de que saliera el sol, fueron despertados por el sonido de alguien entrando en la habitación. Era Duo; irrumpió, cargando una vela por luz.
Heero se sentó; Relena aseguró frenética las sábanas alrededor de sus senos. "Qué demonios estás haciendo, Maxwell?" Los ojos de Heero se fruncieron.
Duo parpadeó al verlos a los dos en la cama a la luz de la luna, pero no le sorprendió verdaderamente. Su mente estaba en otro lugar. "Su fiebre cedió. Está despierta y con hambre." Se retiró de la habitación con su vela. "Sólo pensé que les gustaría saber."
Relena miró a su amante cuando Duo se fue. "Quieres ir a verla?"
"A primera hora en la mañana," respondió él, recostándose y cruzando sus brazos alrededor de su cuerpo. "En este momento, quiero abrazarte un poco más." Relena sonrió y descansó su mejilla en su pecho. No tenía objeciones con eso.
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Duo regresó a la cabina que Hilde ocupaba con una tonta sonrisa en su rostro. Estaba a medio camino de sentarse en la cama, sorbiendo una taza de te frío que había preparado para ella.
"Heero va a venir?" preguntó ella, su voz como un susurro.
"Lo hará. Pronto." Duo bajó la vela en el baúl que estaba sirviendo como mesa de noche y se sentó al borde del catre. "Necesitas tomarlo con calma por un tiempo."
Hilde tragó. "Pero me siento mejor."
"La duquesa cree que tienes influenza." Duo tomó el te y lo hizo a un lado. "Realmente no vas a sentirte bien por al menos una semana."
"Está bien." Suspiró ella. "No me siento bien. Pero voy a… mejorar."
Él la urgió a recostarse. "Sí, por supuesto que sí."
"Porque estás aquí," continuó diciendo.
Duo se ocupó arreglando las cobijas sobre su cuerpo. "Eso no lo sé. Sólo eres una luchadora natural, Hilde."
"No, no lo soy." Ella tocó su brazo. "Eres tú."
"Hilde…"
Ella lo interrumpió en su suave y cansada voz. "Mentí, Duo. En la cárcel… cuando te dije que no te amaba… fue una mentira. Lo sabías, verdad?"
"Debí," susurró él un minuto después. Tomando su mano, plantó un beso en el calor de su palma. "Igual como debí seguir mis instintos y dejarte libre. Pero no lo hice, te entregué a Kushrenada y…"
Hilde lo interrumpió de nuevo. "Viniste por mi." Sus encantadores pero secos labios se curvaron en una sonrisa. "Me abrazaste toda la noche. Fuiste lo primero que vi cuando abrí mis ojos. Y no sé bien cómo, pero eres la razón de por qué desperté." Su otra mano subió desde la cama y la rozó sobre sus labios. "Tal vez porque escuché que dijiste que me amabas."
"Sí." Él besó los dedos en sus labios.
Sus cansados ojos de repente se preocuparon. "Qué va a pasar ahora entre nosotros, Duo?"
Él subió a la cama con ella, rodeando su pequeño cuerpo con su calor, fuerza y amor. "No puedo decirlo de seguro. Pero confías en mi cuando digo que nunca dejaré tu lado?"
La sonrisa de Hilde volvió a la vida. Giró su cabeza, tosió fuera de su alcance y, después de un momento, regresó a sus brazos. "Confío en ti," murmuró en su camisa negra. "Y cuando me sienta mejor, voy a mostrarte cuánto."
Duo cayó dormido prontamente después de ella, una enorme sonrisa aplastada en su rostro.
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"Y…" Sally retorció unos lisos y negros mechones del cabello de su amante en sus dedos. "Me extrañaste o sólo esto?"
El pecho de Wufei subía y bajaba bajo su cabeza mientras recuperaba su aliento. Ella había sido como una felina en la cama, sus pasiones despertaron en la isla y estaban insatisfechas desde entonces. "Mujer… haces preguntas necias."
"Esa fue una respuesta?"
Él se movió rápidamente, sujetándola bajo sus húmedos músculos. "Si la respuesta fuera 'sólo esto', nunca te habría traído aquí."
Los ojos de Sally se humedecieron. "Sólo… quería saber que tú…" Ella desvió la mirada, avergonzada de ser atrapada en un momento femenino.
"No tienes que dudar de mi," dijo Wufei, guiando su rostro para encontrar su mirada. "Entiendes?"
Ella titubeó. "Pero qué pasa ahora? Tú y yo tomaremos los mismos caminos?"
"Eso depende completamente de ti," respondió él. Hubo una pausa. "Siempre he querido ver el país natal de mi padre."
"El oriente?"
Wufei asintió. "Te gustaría verlo conmigo?" Sally asintió y lo haló para un largo beso. Se separó por aire. "Esa fue una respuesta?" Fue tan cercana a una íntima provocación como lo fue capaz.
Sus besos se movieron a su oreja, su talón de Aquiles. "Sí," susurró ella, deleitada en la habilidad para hacerlo estremecer. "Iré a cualquier lado contigo."
"Bien." Él los rodó hasta que ella ahorcajó sus caderas. Su cabello caía a su alrededor, bloqueando al resto del mundo. "Ahora… no más plática." Fue la única orden que ella obedeció.
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"Discúlpame."
Trowa bajó su mirada del estrellado cielo y se enfocó en el rubio viniendo hacia él. "Necesitas algo?"
Quatre se acercó más. "No. Pensé que te gustaría un poco de compañía."
"Oh." Trowa señaló un rollo de soga. "Bueno entonces, siéntate."
Los dos hombres guardaron silencio por largo rato, observando las estrellas. "Te debo mis agradecimientos," dijo Trowa finalmente. "Nuestros cuellos ahora estarían ahorcados si no fuera por ti."
El rubio sacudió su cabeza. "Como le dije a la Srta. Peacecraft, si hubiese actuado antes, mucho de esto se hubiese evitado."
Trowa levantó sus hombros. "Era tu amigo, verdad?" En la oscuridad, Quatre asintió. "Es un lazo duro de romper."
"Sí, bueno…" Quatre aclaró su garganta. "Me alegra haber podido ayudar a la Srta. Peacecraft. Nadie debe ser obligado a un matrimonio…"
"De acuerdo," dijo Trowa tranquilamente.
Quatre continuó hablando, no completamente seguro de por qué. Parecía muy fácil hablar con este hombre. "Evité un matrimonio arreglado una vez. Una condesa italiana. Era encantadora, de acuerdo a los rumores. Rica. Con espíritu." Pausó. "Todo lo que se supone que quería."
"Pero no lo querías."
"No." El rubio arregló el puño de su muñeca. "Ella no era lo que quería."
Trowa asintió. "Ningún hombre quiere que decidan su vida por él. O que le quiten sin su consentimiento."
Quatre sonrió tristemente. "Sí."
Hubo una larga pausa. "Me quitaron mi vida una vez," dijo Trowa, inesperadamente.
"Qué hiciste?"
"Encontré una nueva." Trowa se levantó. "Deseo lo mismo para ti."
Quatre permaneció en cubierta por largo rato, repitiendo las palabras del pirata en su mente.
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La isla de Martinica puede haber pertenecido a Francia, pero para los pasajeros del *Lady Une*, era un cielo tropical. Siendo inglés y por lo tanto desconfiando de Francia, Treize no tenía negocios en la isla. Así que cuando el *Lady Une* llegó al puerto de Port de France, no hubo preguntas, ni sospechas ni dudas. Todos excepto Hilde y Duo fueron a la orilla a comprar provisiones.
De alguna manera, Relena logró convencer a Heero que la dejara vender uno de sus vestidos para ayudar a pagar la comida y el agua necesaria para su viaje a las Caimán. Pasaron el día buscando y negociando y haciendo viajes de un lado a otro al barco con las provisiones. Hilde, aún enferma, se sintió bien para subir a cubierta para ver la isla.
Pasaron la noche en el barco. Relena la pasó, otra vez, en brazos de Heero. En la mañana, Hilde hizo un anuncio en el desayuno, antes de que los otros regresaran a la isla para la última carga de provisiones.
"Quiero ir a la orilla."
Heero tragó lo último de su bizcocho. "Estás enferma."
"Me siento mejor," protestó ella. "Y si voy a estar en este barco por otras dos semanas entonces quiero ir a tierra un poco como todos los demás."
"No deberíamos correr el riesgo." Heero se puso su abrigo.
Ella se levantó sobre piernas temblorosas. Duo colocó sus manos en su cintura. "Hilde," dijo suavemente. "Estoy de acuerdo con Yuy, pero…"
"Voy a ir," dijo Hilde, su quijada tensa. "Duquesa… Baronesa… pueden ayudarme?"
Relena miró a Heero apologéticamente antes de alcanzar el brazo de la joven. Sally tomó su otro brazo. "Tengo el vestido para ti, Hilde," le dijo Relena a la joven mientras la ayudaban a bajar las escaleras hacia los camarotes. "Es azul con un poco de púrpura…" Su voz se desvaneció mientras descendían en el barco.
Trowa sacudió su cabeza y peló una banana. "No deberías haberla criado con una mente propia, Yuy."
"Hilde no habría escuchado," lo corrigió Wufei. "Si no tuviera a esas mujeres como apoyo. No se puede confiar en las mujeres unidas."
Duo miró a Heero. "Si piensa que está bien para…"
"Sólo mantén un ojo en ella," le ordenó Heero al hombre de trenza. "Si respira lento por un segundo, quiero que ambos regresen al barco."
Wufei parpadeó. "Vas a dejarla ir, Heero? Vas a dejarlas ganar??"
Heero le dio una mirada de advertencia. "Sólo porque estoy pensando que podría ser mejor de esta forma."
"Mejor?" preguntó Quatre.
El pirata líder asintió y sintió en su bolsillo por algo que había comprado con un barril de ron el día anterior sin el conocimiento de alguien más. "La quiero con nosotros hoy," fue todo lo que diría.
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La ciudad portuaria deleitó a Hilde, tal vez porque, por un tiempo, no había estado segura de si caminaría en tierra firme de nuevo. Permaneció cerca a Duo, un poco atrás del grupo, y señalaba todo lo que capturaba su ojo con la alegría de alguien que había estado muy cerca de la muerte.
"Oh! Esas mujeres tienen al menos diez cocos en esa canasta en su cabeza!" Gritó Hilde. "Y miren allá… ese hombre tiene un mono!"
Relena seguía cada palabra de Hilde, encontrando cada cosa tan excitante como la joven. "No es de extrañar," dijo, apretando su agarre en el brazo de Heero.
"No es de extrañar qué?"
Ella le sonrió. "No es de extrañar que estés enamorado del Caribe."
Heero pausó por un segundo. "Cómo supiste eso sobre mi?"
"No sé." Relena besó su mejilla. "Sólo podría decirlo."
Ellos continuaron hasta que Hilde ubicó algo nuevo. "Oh, miren!! Heero…" Hilde señaló un edificio a varias yardas. "Una iglesia!"
Sally juntó sus manos. "Una iglesia… oh, no he estado en una iglesia desde que dejamos Inglaterra."
"Es Católica francesa," les informó Quatre, su nariz Protestante se arrugó.
"El mismo Dios," dijo Trowa. "Te gustaría entrar, Baronesa?" Él ofreció su brazo cuando asintió enfática.
Wufei codeó a Trowa. "Puedo escoltarla bien, Barton."
Hilde miró a Duo. "También quieres ir?" Ella frunció cuando vio que sus ojos estaban húmedos. "Duo… qué pasa?"
"No he estado en una iglesia… desde que tenía ocho años," le dijo. Duo parpadeó y besó la cima de su cabeza. "Si quieres ir, voy contigo." Ella sonrió, asintió y apretó más el chal de Relena alrededor de sus hombros.
Heero se quedó atrás mientras los otros, incluso Quatre, se dirigían hacia la iglesia. Alcanzó la mano de Relena para detenerla también. "Heero?" Ella entrecerró sus ojos en la luz del sol. "No quieres ir?"
"En realidad… sí." Aclaró su garganta. "Pero hay algo que tengo que preguntarte primero." Después de un largo minuto para reunir su valor, continuó. "Relena… desde el minuto que me topé contigo en Savannah, no has hecho nada sino volver de cabeza mi vida."
Ella parpadeó. "Lo siento?"
"No… no, era lo que necesitaba. Lo que estaba buscando." Heero tomó aire. "Me has hecho considerar cosas que nunca había pensado antes. Me has hecho sentir cosas que pensé no quería sentir. Alejaste la complacencia que pensé que quería… pero me diste la oportunidad de amar a alguien como más que un amigo o un hermano." Él tomó su enguantada mano. "Me diste tu corazón sin condiciones. Y sin pensar en tu reputación, me entregaste tu cuerpo."
Relena apretó sus dedos. "No me importa mi reputación, Heero, si eso es por lo que estás tratando de disculparte. No tienes que…"
"Quiero darte algo a cambio," la interrumpió Heero gentilmente. "Cuando zarpemos a Nueva Orleans, quiero poder llamarte mi esposa. Y que nadie cuestione tu moral."
"Heero, qué estás…"
Por segunda vez, no la dejó terminar. "Hay una iglesia allá. Es Católica, pero si no te importa eso…" Él sacó un sencillo aro dorado de su bolsillo. "Quiero que te cases conmigo. Hoy." Él buscó sus ojos. "Serás mi esposa?"
Su mano voló hacia su boca; lágrimas brotaban por su blanca piel. "Oh, Heero…" Asintió vigorosamente. "Sí… me encantaría casarme contigo!"
La sonrisa más brillante que le haya dado a alguien adornó sus labios. Él la besó largo y profundo; su mano subió para descansar en su pecho. Fueron interrumpidos por Duo. "Oigan, qué está…" Duo se detuvo. "Ah, no importa entonces."
Heero tomó la mano de Relena. "Maxwell… hay un sacerdote ahí?"
"Sí," respondió Duo. "El Padre De Lacroix, dijo que era su nombre. Por qué?"
"Dile…" Él miró de nuevo a Relena; estaba secando lágrimas de felicidad de sus hermosos ojos. "… que hay dos personas aquí que desean casarse en este momento."
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"Tú, Heero Yuy, tomas a esta mujer como tu esposa? Para amarla, protegerla y alegrarla, hasta que la muerte los separe?"
Heero asintió ante el sacerdote de fuerte acento inglés. "Acepto."
El viejo misionero miró a la radiante novia. "Tú, Relena Peacecraft, tomas a este hombre como tu esposo? Para amarlo, honrarlo y obedecerlo, hasta que la muerte los separe?"
"Acepto," respondió suavemente mientras Heero deslizaba el anillo en su mano izquierda.
"Por el Padre Todopoderoso y con la autoridad dada por la iglesia católica, declaro que son marido y mujer. Puedes besar a tu novia."
En el improvisado altar de la pequeña iglesia, Hilde observó a Heero bajar lentamente sus labios hacia los de su nueva esposa. No estaba muy segura de cómo reaccionar a la ceremonia. Por otro lado, era plano ver que Heero estaba indescriptiblemente feliz, una emoción que no había esperado ver en su guardián.
Por otro lado, estaba perdiendo a su protector de toda la vida con otra mujer.
Su momentáneo lapso de temor fue mitigado por la mano de Duo cubriendo la suya. Cuando lo miró y él le guiñó como si supiera exactamente lo que estaba pensando, Hilde entendió. En tanto como lo tuviera, nunca estaría sola. Heero siempre sería su hermano, el chico que le dio el pedazo de pan robado más grande, que vendó sus cortaduras y rasguños con trozos de su propia ropa y golpeó a los abusadores hasta que le enseñó a golpearlos, pero su vida ahora era con Duo. Ella besó su mejilla, aún temerosa de darle un beso real, y no sólo porque estuvieran en una iglesia.
Los dedos de Hilde se cerraron alrededor de su trenza. Pronto, esperaba estar en el lugar de Relena. Brillando con alegría, casada con el hombre que amaba… lista para comenzar una nueva vida con él. Ella atrapó la mirada de Heero mientras guiaba a Relena desde el altar y le sonrió. Él la devolvió con un pequeño movimiento de cabeza.
Fue un movimiento que dijo muchas cosas, pero mayormente, *Ella puede ser el nuevo foco de mi vida, pero tú siempre serás mi niña.* Hilde descansó su cabeza contra el hombro de Duo, completamente contenta.
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En la noche de la boda, el *Lady Une* zarpó para las Islas Caimán. Con una semana de viaje, Heero y Relena se habían establecido completamente en una vida matrimonial evidenciada por su reluctancia a dejar su camarote incluso a las horas de la comida, Sally y Wufei discutían como John Adams y el Congreso y Quatre estaba aprendiendo más sobre la dura labor que tomaba navegar un barco que nunca imaginó que tendría que hacer, con Trowa como su maestro.
Durante todo esto, Duo se comprometió con la tarea de devolverle a Hilde una perfecta salud. Sus esfuerzos se vieron pagos en la noche de la luna llena, nueve días en el viaje cuando entró a su cabina después de un largo juego de póker con Trowa y Wufei y encontró a Hilde, completamente desnuda y esperando por él.
"Oh, mierda," respiró él, en la puerta. "Debes sentirte mejor."
Ella asintió y se levantó para cruzar la habitación hacia él. "Te dije que cuando no estuviera enferma, iba a mostrarte lo mucho que te amo."
"Lo recuerdo." Duo tragó. "Siempre recuerdo."
"Bueno…" Hilde se balanceó en sus talones. "Puedo mostrarte?"
Él clavó sus manos en sus mechones. "Sólo dame un segundo." Hubo una pausa. "Estás segura que esto es lo que quieres? No quieres esperar hasta que estemos casados?"
Hilde sacudió su cabeza. "Te amo. Quiero estar contigo como Heero y la duquesa. Quiero que me muestres todo lo que ibas a mostrarme esa noche."
"Nena…" él sonrió de repente. "Ven aquí." Ella dio un paso, quedando cara a cara. Duo le dio un suave beso antes de cargarla. "Confías en mi? Te dolerá."
"Confío en ti. Y no me importa." Ella trabajó sus dedos en los cruzados mechones de su trenza. "Sólo no me dejes sola."
Duo la cargó hacia el catre. "Nunca. Nunca, Hilde."
Con esa promesa, él se bajó sobre su pequeño cuerpo. Debajo de toda su confidencia y valentía, podía sentir su inocente temor y lo movió más que nada en su vida. Se desvistió lentamente, aunque ya era familiar con su cuerpo. Cuando estuvo desnudo, la dejó explorar. Pasó sus manos sobre sus músculos y soltó su cabello. Se desbordó sobre ellos como una cascada.
Hilde estaba lista para su entrada desde el segundo que la besó. Cuando llegó el momento, se abrazó y lo dejó entrar, soportando el dolor lo mejor que pudo. Duo besó su garganta, sus senos, sus labios hasta que estuvo lista para más. Aún cuando lo estuvo, le hizo el amor con cuidadosos empujones diseñados para hacer la experiencia tan placentera para ella como para él.
Cuando sintió la liberación llegar para ambos de sus cuerpos, la urgió a envolver sus piernas a su alrededor. Ella se aferró a él y por un increíble momento, Duo estuvo rodeado completamente e inmerso en Hilde. Ella gritó su nombre cuando su placer explotó y fue su perdición. Se dejó ir profundo dentro de ella; su cabeza se desplomó en su hombro.
Él permaneció dentro de su calor por largo rato, hasta que ella levantó su cabeza. "Duo," dijo ella, lamiendo la comisura de su labio. "Cuándo podemos hacerlo de nuevo?"
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Heero estaba esperando por él la mañana siguiente, mucho antes de que alguien más estuviera despierto. Estaba en la baranda, mirando al océano pre-amaneciendo. Duo aclaró su garganta; sería tonto intentar evitar al guardián de Hilde.
"Buenos días," dijo él, llegando junto al pirata.
El otro hombre guardó silencio por un momento. "Planeas casarte con ella?"
"Sí." Duo pausó. "La amo."
"Y por alguna razón, ella te ama." Heero sacudió su cabeza. "Pensé que le había enseñado mejor…"
Duo levantó sus manos. "Oye, nunca dije que mereciera su amor. Pero estoy muy agradecido por eso."
"Entiendo," respondió Heero. Era lo mismo con él y Relena. "Sólo sé esto… sin importar dónde terminen tú y ella, si la lastimas, te buscaré y te despedazaré."
"Tenía la sensación de que dirías algo así." Duo destelló una sonrisa. "Pero con toda honestidad, la amaré y cuidaré de ella con lo mejor de mis habilidades por el resto de mi vida. Y nunca la dejaré sola."
Heero asintió. "Bien. Si me disculpas…" Él comenzó a bajar de cubierta.
"Dile a tu esposa que le digo 'hola'," llamó Duo. "Seguro sería agradable verla alguna vez en este viaje." Las palabras le merecieron un vulgar gesto de la mano. Riendo para sí, giró su mirada hacia el océano que Heero había estado apreciando. Cuando la punta del sol asomó sobre las olas, Duo siguió el camino de Heero bajo cubierta y regresó a su camarote. Quería estar abrazando a Hilde cuando despertara.
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Relena comenzó a sospechar que estaba embarazada dos días antes de que alcanzaran las Caimán. Cuando su flujo mensual aún no hacía su aparición para cuando soltaron ancla justo afuera de Georgetown, se convenció. Estaba esperando el bebé de Heero, muy probablemente concebido casi tres semanas antes en la laguna, y nada le dio más alegría.
Quería decirle en este momento, pero antes de poder, un repentino temor la envolvió. Qué si la noticia lo molestaba? Con tanto más por pasar antes de que alcanzaran Nueva Orleans, podría no ser un momento ideal para ella esperar un hijo. Los temores prácticos pasaron a paranoia. Qué si no quería hijos? Qué si no quería hacerle el amor más cuando estuviera pesada con el embarazo?
La mano sosteniendo su cepillo de plata cayó en la cama. Relena mordisqueó su labio inferior mientras debatía consigo misma. Debía decirle y aceptar cualquier consecuencia? O esperar hasta que estuviera aún más segura de que estaba embarazada… y hasta que averiguara exactamente cómo podría sentirse sobre eso?
Esperar ganó. Relena terminó de recoger su cabello y se le unió al resto de sus compañeros en cubierta. Heero fue a ella tan pronto como subió. "Buenos días," la saludó con un apasionado beso.
Ella acarició su mejilla amorosamente. "Estamos listos para ir a la orilla?"
"Estoy lista!" Gritó Hilde. Relena tuvo que sonreír ante el color de las mejillas de la joven y el amor en sus ojos cuando miraba a Duo. Su enfermedad había sido repentina y peligrosa, pero su recuperación era espléndida de atestiguar.
Duo gesturizó dramáticamente hacia el bote. "Después de ti, Lady Hilde."
Con la ayuda de su nuevo esposo, Relena se le unió a Hilde un momento después, seguida por Duo, Quatre, Trowa y luego Heero mismo. Wufei y Sally se quedarían en el barco, para vigilar de acuerdo a Wufei, pero Relena sospechó mayormente para tener tiempo a solas.
Cuando no era su turno para ayudar con el remo, Heero sostenía la mano de Relena en su regazo, acariciando la sedosa piel sobre sus nudillos bajo sus guantes. Siempre tan suaves, la llevaría a sus labios para un dulce beso. Y cada vez, el corazón de Relena se derretía. Y su estómago se revolvía con culpa. Debería decirle sobre el bebé. Pero no era el momento correcto. Esa noche, decidió. Cuando estuvieran acostados en la cama, después de hacer el amor, le diría.
Trowa y Duo terminaron de remar rápidamente hacia los puertos de Georgetown. Cuando Relena pisó suelo inglés de nuevo, fue inundada con una ola de melancolía. Milliardo y Lucrezia… estaban bien? Su hijo había llegado sin complicación? Era un niño o una niña? Tanto le había pasado desde que había separado caminos casi tres meses atrás. Había sido pirateada, naufragada, se había enamorado, casado y ahora posiblemente esperaba un hijo.
Su hermano y su esposa podrían no reconocer a Relena Yuy.
Sospechaba que una carta ya estaba en camino de Treize para su hermano, informándole de todo lo que había pasado en Barbados, sin mencionar su traición a la promesa de Milliardo y sus indiscreciones antes del matrimonio con Heero. Relena sólo podía esperar que Milliardo pudiera escuchar su versión algún día, no en una carta, sino de sus propios labios. Tal vez entonces podría perdonarla como ella ya lo había perdonado.
El brazo de Heero alrededor de su cintura la liberó del hechizo de sus pensamientos. Ella le sonrió y tomó su mano, como para no perderlo en la multitud. "A dónde vamos primero?"
"A ningún lado," le respondió una voz desde la multitud de personas rodeándolos. Relena se paralizó al escuchar la voz. Aunque sólo le había hablado una vez, quedó impresa para siempre en su memoria.
Heero apretó su mano. Él reconoció la voz, también, más allá de una sombra de duda. "Relena, quédate atrás de mi."
Treize Kushrenada se giró para encararlos y retiró el sombrero que lo había ocultado en la multitud hasta el momento apropiado. "He estado esperando por ustedes durante dos días." Él sacó un mosquete desde las profundidades de su abrigo y lo apuntó hacia el pecho de Heero. "Bienvenidos a Georgetown."
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Continuará…
